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¿Qué es lo que pertenece a Dios?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 22-10-2017, XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (Isaías 45:1.4-6; 1Tesalonicenses 1:1-5b; Mateo 22:15-21)

Cuando Cristo habla de dar algo a Dios y de dar algo al César no se refiere a una supuesta “separación de la Iglesia y el Estado”. Pretendía ir más allá de la simple política humana. Cristo está haciendo una distinción (no una oposición) sobre lo que pertenece a la creencia religiosa y lo que es simplemente propio de la moral o la cultura secular.

Este es el reto universal, en toda época. Es también nuestro reto personal. Seguramente, muchas veces centramos nuestros esfuerzos en cumplir obligaciones, como hacer un trabajo duro y honesto, no discriminar a nadie, ser leales, tratar bien a las personas, etc. Pero no es necesario seguir a Cristo para cumplir ciertas exigencias morales mínimas. Si tienes ciertas obligaciones seculares y son justas las debes cumplir como todo ciudadano honrado, pero “tu corazón, tu alma y tu mente” no pertenecen al estado, ni a tu trabajo, ni a tu actividad favorita. Perteneces a Cristo y Cristo pertenece a Dios (1Corintios 3: 23).

San Ignacio de Loyola se hizo consciente de esta realidad tras ser herido en la Batalla de Pamplona, en 1521. Mientras se recuperaba, fue inspirado para dejar la vida militar y dedicarse a trabajar por Dios. En sus Ejercicios Espirituales incluyó la frase siguiente, que los jesuitas utilizan en su fórmula de profesión de votos: Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo distes, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta (Ejercicios Espirituales, #234).

Nuestro padre Fundador lo expresa con el concepto de Espíritu Evangélico: de hecho, todos nuestros momentos, todos nuestros pensamientos y deseos, todas nuestras acciones deberían pertenecer a Dios. Cuando tengo intenciones y motivaciones diferentes (moralmente buenas o no) no lograré dar a Dios lo que pertenece a Él. Éste es también el mensaje de la primera lectura: Yo soy el Señor. No hay otro.

Sabiendo que estamos ocupados en las obligaciones (incluidas las religiosas y apostólicas) de este mundo, Cristo nos pide entregar a Dios lo que pertenece a Dios. Todos los asuntos de este mundo son pasajeros. Por mucho que nos preocupemos por la economía, las guerras y todos los problemas de nuestro mundo, a fin de cuentas todas esas cosas no tienen peso. Sí, es muy importante ser activo en nuestro mundo y ser responsable de lo que se nos ha confiado. Sin embargo, todo lo que hay en el mundo viene de Dios y a Él le hemos de devolver todo lo que nos ha dado, especialmente la misión de cuidar de nuestro prójimo. De lo contrario, tendremos que decir con la poeta:

Por todo el bien que no hice…
Perdóname, Perdóname (Katharine Towers).

Incluso el César pertenece a Dios, porque él (igual que Ciro) es llamado por Dios a revelar sus planes de salvación, de manera insospechada para el propio César. Ellos son y nosotros somos instrumentos de Dios. Incluso cuando nos rebelamos frontalmente a Él, es capaz de actuar creativamente para incluir nuestra rebelión en sus planes y luego darnos la posibilidad de hacer un bien.

Pero esto es muy positivo y alentador; nos podemos sentir humildes y agradecidos por las bendiciones que Dios nos ha dado para que las utilicemos en sus planes divinos. San Pablo deja muy claro que este Dios que es Padre debe manifestarse en la forma que vivimos toda nuestra vida. Recordaba a los tesalonicenses que deberían demostrar su fe en acción, actuando por amor y con esperanza en Nuestro Señor Jesucristo.

El reino de los cielos abarca todas las dimensiones de la vida. Este reino sólo puede realizarse en mí cuando toda mi vida se ajusta a las reglas divinas, a las reglas de los valores del Evangelio. Esto no es una posibilidad entre otras. Esto es la ley: sólo una vida de completa dedicación, de total desprendimiento, puede proclamar que Dios vive en nosotros y nosotros en Él. De modo que, cuando NO vivimos una doble vida, una de fe y otra mundana, Dios nos entrega almas y la inspiración necesaria para llevarlas a Él.

Uno de los ejemplos más claros y también más sutiles es el riesgo que tenemos de limitarnos a una moral secular en cuanto al uso del tiempo

Ser un buen administrador del tiempo que Dios nos da no es simplemente una cuestión de aprovechar cada minuto para ser más productivos. El objetivo en esta administración no es que un cristiano esté más ocupado. No buscamos vivir una vida con más actividades. Lo que pretendemos es usar bien el tiempo que tenemos, según una visión espiritual y apostólica del mismo.

Sí; somos hijos de Dios y ciudadanos del cielo en el exilio, peregrinos. Quienes pertenecen al mundo, por otro lado, viven en la tierra como criaturas de este mundo, buscando sentido y significado en la vida sólo en las cosas del mundo. Para un discípulo de Cristo, San Pablo nos recuerda que vivimos en un tiempo de oscuridad, en una edad perversa, cuya forma pasará. Todo en este mundo está dirigido a hacernos pensar que este mundo es nuestro fin último. Pero estamos aquí para ser embajadores de Cristo en una misión universal, donde tenemos que hacer discípulos de Jesús en todas las naciones: Por tanto, ya coman o beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo para la gloria de Dios (Corintios 10: 31).

Sin embargo, si lo pensamos cuidadosamente, sin Dios no hay base alguna para la moral, pues todo sería relativo. Sin Dios no puede haber una entrega total a nada, pues no habría nada a lo que rendirse.

Si la fe no ilumina el significado de toda nuestra vida, podemos estar seguros de que estamos adorando una imagen falsa de Dios. Hay quien forja una fe de “hágalo usted mismo”, que reduce a Dios al limitado espacio de sus deseos personales y de sus propias convicciones. Otros reducen a Dios a un falso ídolo; usando su santo nombre para justificar sus propios intereses o incluso para incitar odio y violencia (Papa Francisco).

C.S. Lewis escribió:

Hay tres imágenes en mi mente que debo abandonar constantemente y cambiarlas por otras mejores: una imagen falsa de Dios, la falsa imagen de mi prójimo y la falsa imagen de mí mismo.

En algunas ocasiones, pueden surgir conflictos entre las leyes humanas y los mandatos de Dios. Entonces, puede ser útil recordar la historia de Santo Tomás Moro, el mártir inglés:

El rey Enrique VIII de Inglaterra estaba válidamente casado. Apeló a Roma para anular su matrimonio. Pero no había una base objetiva para hacerlo; Roma se negó a ello. Entonces, se declaró a sí mismo Jefe de la Iglesia en Inglaterra y se volvió a casar. Luego, ordenó que todos sus amigos y autoridades firmasen un documento declarando que estaban de acuerdo con la decisión del rey. Muchos de los amigos de Tomás Moro firmaron, pero él se negó a hacerlo. El rey le amenazó con la prisión, juicio por traición y ejecución. Pero Moro siguió negándose.

Tenía dos obligaciones, una con Dios y otra con su país. Cuando entraron en conflicto, Moro no vaciló en permanecer fiel a la primera. Mientras marchaba a ser ejecutado en 1534, animaba a todos a permanecer firmes en la fe. Sus últimas palabras fueron: Muero siendo un buen servidor del Rey, pero Dios es primero.

El Evangelio de hoy nos recuerda que somos ciudadanos del mundo, pero sobre todo del cielo. Tenemos un compromiso y una obligación con ambos. Esperamos que estas obligaciones no choquen, pero si lo hacen, hemos de tomar una decisión como la de Santo Tomás Moro, sin dejar de lado a Dios ni a nuestra conciencia.

Un reto esencial de las tres lecturas de hoy es el mantener los ojos bien abiertos al acto permanente del Espíritu Santo para darnos cuenta de que fácilmente podemos hacer ídolos de las realidades de este siglo y de que estamos llamados a ser purificados y a unirnos siempre más estrechamente a Él.

Él nos invita a ser siempre más conscientes de la obra de Dios en toda nuestra vida y en todos los eventos a nuestro alrededor. No podemos tener una mirada estrecha y ver lo que es santo y divino sólo en lo que así parece a la sociedad y a nuestros amigos. Dios transciende todo; está presente en todo. Esta conciencia se llama Inspiración y, como elemento de nuestra vida mística, debería ser continua, y de hecho lo es cuando abrimos nuestras puertas a las personas divinas. El estar convencido de la presencia y la acción de Dios en el mundo es algo central en nuestra fe, por muy débil que ésta sea.

¿Cuál es tu excusa?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 15-10-2017, XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Isaías 25:6-10a; Filipenses 4:12-14.19-20; Mateo 22:1-14)

El cielo entra en nuestra vida gradualmente cuando vamos compartiendo más y más nuestra existencia con Dios y con el prójimo. Por eso el Reino de los cielos se suele comparar a un banquete. Es una metáfora muy apropiada que representa la invitación de nuestro Padre celestial a la comunión con nuestros semejantes y a la filiación con Él. Vivir una vida en comunión con los demás sólo es posible cuando estamos en Dios y Dios con nosotros.

En la primera lectura, Isaías también describe con la imagen de un banquete las bendiciones divinas que traerá el Reino del Mesías. Se refiere al gran banquete que Dios prepara para su pueblo, y así se describe la visión profética de la universalidad de la Salvación.

La verdadera Salvación supone al mismo tiempo libertad y plenitud, con una paz que el mundo no nos puede dar.

Cuando Pablo escribe a los Filipenses lo hace desde la prisión y, sin embargo, da muestras de un gozo y una paz sorprendentes, sobre todo cuando sabemos que estaba esperando la sentencia. Realmente no era una persona deshecha o desesperada. Por el contrario, había vencido todos los miedos de su vida. Realmente había trascendido todas las vicisitudes que le acosaban. Vivía en unión con Dios y la vida del mismo Dios.

Cuando ya no somos esclavos de nuestras pasiones y de las circunstancias de la vida, cuando las desgracias no nos derrumban ni destruyen la paz de nuestra alma, cuando encontramos el gozo, entonces sabemos que vivimos el cielo en la tierra: libres del miedo, del orgullo, de la ansiedad, especialmente del miedo a la muerte. Eso es estar en paz y en las manos de Dios.

El alimento aparece en las tres lecturas de hoy como una imagen de la generosidad divina y de su presencia en medio de sus hijos. Necesitamos urgentemente una respuesta a nuestra aspiración más profunda: entregar nuestras vidas a los demás. Hemos sido creados de esa forma, esa es nuestra naturaleza, más allá de nuestros pecados y nuestras flaquezas. Y sólo podemos saciar esta hambre con una auténtica cercanía a Cristo. Esto es una verdad universal y antropológica:

Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección. Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual (Gaudium et Spes).

En palabras de nuestro padre Fundador:

La sed de Absoluto, la vocación a la trascendencia, la apertura al infinito, son experiencias que, de uno u otro modo, no dejan de acuciar en todo momento al ser humano. A todos nos sobrecogen. Nadie hay que pueda afirmar, sinceramente, que no entiende estas expresiones. Y si las entiende, es que algo de experiencia tiene de ellas (Concepción Mística de la Antropología).

Por tanto, podemos pensar en la Salvación con confianza, incluso si no comprendemos cómo actúa el Espíritu Santo.

Pero, irónicamente, el ser humano no quiere vivir esta relación como una gracia. Cuando Cristo dijo esta parábola se dirigía a los judíos, especialmente a los líderes religiosos. Ellos pretendían ser justos ante Dios por sus propios méritos. Daban prioridad al valor de las buenas obras.

Esta Salvación precisa nuestro desprendimiento. Si, en nuestro afán por los gozos y las obligaciones temporales, rehusamos esta invitación, nuestro gran dolor después de la muerte será el darnos cuenta del precioso bien que hemos perdido. Y esta es probablemente la descripción más acertada del purgatorio. Sabemos que Dios no es como el rey de esta parábola, pero el resultado final puede ser el mismo. Nos prejuzgamos nosotros mismos con nuestras elecciones, incluso si parecen ser inconscientes. Como el hombre que llegó al banquete nupcial sin la ropa adecuada, quizá nosotros pretendemos participar del Reino celestial sin elegir de forma consciente, constante, lo que Dios desea que hagamos: ser como Cristo, una persona que vive para los demás.

Nosotros también tenemos el riesgo de tomar a la ligera nuestra invitación recibida en el bautismo. No aprovechamos plenamente los sacramentos, la Eucaristía y la penitencia, o tenemos sólo un estado de oración ocasional, no permanente.

En varias ocasiones, Pablo había recibido una ayuda económica generosa de los cristianos de Filipo. De este modo, sus palabras de la segunda lectura son una “nota de agradecimiento” desde la cárcel. Proclama con énfasis: En Él, que es la fuente de mi fortaleza, encuentro la fuerza para todo. Cuando el Apóstol agradece a sus amigos sus delicadezas, lo hace como una manifestación de que hemos de alcanzar la santidad en común.

Pero este banquete es más que una alegoría o una promesa. Se nos ha entregado la vestidura nupcial en el bautismo. El bautismo es la puerta hacia el cielo. Por eso, la segunda parte de la parábola se refiere a quienes hemos aceptado a Cristo en el bautismo.

La clave de nuestro bautismo es que nos aseguremos de que la vestidura que entonces se nos dio siga siendo una vestidura de fiesta, no un trapo.

Estamos seguros de la promesa del cielo, sobre todo porque experimentamos el cielo como una anticipación en la Eucaristía. De hecho, la Eucaristía, como alimento, es ya saborear anticipadamente el cielo. Así, en el salmo decimos: Has preparado un banquete para mí, a la vista de mis enemigos. Participar en este banquete es vivir en la casa del Padre, cuando experimentamos su bondad y su misericordia cada día de nuestra vida.

Y la Eucaristía es más que un recuerdo de este banquete. Es un signo poderoso, pero también es la presencia de Cristo entre nosotros. Algunos autores la llaman la gracia costosa, porque se nos ha dado con la muerte del Hijo único de Dios. Es una gracia que hemos de buscar una y otra vez, el regalo que debemos de pedir en un estado de Súplica Beatífica que, a su vez, es también una gracia. Esa gracia es costosa también porque nos llama a seguir a Cristo por completo.

Un niño pequeño siempre llegaba tarde a casa al salir del colegio. Sus padres le advirtieron un día que debería llegar puntualmente esa tarde pero, sin embargo, llegó más tarde que nunca. Su padre se cruzó con él a la entrada y no dijo nada. A la hora de la cena, el niño miró su bandeja. Había sólo un trozo de pan y un vaso de agua. Miró a la bandeja de su padre, que estaba llena, pero el padre siguió en silencio. El niño estaba desolado. El padre esperó a que el impacto fuera máximo y entonces, con calma, tomó la bandeja del niño y se la puso frente a él mismo; luego, tomó su bandeja de papas con carne y la puso frente al niño, con una sonrisa. Cuando ese niño creció, decía: Toda mi vida he sabido cómo es Dios por lo que mi padre hizo aquella noche.

Nuestro pecado es una cosa seria. La gracia de Dios es un regalo costoso. Cristo nos lo hace ver hoy en la parábola del traje de fiesta.

Nuestro traje de fiesta está hecho de nuestras obras, movidas por la gracia, de justicia, caridad y santidad. Hemos de reflexionar para ver si hemos aceptado de forma completa la invitación divina al banquete mesiánico y recordar que comer con Él implica intimidad, confianza y perdón.

¿No hemos sido invitados por Dios? ¿No estamos entonces llamados a ser mensajeros que van a decir a los invitados (el mundo entero) que todo está listo? ¿O quizás nosotros mismos no asistimos porque tenemos algún asunto urgente que consideramos más importante?

Hemos de mostrar a Cristo nuestra gratitud por la invitación al banquete celestial y la parábola de hoy nos muestra que la verdadera gratitud significa hacer uso del regalo que hemos recibido.

Cuando el rey observó al hombre que no llevaba el traje de fiesta, le dijo: Amigo ¿cómo has entrado aquí sin estar vestido para la fiesta? Y el hombre se quedó en silencio, porque no tenía excusa para no llevarlo. De hecho, la costumbre era entregar un traje de fiesta a cada persona que se invitaba. El hecho de no llevarlo sería un signo de arrogancia, de falta de gratitud y de no querer unirse a la celebración. Así, el silencio de ese invitado decía mucho del reconocimiento de su irresponsabilidad y de su vergüenza. No tenía excusa. Iba contra su propia naturaleza. Y bien ¿cuál es mi excusa?

Recibir estos dones de Dios exige que, en vez de seguir siendo un miembro tibio y pasivo en mi comunidad, comience a dar testimonio visible de mi fe.

La parábola nos dice asimismo que, cuando aceptamos libremente a Cristo como Señor y Salvador, hemos de dedicar a Él nuestra vida. En otras palabras, el cristiano ha de revestirse del espíritu y de las enseñanzas de Jesús. La gracia es un don y también una grave responsabilidad.

¿Podemos frustrar los planes de Dios?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 8-10-2017, XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

Quizás nuestra reacción ante la parábola de los viñadores perversos es pensar que resulta muy aplicable a los asesinos, criminales y gente parecida. Pero entonces se nos escaparía lo esencial, porque esta historia representa todas las formas de rechazo al reinado de Cristo en mi corazón.

Lo cierto es que, como nos dice la fe, Jesús está llegando continuamente a nosotros, especialmente en el sufrimiento y en las aspiraciones más profundas de nuestro prójimo. Dios llega también en las personas de cada niño no nacido en el vientre de su madre. Está intentando él mismo nacer de nuevo en nuestro mundo, en tu vida y en la mía.

Recordemos que en nuestra vida pasan muchas más cosas que lo que los ojos pueden ver. Dios tiene un plan para tu vida más amplio de lo que imaginamos. Las circunstancias que tú y yo estamos ahora atravesando pueden ser instrumentos de transformación en las manos de Dios. Él utiliza nuestras dificultades para modelarnos como las personas que Él quiere que seamos para que hagamos lo que Él espera que hagamos. Esta es una de las enseñanzas de la vida mística.

Dios nos invita a ver sus manos trabajando en nuestra vida y en el mundo que nos rodea. Nada de lo que nos pueda pasar es una sorpresa para Dios. Su plan es utilizar todo para nuestro bien y para su gloria. Pero hemos de confiar en Él para comprender que está actuando en nosotros, incluso si no lo notamos. Él utiliza nuestros esfuerzos más pequeños para nuestro beneficio mayor. Entonces, hemos de confiar en Él para responder como María: Soy la esclava del Señor… Hágase en mí según tu palabra. Cuando nos decidimos a aceptar el camino inesperado que Dios ha preparado para nuestra vida se producen milagros, porque nada es imposible para Dios (Lc 1: 37).

Su intención permanente es llegar a nuestro corazón para reinar: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.

Para poder sentir ese reinado de Cristo en nuestro corazón hemos de estar dispuestos a rendirnos completamente a Él. Muchas veces queremos acercarnos a la fe sólo porque buscamos un remedio eficaz para nuestros problemas. Pero hay una diferencia entre simplemente confiar en Cristo y entregarse a Él por completo. San Lucas nos da un ejemplo perfecto de esta actitud en la historia del mago llamado Simón:

A Simón le encantaba lo que estaba viendo. Pero no se centraba en Cristo, sino en los milagros y señales que estaba contemplando. No ansiaba una unión más profunda con Jesús, sino que codiciaba todo lo que podría ganar con Sus poderes. La palabra “simonía” se define como “El querer sacar provecho de las cosas sagradas. El pecado de comprar o vender cosas sagradas”. El origen de esta palabra es la historia del mago Simón, en el Capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles. Hoy esta palabra significa el deseo de alcanzar la vida que Cristo promete, sin rendir nuestra vida a Él. Pero ya había dicho: Yo soy el camino, la verdad y la vida. La historia de Simón nos alerta sobre el peligro de creer en Cristo sin estar dispuestos a entregarnos a Él. Simón quería el poder del Espíritu Santo como algo que añadir a su colección de trucos, para beneficio propio.

La actitud de este mago y, probablemente, también nuestra actitud no encierran violencia física, pero representan la realidad de un dilema, o mejor, de un combate a muerte entre el reino de nuestro ego y el Reino de Cristo.

Pilatos pregunta: ¿Pero, tú eres Rey? Y Jesús responde: Lo soy, pero mi Reino no es de este mundo. El problema está en que no creemos por completo en este status quo, en esta relación, siempre tensa y a menudo violenta entre los dos reinos.

El rendirnos por completo a Dios tiene varias dimensiones: oración, ayuno de las pasiones y aceptar la purificación y la poda que el Espíritu Santo realiza en nuestra vida.

Esta obediencia íntima no es algo que nos va a agradar siempre, porque nuestra naturaleza tiende a rebelarse contra ella. Queremos caminar por nosotros mismos. No nos gusta la idea de estar sometidos a nadie. Queremos ser el número uno en nuestro mundo. Pero esta no es la enseñanza de Cristo. Él se sometió a la voluntad de nuestro Padre celestial, incluso con el riego de producir muchos malentendidos, por ejemplo cuando aceptó ser bautizado públicamente por Juan. En esa ocasión se expuso a un malentendido que aparentemente podría haber deteriorado su misión.

Por el contrario, ¿cuál es la respuesta divina cuando somos fieles a sus más pequeñas sugerencias? Cuando Nos sometemos unos a otros por el temor de Dios (Efesios 5: 21), experimentamos una alegría nueva, una nueva fuerza, una nueva forma de unión con Dios. Él se hace tan real en nosotros que sentimos su cercanía. Tenemos la misma experiencia que Cristo después de su bautismo: El Espíritu vino a reposar en Él en forma de paloma. Es decir, fue transformado, fortalecido para su misión.

Una lección importante de las lecturas de hoy es que los planes de Dios no pueden ser malogrados por el pecado del hombre. En su divina sabiduría, tiene en cuenta nuestra libertad y nuestro pecado para llevar adelante su plan de salvación. Sabe muy bien que a quienes elige como instrumentos para su plan de salvación no son perfectos. Dios ha utilizado siempre la fragilidad humana para fines buenos. Sabe escribir derecho con renglones torcidos. Y nos muestra cómo se puede triunfar incluso en situaciones desesperadas. Por eso, el salmista alaba a Dios por sus maravillas y su sabiduría. Sí, Dios es capaz de llevar adelante su plan, a pesar de la infidelidad humana.

¿Qué ocurre cuando queremos convertirnos en los dueños de la viña? La parábola de hoy fue el origen de la reflexión del Papa Francisco en su homilía del 3 de Junio de 2013, que hablaba de las tres clases de cristianos en la Iglesia: pecadores, corruptos y santos. El Papa remarcó que no necesitamos hablar mucho de los pecadores, porque todos lo somos… Lo notamos en nuestro interior y sabemos lo que es ser pecador. Si alguno de nosotros no se siente así, debe visitar un médico espiritual. La parábola, dijo, nos presenta otra figura, la de aquellos que quieren tomar posesión de la viña y han perdido la relación con el dueño de la viña. Creen que son fuertes, que son independientes de Dios.

Estos, lentamente, se deslizan hacia esa autonomía, hacia esa independencia en su relación con Dios: “! No necesitamos ese Maestro, que no debería venir a molestarnos!”. Y siguen en esta línea ¡Esos son los corruptos! Eran pecadores, como nosotros, pero han dado un paso más, como si quisieran confirmarse en su pecado: ¡No necesitan a Dios! Pero eso es sólo una apariencia, porque en su código genético hay una relación con Dios. Y como no pueden negar esto, fabrican un dios especial: ellos mismos. Son corruptos.

Los viñadores malvados representan a la humanidad. Se nos ha confiado el cuidado del mundo desde el origen de los tiempos. Pero nos hemos hecho orgullosos y hemos cedido a nuestra ambición humana, ya desde el momento en que fuimos tentados por el diablo con sabiduría y poder. Muchas veces somos como esos viñadores que buscaban obtener la herencia del dueño con medios perversos, para llegar a ser sus propios amos. Hay un orgullo en el ser humano que nos empuja a tomar el control de nuestras vidas y a buscar una plenitud lejos de Dios y de la obediencia a Él. Pidamos a Cristo que sea el Señor de nuestra vida, de manera que –viviendo en Él y por Él- podamos ser fieles a Dios, gozar la paz y la gloria de su favor y entregarle el fruto que merece.

¿Sentimos que el pecado es nuestra pena y nuestra carga? Eso es una prueba de que Cristo reina en nuestro corazón. ¿Anhelamos una libertad perfecta de todas las pasiones? Eso es un signo de que compartimos su perfección. Cristo reina en nosotros hasta darnos la victoria en la vida eterna.

Deberíamos estar llenos de esperanza y de un sentimiento de seguridad, porque aunque el edificio -la Iglesia- parezca a veces que se va a destruir, su construcción es sólida, pues Cristo es la piedra angular.

Cuando pensamos en el significado de la oración continua, es importante recordar que el Evangelio de hoy muestra cómo Dios no nos da una sola oportunidad, sino muchas. Nunca se cansa de ayudarnos; siempre es paciente, misericordioso y sufrido. Nunca pierde su esperanza en nosotros. Esta parábola de la viña nos habla de un Dios que persevera en salvarnos. A pesar de nuestros pecados y nuestras malas acciones, Dios trasciende toda flaqueza. Nadie puede malograr los planes de Dios, ni siquiera nuestros pecados, ni el diablo, que parece dominar a la humanidad en este mundo. Dios no sólo es sabio, sino también omnipotente. Él hará que todo, bueno o malo, coopere al mayor bien del Reino. Él utiliza nuestros pecados para llevar adelante los planes que tiene para nosotros. Como el salmista, no podemos dejar de maravillarnos de su sabiduría y de sus maravillas.

Incluso el rechazo de Jesús resultó ser la forma en que Dios establecería su Reino. Por medio de su aparente fracaso y de su muerte, Dios le hizo la piedra angular de nuestra salvación. De hecho, cuando parecía que con el rechazo y la muerte de Cristo fallaba el plan divino, precisamente su muerte se hizo la fuente de salvación, lograda por medio de la resurrección.

Como aspirantes a apóstoles ¿qué podemos hacer nosotros? San Pablo nos dice en la segunda lectura de hoy que nos aferremos a todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza… Por supuesto, lo que es verdadero, justo, puro,… es la voluntad divina. El único antídoto a los pecados de orgullo y ambición y a los miedos que alimentan la Cultura de la Muerte es este Espíritu Evangélico. Si vivimos el Evangelio de la Vida, cultivaremos la viña del Señor de manera que sólo dé los frutos mejores y más verdaderos, los frutos de vida eterna.

¿Qué podemos hacer nosotros? No conozco otra forma más clara de decirlo que estas palabras de nuestro padre Fundador: No hagan nada que no sea un acto de obediencia a la voluntad de Dios. Deberíamos meditar cuidadosamente sobre ello.

Se dieron cuenta de que hablaba de ellos

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 1-10-2017, XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Ezequiel 18:25-28; Filipenses  2:1-11; Mateo 21:28-32)

¿Cuál es el primer rasgo de carácter que un sicólogo estudia en un test de personalidad? La Apertura al Cambio.

Observa el dibujo de Eugène Burnand: evitar la mirada del otro y cruzar los brazos son dos signos opuestos a la apertura hacia quien está hablando. Esta era la actitud del primer hijo en la Parábola. Pero la apertura, o la cerrazón, o los otros rasgos de personalidad, representan sólo la superficie del alma humana. La divina Providencia tiene muchos medios para cambiar nuestra actitud, nuestros prejuicios y nuestros hábitos. Esta es una de las lecciones del Evangelio de hoy.

Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, aunque, por supuesto, descubrir la voluntad de Dios para nuestras vidas no es asunto fácil. Intervienen muchos factores, como una escucha acogedora de la palabra de Dios y un discernimiento honesto de los dones y talentos que Él nos da, así como las situaciones sociales y biográficas en las que nos encontramos. Pero la buena noticia es que Dios es omnipotente y, antes o después, sus planes se cumplirán en el próximo segundo o al final de mi vida. Podemos estar seguros de que Jesús no fracasó con el Joven Rico, ni con las personas que le abandonaron… y no fracasará ni contigo ni conmigo.

Estamos inclinados a pensar de personas como Abraham, Moisés, Pedro, Juan, etc… que siempre fueron santos. Como tenemos hacia ellos tanto respeto y admiración, podemos mirarlos como “super-creyentes”, llegando a imaginar que siempre fueron modelos de perfección, que siempre hicieron automáticamente los que Dios les pidió. Pero cuando miramos sus biografías, nos damos cuenta de que se parecían mucho a nosotros. Tuvieron momentos de fallos e incluso de retroceso en su relación con Dios. Sin embargo, hay una cosa en la que todos coinciden: todos ellos respondieron de igual modo cuando Dios se puso en su camino. Dijeron .

Como afirma nuestro padre Fundador, Fernando Rielo:

Debemos tener en cuenta que para todas las cosas se requiere la gracia y a veces se requiere verdadera gracia extraordinaria; por ejemplo, para que un hábito cualquiera puedas ser modificado, pues no está en nuestras manos modificar nuestras dependencias o costumbres arraigadas, ya sea por razones culturales, por tradiciones dadas o por prácticas aprendidas en la infancia o en la adolescencia o en la juventud (Concepción mística de la Antropología).

Dios no espera encontrar nadie “bueno de nacimiento”. Sabe muy bien que no se puede encontrar nadie así. Pero Él llama a personas corrientes, como tú y como yo, que están dispuestos a responder a su llamada, a ser transformados a su imagen y a vivir en comunión con Él.

Esto es lo que Ezequiel dice al pueblo en la primera lectura: Cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida.

El Evangelio del domingo pasado nos recordaba que algunos últimos serán primeros. Hoy, con la parábola de los dos hijos, Cristo nos da un ejemplo realista y poderoso de esta situación. Esto sucede mucho más frecuentemente de los que pensamos. Porque el tiempo necesario para una conversión puede durar… toda una vida. San Pablo, por eso, nos recomienda hoy: No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás.

Olvidamos que Dios nos ama más de lo que nosotros nos amamos y que nos conoce mejor que nosotros mismos. San Agustín hizo una famosa afirmación: Deus est intimior intimo meo. Lo que quiere decir que Dios (Deus) está más cerca de nosotros (intimior) que nuestros órganos internos (íntimo). Dios es omnisciente. Sabe todo sobre nuestra vida y lo que necesita la sociedad. Comprende nuestro pasado y contempla nuestro futuro. Sólo Él puede ver todo en el universo y podemos estar seguros que en especial sabe qué es lo mejor para nosotros.

Esta parábola nos invita a mirar de nuevo nuestra relación con el Padre. Como decimos en la Oración de Colecta: Derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia para que, deseando lo que nos prometes, heredemos los bienes del cielo. Estamos invocando sus bendiciones para ser herederos dignos de su Reino. Para poder decir que deseamos ser herederos dignos, ¿no es fundamental establecer y reconocer lo que es nuestra auténtica relación con Él? Demos un paso más, considerando también nuestra relación con el prójimo, como hijo también de nuestro Padre Celestial. Cuando pedimos ser herederos de Él, no es sólo para nuestro beneficio. Miremos alrededor e invitemos a otros a ser también herederos de nuestro Padre Celestial.

¿Cuál es el hijo ideal? Ninguno de los dos mencionados en la parábola. El narrador de la historia es el Hijo por excelencia. Él es el Hijo que dice y actúa en consecuencia, con actitud y sentido. Su vida entera es una historia de un al Padre. La expresión Aquí estoy para hacer tu voluntad le retrata perfectamente. De hecho, en Getsemaní declaró: No se haga mi voluntad, sino la tuya (Mt26: 42). Como discípulos suyos, ¿no deberíamos seguir su ejemplo? En una vida espiritual como herederos de su obra, hemos de ser “administradores fieles” de la viña del Padre.

No puede haber una brecha entre lo que decimos, lo que hacemos y nuestra fe. Tenemos que discernir la voz de Dios en momentos esperados e inesperados. No se trata sólo de escuchar, sino de tener el deseo de cambiar y crecer en la fe. Es por eso que tenemos un punto llamado unión formulativa o didáctica en el examen de nuestra oración: ¿De verdad tomo el Evangelio, la vida de Cristo, continuamente como un modelo práctico?

Si pensamos que somos razonablemente buenos y justos, entonces quiere decir que ignoramos una buena parte de lo que somos. No miramos a nuestro lado oscuro, lo que los sicólogos llama nuestra sombra. La sombra actúa entonces a su manera y nos engulle, y con nosotros a los demás. Esto puede ocurrir incluso sin darnos cuenta:

Un eremita recibió la visita de tres monjes jóvenes. Los tres habían pasado un año entre la gente, haciendo buenas obras. Pero cuando regresaron al monasterio, se dieron cuenta de que no eran más santos que antes.
– ¿Qué fue lo que hicimos mal? -le preguntaron.
– Tráiganme un cuenco con agua –les dijo-. Así lo hicieron y lo llenaron de agua.
– Ahora –les pidió- añadan dentro algo de tierra.
Los tres se miraron perplejos, pero hicieron lo que se les pedía.
– Y ahora ¿qué ven?
Un cuenco con agua turbia.
– Correcto –les dijo-. Pero miren con más cuidado. Sigan mirando. No digan nadaSigan mirando.
Y entonces, salió de la habitación.
Al día siguiente, regresó. Los tres novicios aún estaban mirando al cuenco.
– ¿Qué ven ahora? -les preguntó-.
– El barro se ha sedimentado –respondieron ellos- ahora vemos nuestra imagen reflejada.
Exactamente –dijo el ermitaño-. Nunca serán santos si no se conocen a sí mismos. Y nunca llegarán a conocerse si continúan removiendo todo. Estén en reposo. Dejen que el barro se pose. Sólo entonces tendrán algo que ofrecer al prójimo.

Los que son pecadores y se reconocen como tales, como los cobradores de impuestos y las prostitutas, tienen muchas veces más posibilidades de convertirse. Porque en el fondo de su corazón saben que viven una vida de pecado. En lo profundo, saben que así no pueden ser felices viviendo con las ataduras del pecado. Son como el primer hijo en la parábola de hoy, diciendo NO a Dios, pero cuando reciben la gracia del arrepentimiento, piden perdón. Su arrepentimiento suele ser radical. Muchos de ellos están heridos, atrapados en la red del pecado y de la falta de perdón, confundidos y habiendo perdido todo el sentido y fin de la vida. Pero una vez que oyen la voz de Dios, que les llama al arrepentimiento, creen. Y así tienen la experiencia auténtica del nacimiento de Cristo en sus corazones, gracias a su humildad para arrepentirse.

Sin embargo, la clase de pecadores que más necesita arrepentirse, pero que es más resistente al cambio, son los llamados santos de Dios, los que se creen justos. Así eran los escribas y fariseos en el tiempo de Jesús. Ellos son el segundo hijo en la parábola de hoy, quien dice SÍ a Dios, pero no vive de acuerdo con ese SÍ. Y cuando se ven empujados al arrepentimiento, racionalizan todo y buscan la forma de escapar a esa llamada.

Nos parecemos bastante a ellos, especialmente si pensamos que somos los santos: sacerdotes, religiosos, personas activas en la parroquia, voluntarios y servidores de algún ministerio. Mientras exhortamos a los demás a cambiar sus vidas, a ser honestos, a vivir con integridad, a perdonar, a no tener un corazón resentido, a dejar el pecado y las adicciones, la deshonestidad y la codicia, no tomamos en serio en nuestra vida lo que aconsejamos a otros. Lo que es peor, no aceptamos de buena gana las correcciones.

¿Estamos dispuestos a examinarnos con honestidad ante Dios, de manera que nos pueda quitar nuestra vergüenza de una vez por todas? La vergüenza oculta nos paraliza porque no podemos resistir el llevar una doble vida. No somos libres. Sólo los que se liberan de la vergüenza, de su pasado, de sus pecados, pueden ser realmente libres para “gloriarse” de su pasados errores y decir lo que Dios ha hecho de ellos, transformándolos en una criatura nueva. Si dejamos que la vergüenza controle nuestra vida, permaneceremos esclavos del pasado y además del futuro. Con el salmista digamos: Lo oirán los humildes y se regocijarán.

Envidia, Celos y la Viña

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 24-9-2017, XXV Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20c-24.27a; Mateo 20:1-16a)

No es fácil vivir y trabajar en comunidad. Cualquiera que haya vivido con hermanas y hermanos en la familia, reconocerá que hay peleas entre ellos. La primera historia en la Biblia sobre hermanos es la de Caín y Abel y nos dice cómo Caín mató a Abel por celos. El relato de Jacob y Esaú también describe los celos entre hermanos. Convivir no es sencillo. La mayoría de nosotros intenta hacer las cosas a su manera y cuando algo falla, ardemos en ira, envidia y resentimiento. Muchas veces estamos tan abrumados pensando en nuestras necesidades que nos resulta imposible recordar las de los demás.

Esto es algo universal y ocurre en cada era y cultura. Como ilustración, citemos una antigua “parábola” de la tradición Taoísta:

Hua Zi vivía en el país de Sung. Sufría de la Enfermedad del Olvido. Una vez salió de su casa y se le olvidó cómo volver. Otras veces preguntaba: ¿Dónde estoy? Y la gente le decía: Estás en tu casa. En otras ocasiones, le decía a su esposa: ¿Qué hermosa eres! ¿Cómo te llamas? Ella le respondía: ¡Soy tu esposa!

Ella se preocupó tanto por la enfermedad de Hua Zi que hizo una promesa: A quien curase a su esposo, le entregaría la mitad de sus bienes. Un hombre intentó por todos los medios sanar a Hua Zi y finalmente lo consiguió. Sin embargo, Hua Zi se volvió muy excitable y a menudo perdía los nervios. Una vez echó a su esposa de casa y golpeó a su hijo sin ningún motivo.

La gente le decía: Te has curado, pero resulta que ahora has cambiado mucho. Hua Zi respondía: Cuando no podía recordar las cosas, vivía en calma y en paz. El cielo y el mundo podían desaparecer y a mí no me importaba. No tenía ninguna inquietud en mi corazón. Pero ahora he recuperado la memoria, mi conciencia de la vida y de la muerte, de la ganancia y de la pérdida, de la alegría y de la ira, de la dicha y la pena; todo ha vuelto y no puedo olvidar, ni siquiera por un breve tiempo, las pesadas cargas de la vida. Me siento tan enojado…”

¿Por qué algunos obreros de la viña se sentían tan incómodos? Porque recordaban muy bien lo que se había convenido para ellos, que comenzaron a trabajar antes que los demás. Pensaban que los que llegaron después no merecían una paga como la suya, el salario de día completo, porque sólo ellos se habían afanado todo el día.

Nuestros corazones están llenos de sentimientos sobre lo que es correcto y lo que es incorrecto y de toda clase de disputas, porque estamos muy ocupados en planear y calcular. El resultado es no sólo que esto nos lleva a la tristeza, sino que también hace desgraciados a los demás.

La justicia humana se orienta a la auto-protección. Las leyes están hechas para proteger los derechos del individuo, especialmente sus propiedades y sus derechos personales. El centro está en el yo, en el individuo. Así, la justicia establece una frontera entre una y otra persona.

En la primera lectura, Dios nos dice claramente: Mis pensamientos no son tus pensamientos; mis caminos no son tus caminos. La justicia humana tiene poco que ver con la divina. Hoy tenemos el ejemplo de San Pablo, quien nos muestra el verdadero sentido de la justicia y el amor. Hablando estrictamente, él hubiera preferido estar con Cristo, porque había descubierto que eso es la mayor ganancia. Sin embargo, elige quedarse, no porque amase menos a Cristo, sino porque amaba a los suyos. Esa es la auténtica justicia divina: en vez de buscar sus derechos, renuncia a ellos por sus semejantes. Así es la justicia de Dios, pues Cristo se entrega por nosotros, en nuestro lugar, dado que nos ama y desea salvarnos.

Los amigos tratan de vencer las barreras que aparecen para su unidad. Se miran mutuamente para encontrar las grietas que frustran esa unidad. Pero muchas de nuestras acciones nos separan de los demás, destruyendo la unidad que tanto deseamos. Si vamos avanzando en nuestro amor, aprendemos a vencer esas divisiones, nuestras vidas van ardiendo cada vez más juntas. Eso son los resultados positivos del amor. Pero crecer en amor es doloroso y algunas personas dejan de amar por no aceptar ese dolor. Tú y yo tenemos nuestros ejemplos personales de ese dolor. Algún conflicto que quizás era sencillo, algo estúpido, pero que a veces acaba con el amor. Ese final es aún más doloroso; el recordarlo nos puede impedir intentar amar de nuevo.

El evangelio de hoy habla de la envidia y los celos, dos pasiones que todos experimentamos alguna vez. Pero si se hacen dominantes en nuestra vida, llegarán a deformar nuestra perspectiva y a impedir nuestro desarrollo, llevándonos a un comportamiento destructivo. Sin duda, los celos y la envidia bloquean nuestra madurez espiritual.

La envidia y los celos se transforman en instrumentos para el diablo, que nos hace así imposible dar fruto. Por otro lado, los celos nos quitan el deseo de compartir y frecuentemente llevan a una pérdida total de lo que no compartimos. Los celos son un miedo a ser desplazados en afectos o favores por un rival. Estar celoso significa estar sospechando vigilando ansiosamente. Cruel es el furor e inundación la ira; pero ¿quién se mantendrá ante los celos? (Proverbios 27: 4). Esto nos indica que los celos están ocultos. Corrompen nuestras intenciones, pensamientos y acciones. Para colmo, puede que el celoso no sepa determinar la raíz de sus celos y entonces no logrará combatirlos.

La envidia es un sentimiento de malestar y resentimiento producido por las cualidades y las posesiones atractivas de los demás, acompañado de un deseo de tenerlas para mí. El Antiguo Testamento nos recuerda: Un corazón apacible es vida para el cuerpo, mas las pasiones son podredumbre de los huesos. (Proverbios 14: 30).

Podemos pensar que la Envidia y los Celos son “pequeños pecados”, pero son tan destructivos para el alma como otros más estridentes, como los pecados de adulterio, asesinato o robo. Podemos describirlos como unas pequeñas zorras que destruyen el reino de los cielos:

Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas que arruinan las viñas, pues nuestras viñas están en flor (Cantares 2:15).

Hemos de tener cuidado. No seamos como los Fariseos del tiempo de Cristo, que presumían de ser más justos que otros pecadores. Este juego de comparaciones no es nada nuevo. Caín se comparó con Abel. Los discípulos de Jesús también tuvieron dificultades con lo mismo (Jn 21:23). De un modo u otro, todos tenemos que luchar contra este impulso de compararnos. Todos, alguna vez, caemos en esta terrible enfermedad del corazón, pero no debería ser así. Hemos de examinar nuestro corazón y purgarlo de envidia y celos. Como muchas otras emociones y pasiones, la envidia es síntoma de algunos problemas que subyacen y tenemos que resolver: estar muy preocupado con mis derechos, tomar el éxito de los demás como una carencia mía, desear éxitos egoístas, anhelar fama y logros, y también una incapacidad para compartir.

He aquí un diagnóstico de nuestro padre Fundador:

Puede surgirnos una tentación que nos lleve a fijarnos entre nosotros para que las personas se coloquen en la onda de nuestras conversaciones, para apreciar (…) la mayor o menor inteligencia de ellas. Este ha sido un vicio de las órdenes religiosas, unos de los móviles por el que se violaba gravemente, muy gravemente, y además crónicamente, la caridad. Era el fijarse unos en otros, de un modo que la envidia encuentra un campo abonado para juzgar, hablar de éste o de aquél en relación con su mayor o menor éxito en los estudios…(30 Mayo, 1978).

En la misma línea, Juan Pablo II dice de la vida religiosa en común:

En vista de la importancia crucial de la vida de comunidad, es necesario notar que su calidad se ve afectada positiva o negativamente por dos tipos de diferencias dentro del instituto: en sus miembros y en sus obras. Es esta la variedad que encontramos en la imagen paulina del Cuerpo de Cristo o en la imagen conciliar del Pueblo peregrino de Dios. En ambas, la diversidad es, en verdad, abundancia de dones que tienden a enriquecer la única realidad. Por lo mismo, el criterio de aceptación de miembros y obras en un instituto religioso es la construcción de la unidad. Prácticamente habrá que preguntarse: los dones de Dios en esta persona, o proyecto, o grupo, contribuirán a la unidad y a hacer más profunda la comunión? Si así fuere, sean bienvenidos. Si no, sin que importe lo buenos que tales dones puedan parecer en sí mismos o lo deseables que puedan resultar para algunos miembros, no son buenos para ese instituto en particular. (1983).

El Papa Francisco afirma que convivir es una “peregrinación sagrada”. Su forma de ver la vida en familia, entre amigos o en comunidad es un viaje en común hacia el Misterio. La metáfora de la peregrinación sugiere que no estamos parados siempre en el mismo lugar, sino que nos movemos juntos, cada vez más profundamente, en los que Dios desea de nosotros y en sus promesas. Esta es la forma idente de vivir. Francisco dice que se trata de “la mística de vivir juntos” lo que transforma nuestra vida en esa peregrinación. Y, para él, el vivir abiertos a una “cultura del encuentro” es lo que hace nuestra convivencia una apertura constante al Misterio y a la llamada divina que éste encierra en su corazón ¿No es lo que llamaríamos educación del éxtasis?

El Papa Francisco afirma también:

Dicho esto, se comprende que la desocupación y la precariedad laboral se transformen en sufrimiento, como se hace notar en el librito de Rut y como recuerda Jesús en la parábola de los trabajadores sentados, en un ocio forzado, en la plaza del pueblo, o cómo él lo experimenta en el mismo hecho de estar muchas veces rodeado de menesterosos y hambrientos. Es lo que la sociedad está viviendo trágicamente en muchos países, y esta ausencia de fuentes de trabajo afecta de diferentes maneras a la serenidad de las familias (Amoris Laetitia).

Pero el mensaje de la parábola tiene una dimensión antropológica profunda: Estamos llamados a entregar nuestras vidas por nuestros hermanos y hermanas en la familia humana; como Cristo, el Buen Pastor. Esto es más que un acto generoso; entregar nuestra vida representa la única oportunidad de dar un significado a nuestra existencia, de hacer la vida digna de vivirse. Esto es lo que los obreros estaban esperando en la plaza. Y al darles una forma de llevar esto a cabo, Cristo confirma su afirmación: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Entregar mi vida por el prójimo es más fuerte que mis pasiones y más fuerte que las tentaciones que me asaltan.

Aunque admitamos que el ayuno de nuestras pasiones es una tarea dolorosa y ardua, sabemos que siempre tenemos al alcance los medios para vencer, medios que podemos obtener si los pedimos consistentemente. Las gracias son ese instrumento, mucho más poderoso que nuestras pasiones y siempre se nos conceden si de verdad las suplicamos. La gracia cambia nuestras inclinaciones y transforma nuestra debilidad en fuerza y nuestra flaqueza en valor. Esa es la ventaja del creyente: nunca está solo.

Estamos hechos a imagen de Dios, pero nuestro carácter es diferente del suyo. Hemos de entregar nuestras vidas para que el carácter divino tome forma en nosotros. Nuestra carne, nuestra alma, es el principal obstáculo en ese proceso de cambio. Si todavía estamos aferrados a las cosas del mundo, el carácter divino no puede desarrollarse. Ese desarrollo produce integridad, fidelidad y obediencia para cumplir la voluntad de Dios. Si estamos hechos a imagen de Dios, nuestra prioridad y nuestro tiempo pueden (y deberían) centrarse en agradar a Dios. Tienes que entregar tu vida para poder ganarla (Lc 9: 24).

Si tu corazón tiene algo de niño, probablemente sacarás alguna lección de este cuento:

Un sencillo pastor fue nombrado Primer Ministro de Persia. El Rey le eligió por su fidelidad. Los otros ministros estaban enfadados: Ellos, que pertenecían a la clase noble, que tenía una educación elevada y que dominaban los asuntos políticos…¡Uno de ellos debería haber sido elegido Primer Ministro! Y por causa de los celos conspiraron contra quien el Rey había elegido. Comenzaron a vigilarle de cerca. Controlaban todos sus movimientos, sus idas y venidas. No encontraban nada sospechoso. Excepto que, una vez a la semana, entraba en un pequeño cuarto que estaba siempre cerrado y se quedaba una hora en esa habitación. Los nobles vieron detrás de ello alguna razón siniestra e informaron al monarca de ello. Dijeron al Rey que probablemente guardaba allí algunos tesoros que habría robado al propio Rey. El Rey dudaba de la veracidad de esa historia, pero les dio permiso para entrar en la habitación e investigar. Con asombro, lo único que encontraron fue un pequeño paquete que contenía un par de zapatos desgastados y un viejo manto. Cuando le llevaron ante el Rey, preguntaron al Primer Ministro por qué guardaba estas cosas en el pequeño cuarto. Su respuesta fue muy sencilla: Llevaba estas cosas cuando era un pastor, y una vez por semana voy a la habitación a verlas para que no olvide de lo que fui antaño y de lo indigno que soy de toda la gentileza y el honor que Su Majestad me ha concedido.

¡Qué gran contraste entre esta actitud y la de los trabajadores de todo el día en la Parábola de la Viña! Si somos capaces de hacer algunas cosas mejor que otros, hemos de ser humildes y no considerarnos superiores a los demás. Para ser capaces de vivir con justicia divina en nuestras vidas, tenemos que haber sido tocados por la gracia de Dios. A menos que hayamos experimentado y seamos conscientes de Su misericordia, no podemos amar como Él.

Hemos de aprender de San Juan Bautista, quien no cayó en la trampa de envidiar a Cristo. Él sabía que el éxito de Cristo era, también para él, su propia victoria (Jn 3: 30-35). Pasó por circunstancias que podrían haberle llevado a no estar satisfecho con su misión y a sentir celos del ministerio de Jesús. Sin embargo, su actitud fue completamente la opuesta. Estaba feliz con lo que Dios le había reservado y no sentía celos del ministerio de Cristo. Hemos de aprender del Bautista y conformarnos con lo que Dios nos ha dado, sin dejarnos llevar por los celos sobre las bendiciones de nuestro prójimo. De hecho, deberíamos alegrarnos de las gracias que reciban los demás, y no sentir envidia por ello.

Juan Bautista no estaba enojado o celoso porque sabía bien para qué había sido llamado, el alcance y significado de sus dones y de su misión y el propósito de sus bendiciones. Su meta era preparar el camino de Cristo a las almas. Como misioneros, ese es también el ministerio de todos y cada uno de nosotros.

¿Perdonas las cosas pequeñas?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 17-9-2017, XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (Eclesiástico 27:30.28:1-7; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

“Un hombre llamado Ove” es una película sueca de 2015. Ove es un hombre viudo de 59 años, deprimido tras haber perdido a su esposa, fallecida hace seis meses. Después de haber trabajado 43 años en la misma compañía ferroviaria, es obligado a jubilarse. Es la clase de persona que no se calla cuando alguien no le cae bien y les señala con el dedo como si fueran criminales. Tiene principios sólidos, rutinas estrictas y poca paciencia.

Sin embargo, detrás de ese aspecto irritable, hay una historia y una tristeza. Sus intentos de ahorcarse son interrumpidos una y otra vez por una inmigrante iraní que siempre le está pidiendo ayuda. Luego, Ove se dirige a la estación de tren para saltar ante un tren en marcha. Sin embargo, un hombre que estaba en el andén se desvanece y cae a la vía. Nadie se acerca a ayudarle, por lo que Ove salta a las vías y le salva de la muerte. De nuevo, intenta cometer suicidio con una pistola, pero dos jóvenes a quienes antes había ayudado, le interrumpen llamando a su puerta…pidiendo de nuevo su ayuda. Con estos sucesos, poco apoco, su vida cambia completamente y su generosidad reprimida brota de él de forma ejemplar y conmovedora.

Esto es una hermosa alegoría del poder de la facultad unitiva. Cuando nos aproximamos al prójimo con paciencia, sin juzgarle y asegurándole que es amado, algo muy profundo sucede en nosotros mismos, y si lo hacemos en nombre de Cristo, Él mismo lleva este cambio hasta el extremo. Esta experiencia es más fuerte que nuestros pensamientos y nuestros deseos, más potente que cualquier otro evento en nuestra existencia… incluidos los intentos de suicidio.

Perdonar NO ES lo que a veces pensamos:

  1. Perdonar no significa que me da igual la falta de la otra persona o que digo que no importa.
  2. Perdonar no significa que renunciar a mi derecho de exigir excusas y restitución vaya a ser fácil o inmediato.
  3. Perdonar no significa negar el daño que me ha hecho la otra persona.
  4. Perdonar no significa que el pecador vaya a librarse de poner ante Dios su conducta de pecado.
  5. Perdonar no significa que la vida siga igual para mí, como antes de la ofensa; puede que algunas posibilidades u oportunidades hayan sido destruidas.
  6. Perdonar no significa que en el futuro no haya de usar la sabiduría y la discreción.
  7. Perdonar no significa olvidar. Para olvidar sólo se requiere mala memoria o la necesidad de suprimir el pasado. Contribuyo al milagro cuando recuerdo y aún así, perdono.
  8. Perdonar no significa quitar importancia a los hechos. El perdón no se produce si no soy consciente de la ofensa y de que estoy herido.

No todos los días tenemos que perdonar traiciones, puñaladas por la espalda o a alguien que nos hiere físicamente, pero continuamente tenemos la oportunidad de perdonar pequeñas cosas, como cuando alguien llega tarde, se olvida de una reunión o no saca la basura. Quizás cuando Cristo responde a Pedro que hemos de perdonar setenta veces siete no está usando una hipérbole…

Es bueno perdonar las cosas pequeñas porque cuando tengamos que perdonar cosas mayores sabremos cómo hacerlo. Pero la razón más importante para perdonar continuamente limitaciones, equivocaciones o imprevisiones es que es la prueba más incuestionable de que una persona se está haciendo cada vez más semejante a Cristo, manso y humilde de corazón: Sean benévolos entre ustedes, misericordiosos, perdonándose mutuamente como les perdonó Dios en Cristo (Ef 4, 32). Cada vez que perdonas, te haces más parecido a Jesús.

El Papa Francisco detallaba las implicaciones de la parábola del Deudor Inmisericorde: Jesús afirma que la misericordia no es sólo un acto del Padre, es también un criterio para saber quiénes son sus auténticos hijos… Perdonar las ofensas es la expresión más clara de un amor misericordioso y para nosotros los cristianos es un imperativo del cual no podemos excusarnos.

Aquí, el principio es: “A quien mucho se le perdonó, debe perdonar mucho”. En otras palabras, el principio del perdón es que la gracia para perdonar a otros no tiene límite.

Cristo enseña a sus discípulos, y por extensión a nosotros, que el perdón que damos ha de ser en proporción a la cantidad recibida. Al primer siervo se la había perdonado todo y por eso debería él perdonar todo. De igual modo, un hijo de Dios, a través de la fe en Cristo, tiene perdonados todos sus pecados.

El Papa Francisco recordaba las palabras del Padrenuestro donde decimos: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a nuestros ofensores. Explicaba que esto es “una ecuación”. En otras palabras: si no eres capaz de perdonar ¿cómo va a perdonarte Dios? El Señor quiere perdonarte –continuó el Papa– pero no puede hacerlo si tienes tu corazón cerrado y no puede entrar la misericordia. Alguien podría objetar: Padre, yo perdono, pero no alcanzo a perdonar una cosa muy fea que me hicieron… La respuesta es: pide a Dios que te ayude a perdonar (1 Marzo 2016).

El perdón que vamos a dar presupone que lo hemos recibido antes. Por supuesto que Dios perdona, pero ¿somos dóciles y abiertos para recibir su perdón? Para recibir este perdón hemos de tener un corazón contrito. Eso es lo que nos enseña la primera lectura ¿Qué es un corazón contrito? Es más que simplemente estar tristes por nuestros pecados. Es más que un sentimiento emocional de lamento. Un corazón contrito es el que se da cuenta de que sus pecados hacen daño a los demás, especialmente a sus seres queridos y a sí mismo. Cuando una persona llega a esta conciencia, entonces se pone en marcha y toma el propósito de no continuar haciendo daño a los demás. Por el contrario, caminará en la senda de la verdad y del amor. Este es uno de los frutos de nuestra Lección Didáctica en el Examen Ascético; en la oración, he de sacar lecciones de mis propios pecados.

La parábola del Siervo Implacable no es simplemente una amenaza; tiene una enseñanza positiva sobre el poder del perdón. Y hay muchas historias reales que lo confirman:

Hace algunos años, el hijo de una mujer afroamericana fue brutalmente asesinado. Ella recibió apoyo de su iglesia local y decidió renunciar al poder del mal en su vida, lo que para ella significaba entonces perdonar al asesino de su hijo. No iba a ser fácil. Decidió que iría a visitar al criminal en la cárcel y seguir haciéndolo hasta que llegase a poder perdonarle. Hablar cara a cara con el asesino de su hijo fue lo más difícil que le tocó hacer en la vida. La ayuda que recibió de la iglesia fue que le acompañó una persona en sus visitas hasta que se sintió capaz de ir ella sola.

Cada semana, durante dos años, esa madre visitó la cárcel, acompañada durante 18 meses por un miembro de la comunidad parroquial, hasta que sintió que podría ir sola. Entonces supo que estaba lista para perdonar, para renunciar al poder del mal en su vida y para convertirse en un miembro de la comunidad que creía y vivía de esa manera.

Años después, el asesino convicto fue liberado y, aunque parezca increíble, comenzaron a trabajar juntos en programas de educación para evitar que los jóvenes usen la violencia.

Ese es el poder del perdón.

Como decíamos antes, el perdón divino se manifiesta y se confirma dándonos una nueva oportunidad, una misión muy precisa. Fijémonos en la historia de Pablo, que mató a tantos cristianos. Recordemos lo que Cristo hizo de él…!Esa persona se convirtió y fue una de las grandes figuras del Nuevo Testamento! Fijémonos en el caso de Pedro, cómo Dios lo puso al servicio de la Iglesia después de que le hubiese negado tres veces…

Pero aún más importante que meditar sobre cualquier episodio bíblico es el que tú y yo nos detengamos a reflexionar en nuestra experiencia personal: ¿Qué he hecho y de qué he sido perdonado? ¿Cuál es la misión que inesperadamente y sin merecerlo he recibido como prueba de este perdón?

Por lo menos, he de reconocer que la llama de mi fe no ha sido apagada por nadie… Sí; estos son puntos importantes para la reflexión en mi oración:

* ¿Cómo he sido perdonado?

* ¿Cómo he perdonado a los demás? ¿De qué manera NO les he perdonado?

* Debido a mi terquedad, ¿cuándo he perdido la oportunidad de pedir perdón y de perdonar?

La obra de reconciliación de Cristo no estaría completada si no nos reconciliáramos entre nosotros. El perdón que Cristo vino a traernos no es sólo reconciliación con Dios, sino también dentro de nosotros y con los demás. La justicia divina nos exige estar en una relación justa con Él, con el prójimo y con nosotros mismos.

El orgullo es lo que impide que busquemos la misericordia de Dios y su perdón. Eso se pone de relieve especialmente en el sacramento de la confesión y en nuestro examen ascético. Es nuestro orgullo lo que nos impide revelar nuestras faltas a otra persona. La vergüenza que sentimos es consecuencia del pecado, como les ocurrió a Adán y Eva, que intentaron ocultar su falta. Si queremos encontrar la fuerza para perdonar, hemos de confesar nuestros pecados y meditar en la Pasión de Cristo para recibir esa fuerza. Sólo entonces seremos tocados por su misericordia incondicional, y sólo entonces podremos nosotros también perdonar y ser misericordiosos con los demás.

No elegimos perdonar. Sólo elegimos el compartir el perdón que ya hemos recibido.

Quienes no pueden perdonar son los que nunca han experimentado el perdón de Dios o nunca han reflexionado sobre él. Si vemos que nos cuesta perdonar, pidamos sinceramente hoy a Dios la gracia para hacerlo. Dios nos la dará y a la vez recibiremos su misericordia. De modo muy semejante al servidor de la parábola, necesitamos tiempo para reflexionar sobre nuestros pecados y sobre la abundante misericordia de Dios. Sólo entonces podremos de verdad perdonar. Hemos de recordar las palabras de Cristo: ¿Por qué te fijas en la paja en el ojo de tu hermano y no ves el tronco que hay en tu ojo?

Trátenlo como a un pagano o un cobrador de impuestos

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 10-9-2017, XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Ezequiel 33:7-9; Carta a los Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

 La tarea de la corrección fraterna es una de las cosas más difíciles en la vida comunitaria y en las relaciones interpersonales. Tratar con alguien que ha perturbado la paz de la comunidad es quizás una de las responsabilidades más difíciles de la vida. ¿Cómo podemos ser honestos y compasivos al enfrentarnos con las fracturas de la convivencia?

Cuando alguien peca, de alguna forma afecta a toda la comunidad. No podemos pretender que no nos afecta, pues estamos interrelacionados y somos interdependientes, aún más si estamos unidos por lazos familiares o espirituales. Por eso nos recuerda el Señor: Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la Casa de Israel.  Como misioneros, tenemos un don profético, no tanto pare predecir el futuro como para iluminar la situación actual. Nuestra misión, como los profetas de antaño, es anunciar y ser testigos de la palabra de Dios, tanto a la comunidad como a cada persona en particular.

Estas son algunas formas características (y erróneas) de reaccionar ante las personas bajo nuestra responsabilidad y a quienes hemos de corregir:

* Una forma de enfrentarse a la situación es ignorar la realidad y permitir que el mal continúe. Ponemos todo bajo la alfombra y nos excusamos diciendo algo como No soy el guardián de mi hermano. Otros dirán que “no debemos juzgar”.

En el fondo, lo que ocurre es que tememos la confrontación y el intervenir. Tenemos miedo de ser rechazados, de las dificultades, las incomprensiones y la pérdida de aprobación. Al mismo tiempo, sabemos que si dejamos de enfrentarnos al problema, especialmente si nosotros mismos hemos sido heridos directamente, daremos vueltas al asunto y eso contaminará nuestra mente y nuestro corazón, haciendo imposible cualquier futura relación con esa persona.

* Otros buscan simplemente “eliminar el problema” y de esa manera llegan a abusar o incluso matar psicológicamente a la otra persona. Pero como dice el refrán: Si quieres recoger miel, no golpees la colmena. De nuevo, se revela nuestro miedo a acercarnos realmente al hermano que yerra. Esas personas buscan que el otro sea castigado, más que corregido o que se arrepienta. Normalmente informan inmediatamente a la autoridad del error, deseando que el otro sea humillado y reciba el castigo que desean presenciar. En la raíz de todo eso está el odio y el revanchismo. El amor es la razón fundamental y el principio para corregir a los pecadores. Es nuestro amor por el pecador como persona y por la comunidad lo que nos ha de empujar a actuar por el bien de todos. Como nos dice San Pablo: El amor es lo único que no puede hacer daño a tu prójimo, por eso es la respuesta a todos los mandamientos.

* Algunas personas religiosas dan la impresión de que lo saben todo. Generalmente son buscadores de errores y necesitan estar continuamente poniendo de relieve los fallos de los demás, aunque sean minúsculos. Pero esta actitud revela no su sabiduría, sino su estupidez.

En su novela El Idiota, Dostoievski describe a los sabelotodo, que aspiran a aparentar ante los demás. Enfermo en el cuerpo, y a la vez con una nobleza infantil, el Príncipe Myshkin representa a la perfección la forma de vida de un sabelotodo: ¿Sabes? algunas veces creo que es bueno equivocarse –observa el príncipe-. Así podemos perdonar a los demás más fácilmente y ser más humildes. Al decir “equivocarse”, el Príncipe se refiere a ser conscientes de nuestras debilidades, pecados, límites e imperfecciones en la convivencia.

* Frecuentemente, preferimos murmurar y criticar al otro, en vez de acercarnos a él cara a cara, en privado, para hacerle ver sus errores y equivocaciones.

La corrección fraterna es una forma de amar al prójimo, pues representa una ocasión para colaborar con la gracia de Dios, pues cuando alguien se arrepiente sincera y gozosamente, Dios quita las manchas de nuestro pecado y las transforma en hermosos signos de su gracia:

Una conocida historia dice que unos pescadores en Escocia se reunieron para tomar té en una taberna. Uno de ellos, haciendo el gesto característico para describir el tamaño del pez que pescó, extendió sus brazos cuando la camarera estaba a punto de servir el té. Las manos y la tetera chocaron y el té fue a aparar a la blanca pared encalada. Una horrible mancha marrón comenzó a extenderse por la pared. El pescador estaba avergonzado y pidió perdón de todas las formas posibles, pero uno de los clientes se levantó y dijo: No se preocupen. Sacó un lápiz del bolsillo y comenzó a dibujar alrededor de la fea mancha. Pronto, comenzó a aparecer un impresionante ciervo real, con su poderosa cornamenta. El artista era Sir Edwin Landseer, el más destacado pintor de animales de Inglaterra.

La primera lectura de hoy lo dice aún más claramente: Cuando yo diga al malvado: “Vas a morir”, si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida.

Una observación preliminar: Enseguida tomamos la postura de que tenemos razón y la otra persona ha de convertirse. Se supone que nos va a escuchar, no necesariamente que le escuchemos a él. Pero eso no es un auténtico diálogo, pues para ello se requiere apertura y disposición a reconocer que podemos estar equivocados en nuestra forma de ver las cosas. Incluso si estamos abiertos y tenemos razón, la otra parte puede que no se preste a hablar sobre el tema. Hay muchos factores sicológicos y emocionales que pesan, por ejemplo, las heridas que aún están abiertas o la falta de confianza. Entonces, el decirle a una persona que está equivocada, producirá odio y negación. Esto le llevará a que trate de contraatacar de alguna manera.

¿Cómo corriges a tu prójimo? Jesús nos dice que primero has de hacerlo tú solo. Si eso no es suficiente, hay que invitar a otras personas para que ayuden. Si eso tampoco basta, hay que llevarlo a la comunidad del pueblo de Dios. Esto refleja una profunda sabiduría y conocimiento de los seres humanos: somos egocéntricos y nuestra visión es siempre parcial, somos víctimas del apego a nuestras opiniones y puntos de vista, por eso muchas veces necesitamos escuchar a varias personas que nos digan algo diferente o quizás opuesto a nuestras convicciones e ideas.

A veces tenemos que buscar personas que quizá sean más objetivas que nosotros o lo suficientemente prudentes para ver toda la realidad del asunto. Al buscar ayuda de otras personas, el objetivo no es exponer o presionar a quien ha cometido una ofensa, ni tampoco organizar un juicio, sino ayudarle a reconocer su error y entender que nuestra visión no es parcial, sino objetiva. De esta manera, puede que logremos rescatar a nuestro hermano.

Para corregir errores se necesita amor y autoridad moral. Autoridad y amor pueden parecer contradictorios, pero no lo son. La autoridad sin el amor es asfixiante y no funciona. El amor sin autoridad moral es superficial. Un conocido adagio dice que podrás cazar más moscas con una cucharada de miel que con un barril de vinagre.

Cuando Aquila y Priscila escucharon a Apolo predicar el mensaje de Juan Bautista, pero no el de Jesús (Hechos19:26) no interrumpieron bruscamente su predicación ni le ridiculizaron, ni le humillaron ante el auditorio. Por el contrario, le llamaron aparte y le explicaron lo que le faltaba por enseñar. En ningún momento Apolo dijo algo así como: ¿Quién creen ustedes que son, tratando de darme lecciones a mí? Más bien, Apolo aceptó la corrección y la agradeció.

Cristo no esperaba de nosotros el “Vive y deja vivir”. El Evangelio ha de ser proclamado al mundo entero… y una parte del Evangelio es el arrepentimiento. Lograr que la persona se arrepienta, supone que sea consciente de su pecado. Cuando vemos que un hermano o hermana peca, hemos de intentar que rectifique. Eso es el verdadero amor, convertir al pecador o al desobediente para que vuelva al camino recto y así salvar un alma de la muerte. Eso no es juzgar injustamente.

El juzgar a los demás significa pretender conocer sus intenciones y acusarlos falsamente, como hacían los fariseos con Cristo. Juzgar es ser puntilloso como esos fariseos cuando veían a los discípulos recoger maíz el sábado para comer. Otro ejemplo de juzgar es cuando acusaban a Cristo de curar en el día de sábado. Esos es juzgar de forma injusta y ser quisquilloso.

Hacer suposiciones falsas, murmurar, chismorrear y estar buscando errores para poder acusar es el tipo de juicio verdaderamente injusto. Si miramos bien en nuestro corazón, veremos la diferencia entre corrección fraterna y crítica quisquillosa.

Y si esa persona tampoco escucha a la Iglesia, entonces ha de ser considerado como un pagano.

Esto ha de entenderse en el contexto adecuado. Cristo nunca abandonó a nadie, ni siquiera al pecador más incorregible. Por tanto, como discípulos suyos, nunca hemos de perder la esperanza en la reconciliación y la conversión de ningún enemigo. Tratarlos como paganos es reconocer que son ignorantes o pecadores. Eso no significa que cortemos la comunicación con ellos para siempre. Más bien, con la oración y con el tiempo, podrán un día encontrar la gracia de la conversión. No podemos forzar a las personas a convertirse. Necesitan ser conscientes de su situación y sobre todo, la gracia. Hemos de esperar al tiempo de Dios. La reconciliación y el arrepentimiento no pueden acelerarse.

De manera que cuando una comunidad expulsa a un hermano es con la intención de producir la reconciliación. Dado que las demás vías se han agotado y el diálogo no ha sido posible por la terquedad de la persona, ha de ser puesta fuera de la comunidad, de manera que pueda repensar su situación. De hecho, la excomunión es la decisión más dolorosa que la autoridad puede tomar para un individuo, pues la comunidad cristiana siempre ha de poner la compasión y el perdón por encima de todo. Hemos de recordar las palabras del profeta: Dios no se complace en la muerte del perverso, sino que desea que se aparte de sus caminos y viva.

Por tanto, debemos continuar orando por ellos. Debemos tener valor y confiar en el poder de la oración, pues Cristo afirmó: Les digo de nuevo, solemnemente, que si dos o más de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, les será concedido por mi Padre celestial. Pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estaré yo, en medio de ellos. Sí, debemos suplicar la curación, la luz y la reconciliación. De algún modo, Dios nos dará la gracia de la reconciliación si de verdad confiamos en Él. No es el pecado, sino la gracia, quien tiene la última palabra.

Recordemos lo que nos dice el apóstol Santiago: Hablen y actúen como quienes deben ser juzgados por una Ley que nos hace libres. Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia triunfa sobre el juicio. (Sant 2:12f)

¿En qué piensas ahora mismo?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 3-9-2017, XXII Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27)

Mark Twain escribió: La vida no consiste esencialmente en hechos y sucesos. Consiste, sobre todo, en la tormenta de pensamientos que agita continuamente nuestra cabeza.

Nuestra mente está llena de pensamientos, nuestra voz interior está frecuentemente meditando sobre las cosas que han pasado y las que van a suceder, quizá ahora estás pensando en lo que lees. Pero sabemos que fácilmente nuestra mente se pone a divagar…

Pero la pregunta importante es: ¿cómo pensamos? ¿pensamos como los hombres o como Dios?

Cristo dijo que cuando pensamos como hombres, tropezamos. Es importante considerar cómo pensamos y qué pensamos. Pensar de forma errónea nos hace tropezar. Necesitamos hacerlo de una forma nueva, tenemos que pensar como Dios piensa. En la lectura del Evangelio de hoy vemos que aunque Pedro hablaba con una sincera preocupación y amor por Cristo, lo que decía era contrario a la voluntad de Dios. Estaba realmente actuando en contra de Dios, trabajando en complicidad con el diablo para evitar que Cristo cumpliese su misión. Pedro quería que Jesús tomara el camino fácil hacia el éxito, a través del poder y de la gloria. Pero el camino de Cristo no es el poder y la grandeza, sino la humildad y el servicio hasta el extremo de morir en la cruz.

Mientras seamos esclavos del mundo, nunca podremos alcanzar una vida plena. Quienes son esclavos del mundo buscan la felicidad mundana a través del placer, la riqueza o una posición social. Pero tales cosas no traen una felicidad auténtica, porque no son eternas.

Como nos advierte hoy San Pablo: No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Sí; una tentación constante del ser humano es tomar como modelo el mundo. Pero Cristo deja claro que es a través del sufrimiento y la abnegación como podemos conquistar el mundo.

El collar es un conocido cuento de Guy de Maupassant. Una señora joven llamada Mathilde quisiera ser rica y poder ser aceptada en la alta sociedad. Pero su esposo es un ciudadano corriente, sin los medios para hacer realidad esos sueños.

Esa señora encuentra la ocasión de realizar sus sueños cuando ella y su marido son invitados a un baile elegante. Se gasta una cantidad enorme de dinero para comprar un hermoso vestido. También consigue prestado un precioso collar de una amiga, Madame Forestier. El collar recibe muchos elogios de los aristócratas que asisten al baile. Sin embargo, ocurre lo peor: Mathilde extravía el precioso collar.

¿Qué puede hacer, si era tan caro? Llenos de pánico, ella con su marido piden prestados treinta y seis mil francos para comprar un collar nuevo, de manera que su amiga no se enterase de lo que sucedió. Para pagar esa fortuna, se ven obligados a vender su casa, despedir a sus sirvientes, encontrar dos trabajos, incluso retirarse a vivir a un barrio pobre. Después de diez años de intenso sacrificio, logran pagar la deuda.

Un día, cuando todo estaba pagado, Mathilde visita a Madame Forestier, quien se asombra de cómo Mathilde ha envejecido muy rápidamente. Mathilde le confiesa lo ocurrido y todas las dificultades por las que han pasado. Bastante conmovida, su amiga revela a Mathilde que los diamantes que tenía el collar original eran falsos y que en realidad el collar costaba menos de 500 francos. Todos esos sacrificios fueron un gran error.

Muchas personas se hacen esclavos de valores que resultan ser ilusorios o acaban en angustias. Adoran ídolos que no pueden dar la auténtica felicidad. Esto es precisamente lo que hacemos cuando nos centramos más en lo que pasa a nuestro alrededor que en la Palabra de Dios. Cuando permitimos que nuestra actitud sobre el futuro sea dominada por otras circunstancias, en vez de la Palabra de Dios, ponemos a esos sucesos por encima de Dios. Poner esas circunstancias por encima de Dios es no menos que una idolatría.

Pero no sólo nuestros pensamientos son distintos de los de Dios. Incluso nuestra generosidad NO es la divina. Nuestra compasión NO es la de Dios. Algunos ejemplos:

* A veces, cuando intentamos proteger o defender a una persona, destruimos la imagen de otra. Hemos de decir la verdad con humildad, caridad y firmeza. Nuestra intención será iluminar y curar, no atacar a otras personas o menospreciarlas.

* En ocasiones, somos muy amables con alguna persona, sin darnos cuenta de que estamos viviendo una acepción de personas al ignorar a otros.

* Esencialmente, el miedo es lo que limita nuestra generosidad:

Una niña pequeña estaba muriendo de una enfermedad de la cual su hermano de ocho años se había recuperado anteriormente. El médico dijo al niño: Sólo una transfusión de tu sangre puede salvar la vida de tu hermana ¿Estás dispuesto a darle tu sangre? Los ojos del pequeño se llenaron de espanto. Dudó por un instante y por fin dijo: De acuerdo, doctor, estoy dispuesto. Una hora después de la transfusión el niño preguntó tímidamente: Doctor ¿cuándo voy a morir? Sólo entonces comprendió el médico el miedo que había sentido el niño. Creyó que al dar su sangre estaba entregando la vida por su hermana.

Entonces ¿cuáles son los pensamientos de Dios? En particular, más allá de la mera curiosidad, he de preguntarme qué es lo que Dios piensa de mí. Sólo hace falta fijarnos en las enseñanzas de nuestro padre Fundador y en la experiencia personal para darnos cuenta de que la Santísima Trinidad, nuestro verdadero Padre, nuestro verdadero Hermano y nuestro verdadero Amigo, sólo piensan en una cosa:

Que me niegue a mí mismo, que tome mi cruz (lo cual es básicamente lo mismo) y que siga a Cristo.

Lo cierto es que la felicidad nos llega cuando amamos y vemos que podemos hacer algo significativo en la vida de los demás. Esta es nuestra victoria junto a Cristo, el dar un testimonio. Los frutos visibles, las conversiones y nuestro propio cambio serán la obra del Espíritu Santo, con nuestra modesta contribución y según su plan y su tiempo. El propio Cristo nos da un ejemplo de cómo enfrentarse a las tentaciones y a los conflictos de nuestras pasiones. Basta seguirle. Él no pone en juego su fidelidad al Padre y a su Reino y permanece fiel hasta entregar su vida. Así precisamente llegó a la plenitud de vida en su Resurrección.

Irónicamente, también tenemos la “capacidad” de cooperar con el diablo (¡y la usamos a menudo!). Lo que él hace cuando nos tienta es que comienza a enfocarnos más y más en la que quiere que hagamos. Y así llena nuestra mente y voluntad con ese deseo y no nos damos cuenta de que hemos sacado a Cristo del estrecho paisaje que contemplamos: ¿Cómo me afectará lo que voy a hacer? ¿Cómo afectará a las personas que me rodean? ¿De qué me servirá esto en el futuro? ¿Me va a hacer bien o va a destruirme? ¿Cómo afectará a mi futuro?

Y así, nos lleva a pensar sólo en una cosa: ¿Qué quiero en este momento? ¿Qué necesito ahora mismo? ¿Cómo puedo encontrar una gratificación inmediata? Este es sólo un ejemplo de nuestros tristes encuentros con el diablo.

Muchas veces repetimos que necesitamos una conversión personal, un encuentro con Dios. Esto fue lo que le ocurrió a Jeremías. Se enamoró de Dios: Me sedujiste, Señor y yo me dejé seducir; me has vencido: tú fuiste más fuerte. Así, enamorarse de Dios y hallar su belleza es un pre-requisito para poder proclamar el Evangelio de la alegría.

Típicamente, en nuestras meditaciones pasamos por alto la última frase que dice Cristo hoy: El Hijo del Hombre vendrá con sus ángeles, en la gloria de su Padre y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. De nuevo, quizá es que somos de alguna manera víctimas del secularismo, de las formas de pensar y de los estilos de vida del mundo. No tendemos a pensar en el cielo, nuestro verdadera y eterna casa. Nos quedamos en los sucesos de la vida, que pueden ser triviales, trágicos o impresionantes. Por eso, deberíamos recordar estas palabras de nuestro padre Fundador:

Miro al mundo, y veo la eternidad. Voy eternizando todos los actos de mi vida. Quisiera que todos fuesen eternos; que cualquier acto, incluido el más pequeño, tuviese una memoria permanente en la vida de las generaciones que van a venir. (25 FEB, 1973).

Adornaros de los atributos, que quedan simbólicamente expresados por las bienaventuranzas, y que son los títulos de vuestra eternidad (5 DIC, 1981)

Sí; esta vida es lo que nos dice de ella la vida eterna. Esta vida sólo tiene sentido en el contexto del cielo. Esto sirve para todos, seamos cristianos o no. La eternidad ha sido incrustada en nuestros corazones como una joya preciosa (Eclesiastés 3:11).

Venid y descansad un poco

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Reflexiones para ahondar y vivir el Evangelio, por Lourdes Grosso, misionera idente. (Artículo publicado por la revista Ecclesia, n. 3.891-92, 8 y 15 de julio de 2017).

Venid y descansad un poco

Podría ser perfectamente el eslogan de una agencia de viajes, o el reclamo publicitario de algún rincón paradisíaco donde pasar las vacaciones de verano. Pero no. Es Palabra de Dios.

Parece ser que eran tantos lo que iban y venían en torno a Cristo y sus apóstoles que no encontraban tiempo ni para comer, al punto que un día les dice: «venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Pero muchos les vieron marcharse y desde las aldeas fueron corriendo por tierra y se les adelantaron, de modo que «al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (cf. Mc 6,30-34), con calma. Siempre me ha impresionado este relato. Estaban agotados, es cierto, pero Cristo no despachó rápidamente a las personas que requerían su atención, sino que, conmovido, les dedicó todo el tiempo necesario, sin prisas, con cariño, para enseñarles el amor que les tenía el Padre.

El descanso necesario

Descansar no significa abandonar toda actividad para centrarse con egoísta miopía en uno mismo; no es evadirse de las responsabilidades para refugiarse lejos de cuanto incomode mi zona de confort, y menos aún deshacerse de las reglas de la convivencia y poner entre paréntesis la ética para sumergirse en un “todo vale” si me satisface. Esto es sólo apariencia engañosa que embriaga con promesas placenteras para, al final, cosechar del estío un dilatado hastío. Descansar es otra cosa. Es amar de otra manera. Es centrarse en lo esencial, dedicarse a lo que nos hace más humanos y más hermanos. Por eso, si el trabajo es necesario para vivir, también lo es la tregua del descanso.

Descansar es necesario. ¡Hasta el Creador descansó el séptimo día! Pero ciertamente no para desentenderse de la obra de sus manos, sino para contemplarla y sostenerla con la complacencia y el poder de Padre. También nosotros estamos convocados a dejar otras obligaciones para centrarnos en la fraternidad, para acompañarnos mutuamente, para ayudarnos a descubrir juntos la belleza que nos circunda en la naturaleza y nos habita dentro. Recuerdo que hace años, en una clase de formación, una hermana nos dijo: «descansad en el carisma». Así de sencillo, así de real. Cuando nos situamos donde realmente tenemos que estar, encontramos el descanso.

La pregunta para nosotros será entonces: ¿cómo descansaba Cristo? Una sencilla mirada al Evangelio nos da una respuesta clara sobre su proceder y la clave de actuación para quienes somos sus discípulos.

El descanso de Cristo

Iban caminando hacia Galilea. Llegando a Sicar, Jesús, cansado del camino, se sienta junto al pozo mientras que los discípulos van al pueblo a comprar comida. Se acerca una samaritana a sacar agua, y él, pidiéndole de beber, entabla una conversación que lleva a aquella mujer a desear el agua viva, a reconocer al Mesías, a descubrir su condición de hija de Dios y a convertirse en apóstol de su pueblo (cf. Jn 4,1-42). El descanso del Señor es aliviarnos de nuestras pesadas cargas y enviarnos a llevar la buena noticia.

En otras ocasiones nos encontramos a Cristo en Betania, donde viven sus amigos Lázaro, Marta y María, que le ofrecen hospitalidad. Allí se retira a pasar la noche, es recibido cuando va de viaje, llora la muerte de su amigo y tras resucitarlo comparte una cena en la que es ungido con un perfume que llena la casa de fragancia (cf. Jn 11,1-44 y par). Vita consecrata nos recuerda que «el ungüento precioso derramado como puro acto de amor, más allá de cualquier consideración “utilitarista”, es signo de una sobreabundancia de gratuidad, tal como se manifiesta en una vida gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a su persona y a su Cuerpo místico. De esta vida “derramada” sin escatimar nada se difunde el aroma que llena toda la casa» (n. 104). Nuestro descanso es entrar en su intimidad.

El descanso del apóstol

Entonces ¿dónde puedo ir a descansar? Ven a mí cuando estés cansado y agobiado, que yo te aliviaré; aprende de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarás descanso (cf. Mt 11,28-30). Es su respuesta para ti, también en este verano.

(Imagen: Mesa de Betania, en el Comedor del Centro Aletti en Roma)

¿Quién soy yo?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 27-8-2017, XXI Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Isaías 22:19-23; Carta a los Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

El filósofo pesimista alemán Arthur Schopenhauer, cuando visitaba un invernadero, quedó tan absorto contemplando una planta que llamó la atención de un empleado, quien le preguntó: ¿Quién es usted? Schopenhauer respondió: Señor, si usted me pudiera responder a esa pregunta, le estaría eternamente agradecido.

De modo semejante, una vez le preguntaron al filósofo inglés Bertrand Russel si estaría dispuesto a morir por sus creencias. Por supuesto que no -respondió- después de todo, quizá estoy equivocado.

Esto sería divertido a no ser que no fuese tan triste. ¿Cómo es posible que una disciplina que debería responder a las grandes preguntas de la vida fracase tan rotundamente en su misión? ¿Es que el mayor descubrimiento de los “amantes de la sabiduría” es que la sabiduría no se puede descubrir jamás?

Quizá sea cierto, incluso para tan ilustres pensadores. Por lo menos, parece una tarea imposible para nuestra experiencia, visión, integridad y conocimiento tan limitados, cualesquiera que sean nuestros logros y esfuerzos en esas dimensiones de la vida.

Realmente necesitamos la gracia para comprender íntegramente y ser consistentes con nuestra identidad: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te han revelado esto, sino mi Padre celestial. Se requiere nada menos que la confesión de la divinidad de Cristo para permanecer firmes en las pruebas y en los escándalos. Si nuestra fe no se limita a creer en un hombre llamado Cristo, sino que reconocemos que es el Hijo de Dios, nuestro Buen Pastor, entonces seremos capaces de vencer todas las dificultades en nuestra vida.

Cuando recitamos a María la oración que nuestro padre Fundador nos enseñó: Ruega por nosotros pecadores, para que seamos santos, estamos manifestando nuestra permanente dificultad en ser lo que somos…¡santos! Recordemos que el sentido cristiano original de santo es cualquier creyente que está “en Cristo” y en quien Cristo habita, alguien que ha sido “apartado”. Apartado ¿para qué? O mejor dicho, ¿para quién? La respuesta es, para Dios.

Sí, esta es la extraordinaria experiencia de San Pedro: un rudo pescador se convierte en la roca sobre la que se fundará la Iglesia, se le dan las llaves del Reino y recibe una notable fuerza espiritual. ¿Por qué? Porque cuando Cristo pregunta a los discípulos quién es, Pedro responde que Jesús es el Mesías.

Pero esta es también nuestra experiencia y nos unimos a San Pablo en sus palabras de la segunda lectura de hoy: ¡Qué profunda y llena de riqueza es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos! Cada vez que tú y yo aceptamos sinceramente que Cristo es el Mesías ( = el elegido para regir el mundo y así salvarlo) algo ocurre en nuestro corazón, Él responde con la gracia específica que necesitamos en nuestro momento espiritual.

Cristo pidió a sus discípulos que no hicieran pública la confesión de Pedro. Cada persona debería encontrarla por sí misma. No puede llegar de una fuente secundaria. Este es un argumento sólido para comprender la centralidad de la vida mística, más allá de nuestros honestos esfuerzos.

Se cuenta de Juan XXIII que, durante los turbulentos años 60’s, cuando era Papa, parecía que todo se venía abajo en la Iglesia. Había crisis en el sacerdocio, en la vida religiosa, en la vida conyugal, en la fe, en toda la Iglesia. El Papa trabajaba duramente durante largas horas para intentar resolver todos esos problemas. Una tarde, después de un día agotador de despachos, fue a su capilla privada para hacer la Hora Santa antes de retirarse, pero estaba demasiado agotado y cansado como para mantener la atención y concentrarse en la oración. Después de unos minutos de esfuerzo inútil, se levantó y dijo: Señor, la Iglesia es tuya. Yo me voy a dormir.

Sí; la Iglesia era y es de Cristo. Él es el constructor aunque Pedro y cada uno de nosotros seamos las rocas con las que él construye.

Es un consuelo poder pensar que no estoy definido por mi aspecto, mis fuerzas, mis cicatrices o mis debilidades. Cristo nos dice quiénes somos y nos dice que en Él, somos Bienaventurados, Elegidos, Adoptados, Aceptados, Redimidos, Perdonados y Amados

Si somos fieles a nuestro examen de perfección, estaremos en condiciones de progresar en nuestra madurez sicológica, lo que es una condición necesaria para crecer y madurar en nuestro diario caminar por Él, con Él y en Él. Si comparamos la actitud de San Pedro en algunos momentos de su vida (su negación de Cristo, sus reacciones violentas) con sus Cartas, sus obras y su disposición a morir por Cristo, observaremos que una profunda madurez sicológica emocional acompañó y preparó el camino para su progresiva y ejemplar cercanía a Dios.

Es importante para los rectores, los directores espirituales y para todos nosotros ser conscientes de nuestra falta de madurez emocional, para despejar el camino a una vida espiritual y apostólica saludable. Todos tenemos una carga emocional en la que tenemos que trabajar, aunque sólo unos pocos están dispuestos a hacerlo, porque esto exige hacerse violencia a sí mismo y cambiar cosas profundas que están en nosotros. Es una tarea para toda la vida, algo inacabable, porque siempre hay algo que emerge cuando piensas que ya has limpiado todo.

A menudo, cuando alguien ha sido herido o maltratado, pone un muro en forma de mecanismo de defensa y es difícil acercarse a esa persona cuando esto sucede. Otros se hacen emocionalmente inaccesibles por un tiempo, al poner sus tareas por encima de sus relaciones con los demás. He aquí algunos signos de esta falta de madurez emocional:

* Las personas emocionalmente inmaduras no están interesadas en conocer realmente a los demás. Cuando hay una ocasión de intimar (emocional o espiritualmente), se alejan. La conexión no irá más allá de materias triviales o bromas. Cuando se les pregunta algo sobre su vida personal, no responden o cambian rápidamente de tema. Está claro que no quieren que sepamos mucho de su pasado. Puede que oculten algo.

* Las personas emocionalmente inmaduras desean guardar lo suyo para ellas mismas. Guardan sus miedos, su pasado y sus sueños en su cabeza, donde creen que deben estar.

* Son difíciles de interpretar. Una persona emocionalmente inmadura confunde continuamente con sus mensajes contradictorios. En un momento parecen seguros de sus sentimientos, y al minuto siguiente son fríos y distantes.

Algunas veces se esfuerzan por entender sus propios deseos y necesidades, pero aún las cuesta más comunicarlos, por su temor a abrirse al otro.

* Las personas emocionalmente inmaduras desean que sus relaciones sean superficiales o informales. Hay muchas “ventajas” en mantener una relación informal, pero el beneficio mayor es que evita los compromisos. Mantener una relación superficial significa que esa persona puede ver a los demás sin sentir que les debe nada.

* No les gusta la confrontación. Una persona emocionalmente inmadura huirá al primer síntoma de dificultad ¿Has notado cómo tus razonamientos con ellas quedan generalmente sin solución? ¿Has observado que se escapa y se esconde, en vez de dialogar contigo? El problema es que no sabe cómo enfrentarse a una dificultad, de modo que prefiere ignorarla.

* No tienen en cuenta los sentimientos de los demás. Les falta empatía. No preguntan nunca cómo te encuentras, no consideran las necesidades de los demás. Esto es una señal de alarma. No consiguen ponerse en la piel de los demás.

* Pierden la paciencia. Las personas emocionalmente inmaduras tienen dificultades para controlar sus emociones. No sienten “nada” o quizás “todo” a la vez… y esto último puede ser como una explosión.

* Desean controlar. Controlar es muy importante para ellos; lo anhelan. Y si no tienen todo bajo su control, se sienten como un pez fuera del agua. Las personas emocionalmente inmaduras difícilmente salen de su zona de confort. En su mente, todo tiene que ser exactamente como desean.

* Quieren que todo sea perfecto, ni más ni menos. Tienen expectativas sobre su prójimo que esperan que se cumplan. Si haces algo que no les satisface, lo usarán como una excusa para no comprometerse ellos a nada.

Todo lo dicho anteriormente es simplemente una descripción de experiencias que todos conocemos. Pero lo más importante es que podemos confiar en Dios, que cuida de las limitaciones (culpables o no) de sus discípulos. Él tiene un remedio infalible: Cambia la forma de amarme; apacienta mis corderos, alimenta mis ovejas. Aceptar esto ha sido siempre el paso clave hacia la madurez de todos los santos, fundadores o mártires ¿Lo será también para ti y para mí?

Si Dios nos ha elegido, Él mismo nos capacitará.

Comenzamos este escrito con dos anécdotas algo sombrías para ilustrar la necesidad de la gracia para ser cada vez más conscientes de nuestra identidad. Acabemos de forma más poética:

Una niña llamada Jessica vivía en una casa muy pequeña, casi sin ventanas, en un barrio miserable. Participó en un concurso de flores y ganó. Un miembro del jurado le preguntó cómo había conseguido cuidar de la flor en un lugar tan difícil. Ella le dijo que como no podía poner la flor fuera de casa, porque alguien la robaría, la dejó dentro de casa en un rincón, donde le llegaba el sol por las gritas de la pared. Jessica entonces le explicó: La luz siempre nos busca. Entra por las grietas para llegar a nosotros, de manera que sepamos qué hacer y entendamos quiénes somos.