
Evangelio según San Mateo 21,28-32:
En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue.
»¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en Él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en Él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en Él».
No somos prisioneros de nuestros pecados
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 27 de Septiembre, 2026 | XXVI Domingo del Tiempo Ordinario
Ez 18: 25-28; Flp 2: 1-11; Mt 21: 28-32
Un hombre olvidó su flamante bicicleta nueva, sin vigilancia, en el mercado mientras hacía la compra y se fue andando a casa. A la mañana siguiente, se acordó de la bicicleta que había dejado allí y se fue corriendo al mercado pensando que se la habrían robado, pues el lugar era un centro habitual de reunión de maleantes. Pero la bicicleta estaba exactamente donde la había dejado. Lleno de alegría, el hombre fue inmediatamente a una parroquia cercana, para dar las gracias a Dios por haberla mantenido a salvo, pero, al salir de la iglesia, se dio cuenta de que algún parroquiano había robado la bicicleta que dejó apoyada cerca de la pila de bautismo.
En la parábola de hoy, Jesús habla de un padre y sus dos hijos. Desde luego, al contrario de lo que se podría imaginar con nuestra lógica torpe y directa, no hay un tercero, que dijera al padre: “Sí, voy a trabajar a la viña” y sin tardar se pusiera a cavar. No es así; la parábola va dirigida a seres humanos como tú y yo, como los publicanos, las prostitutas, los doctores de la Ley, los primeros discípulos…todos perfectamente capaces de obrar el bien y el mal y cada uno con su mediocridad y sus inconsistencias.
Lo que importa es la conclusión final: Aun siendo así, con un corazón que tiende a estar dividido, podemos hacer la voluntad del Padre.
La parábola es una verdadera joya de enseñanza y de pedagogía. En primer lugar, Jesús no comienza acusando a los corruptos Doctores de la Ley, sino que hace que ellos mismos se vean retratados en el segundo hijo, el que es hipócrita con su padre. Además, observemos que Cristo no dice a sus pervertidos oyentes que “no entrarán en el Reino de los cielos”, sino que llegarían después de los pecadores públicos y los odiados recaudadores de impuestos. Esto significa que Dios Padre nos seguirá perdonando hasta el final, porque el perdón es su instrumento más poderoso para atraernos a Él. Eso explica por qué Jesús se dirigiera con preferencia a leprosos, marginados y enfermos despreciados por todos: de forma natural, estaban más dispuestos a acoger el Evangelio que los que se consideraban justos.
Desde luego, la parábola no es moralista; es un diagnóstico del corazón humano y de sus mecanismos de autoengaño, conversión y resistencia.
Todos nosotros estamos continuamente bajo el peligro de crear excusas, disculpas, pretextos y justificaciones para no enfrentarnos a la dolorosa realidad de que no somos perfectos ni tampoco mejores que los demás (¿quién podría comparar? ¿quién podría medirlo?). Aceptar la realidad de nuestra propia forma de ser puede resultar muy doloroso, pues supone deshacer el “constructo” irreal que hemos hecho de nosotros mismos. En vez de aceptar como divisa el socrático “Conócete a ti mismo”, es más cómodo seguir como lema no confesado “Desconócete a ti mismo”. Esto recuerda la vieja fábula de Esopo, que vivió en la Antigua Grecia alrededor del siglo VI a. C:
Érase una vez una zorra que le pasó junto a una viña donde acababan de madurar unas uvas grandes y hermosas, y sintió unas ganas terribles de probarlas. Parecían realmente muy dulces.
La zorra se estiró, pero no pudo alcanzar el racimo porque estaba demasiado alto. Intentó saltar, pero aun así no era suficiente. Intentó trepar por la valla, pero ya era vieja y las tablas se rompían. La zorra saltaba, trepaba de mil maneras pero acababa siempre en el suelo de nuevo.
La zorra, ya completamente cansada, comenzó a resoplar como si acabara de correr una maratón. La lengua le colgaba de la boca mientras jadeaba, se alborotaba el pelaje, pero todo era en vano. Por fin, la zorra bajó la cola y se marchó sin haber conseguido nada.
Bueno, ¿y qué importa? -se dijo la zorra- de todos modos seguro que esas uvas estaban muy ácidas. Aunque hubiera logrado subir, tampoco las habría disfrutado.
Pero la zorra se equivocaba. Las uvas estaban dulces. En el fondo de su alma ella lo sabía muy bien, pero las criticó a propósito para no sentirse mal por no haberlas alcanzado.
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Una analogía cinematográfica de esta parábola es el famoso film La misión (1986), que refleja la lucha entre las monarquías absolutas europeas por el poder y la influencia en América del Sur en el siglo XVIII. No es una simple analogía: la película dramatiza dramáticamente la tensión entre decir y hacer, entre la identidad declarada y la identidad transformada, entre la obediencia verbal y la conversión real.
El personaje de Rodrigo Mendoza, mercenario, traficante de esclavos, violento, orgulloso, representa al hijo que dice “no”, Su vida es una negación práctica de la voluntad del Padre. Representa al ser humano cuya primera palabra existencial es rechazo, resistencia, autoafirmación cerrada. Pero, como el primer hijo de la parábola, no queda fijado en su primer “no”.
Mendoza ha matado a su hermano en un arrebato de ira. Entonces, su identidad de mercenario, esclavista, violento, se derrumba. Busca expiación y el padre Gabriel le propone una penitencia que no es castigo, sino un camino de verdad: atar a su cuerpo un enorme fardo, que contiene su armadura, su espada, sus instrumentos de esclavitud, todo lo que simboliza su viejo yo.
La cuerda aprieta su pecho y cada paso es un acto de humillación voluntaria. Un grupo de jesuitas y guaraníes avanza por la selva húmeda, empinada, casi vertical. Mendoza va detrás, arrastrando el bulto que se engancha en raíces, piedras, troncos. En esa larga escena no hay discursos, solo esfuerzo, sudor, torpeza, caídas.
Los guaraníes observan y no juzgan, no lo humillan, sólo lo miran con una mezcla de extrañeza y compasión. Ellos, que fueron esclavizados por Mendoza, son ahora testigos de su descenso al fondo de sí mismo.
En un punto del ascenso, la carga queda atrapada en una roca. Mendoza intenta liberarla, pero no puede. Se desespera y es cuando la penitencia revela su verdad: no es capaz de salvarse solo.
Uno de los guaraníes se acerca, mira a Mendoza, toma un cuchillo y corta la cuerda. La armadura cae por el precipicio, Mendoza queda libre y se desploma en llanto. Este gesto es la gracia: la liberación que viene del otro, no del propio esfuerzo.
La escena de la penitencia, en la que Mendoza arrastra su armadura por la selva, es una metanoia visual muy poderosa. Ese acto es su “ir a la viña”, no es un gesto verbal, sino corporal; no es un discurso, sino una obediencia concreta.
Pero la semejanza con la parábola no queda aquí. Los “religiosamente correctos”, los diplomáticos, los burócratas, los representantes del poder y algunos miembros de la poderosa jerarquía eclesiástica, quedan fuera de la verdad del Reino. No protegen a los guaraníes y no actúan según la verdad que proclaman, sino según sus propios intereses,
Sin embargo, los guaraníes acogen el Evangelio con pureza, como demuestra su perdón y su ayuda a Rodrigo Mendoza.
Esto le impulsa a entregarse como el padre Gabriel, y ambos entregan la vida arrastrados por una situación de intereses políticos de las naciones europeas y sus colonias.
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Conviene tener en cuenta que Cristo hace hoy referencia a San Juan Bautista, porque su testimonio que pone en evidencia la hipocresía y la resistencia al cambio de muchos. De hecho, Herodes le encarceló y le quitó la vida porque tanto él como su esposa ilegítima Herodías, no podían soportar su autoridad moral, basada en la humildad y la modestia, que para ellos dos era una luz sobre su conducta perversa.
Conviene también reconocer que nosotros reaccionamos con la crítica, la tristeza o el odio en cuanto nos sentimos acusados por un comentario o por el buen ejemplo de alguien. El primer hijo, mediocre y espiritualmente perezoso como tú y como yo, ilumina hoy el camino a seguir: tenemos la gracia para cambiar, se nos ha concedido la oportunidad de ir a la viña y colaborar en el reino de los cielos. Como recordaba el Evangelio del domingo pasado, nunca es tarde para vivir la fidelidad, para ponerse manos a la obra, como los jornaleros que fueron contratados en la última hora.
Un solo acto de bondad, hecho en nombre del dueño de la viña -es decir, con pasión, amor, dedicación y espíritu de fidelidad- puede merecer recompensas mucho mayores que las que nos privan, en cambio, tantas obras de bondad realizadas con frialdad y solo con fines de exhibicionismo y vanidad.
San Pablo, al hablar hoy a los filipenses, nos da el remedio evangélico para vencer la hipocresía y el autoengaño: vivir auténticamente unidos, en comunión. Esa comunión es verdadero antídoto contra la soberbia y el orgullo, por dos razones: primero, desaparece la necesidad de demostrar que “soy alguien especial” y -más importante- al estar en comunión, recibimos una gracia que sí es especial: la presencia de Cristo entre nosotros, según prometió (Mt 18: 20).
Esto no es un “complemento” a la vida del discípulo, sino algo propio del camino que nos ofrece Jesucristo: la santidad, de una forma u otra, se vive en común. Pablo llega a decir algo que para muchos cristianos es difícil de aceptar, como me confesaba una religiosa: Consideren siempre superiores a los demás. Insistamos: no se trata de comparar la vida de otro con la mía, sino de reconocer cómo el Espíritu Santo está trabajando en su alma, haciendo posible en esa persona lo que el propio Cristo manifestó: En verdad les digo: el que cree en Mí, las obras que Yo hago, él las hará también; y aun mayores que estas hará, porque Yo voy al Padre (Jn 14: 12).
Incluso numéricamente, un ejemplo claro ocurrió en el día de Pentecostés, cuando el apóstol Pedro predicó y miles de personas se convirtieron en un solo día.
Ojalá nos alegremos al recordar el Evangelio de hoy, porque es anuncio de esta buena noticia: no estás condenado por tu pasado, no eres prisionero de tu pecado, no eres rehén de tus errores.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











