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La huella de nuestras decisiones

de 30 de octubre de 2026No Comments

La personalidad que vamos esculpiendo por dentro

Mar Álvarez Segura

Hace años, una neurocientífica estadounidense de visita en Barcelona se quedó mirando la Sagrada Familia y me preguntó si Gaudí padecía alguna enfermedad mental. No concebía otra explicación para una obra tan extraordinaria. Ante lo terrible solemos hacer lo mismo: si alguien comete algo incomprensible, queremos confirmar enseguida que está loco o que es malo. Es una forma de reducir al extremo la complejidad humana. La huella de nuestras decisiones nace para rescatar esta complejidad y ayudar a pensar con mayor profundidad.

No se trata de volver a una visión ingenua en la que todo depende de nuestra fuerza de voluntad. Eso sería tan simplista como reducirlo todo a la biología. Se trata de reconocer que, dentro de todo lo que nos condiciona, que es mucho, hay decisiones. Y que esas decisiones van esculpiendo la personalidad a lo largo de nuestra vida.

Cuando la psicología se independizó de la filosofía en el siglo XIX ganó rigor, pero dejó fuera todo aquello que no se puede cuantificar en un laboratorio. En muchos modelos actuales la personalidad acaba siendo una construcción biopsicosocial en la que el espíritu humano se disuelve. El libro propone recuperarlo con un mapa sencillo: tres dimensiones abiertas entre sí (cuerpo, psique y espíritu) y tres facultades: pensar, querer y la facultad unitiva, la que decide qué hacemos.  El espíritu no gobierna nuestras energías interiores por fuerza, sino por atracción, y esa atracción se llama amor. En cada vida se juegan dos movimientos: la apertura, que convierte el deseo en querencia y la idea en pensamiento reflexivo, y el cierre o egotización, en el que una emoción o una idea fija desintegrada coge el timón.

Nada de esto niega lo que nos condiciona pues las carencias afectivas de la infancia, los sesgos cognitivos y las experiencias emocionales que escondemos para no sufrir pesan, y mucho. Pero tenemos una capacidad inquietante y es que podemos sacudirnos la conciencia ante lo que presentimos doloroso, igual que nos sacudimos la arena de la playa. Esa negativa a mirar no ocurre de golpe, sino en pequeñas retiradas a lo largo de la vida casi imperceptibles. Y cuando se instala, la percepción de la realidad se deforma, las relaciones se dañan y la persona se distancia cada vez más de si misma,  pudiendo acabar en un deterioro peor que una auténtica enfermedad mental.

Aquí está la clave para entender la complejidad de la conciencia. La ética es la capacidad de tomar en cuenta al otro, por lo tanto,  no empieza en un código de normas, sino en la mirada: darme cuenta de que existe, de que lo que hago le afecta. Por eso la conciencia no es un diálogo cerrado con uno mismo, se ensancha o se estrecha según dejemos entrar al otro en nuestras decisiones. De ahí la pregunta que atraviesa todo el libro: ¿a qué me invoca el otro. Cuando nos  negamos esta pregunta las consecuencias pueden ser dramática.  Para mostrarlo, el libro se detiene en tres biografías muy distintas. Adolf Eichmann, un funcionario aparentemente normal que acabo con la vida de millones de inocentes en campos de concentración. Eichmann se quedó en el recibidor de su casa interior: su conciencia fue furtiva, se asomó a su interior solo hasta donde no dolía. Oscar Wilde entró en las estancias más profundas de su vida interior y lo confesó todo desde la cárcel, pero no con el tiempo ni la determinación suficientes para cambiar de rumbo: su conciencia fue efímera.

Y luego está Etty Hillesum, la más desconcertante. Una joven judía holandesa con una familia caótica, una gran dependencia afectiva y relaciones confusas con hombres mucho mayores. Nada en su punto de partida hacía prever su final. Pero tuvo algo que les faltó a los otros dos: una honestidad radical consigo misma. Renuncia a renuncia, fue soltando sus seguridades y decidió compartir el destino de su pueblo en el campo de Westerbork, donde se volcó en cuidar a los demás. Murió en Auschwitz con veintinueve años. Su conciencia fue integrada: capaz de asumir las luces y las sombras de su vida sin dividirse por dentro.

Después de recorrer estas tres vidas, la pregunta que tantas veces no hacemos «¿locura o maldad?» resulta demasiado simple, porque las dos realidades se solapan. Lo decisivo es si queremos conocer los motivos de nuestras decisiones: entrar en la conciencia desarmados, dispuestos a dejarnos sorprender. La vida de Etty demuestra que las tendencias egotizadoras no tienen la última palabra, y nos recuerda lo que Wilde descubrió demasiado tarde: cada pequeña acción de cada día hace o deshace el carácter.