
Evangelio según San Mateo 10,37-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
»Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».
Una cama, una mesa, una silla, un candil… y unas manos
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 28 de Junio, 2026 | XIII Domingo del Tiempo Ordinario
2Re 4: 8-11.14-16a; Rom 6: 3-4.8-11; Mt 10: 37-42
Tengo un recuerdo entrañable de Soeur Nagasé, una religiosa japonesa de las Hermanas del Niño Jesús, que se encargaba del Centro de Acogida de la Diócesis de Ndjamena. Allí llegaban misioneros, voluntarios que aterrizaban en el Chad, un país predominantemente musulmán, con una historia difícil, en el que nuestra comunidad trabajó hasta 2008.
Esta hermana recibía con una sonrisa y una atención proverbiales a toda persona que venía desde el aeropuerto para comenzar una misión en cualquier parte del país. No hablaba muy bien las lenguas usuales, pero su hospitalidad superaba toda barrera de idiomas. Al leer la Primera Lectura, la mujer sunamita me recuerda la diligencia de esta religiosa al solucionar cualquier solicitud de los viajeros, que nos encontrábamos en casa y bien acogidos a pesar de los pocos medios del Centro. Estoy seguro que ella encarnó las palabras que Jesús nos dice hoy: Todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.
Ciertamente, cada uno de nosotros tiene ahora una misión que cumplir para el reino de los cielos, pero hoy nos dice Cristo hasta qué punto es sublime el cuidar de la misión de cualquier hermano o hermana, porque el Espíritu Santo puede estar haciendo milagros por medio de un vaso de agua fresca.
Por ejemplo, quien hace un esfuerzo por servir al prójimo, frecuentemente pasa por estados de apatía, aridez o vacilación, pues lo que ve y siente no siempre coincide con sus expectativas ni es proporcional a su esfuerzo; sin embargo, al sentirse acogido, aunque sea por una sola persona, recibe sin palabras la confirmación de la presencia de Dios en su propia vida. Eso dicen las palabras de la mejer sunamita a su esposo, cuando se refiere a Eliseo: Ahora entiendo que este que siempre pasa por nuestra casa, es un santo hombre de Dios.
Además, esta Lectura es uno de los textos más finos del Antiguo Testamento sobre cómo Dios actúa en lo escondido y transforma la generosidad en vida nueva, lo que era estéril en nuestra existencia, en terreno de fecundidad inesperada. Eliseo descubre que la mujer no tiene hijos y sabe que su marido es anciano. Ella no lo había pedido -quizá por resignación antigua- pero Dios conoce las heridas silenciosas y a través del profeta le anuncia: El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo.
Nuestra humilde hospitalidad con los demás es siempre un aposento preparado para acoger la bendición divina.
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La Segunda Lectura constituye una introducción muy adecuada para comprender el mensaje del texto evangélico. San Pablo habla (muy) insistentemente a los romanos sobre el significado del Bautismo: el paso de un estado de muerte a una vida “para Dios en Cristo Jesús”. San Mateo recoge hoy el final del llamado Discurso Misionero de Cristo, donde el Maestro precisa exactamente qué hacer con esa vida: perderla por Él.
Una interpretación frecuente de este mensaje es el destacar la dificultad y el sacrificio que nos exige vivir este espíritu misionero. Sin embargo, no se trata de poner a prueba nuestra fe, por muy exigente que sea el ser discípulo-misionero; se trata más bien de ser fiel a la capacidad recibida en el Bautismo de entregar la vida como Cristo para obtener un fruto que el mundo no puede producir.
La historia El ruiseñor y la rosa (1888), de Oscar Wilde es una trágica fábula sobre el amor idealizado, el sacrificio desinteresado y la superficialidad humana.
En un jardín silencioso, un joven estudiante lloraba porque necesitaba una rosa roja para declararse a la mujer que amaba… pero era invierno, y no había ninguna.
Un ruiseñor, que había escuchado su lamento, comprendió que el muchacho deseaba algo verdadero, algo que valía la pena. Entonces buscó un rosal y le pidió una flor. El rosal respondió: Puedo darte una rosa, pero solo si alguien me ofrece su sangre.
El ruiseñor dudó. Era pequeño, frágil, y su canto era su vida. Pero vio la tristeza del joven y decidió entregarse. Clavó su pecho en una espina y cantó toda la noche. A medida que su sangre caía, la rosa se teñía de rojo profundo. Cuando el sol salió, la rosa estaba perfecta. El ruiseñor, en cambio, yacía sin vida bajo el rosal.
El joven encontró la flor y corrió a ofrecérsela a la muchacha. Ella la rechazó por un regalo más costoso que había recibido de otro pretendiente. El joven, decepcionado, arrojó la rosa a la basura y regresó a la rutina de sus libros.
Pero la historia no termina ahí, porque aunque el joven no comprendió el sacrificio, el ruiseñor sí había encontrado su plenitud: había dado su vida por amor, y en ese acto su existencia se volvió eterna, más verdadera que cualquier éxito o reconocimiento. En la lógica del mundo, el ruiseñor perdió. En la lógica del amor, ganó la vida plenamente.
Nuestro testimonio de vida debería ser el argumento más convincente para impulsar a quienes conoces a seguir a Cristo. Él menciona hoy la cruz que cada uno debemos cargar, pero hay que decir de nuevo que no se trata de una “prueba”. La forma que tenemos de llevar esa cruz produce en el prójimo una sorpresa y un verdadero coraje para vivir dedicándose a los demás a pesar del propio sufrimiento. En el caso de los primeros discípulos, es evidente que fueron contagiados por Cristo de esta forma, aunque no comprendieran todo lo que el Maestro les transmitía con la palabra.
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Jesús ha hablado en muchas ocasiones del amor que siente por su Padre y cómo él mismo busca darle satisfacción en todo. Pero hoy cambia su discurso, para hacernos comprender que Él es la medida del amor, pues nuestro amor por los padres -algo ya exigido por el cuarto Mandamiento- no puede ser completo ni santo sin amarle profundamente a Él, es decir, mostrando una honda gratitud por habernos liberado, por mostrarnos el camino a nuestra casa del cielo y también la forma de amar a nuestros padres con libertad, sin dependencia afectiva, sin diferencias, sin posesión ni miedo, sin las condiciones que impone a veces el amor mundano.
Efectivamente, cuando no amamos profundamente a Cristo, nuestro amor al prójimo está condicionados por la respuesta que nos dé, por nuestro miedo y por nuestra forma de mirar. Sin embargo, tras recibir el don de la piedad, podemos decir: Nosotros amamos porque Él nos amó primero (1Jn 4: 19).
Por eso, la gratitud es, en cierto modo, la primera virtud porque reconoce el bien como don, y ese reconocimiento es el punto de partida de toda vida moral y espiritual.
Pero sabemos bien que los discursos abstractos sobre el amor y la caridad son a menudo inútiles y a veces peligrosos. Cristo describió y precisó su amor por nosotros como amistad, según recuerda el Concilio Vaticano II: Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía (Dei Verbum 2)
Cristo nos llama “amigos” cuando pasamos de una relación de siervos a una de intimidad, confianza y obediencia. Este momento crucial ocurre durante la Última Cena, cuando Jesús revela a sus discípulos el profundo amor sacrificial que tiene por ellos.
Hoy es un día adecuado para que hagamos un examen muy preciso y muy evangélico, en sólo tres preguntas, para saber si estamos en la línea de ese amor de amistad auténtica con Cristo y con el prójimo. Se trata de recordar tres momentos donde Jesús habla de su amistad con cada uno de nosotros:
►Jesús nos llama amigos porque nos confía los secretos y los propósitos de Dios. Ya no desea ocultarnos nada, pues tenemos acceso a su verdad. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, se las he dado a conocer (Jn 15:15). ¿En verdad comparto TODO con Él, incluidos mis sueños, mis dudas, mis frustraciones y mis faltas? Hay asuntos que no podemos o no debemos comunicar con nuestros padres, pero no hay excepción a lo que hemos de compartir con Cristo.
►Jesús, en el versículo anterior, nos da un indicador preciso: Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando (Jn 15:14). La verdadera amistad con Él se demuestra a través de la obediencia en el amor al prójimo que nos pide demostrar ¿Me preocupo de HACER SABER a mi prójimo que de verdad deseo vivir una amistad con él?
El fariseo Simón, que invitó a Cristo a comer a su casa (Lc 7: 36-50) no mostró hacia el Maestro la cortesía elemental de ese tiempo, sin embargo la mujer pecadora se apresuró a lavar y besar sus pies con un caro perfume, demostrando así la posibilidad de una amistad entre personas muy diferentes, entre los que tienen opiniones distintas, entre el hombre y Dios. El propio Jesús explica por qué esto es posible: Si demuestra tanto amor, es porque le han sido perdonados sus muchos pecados.
Como afirmaba San Juan Bosco, no basta amar a los jóvenes, es preciso que ellos se den cuenta de que son amados. De esa manera mi prójimo se siente valorado, seguro y comprendido y así se allana su camino al cielo, como hizo Jesús con el criminal que tenía junto a él en el Gólgota.
►Finalmente, la amistad de Jesús es una amistad incondicional. Inmediatamente antes de revelarles su amistad, Jesús expresa a los discípulos la magnitud de su entrega: Nadie tiene mayor amor que este, que uno entregue su vida por sus amigos (Jn 15:13). Nos llama “amigos” a pesar de nuestra mediocridad, incluso de nuestras traiciones, como hizo con Judas Iscariote: Amigo, lo que has venido a hacer, hazlo ya (Mt 26: 50). Esta amistad era inconcebible para cualquiera que reflexionase sobre las relaciones humanas en las culturas de la época (…y menos aún hoy día) ¿Mi amistad y afecto por las personas depende de su simpatía, de su afinidad conmigo?
En verdad, nuestra amistad con Cristo está siempre en construcción, en crecimiento, al igual que la verdadera amistad con el prójimo, que no es espontánea. Para ello, hemos de aprovechar el amor recibido con el perdón de Dios y la generosidad de algunas (o muchas) personas, partiendo así de la gratitud, como antes mencionamos.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











