¿Por qué Cristo nos repite «No tengan miedo»?

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 25-6-2017, XII Domingo del Tiempo Ordinario (Jeremías 20:10-13; Carta a los Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33)

非不說子之道力不足也。力不足者中道而廢今汝畫 En otras palabras: Los que no tienen suficiente fuerza abandonan a mitad de camino, pero ahora te estás poniendo límites a ti mismo. Esa fue la respuesta de Confucio a su discípulo Ran Qiu, cuando le dijo que no tenía fuerza suficiente para seguir sus enseñanzas.

Confucio quería decir que lo que el discípulo estaba haciendo era como dibujar un círculo en el suelo y encerrarse en él: Dices que no puedes salir del círculo sin ni siquiera intentarlo. Por eso eres tú mismo el que se auto-limita. Eres tú quien no quiere salir fuera de ese círculo.

Esto ilustra el hecho de que el miedo es la emoción más difícil de manejar. Ante el dolor, lloramos; con la ira, alzamos la voz, pero el miedo está anclado silenciosamente en nuestro corazón. El miedo nos impide vivir nuestra vida con verdadero sentido y nos quita la libertad de amar. Eso explica por qué Cristo recordaba a sus discípulos tantas veces: No tengan miedo.

Desde el pecado original, el ser humano tiene miedo. Y lo más notable es que incluso tiene miedo de Dios. Así, nada más desobedecer a Dios y comer del árbol prohibido, Adán respondió al Señor, cuando le preguntaba, diciéndole que tenía miedo de Él: ¿Dónde estabas? Y él dijo: “Te oí  en el huerto, tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí”. “¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo?”, le preguntó Dios. “¿Has comido del árbol del cual Yo te mandé que no comieras?” (Gn. 3:9-11).

Aunque fuimos bautizados y con eso quedó eliminado el pecado original, quedan en nosotros huellas de ese pecado, especialmente el miedo, que nos debilita y nos lleva a las peores perturbaciones.

Quizás recuerdes la película Sin Perdón, de Clint Eastwood. Hay una escena en la que el personaje interpretado por Eastwood está en pie, junto al malvado sheriff que había caído al suelo. Tiene la pistola cargada y el dedo en el gatillo. Mira al sheriff y éste le dice: Nos veremos en el infierno. Y mientras aprieta el gatillo, Eastwood reconoce que sí, que se volverán a ver en el infierno.

Con esa fuerza, el miedo nos sujeta al mal y nos hace esclavos de nuestras pasiones.

Sabemos bien que los adolescentes tienen un miedo especial a ser excluidos de los círculos de sus compañeros y de no ser aceptados por sus grupos de amigos. En consecuencia, a fin de complacer a sus iguales, muchos de estos jóvenes comienzan a utilizar un lenguaje grosero y a hacer cualquier cosa que el grupo les pida, aunque sea algo realmente grave.

Nuestros enemigos son internos y externos. La primera lectura de hoy describe a éstos últimos con fuerza: Oía los rumores de la gente: «¡Terror por todas partes! ¡Denúncienlo! ¡Sí, lo denunciaremos!». Hasta mis amigos más íntimos acechaban mi caída: «Tal vez se lo pueda seducir; prevaleceremos sobre él y nos tomaremos nuestra venganza».

Cualquier sicólogo estará de acuerdo en que tenemos muchos miedos: a la muerte, a ser separados de quien amamos, a perder control de las situaciones, miedo a comprometernos, a equivocarnos, a ser rechazados, miedo a perder un trabajo, a que se rían de nosotros…incluso miedo al éxito y sus consecuencias, como puede ser la envidia de nuestros amigos. Para colmo, hay muchos miedos inconscientes. Por otro lado, si alguien deja de fumar por temor a que se le produzca un cáncer de pulmón, tenemos un miedo saludable, porque el peligro es real y el miedo nos puede llevar a dar pasos para evitarlo. Si un león está a punto de saltar sobre ti, el miedo puede ser muy útil, en ese caso. Si tienes un examen difícil y eso te produce miedo en la semana anterior, también puede ser algo bueno,., sobre todo si te ayuda a vencer la pereza y la lentitud.

El miedo puede ser algo muy complejo. Por ejemplo, cuando el buen ladrón llama la atención al otro ladrón que estaba junto a Cristo, le dice: ¿Ni siquiera temes tú a Dios? Él temía al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno y a la vez está pidiendo, de alguna manera, ser unido a Cristo.

Por eso Cristo habla del único miedo positivo y necesario: El temor a Dios como don del Espíritu Santo.

El temor de Dios, definido en la Biblia como “el principio de la verdadera sabiduría”, coincide con el respeto a su autoridad sobre la vida y sobre el mundo. Quedarse sin este temor de Dios equivale a querer ponernos en su lugar, creer que decidimos sobre el bien, el mal, la vida y la muerte.

No tengan miedo significa: “No dejen que el miedo les dirija” ¿Por qué tenemos miedo? Primero, porque no terminamos de creer que Dios tiene planes para el mundo y para todo lo que sucede. Y en segundo lugar, porque olvidamos los milagros que ha hecho en nuestra vida, como los contemporáneos de Cristo: ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se hicieron en ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se hubieran arrepentido en cilicio y ceniza.

El temor de Dios llamado falso (o servil) se parece a los demás miedos, que eventualmente pueden crear caos y falta de paz en nuestra vida. Aun así, en ocasiones puede que no sea del todo inútil. La siguiente historia ilustra este hecho:

Un hombre tenía un jardín bien cuidado y le gustaban especialmente las rosas. Observó que en un parque cercano había una variedad de rosa que él no tenía. Una mañana, se levantó temprano y fue al parque con su hijo, esperando conseguir la rosa que le faltaba. Cuando se iban acercando al parque, el niño se dio cuenta de las intenciones de su padre. El papá miró a un lado y luego al otro. Cuando se inclinó para arrancar la planta, el niño dijo: Papá, has olvidado algo ¿no? El padre contestó: ¿Qué cosa? El niño respondió: Mirar hacia arriba.

En algunas personas, el temor de Dios es esporádico y momentáneo. Viene y va según las circunstancias; suele estar lleno de dudas y de lágrimas.

Los que de verdad le temen, tienen la seguridad de un niño en los brazos de su madre. Es un temor filial, es el miedo de ofender o separarse de Dios. Como deseamos la unión con Él, el don del Temor de Dios nos hace temer que esa unión no sea intensa. Sólo con ese don del Espíritu Santo podemos librarnos del miedo al mundo y de los hombres. Nuestro padre Fundador dijo (4 Sept. 1960) que ese Santo Temor perfecciona nuestra humildad y nuestra templanza.

Cuando los discípulos estaban pescando y se levantó una tempestad estaban aterrorizados, pero lo más interesante es que cuando Jesús calmó la tormenta todavía tenían más miedo y se preguntaban quién era Jesús, que los acompañaba y era capaz de dominar el mar.

El temor de Dios confirma nuestra esperanza y nos produce un fuerte deseo de no ofenderle, dándonos también la certeza de que él nos dará la gracia par que no le ofendamos. Nuestro deseo de no ofenderle es más que un sentido de obligación; nace del amor, de la conciencia filial y nos lleva a una forma de amor que busca la unión con él. Así, tememos ofenderle o portarnos de una manera que deteriore esta unión. Y esto no lo hacemos meramente por temor al castigo, sino porque le amamos profundamente, porque le consideramos digno de reverencia, admiración y respeto.

Dios nos cuida de una manera que no llegamos a comprender del todo ¿Qué quiere decir que tiene contados nuestros cabellos? Es una forma de decir que conoce cada pensamiento que entra en nuestra mente, todas las emociones que circulan en nuestro corazón. El conocimiento que tiene de nosotros no es una “información” que puede utilizar en contra nuestra, sino el conocimiento íntimo de nuestros cuerpo, alma y espíritu, de manera que puede responder para empujarnos a abrir nuestro corazón siempre más a Él.

El Libro de Jeremías nos dice hoy: El Señor está conmigo como campeón temible; Por tanto, mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán.

Un buen ejemplo de la victoria completa sobre nuestros enemigos internos (pasiones) es la lección didáctica que compartimos en el examen ascético.

¿Por qué tenemos una lección didáctica en el examen ascético? Parece como una cierta iluminación que recibimos. ¿No debería estar en el examen místico?

No. Realmente no. Porque la lección didáctica es una conclusión inmediata (no sin la gracia, claro), una lección aprendida de mi propia debilidad:

– O bien después de cometer una falta, de la cual saco una lección, sobre todo el alcance y consecuencias de mis malas acciones

– O después de haber logrado con éxito combatir una tentación.

Dios saca lo mejor de lo peor.

Terminamos con unas palabras famosas, tomadas de la primera homilía del Papa San Juan Pablo II, completamente en línea con el Evangelio de hoy:

¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!

Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo Él lo conoce!

Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues, —os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza— permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo Él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!

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