
Evangelio según San Mateo 20,1-16:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido’. Ellos fueron.
»Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’. Le respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña’.
»Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: ‘Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros’. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: ‘Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno’. Él replicó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».
Nadie nos ha contratado
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 20 de Septiembre, 2026 | XXV Domingo del Tiempo Ordinario
Is 55:6-9; Flp 1: 20c-24.27a; Mt 20: 1-16
En 1853, el escritor norteamericano Herman Melville publicó en una revista un cuento considerado como una de sus mejores obras. Se titula como el protagonista de ese relato, Bartleby, un copista que, en un despacho lleno de actividad, permanece cada vez más invisible, silencioso, no requerido.
Su respuesta repetida, “preferiría no hacerlo” no era rebeldía a sus jefes; sino la expresión de alguien que no se sentía llamado a nada, que no encuentra un lugar donde su existencia tenga sentido. Acaba negándose a abandonar la oficina, a pesar de haber sido despedido. Es detenido como vagabundo y muere de inanición en la cárcel.
El personaje ha sido analizado en múltiples ocasiones y ha dado lugar a interpretaciones psicológicas, antropológicas y sociológicas de toda índole, seguramente porque Bartleby refleja a tantos seres humanos que viven en una espera vacía, sin ser convocados por ningún vínculo significativo. De esa manera, su identidad que se va apagando porque no hay mirada que los reconozca. Bartleby es el rostro literario del jornalero que dice: Nadie me ha contratado.
Es la confesión de una profunda vulnerabilidad, pues el ser humano depende de ser llamado de alguna forma; no puede darse a sí mismo su propio valor. Necesita ser acogido para existir plenamente. Es la antropología del yo receptivo, no autosuficiente.
En el Evangelio de hoy, “Nadie nos ha contratado” es la autodescripción de una persona que no encuentra lugar, valor ni reconocimiento en el tejido social y simbólico de la vida.
En el mundo bíblico, ser contratado significaba ser visto, ser elegido, ser valorado. Decir “nadie nos ha contratado” equivale a afirmar que “nadie nos ha considerado dignos, ”o “nuestra existencia no es necesaria para nadie”.
Es la experiencia de invisibilidad social, podríamos decir, la herida de la no-elección; es la condición del sujeto descartado, que no entra en la lógica del rendimiento.
Al describir Cristo a los jornaleros están esperando en la plaza, no habla sólo de un problema laboral, nos está diciendo que la espera es algo fundamental para el ser humano; pues vivimos en tensión hacia un llamado y nuestra identidad se configura en una relación que convoca, algo que a veces, en la vida espiritual llamamos “vocación”. Sin llamada, el ser humano queda suspendido, sin forma.
Así, somos capaces de comprender las diferentes reacciones de quienes no se sienten llamados, ni necesarios para nadie, algo que todos podemos contemplar a nuestro alrededor:
֍ Reacciones de aislamiento y retraimiento, en las que la persona se aleja de amigos y familiares bajo la premisa de “para qué molestar si no le importo a nadie“. En casos extremos, esto puede derivar en fenómenos de aislamiento total, como el fenómeno de los hikikomori, palabra japonesa que describe un estado que implica encerrarse en la propia casa y no participar en la sociedad durante seis meses o más. Esto se produce con frecuencia alarmante en la población juvenil.
Otros caen en la apatía, en una falta profunda de motivación. Las actividades que antes generaban gozo dejan de hacerlo, ya que el individuo siente que sus acciones no tienen impacto en el mundo.
En otros, se observa una auto-invisibilización, el adoptar una postura sumisa o pasiva en los grupos, intentando “no hacer ruido” ni llamar la atención, asumiendo que su presencia es irrelevante.
֍ Reacciones defensivas y de compensación, como una hiper-independencia radical, que lleva a la persona adopta la filosofía de “no necesito a nadie porque nadie me necesita”. Se niegan a pedir ayuda y construyen gruesos muros emocionales para evitar ser vulnerables.
Otros buscan refugio en el rendimiento o el trabajo, intentando compensar la falta de conexión emocional tratando de hacerse indispensables en el ámbito laboral o académico. Se busca el reconocimiento externo para llenar el vacío interno.
Finalmente, hay quien se entrega obsesivamente a cuidar a otros (o a cualquier causa, o a una mascota) para forzar la sensación de ser necesarios, a menudo descuidando sus propias necesidades básicas.
֍ Reacciones de hostilidad, resentimiento o cinismo. A veces, la persona “no llamada” desarrolla una actitud amarga hacia la sociedad y las relaciones humanas. Suele criticar la “hipocresía” de los demás como un mecanismo de defensa para justificar el propio aislamiento.
En algunos casos, especialmente en jóvenes, el dolor de ser invisible se transforma en la necesidad de ser visto a cualquier precio, recurriendo a la provocación o la rebeldía.
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Ciertamente, hay personas que parecen superar esa situación de no ser llamados creando un propósito propio, construyendo un camino a través del arte, la filosofía, un hobby, la espiritualidad o nuevos proyectos en su vida, pero esas alternativas son necesariamente limitadas y a veces muy individualistas, como le sucedió al hijo menor de la parábola de (Lc 15: 11-32), el joven llamado “pródigo”, que se arrepintió de haber buscado un proyecto de vida de forma insensata.
Desde luego, la parábola que hoy nos ofrece el Maestro, ilumina la única posibilidad de salir de esa espiral de quien no se siente llamado, ni útil, ni -sobre todo- sinceramente querido. Nuestro Padre celestial es el propietario de la viña, que no se cansa de salir a las plazas a buscar jornaleros. Bien sabemos que una viña requiere muchos cuidados y una atención continua, pues los hongos, los animales y las plagas acechan continuamente; Cristo eligió esta imagen para que los oyentes comprendieran bien que el reino de los cielos, aquí en este mundo, exige acompañar a cada ser humano con esmero y sin cansancio, para que sus talentos, sus cualidades, lo mejor de sí mismo, puedan dar el máximo de frutos.
Todo lo que llamamos “vida mística” se puede entender como ese esfuerzo del dueño de la viña para que acojamos su llamada: nos inspira misericordia, nos va convenciendo del vacío de nuestros ídolos, nos libera de nuestro afán de autosuficiencia.
De ese modo, el Espíritu Santo, unido al Padre y al Hijo, nos lleva continuamente a hacer algo generoso por el prójimo, lo cual, al mismo tiempo, es un camino de libertad, y eso explica por qué Jesús prometió a los primeros discípulos que haría de ellos “pescadores de hombres”, es decir, instrumentos gozosos, capaces de rescatar a los demás de la esclavitud del mundo, del demonio y de la carne.
Esa experiencia es tan fuerte que San Pablo la describe hoy como un dilema, entre la suprema alegría de acompañar a Cristo en el cielo o el gozo de vivir una paternidad o maternidad espirituales con quienes la Providencia pone ante nosotros, por muy exigente que esto pueda ser.
En la Primera Lectura, Isaías repite que los planes de Dios, sus caminos, son más altos que los nuestros, lo cual significa -entre otras cosas- que no podemos imaginar ni la grandeza del perdón divino ni la gracia que tiene reservada para los “criminales y los malvados” dispuestos a abrir su corazón. Por eso la parábola de hoy termina afirmando que los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. El propio Cristo tuvo experiencia de esto al ver la fe de la mujer cananea angustiada por su hija ()Mt 15: 21-28) o el oficial romano (Mt 8; 5-13) apenado por la enfermedad de su siervo; muy al contrario de algunos fariseos y doctores de la Ley, que no parecían ser “últimos”, sino “primeros”.
A veces lo comprobamos siendo testigos de arrepentimientos inesperados o de nuestra propia determinación a aceptar la invitación del dueño de la vid para hacer algo nuevo, un gesto de amor desprendido, un gesto de perdón envuelto en nueva paciencia e inesperada empatía…
El dueño de la vid pone el dedo en la llaga de nuestra malicia: ¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Hace unas semanas tuve ocasión de escuchar a dos personas sensibles, inteligentes y eficientes en su trabajo profesional. Pero la visión que cada uno tenía del otro era la misma: creían percibir una persona insoportable, rígida y orgullosa… había en sus percepciones una simetría perfecta y lamentable. Ambos consideraban “imposible” al otro, un verdadero caso perdido. A la luz del Evangelio de hoy, esto me recuerda nuestra profunda tendencia a estar en desacuerdo con Dios y con el prójimo. Esto se puede llamar de varias formas, pero se manifiesta en forma de desconfianza, envidia, y -en la vida de las personas noblemente espirituales- con lo que nuestro Fundador llama contraverberación, que puede entenderse como el antagonismo más profundo entre alma y espíritu, la división más dolorosa dentro de nosotros, que el Espíritu Santo aprovecha para atraernos a su lado.
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Por supuesto, somos capaces de despreciar la misericordia del Padre, como ocurrió con los trabajadores que habían pasado todo el día bajo el sol, o como el hermano mayor del Hijo Pródigo: Tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Ni él ni aquellos habían disfrutado de lo que ya se les había concedido: el reino de los cielos; habían perdido la oportunidad de dar un testimonio de generosidad durante toda la vida, lo cual no equivale a un gesto heroico de un momento; por supuesto, nosotros no somos capaces de comparar el gesto de un mártir y la larga vida de entrega de una persona que dejó todo por Cristo y nunca se volvió para mirar atrás.
El Evangelio de hoy nos invita a meditar muy seriamente sobre nuestra vida apostólica ¿En verdad estamos convencidos de que “el otro” es buscado por nuestro Padre celestial para trabajar en la viña, no sólo para ser absuelto de sus faltas? Esto tiene que ver con la lamentable indiferencia que manifestamos a veces, no sólo por un ser humano que pasa hambre en la calle, sino por quien tenemos al lado y calificamos instintivamente como “obstáculo”, no como “misión”.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











