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Una Fiesta del pueblo en su camino de éxodo de este mundo

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 18-6-2017, Corpus Christi (Deuteronomio 8:2-3.14b-16a; 1Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

En los negocios, en la vida familiar o en la diplomacia, los interlocutores se comunican intercambiando ciertos signos. La comunicación es, así, el motor de la colaboración. Consiste en un intercambio de información entre los participantes.

Hay muchas clases de signos y señales, como las de tráfico, las de los árbitros, entrenadores, señales entre amigos o entre esposos, por las cuales se transmiten mensajes de cariño. La Eucaristía es, entre otras cosas, un signo claro y poderoso:

La vida cristiana se manifiesta en el cumplimiento del principal mandamiento, es decir, en el amor a Dios y al prójimo; este amor encuentra su fuente precisamente en el Santísimo Sacramento, llamado generalmente Sacramento del amor (Juan Pablo II, Dominicae Cenae).

En los años 1980’s en Tenerife un grupo de hermanas y hermanos trabajábamos en la Juventud Idente en varios ámbitos: Universidad, enseñanza secundaria… y también jóvenes varones adolescentes de riesgo. Una vez, uno de estos jóvenes que vivía en un Centro de Custodia Juvenil fue confinado en su habitación por varios días, tras haber atacado y herido con un tenedor a un empleado del Centro.

Tuvimos ocasión de explicar el caso a nuestro padre Fundador. Inmediatamente, sacó de su bolsillo su pluma de oro y dijo: Mañana se la regalan de mi parte. Pedimos permiso para visitar al joven en su habitación e hicimos como nos dijo nuestro Fundador. Al recibir la pluma, se conmovió y lloró. Dijo sollozando: Es el primer regalo que recibo en mi vida.

No creo que el valor de la pluma fuera decisivo, pero dos cosas son ciertas: fue una decisión realmente inspirada y el signo tuvo un profundo efecto en la vida del adolescente.

Un regalo es un signo de amor. Eso es lo que lo hace significativo y precioso, más allá de su valor comercial. Cuanto mayor es el amor, más precioso es el regalo, incluso si el objeto elegido para expresarlo no sea proporcional a la intensidad del amor que representa.

En última instancia, tiene que representar el deseo del donante de darse totalmente a quien lo recibe. Eso es por lo que todos los regalos se quedan cortos en significar lo que deseamos al entregarlos. Todos, excepto la Eucaristía. La eucaristía es precisamente lo que significa: La entrega total de Cristo a nosotros, en divinidad y humanidad, a pesar de la modestia de los elementos materiales que se usan para transmitirlo.

En la jerga de la Teoría de la Información, se dice que el éxito de la comunicación depende del grado en que se comparte un sistema de normas. Así, un signo puede ser interpretado sin problemas por cada una de las partes. Esto es también así entre Dios y nosotros; Cristo fue enormemente claro: Hagan esto en memoria mía. En otras palabras, Porque todas las veces que coman este pan y beban esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que El venga (1 Co 11:26).

Por otro lado, al recibir la Eucaristía con fe, nosotros damos un signo a Cristo, el de aceptar la Nueva alianza través de la cual nuestros pecados quedan perdonados y recibimos la vida eterna. El signo que Él pidió.

Como afirma Juan Pablo II: Desde que en Pentecostés el pueblo de la nueva Alianza empezó su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza. Sí; nuestra vida, como la del pueblo de Israel, es una peregrinación. Esa peregrinación es sobre todo escuela de amor; aprendemos a amar como Dios mismo. Esto fue lo que Moisés dijo al pueblo: Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. La primera asignatura de este aprendizaje es ser conscientes de nuestras limitaciones y esto se aprende a través del sufrimiento y la purificación. Así nos damos cuenta de que nada somos sin Él, aunque tengamos muchos éxitos en la vida: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, como hemos oído en la primera lectura de hoy.

¿Cómo puede ser la Eucaristía pan para nuestro viaje?

* La Eucaristía, que es el memorial de su Pasión, muerte y Resurrección, es por tanto el medio por el que se nos recuerda el amor y misericordia de Dios hacia nosotros. No caminamos solos.

* Pero su presencia no es simplemente estática. Es dinámica y cuando le recibimos nos hacemos semejantes a Él, nos asume. En nuestra pequeñez, somos transformados en Él. Y esto no es un simple sueño. Al tomar la hostia con dos dedos, he pensado: Qué pequeño se ha hecho Jesús para mostrarnos que no espera cosas grandes de nosotros, sino cosas pequeñas con un amor grande (Madre Teresa).

* Recibiéndole en la Palabra y en la comunión, nos hacemos hermanos y hermanas en Cristo. La Eucaristía trae unidad entre nosotros. Es lo que la segunda lectura nos recuerda: La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan (1Co 10: 16-17).

Nuestra adoración comunitaria en la Misa debe ir acompañada de nuestra adoración personal de Cristo en la adoración eucarística, a fin de que nuestro amor sea completo (Juan Pablo II). Esto concuerda con el deseo de nuestro padre Fundador de que hagamos nuestra oración ante Cristo Sacramentado.

La palabra “Eucaristía” significa literalmente “acción de gracias”. Celebrar la eucaristía y vivir una vida eucarística son asuntos basados en la gratitud. La Misa es el sacrificio de alabanza y acción de gracias a Dios por la salvación lograda por Cristo.

En los días pasados, leímos en la Misa el Libro de Tobías. Podemos aprender mucho de él y en especial cómo permanecer fieles y agradecidos a Dios en todos los momentos, incluso cuando la tragedia nos golpea:

Bendice en todo momento al Señor Dios y pídele que tus caminos sean rectos y tus proyectos favorables, porque no todas las naciones tienen la verdadera sabiduría. Es el Señor el que da todos los bienes y, si quiere, humilla hasta lo profundo del infierno. Recuerda, hijo, todos estos mandatos y no permitas que se borren de tu corazón (Tobías 4:19).

Si somos realmente pacientes, conseguiremos dar gracias a Dios continuamente, por la victoria sobre el mal y los enemigos: Recuerden que el Espíritu Santo dijo lo siguiente a través de David: “Dios le dijo a mi Señor el Mesías: Siéntate a la derecha de mi trono, hasta que yo derrote a tus enemigos” (Mc 12: 36).

Desgraciadamente, algunas veces no centramos nuestra oración en la alabanza y la acción de gracias. Nuestra relación con Dios es algo utilitaria. Él no parece alguien de confianza, sino sólo un proveedor de lo que necesitamos. Entonces, nuestra relación es un monólogo en el que pedimos esto o aquello. Es siempre centrada en nosotros. El centro no es alabar y glorificar a Dios… sino a nosotros mismos. No hay intimidad y encuentro auténtico con Él. Recordemos: La Súplica y la Acción de Gracias son aspectos complementarios de la oración.

Un pequeño recordatorio de la doctrina de la Iglesia: El Concilio Vaticano II nos dice que la Santísima eucaristía es la fuente y cumbre de toda la vida cristiana (Lumen Gentium). Como la vida cristiana es esencialmente vida espiritual, podemos decir también que la Eucaristía es la “Fuente y cumbre de la espiritualidad Cristiana”.

Además de ser la “fuente” de la espiritualidad cristiana, porque es la “fuente” de la gracia, la Eucaristía también nos ayuda a crecer en las virtudes de fe, esperanza y caridad. Estas virtudes son esenciales a la vida espiritual, porque Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad (CIC, 1812).

El meditar y hacer nuestras estas grandes verdades de la Eucaristía en la vida cristiana iluminará nuestro camino espiritual y nos dará más razones para amar la eucaristía y de ese modo, llevarnos más cerca de Dios y de los demás en Cristo.

En la multiplicación de los panes, Cristo nos dio un signo milagroso, como figura del mayor misterio de amor, que se renueva cada día en la santa Misa. El debilitamiento de la fe en la presencia real de Cristo Resucitado en la Eucaristía es uno de los aspectos más significativos de la crisis espiritual actual. Es por eso que, de vez en cuando, en la historia de la Iglesia, Dios nos da ciertos signos, los milagros eucarísticos, que señalan que Él está verdaderamente presente en la Eucaristía.

El milagro eucarístico más reciente que las autoridades de la Iglesia han reconocido ocurrió en 1996 en Buenos Aires, la capital de Argentina. El 18 de agosto el P. Alejandro Pezet estaba celebrando misa. Cuando acababa de distribuir la comunión, una señora se le acercó y le dijo que había encontrado una hostia abandonada en la parte de atrás de la iglesia. El P. Alejandro vio la hostia profanada y, como no podía consumirla, la puso en un recipiente de agua y la dejó en el sagrario de la capilla del Santísimo Sacramento.

El lunes 26 de agosto, al abrir el sagrario, vio con asombro que la hostia se había convertido en una sustancia ensangrentada. Informó al Cardenal Jorge Bergoglio (el actual Papa Francisco) quien dio instrucciones para que la hostia fuera fotografiada profesionalmente. Las fotos mostraban claramente que la hostia se había convertido en un fragmento de carne ensangrentada y había aumentado visiblemente de tamaño. Por varios años, la hostia permaneció en el sagrario y el asunto se mantuvo en estricto secreto. Como la hostia no sufrió ninguna descomposición visible, el Cardenal Bergoglio decidió que se analizase científicamente.

En 1999, se envió a Nueva York una muestra del material ensangrentado para ser analizado. Para no tener prejuicios, no se informó al equipo de científicos sobre el origen del material.

Uno de ellos, era el Dr. Frederic Zugibe, cardiólogo y patólogo forense bien conocido. Determinó que la sustancia analizada era carne y sangre auténticas, y que contenía ADN humano. El Dr. Zugibe testificó que el material analizado es un fragmento del músculo cardiaco, de la pared del ventrículo izquierdo, cercano a las válvulas. Este músculo tiene como función la contracción del corazón y bombea sangre a todas las partes del cuerpo. El músculo cardíaco está en condición de inflamación y contiene un gran número de glóbulos blancos.

 Esto indica que el corazón estaba vivo en el momento de tomar la muestra. Mi opinión es que el corazón estaba vivo, pues los glóbulos blancos mueren fuera de un organismo vivo. Necesitan un organismo vivo que las conserve. Por eso, su presencia indica que el corazón estaba vivo al tomar la muestra.

 Es más, esos glóbulos han penetrado el tejido, lo que indica que el corazón ha estado en un estrés severo, como si su dueño hubiera sido golpeado violentamente en el pecho.

Cuando le preguntaron al Dr. Zugibe cuánto tiempo habrían vivido los glóbulos blancos si proviniesen de un tejido humano mantenido en agua, contestó que habrían muerto en unos minutos. Entonces fue informado del origen de la muestra, cómo había sido guardada en agua ordinaria por un mes y luego tres años en un recipiente con agua destilada y después se tomó la muestra para ser analizada. El Dr. Zugibe no pudo explicar este hecho.

No hay forma de explicarlo científicamente, afirmó. Sólo entonces se le informó que la muestra analizada provenía de una hostia consagrada (pan blanco ázimo),que se había transformado misteriosamente en carne humana ensangrentada. Asombrado por esta información, el Dr. Zugibe contestó: Cómo y por qué una hostia consagrada cambia su naturaleza y se transforma en carne y sangre humanas es un misterio inexplicable para la ciencia, un misterio completamente fuera de su competencia.

Parra los que tienen fe y creen, no hace falta ninguna explicación; pero para los que no creen, ninguna explicación es posible.

Permitan que concluya esta reflexión con un testimonio conmovedor de la espiritualidad eucarística de nuestro padre Fundador: La Guerra Civil Española le precipitó de una infancia feliz a los sufrimientos de su juventud; fue obligado a vivir bajo los bombardeos y a ser testigo de las matanzas fratricidas. Precisamente, en el día de su Primera Comunión, casi muere por confesar su fe católica. Me acusaron de ser católico al verme con el traje de Primera Comunión y me insistieron para que renunciase a mi fe. Categóricamente me opuse a ello y me pusieron contra una pared para fusilarme. Providencialmente, cambiaron de opinión y en el último minuto le dejaron marchar.

El misterio íntimo

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del domingo 11-6-2017, Solemnidad de la Santísima Trinidad (Éxodo 34:4b-6.8-9; 2 Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18),

Si últimamente has levantado la voz a tu hermano o piensas que nunca cambiará, por favor no sigas leyendo ¿Por qué? La sicología religiosa elemental enseña que esos son precisamente los dos signos opuestos al Lavatorio de los pies, que constituye el signo más poderoso de nuestra apertura a la Santísima Trinidad.

Maurice Zundel (1897-1975), sacerdote suizo y brillante teólogo, escribe:

Nadie puede sentirse ofendido ni despreciado si ve a Dios como una Presencia interior a nosotros, que siempre está ahí y que es Dios porque no posee nada. Nadie puede sentirse ofendido por un Dios que se ofrece y que nunca se impone. La Trinidad revelada por Jesucristo nos hace comprender el gesto del Lavatorio de los pies. Si Jesús se arrodilla, si introduce una nueva escala de valores en el mundo, lo hace con fundamento en el corazón de la Trinidad.

Con plena conciencia de quién es, se quita las ropas y se ciñe una toalla para lavar los pies de los discípulos.

¿Qué nos dice esto? Que el impulso de servir está en el mismo corazón de la Trinidad. Dios Padre sirviendo al Hijo; el Hijo sirviendo al Padre. Y esto nos lleva a la mismísima Trinidad. Pedro dice: ¿Tú vas a lavarme los pies? ¡Nunca! Y Cristo le recuerda: Lo que voy a hacer no puedes entenderlo ahora, pero lo comprenderás después. Eso era muy cierto; San Juan nos hace comprenderlo: Cristo estaba demostrando su plena conciencia de su divinidad; Siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies.

La segunda lectura de hoy nos invita a alegrarnos, porque podemos compartir el estilo de vida de la Trinidad, podemos animarnos unos a otros, vivir en armonía y en paz.

¿Cuál es la diferencia entre las personas que hacen víctimas con su intemperancia, con su falta de control y las que son realmente pacientes, prontas para escuchar, lentas para hablar, lentas para enojarse (Santiago 1:19)? No es un factor sicológico o un talento especial; simplemente consiste en pedir esa paciencia cada mañana en mi oración silenciosa.

¿Te suena un poco simplista? ¿O como una frase hecha? Entonces probablemente crees que eres mucho más fuerte que el salmista:

Oh Señor, de mañana escucha mi voz; de mañana presentaré mi oración a ti, y con ansias esperaré (Salmo 5:3).

No nos quedemos en una mera curiosidad, intentando fisgar en la vida personal de Dios. Respecto a la Trinidad, lo más importante no es darle vueltas al misterio, sino imitar el espíritu de servicio de la Trinidad. De hecho, San Agustín ya decía que no se puede entrar en la verdad si no es por medio de la caridad.

Cuando estamos a la orilla de un lago y queremos saber lo que hay al otro lado, lo apropiado no es afinar nuestra mirada y recorrer el horizonte, sino subirnos a la barca y llegar a esa orilla ¡Así son los misterios! Con una saludable dosis de humor, el escritor católico americano Flannery O’Connor escribía a un amigo: Amo a muchas personas, pero no comprendo a ninguna de ellas.

Concretamente, esta vida de amor y fraternidad debe ser vivida diariamente en la comunidad cristiana, como afirma la segunda lectura. De hecho, San Pablo nos dice que si queremos vivir la misma vida de la Trinidad, hemos de crecer en la perfección de la paz y unidad entre nosotros; con signos sencillos, como un beso o diciendo gracias (¡No me digas que siempre lo tienes en cuenta…!).

Pero nuestro padre Fundador nos enseña que la Santísima Trinidad va más allá de la purificación y de la transformación de nuestra alma. ¿Cuál es el objetivo final del amor? El propósito final es la unión, la unión completa entre el amante y el amado. Es por eso que ya en el Antiguo Testamento, en el Cantar de los Cantares, se muestra el abrazo conyugal entre el esposo y la esposa como símbolo de la unión entre un creador divino y el mundo, especialmente con el ser humano a quien ama. También por eso Cristo, en más de una ocasión, habla del Reino de los cielos como un banquete de bodas. ¿Cuál es el fin y el propósito de quien ama? Unirse al amado.

Este fin queda expresado con claridad por Cristo como una invitación, o mejor, un mandamiento, una empresa en común llamada Unión Transverberativa: Sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto (Mt 5: 48). Tenemos experiencia, aunque sea embrionaria o incipiente, de esta Unión, debido a la Presencia de las personas divinas en nuestro espíritu. La forma de esta (esperemos que continua) experiencia es una compenetración, un acercamiento mutuo que va más allá de la imitación de algunos rasgos de personalidad. Algunas manifestaciones de esta compenetración, formalmente llamada Inspiración:

  • Creo que he logrado dar alegría a Dios con mi fidelidad, a pesar de mi mediocridad. En particular cuando, con ayuda de la gracia, he perdonado a alguien.
  • Ahora veo más claramente que nada me puede satisfacer en este mundo sino las cosas de Dios, sus planes y su misericordia. Me siento atraído por Él… al menos “por exclusión”. Como ciervo sediento en busca de un río, así, Dios mío, te busco a ti (Salmo 42:1).
  • Me doy cuenta que el dar gloria a Dios no se limita a hacer el bien, sino también a sufrir por amor y por la verdad. Por eso, con toda modestia, he podido imitar a Cristo en algunos momentos de contrariedad, tensiones y malentendidos. Jesús lo hizo de la forma más sublime: cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes.

Notemos que en esas experiencias el discípulo no es meramente pasivo, sino que emprende acciones concretas, iniciativas que cambian su vida profundamente, de una manera potencialmente irreversible. Esto es más que la práctica ocasional o la experiencia de una virtud.

Los momentos más intensos de esta Inspiración son un verdadero diálogo con las personas divinas. No un mero intercambio de palabras, sino una respuesta en forma de impulso, un Motus, un suave movimiento de empuje como respuesta a mis intenciones.

La esperanza cristiana es vivir aquí y ahora la vida eterna bajo el régimen de la fe: “Creo firmemente que la Santísima Trinidad está en mi espíritu, que no está fuera de mí en otro mundo distinto, sino en mi mundo, que es mi espíritu, y con la Santísima Trinidad, naturalmente, todos los santos, la comunión de todos los santos. Creo en esto y en lo que esto significa, y esto me pone a mí en acto de vivirlo”. (Fernando Rielo, 1 Nov, 1972).

Esta inhabitación, esta presencia santificante de las personas divinas, nos da la capacidad de vivir la santidad de una manera que no es posible fuera de la vida cristiana. Ya hemos pasado el suficiente tiempo con nosotros mismos para darnos cuenta de lo poco que podemos hacer solos; en palabras de Cristo, sin mí, nada pueden hacer. Muchos de nosotros, en momentos de dificultad u oposición, abandonamos nuestro sueño original y sucumbimos ante la presión. Otras veces somos arrastrados por las tentaciones y somos autocomplacientes en nuestras misiones (Instinto de Felicidad). Hay muchas personas con buena voluntad (especialmente sacerdotes jóvenes) que comienzan noblemente un camino, pero luego no perseveran lo suficiente para llegar al final. Tenemos a nuestra disposición la omnipotencia divina, no “cerca de nosotros”, sino en el sentido más profundo de la palabra, dentro de nosotros.

Esto es importante. La paz y la unidad que todos anhelamos, sólo pueden estar basadas en la verdad. Y la Presencia de la Trinidad en nosotros representa la oportunidad de abrazar la verdad, no sólo de comprenderla.

Por ejemplo, podemos estar convencidos de que los mansos heredarán la tierra, pero, en realidad, nos decimos a nosotros mismos: Si no me impongo a los demás, me van a relegar. Si alguien nos pregunta si creemos que el amor es la mayor fuerza del mundo, probablemente diremos que sí. Pero en realidad creemos que el poder es el factor decisivo. Llegamos a creer que el mandamiento del amor significa amar a los que son amables, a los que piensan y actúan como nosotros. Entonces Cristo viene a hablarnos del amor a los enemigos. No sé qué sientes tú, pero a mí no me resulta fácil ni cómodo amar a mis enemigos. Pero, como personas de fe, es lo que estamos empujados a hacer.

La inhabitación divina nos debería motivar a responder a las continuas “formas de atracción”, iluminaciones en la mente e impulsos en la voluntad, que la Santísima Trinidad nos otorga en cada momento.

En resumen y simplificando mucho, podemos decir que el Padre nos da a conocer sus planes (a través de los sueños y del sufrimiento del prójimo), Cristo nos enseña con su ejemplo cómo llevarlos a cabo y el Espíritu Santo pone signos en nuestro camino para darnos consuelo y visión.

Había un misionero que cuando fue destinado a un lugar muy apartado, al partir de casa, vio un precioso reloj de sol. Se dijo: Ese reloj de sol sería ideal para los habitantes de la misión, lo podría usar para enseñarles cómo saber la hora del día. Cuando el jefe del pueblo lo vio, insistió en que debía ponerse en el centro del pueblo. La gente estaba encantada. Nunca habían visto nada igual en su vida. Estaban aún más felices cuando aprendieron cómo funcionada. El misionero estaba contento del resultado; pero no estaba preparado para lo que luego sucedió: ¡La gente se puso de acuerdo para construir un tejado sobre el reloj de sol para protegerlo de lluvia y del sol!

Es como si la Trinidad fuera el reloj de sol y nosotros, cristianos, los habitantes del pueblo. La revelación más hermosa de nuestra fe es lo que sabemos de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero en vez de utilizar esa revelación en nuestra vida diaria, ponemos un tejado sobre ella, como hizo la gente de la misión. Para muchos, de nosotros, la Trinidad resulta de poco valor práctico en los asuntos de nuestra vida diaria. La consideramos como una “decoración” de nuestra fe.

Hemos de tener en cuenta que el deseo de proclamar el Evangelio no es tanto un asunto de ganar prosélitos como de compartir la intimidad con el Padre, a través del Hijo y en el Espíritu. En medio de nuestros múltiples compromisos y nuestro ritmo actual hiperactivo de vida, necesitamos dedicar algunos minutos en el día a hacernos más conscientes de los dones recibidos… desde dentro.

 

¿Notas la brisa?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 04-06-2017, Domingo de Pentecostés (Hechos de los Apóstoles 2:1-11; 1Corintios 12:3b-7.12-13.; Juan 20:19-23)

No fue por casualidad que Dios derramó el Espíritu Santo sobre sus discípulos ese día: la Fiesta en que los judíos ofrecían al Señor la cosecha, llamada algunas veces Fiesta de la Cosecha y Día de los Primeros Frutos.

La Divina Providencia quiso poner un signo de abundancia que San Pablo y los primeros discípulos experimentaron inmediatamente como la incomparable grandeza de su poder en nosotros, los que hemos creído (Ef 1: 19). Este día nos trae el prometido bautismo en el Espíritu Santo.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles representa un nuevo período en la relación de Dios con su pueblo: El significado de Pentecostés es que Dios dota a su Iglesia con el poder de su Espíritu para atraer a todo ser humano hacia Él, en Cristo.

En Pentecostés, la transformación que experimentaron los apóstoles es un signo del don que también nosotros hemos recibido. Esto es todo un reto, pues a veces nos preguntamos: ¿Por qué nos sentimos tan incapaces? Una explicación es que todos, muchas veces, confiamos más en nuestra capacidad que en la fuerza del Espíritu Santo.

Nuestra fe es muy limitada, así como nuestra memoria espiritual. Olvidamos las acciones del Espíritu Santo, siempre inesperadas y sorprendentes. En el caso de los primeros discípulos, su efusiva llegada quedó marcada por un viento impetuoso que llenó la casa, el signo de las lenguas de fuego sobre la cabeza de cada persona y el hablar milagroso de lenguas que no habían estudiado.

* En lengua hebrea, las palabras viento y espíritu son la misma, simbolizando así el acto invisible pero poderoso del Espíritu Santo, el acto de transformar y cambiar lo antiguo en nuevo.

* En la Biblia, sabemos que el fuego simboliza la presencia divina, pero también la Purificación.

* Los apóstoles hablaron lenguas que podían comprender los respectivos nativos (no simples sonidos o balbuceos): esto es un signo de la universalidad de la Iglesia y de la preocupación del apóstol por cada ser humano. A fin de cuentas, amor y misericordia es el lenguaje que todos entendemos. En el Evangelio se nos dice que el primer regalo, el primer don de Cristo Resucitado, es el perdón: Él les dijo: ‘La paz esté con ustedes’, y les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor y Él les dijo de nuevo: ‘La paz esté con ustedes.

Hoy no necesitamos esa clase de milagros, pero todos tenemos experiencia personal de la educación de nuestro éxtasis por el Espíritu Santo:

Nosotros cerramos continuamente nuestras puertas; continuamente buscamos la seguridad y no queremos que nos molesten ni los demás ni Dios. Por consiguiente, podemos suplicar continuamente al Señor sólo para que venga a nosotros, superando nuestra cerrazón, y nos traiga su saludo: La paz con vosotros. (Benedicto XVI, 15 Mayo 2005)

San Pablo habla de la evidencia de esa presencia del Espíritu en nuestras vidas cuando menciona los “frutos del Espíritu” y menciona algunos de ellos en su epístola a los Gálatas: amor, alegría, paz, paciencia, delicadeza, generosidad, fidelidad y moderación. Cuando experimentamos esas virtudes y dones, notamos esa paz que Cristo nos deseó cuando dijo: La paz esté con ustedes.

El perdón, dado libremente por Dios a través de Cristo, es también nuestro don para los demás, pues lo hemos recibido del Espíritu Santo que habita en nosotros. Hay un refrán que es bastante más que una simple frase: Errar es humano, perdonar es divino. Porque cuando practicas ese perdón, que reconocemos como algo divino, has abierto la puerta por la que Cristo Resucitado entra en tu vida, como un signo poderoso de lo que se puede hacer en el mundo, simplemente si aceptamos compartir el don, la fuerza del perdón divino.

La primera comunidad de discípulos era ciertamente un grupo no perfecto. Había amargura respecto a Judas, celos hacia Santiago y Juan, tristeza con las negaciones de Pedro y reservas a su liderazgo. Además estaba Tomás, que conocemos sobre todo por sus dudas. Pero Dios concedió a este puñado de discípulos la capacidad de discernir Su voluntad y la fuerza para seguirla. El primer paso fue su aceptación de no quedarse en el descontento con los demás, lo cual les abrió al paso siguiente, es decir, a recibir el perdón divino y así poder ofrecerlo a los demás. Esa es la obra del Espíritu Santo, la marca de su presencia en nosotros y el signo decisivo de su poder en nuestra vida. No hay otra señal más clara, más expresiva, más milagrosa ni mejor que ésta.

En el Génesis vemos cómo Dios dispersó la presuntuosa raza humana desde la Torre de Babel por toda la tierra, confundiéndoles con múltiples lenguas. En Pentecostés, Dios reúne a ese pueblo disperso en una comunidad nueva y amada, capaz de superar las diferencias y la diversidad de valores, donde ya no hay judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer.

Y sin embargo nos cuesta reconocer la generosidad del Espíritu Santo por tantas bendiciones recibidas, tantas inspiraciones y tantas decisiones en las que nos ilumina. Pero lo que más nos cuesta reconocer en el Espíritu Santo es lo que más gratitud merece: el traernos la unidad. Como hemos oído hoy:

Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común.

Cristo nos ofrece su paz. Deja a sus discípulos, a los que no llamamos incrédulos, que toquen sus heridas, para que puedan ver por sí mismo. Y les da la paz de nuevo, junto con una instrucción: Como el Padre me envió, así les envío yo a ustedes.

 Cristo podría haber enviado a otro grupo de personas, quizás a algunos que parecieran más valientes, gente que no se escondiera…otros cualesquiera. Pero envía a los suyos. A sus amigos; a sus discípulos. Esto es una buena noticia: Como el Padre me envió, así les envío yo a ustedes. Hemos sido elegidos y enviados incluso con nuestra miseria humana, no a pesar de ella. Pero esta noticia es también un reto, porque “como el Padre envió a Jesús” significa que la cruz está incluida. Y los discípulos, después de haber visto las heridas de Cristo Resucitado, probablemente no lo olvidarían. La buena noticia del Evangelio es para ti y para mí, discípulos imperfectos y entusiastas.

Pero, al igual que los discípulos, nosotros preguntamos: Señor: ¿ha llegado el momento? Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel? Son signos de inseguridad. No puedo esperar a “un mejor momento espiritual” en mi existencia o a las “condiciones adecuadas” para una vida apostólica.

Sin embargo, con los dones del Espíritu Santo Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí (Gal 2: 20) ¡Puedo ser una persona diferente! Puedo ser otro Cristo. Puedo entrar en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cada palabra que diga y cada acción que haga pueden ser con Él. Por Él y en Él. Puedo vivir mi vida por Él, con Él y en Él. Incluso mi muerte puede ser con Él, por Él y en Él. Por eso se llama a la Iglesia cuerpo místico de Cristo.

Nos llena de gozo la atrevida espontaneidad del Espíritu Santo que nos encuentra a veces desprevenidos con sus mensajes inesperados. En un mundo que a veces resulta muy predecible, crea nuevas posibilidades. En un mundo que es hostil, construye con amor un camino de la soledad a la convivencia, de la rivalidad a la cooperación… el reto más difícil para todos nosotros.

Muy pocas homilías o reflexiones sobre el Espíritu Santo se refieren a la Purificación, a pesar de que Él es el agente de toda Purificación: la primera (purificación general) se dirige a la conexión que hay entre nuestras facultades (mente, voluntad y unión) y nuestras pasiones. Esta es nuestra experiencia:

No veo proporción entre mis esfuerzos por dominar las pasiones para seguir a Cristo y los resultados “visibles” (nuevas sensaciones o sentimientos). Por ejemplo:

He conseguido perdonar, pero no me siento más fuerte que antes, me siento igual de vulnerable y débil que siempre (Apatía).

No logro entender la importancia de evitar los pensamientos inútiles. ¿A quién hago daño con eso? (Aridez).

No me siento cómodo con mis deseos: Me esfuerzo por seguir la enseñanza de Cristo, pero el mismo tiempo siento nostalgia e incluso ganas de volver a las cosas que un día dejé (Contrariedad).

Es el momento perfecto para la manifestación de los signos diabólicos. Como dice nuestro padre Fundador, la presencia del diabolismo comienza a presentarse, o a insinuarse, de una manera formal, en la purificación general. En esos momentos, como era de esperar, cuando se me retira el alimento de niños, tiene lugar un ataque sutil en relación a mis pecados y mis tendencias:

Está claro que esas “cosas de la fe” les van bien a otros, pero no a ti.

Es cierto que has pecado, como todo el mundo, pero no te inquietes demasiado; no es tan grave como piensas.

La estrategia del enemigo es encerrarme en una vida de temores y de dudas respecto a las promesas divinas. Es un arma poderosa. Con los signos diabólicos, utilizando nuestras experiencias, indirectamente, distorsionando nuestras faltas y errores, el diablo intenta que pongamos en duda la autoridad y la veracidad de lo que Dios ha dicho.

Con humildad y realismo, se nos invita a aceptar nuestra condición y a abrir nuestro corazón a la acción sanante del Espíritu Santo: Soy un pecador. Esta es la definición más precisa. No es una figura de lenguaje, un género literario. Soy un pecador (Papa Francisco).

Cuando el Espíritu divino llegó en Pentecostés, la primera persona a quien se dirigió fue a María, que no era uno de los apóstoles, sino que, como Esposa suya, todavía más cercana a su corazón; por el hecho de ser María Madre de Dios y de Cristo, también llegó a ser Esposa del Espíritu Santo. Por tanto, en este día santo de Pentecostés, acudamos a ella, Madre de Cristo y de la Vida Mística: pidámosle que el Espíritu Santo sea cada vez más visible en nuestras comunidades y en el mundo.

¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 28-5-2017, Solemnidad de la Ascensión del Señor (Hechos 1:1-11; Carta a los Efesios 1:17-23.; Mateo 28:16-20)

Decididamente, la parte más difícil de nuestra labor apostólica es la fase inicial: subir a la montaña. Para dejarlo claro a sus discípulos, Cristo les ordenó ir a la montaña.

Sólo después de esa ascensión es cuando podemos ir y hacer discípulos, en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Él nos ha mandado.

El Salmo 24 pregunta: ¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor y permanecer en su recinto sagrado?

Las montañas tienen un significado literal y a la vez simbólico en la Escrituras. Isaac llevó la madera para el sacrificio al Monte Sion. Moisés habló con Dios en la zarza ardiente de las laderas escarpadas del Monte Sinaí (Éxodo 3), donde Elías escuchó el susurro de Dios (1Reyes 19).

Ezequiel tuvo una visión, donde contempló la gloria del Señor descansar en la montaña “al este de Jerusalén”, luego identificada con el Monte de los Olivos. Fue allí donde Cristo fue a orar sólo y con los discípulos, y desde donde ascendió al cielo tras la Resurrección. Alguna veces, Jesús subió a una montaña para hablar a las gentes (Mt 5:1) o para alejarse de la multitud (Mt 5:23). Mostró su gloria divina en la cumbre del Monte Tabor, cuando fue transfigurado ante Pedro, Santiago y Juan (Mt 17) Y ¿quién apareció junto a Él? Quienes subían a las montañas en el Antiguo Testamento, como mencionamos antes: Moisés y Elías.

Está claro que los autores de las sagradas escrituras veían a las montañas como lugares para un verdadero encuentro con Dios, en palabra y enseñanza, en quietud y soledad, en luz y gloria, en sangre y sacrificio.

Después de que los discípulos de Cristo oyeron el Sermón de la Montaña, bajaron al llano y cambiaron el mundo. Ya no fueron los mismos de antes ¿Qué cambió en ellos que pudo transformar al mundo? Oyeron la voz de Dios diciéndoles cosas que eran completamente contrarias a las que se decían en el valle, en sus reflexiones, en sus cavilaciones y en sus ensoñaciones.

¿Cuál es mi visión de una Ascensión espiritual? Hablemos claro:

  • ¿Considero la Observancia diaria meramente como una obligación, o incluso como una carga?
  • ¿Aprecio y tomo nota (Si; en papel o en la computadora) de las impresiones que recibo en mi oración?

¿Subo a la montaña de la oración como si fuese el único responsable de las almas hambrientas que encuentro en el valle? Eso cambia todo. Fíjate en la siguiente historia:

En una zona de los Andes había dos tribus que estaban siempre enfrentadas, una vivía en la llanura y otra en las montañas. Un día, la tribu de las montañas invadió a los de la llanura y en el saqueo secuestraron a un bebé de una de las familias y se lo llevaron a las montañas.

La gente de la llanura no sabía cómo escalar la montaña. No conocían los caminos que usaban las gentes de la montaña y no sabían cómo localizarlos ni cómo seguirlos en ese terreno escarpado.

Aun así, enviaron a un grupo de sus mejores guerreros para que subieran a la montaña y rescatasen al niño. Esos hombres ensayaron muchas formas de subir a la montaña. Probaron una vía tras otra. Después de varios días de esfuerzo, sólo habían logrado subir unos cientos de metros.

Con una sensación de fracaso, comprendieron que era una causa perdida y se dispusieron a volver a su aldea. Mientras recogía su equipo, vieron a la mamá del niño que se acercaba a ellos. Se dieron cuenta que estaba bajando la montaña que ellos no habían logrado escalar.

Entonces observaron que traía al niño sujeto a su espalda ¿Cómo pudo ser eso? Uno de ellos la saludó diciendo: Nosotros no pudimos subir a la montaña ¿Cómo lo hiciste tú, si nosotros, los hombres más fuertes y hábiles del pueblo no lo pudimos hacer? Ella se encogió de hombros y dijo: No era vuestro hijo.

Todas las experiencias ascendentes de nuestro encuentro con Dios se encuentran en la Santa Misa. De hecho, toda la estructura de la liturgia está concebida como una ascensión gradual, donde cada momento es “más alto” que el anterior.

Damos nuestros primeros pasos en la montaña sagrada durante el Rito Inicial, mientras cantamos y damos la bienvenida al sacerdote “in persona Christi”, la misma persona de Cristo que asciende con nosotros. La Liturgia de la Palabra nos lleva más alto, a una elevada meseta, en la proclamación del Evangelio y en la enseñanza de la homilía. De ahí empezamos nuestro ascenso final en la Liturgia de la Eucaristía, la “cima de la vida cristiana” (Lumen Gentium). Cada paso de la Oración Eucarística nos lleva más alto, hasta la Doxología, nuestro Gran Amén, la Oración del Señor y nuestra recepción compartida del Cuerpo, la Sangre, el alma y la Divinidad de Cristo, nuestro Sacrificio Pascual.

Pero no podemos quedarnos ahí: Dios tiene otros planes para nosotros, como los tenía para los israelitas cuando les ordenó “dejar la montaña”, asegurando a Moisés que su presencia no les faltaría. Justo antes de su Ascensión, Cristo envía a sus discípulos a “ir y a hacer discípulos” con la garantía de que estaría con ellos hasta el fin de los tiempos (Mt 28: 20). De manera, que bajan de la montaña y se ponen a trabajar.

Pueden ir en paz, la misa ha terminado. Somos enviados, se nos pide bajar de la montaña, para traer a los demás con nosotros y volver a escalar juntos la montaña del Señor.

¿Qué es “cumplir todo lo que Jesús nos ha mandado”? Que nos amemos como Él nos ha amado. El amor de Cristo exige consiste en dar una mano amiga, tener un corazón amante, palabras de apoyo y ánimo, pero, sobre todo, en ofrecer la vida por mis hermanos. Esta ofrenda de mi vida es sinónimo de abnegación: de mi horario, mis proyectos, mis actividades favoritas, mi ritmo, mi estilo y forma de hacer las cosas y especialmente mi sed de resultados inmediatos,…incluidos los apostólicos.

Este amor es dinámico, un amor en ascensión, como dice nuestro padre Fundador, Fernando Rielo, y el escalar una montaña es una metáfora excelente para este comportamiento extático permanente: alguien que deja su zona de confort -el valle- para hacerse todo oídos y saber qué debo abandonar, más de qué averiguar qué puedo hacer.

Insistimos mucho en hacer, hacer, y hacer. Ya sabemos que esto es más fácil de decir que de llevar a cabo, pero Cristo es muy claro en este punto:

Mi mandamiento es este: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos (Jn 15:12-13).

Cristo fue un vivo ejemplo de esta enseñanza, no sólo entregando su vida física, sino en cómo sistemáticamente dio su vida sirviendo humilde y compasivamente a sus discípulos y a cuantos encontraba. Hizo cambios en sus intenciones y en sus planes personales; en las bodas de Caná, con la mujer cananea y siempre que era interrumpido.

De hecho, una ojeada al Evangelio nos muestra que todo el ministerio de Cristo se parece a una serie de interrupciones. Cuando estaba cenando, fue interrumpido por una mujer pecadora que comenzó a llorar a sus pies. Cuando salía de Jericó, fue interrumpido por un ciego que no dejaba de gritar su nombre. Cuando iba a hablar a la multitud, fue interrumpido por un hombre que le pedía una curación. Cuando intentaba responder a esa interrupción, llega una mujer que había estado enferma una década y quería sanarse. Jesús fue interrumpido por leprosos, niños, líderes religiosos, enfermos y toda clase de personas.

Y sin embargo, una y otra vez mostró amor y paciencia. Porque amaba tanto a las personas, las interrupciones no le parecían interrupciones en absoluto. Nunca perdió la calma. Pero utilizó cada una de esas ocasiones como una gran oportunidad para una enseñanza valiosísima o un milagro maravilloso.

Finalmente, cuando Jesús estaba clavado en la cruz, muriendo por nuestros pecados, alguien se atrevió a pedirle un favor: Recuérdame cuando estés en el paraíso. Incluso entonces, con los clavos en sus manos y en sus pies, a Cristo no le molestó: Ofreció su gracia.

Dios utiliza las interrupciones en nuestras vidas para llamar nuestra atención. Sabe que tenemos horarios que cumplir y trabajos inevitables que hacer, pero desea que le prestemos atención. Desea que le escuchemos en medio de todo eso. Oremos y pidamos la sabiduría para discernir lo que Él intenta decirnos a través de la interrupciones…no es una técnica.

¿Soy capaz de ver el plan de Dios incluso cuando veo que el proyecto que estoy siguiendo -intentando ser fiel a su voluntad- queda interrumpido o malogrado?

Ser un discípulo. En la Ascensión, contemplamos cómo Cristo ha sido exaltado y ahora comparte la autoridad, poder y gloria de Dios Padre. San Pablo nos dice también esto es nuestra esperanza y que todos estamos llamados a compartir los tesoros de gloria que Jesús nos prometió.

Pero el hecho es que su Reino todavía no ha sido plenamente establecido en la creación. Por tanto, la fiesta de la Ascensión, a la vez que nos recuerda la esperanza de compartir el reino, poder y vida de Cristo, nos da el encargo misionero de hacer discípulos en todas las naciones. Sí; estamos llamados a ser su testigos.

Por supuesto, nos damos cuenta que es el Espíritu Santo el verdadero agente de esta misión de conversión. Sólo Él puede darnos la fuerza para llevarla a cabo. Por ello, hemos de prepararnos para ese bautismo del Espíritu Santo. Ese fue el consejo de Jesús a sus discípulos.

Vayan y hagan discípulos en todas las naciones: Ser un discípulo no es lo mismo que ser un alumno. Un discípulo tiene relación con un Maestro; un alumno, con un profesor. El discípulo vive con el maestro 24 horas al día; el estudiante recibe unas lecciones del profesor durante algunas horas y luego regresa a casa. Ser discípulo exige una comunidad.

Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos: Cuando Moisés fue encargado de liberar de Israel al pueblo, recibió una garantía de Dios, la única que ofrece completa confianza: Ve, porque Yo estaré contigo (Ex 3:12). Es la misma certeza prometida a los profetas y a otras personas enviadas por Dios para una misión importante en el plan divino (Jer 1:8; Jud 6:16).

María recibió esa misma seguridad cuando el ángel le dijo: El Señor está contigo (Lc 1:28). La persona de Jesús es la expresión viva de esa garantía, porque su nombre es Emmanuel, Dios con nosotros. Él estará junto a sus discípulos, junto a nosotros, hasta el fin de los tiempos. En esto comprobamos la autoridad de Cristo. La comunicación con nuestro Señor no precisa palabras; si estoy abierto a su presencia en mi vida y vivo con plena consciencia de su compañía, experimentaré vivamente la Alegría del Evangelio de la que tan cálidamente habla el Papa Francisco:

“Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino.

En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad.” (Evangelii Gaudium)

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¿Qué significa ver a Dios?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 21-5-2017, Sexto Domingo de Pascua (Hechos de los Apóstoles 8:5-8.14-17; 1Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)

Por supuesto, ver a Dios no es algo que hagamos con nuestros ojos. Se trata de tener evidencia, y la evidencia significa certeza innegable, claridad. Es lo que el apóstol Tomás le pidió a Jesús…y no le fue negado. Hoy Cristo nos dice: Ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. La evidencia es su vida en nosotros y esta nueva vida se manifiesta sobre todo de dos maneras: la Purificación y la Paz. Podemos llamarlas “evidencias” porque manifiestamente no vienen ni de este mundo ni de mis esfuerzos.

Tenemos una idea bastante limitada de lo que es la purificación. Por ejemplo, típicamente la asociamos con el sufrimiento, pero hay mucho sufrimiento en nuestras vidas y en el mundo que nada tiene que ver con la purificación. Si bien es verdad que la purificación comporta algún tipo de dolor o incomodidad, algunas veces es extremadamente gozosa y liberadora. Esencialmente, la purificación es ser podados por el Espíritu Santo.

Somos podados de todo lo que es inútil y entorpece nuestra vida espiritual; somos podados también de nuestra ramas que dan fruto, de manera que seamos capaces de desarrollar otras que produzcan más fruto. Esto no es siempre obvio y algunas veces no entendemos del todo por qué es tan importante: Por lo tanto, si tu mano o tu pie te hace pecar, córtatelo y tíralo. Es preferible entrar en la vida eterna con una sola mano o un solo pie que ser arrojado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies.  Y si tu ojo te hace pecar, sácatelo y tíralo. Es preferible entrar en la vida eterna con un solo ojo que tener los dos ojos y ser arrojado al fuego del infierno.

Cualquiera que sea la purificación de que hablemos, somos podados por la Palabra de Dios: Ustedes ya están limpios, gracias al mensaje que les he comunicado (Jn 15:3). Todos estamos condicionados por nuestro pasado y nuestra forma estrecha de mirar la vida y las Escrituras.

Dice nuestro padre Fundador, Fernando Rielo, que la purificación comienza ya en los primeros pasos de nuestra vida mística. A condición de que guardemos los pequeños mandamientos de Cristo (la forma auténtica de obediencia complaciente en nuestra mente y nuestra voluntad) entonces venceremos toda depresión de nuestra fragilidad sicológica.

De hecho, la persona orante es consciente de la purificación porque las heridas internas de las pasiones cesan de sangrar. En el Evangelio de Lucas se nos habla de la mujer que tenía flujo de sangre diciendo que: …se acercó detrás de Él y tocó la franja de su manto, e inmediatamente cesó el flujo de sangre (Lc 8: 44). Cuando nos acercamos a Cristo, sanamos inmediatamente: la sangre de las pasiones deja de fluir. Las imágenes, las circunstancias, las personas que nos escandalizaban, dejan de hacerlo. En otras palabras, cuando hay personas o cosas que nos perturban, es claro que estamos heridos por los ataques del diablo.

Cuando somos purificados vemos a las personas y a todas las cosas como criaturas de Dios. Consideramos, especialmente a las personas, como imágenes de Dios, que están llenas de amor. Por ello, quien es revestido con la gracia de Dios, ve a los demás revestidos con la misma gracia. Veo a Dios en todo ser humano. Cuando lavo las heridas de un leproso, siento que estoy cuidando al mismo Señor ¿No es una experiencia hermosa? (Madre Teresa de Calcuta).

¿Hay otros signos de esta purificación? ¿Qué sacamos con ser purificados?

* Somos limpiados de los efectos y del dominio del Instinto de Felicidad (la zona más profunda de nuestra purificación ascética). Sí; este Instinto puede ahogar nuestra oración con prisas y ansiedades. Hace falta tiempo para ver las cosas más objetivamente, un poco de lejos. Hace falta tiempo para ayudarnos a vencer nuestros prejuicios y permitir a Cristo habitar en nosotros; Él marcará el ritmo: Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada pueden hacer.

¿Alguna duda? He aquí el testimonio sorprendente de una santa:

Santa Rosa Filipina Duchesne (1769–1852), misionera francesa en América, parece que fracasó en todo lo que intentó hacer. Fue enviada a América y soñaba con formar a los nativos de Norteamérica, pero se le encargó que abriese una escuela para los granjeros y los comerciantes. Su institución fracasó estrepitosamente y fue enviada a abrir varias escuelas y un convento, donde su estilo tradicional chocó con todo el mundo. Los niños, las monjas e incluso el obispo, no estaban de acuerdo con su forma de vida, que les parecía anticuada. El hecho de que no hablaba inglés tampoco era muy favorable en nada. Cuando por fin fue a un poblado nativo, tenía más de 70 años y una salud frágil. Estuvo allí sólo un año.

Cuando volvió al convento de Florissant, eligió como dormitorio un hueco debajo de las escaleras. Diez años después falleció, con la impresión de haber fracasado en todos sus intentos. Pero su perseverancia en la oración y en los sufrimientos fue una inspiración para todos los que la conocieron. Incluso los niños de la escuela esperaban para verla al salir de la capilla, pues decían que después de la comunión se le notaba una luz especial en su rostro. El Padre DeSmet (misionero en las Montañas Rocosas) la visitaba a menudo y decía que Nunca me fui sin la impresión de haber estado conversando con una santa. Su vida quizás no estuvo salpicada de éxitos, pero todos los que la conocían se sentían llamados a vivir el Evangelio con mayor entusiasmo y fervor. Esa es la misión del apóstol, acercar siempre más personas a Cristo.

* La pureza es el fruto de haber hecho vida toda la palabra de Cristo, que nos libra de los apegos en los cuales inevitablemente caemos si nuestro corazón no está en Dios y en su enseñanza. Estos apegos pueden ser a las cosas, a las personas o a nosotros mismos. Pero si nuestro corazón está recogido sólo en Dios, todo lo demás se desvanece.

Seguir el mandamiento del amor es la garantía para merecer esa purificación. Como dijo Chiara Lubich:

Como individuos aislados somos incapaces de resistir a largo plazo las incitaciones del mundo. Sin embargo, el amor mutuo proporciona un entorno capaz de proteger toda nuestra verdadera vida cristiana y, en particular, nuestra pureza. Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.

Esos son los frutos de la pureza, que han de reconquistarse continuamente. Podemos “ver” a Dios, es decir, podemos comprender su acto en nuestra propia vida y en la historia; podemos oír su voz en nuestro corazón; podemos discernir su presencia en el pobre, en la Eucaristía, en su palabra, en la comunión fraterna, en la Iglesia.

* Y, como antes señalamos, el signo genuino de la purificación no es simplemente el sufrimiento, sino la fecundidad apostólica de una rama podada: Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí. La esterilidad es el primer signo que da un religioso que no es puro.

Todos deseamos la paz. Estamos cansados porque cada día tenemos que librar muchos combates. Hay conflictos y tensiones en casa, en el trabajo y en la iglesia. Las personas no se hablan, o murmuran y transmiten amargura. Estamos agotados por las responsabilidades y por nuestros compromisos. No es sorprendente que la idea de la paz que tiene el mundo es estar libre de la tensión y de los conflictos humanos.

Por el contrario, la paz de Cristo viene de un compromiso siempre mayor con nuestra misión y nuestras responsabilidades. La paz se produce al continuar la misión del mismo Cristo de proclamar la Buena Nueva a todos, como San Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero (Hechos 14: 19-28). La paz se produce al decir “Sí” a Jesús. De hecho, esa fue la paz de Pablo. Su conciencia estaba limpia. Su vida estaba llena de situaciones peligrosas. Pero nunca dejó de cumplir la misión encomendada. Es difícil creer cómo fue apedreado casi hasta morir y sin embargo se levantó y regresó a la ciudad. San Pablo no tenía miedo a la muerte ni a sus enemigos. Estaba dispuesto a enfrentarse a la muerte y al sufrimiento; no temía proclamar la Buena Nueva, porque nada le podía detener. Sin perder tiempo, al día siguiente, continuó su viaje para predicar el Evangelio a otro lugar. No había tiempo para lamentarse o quejarse. Esa era la paz que experimentaba San Pablo. Una paz que venía de hacer la voluntad de Dios al proclamar la Buena Nueva a todos.

Pero, más que nada, la paz se logra cuando estamos seguros de Su presencia entre nosotros; Cristo dijo a los discípulos No se turbe su corazón; Oyeron que yo les dije: “Me voy, y vendré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían porque voy al Padre, ya que el Padre es mayor que yo”. Nunca sufrimos en soledad. Un cristiano no sufre solo, porque el Padre está en él, en su Hijo y en el Espíritu Santo.

Finalmente, pensemos en la persecución que sufrieron los primeros cristianos, como relatan los Hechos de los Apóstoles (14,19-28). Desde un punto de vista puramente humano, esta situación podría haber originado el colapso del cristianismo. Pero, de hecho, la persecución tuvo precisamente el efecto contrario, pues como Lucas nos recuerda siempre, la Iglesia recibió los dones del Espíritu y tales obstáculos no hicieron más que alentar el avance del Evangelio. Si no se hubiera dado la persecución de la Iglesia en Jerusalén, los discípulos no se habrían dispersado en las áreas vecinas de Judea y Samaria. La persecución resultó ser una bendición camuflada. Esta es la paz que el mundo no puede tener.

El Evangelio de hoy nos lleva al lugar donde Cristo celebró su última Cena con sus discípulos. Entonces revela su promesa de enviar al Espíritu Santo, como presencia segura, pero también la promesa de la llegada del Padre y de Él mismo en la intimidad de sus discípulos que, por medio de la fe, han creído en Él y han guardado sus mandamientos.

¿Qué es ser un pueblo sacerdotal?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 14-5-2017, Quinto Domingo de Pascua (Hechos de los Apóstoles 6:1-7; 1 Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12)

El Evangelio de hoy nos proporciona la respuesta de Cristo a la pregunta: ¿Cómo podemos seguirte? Siendo miembros de su sacerdocio real.

Por favor, leamos con humildad las siguientes palabras de san Juan Pablo II:

En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el fundamento de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la cual su misma existencia cotidiana se transforma en sacrificio espiritual aceptable a Dios por Jesucristo (1Pt 2:5). Esto sucede no sólo con la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para gloria de Dios, sino también con la vida de oración, con el diálogo suplicante dirigido al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. (Familiaris Consortio).

Esta referencia del sacerdocio ministerial a lo que san Juan Pablo II llama frecuentemente sacerdocio bautismal, común a todos los fieles, a todos los cristianos bautizados, ordenados o no, es extremamente importante, pues señala que el modo fundamental de compartir el sacerdocio de Cristo tiene lugar en el bautismo. Es la Iglesia, la comunidad de bautizados es la raza escogida, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo de Dios (1Pe 2:9). El sacerdocio ministerial existe en la Iglesia como un ministerio de servicio, para lograr que la Iglesia sea lo que está llamada a ser: un pueblo sacerdotal.

El Evangelio de hoy es parte de una larga conversación (Jn 13:1 a 17:26) entre Jesús y sus discípulos en la última cena, en la víspera de su arresto y muerte, es el Testamento que nos dejó. En él, Cristo manifiesta su último deseo relativo a la vida en común de sus discípulos.

¿Cómo podemos vivir en comunidad con tantas opiniones diferentes? Cristo responde con una exhortación: ¡No se turben sus corazones! En casa de mi Padre hay muchas moradas. Su insistencia en palabras de ánimo que ayuden a vencer dificultades y divergencias significa que siempre habrán diferentes tendencias y sensibilidades, cada una pretendiendo ser más verdadera que las demás. Pero Cristo recuerda: En casa de mi Padre hay muchas moradas. No es necesario que todos tengan la misma sensibilidad. Lo que importa es que aceptemos a Cristo como la revelación de nuestro Padre y que, por amor a Él, tengamos todos una actitud de servicio y amor mutuo. El amor y el servicio son el cemento que une a todos los ladrillos de la pared y transforma las diferentes personas y comunidades en hermanos y hermanas.

En términos concretos: ¿Cómo puedo ser una persona sacerdotal? Por supuesto, no es sólo el fruto de mi esfuerzo personal, sino de una cooperación con el Espíritu Santo. Dicho de forma sencilla, desde el punto de vista de este sacerdocio, he aquí algunas manifestaciones tangibles, algunos signos visibles de quien comparte la personalidad de Cristo:

1. Una persona sacerdotal es una Persona de Eucaristía. Si queremos ser auténticos sacerdotes de Jesucristo, hemos de hacernos sacrificio vivo, personas agradecidas y que manifiestan gratitud. Especialmente en la Eucaristía, cuando el celebrante dice: Oren, hermanos, para que nuestro sacrificio sea aceptable a Dios Padre Todopoderoso, hemos de hacer ofrenda consciente y explícita de nuestra vida: sufrimientos, alegrías, impotencia y sueños.

Cuando recibimos la Eucaristía, nos unimos a quien se hace comida y bebida por los demás. Así ha de ser en nosotros cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo: nuestra vida, también, deben y pueden transformarse en fiesta para el pobre. Nosotros debemos también ser comida y bebida para el hambriento.

Eucaristía y oración continua: si nos falta celo al ser sus sacerdotes, es decir, al proclamar que Cristo es Camino, Verdad y Vida para los demás, es porque no lo conocemos bien. Si le conocemos personalmente y nos damos cuenta del amor completo que nos profesa, desearemos que todos le conozcan. En resumen, es sólo con un estado de oración como podemos ser auténticos sacerdotes de Dios. Antes de que podamos llevar a otros a Dios, se presupone que lo conocemos íntimamente nosotros.

2. Una persona sacerdotal es Portadora de Alegría. La alegría del sacerdocio tiene su origen en el corazón y la mente de Cristo. Antes de despedirse de los Apóstoles el Jueves Santo, Jesús les manifestó: Les digo esto para que su alegría sea plena.

Un discípulo de Cristo puede ser enérgico y activo, pero si deja amargura, incomodidad o malestar en los demás, su vida no nos recordará precisamente a Jesús….

3. Una persona sacerdotal es un Faro de Esperanza. El mundo tiene necesidad de Dios, escribía el Papa Benedicto en su carta encíclica “Spe Salvi”. La razón de ello es sencilla:

No nos define la presencia de la finitud de las cosas y del mundo en nuestra consciencia; antes bien, la presencia de la infinitud del Absoluto. Nos define lo más, nunca lo menos. Por eso, todo ser humano tiene deseo, aspiración y sed de Absoluto; tendencia al bien, a la verdad y a la hermosura; capacidad de amar, creer y esperar. (Fernando rielo, Concepción Mística de la Antropología).

Benedicto XVI destacó la vida de un brillante testigo de la esperanza en su encíclica sobre esta virtud: la vida del Cardenal Francisco Javier Nguyen Van Thuan (1928-2002): “El fallecido Cardenal Nguyen Van Thuan, prisionero por trece años, nueve de ellos en confinameinto solitario, nos ha dejado un precioso librito: Oraciones de Esperanza. Durante trece años en la cárcel, en una situación de aparente desesperación total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza, que después de su liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la esperanza, esa gran esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches de la soledad”.

4. Una persona sacerdotal es un Modelo de Compasión. En el antiguo Testamento, una actitud de compasión hacia los pecadores aparecería un poco extraña a lo que se entendía por sacerdocio.

A diferencia de los sacerdotes levíticos, la muestre de Jesús fue esencial para su sacerdocio. Es un sacerdote de la compasión. Su autoridad nos atrae por su compasión, por el calor de sus palabras, su penetrante mirada de afecto a cada uno de nosotros, la firmeza de su fe. En definitiva, existe para los demás: vive para servir.

La compasión de Cristo es mucho más que un sentimiento pasajero de lástima o pena. Es más bien una aflicción profunda, una pena desgarradora por la condición de las personas. La compasión de Cristo sana y alimenta, perdona las grandes deudas, cuida los cuerpos heridos hasta devolverles la salud y acoge a los pecadores, dándoles un puesto de honor. Su profunda emoción le mueve a actuar, yendo mucho más allá de lo que un pastor se supone que haría por sus ovejas.

Una persona sacerdotal es quien se da a sí mismo con alegría por los demás. Hemos de mirar a nuestro sacerdocio, sea el bautizado o el ministerial, y preguntarnos por quién vivimos y a quién amamos realmente ¿Nos damos con alegría a los demás? ¿Mostramos compasión por nuestros hermanos y hermanas que están quebrantados, que sufren o están en los márgenes de la sociedad y de la Iglesia?

5. Una persona sacerdotal es un agente de la Nueva Evangelización. La Evangelización ad gentes se refiere a quienes no han conocido a Jesucristo, y la nueva evangelización está dirigida a los que se han separado de la Iglesia, los que han sido bautizados, pero no suficientemente evangelizados ¡Esto está en el corazón de nuestro carisma idente!

Ser apóstol significa compartir el profundo deseo de salvación que tiene el mundo y hacer nuestra fe inteligible, comunicando el sentido de la esperanza:

Estén siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de vuestra esperanza; pero con mansedumbre y respeto (1 Pt 3:15).

La humanidad necesita esperanza para vivir los tiempos actuales. El contenido de esta esperanza es “Dios, que tiene un rostro humano y nos ha amado hasta el final”.

El no ser consciente de esta necesidad produce una especie de desierto y de vacío. De hecho, los obstáculos para la nueva evangelización son precisamente la falta de alegría y esperanza en la gente, causada y extendida por muchas situaciones del mundo de hoy. Frecuentemente, esta falta de alegría y esperanza es tan fuerte que afecta la vida de nuestras comunidades. Esta es la razón por la que hemos de renovar la visión de nuestra misión apostólica, no simplemente como una responsabilidad añadida, sino como un modo de restaurar la alegría y la vida en situaciones dominadas por el miedo.

Por parte del Espíritu Santo, su misión concreta y explícita incluye una renovación de nuestra Fe, Esperanza y Caridad:

Por lo tanto no nos rendimos; más bien, aunque el hombre que somos exteriormente se vaya desgastando, ciertamente el hombre que somos interiormente va renovándose día a día (2 Cor 4:16).

En nuestro Examen Místico (Unión Transfigurativa) tengo que observar cómo la Fe, la Esperanza y la Caridad nunca son las mismas. Cambian y a menudo de forma sorprendente. Por ejemplo, cuando siento la luz de la fe en los momentos oscuros (cosa que no puedo prever) o cuando siento esperanza y fuerza justo después de haber pecado gravemente, o cuando siento amor por persona que nos tienen una visión muy diferente de la vida, especialmente los que no tienen nada en común conmigo, los que son amenazantes o los que son mis enemigos…especialmente los que rechazan mis intentos de amarles.

Despertemos, pues estas cosas están ocurriendo ya en nuestras vidas. No es un premio o una recompensa a un cierto “nivel de santidad”, sino que se trata de gracias y dones que no estamos acostumbrados a observar y sentir. Vemos y aprendemos poco a poco, a través de la enseñanza íntima del Espíritu Santo, que el hombre nuevo tiene una forma nueva de pensar y de vivir.

Cristo le dice a Felipe, sin rodeos, que cualquiera que crea en Él hará las obras que Él hace, y otras aún mayores. Hoy somos llamados a creer y ver a Cristo en acción en nuestro corazón, en nuestro prójimo y en la Iglesia que él fundó, a pesar de que pueda ser a veces muy pecadora. La fe nos permite reconocer a Cristo en todas partes.

¿Cuál es la diferencia entre religión y vida espiritual?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 7-5-2017, Cuarto Domingo de Pascua (Hechos de los Apóstoles 2:14.36-41; 1 Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10)

Una muy sencilla. La Religión es, cuando se entiende bien, espiritualidad en comunidad. Por tanto, no sorprende que en estos tiempos de individualismo muchas personas digan: Yo no soy religioso, pero soy una persona espiritual. La traducción de esa frase es: “No tengo nada que aprender de nadie”.  Se trata de personas muy individualistas o, incluso peor, que han sido heridas por los miembros de alguna iglesia: son víctimas de un escándalo (a veces del escándalo de nuestra mediocridad). Más aún, algunos católicos sostienen que confiesan sus pecados directamente a Dios: no necesitan ningún mediador humano.

Hoy celebramos el Domingo del Buen Pastor, que es también el Domingo Mundial de las Vocaciones. Es también una imagen que nos muestra que pertenecemos a un rebaño y que estamos llamados a vivir en comunidad. Algunas veces tendemos a sustituir la relación por el trabajo o la actividad, para encontrar nuestra seguridad material o personal, sea en términos de comodidad o para hallar sentido a nuestra existencia. Por ejemplo, algunos padres trabajan duramente para llevar dinero a casa, pero no tienen una relación verdadera con la familia y los hijos. Análogamente, algunas personas religiosas contemplan su celibato como una ocasión para tener más tiempo para trabajar, en vez de verlo como una gracia para amar a todos por igual.

De modo que hoy tenemos ocasión de recuperar nuestro sentido de comunidad, pero sobre todo nuestra relación con las personas divinas. Sin esta relación consciente, la vida nos resulta vacía, desencaminada por el mundo, en vez de ser guiada por la sabiduría divina. Recuperemos lo que es prioritario y las cosas auténticas que debemos buscar en nuestra vida cotidiana.

A nuestro orgullo no le gusta la metáfora de la oveja: ¿Soy una oveja? ¿Eso significa que no puedo ir a mi aire? Pero Cristo considera la metáfora de la oveja muy apropiada para describir al ser humano. Sí, oveja, necesitas un pastor. En agudo contraste con esta visión egocéntrica de nuestra naturaleza espiritual y religiosa, Jesús deja claro que Él es la Puerta a la vida eterna. Él es Camino, Verdad y Vida. Las ovejas van errantes cuando se las deja solas, necesitan pasto, pero han de ser llevadas a él y están en peligro de ser atacadas por los depredadores; necesitan protección.

Nuestro Padre Fundador nos enseñó a escuchar las tres voces de las personas divinas. El Padre deja en nosotros la marca de su confianza, haciéndonos sus herederos y co-herederos con Cristo. Ahora bien ¿Cuál es la voz de Jesús, el que se autoproclamó pastor? En resumen, nos dice: Fíjate cómo respondo a la voz del Espíritu.

Cristo permitió que el Padre afirmara su identidad. Antes de enfrentarse al maligno en el desierto y antes de obrar un milagro, fue afirmado por el Padre: Este es mi Hijo querido, en el que me complazco. Una persona demuestra verdadera humanidad cuando permite a la Palabra de Dios y al Espíritu de Dios afirmar su identidad como hijo, como hija. De esta forma, recibe la luz y la fuerza necesarias: desde el Huerto de Getsemaní hasta el momento de entregar su espíritu, Jesús no se centró en su propia agonía, sino en lo que sucedería si cumplía el plan del Padre.

Tenemos la misma experiencia, aunque quizás una mala memoria espiritual. Olvidamos que Dios nunca apagó la llama de nuestra fe; más bien, estamos aquí hoy porque el Espíritu Santo responde cuidadosamente a los pequeños esfuerzos hechos con fe, haciendo algo inesperado. Lo inesperado sucede cuando de forma consciente, continua y perseverante intentamos imitar el estilo de Cristo. Estos dones inesperados son formas nuevas y vigorosas de nuestras limitadas fe, esperanza y caridad. En el examen semanal, llamamos a esto unión transfigurativa, un vínculo nuevo entre Dios y yo, una buena razón para estar agradecidos.

Recordemos tres ejemplos:

Primero: Hace algunos días celebramos la fiesta de San Esteban; imitó a Cristo tan fielmente que compartió su Pasión y Muerte a la perfección. Incluso el modo en que murió fue semejante al de Cristo, pues Jesús dijo algo muy parecido a lo que Estaban exclamó cuando miró al cielo y vio la gloria de Dios y a Cristo a la derecha del Padre: “Veo los cielos abiertos y al Hijo de Hombre a la derecha del Padre”. Finalmente, como Cristo, suplicó el perdón para sus enemigos.

Con su vida y con su muerte, logró que Pablo, que fue testigo de su martirio, cambiase radicalmente y reflexionase sobre el momento de la muerte de Esteban: Los testigos se quitaron los mantos, confiándolos a un joven llamado Saulo. Eso preparó el camino para su conversión, cuando el Señor se le apareció en Damasco. Una sorpresa notable para Esteban, para Pablo y para todos.

Segundo: En su primera homilía como Papa, Benedicto XVI dijo:

La llamada de Pedro a ser un pastor…sucedió después del relato de la pesca milagrosa.. Allí también, los discípulos no habían pescado nada en toda la noche; allí también, Cristo invitó a Simón una vez más a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro, dio la maravillosa respuesta: “Maestro, sólo por tu palabra, echaré las redes”. Y entonces recibió la misión:No tengas miedo, en adelante serás pescador de hombres”.

Remar mar adentro, otra hermosa forma de ilustrar lo que es el éxtasis.

Tercero: San Martín de Tours. Un día, en un duro invierno con fuertes heladas, cuando muchos morían de frío, Martín iba marchando con otros soldados y se encontró con un pobre hombre, medio desnudo, temblando de frío y suplicando alguna limosna a los que pasaban. Martín, viendo que los que iban delante no se fijaban en el pobre mendigo, creyó que le estaba reservado a él. Por haber ayudado a otros, no le quedaba nada sino sus armas y sus ropas. Sacó su espada, cortó su manto por la mitad y le dio una al mendigo, abrigándose él en la otra. Algunos de los testigos rieron por el aspecto que tenía, mientras otros se avergonzaron por no haber ayudado al pobre hombre.

La noche siguiente, Martín vio en sus sueños a Cristo, vestido con la mitad del manto que había dado y fijándose bien, se preguntó cómo Jesús llegó a saber de ello. Entonces escuchó a Cristo decir: Martín, que es aún un catecúmeno, me vistió con esta ropa. Esta visión inspiró al santo con nuevo ardor y le impulsó a recibir el bautismo enseguida, lo que hizo a sus dieciocho años.

En nuestro diálogo con Cristo y el Espíritu Santo, hay lugar para los sueños, los sucesos sencillos, los encuentros con diferentes personas, las emociones y los deseos más profundos de nuestro corazón.

Una palabra sobre lo que es ser Pastor

En Palestina, el pastor llevaba las ovejas al redil cada noche. Era una pared circular con una apertura o puerta por donde entraban las ovejas. Una vez que estaban dentro, el pastor dormía en esa apertura o puerta toda la noche. Las ovejas no podían salir sin pasar sobre el pastor, por lo cual se quedaban dentro toda la noche. Cristo es la puerta; todo el que entra a través de Él está seguro, y podrá seguirle afuera para encontrar pasto. Otros roban y matan, pero Jesús es el Buen Pastor.

Esta imagen del pastor contrasta completamente con la imagen tradicional del gobernante secular, y especialmente el que es egoísta. El gobernante vivía en un palacio; el pastor dormía en la puerta del redil. El gobernante estaba protegido del sufrimiento y la pobreza; el pastor tenía que soportar los elementos y la intemperie. El gobernante estaba protegido del contacto cotidiano con su pueblo; el pastor tenía la misión de guiar sus animales díscolos cada instante. Un pastor de esos días no caminaba tras el rebaño, golpeando con una vara para que se moviese. Caminaba delante, buscando un camino seguro para hallar alimento, aguay refugio. Las ovejas le seguían, porque reconocían su voz y confiaban en él. Jesús nos dice que es esa clase de Buen Pastor. Él guía y nosotros le seguimos.

¿Estamos listos para guiar así a las almas que Cristo nos confía?

El Evangelio nos da los principios para dirigir nuestras vidas, pero no instrucciones detalladas para todas las situaciones. Por tanto, todo lo que hacemos o decimos hemos de consultarlo a Cristo y buscar su consejo en nuestra toma de decisiones. Por eso es importante que continuemos reflexionando y discerniendo sobe cómo aplicar el evangelio a los nuevos retos de cada día.

Los judíos preguntaron a Pedro y a los apóstoles: ¿Hermanos, qué hemos de hacer? y Pedro respondió: Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Encontró una respuesta en la persona, la vida y la enseñanza de Cristo. No dejó nunca de considerarlo su Pastor.

Así que la pregunta es: ¿Escuchamos claramente a Cristo? ¿Tenemos suficiente intimidad con Él como para reconocer su voz en medio de nuestras actividades?

No nos desanimemos; somos discípulos y podemos seguir aprendiendo cada día. El Recogimiento y la Quietud son nuestros campos de batalla esenciales y primordiales para ello.

 

P. Jesús Fernández: La conciencia filial es modelo de vida para los misioneros identes

By | Actualidad Idente, Evangelio | 2 Comments

Por el P. Jesús Fernández, Presidente del Instituto Id de Cristo Redentor misioneras y misioneros identes.
Lección espiritual impartida por el P. Jesús Fernández dedicada a Nuestro Padre Celestial.

Nuestro Fundador, Fernando Rielo, no quería que nada se le atribuyera; en su corazón estaba solo el Padre, concelebrado por el Hijo y el Espíritu Santo. Era en el Corazón del Padre donde tenía que apoyarse la Institución, y no en él. Murió como vivió: silenciosamente, bajo el asombro del Padre, y su deseo de amar, servir e identificarse con su Hermano Primogénito Jesucristo, como él nos decía con frecuencia. Se pasó la vida “mirando al cielo”, su verdadero y entrañable Hogar. Permanecía en actitud reverente, y muchas veces con lágrimas en los ojos. Era una actitud adorante y de dulzura silenciosa. Sus lágrimas, lágrimas de serenidad y de ternura, eran de súplica a Cristo y a María para que lo llevaran a la Casa de su Padre.

Creo que la unión mística de nuestro amado padre Fundador era continua, de día y de noche, conformándose con las Personas Divinas. Se unía al Creador en todas las cosas, y con exquisita caridad. Toda su vida era un crecer en la perfección del amor al Padre, no sin el Hijo y el Espíritu Santo. Toda su existencia era glorificar al Padre en Cristo con la gracia del Espíritu Santo. De este modo, se hizo servidor de todos a imagen y semejanza de Jesucristo. Nuestro amado Fundador, un fundador que llora por servir más y mejor a la Iglesia fundada por Jesucristo, en la persona del Santo Padre, pasa su mayor tiempo en el Monasterio de Santa Cruz en Tenerife, y sus 16 últimos años en nuestra casa de Queens en Nueva York.

Siempre nos decía: “Ayudad al máximo número de personas para que vivan, en relación con el Padre, una verdadera conciencia filial como Cristo la vivió”. Nos pedía tener la máxima intimidad y familiaridad con las Personas Divinas. Su deseo era que amásemos y que orásemos continuamente. Este estado de oración es el que nos podía llevar a un verdadero espíritu de servicio. Pedía constantemente al Padre lo que debía hacer, y no hacía nada que no tuviera esta paterna percepción espiritual. El grito de Cristo al Padre, ante la llamada urgente a la unidad, fue su vida, su deber y su amor.

De este modo, la obra maestra que el Padre quiere para nosotros lo vemos en las palabras de Cristo ante la inminencia de su pasión: “Padre, que sean uno como tú y yo somos uno” (Jn 17,21). En otro momento, nos dice: “Cuando oréis, decid: ‘Padre…’” (Lc 11, 12). En la primera carta de san Juan vemos: “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos”. (1Jn 3, 1). Es impresionante que, como dice el Nuevo Testamento, Dios quiera ser nuestro Padre y que, de verdad, nosotros seamos sus hijos. Nos dio la potestad de hacernos hijos de Dios, como nos revela el prólogo del Evangelio de san Juan (Jn 1,12). Es una auténtica realidad: la filiación mística por gracia. Somos verdaderamente hijos del Padre y hermanos de Cristo por gracia. De este modo, somos hijos en el Hijo por medio del Espíritu Santo. Por eso, podemos llamar a Dios: ¡Abba, Padre! (Rom 8,15).

Sabernos hijos profundamente amados desde toda la eternidad nos da una confianza sin límites. El Padre sale a nuestro encuentro porque nos ama, porque nos quiere enriquecer con su plenitud. ¿Qué tenemos que hacer? Dejarle espacio en nuestro corazón. Si renunciamos a nuestras pretensiones, a nuestra manera de pensar, de querer y de sentir las cosas, de modo que “tengamos los unos para con los otros los mismos sentimientos de Cristo” (Rom 15,5), nos enriqueceremos de la paternidad del Padre, de la fraternidad del Hijo y de la fuerza del Espíritu Santo. Tratemos a nuestro Padre Celestial con cariño y con ternura. Parece inaudito, inconcebible. La oración que Cristo nos enseñó fue el Padrenuestro, que es la oración, en Cristo y en el Espíritu Santo, de un hijo a su Padre.

La conciencia filial es modelo de vida para el misionero y la misionera identes. Tenemos que saber que el hombre se define por su conciencia de ser hijo. Somos seres únicos, irrepetibles y preciosos a los ojos de nuestro Padre Celeste.

El sentido de la vida es servir, como nos ha enseñado Cristo. El no servir va contra la vida misma. No servir al otro es querer ser servido, es replegarme sobre mí mismo. Eso es el egoísmo. Santo Tomás dice que el egoísmo es el desordenado amor a uno mismo y es la causa de todo pecado”. Cristo nos dice que “el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28). El egocéntrico sitúa el ego en el centro de la propia vida y constituye la raíz de todo desequilibrio sicológico. Es prácticamente difícil que el amor y el egoísmo habiten juntos: o bien el amor vence al egoísmo, o tristemente el egoísmo ahoga el amor.

La pérdida del amor al Padre conlleva la pérdida de muchas cosas. En primer lugar, la paz desaparece, pues el egoísta no conoce el descanso. Siempre quiere más poder y más dominio. Sospecha de las personas que le rodean, se compara con ellas y vive en casi permanente envidia y ansiedad. No se fía de nadie, ni de sí mismo. La venganza y la ambición forman parte de su horizonte. Hay que romper las cadenas del egoísmo con la oración, la Eucaristía y viviendo y transmitiendo el Evangelio. El egoísmo, hemos afirmado, se puede corregir, amando a Cristo, poniendo el yo al servicio de la comprensión, entendimiento, respeto y ayuda mutua.

Ningún egoísta sabe amar porque solo se ama a sí mismo, desconoce la paciencia, no sabe esperar, quiere todo ahora mismo, no es generoso ni misericordioso, es narcisista e incapaz de ser sencillo y de llevar con paciencia las posibles ofensas de los demás.

Contra el egoísmo que juzga siempre al prójimo, y se deja llevar de la ira fría y desordenada, se dice que no hay nada en este mundo que cueste menos y valga tanto como una palabra amable. Las palabras y los pensamientos amables tienen un poder que nacen del amor que el Padre nos tiene. Causan tanto bien a quien los dice como a quienes los escuchan. La palabra amable, en el ejercicio de la fe, esperanza y caridad, tiene como fruto la serenidad, el equilibrio y la fortaleza, llevando a nuestro corazón la paz, la alegría y la libertad interiores.

He aquí mi oración que, con vosotros, comparto en este día.

¡Padre! Te llamé, pero Tú me llamaste antes.
Vuela mi corazón al tuyo dejando invisible rastro de alegría.
No con cadenas, sino con hilo de estrellas quiere seguir atado al tuyo.
Dormido me dejaste en la cubierta de tu nave
con canciones de otros mares.
Un rumor de flores y de amores humedeció mi frente.
Mis ojos apenas alcanzaban a ver el color de tu bandera.
Las hojas plateadas sonaron fuertes, bajo el viento de abril,
avisando el toque del alba.
Un porvenir noble, inocente como juventud que grita libertad y justicia,
nace de la filial espera.
Pero el día va deprisa y la noche despacio.
Tu gracia y tu sonrisa me acompañan, Padre.
Poderosa es tu voz, para no conocerte,
y tu imagen hermosa sabe de historias vivas y de olvidos inconfesables.
Tú sigues dormido en el Hijo y en el silencio de la barca.
Eres, Padre, memoria de mi vida sepultada en tus caricias.
Se dice que la amistad es celeste, y tu color azul transparente.
Mi vida en tu vida es ausencia, pero no olvido.
Dame, Padre, un poco de tu misterio,
y déjame adivinar tu certeza de largos pasadizos.
Quiero salir oculto entre las zarzas
y buscar el grano que llevo dentro.
Quisiera decir: aquí ya no hay murallas del miedo y de la soledad,
solo torres para impedir el saqueo de las cosas del cielo.
Abandonado estoy a tu belleza, campo dormido en noches de estrellas.
Gracias, Padre, porque estás todavía en mis pobres palabras.
Te miro y guardo silencio.
Tu perfil aparece ante mi memoria y avanzo a tientas entre nieblas.
De muy lejos vengo descubriendo luces como un sueño.
Y Tú, como árbol plantado en la mar,
me enseñaste cómo nacen las raíces del mal,
también el hambre y la tristeza.
El peso de los vientos inciertos
se deslizan por las ondas de un mar
regado de espumas que se desangran en el tiempo.
El silencio de corazones conmovidos y sorprendidos
por la belleza de tu amor y en el grito de libertad por ser hijos de la luz.
Padre, soy viejo tronco que se desgaja poco a poco,
y en voz baja contempla a sus hermanos
que tiemblan de amor como mariposas blancas
ante el dolor sufriente de seres indefensos e inocentes.
Tu memoria, Padre, me rodea como llama de amor dulce en la vida,
dulce en la muerte silenciosa que espera.
Pero tus ojos deslumbran en llanto conmovido,
instante de luz para nuestro espíritu desamparado.
Gracias, Padre,
porque en fugaz segundo,
has conmovido al mundo.

Miedo y paz

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 23-4-2017, Segundo Domingo de Pascua (Hechos 2:42-47; 1 Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31)

Cristo siempre utilizó símbolos y tradiciones de la cultura Judía para comunicar su mensaje de una forma comprensible: Celebraciones de Pascua, ayuno, inmersión en el agua, enseñanzas de los Profetas,…Quizás la más sencilla es el saludo tradicional (aunque no solo Judío): La paz sea contigo ¿Cuál es el nuevo significado que Cristo da a este saludo cuando llega en medio de los discípulos y les dice: La paz esté con ustedes?

Cuando hablamos de lo que más deseamos en nuestra vida, la paz ocupa un lugar muy especial en la lista: Paz y tranquilidad, Paz interior, Paz mundial, Sólo un poco de paz y calma,…y finalmente, Descanse en paz.

Podemos llevar a cabo muchas buenas acciones, pero ninguna de ellas nos dará un sentido de paz real, duradero y profundo en nuestra vida. Quizá encontramos una solución, algo que nos hace sentir bien por un tiempo. Pero no tardamos mucho en estar buscando de nuevo. Siempre buscando, pero nunca hallando ese sentido de paz que desearíamos tener.

El mundo sigue viviendo con miedo. Tememos nuestro futuro. Tenemos no tener suficiente y por eso acumulamos. Tenemos miedo de otras naciones y por eso compramos armas. Tenemos miedo de nosotros mismos, de nuestro prójimo y también de Dios. Más que nada, tememos la muerte. Pero si hay miedo, no hay paz. La paz presupone que hayamos vencido el miedo. Por eso los discípulos de Jesús no tenían paz: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

El miedo es el fruto de la pérdida de la fe y la esperanza (en términos mundanos, algunos dirían miedo a lo desconocido). Y esa es la razón por la que nace el miedo, porque abandonamos la fe en Dios.

San Agustín lo expresó con precisión: Nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti. Él nos dice que no hay por qué tener miedo. Nos da una clase de paz que el mundo no puede dar. Primero, hace la paz entre tú y Él, quitando tus y mis pecados. El pecado con el que nacemos y el que cometemos en nuestras vidas. Como hemos celebrado en la Semana Santa, esto es el comienzo de un diálogo permanente, llamado oración, cuyo fruto más visible es la paz, según dice nuestro Fundador, Fernando Rielo, y nuestra experiencia.

Creyentes y no creyentes tendemos a pensar que la paz es simplemente un estado de nuestra mente o de nuestro espíritu…!Oh, no! De nuevo nuestra forma reduccionista de entenderlo todo….En contraste con esta forma de ver las cosas, deberíamos reflexionar sobre estas dos afirmaciones:

* Un acto de sinceridad, de bondad, de buen gusto hacia alguien, comporta una experiencia positiva, liberadora, cuyo fruto es la paz y la felicidad interiores. Afirma San Pablo que la felicidad, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la fidelidad, son fruto del Espíritu (Gál 5,22). (Fernando Rielo. Concepción Mística de la Antropología)

* ¡La paz de Jesús es una Persona, es el Espíritu Santo! El mismo día de su Resurrección, Él viene al Cenáculo y su saludo es: La paz esté con ustedes. Reciban al Espíritu Santo. Ésta es la paz de Jesús: es una Persona, es un regalo grande. Y cuando el Espíritu Santo está en nuestro corazón, nadie puede arrebatarnos la paz ¡nadie! (Papa Francisco. 20 Mayo, 2014).

En la medida que violamos la alianza con Dios, esto es, en la medida que somos injustos, quedamos privados del fruto de la justicia, que es la paz (Is 32: 17). Esta es la acción teantrópica: la acción de Dios (acción agente) en el ser humano con el ser humano (acción receptiva). La paz es no sólo un don divino, sino también una tarea humana.

Los apóstoles experimentaron la acción del Espíritu Santo de una forma explícita. Después, en Pentecostés, comprendieron cabalmente cuál es la misión del Espíritu Santo: morar en ellos permanentemente como Paráclito, o Consolador. Esta palabra significa “el llamado a estar al lado para ayudar”. En términos de la vida mística, el que lleva a cabo en nuestro espíritu la Purificación y la Unión con la Santísima Trinidad.

Como un ejemplo de ese deseable Canon continuo en nuestra relación personal con Dios, sabemos que la paz no se alcanza nunca de una vez por todas, sino que ha de ser construida continuamente. Esto explica por qué Cristo, como relata el Evangelio de hoy, fue por segunda vez a los apóstoles, cuando Tomás estaba con ellos. Jesús muestra así, con toda claridad, su misericordia y perdón incluso para los descreídos como Tomás y los ateos. Él les invita: Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no dudes, sino cree. Dios se identifica con los no creyentes en su vacío interior.

La paz es esencialmente un don de Dios, que transforma el hombre interior y que también ha de manifestarse al exterior. Por eso, el ser pacificador llega a ser una tarea de la Iglesia: Es más, como discípulos de Cristo: Hagan todo lo posible por vivir en paz con todo el mundo (Rom. 12:18). De hecho, la paz del hombre con Dios, consigo mismo y con los demás, son inseparables. Es más, como discípulos de Jesús, se nos concede la gracia de ser humildes instrumentos para iniciar esta reconciliación: A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados y a quienes se los retengan, les serán retenidos.

¿Por qué dijo Cristo a Tomás ¿Porque me has visto has creído. Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron? Puede parecer que éstos últimos tienen más mérito: algunos hablan de un meritorio “salto de fe”…Aunque esto sea cierto, es sólo la mitad de la verdad. Como hemos visto, y es nuestra experiencia personal, cuando recibimos el perdón de los pecados y cuando somos más conscientes de la confianza de Dios quien, a pesar de todo, nos da una misión. En esas circunstancias, no necesitamos ver, no necesitamos comprender muchas cosas; somos dichosos porque el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad (1Jn 5, 6).

Ese fue el caso de una persona religiosa, que me dijo que perseveraba en su vocación solamente porque algunas personas que le habían sido encomendadas necesitaban su apoyo y su testimonio.

La apertura es el puente entre nuestra débil fe y el poder del Espíritu Santo: apertura para buscar a Dios; apertura para ver a Cristo en los otros; apertura para encontrarle en los que no creen. Esta apertura es el instrumento de los que son humildes y mansos, los que se atreven a ser de nuevo niños en su relación con Dios. En palabras de S. Juan Pablo II: Hoy quiero añadir que la apertura a Cristo, que en cuanto Redentor del mundo « revela plenamente el hombre al mismo hombre », no puede llevarse a efecto más que a través de una referencia cada vez más madura al Padre y a su amor (30 Nov., 1980).

Sí; nuestra débil fe nos capacita para verle en aquellos que están llenos de su Espíritu y lo traen a nuestras vidas. Y también lo podemos encontraren el enfermo, en el débil, en el oprimido, en el pobre que está junto a nosotros y nos da la oportunidad de mostrar compasión por Cristo. Podemos incluso verle en los que nos son hostiles o nos hacen daño, en cuanto que nos retan a ser Cristo para ellos, con amor incondicional.

P. Jesús Fernández: “La vida y la resurrección tienen la última palabra, no la muerte”

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Por el P. Jesús Fernández, Presidente del Instituto Id de Cristo Redentor, misioneras y misioneros identes
Selección de la homilía impartida con motivo de la Pascua de Resurrección, en la Presidencia del Instituto en Roma.

El texto que sigue es una selección de la homilía impartida por el P. Jesús Fernández Hernández, Presidente del Instituto Id de Cristo Redentor, misioneras y misioneros identes impartida en la Pascua de Resurrección.

Resurrección y vuelta al Padre
Todo el misterio pascual de Cristo consistió en un itinerario de regreso al Padre, desde su nacimiento, hasta su muerte en la cruz, su posterior resurrección y, al final, su ascensión a los cielos. La cruz no fue, por tanto, el fin para Cristo, sino su regreso a la Derecha del Padre, a la plenitud de la gloria.
Resurrección y una nueva vida: honestidad, transparencia y responsabilidad
La Resurrección es un signo de vida. Cristo había dicho: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). La sociedad de hoy, con sus crisis y con sus signos de muerte necesita más que nunca anuncios claros de vida y de resurrección. La vida no surge del ruido, sino del silencio de la oración. Hoy los anuncios crean deseos de tener: para disfrutar, para imponerse, para mandar, para ser feliz, para ganar dinero… Quien no tiene no cuenta. Este es el mensaje, el anuncio publicitario. Pero Cristo, con su resurrección, anuncia otro horizonte de fuerza, de lucha, pero con paz y serenidad. La fuerza está en la verdad, no en la apariencia. El anuncio de Cristo con su resurrección es un anuncio de una nueva vida de honestidad, transparencia y responsabilidad.
La resurrección de Cristo, vencedor de la muerte, es su gran victoria: “Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Esa es la verdad. La mentira, la falta de honestidad, la injusticia, no tienen futuro.
Resurrección en comunidad
Los discípulos encontraron a Cristo resucitado en la comunidad, recordando sus palabras: “donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). Esto es, lo encontraron en la oración, en la Eucaristía y en la lectura de la Palabra, teniendo siempre presente que Cristo es el buen pastor que reúne a su rebaño.
¿Qué sucede ante el sepulcro vacío? Cada uno comunica al otro lo poco o mucho que ha visto, y juntos consiguen la luz necesaria para superar las graves dificultades que no faltan nunca, o las situaciones que crean confusión y nos desconciertan. Cristo se hace visible cuando nos movemos y nos comunicamos, no cuando estamos solos, quietos, preocupados por aquello que pensamos que es lo más importante, por aquello que creemos son nuestros derechos y libertades, despojando y debilitando las libertades de los demás.
Resurrección en proceso
¿Cuándo percibimos que Cristo resucitado está en nuestra vida diaria? Cada vez que resolvemos nuestros conflictos a la luz del Evangelio, cuando vivimos con sinceridad el espíritu que respira cada palabra del Evangelio, y sobre todo cuando reconocemos nuestras miserias humanas y pecados, nos amamos de verdad y nos perdonamos de todo corazón. Los que no aman no pueden perdonar. En el amor y en el perdón, que es lo más sublime del amor, está Cristo resucitado. La señal de que Cristo ha resucitado es que hay muchísimos actos de bondad y de santidad en el mundo. Si vivimos como Cristo nos amó, nuestra visión del mundo daría un cambio radical.
Han pasado veinte siglos y lo decisivo es “escuchar” en lo más íntimo de nuestro corazón la voz de Cristo resucitado y vivo en nuestros corazones, en la Iglesia, en la Institución, en nuestras comunidades; Él es la voz de nuestra Fe y de nuestra Esperanza.
Cristo resucitado es pura gracia santificante que vence en nosotros toda malicia o toda intención no sana. Ni en el sufrimiento ni en la muerte Cristo resucitado nos abandona. En realidad nos acompaña en el tránsito de este valle de lágrimas a la Jerusalén Celestial. La muerte no es lo último, solo la vida y la resurrección tienen la última palabra. Debemos apoyarnos y confiar en el Evangelio con una fe firme como la roca porque este donum fidei se apoya en alguien más fuerte que otorga la firmeza. Se trata de fiarnos de Cristo, de tener confianza en Él, porque Él es nuestra roca y nuestra salvación, como dice la Escritura (Sal 62,7).
Con las murallas de la soberbia del espíritu, causa de todos los males, es imposible comunicarnos con afecto y cariño con Cristo y con nuestro prójimo. Podemos creer muchas veces que hablamos con Él, pero si nos mantenemos detrás de la muralla no podemos oír o discernir su voz, y así nuestro corazón queda muy lejos de experimentar su misericordia.
Eucaristía: Agua Viva para mi resurrección continua
Necesitamos ser ayudados y escuchar las palabras de Cristo a la Samaritana en el pozo de Sicar: “Dame de beber” (Jn 4,7). Todo el diálogo parte del agua de nuestro bautismo que se transforma en gracia santificante en nuestro espíritu. ¿Está estancada en nuestro corazón esta agua de modo que sale turbia viendo solo en Cristo palabras fuertes, duras, sobre problemas importantes de la vida? Sin embargo, Cristo se acerca a ti y a mí con ternura, con afecto, con delicadeza, con una luz impresionante. Cuando leemos y vivimos el Evangelio, el agua turbia, llena de polvo y fango, empieza a moverse hacia la verdad y hacia la verdadera vida que es Cristo mismo. Se convierte en agua viva que salta hasta la vida eterna.
Esta agua viva, limpia, que sale del pozo de nuestra alma da el salto hacia un amor que no engaña, el Corazón de Cristo, que me ama como soy ahora mismo con mis defectos y debilidades. La Eucaristía es esta agua que forma parte de nuestra resurrección en proceso mientras caminamos en esta vida. Esta resurrección en proceso la expresa Cristo de diferentes modos, por ejemplo, en la conversación con Nicodemo, cuando le dice que: “Hay que nacer cada día de nuevo” (Jn 3, 1-21).