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Evangelio

En ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto

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por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes

New York, 17 de Marzo, 2019.
Segundo Domingo de Cuaresma

Génesis 15: 5-12.17-18; Filipenses 3:17-21.4,1; Lucas 9:28b-36.

¿Cómo describir la Transfiguración? No es fácil. Tal vez es por eso que Jesús pidió a los apóstoles que no contaran a nadie lo que habían visto. Tiene que ser experimentada. De hecho, en nuestra vida mística podemos tener una experiencia transfigurativa permanente, que nada tiene que ver con luces o apariciones. Pero hemos de aprender a compartirla en nuestra comunidad y con el testimonio de nuestras vidas.

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1. Paradójicamente, para entender qué le pasó a Cristo en la montaña, tenemos que entender lo que nos está sucediendo a nosotros. Durante la invasión de Rusia, Napoleón se separó momentáneamente de sus hombres y fue descubierto por los cosacos rusos. Lo persiguieron por unas calles sinuosas. Temiendo por su vida, Napoleón finalmente se escondió en un taller de pieles. Le rogó al dueño que le salvara. El peletero dijo: Escóndase rápido bajo ese montón de pieles de la esquina. Luego, hizo el montón aún más grande, amontonando más pieles sobre Napoleón.

Apenas terminó cuando los cosacos irrumpieron en la tienda: ¿Dónde está? El peletero negó saber de qué estaban hablando. A pesar de sus protestas, los cosacos revolvieron el taller tratando de encontrar a Napoleón. Clavaron sus espadas en el montón de pieles, pero no lo encontraron. Finalmente se dieron por vencidos y salieron del taller.

Después de un rato, Napoleón salió del montón de pieles, ileso. Poco después, la guardia personal de Napoleón entró en el taller. Antes de que Napoleón se fuera, el peletero preguntó: Discúlpeme por hacer esta pregunta, pero ¿Cómo se sintió debajo de las pieles, sabiendo que el próximo momento quizás podría ser el último?

Napoleón se indignó: ¿Cómo se atreve a hacer semejante pregunta al Emperador? Inmediatamente ordenó a sus guardias que le vendaran los ojos y lo ejecutaran.

El pobre hombre fue arrastrado fuera del taller, con los ojos vendados y colocado contra la pared. El peletero no podía ver nada, pero podía escuchar a los guardias ponerse en la fila y preparar sus rifles. Entonces escuchó a Napoleón aclararse la garganta y gritar: ¡Listos! ¡Apunten! En ese momento, las lágrimas corrían por sus mejillas.

De repente, le quitaron la venda de los ojos. Napoleón estaba frente a él y le dijo: Ahora ya sabe la respuesta a su pregunta.

La transfiguración se refiere a algo que sucede dentro de nuestros corazones y mentes. En pocas palabras, significa un crecimiento irresistible de nuestra fe, esperanza y caridad, las virtudes teologales, que se llaman así porque su objetivo inmediato es nuestra unión con Dios, se relacionan de inmediato con Dios. En palabras de nuestro padre Fundador:

El proceso transfigurativo es preparar al asceta sicológicamente, hacer una transfiguración del alma, que las funciones del alma cambien de figura, y allí donde yo hubiese obrado de una manera, a la manera humana, voy a obrar ahora de una manera opuesta, a la manera de Cristo (15 Dic. 1974).

La mayoría de las veces, cuando recibimos estas gracias, no somos completamente conscientes de su poder transformador. Desconocemos ese poder, al igual que los tres apóstoles no sabían lo que estaba sucediendo cuando Jesús los llevó a la cima de la montaña para presenciar su Transfiguración.

Este signo indica el propósito apostólico y el objetivo de nuestra Transfiguración: en lugar de terminar en mí mismo, busca hacer de mí gradualmente un testimonio de la presencia de Cristo. Como siempre, es una gracia para compartir. Dos ejemplos emblemáticos:

* San Esteban irradió la gloria de Dios en su martirio cuando se vio que su rostro resplandecía: Todos los que estaban sentados en el Consejo fijaron la mirada en Esteban y vieron que su rostro se parecía al de un ángel (He 6: 15).

* En Pentecostés, se describe que los rostros de algunos discípulos eran tan resplandecientes que algunos creyeron que habían estado bebiendo en exceso, ya en la mañana. Pedro les corrigió: ¡Éstos hombres no están borrachos como ustedes creen, ya que apenas son las nueve de la mañana! (He 2:15).

El Espíritu Santo significa transfigurarnos, cambiarnos, a imagen de Cristo. Que nos transformemos tanto internamente y así otros puedan ver el rostro de Cristo en nuestro rostro y en nuestras vidas. Se nos da una identidad y un propósito completamente nuevos; Para hacer sentir la presencia divina en un mundo herido. El Papa Francisco lo dice claramente:

Tendremos esa fortaleza para estar cerca de los más débiles, de los más necesitados y consolarles y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros lo podemos hacer sin autocomplacencia, sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Esto es lo que que el Señor nos pide, con esa fuerza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza (22 Marzo, 2017).

Pero los frutos y efectos de nuestra transfiguración son generalmente discretos y, al mismo tiempo, poderosos. Quizás hemos tenido una experiencia similar a la de un sacerdote que asistió a la muerte de un hombre mayor. El hijo del enfermo pasó un tiempo con el sacerdote después de que su padre había muerto. Se sentaron en el pasillo del hospital, y el hijo abrió su corazón al sacerdote. Y lloró, reclinando su cabeza en el hombro del sacerdote. El sacerdote apenas dijo una palabra durante todo el tiempo. Finalmente, después de que el hijo había expresado todas sus emociones, se incorporó, miró al sacerdote, y dijo: Gracias, padre, me ha ayudado mucho. Gracias por ayudarme a averiguar qué debo hacer ahora. Y sin embargo el sacerdote no había dicho casi nada. El sacerdote estuvo presente y cercano y, en la medida de lo posible, se hizo como aquel cuyo padre había muerto, se sentó, escuchó, ofreció su hombro y, al hacerlo, sin palabras, se convirtió en guía para ese hombre.

A la inversa, (sólo) cuando somos conscientes del impacto de nuestra vida en nuestro prójimo, estamos en forma y bien dispuestos para acoger los cambios que la transfiguración nos invita a vivir. Un hombre era adicto a la nicotina. Sus padres le dijeron cuando era jovencito que dejara de fumar, pero él no hizo caso. Cuando ya era un padre de familia, su esposa también le pidió que dejara de fumar, pero tampoco cedió. Entonces, se descubrió que su hijo tenía cáncer de pulmón, como fumador pasivo. Este fue el punto de inflexión de su vida, una experiencia de metanoia (conversión radical). Se desprendió de su viejo hábito.

La presencia divina se manifiesta cuando brota de la transformación interior hecha por el Espíritu Santo. Esto queda atestiguado en todo el Antiguo Testamento: El corazón cambia el semblante del hombre, para bien o para mal (Sir 13:25). La sabiduría del hombre ilumina su faz y hace que la dureza de su rostro cambie (Ecl 8:1).

Y San Juan Pablo II nos recuerda: ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente (Novo Millennio Ineunte).

El cambio no es una experiencia “de una vez por todas”, sino una cuestión de transfiguración continua a medida que cambia la situación y siempre hay un desafío permanente para elegir entre el bien y el mal. Lamentablemente, hay abundantes experiencias de personas que una vez siguieron a Cristo con entusiasmo y luego se alejaron de él. San Pablo menciona a Dimas como su compañero de trabajo. En su última mención de él (2 Tim 4:10), Pablo comenta que Dimas se ha enamorado del mundo actual y lo ha abandonado. Él solía ser parte del círculo de los amigos de Pablo, pero se alejó. La mayoría de nosotros conocemos personas como él, que una vez siguieron a Cristo a nuestro lado, pero luego lo abandonaron.

2. Es importante tener en cuenta que la Transfiguración en el monte Tabor fue, literalmente, una experiencia cumbre. Sí, nuestra transfiguración personal tiene también momentos especiales, llamados Régimen por nuestro padre Fundador. El término latino régimen deriva de otra palabra latina, el verbo regere, que significa dirigir rectamente o gobernar. Y, de hecho, estas experiencias cumbre tienen un efecto duradero y regulador en nuestras vidas.

Generalmente, se trata de experiencias breves que Dios concede en ocasiones, especialmente para poder soportar dificultades. En el Evangelio de hoy, después de que el Padre habla, Jesús dice a los tres discípulos: Levántense, no tengan miedo. La transfiguración les da fuerza y confianza en que Dios está obrando en la vida de Cristo. También les da valor para continuar con su labor, ya con la seguridad de que Dios está y estará con ellos, especialmente en situaciones prácticamente imposibles:

John Ruskin, célebre crítico de arte y acuarelista, recibió a una señora que le mostró un hermoso pañuelo de seda delicadamente bordado. Por desgracia, había caído sobre el pañuelo una gota de tinta indeleble, y la dueña dijo a Ruskin que el pañuelo estaba perdido. Ruskin se lo pidió prestado. Unos días después se lo devolvió. A partir de la mancha de tinta, Ruskin había dibujado un diseño con un patrón hermoso y sofisticado. El pañuelo de seda había sido transformado por completo.

Todos los momentos de la unión mística tienen el fin de capacitarnos para llevar a cabo la obra de Dios. Quizás Pedro no era completamente consciente de ello cuando sugirió construir tres tiendas. El objetivo de nuestra unión progresiva con Dios no es quedarnos en la montaña. Se trata del ser fortalecidos para servir.

No deberíamos dejar de recordar las grandes cosas que el Espíritu Santo ha hecho en nuestras vidas, en las vidas de nuestro prójimo, en la Iglesia. Por eso Moisés exhorta a los israelitas a recordar todo lo que Dios había hecho por ellos en el camino; el recuerdo del viaje, el perdón que recibieron, la misión que se les había encomendado.

En el caso de la Transfiguración, esa obra del Espíritu Santo está precedida por una purificación triple: Impotencia (me gustaría entender completamente la voluntad de Dios, pero no puedo), Contrariedad (estoy dispuesto a obedecer, pero preferiría otras misiones, otras circunstancias) y Vaciamiento (ni las cosas del mundo ni las cosas del espíritu me causan entusiasmo).

La impotencia y la contrariedad son claramente visibles en la actitud de Pedro. Además, se le creó un fuerte vaciamiento al recibir la instrucción de regresar al valle.

Esta purificación es el preludio de la Transfiguración. Y su Régimen consiste en momentos en los que nuestra fe, esperanza o caridad nos llevan a un comportamiento inesperado y cercano a Cristo que, por tanto, llamamos extático (fuera de mis patrones habituales). Esto es lo que le pasó a Abraham. Tiene 75 años y su esposa no era precisamente joven. Es llamado por el Señor para dejar su tierra natal e ir a una tierra desconocida que Dios le mostraría. El Génesis simplemente dice: Abraham se puso en camino, como el Señor le había instruido. Eso es fe, alimentada por el don de la sabiduría. De forma parecida, San Juan XXIII tenía ya 77 años cuando fue elegido Papa.

Por favor, no olvidemos que incluso estas experiencias de Régimen de transfiguración pueden ser frecuentes, silenciosas y no necesariamente espectaculares. Por ejemplo, este ocurre con la Eucaristía. Benedicto XVI reafirma esto en su Encíclica, Sacramentum Caritatis:

la vida eterna se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros (…) La Eucaristía (…) hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios. Y todavía utiliza una expresión más impactante cuando dice que la Eucaristía introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de «fisión nuclear» …un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero.

El tiempo de Cuaresma es un momento de estar particularmente abiertos a la Transfiguración, que no es una evasión de la realidad. Su fin es elevar nuestra Creencia, Expectativa y Amor naturales al nivel santificador de Fe, Esperanza y Caridad. En todas las cosas, hay una gloria oculta y el Espíritu Santo la revela en un momento adecuado, porque, como dijo El Principito: Lo esencial es invisible para los ojos.

¿Cuál es la viga en tu ojo?

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 New York, 03 Marzo, 2019.
Octavo Domingo del Tiempo Ordinario

Libro de Eclesiástico 27,4-7; 1Corintios 15,54-58; Lucas 6,39-45.

  1. La mirada acusadora. Cuando trabajaba en la universidad, conocí a una destacada profesora con una verdadera pasión por la investigación; irradiaba entusiasmo y era encantadora… casi siempre. Lo único que hacía la vida difícil a su lado es que siempre estaba ansiosa por hablar de sus experiencias y jactarse de sus éxitos. A cada paso, discutía con sus colegas y daba consejos no solicitados. No tenía el menor interés en la vida y opiniones de los demás, y mucho menos en reconocer cualquier logro de los otros.
    Un día me sorprendió con un discurso furioso sobre lo competitivos y egoístas que son sus colegas, cómo no se prestan atención y cómo quieren parecer siempre más inteligentes que los demás. La estaba mirando con los ojos muy abiertos. Me hubiera gustado preguntarle si estaba hablando de sí misma, pero me mordí la lengua.
    Ella no es la única en tener esa actitud. Una de nuestras formas de proteger nuestro ego de una dura autocrítica es proyectar en los demás nuestra propia característica difícil de aceptar. Cada uno de nosotros tiene un punto oscuro: no reconocemos que somos envidiosos, impuros, hostiles o egoístas. Podemos ver la astilla en el ojo de otro, pero no podemos ver ni siquiera la viga en nuestro propio ojo.
    Quizás podemos responder a la pregunta de Cristo: ¿Por qué puedes ver la astilla en el ojo de tu hermano, pero no percibes la viga de madera en el tuyo? diciendo que no vemos la viga en nuestro ojo porque es precisamente con esa viga amenazadora y acusadora con la que miramos al otro.
    Nuestra mirada acusadora es uno de los ejemplos más destructivos de lo que Jesús describe como los frutos podridos de un corazón que no está en diálogo con Dios: Lo que sale de la persona es lo que la hace impura. Nos convertimos en víctimas, y nos hacemos víctimas a nuestro prójimo cuando aceptamos ser prisioneros de los mecanismos, los instintos que siempre están ahí y que fueron creados para alcanzar objetivos muy diferentes. Consideremos, por ejemplo, nuestro Instinto de Felicidad: Sentir satisfacción por haber hecho un buen trabajo no es lo mismo que ridiculizar o degradar a los demás para sentir que soy superior y poderoso.
  2. La medida de lo bueno y lo malo. Me gustaría compartir aquí un caso real, la experiencia de un joven y arrogante seminarista contada por él mismo. Puede ayudarnos a tener en cuenta que no podemos ser apóstoles o guías espirituales si no nos vaciamos de la vanidad y la superficialidad de este mundo. Sólo desde la plenitud del corazón puede hablar la boca.
    Cuando era un joven y animoso seminarista, comencé a trabajar en una escuela católica como responsable de disciplina.
    Era el último día del año escolar. Samuel, un niño de doce años, había completado con éxito su primer año en la escuela. Mientras esperaba para regresar a su casa, me senté con él y hablamos. A los pocos minutos de nuestra conversación, apareció por allí Miguel. Era un hombre de unos cincuenta años, empleado de limpieza y nunca habíamos tenido la oportunidad de saludarnos. Era una persona sencilla y humilde que nunca se hacía notar.
    Mientras hablaba con Samuel, Miguel se ocupaba de sus tareas, barriendo el piso y manteniéndose a cierta distancia de nosotros. En ese momento, aproveché la ocasión y comencé a sermonear al joven sobre el éxito y el fracaso. Le dije: ¿Ves a ese hombre? Qué desperdicio de vida. Tuvo la oportunidad de estudiar y no la aprovechó. Probablemente se perdió en la escuela secundaria, emborrachándose en muchas fiestas y perdiendo el tiempo con sus amigos. Probablemente nunca haya leído un libro en su vida. Dios sabe a qué se dedica ahora. Noté que Samuel captó el mensaje. Ese chico me tenía mucho respeto. Después de todo, yo era la figura religiosa y moral de la escuela.
    Cuando nos levantábamos para irnos, Miguel levantó la vista y se acercó a nosotros. Sonrió y dijo: ¡Hola Padre! Sonreí también y le dije: Oh, Miguel, aún no soy sacerdote. Todavía soy un seminarista. Pensé para mis adentros: Este tipo ni siquiera sabe que todavía no soy sacerdote. Pensando en eso más tarde, me di cuenta de que no lo sabía porque nunca me molesté en hablar con él. Miguel continuó: Lo siento, padre, no lo sabía. Esperaba que tal vez pudiera bendecir a mi familia si tuviera un momento libre. ¿Alguna vez le he mostrado una foto de mis hijos? Yo respondí: No. Nunca. Comenzó a hurgar en su billetera, buscando una foto. Finalmente, encontró una. Me la entregó y me sorprendió lo que vi. Miguel y su esposa eran blancos. Sus hijos no lo eran. Un niño pequeño era afroamericano; una niña era asiática. Y otro niño, nativo americano, era físicamente discapacitado. No podía creer lo que estaba mirando. Le pregunté a Miguel: ¿Son estos tus hijos? Él dijo: Sí, padre, ¿verdad que son hermosos? Mi esposa y yo adoptamos a los tres. Hemos sido muy bendecidos.
    Todo lo que pude responder fue: No lo sabía. En ese momento, sentí un nudo en la garganta y pensé: Qué idiota soy. ¿Quién soy yo para juzgar a los demás? Me miró y sonrió: Bueno, quizás el año que viene podamos sentarnos y hablar alguna vez. Me encantaría contarle mi historia. Se alejó y siguió barriendo el piso. ¡También debería haberme barrido a mí!
    Probablemente, Miguel nunca sabrá el impacto que tuvo en la vida de ese seminarista y en la vida de todos los niños que oran por él. Es un buen ejemplo del cumplimiento de la Segunda Lectura de hoy: Queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que realizan por él no serán vanos.
    Lo cierto es que Jesús dice hoy: Un árbol se conoce por sus frutos. No sólo nos está enseñando “cómo juzgar correctamente”; más bien, nos recuerda que probablemente no se ha regado el árbol de nuestro prójimo para que pueda dar frutos abundantes. ¿Qué experiencia dejó la marca más profunda en su vida? ¿Quiénes eran las personas que le han amado? O, ¿Cuál es el remordimiento mayor de esa persona? Jesús tuvo el poder de resucitar a los muertos y sanar a los enfermos. También tuvo el poder de activar los dones y las mejores virtudes ocultas de Pedro o Pablo. Si somos sus discípulos, se espera de nosotros que reguemos pacientemente, podemos, cavemos y abonemos el terreno de nuestros semejantes. Sí, como dice hoy la Primera Lectura, el fruto de un árbol manifiesta el cuidado que ha recibido.
    El Espíritu Santo está siempre activo … más allá de las apariencias, y más allá de nuestras limitaciones:
    En el vagón de un tren, una mujer intentaba desesperadamente calmar a un bebé que no paraba de llorar. El niño molestaba a varios pasajeros, y finalmente una persona no pudo más y dijo: ¿No puede hacer callar a ese niño? La mujer dijo amablemente: Estoy haciendo lo que puedo. El niño no es mío. El hombre gritó: ¿Y dónde está la madre del niño? La mujer respondió: En su ataúd, señor, en el vagón de equipajes que tenemos delante. Los ojos acerados del hombre se llenaron de lágrimas. Se levantó, tomó al bebé en sus brazos, lo besó, y se puso a caminar por el pasillo para consolarlo.
    Por otro lado, tenemos que poder discernir e identificar nuestros propios puntos oscuros, nuestras debilidades, principalmente el Defecto Dominante y nuestra falta de sensibilidad, no sólo para juzgarlos, sino para ayudar a nuestro rector (¡y al propio Espíritu Santo!) a guiarnos como los buenos maestros que siempre necesitamos.
    Todos los grandes maestros espirituales aconsejan utilizar todos los medios posibles para progresar en nuestro camino espiritual: Mediante tres métodos podemos adquirir la sabiduría: primero, por reflexión, que es el más noble; segundo, por imitación, que es el más fácil; y tercero por la experiencia, que es el más amargo (Confucio).
    Nuestro crecimiento espiritual no se mide por lo que aprendemos o sentimos. Estos enfoques intelectualistas o sentimentalistas se parecen poco a la lucha de un verdadero discípulo.
    Santa Teresa de Ávila tuvo muchas emociones y sentimientos espirituales y claramente aprendió cosas grandes y útiles en la oración, en la imitación de Cristo y sus experiencias de vida, pero dijo con una claridad excepcional: Debemos cuidar las flores, las virtudes, y ver cómo progresan. Después de todo, el agua es para las flores; la devoción no es el objetivo de una buena vida de oración. Es un medio para el crecimiento de las virtudes. Si las virtudes están vivas y florecen en nosotros, incluso en ausencia de devoción y consuelo, entonces nuestra vida de oración es saludable a pesar de la sequedad.
    Es especialmente atractivo el “modo compacto” que usa nuestro Fundador para expresar esta verdad en una de sus Transfiguraciones: El amor es un tratado de virtudes, nunca de razones.
    Nuestros pensamientos y nuestras palabras son el primer indicador y el primer fruto de nuestra vida espiritual. Esta es la enseñanza de la Primera Lectura de hoy: El horno pone a prueba los vasos del alfarero, y la prueba del hombre está en su conversación. El árbol bien cultivado se manifiesta en sus frutos: así la palabra expresa la índole de cada uno. No elogies a nadie antes de oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres. Cuando nuestras palabras son arrogantes, sarcásticas o superficiales, es difícil creer que estamos viviendo en el recogimiento y en la paz.
    Y, con respecto a las faltas y errores de nuestro prójimo, debemos recordar lo que aconseja la antigua máxima: No podemos condenar al pecador, pero podemos y debemos condenar el pecado. Aquí radica el problema de la hoy tan popular “tolerancia”: cuando dejamos de juzgar si las palabras y las acciones son buenas o malas, también dejamos de ocuparnos del significado de lo bueno y lo malo. Contrariamente a lo que la gente cree acerca de la tolerancia, no ha conseguido unir a las personas, ni nos ha iluminado, ni ha creado ningún tipo de paz. Más bien, como lo atestiguan las noticias actuales, la tolerancia ha fomentado la división y el aislamiento, ha promovido la ignorancia, la inquietud y la inestabilidad en todos los niveles.
    Un segundo indicador de la salud de nuestra vida espiritual son las acciones concretas, los pequeños y siempre nuevos gestos de generosidad y perdón, nacidos de nuestra unión con Dios: sin preferencias ni distinción de personas, en cualquier circunstancia y de manera incondicional. Las obras de misericordia son una muestra de las acciones concretas que deben ser visibles en nuestro comportamiento cotidiano. Muchos de nosotros hacemos cosas buenas por razones mezcladas, tal vez para demostrar a los demás y demostrarnos que somos compasivos, pero sólo un amor que brota de nuestro deseo de glorificar a Dios, puede hablar de su presencia y misericordia.
    Si nos proponemos vivir en este estado continuo de oración y misericordia, especialmente cuando somos calumniados, injustamente acusados, malentendidos o perseguidos, podremos guiar y llevar a otros a Cristo. Esto explica por qué Jesús concluye su lista de Bienaventuranzas con este signo supremo de fidelidad a su espíritu: Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
    La vida de los santos y nuestra propia experiencia, nos ofrecen un tercer indicador preciso de nuestra fidelidad: Cuando intentamos cumplir plenamente con nuestra misión, sea cual sea, entonces se nos confía una tarea nueva y probablemente más difícil. Esto va más allá de nuestra vida puramente ascética. Se trata de un acto divino de confianza que nos dice quién es Él y quiénes somos nosotros.
    Sí; sólo cuando nos enfrentamos a las tormentas de la vida, particularmente cuando nos sentimos defraudados, traicionados, o cuando las personas que amamos se vuelven contra nosotros, tenemos la oportunidad de dar un testimonio único de confianza en Dios y de decir de manera consistente con el salmista: Señor, Es bueno darte gracias. Nada nos sucede sin su conocimiento y su providencial sabiduría.

Tu hermano en los sagrados corazones de Jesús, María y José,
Luis Casasús
Superior General

Vive y transmite el Evangelio (3-3-2019), comentario dominical del P. Jesús Fernández

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Escucha aquí el profundo comentario al evangelio del Domingo 3 de marzo del 2019,  octavo del Tiempo Ordinario, del P. Jesús Fernández, Presidente de las misioneras y de los misioneros identes.

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El Perdón: La libertad para seguir caminando juntos

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poe el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes
New York, 24 de Febrero, 2019.
Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario             
Libro de los Reyes 26,2.7-9.12-13.22-23; 1 Corintios 15,45-49; Lucas 6,27-38.

Judas Iscariote siempre recibió de Cristo un signo de confianza, un gesto de perdón, una confirmación de su misericordia. Y la actitud de Cristo hacia este discípulo traidor es el ejemplo más extremo de la activa y sabia misericordia evangélica.

¿Cuáles son los rasgos del perdón cristiano? Hoy las Lecturas nos dan muchas respuestas. Reflexionemos sobre algunas de ellas.

1. El perdón es algo profundo en nuestra verdadera naturaleza. Se dice siempre que hay dos formas “naturales” de reaccionar ante una agresión: luchar o huir. Pero hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios misericordioso. Cuando hablamos de Adán y Eva, siempre nos referimos al pecado original, pero igual de original y fundamental fue el perdón que nuestros primeros padres recibieron de Dios. Adán y Eva fueron perdonados por Dios, pero, de todas formas, fueron expulsados del Jardín del Edén. El Libro del Éxodo describe a Dios como compasivo y misericordioso, dispuesto a perdonar nuestra iniquidad y la transgresión y los pecados. Pero, también agrega que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos (Ex 34: 7).

La Segunda Lectura de hoy dice: Tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Esta naturaleza misericordiosa, recibida desde el principio, es más profunda y más poderosa que nuestros instintos. No podemos decir que un coco es duro. Esto es impreciso e inexacto. El coco es muy duro en el exterior, pero el interior es un tejido suave con un líquido claro y delicioso.

Un anciano religioso hindú solía meditar todas las mañanas bajo un gran árbol a orillas del río. Una mañana, tras terminar su meditación, vio a un gran escorpión que estaba flotando en la fuerte corriente del río, sin poder salvarse. El escorpión había quedado atrapado en las largas raíces de un árbol, que se extendían hasta el lecho del río. Cuanto más luchaba por liberarse, más se enredaba en las finas y retorcidas raíces. El anciano alargó su brazo para liberar a la criatura cautiva y, tan pronto como la tocó, el escorpión levantó la cola y le picó. Pero el hombre volvió a intentarlo para liberarlo. Un joven estaba pasando y vio lo que pasaba. Le gritó: Oiga señor, ¿qué hace? ¡Parece que está loco! ¿Por qué se molesta en arriesgar la vida para salvar a una criatura tan fea e inútil? El anciano se volvió hacia el joven y en su dolor le preguntó: Amigo, porque la naturaleza del escorpión sea el picar, ¿debería yo renunciar a mi propia naturaleza, que es salvar?

A veces, el daño sufrido es tan horrible, que quizás no queremos que nadie perdone lo que nos han hecho. En otros casos, tenemos enemigos que no podemos apartar de nuestra vida. Una mujer estaba luchando con la experiencia de su madre abusadora y admitía que, aunque su madre ya estaba muerta, ella seguía obsesionada con ese recuerdo traumático. El perdón probablemente no había triunfado en ese caso. Otra mujer adoptó un hijo y se dio cuenta de que tendría que aguantar indefinidamente las visitas de sus enemigos: unos familiares del niño que eran disfuncionales, manipuladores y, a veces, crueles. Es precisamente en estos casos donde debemos recordar que no estamos solos en el esfuerzo por perdonar lo que parece imperdonable.

2. El perdón es EL camino hacia la libertad y la unidad espirituales. Perdonar es abandonar la historia que nos construimos, para así poder experimentar la verdad que nos hace libres. Solo entonces podremos desencadenarnos del pasado y ser liberados para seguir un viaje fructífero en nuestro camino espiritual. No sólo eso; el perdón mantiene unidad en los momentos buenos y malos y nos permite crecer en el amor mutuo. Siempre existe la tentación de aferrarnos al odio a nuestros enemigos y así sentirnos definidos como los ofendidos y heridos por ellos. El perdón, por lo tanto, libera, no sólo al otro, sino también a nosotros mismos. Es el camino a la libertad de los hijos de Dios. El don del perdón es creador de comunidad, la cual vive y extiende este don.

Un peregrino viajaba por un territorio devastado durante la recién terminada guerra, y cruelmente dividido por las luchas de la posguerra entre las fuerzas rebeldes y los leales al gobierno. Al llegar a un pueblo, un anciano llamado Leo le dio hospitalidad. La casa de Leo había sido incendiada, por lo que acogió a su invitado en el cobertizo que ahora era su hogar.

El peregrino escuchó la historia de Leo. Sus dos hijos mayores se habían unido a las fuerzas rebeldes. Pero algunos aldeanos revelaron su escondite; Fueron capturados y nunca más los volvieron a ver. Casi al mismo tiempo, su esposa murió de hambre. Después de la guerra, Leo vivía solo con una de sus hijas casadas y su bebé. Ella esperaba a su segundo hijo en unas pocas semanas. Un día, al regresar a su casa, la encontró en llamas, incendiada por lealistas: Llegué sólo para ver cómo arrastraban a mi hija y luego la mataron; Descargaron todas sus balas en su vientre. Luego mataron al niño frente a mí.

Los que cometieron estos crímenes no eran extraños, sino que eran sus vecinos. Leo sabía exactamente quiénes eran, y tenía que encontrarse con ellos todos los días. Me pregunto cómo no se volvió loco, comentó al peregrino una de las mujeres del pueblo. Pero Leo realmente no perdió su cordura. Por el contrario, habló con los aldeanos sobre la necesidad de perdón. Les pedí que perdonasen, y les dije que no hay otro camino, le dijo al peregrino. Su respuesta, agregó, fue reírse en su cara. Sin embargo, cuando el peregrino habló con el hijo sobreviviente de Leo, éste no se rió de su padre, sino que lo describió como un hombre libre: Es libre porque ha perdonado.

Destacan dos frases en esta historia:

* No hay otro camino. Ciertas situaciones humanas son tan complejas e intratables que sólo existe una salida: perdonar. Como observó Mahatma Gandhi, el “ojo por ojo” deja a todo el mundo ciego. Sólo a través del perdón podemos romper la cadena de represalias mutuas y amarguras autodestructivas. Sin perdón, no puede haber la esperanza de un nuevo comienzo. Seguramente sus palabras se aplican también a muchas otras situaciones de conflicto.

* Es libre porque a perdonado. Sí, donde hay perdón … hay libertad. Si tan solo llegáramos a perdonar, si al menos quisiéramos perdonar, entonces nos encontraríamos en un ambiente de libertad celestial. Esta es la lección de la Primera Lectura de hoy.

Cuando sentimos que no logramos perdonar lo que nos han hecho, podemos pronunciar las palabras de Cristo: Padre, perdónalos, no saben lo que hacen. Podemos pedirle a Dios que sea Él quien primero perdone … Veremos que nuestra ira, nuestro sentido de “pobre de mí”, disminuirá gradualmente por sí solo, sin que tengamos que hacer mucho más esfuerzo.

Esto me hace recordar el proverbio de nuestro padre Fundador: El perdón de los hombres no tiene el mismo éxito que el de Dios. (Transfiguraciones). Jesús perdonó a la mujer adúltera y al ladrón arrepentido. Yo tampoco te condeno es el lado pasivo de la actitud de nuestro Cristo hacia la contrición. Hoy estarás conmigo en el Paraíso, es el lado activo.

El perdón precede a la conversión. Dios no nos perdona porque nos arrepentimos; más bien nos arrepentimos porque Dios nos perdona. El Hijo Pródigo pudo arrepentirse porque recordaba a su padre que amaba incluso a sus trabajadores contratados: Reflexionando en esto, pensó: ¿Cuántos siervos contratados de mi padre tienen más que suficiente para comer? Es el amor del padre lo que le impulsó a “volver a casa”, a arrepentirse.

Eso es también lo que sucede, tarde o temprano, cuando perdonamos:

Hace años, en una pequeña ciudad, una pareja cristiana perdió a su único hijo, arrollado por un joven conductor ebrio. A pesar de su profunda tristeza, sabían que su hijo estaba con Dios porque él siempre había estado cercano a Dios. Con pena fueron a la cárcel para visitar al joven que había matado a su hijo. Descubrieron que era de una familia deshecha y que nunca había recibido un verdadero amor. Decidieron visitarlo diariamente y compartir el Evangelio con él. Pasado un tiempo, lo adoptaron como hijo suyo. El joven estaba muy conmovido. No sólo se convirtió a la fe, sino que más tarde se dedicó plenamente al apostolado. Este joven no había recibido amor de su propia familia, pero recibió el amor perfecto de la familia que, por culpa suya, perdió a su amado hijo.

3. El perdón es creativo y es un fruto de nuestra victoria sobre el miedo.

La Madre Teresa, la santa de los barrios pobres de Calcuta, fue con un niño pequeño a un panadero del barrio y le pidió pan para el niño hambriento. El panadero escupió en la cara de la madre Teresa. Sin desanimarse, ella respondió con calma: Gracias por ese regalo para mí. Ahora, ¿tiene algo para el niño?

Ella no respondió ni con agresividad ni con la huida, sino con un gesto provocador, destinado a llevar a su agresor a una verdadera conciencia espiritual.

Perdonar no es sólo decir: no te preocupes por eso, no pasa nada; no es simplemente el no guardar rencor.

El perdón crea una nueva forma de estar juntos. No está centrado en mí mismo, sino en la misión que tengo que discernir, en la jungla cotidiana de malentendidos, oposición y resistencias. Nuestra existencia será más plena una cuando nos demos cuenta de que la vida –sobre todo la vida espiritual- no está centrada en mí.

Especialmente, el perdón de Dios es creativo: a quien se ha convertido en culpable lo hace libre de toda culpa. Dios acoge al hombre culpable en su divina santidad, lo hace participar de Él y le da la oportunidad de comenzar de nuevo. Es a este misterio al que el hombre apela cuando reconoce sus pecados, se arrepiente de ellos y busca el perdón.

¿Por qué no abrazamos el riesgo de perdonar? Precisamente porque tememos las cosas nuevas, la vida nueva que el perdón nos exige. La fe es lo contrario al miedo. El amor perfecto repele el miedo, y la fe nos une con ese amor perfecto. Cuando Jesús calmó la tormenta, preguntó a sus discípulos: ¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Por qué no tienen fe? (Mc 4:40) Sí, lo opuesto al miedo no es el valor, sino la fe. El miedo en muchas formas es una de las principales barreras para el amor. Jalal Uddin Rumi, el místico sufí del siglo XIII, dijo: Tu misión no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras que has construido dentro de ti contra él.

Estrictamente hablando, es paradójicamente el temor saludable o temor reverencial a Dios lo que supera a otros temores y está íntimamente conectado con la fe. Es un tipo de temor sanante que hace que nuestra fe en Dios sea valerosa. Para los cristianos, es la fe la que lleva más allá del miedo, la muerte y las amenazas del mundo. Es una fe que convierte en esperanza las circunstancias imposibles. Y es la fe que fortalece a los creyentes frente a los ataques y la humillación. Esta es la experiencia de los santos:

San Juan Clímaco (579-649) escribió: Quien se ha hecho siervo del Señor sólo teme a su Maestro. Pero quien no tiene el temor de Dios, a menudo teme hasta a su propia sombra. El temor es hijo de la incredulidad.

San Efraín el sirio (306-373), un verdadero maestro del arrepentimiento, dice: Quien teme a Dios está por encima de toda clase de miedo. Se ha convertido en extraño a todo el miedo de este mundo, lo ha dejado lejos de sí mismo, y ninguna forma de temblor le afecta.

¿Eres demasiado joven, demasiado mayor, demasiado ignorante, demasiado enfermo para lanzar tus redes?

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por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.

New York, 10 de Febrero, 2019, Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, Isaías 6,1-2a.3-8; 1 Corintios 15,1-11; Lucas 5,1-11.


* La oración, sin importar cómo se defina, siempre implica un encuentro amoroso entre Dios y tú, en el cual te das cuenta de quién eres tú y quién es tu prójimo.

* Estos encuentros tienen como consecuencia una nueva misión, una nueva forma de ver y tratar a los demás.

* Y lo más desconcertante es que todo esto suele suceder cuando menos lo esperamos y de la manera más inesperada.

1. Los encuentros de hoy con Dios.

El profeta Isaías dice hoy que su experiencia de encuentro fue algo concreto e histórico: El año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor … ¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros.

De manera parecida, San Pablo declara: Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.

Finalmente, ante la presencia abrumadora de Dios en la persona de Jesús, Simón exclama: Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador.

Pero esta es una pauta universal. Job también grita: Yo sólo sabía de ti de oídas, pero ahora mis ojos te han visto. Por eso me retracto de lo que he dicho y te pido perdón en polvo y ceniza (Job 42: 5-6).

La experiencia de Dios me revela mis debilidades ocultas. Salen a la luz y yo me inclino a alejarme de esa luz. Esto ilustra el significado del Aborrecimiento de mí mismo y de Dios en la vida mística. No se trata de una tentación, sino de una purificación dolorosa: mis buenas obras no son suficientes, mi amor todavía no es el amor de Cristo. Tu presencia me exige algo. Y no estoy listo para ello; todavía no.

Este autoconocimiento sólo es posible en un encuentro con Dios e invita a la humildad, no al desánimo, porque Dios me está enviando el mensaje: No tengas miedo. Voy a caminar contigo. Te voy a dar una nueva luz para ver todos los sucesos de tu vida. Y esto es lo que llamamos Inspiración, una forma profunda de unión con la Santísima Trinidad.

Pero esto no es sólo una cuestión de conocimiento, esta purificación me da la fuerza para reconocer mi verdadero ser. Esto es lo que escuchamos de San Pablo en la Segunda Lectura: Porque yo soy el más insignificante de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol… Somos realmente transformados: Saúl se convierte en Pablo (Hechos 13: 9), Simón se convierte en Pedro (Mt 16:18). Y esta transformación es obra del Espíritu Santo…: Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

La reacción espontánea de Pedro fue decir: Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Y Cristo lo ignora totalmente. No le dice: Oh no, tú no eres pecador… porque sí lo era. Simplemente lo ignora; Eso es algo que podrán considerar juntos más tarde.

Los cambios necesarios en mi vida moral solo son posibles cuando me doy cuenta de que todos mis pensamientos, deseos, palabras, hechos y omisiones afectan a mi prójimo, para bien o para mal. Y el otro elemento de este despertar es ver a cada ser humano como el tesoro más valioso que Dios me ha confiado.

El joven griego, Damon, preguntó una vez al oráculo de Delfos: ¿Quién tiene el mayor tesoro de la tierra? ¿Dónde se puede encontrar? La respuesta del dios fue: Lo has poseído tú durante mucho tiempo. Lo encontrarás delante de tu puerta. Se apresura a volver a casa y encuentra a su amigo Pitias allí cerca. Mi querido amigo, dice, el mayor tesoro está aquí. Vamos a cavar aprisa. ¡La mitad de él te pertenece! Cavaron profundamente en todas partes hasta la noche. No aparece ningún tesoro. Finalmente, Damon arroja su pala y exclama: ¡Qué idiota soy! Abraza a Pitias y dice: Tú eres el mayor tesoro. ¿Qué más podría querer?

2. En consecuencia, Dios nos envía como pescadores de hombres. Cuando descubrimos quién es realmente nuestro prójimo, cambiamos radicalmente nuestro comportamiento. Mientras paseaba en Balmoral, la reina Victoria de Inglaterra quedó atrapada en la lluvia. Llamando a la puerta de una casa de campo, le ofrecieron a regañadientes un paraguas viejo. Ella siguió su camino y al día siguiente, un asistente personal en un espléndido carruaje, le devolvió el paraguas. Cuando el asistente personal se iba, escuchó al dueño decir: Si hubiera sabido quién era esa señora, le habría dado mi mejor paraguas.

Por ejemplo, cuando Cristo se encontró con el ciego Bartimeo, la gente pensaba que el pobre hombre debería estar callado. Probablemente también nosotros reaccionaríamos así, de la misma manera que interrumpimos a aquellos que nos molestan o nos contradicen y evitamos a las personas problemáticas. Pero Jesús no ve a las personas así: nos ve a todos como los hijos de nuestro Padre celestial. Aún más, le pide a la multitud que comparta con él una nueva forma de ver y tratar a los demás. Tráiganlo aquí, dice Jesús. Tráiganlo, para que sea curado de su ceguera y para que ustedes también se curen.

Pedro presenció cómo Cristo sanó a su suegra y a otros muchos enfermos. Pero observar no es suficiente. Todavía no estaba listo para ser más que un discípulo de Jesús. Vio los milagros, pero no se convirtió interiormente. Ahora, aunque tiembla, está dispuesto a remar mar adentro. Se nos llama a tomar riesgos y Pedro fue invitado a hacer precisamente eso. Se le pidió que fuera más que un espectador, más que un oyente; fue llamado a ser un apóstol en la proclamación del Reino, sabiendo que no lo haría con sus propias fuerzas sino con el poder de Dios. Por esa experiencia, supo que el Espíritu Santo obraría a través de él.

La auténtica escucha de Dios en oración es semejante a la escucha verdadera de otra persona. Si nos detenemos interiormente, tomamos un momento para centrarnos y ser conscientes de la otra persona y estar verdaderamente abiertos a ella, estamos en el buen camino para escuchar lo que tiene que decir. En la verdadera escucha recibimos no sólo información, sino también una invitación a compartir tristezas y alegrías, proyectos y sueños. Dios nos llama muchas veces a lo largo de nuestra vida tratando de liberarnos para amar y estar más disponibles para los demás. Generalmente, no nos explica los detalles, sino que simplemente quiere nuestro sincero , porque poco sabemos que bendiciones hay al otro lado de nuestra obediencia. El mundo dice: Ver es creer. Dios dice: Creer es ver.

Quizás la siguiente historia pueda parecer infantil, pero creo que transmite el mensaje del que estamos hablando:

Un hombre entró en una tienda y encontró a Cristo detrás del mostrador. Le preguntó: ¿Qué venden aquí? Cristo respondió: Lo que necesites. El hombre dijo: Quiero comida para todos, buena salud para los niños, que haya paz entre nosotros y que acabe el aborto. Con suavidad, Jesús respondió: Amigo, aquí no vendemos productos acabados, solo semillas. Debes plantarlas y regarlas. Yo me ocuparé de lo demás.

¿Estoy perdiendo llamadas de Dios? Él nos llama cuando estamos en medio del dolor o de la felicidad, en soledad o entre cientos de personas. Dios nos llama muchas veces al día, y muchas veces perdemos esas llamadas porque las ignoramos, intencionadamente o sin intención. A veces sucede que estamos sordos a esa llamada, pero otras veces intentamos ignorarla.

San Pedro nos enseña hoy que necesitamos dos virtudes para liberarnos de nuestra sordera. La primera es la honestidad. Mientras sigamos negando y racionalizando, nunca podremos escuchar. La segunda es la humildad. Mientras seamos arrogantes y orgullosos, nunca podremos aceptar quiénes somos realmente y la situación patética en la que nos encontramos. ¿Por qué Pedro se llamó a sí mismo “hombre pecador”, si no es por el hecho de que era demasiado presuntuoso en su conocimiento? De hecho, llegó a la conclusión de que el conocimiento humano por sí solo no puede comprender el misterio de la vida: Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana (1 Co 1:25).

Hoy, Dios nos llama a seguirlo con la misma certeza con que Cristo llamó a Pedro, Santiago, Juan o Pablo. Su llamada es más que una invitación. Su llamada a lo largo de la historia es un mandato; a veces sutil y suave y otras violento.

Dediquemos nuestros esfuerzos a ser conscientes de sus preocupaciones, de su aflicción. La respuesta a este estado de oración es un nuevo nivel de conciencia filial que está más en sintonía con el amor eterno de Dios: somos herederos, se nos confía una misión siempre nueva. San Francisco de Asís escuchó la voz de Dios cuando el Señor le habló en un crucifijo de madera. Francisco escuchó las palabras de Jesús: Francisco, ves que mi casa se está cayendo; Ve a repararla para mí. Y Francisco respondió simplemente: Con gusto, Señor. Como de costumbre, se trataba de una emergencia.

3. Dios nos llama cuando estamos bien y cuando estamos mal. Luego, nos arrastra. Dios a menudo nos llama cuando estamos haciendo mandados, haciendo las tareas mundanas de la vida, cuando estamos en medio de nuestra rutina diaria. Cuando menos lo esperamos, nos propone una nueva misión.

Quizás ya estemos realmente trabajando para Él y para su pueblo. Sin embargo, a pesar de tanto esfuerzo y tiempo invertido, sólo experimentamos oposición, fracasos, disgustos y desengaños… y Él nos llama para una nueva misión… o para cambiar la forma en que llevamos a cabo nuestra antigua y habitual misión: ¡Lanza las redes de nuevo!

Otras veces, Dios nos llama cuando estamos en medio de nuestros éxitos académicos, profesionales, artísticos, emocionales y mundanos.

También nos llama cuando estamos cansados y agotados y no nos sentimos capacitados. Nos llama entonces, y nos dice que no temamos. Y luego llena las redes de nuestras vidas con pescados más que suficientes para recordarnos que nos dará más de lo que necesitamos si confiamos en él y seguimos su llamado. Puede que no sea fácil seguir a Jesús. Puede que no sea donde pensábamos ir. Es posible que no siempre tengamos confianza en nuestras habilidades. Pero es mucho más difícil caminar sin oír esa llamada.

Nos llama cuando somos pecadores. Y aún más: Lo que quiere es nuestra ayuda para construir el Reino. Mateo estaba recaudando impuestos para los romanos, la odiada potencia invasora. Muchos considerarían a Mateo como un traidor a su propia gente. Pero Jesús lo llama, no sólo para arrepentirse, sino para convertirse en un apóstol. Cristo no espera a que seamos perfectos para llamarnos a una misión.

Dios nos llama cuando estamos dormidos. Jesús llamó a Pedro cuando se quedó dormido en el huerto de Getsemaní y Pablo fue llamado a Damasco mientras estaba internamente dormido. Cuando nos despertemos a este llamado, nos daremos cuenta que es para despertar nuestra naturaleza sacerdotal.

Dios siempre bendice nuestros esfuerzos para responderle. A veces es la bendición de tomar la mano de una persona enferma. y algunas veces es la bendición de compartir la tristeza y el dolor de otra persona. Esas bendiciones son realmente tan grandes como la barca de un pescador rebosante de peces. La mayoría de las veces solo reconocemos algunas bendiciones “en retrospectiva”. Son gracias, privilegios, a veces bañados en lágrimas… pero siempre están ahí.

El Eclesiastés dice: Cualquier cosa que tu mano pueda hacer, hazlo con todas tus fuerzas (9:10). ¿Por qué debería Dios mostrarme su voluntad para el futuro si no estoy haciendo su voluntad en el presente?

Estamos inclinados a pensar que nuestras vidas giran en torno a grandes momentos. Pero, en los grandes momentos, a menudo estamos desprevenidos, y están envueltos providencialmente por Dios en lo que otros pueden considerar algo muy pequeño.

Por favor, disfrute del testimonio de un ex-taxista:

El viaje en taxi que nunca olvidaré. Una vez, llegué a medianoche a recoger un pasajero a un edificio que estaba del todo oscuro, excepto una luz en la ventana de la planta baja. Este pasajero podría ser alguien que necesite mi ayuda, pensé. Así que me acerqué a la puerta y llamé. “Aguarde un minuto”, respondió una voz frágil de anciana. Después de una larga pausa, la puerta se abrió. Una pequeña mujer de unos 80 años estaba delante de mí. Llevaba un vestido estampado y un sombrero con un velo, como si fuera alguien de una película de los años cuarenta. A su lado había una pequeña maleta. El apartamento parecía como si nadie hubiera vivido en él durante años. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas. “¿Podría llevar mi bolso al carro?” dijo. Llevé la maleta al taxi y luego regresé para ayudarla. Me tomó del brazo y caminamos lentamente hacia el taxi. Ella me seguía agradeciendo mi amabilidad. “Oh, eres un buen chico”, dijo. Cuando llegamos al taxi, me dio una dirección y luego me preguntó: “¿Podrías conducir por el centro?” “No es el camino más corto”, respondí rápidamente. “Oh, no me importa”, dijo ella. “No tengo ninguna prisa. Voy de camino a un asilo”. Miré por el espejo retrovisor. Sus ojos brillaban. “No me queda familia”, continuó. “El doctor dice que tampoco me queda mucho tiempo”. Me incliné en silencio y apagué el taxímetro.

Durante las dos horas siguientes, recorrimos la ciudad. Ella me mostró el edificio donde hace tiempo había trabajado como ascensorista. Manejamos por el vecindario donde ella y su esposo habían vivido cuando eran recién casados. A veces me pedía que me detuviera frente a un edificio o esquina en particular y se quedaba mirando la oscuridad sin decir nada. Cuando la luz de sol anaranjada comenzaba a aparecer en el horizonte, de repente dijo: “Estoy cansada. Vamos ya”. Nos dirigimos en silencio hacia la dirección que me había dado. Era un edificio bajo, como una pequeña casa de reposo, con una entrada que pasaba por debajo de un pórtico.

Dos enfermeras se acercaron al taxi en cuanto nos detuvimos. Solícitas y atentas, cuidaban cada movimiento. Debían haberla estado esperando. Abrí el maletero y llevé la maleta pequeña a la puerta. La mujer ya estaba sentada en una silla de ruedas. “¿Cuánto te debo?” preguntó, metiendo la mano en su bolso. “Nada”, le dije. “Tienes que ganarte la vida”, respondió. “Hay otros pasajeros”. Casi sin pensarlo, me incliné y le di un abrazo. Ella me abrazó con fuerza. “Le diste un momento de alegría a una anciana”, dijo. “Gracias.” Apreté su mano, luego caminé hacia la tenue luz de la mañana. Detrás de mí, una puerta se cerró. Fue como el sonido de la clausura de una vida.

No recogí más pasajeros en mi turno. Conduje sin rumbo, perdido en mis pensamientos. En el resto de ese día, apenas podía hablar. ¿Qué hubiera pasado si esa mujer hubiese encontrado un conductor malhumorado, o uno que estaba impaciente por terminar su turno? ¿Qué hubiera pasado si me hubiera negado a llevarla, o hubiera tocado la bocina sólo una vez, y luego me hubiese alejado? En una rápida ojeada, no creo que haya hecho nada más importante en mi vida.

Conquistar el Mal con el Bien

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por Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,
New York, 03 Febrero, 2019.
Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario
Libro de Jeremías 1,4-5.17-19; 1 Corintios 12,31.13,1-13; Lucas 4,21-30.

En 1951, dos equipos de fútbol universitario (A y B) se vieron envueltos en un partido particularmente duro y enérgico, con numerosas sanciones por ambos lados y varias lesiones. En los días posteriores al juego, cada uno de los periódicos universitarios tomó partido y el conflicto se elevó a dimensiones insospechadas.

Fascinados por ello, dos profesores, de las universidades A y B respectivamente, decidieron entrevistar a más de 150 estudiantes en cada campus para evaluar su reacción a lo que realmente sucedió.

Se les dijo a los participantes que debían ser lo más objetivos posible y se les dio un conjunto específico de infracciones que deberían buscar al ver una grabación del juego. Sin embargo, incluso con esos parámetros, sabiendo que formaban parte de un estudio psicológico y que se les pedía que fueran lo más objetivos posible, las personas no podían dejar de lado sus adhesiones. Los miembros de A, incluida una mayoría que nunca había visto ni un segundo del juego, dijeron que B cometió más faltas que A. Y los estudiantes de B, incluidos 100 que no habían visto el juego antes, dijeron que A cometió el doble de infracciones que su escuela.

No es suficiente decir que diferentes personas tienen diferentes actitudes con respecto a lo mismo. De todo lo que ocurre alrededor, cada persona selecciona sólo los datos que tienen algún significado para ella. Cuando tenemos fuertes sentimientos sobre algún asunto, nos es imposible ver lo que ocurre de manera objetiva y desapasionada. De hecho, muchos estudios y sucesos diarios demuestran nuestra incapacidad para ver los eventos de manera imparcial; más bien los vemos de manera interesada.

Esto explica la cólera de los conciudadanos de Cristo. Estaban ciegos para ver el significado de sus milagros en tierras extranjeras. Tampoco podían creer que una viuda de Sidón y un comandante leproso del ejército sirio fueran más dignos de la gracia de Dios que ellos, como judíos y nazarenos. Como dice san Pablo hoy: Porque sabemos parcialmente y profetizamos parcialmente, pero cuando llega lo perfecto, lo parcial pasará.

El odio es universal y omnipresente. Algunas veces somos odiados por personas que nos son muy familiares, como un miembro de nuestra familia, un amigo o un compañero de trabajo (La confianza engendra desdén). En otras ocasiones, el odio surge entre personas que parecen muy diferentes (Las diferencias causan odio). Pero tú y yo tenemos que estar alerta, porque también podemos encontrarnos manifestando alguna forma de odio activo o pasivo, como negarnos a amar a los demás al ignorarlos o mostrar falta de compasión y un comportamiento indiferente hacia ellos. Pero la raíz del odio es el no reconocer nuestra verdadera identidad y la verdadera identidad de nuestro prójimo: Hijos de Dios.

Incluso Naamán, en la Primera Lectura, inicialmente sintió ira cuando Elías le pidió que se bañara en el río Jordán siete veces para curarse, pensando que era algo absurdo y humillante.

Como señaló el Papa Francisco: ¡No queremos escuchar que el leproso o la viuda sean mejores que yo! ¡Son parias! (…) Esto es humildad, el camino de la humildad; sentirnos tan marginados que necesitamos la Salvación del Señor. Solo Él nos salva, no nuestra observancia de la ley (24 de marzo, 2014).

Los relatos las Lecturas de hoy nos permiten comprender la necesidad permanente de un Recogimiento y una Quietud Místicas. Estas no son “recompensas” o “caprichos” del Espíritu Santo. Sin ellas, no tenemos una verdadera perspectiva espiritual ni suficiente energía para vivir nuestra vocación. Esta semana celebramos la conversión de San Pablo, que se describe en Hechos 9 como un encuentro personal con Cristo en forma de un destello de luz. De manera semejante, la Quietud Mística no es descanso ni equilibrio, es, más bien, una sacudida, un impulso, algo que acelera nuestro espíritu en una dirección, muy parecido a una bicicleta, que se cae sólo cuando deja de girar. La vida de san Pablo se transformó totalmente a partir de ese momento: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Al instante cayó de los ojos de Saulo algo como escamas, y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado.

El Recogimiento y la Quietud Místicas son procedimientos de primeros auxilios del Espíritu Santo. Si no acogemos con entusiasmo las sugerencias y los pequeños impulsos del Espíritu Santo, estaremos lejos de vivir en unión con Dios … y estas sugerencias y pequeños impulsos pueden ser los milagros que Dios está realizando “en otros pueblos”. en un hermano difícil, en el alma de una persona indiferente, tal vez en el corazón de un enemigo como Saulo.

Este mensaje de seguridad y confirmación permanente se anuncia en la primera lectura: No te dejes intimidar por ellos, no sea que te intimide yo delante de ellos. Mira que hoy hago de ti una plaza fuerte, una columna de hierro, una muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes de Judá, sus jefes, sus sacerdotes y el pueblo del país. Ellos combatirán contra ti, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte, oráculo del Señor.

A veces, consumimos nuestra atención y nuestras energías haciendo pequeñas críticas sobre el comportamiento de nuestros hermanos y hermanas. Siempre podemos encontrar algo o alguien a quien criticar o corregir. Quizás corregir e instruir a otros es una parte importante de nuestra misión, pero esto siempre requiere una sensibilidad y una conciencia del tiempo espiritual y emocional de nuestro prójimo:

Un padre y su hijo llevaban un burro al mercado. El hombre se sentó sobre el burro, y el niño caminaba. La gente a lo largo del camino dijo: Qué cosa tan terrible, un tipo fuerte y grande sentado en el burro, mientras el joven tiene que caminar. Entonces el padre desmontó, y el hijo tomó su lugar. Pronto la gente comentó: Qué terrible, ese hombre caminando y el niño pequeño sentado. En ese momento, ambos se montaron en el burro, con lo que escucharon a otros decir: Qué crueles, dos personas montadas en un burro. Se bajaron. Pero otros comentaron: Qué estúpidos, el burro no lleva nada a sus lomos y las dos personas van caminando. Finalmente, ambos cargaron el burro. Nunca llegaron al mercado.

San Pablo nos dice hoy: El amor no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Si corregimos a los demás, debe hacerse únicamente por su bien y no por el nuestro. Sólo hablamos porque nos preocupa sinceramente su misión y el Reino de los Cielos y no queremos que se desvíen.

Siempre tenemos la oportunidad de revertir nuestra tendencia a rechazar a los hermanos difíciles, en nuestra oración siempre podemos encontrar nuevas formas de aceptación y hospitalidad. Una historia bien conocida dice que algunos soldados de la Segunda Guerra Mundial llevaron el cuerpo de su compañero caído a una pequeña iglesia parroquial después de una feroz batalla. Le preguntaron al párroco si podían dar a su amigo un entierro cristiano en el cementerio de la iglesia. El párroco preguntó si el fallecido era católico. Debido a que sus amigos no pudieron responder, el párroco rechazó la petición con pesar. Entonces enterraron el cuerpo justo afuera de la cerca del cementerio. A la mañana siguiente, cuando fueron a despedirse de su amigo, no pudieron localizar su tumba. Desconcertados, volvieron a llamar a la puerta de la iglesia para preguntar al sacerdote al respecto. Él respondió: La primera parte de la noche me quedé despierto, dolido por lo que había dicho. La segunda parte de la noche la pasé desplazando la cerca.

La compasión cristiana no se limita a dar cosas o resolver todos los problemas de nuestros semejantes, movidos por compasión o piedad. Va más lejos. Se trata de ayudar a las personas a soñar y hacer realidad su aspiración más profunda. La compasión cristiana se propone ayudar a los más débiles a levantarse, para darles la oportunidad de servir a los demás y descubrir así su misión personal. La compasión es ayudar a otros a descubrir su yo más auténtico. Esto es dar vida a nuestros semejantes, porque no podemos olvidar que las Obras Espirituales de Misericordia (Enseñar al que no sabe, Corregir al que se equivoca, Dar buen consejo al que lo necesita, Perdonar las injurias, Consolar al triste, Sufrir con paciencia los defectos del prójimo y Rogar a Dios por los vivos y difuntos.) ayudan a dar auténtica vida en el presente, y en el futuro, en el cielo.

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

Cristo envió doce discípulos y luego otros setenta y dos. Estos setenta y dos nos representan a todos, porque la cosecha es abundante y hay trabajo para todos nosotros:

Dos amigas compartían el almuerzo y una le dijo a la otra: No conozco a muchos cristianos, pero de alguna manera no puedo evitar el considerarlos hipócritas. La otra respondió: Pero tu cuñada, ella vive contigo en la misma casa; seguramente reconocerás que ella es una devota cristiana.

Exactamente eso, respondió con los ojos en blanco. Tiene una disposición encantadora, y dedica su vida a las misiones y la catequesis, pero nunca me ha dicho una sola palabra acerca de convertirme a su fe. Sé que ella me quiere, pero si ella creyera todo eso, ¿No crees que habría dicho algo?

El mensaje de Jesús es inclusivo incluso para los que están espiritual o físicamente muertos. Por eso San Pablo escribe: Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, para el Señor vivimos; y, si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Para esto mismo murió Cristo y volvió a vivir, para ser Señor tanto de los que han muerto como de los que aún viven (Rom 14: 7-9).

San Pablo nos ofrece una de las mejores descripciones del amor. En nuestro mundo moderno, cuando las personas hablan sobre el amor, se refieren a la posesión, la concupiscencia y el control. San Pablo era muy consciente de las motivaciones mixtas en todo lo que hacemos, pero creía en el poder del amor y su centralidad para el cristiano.

Si el amor no puede ser escondido, tampoco se puede ocultar la falta de amor. Aquellos a quienes servimos, tanto creyentes como incrédulos, notarán que falta algo, no hay nada auténtico ni real. No soy nada, dice Pablo. No sucederá nada espiritual, por muy bien que se vea en la apariencia superficial. No podemos llegar al cielo sin el amor, porque al amor es el mismo cielo. De este modo, el cielo puede ser experimentado aquí, aunque sea como en un espejo oscuro; de modo enigmático, pero no obstante verdadero. Todo acto de amor tiene un precio (una historia moderna del buen samaritano):

George Herbert era un conocido poeta, sacerdote y músico inglés. Iba de camino a una sesión de música una tarde, cuando se encontró con un hombre cuyo caballo se había derrumbado bajo la carga. El hombre y el caballo estaban en apuros y necesitaban ayuda con urgencia. Herbert no era un hombre sano ni fuerte, pero se quitó la túnica clerical y lo ayudó a levantar el caballo. Compró algo de alimento para el caballo y pronto el hombre y su caballo pudieron reanudar su viaje.

Normalmente Herbert iba bien arreglado; sus amigos se sorprendieron cuando apareció con las manos sucias y la ropa manchada. Expresaron sorpresa y disgusto por que se hubiera involucrado en una tarea tan complicada. Él respondió: El recuerdo de lo que he hecho será música para mis oídos en la medianoche. Su omisión hubiera causado discordia en mi conciencia. Porque si estoy obligado a orar por todos los que están angustiados, estoy seguro de que estoy obligado a hacer todo lo que esté a mi alcance para practicar aquello por lo que oro. Ahora, afinemos los instrumentos.

Queremos tener buena fama, ser queridos y apreciados. Como consecuencia, podemos desanimarnos como Jeremías, cuando, igual que le pasó a Cristo, chocamos con la falta de comprensión e incluso con la persecución. El discípulo no es mayor que el maestro. Pero confiamos en la promesa que nunca falla.

El criterio fundamental de un verdadero profeta y apóstol es que está motivado sólo por una razón, el amor.

¿Cómo nos comportamos ante el rechazo de otros, especialmente de quienes consideramos amigos? No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien (Rom 12:21). Solo cuando nuestros corazones son puros, podemos ir más allá de las circunstancias normales de nuestras vidas y ver en todo a Dios.