Evangelio a mano

Cosas ocultas a los sabios | Evangelio del 5 de julio

de 1 de julio de 2026julio 2nd, 2026No Comments

 

Evangelio según San Mateo 11,25-30:
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

»Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

Cosas ocultas a los sabios

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 05 de Julio, 2026 | XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Zac 9: 9-10; Rom 8: 9.11-13; Mt 11: 25-30

Era fácil interpretar la Primera Lectura como una promesa de paz política, pues “Efraín” representaba al reino del norte (las tribus de Israel), mientras que “Jerusalén” era la capital del reino del sur (Judá). Destruir los carros en ambas regiones significa que el Mesías reunificará al pueblo y eliminará la guerra y las divisiones internas.

Todavía más, Zacarías profetizaba en un tiempo de reconstrucción tras el exilio babilónico. El pueblo era frágil, sin poder político, y necesitaba esperanza.

En ese contexto, Dios promete un rey que no depende de ejércitos, sino de la fidelidad divina. Y, en efecto, Jesús no destruyó los ejércitos romanos de su época con armas físicas. En su lugar, desarmó los poderes espirituales del mal mediante su muerte en la cruz (Col 2:15). Trajo la paz espiritual y eliminó los muros de separación entre los pueblos (Ef 2:14), uniendo a judíos y gentiles.

La paz espiritual es la “paz de Cristo”, esa que anunció para consolar a sus discípulos antes de su muerte (Jn 14:27) y que el Evangelio de hoy presenta como la única que puede calmar el corazón humano y, de esa manera, lograr la paz entre nosotros.

—ooOoo—

Es sorprendente que esa paz no se alcanza liberándose de los problemas, sino por medio del servicio permanente, con una forma de yugo que el Maestro describe como ligero. Si bien esto puede resultar paradójico, muchas almas sensibles han intuido que es así y bastantes personajes de la literatura reflejan esta realidad. Igualmente, la experiencia clínica lo confirma, aunque no con la misma plenitud a la que Cristo es capaz de llevarnos.

► En la obra de Cervantes El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605–1615), el personaje de Sancho Panza es, en apariencia, nada más que un campesino simple. Cervantes lo presenta como un personaje profundamente humano: sirve a su señor con lealtad, paciencia y humor, y precisamente por eso vive con una paz interior que Don Quijote, con toda su nobleza, no siempre alcanza.

Sancho acompaña fielmente a Don Quijote, incluso cuando no entiende sus locuras. Su paz nace de esa fidelidad, no de la razón. Con su sabiduría popular, expresada en sus refranes, muestra que quien sirve desde la humildad posee una sabiduría que lo mantiene equilibrado.

Cervantes lo resume en una frase: Más vale buena esperanza que ruin posesión. Nos enseña así que es preferible mantener el entusiasmo y la esperanza por conseguir algo, sirviendo de manera justa y desinteresada, que intentar huir de la realidad o defendernos huyendo o atacando a los demás.

► Veamos un caso clínico que representa una situación bastante frecuente.

Celia, de 42 años, acude a terapia por ansiedad persistente, sensación de vacío y episodios de irritabilidad. Refiere que “ha intentado simplificar su vida” evitando conflictos, responsabilidades familiares y situaciones que le generaban estrés, pero esto solo ha aumentado su malestar.

Trabajó 15 años como enfermera comunitaria y tras un conflicto laboral, pidió traslado a un puesto administrativo “para tener menos problemas”. Asimismo, redujo su vida social para “no cargar con nadie”. También evita conversaciones difíciles con su familia. Desde entonces, refiere sentirse “apagada”, sin propósito y con ansiedad creciente.

La evaluación psicológica mostró, ansiedad moderada, síntomas depresivos leves, pérdida de sentido vital, aislamiento progresivo y un estilo evitativo (temor al rechazo o ser humillado) ante los conflictos.

Esta la evitación crónica ha erosionado su identidad y su sentido de propósito, generando ansiedad y pérdida de paz interior.

El tratamiento se orientó a: Reconectar con valores personales, especialmente el cuidado y el servicio, reintegrar actividades prosociales que antes formaban parte de su identidad y construir límites sanos, no para evitar, sino para servir sin agotarse.

A lo largo de 4 meses, Celia retomó su voluntariado en un comedor social, acompañó a una vecina mayor a citas médicas y recuperó conversaciones pendientes con su familia.

De este modo disminuyeron significativamente la ansiedad y la irritabilidad y refiere “una paz que no sentía desde hace años”.

La conclusión clínica muestra que la evitación reduce el estrés inmediato, pero aumenta el malestar a largo plazo; el servicio, cuando nace de valores profundos, restaura identidad, propósito y paz interior. De modo que el servicio funciona como integrador emocional: organiza la vida, da sentido y disminuye la ansiedad.

Celia no recuperó la paz huyendo de los problemas, sino entrando en ellos desde el servicio. Su bienestar volvió cuando volvió a dar.

—ooOoo—

Cristo, por medio de la Inspiración que recibimos del Espíritu Santo, lleva a un nivel supremo lo que vemos en Sancho Panza y en Celia. Es algo que numerosos personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento experimentaron:

* El miedo de Moisés dejó de paralizarle ante la evidencia de la intervención divina y la confianza que había puesto en él, a pesar de que repetía: Si ni siquiera los propios israelitas me hacen caso, ¿cómo me va a hacer caso el faraón, con lo torpe de palabra que soy? (Éx 6: 12).

* La desolación del profeta Elías se relata en el Libro de los Reyes, capítulo 19. Se desencadena cuando la reina Jezabel lo amenaza de muerte tras su victoria en el Monte Carmelo. Abrumado por el pánico y la soledad, huyó al desierto, se sentó bajo un arbusto y deseó morir. Antes de hablarle, Dios atendió su agotamiento físico a través de un ángel que le dio pan caliente y agua dos veces. El ángel le dijo: Levántate y come, porque largo camino te resta. Dios sacó a Elías de su aislamiento dándole nuevas tareas y esperanza; le ordenó ungir a dos nuevos reyes y a Eliseo como su sucesor y le reveló que no estaba solo, ya que quedaban 7000 personas en Israel que no se habían arrodillado ante el dios Baal.

* El caso más inmediatamente cercano al Maestro fue el de Pedro, que obtuvo como única respuesta a su abatimiento el mandato de apacentar las ovejas de Cristo (Jn 21: 17).

La Providencia no se equivoca, ni nos encarga de una misión cualquiera. Cuando somos humildes y nos reconocemos pequeños, como dice hoy Cristo, recibimos esa auténtica revelación, como Él la llama hoy. Quienes no se sienten necesitados, quienes creen vivir ya una vida plena, no pueden recibir ni acoger esa revelación, que no es una verdad de la Teología, sino el servicio, la forma de servir que nos sana, alivia nuestro dolor sin hacerlo desaparecer y da sentido a todo esfuerzo.

A diferencia de la paz del mundo, por muy deseable que sea, la paz de Cristo se contagia, se transmite y por eso Jesús puede decir: La paz les dejo, mi paz les doy (Jn 14:27). Él no habla de una simple tranquilidad mental, utiliza la palabra hebrea Shalom, que significa plenitud, bienestar integral, reconciliación y restauración de la relación entre el ser humano y Dios.

Prueba de que la paz de Cristo se transmite y se contagia, siendo más que un bien personal, es lo que anunció en el Sermón de la Montaña: Son bienaventurados los que construyen la paz.

Basado en su propia experiencia y en todo lo que aprendió de los santos, dice Fernando Rielo, Fundador de los misioneros identes, que la paz de Cristo nos permite afrontar con una fortaleza insólita, inaudita, las más grandes batallas, porque “es una lucha contra la tibieza”. Esa tibieza, a veces en forma de indiferencia, nos hace ignorar que la paz es la primera condición que nuestro prójimo necesita para ser capaz de servir y tener así una vida nueva.

Hablando del Examen de Perfección, del resultado de compartir unidos ante Cristo nuestra vida espiritual, afirma:

Hay un fruto entre todos los frutos del Examen de Perfección, que es el fruto de la paz. La paz es lo que tantos hombres desean. La desea la sociedad, la desea la Iglesia. Para mantener la unidad es preciso crear un ambiente de paz. No puede haber paz cuando la conciencia se encuentra atormentada por mil intranquilidades internas. Entonces no puede haber, no puede existir la paz de Cristo porque está completamente perturbada. Esta paz, fruto del Examen de Perfección, no es como la da el mundo, sino como la da Cristo. Es la paz del espíritu, esa alegría interna que hay en mí de que estoy siguiendo un camino hacia mi destino. Y un destino que es presentado en toda su inmensa grandeza (30 OCT 1960).

Nos decía que la paz de Cristo, que va más allá de un estado sicológico de serenidad, es llamada Beatitud y posee tres caracteres, que reconocemos como la paz, la libertad y la alegría ( 1 ENE 1972).

Hace unos días hablaba con una persona que ya es abuela y que confesaba su continuo estado de preocupación, al haber quedado viuda desde joven, haber sufrido la pérdida de un hijo y ahora verse obligada a atender su hija y sus nietos, que viven en un estado de ofuscación y aislamiento. En medio de esa tormenta, se adivinaba con claridad cómo al menos el recuerdo de Cristo, la presencia del Padre, que la confirmaba en su misión casi imposible y la fortaleza del Espíritu Santo, la hacían capaz de transmitir una paz mucho más profunda que el sufrimiento permanente que la agitaba.

En verdad, sentir a Cristo dormido en la popa, nos permite navegar por medio de cualquier tormenta, seguros de que si hay una tempestad, un obstáculo que no pudiésemos superar, Él la hace desaparecer.

_____________________________

En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente