
Evangelio según San Mateo 21,33-43:
En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’.
»Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».
¿Cuáles son los frutos de la viña del Señor?
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 04 de Octubre, 2026 | XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
Is 5: 1-7; Flp 4: 6-9; Mt 21: 33-43
¿Cuántas veces hemos oído en las familias, en las comunidades, en las asociaciones, frases como estas?:
– Es imposible trabajar con Eulalio; es incapaz de escuchar, de aceptar otra opinión distinta de la suya.
– Prefiero organizar esta actividad yo solo, porque a nadie le preocupa y todos tienen otras prioridades.
– Prefiero limitarme a evitar conflictos, porque cualquiera de mis iniciativas encuentra críticas o indiferencia. Así, al menos, salvo la convivencia.
La Primera Lectura, el Salmo (79) y el texto evangélico hablan de los conflictos y de los amargos frutos de esa vid que representa al pueblo elegido, llamado a producir las mejores uvas y -sin embargo- produciendo escándalo con sus divisiones y sus gestos de prepotencia. Nosotros, por supuesto, somos parte de ese pueblo elegido.
La falta de comunión es tan grave que hace inútiles la mayoría de los esfuerzos de los dirigentes o los superiores, lo cual explica las contundentes palabras de Cristo al final de su discurso: El reino de Dios les será quitado a ustedes y será dado a una nación que produzca los frutos del reino.
Los planes de Dios no pueden ser destruidos, pero sí pueden sustituirse los obreros que se niegan a llevarlos a cabo. Esos obreros indignos se pueden caracterizar de forma clara y contundente con las palabras de Cristo: Desean ser servidos, lo cual es la actitud exactamente contraria a la de Jesús, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (Mt 20: 28), según sus propias palabras.
Muchas veces hablamos de la importancia de “servir”, lo cual implica estar dispuesto a realizar tareas que no me parecen relevantes, pero de esa manera damos un alivio al prójimo; asimismo, el servicio incluye el hacer posible la misión de los demás, lo cual exige atención, disposición a todo tipo de imprevistos y finalmente, se trata de servir de ejemplo, de humilde modelo.
Respecto a esto último, el ayudar modestamente a encontrar cómo vivir de manera fecunda, el Santo Padre León XIV dijo a los asistentes a la inauguración del año Pastoral en Roma (18 SEPT 2026):
La Iglesia no existe para sí misma, sino para conducir a cada persona a un encuentro con el Señor.
Sin duda, es el fruto que Dios Padre, Señor de la viña, espera de nosotros, tanto personal como comunitariamente; una vez más, recordemos la sentencia de Jesús sobre sí mismo y sobre nosotros: dar su vida en rescate por muchos, es decir, liberar al prójimo de toda forma de esclavitud de este mundo, mostrarles el camino hacia el Padre que ahora mismo pueden seguir.
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Para los obreros indignos, que de alguna forma golpean, apedrean y matan a los verdaderos siervos, el castigo más terrible está poéticamente expresado en la Primera Lectura: más que ser pisoteada, llenarse de zarzas y servir de pasto, lo verdaderamente duro es que para esas vidas, para esas viñas, el dueño de la viña prohibirá a las nubes que lluevan sobre ellas. Esto significa, por supuesto, que perderán la gracia que les estaba reservada, lo cual no es nada simbólico ni abstracto: Dios no les concederá almas a las que cuidar, aunque ocupen cargos importantes, aunque realicen de manera esforzada muchas actividades, aunque tengan ideas brillantes y hablen con autoridad.
Esa esterilidad es ciertamente un castigo profundamente significativo, que les impedirá entrar al cielo acompañados de las almas que podrían haber cuidado. Es la versión universal -en este caso muy real- de lo que tantos pueblos, como los judíos, consideraban un castigo del cielo: la imposibilidad de formar una familia. Pero también es un castigo que comienza en este mundo, pues ningún éxito social, intelectual o económico puede sustituir a la alegría de cuidar directamente las almas, por muy exigente que esto pueda ser, ya que significa participar en la misión del mismo Buen Pastor. Se trata de la maternidad o paternidad espirituales.
Hay numerosos ejemplos en el Antiguo y el Nuevo Testamento de la situación opuesta: cómo la Providencia otorga la fecundidad más inesperada a quienes son fieles en medio de la dificultad y el sufrimiento.
Recordemos el caso de Ana, la madre del profeta Samuel (1Sam: 1-2). Ana vive una devastación personal, marcada por la esterilidad, la humillación pública y la burla constante de Peniná, la otra esposa de Elcaná, pues esta mujer envidiaba el amor que Elcaná tenía por Ana. No puede “hacer” nada para resolver su dolor, pero en ella nace un fruto interior que transforma la historia: Con amargura de alma, oró al Señor y lloró abundantemente (1 Sam 1:10).
Ese gesto interior, no una acción externa, sino una actitud de apertura del corazón; se abre a Dios desde la vulnerabilidad, así crea un espacio para que Dios reconstruya lo que estaba roto. Ana no reconstruye su vida con grandes actos visibles, ni tampoco disimulando su dolor ni usándolo para manipular. Lo hace con un fruto interior; un corazón que se abre a Dios en la verdad. Es lo que San Pablo recomienda a los filipenses hoy: en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.
Ese fruto permite que Dios haga lo que ella no puede: crear vida donde había esterilidad. Su hijo Samuel fue uno de los héroes más grandiosos del pueblo de Israel.
Un ejemplo bíblico del Nuevo Testamento donde un fruto interno del corazón permite que Dios reconstruya lo que está destruido es el de Pedro, después de negar a Jesús. Es uno de los relatos más hondos de transformación interior en toda la Escritura. Pedro ha fallado de manera devastadora, negando a Jesús tres veces y rompiendo así la comunión,
Nada externo podría reparar eso; no hay acción que pueda compensar una traición así. Pero nace en él un fruto interior que abre la puerta a la reconstrucción: un arrepentimiento que no huye, sino que vuelve a Jesús.
Y saliendo fuera, lloró amargamente (Lc 22: 62).
Ese llanto no es solo dolor; es verdad del corazón, es humildad, es apertura. Es el fruto interior que permite que Dios reconstruya lo que Pedro ha roto. Ese fruto íntimo prepara el encuentro decisivo en Jn 21:
–¿Me amas?
–Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.
Pedro no ofrece acciones, promesas ni méritos, sino que presenta su corazón quebrantado. Y desde ese corazón, es Jesús quien reconstruye: la amistad, la misión y la confianza.
Así, pasa de traidor a pastor; no por sus obras externas, sino por un fruto interior que abrió espacio a la gracia. Recuerda la mirada de Jesús y su llanto es oración sin palabras, sin excusas. De esa manera, logra volver a Jesús en vez de huir, como hizo Judas Iscariote.
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La imagen de la viña ofrece la oportunidad de comprender y amar a nuestro Padre celestial como lo hizo Cristo, es decir, contemplando su Aflicción, su dolor más íntimo como Persona, como amante de sus hijos. Eso le llevó a entregar su vida no sólo por amor a los seres humanos, pecadores, sino especialmente por abrazar el sufrimiento de su Padre.
Nosotros también tenemos esa experiencia cuando vemos tantas oportunidades perdidas en la vida de las personas, sobre todo de los más jóvenes. Esa contemplación nos empuja con más fuerza que cualquier idea o proyecto propios, pues toca lo más profundo de nuestro ser. Creo que podemos elegir dos ejemplos más poderosos que cualquier explicación racional.
֍ Uno es la madre de los siete hermanos macabeos en 2 Macabeos 7. Su historia es uno de los testimonios más radicales de amor materno, fe y martirio en toda la Biblia. Un rey intenta obligar a siete jóvenes a renegar de su fe. Uno tras otro son torturados y ejecutados. La madre está allí, presente, viendo cómo cada hijo es llevado a la muerte. Y sin embargo, a pesar del sufrimiento atroz, no se quiebra; para ello recibe y acoge una gracia especial. Su aflicción no la paraliza, más bien la convierte en una fuerza interior que sostiene a sus hijos en el momento decisivo.
Abraza a cada hijo antes del martirio, como si quisiera transmitirles su propio aliento, les habla con ternura y firmeza, recordándoles que Dios es más fuerte que el dolor y les infunde valor, no “para morir”, sino para permanecer en la verdad. De este modo, entrega su propia vida interior, porque cada muerte de sus hijos es también una muerte en ella.
Su amor materno es martirio compartido. Ella muere siete veces antes de morir una sola vez. Desde luego, no busca el sufrimiento, sino proteger la identidad de sus hijos, incluso cuando ya no puede proteger sus cuerpos.
Su aflicción se convierte en una forma de dar la vida, entregando su corazón entero en cada despedida y también porque su dolor se transforma en valentía para ellos.
֍ El segundo ejemplo es Irena Sendler (1910–2008), una enfermera y trabajadora social católica, que se convirtió en uno de los rostros más luminosos de la compasión activa. Su aflicción por los niños judíos encerrados en el gueto de Varsovia la llevó literalmente a jugarse la vida cada día. Entraba al gueto con permisos falsos, oficialmente para tareas sanitarias.
Sacaba niños escondidos en sacos, cajas de herramientas, ambulancias, cestos de basura e incluso en ataúdes vacíos. Les daba nuevas identidades, los distribuía en familias y conventos de monjas católicas, y guardaba sus nombres reales en frascos enterrados bajo un árbol.
Sabía que si la descubrían, la matarían, y efectivamente, fue capturada, torturada y condenada a muerte. Sobrevivió solo porque otros miembros de la resistencia sobornaron a los guardias. Ella siguió trabajando en secreto, aun con huesos rotos.
Aunque Irena no era madre biológica de esos niños, su aflicción al verlos hambrientos, enfermos y destinados a morir, despertó en ella una maternidad espiritual radical.
Sufrió por los hijos que no podía proteger del todo, arriesgando su vida para que ellos viviesen y muriendo emocionalmente cada vez que entregaba a un niño a una familia… sin saber si volvería a verlo. Así, no solo salvó vidas, sino que construyó un futuro para cada uno.
Esto no es posible sólo por la fuerza y generosidad de esta mujer excepcional, sino debido a su forma de cultivar la fe recibida, que la hacía vencer el temor al dolor y a la muerte.
Eso hace Jesús con nosotros y eso mismo espera que hagamos con la gracia que se nos ha dado para ser fecundos, para -literalmente- dar vida auténtica a quien su propia historia ha maltratado e incapacitado para caminar.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











