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„Gracias a Dios ya estoy en casa“: Tránsito de nuestra hermana Esperanza Estades

Veröffentlicht durch 30 Januar, 2026No Comments

“Al morir nos pasará como cuando estamos todo un día fuera de casa, y cuando llegamos a nuestro hogar y cerramos la puerta al entrar, nos ponemos las zapatillas y decimos: ‘Gracias a Dios ya estoy en casa’.”

Con estas palabras, pronunciadas hace muchos años, Esperanza Estades había descrito ya cómo imaginaba el tránsito definitivo. El pasado 13 de enero de 2026, a los 85 años, después de un accidente inesperado y varias semanas de hospitalización, finalmente pudo decirlas en su corazón: “Ya estoy en casa”.

Su vida, ofrecida sin reservas, sigue siendo una presencia viva que habla, intercede y despierta gratitud en todos los que la conocieron.

Era una mujer bajita, pero el tamaño de su cuerpo era inversamente proporcional al tamaño de su corazón, entregado de forma absoluta y sin condiciones a Dios y a los demás. Su ardor apostólico fue para muchas hermanas el primer impulso vocacional, la guía segura durante la formación inicial y un ejemplo concreto de espiritualidad vivida en lo cotidiano.

Tenía un carácter fuerte, gran asertividad y era muy exigente, porque llamaba a todos a salir de la mediocridad y quería sacar de cada persona lo mejor que llevaba dentro. Detrás de ello latía un espíritu que derrochaba ternura, una sensibilidad exquisita y una sonrisa entrañable e inolvidable. Con el paso de los años esa ternura y esa humildad luminosa fueron envolviéndola por completo.

Su sentido del humor era legendario. Hay quien recuerda —inolvidables— las ocasiones en que se le saltaban las lágrimas, no por tristeza, sino por la risa que le provocaba algún cuento de Pepe Monagas.

Pianista excelente y profesora de Historia de la Música en el Conservatorio de Música de Las Palmas de Gran Canaria, comprendía el arte como un camino privilegiado de belleza, oración y alabanza a Dios. Para ella la música era una forma de elevar el alma, de crear comunión y de anunciar a Cristo desde la armonía. Decía con sencillez y con humor que soñaba con dirigir un coro de ángeles. Hoy, con fe, la imaginamos viviendo plenamente ese sueño, con el mismo entusiasmo y la misma precisión con que enseñaba la Salve Regina a las jóvenes misioneras.

Su gran pasión fue siempre su amor a Cristo. Al llegar a la jubilación, en vez de disfrutar un descanso merecidísimo, decidió partir hacia Asia. Literalmente dejó todo atrás —sus pocas maletas nunca llegaron a destino— para seguir los pasos de Cristo en esas tierras lejanas: sirviendo, enseñando, acompañando. La manera concreta en que encarnaba el carisma idente valía más que muchas horas de formación teórica. Aunque solo estuviera sentada entre las jóvenes que comenzaban el camino de formación, refrescando con ellas el inglés aprendido en su tiempo de misión en Estados Unidos, su presencia humilde y su disciplina al estudiar para poder servir mejor inspiraban profundamente.

Estuvo también en Filipinas, donde entregó sus últimas fuerzas antes de regresar a las Islas Canarias. En cada lugar dejó una huella profunda: en las comunidades que acompañó, en las familias que tocó y en las nuevas vocaciones que alentó con su ejemplo fiel y perseverante. 

Amó intensamente a nuestro Padre Fundador y vivió hasta el último día en plena comunión con el Instituto. Su vida fue un “sí” constante, una ofrenda silenciosa y fecunda que hoy sigue dando fruto.

Quienes la conocieron guardan el recuerdo de una mujer auténtica, una santa escondida, una misionera que supo unir fuerza y ternura, exigencia evangélica y misericordia.

Hoy damos gracias a Dios por el don inmenso que fue la vida de nuestra hermana Esperanza. Su recuerdo no se apaga: permanece como una luz agradecida en el corazón del Instituto y como una melodía de amor que seguirá resonando en nuestra historia.

En versos de Luis Casasús, presidente de las misioneras y los misioneros identes:

Comenzaba la tarde y partiste

con una sonrisa

dolce, con fuoco, ma tranquilla,

y hoy tu estrella en el cielo

poco a poco crescendo

nos mira.

Descansa en paz, querida Esperanza. Gracias a Dios, ya estás en casa.