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                                                   New York, 30 de Diciembre, 2018.

                                                   Festividad de la Sagrada Familia

REFLEXIÓN, por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.

1 Libro de Samuel 1,20-22.24-28; 1 Juan 3,1-2.21-24; Lucas 2,41-52.

Durante una de mis últimas visitas a una de nuestras Provincias, tuve la gran alegría de observar que un número considerable de participantes en nuestro retiro espiritual de Motus Christi eran ex-musulmanes. Su principal razón para aceptar nuestra Fe fue, literalmente, que, al ver a nuestros hermanos y hermanas, encontraron una verdadera familia. Esto es una alegría, pero no una sorpresa: Un nuevo mandamiento les doy, que se amen unos a otros; igual que yo les he amado, ámense unos a otros. Así, todos sabrán que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros (Jn 13: 34-35).

La familia es importante no sólo como unidad básica de la sociedad humana, sino también como una institución divina. San Pablo, en su carta a los efesios, escribe: Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra (3:14).

Todos somos fruto de una familia; incluso ese niño recién nacido que fue abandonado en la papelera por una madre inconsciente y desesperada, es miembro de una familia, aunque sea enferma y disfuncional. El amor comienza en el hogar y lo mismo ocurre con otras realidades como el odio, el rencor, las contiendas, la ira y otras. En esencia, podemos decir que la familia como centro de aprendizaje temprano, es la raíz de todo bien y todo mal.

Cuando leemos en el Evangelio la genealogía de Cristo (Lc 3: 23-38), encontramos reyes malvados, una prostituta y personas infieles… y además Judá, la tribu más insignificante, fue la elegida para ser de donde vendría el Mesías. Así, Dios elige a personas débiles, humildes, desconocidas y comunes para que seamos Sus instrumentos de salvación.

Las enseñanzas de los padres en el hogar, antes que la educación impartida por los maestros en la escuela, tienen mucha influencia en los niños. Estos imitan cómo sus padres expresan sus sentimientos de felicidad, ira, tristeza y alegría. También imitan los movimientos y la forma de hablar de los adultos de la familia. Cuando vemos que un niño pierde los nervios o responde mal a un adulto, sabemos que eso lo debe haber aprendido de sus padres. Hoy sabemos que el feto comienza a escuchar las conversaciones de los padres, incluso sus peleas. El feto tiene algún tipo de reacción dentro del útero de la madre y eso afecta su desarrollo después del nacimiento. Tanto la enseñanza por el ejemplo como la enseñanza por la palabra tienen una influencia significativa en la generación siguiente.

Es por ello que las familias disfuncionales producen hijos que no son capaces de relacionarse al crecer. Como adultos, en la vida, son incapaces de mantener una relación equilibrada. De esa forma, a menudo la historia se repite, ya que sus matrimonios también terminan en divorcio.

A medianoche, un niño se despierta en su cama de hospital. Se siente muy asustado y muy solo. Sufre un dolor intenso: las quemaduras cubren el 40 por ciento de su cuerpo. Alguien lo había empapado con alcohol, y luego le prendió fuego. Comienza a gritar, llamando a su madre. La enfermera lo abraza con cariño; le acaricia y le susurra que el dolor desaparecerá antes de lo que piensa. Sin embargo, nada de lo que hace la enfermera, parece disminuir el dolor del niño. Sigue llorando y llamando a su madre. La enfermera no sabe que hacer e incluso se rebela… porque fue la madre del niño quien le había prendido fuego.

Parece que el dolor del niño al ser separado de su madre, a pesar de que ella le había hecho sufrir cruelmente, era mayor que el dolor de sus quemaduras. Este profundo apego a la madre hace que su separación de ella sea la peor experiencia que un niño pueda experimentar. Cuando los niños están creciendo, la presencia regular de los padres es una garantía constante de seguridad para todos ellos.

Aunque sean muchos sus defectos, la familia, es el contacto humano básico. Los padres son los primeros maestros del amor. Es de los padres donde el amor se aprende, o se contagia. Su afecto al niño le muestra a éste que es digno de ser amado. Y también le enseña al niño cómo amar. Pero, como sabemos, hay defectos en todas las relaciones humanas y en nuestra naturaleza humana. Por eso es importante que ofrezcamos a nuestros miembros de la familia, vivos y muertos, nuestro perdón.

Hoy hay muchos intentos de redefinir a la familia, pero ninguno refleja el plan de Dios para ella. No hay familias perfectas, así como no hay matrimonios perfectos. Como seres humanos todos somos imperfectos. Cuando las relaciones se ponen a prueba, podemos sentirnos heridos y ofendidos. Cuando las expectativas fallan, podemos estar decepcionados y sentirnos fracasados. Cuando las promesas se rompen, podemos experimentar un gran abatimiento.

No es exagerado decir que la mayor amenaza para el mundo de hoy es la destrucción de la familia humana. El Concilio Vaticano II consideró a la familia como la primera y más vital institución para la vida de la Iglesia y la sociedad. Hoy en día, vemos muchas rupturas en las familias, cuyo efecto se puede comprobar dentro de las propias familias, en la vida comunitaria y en la sociedad. Las personas se enfrentan a las secuelas del individualismo, el relativismo, el materialismo, el racionalismo y la secularización. Esto constituye un gran daño para los individuos, las familias, la sociedad y todo nuestro entorno. Para evitar una crisis tan grave, tenemos a la Sagrada Familia como la familia modelo que nos puede librar de tal destrucción.

Las familias son parte del plan de Dios. Todo niño tiene derecho a disfrutar de la seguridad del amor comprometido y del ejemplo constante, tanto de un hombre-padre como de una mujer-madre. Dios podría haberle pedido a Jesús que viniera a este mundo como adulto, pero no lo hizo así. Pidió a María que que concibiera a Jesús, y pidió a José que se casara con Ella, la amara y la protegiera y que fuera el padre místico de Jesús. Dios nos pide que cada niño tenga el don de una vida familiar auténtica.

Nuestro Dios Triuno, que es una Familia en sí Mismo, eligió a una familia humana para venir a este mundo y traer la salvación a la humanidad y eso es lo que celebramos especialmente durante la Navidad. Esta Familia se llama Santa porque amaba a Dios sobre todo y sus miembros estaban dispuestos a hacer la voluntad de Dios en todo momento. Apreciaron y celebraron la presencia de Dios en la familia.

La Sagrada Familia no sólo es el modelo para todas las familias naturales, sino también para las familias religiosas. Esto ha sido resaltado muchas veces por nuestro padre Fundador. ¿Por qué es así? Porque los lazos de la Sagrada Familia no se basaban meramente en el respeto a la ley, o en los esfuerzos que hicieron para vivir en armonía. Confiaron en la sabiduría divina y en sus planes:

Acuérdense de las cosas anteriores ya pasadas, Porque Yo soy Dios, y no hay otro; Yo soy Dios, y no hay ninguno como Yo, que anuncio el futuro desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi decisión será cumplida, y todo lo que quiero lo realizaré (Is 4: 6-9).

Una de las claves para el éxito en su misión fue la forma en que se escuchaban mutuamente. Esto es algo notable, porque sus vidas estaban llenas de sorpresas, circunstancias imprevistas, cambios de planes y persecuciones… pero no fueron víctimas de las prisas y la superficialidad, los principales obstáculos para organizar una comunidad, ya sea familiar, religiosa o de otra índole. Este es el diagnóstico de nuestro padre Fundador.

Un hombre conducía por una empinada y estrecha carretera de montaña cuando una mujer, que venía conduciendo en dirección opuesta, abrió la ventana y gritó: ¡Cerdo! Pensando que ella le estaba insultando, él inmediatamente se asomó por la ventana y le gritó airadamente: ¡Y tú también! Cuando el hombre dobló la siguiente curva, se estrelló contra un enorme cerdo que estaba en medio de la carretera y casi perdió la vida. Si tan sólo estuviéramos dispuestos a escuchar…

La principal razón por la que somos víctimas de la prisa y la superficialidad es que estamos demasiado ocupados para escuchar. No seamos ingenuos; estar ocupado significa no sólo tener mucho trabajo, sino también cavilar continuamente sobre nuestras preocupaciones personales, ideas o necesidades urgentes. Tratamos de evitar nuevas preocupaciones que absorban nuestra energía y el problema es que lo hacemos inconscientemente. Un padre llegó a casa después de un duro día en la oficina y le dijo a su esposa: Hoy tuve un mal día. Por favor, si tienes malas noticias esta noche, guárdatelas. A lo que ella respondió: Muy bien, nada de malas noticias. Ahora las buenas noticias: ¿Recuerdas a nuestros cuatro hijos? Pues tres de ellos no se rompieron un brazo hoy.

Hemos de aprender a escuchar no sólo lo que se dice, sino que también debemos tratar de discernir quién es la persona que está a nuestro lado. María conocía a su Hijo mejor que cualquier otro ser humano, y sin duda atesoraba en su corazón y en su memoria lo que Él dijo e hizo durante su vida oculta.

¿Conozco a mi hermano? ¿Sé de su familia, de su salud, sus compañeros de clase, su maestro favorito, sus miedos, sus necesidades e intereses …?

Cuando se celebró una boda en Caná en Galilea, Jesús todavía no había hecho ningún milagro. Estaba comenzando su vida pública. Su madre estaba allí; Jesús y sus discípulos también habían sido invitados. Cuando el vino se acabó, María le dijo: No tienen más vino. María conocía a su Hijo, su misión, sus dones, su hora: Hagan lo que Él les diga.

No hay mayor alegría en la vida que saber que los miembros de mi familia están siendo clave en la vida de los demás, sirviendo y amando a Dios y a nuestros semejantes. La tarea de los padres es discernir con sus hijos la forma responder a la voz de Dios dando la vida a otros, ya sea físicamente o en apoyo espiritual, moral y material.

Escuchar es un gran regalo que podemos dar a un ser humano. Ser escuchado, ser atendido, es saber que alguien me toma en serio. Es un acto redentor, un poderoso fortalecimiento de la unidad. ¿Por qué a Zacarías le fue impuesta la mudez mientras esperaba a su hijo? Probablemente, más que un castigo, fue la forma elegida por Dios para enseñarle a escuchar bien, a contemplar lo que sucedía a su alrededor. Cuando hablamos, no escuchamos, no estamos observando lo que sucede alrededor. Zacarías aprendió mucho durante esos nueve meses, y cuando habló de nuevo, fue para expresar su alegría porque sabía quién estaba llegando.

Escuchar no solo se refiere a las palabras, sino que también debemos escuchar el silencio de nuestro prójimo. Se ha dicho que nadie está realmente casado hasta que no entiende cada palabra que su cónyuge NO está diciendo. Sí; a menudo es lo que no se dice lo que transmite el mensaje importante: una persona que nunca habla de su apostolado probablemente tiene un serio conflicto vocacional.

He aquí algunos ejemplos de formas inapropiadas de responder y escuchar:

* Algunas personas responden sólo diciendo con qué no están de acuerdo, lo que las hace bastante desagradables. Ignoran lo que otros dicen, descartándolo, cambiando fácilmente de conversación.

* Expresarse intempestivamente, hablando abruptamente sin medir nuestras palabras, es un tipo de discurso espontáneo que tiene repercusiones negativas. Algunos discursos espontáneos son positivos, como un cumplido ingenioso o una observación humorística. Pero ese discurso intempestivo suele ser un comentario hecho de forma apresurada…que desearíamos poder borrar. Esa espontaneidad brusca muy a menudo se refiere a comentarios hechos con enfado. También puede tratarse de bromas o chistes inapropiados.

* Los protagonistas crónicos. Algunas personas tienden a traer la conversación sobre sí mismas. Lo que se diga, lleva a esta persona a hablar de sí mismo. Si mencionas que uno de tus hijos ha estado enfermo, la respuesta podría ser: Yo también estuve enfermo ayer. Esa respuesta podría ser adecuada si luego va seguida de: ¿Cuáles son los síntomas de tu hijo? El problema viene cuando cada conversación termina siendo todo acerca de mí; un signo de narcisismo.

* Otros actúan como un portero de fútbol: siempre listos para decir no o pero… En lugar de escuchar para aprender, escuchan para poder negar. Su mensaje implícito y permanente es: Estás equivocado; Yo tengo razón; Sólo conoces una pequeña parte de la verdad.

El pronunciar palabras a veces nos da la ilusión de confianza, o de controlar la situación. Algunos líderes y algunos superiores religiosos se ven a sí mismos como los expertos de la sala, quienes siempre tienen que dar respuestas, pero eso interfiere con nuestra comunicación, creando una distancia. Hemos de dejar de lado nuestra individualidad, si queremos conocer al otro, especialmente a los más jóvenes. El vaso debe estar vacío, si quiero verter en él vino nuevo.

Cuando Cristo tenía 12 años y se quedó en Jerusalén, su Madre dijo: Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando muy preocupados. Y la respuesta de Jesús fue aparentemente desconcertante: ¿No sabían que debo estar en la casa de mi Padre? Sin embargo, no hubo más intercambio de palabras, pero María guardó todas estas cosas en su corazón. José no dijo nada en ese momento.

Cuando conoces a un hombre/mujer de Dios, reconoces que es su silencio y su mirada lo que te cautivó, más que sus palabras; un silencio que te atrajo, que te hizo sentir acogido, comprendido, aceptado sin juicios. No por las palabras de esa persona, sino por su silencio, su escucha profunda, puedes comprender tu propia vida y dar un nuevo significado a tu experiencia. Esto sucedió entre Jesús y sus padres y es por eso que bajó con ellos y vino a Nazaret, y les fue obediente.

De manera semejante, el silencio de San José le permitió escuchar la voz de Dios a través de sus sueños y le dio a María la oportunidad de atesorar, meditar y reflexionar sobre la voluntad de Dios antes de ponerla en práctica.

La forma cristiana de escuchar se puede comparar con la forma en que aquel perro lamió las llagas en la parábola del hombre rico y Lázaro. (Lc 16: 19-31). Nadie estaba dispuesto a entrar en el mundo de Lázaro, excepto ese perro. Los sufrimientos de ese pobre eran demasiado para contemplarlos. Ese perro escuchó en silencio los lamentos de Lázaro. Al igual que lamía sus propias llagas, lamió las de Lázaro y se quedó junto a él para aliviar su abandono, para hacerle sentir algo más que rechazo antes de abandonar este mundo. Ese sentimiento de aceptación y respeto permitió a Lázaro verse a sí mismo desde un nuevo ángulo, y esta nueva perspectiva de su vida le permite también ver a Abraham.

La fiesta de la Sagrada Familia tiene hoy una especial relevancia. Hace casi un siglo, el papa Pío XII escribió:

La emigrante Sagrada Familia de Nazaret, que huye a Egipto, es el arquetipo de toda familia de refugiados. Jesús, María y José, que viven en el exilio en Egipto para escapar de la furia de un rey malvado, son, para todos los tiempos y en todos los lugares, modelos y protectores de todo migrante, extranjero y refugiado de cualquier tipo que, ya sea llevado por el miedo, la persecución o por las carencias, se ve obligado a abandonar su tierra natal, a sus queridos padres y familiares, a sus amigos cercanos y a buscar una tierra extraña.

Una observación final: El matrimonio es una invitación a compartir la plenitud del amor de Dios de una manera muy real. Compartir el amor de Dios implica, por lo tanto, que un hombre deja a su padre y a su madre y se une a su esposa, y se convierten en un solo cuerpo; Por eso decimos que es un sacramento.

Entonces ¿tú eres Rey?

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Por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.
Paris, 25 de Noviembre, 2018
Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Libro de Daniel 7,13-14; Apocalipsis 1,5-8; Juan 18,33b-37.

  1. Todo ser humano desea admirar, alabar y ser parte de algo más grande que él mismo. Podemos ver continuamente la evidencia de ello en el comportamiento de las personas. En muchos contextos, se observa el ansia de adherirse a una doctrina, una teoría, una causa, un club o un grupo político para sentirse parte de algo importante. Esta es la razón por la cual el pueblo de Israel no pudo esperar 40 días a que Moisés regresara de la montaña con las Tablas de la Ley y construyó un becerro de oro. Por eso también construimos todo tipo de ídolos con ideas, actividades, personas, opiniones o preferencias… y les obedecemos.

Quizás la primera razón por la que deberíamos estar agradecidos a esta manifestación de Cristo como Rey es que nos podemos liberar de las miríadas de ídolos que construimos, adoramos y obedecemos.

Nuestro corazón es una fábrica de ídolos, porque los seres humanos somos adoradores. Los seres humanos somos amantes. Hemos creados en el amor y para amar. Y la expresión más alta y profunda de dar amor es la adoración. En una ocasión, ante la vieja y clásica pregunta de un niño a su padre, ¿Tengo que ir a la iglesia? El padre respondió sabiamente: No, tienes que ir a la iglesia. Pero tienes que adorar. O si no, morirás. En parte, este comportamiento humano se explica por el deseo de estar con los demás y en comunidad, pero también entraña el deseo de adorar, de alabar algo o alguien.

En nuestro afán de adorar, podemos hacer una elección poco adecuada y, por ello, desperdiciar nuestra capacidad de adorar con algo poco valioso y efímero. Prestamos sólo atención a lo que necesitamos en ese momento y puede que no sea duradero; así alimentamos el miedo a que no haya un Dios capaz de dar sentido a nuestra vida.

Durante la Pasión de Cristo, quienes lo miraban con la lógica de este mundo no lo veían como un rey, no percibían la realeza de Jesús. Los gobernantes, los soldados y uno de los criminales crucificados junto con él, no vieron quién era Jesús realmente. Miraban sin ver.

Sin embargo, hubo un hombre que vio lo que pocos vieron. Dimas, un delincuente crucificado por sus crímenes, entendió. Era un criminal. Sin embargo, tenía un corazón sencillo. Eso fue lo que lo salvó. Vio la infinita dignidad imperial en un hombre clavado en la cruz. En un hombre indefenso, vio el amor de Dios por la humanidad. En Cristo crucificado, Dimas encontró el amor de Dios que le llevó al cielo: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23:43). Abrió su corazón a la aspiración más profunda de todo ser humano: la verdadera vida eterna.

Pero, sobre todo, María fue coronada como Reina del Cielo y la Tierra porque siguió totalmente a su hijo y reconoció que Su reino era real, gozoso y eterno. A Ella pedimos su intercesión para obtener la gracia de reconocer a Cristo como nuestro Rey.

  1. En el Padre Nuestro, pedimos no sólo la venida de un Rey, sino también su Reino. Esto va más allá de nuestra necesidad personal de un Rey verdadero y misericordioso. La cruda realidad es que generalmente el miedo gobierna nuestras relaciones y eso lleva a malentendidos, desconfianza y agendas ocultas. Vivimos en constante terror de perder nuestro poder. De hecho, tememos que parezca que perdemos poder, porque en el mundo la apariencia de poder (la fama), es poder. El miedo rige nuestras relaciones y, por lo tanto, la ocultación parece algo perfectamente razonable. La siguiente historia ofrece una alegoría de esta condición dolorosa.

Un niño y su hermanita fueron a visitar a sus abuelos en el campo. El niño tenía un tirachinas y practicaba con él en el campo, pero nunca lograba dar en el blanco. Cuando regresó al patio trasero de casa de su abuela, vio allí un patito. Apuntó y disparó una piedra. La piedra golpeó el pato y cayó muerto. El niño fue presa del pánico. Desesperadamente, escondió el pato muerto en el establo, y al levantar la cabeza vio a su hermana que le observaba. Su hermana Sara lo había visto todo, pero no dijo nada.

Ese día, después de comer, la abuela dijo: Sara, vamos a lavar la vajilla. Pero Sara respondió: Juan me dijo que quería lavar los platos hoy. ¿No es así, Juan? Y le susurró: ¿Te acuerdas del pato? Así que Juan tuvo que lavar los platos.

Más tarde, el abuelo decidió llevar a los dos niños a pescar. La abuela dijo: Lo siento, pero necesito que Sara me ayude a preparar la cena. Sara sonrió y dijo: Oh, Juan dijo que quería hacerlo. Una vez más, Sara susurró: ¿Recuerdas el pato? Juan se quedó y Sara fue a pescar.

Después de un par de días de hacer todas las tareas, Juan se sintió desesperado y no pudo soportarlo más. Entonces le confesó a la abuela que había matado a su patito. La abuela acarició su rostro en sus manos y dijo: Lo sé, Juan. Estaba de pie junto a la ventana y vi todo. Allí mismo te perdoné porque te quiero. Me preguntaba cuánto tiempo ibas a esconder la verdad y dejar que Sara hiciera de ti un esclavo.

Sí, escondemos la verdad, nos convertimos en esclavos del pecado y el miedo y terminamos viviendo una tragedia. Pero Cristo, nuestro Rey, nos invita a escuchar su voz y estar del lado de la verdad, y la verdad nos hará libres. Este es precisamente el mensaje de la Segunda Lectura: Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos!

¿Por qué usamos los términos “caridad” y “vinculum” como sinónimos? Porque el único vínculo (unión) posible con nuestros semejantes se alcanza cuando somos capaces de amar a nuestro prójimo.

Eso es el reino de Dios. Eso es el cielo. El gozo espiritual completo se encuentra cuando nos damos cuenta de todo nuestro potencial en Dios, cuando nos llenamos de Su bondad y, por lo tanto, vivimos en perfecta unión con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Por supuesto, esto no es posible fuera de Dios sino en unión con Él. Esto no es fe, sino un hecho universal, experiencial. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II llamó a la Eucaristía vinculum caritatis, vínculo de caridad. Este vínculo de amor nos revela unos a otros como hermanos y hermanas en Cristo, estableciendo la base de nuestra unidad y comunión unos con otros y con Cristo.

  1. Esto explica las sorprendentes palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: Tú dices que soy rey. Para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. ¿Qué tiene que ver ser un rey con testimoniar la verdad?

Jesús nos quiere mostrar que nuestra unidad es un don de Dios. La unidad no es una creación humana por medio de nuestros esfuerzos, buenas obras e intenciones. Fundamentalmente, Jesucristo crea esa unidad a través de Su muerte y resurrección. A quienes acogen el reino de Cristo, a quienes están dispuestos a amar incondicionalmente, Jesús dice: Conocerán la verdad y la verdad les hará libres (Jn 8, 32). y Yo soy la verdad (Jn 14: 6). Esta libertad celestial, que hace posible nuestra unidad, es la verdadera ley de nuestra naturaleza, la regla de su reino.

En muchos contextos, incluida la vida religiosa, el camino de la unidad es el más difícil. En ciertos momentos podemos buscar consuelo con la separación. Podemos sentirnos seguros y sin amenazas. Unirnos con otro, o con otros puede hacernos pensar que vamos perder algo indispensable para nosotros. Más aún, odiamos lo que antes fue amado. Esa es la ley en todos los reinos, sociedades y grupos mundanos, cuando nos reunimos por intereses, incluso por intereses compartidos. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, educados e ignorantes, los rápidos y los lentos… se separarán, tarde o temprano, de muchas formas diferentes.

Su amor es el vínculo que engendra la unidad. Esta unidad es el testimonio más poderoso para dar a conocer a Dios en nuestro mundo. Y esta es la razón por la que intentar cumplir la misión yendo cada uno por su lado, es contrario a la naturaleza de la Iglesia.

Cada parte del cuerpo físico obedece fielmente los mandatos que vienen de la cabeza y así, trabaja en perfecta armonía con los otros miembros del cuerpo, a pesar de la diversidad. De manera similar, cuando permitimos que Dios se haga cargo de nuestras vidas, hay armonía en todas nuestras comunidades, como resultado de que todos los miembros desean agradar a Dios. Cuanto más estrecha sea nuestra unión con Cristo, más estrecha será la unión entre nosotros.

La unidad entre Cristo y sus discípulos no destruye la personalidad de ninguno de los ellos. Al participar del Espíritu de Dios, conforme a la ley de Dios, el hombre se convierte en partícipe de la naturaleza divina. Cristo lleva a sus discípulos a una unión viva con Él mismo y con el Padre a través de la obra del Espíritu Santo sobre nuestras almas. El discípulo halla su plenitud en Cristo y con los demás. Esa unidad es la prueba más convincente para el mundo de la majestad de Cristo y de su poder para quitar el pecado.

Del mismo modo que un niño puede conocer verdaderamente el carácter de su madre amada, y así como los elementos más profundos de ese carácter, la ternura de su amor maternal, no se pueden demostrar mediante un argumento, sino que sólo pueden aprenderse por experiencia, asimismo el amante y fiel discípulo de Cristo puede contemplar el corazón de Su Reino, y sentir, vivir, experimentar, descubrir con ese “esprit de finesse” del que habla Pascal, es decir, con la intuición integral y profunda de su alma, los dones que hemos recibido y en última instancia, el plan de Dios para nosotros: llegar a ser cada vez más como Él, para estar plenamente con él. Esto es, en pocas palabras, el objetivo de la Unión Mística, Transfigurativa y Tranververativa.

Una reflexión final sobre el Reino de Dios y los reinos de este mundo. Cuando los líderes como Pilato carecen de sabiduría espiritual y no tienen bases para sus políticas, son dirigidos por la gente en lugar de ser sus guías, buscan ser pragmáticos, ganancias a corto plazo, pero no ven las implicaciones a largo plazo de las medidas. que implementan.

La solemnidad de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XII durante una época (1925) en la que el respeto por Cristo y la Iglesia disminuía, cuando más se necesitaba esa celebración. El Papa observó que muchas personas estaban dejando de lado a Jesucristo en su vida. Y recordó a la humanidad que no podemos hacer nada sin Cristo. Sólo en la restauración del imperio de nuestro Señor Jesucristo, pueden reinar la verdadera justicia, la paz, la verdad y el amor… al menos en medio de nuestras comunidades.

Para Pilato, la verdad también era relativa y hoy día ese problema ha empeorado. El individualismo ha llegado a tal extremo que, para muchos, la única autoridad es el yo individual. Algunos incluso rechazan los títulos de “señor” y “rey” de Cristo porque creen que tales títulos están tomados de sistemas de gobierno opresivos. Pero, esas personas no entienden lo importante: el reinado de Cristo es de humildad y servicio.

La Nueva Evangelización nos invita a reflexionar sobre el apostolado en sociedades que son multiculturales, multireligiosas, gobernadas por un gobierno secular. El apóstol de hoy está llamado a impregnar al mundo con los valores del evangelio en los dominios de la cultura, la economía, los medios de comunicación, la familia o la educación.

En Deus Caritas Est, el Papa Benedicto XVI dice:

En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica.

La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales.

Estimada a los ojos del Señor es la muerte de sus santos (Salmos 116:15)

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por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,
Paris, 18 de Noviembre, 2018.
 XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
Daniel 12,1-3; Carta a los Hebreos 10,11-14.18; Marcos 13,24-32.

Las Lecturas de hoy hablan sobre el fin del mundo, la venida final de Jesús para llevar a todos los pueblos y toda la creación a Él. No estamos demasiado preocupados por el fin físico del mundo. Técnicamente, sabemos que la Tierra será abrasada y evaporada por el Sol, que explotará transformándose en una estrella gigante roja dentro de 5 mil millones de años… probablemente tú y yo estaremos en otro lugar más seguro.

Pero, sin embargo, estamos muy preocupados por nuestros últimos días y los de nuestros seres queridos. La muerte es un tema tabú en muchas culturas actuales; nuestra sociedad es una sociedad que niega la muerte; tendemos a evitar las conversaciones sobre la muerte. Cuando surge una conversación sobre la muerte, normalmente se interrumpe con un gesto de contrariedad y disgusto, o se trunca con una broma. Incluso a las personas religiosas, especialmente a los sacerdotes, resulta difícil transmitir consuelo y esperanza a quienes han perdido a un familiar o un verdadero amigo. La incertidumbre, la angustia física y emocional que acompañan a muchas enfermedades y el dolor causado por la separación, a menudo son más fuertes que las palabras.

Por eso debemos aprovechar algunos momentos de oración para meditar sobre los llamados “novísimos”: muerte juicio, cielo e infierno. Si no lo hacemos, tendremos una severa limitación en nuestra comprensión de nuestra peregrinación al cielo. Terminaríamos creyendo que la muerte, el juicio, el cielo y el infierno no son parte de nuestra existencia. Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar (Eclesiastés 3: 1-2).

Y, lo que es peor, desperdiciaremos nuestra limitada energía y no explotaremos completamente nuestras capacidades. No hay otra práctica que intensifique más la vida. Como ejemplo cotidiano, sabemos que administrar sabiamente nuestro miedo ante la inmediatez de un examen, puede ser un estimulante maravilloso, alentándonos a trabajar más y a concentrarnos en nuestra tarea. Es sólo al ser conscientes de la brevedad de la vida, cuando ésta se vuelve preciosa: Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría (Salmo 90:12). Todos los que encuentres durante tu viaje en la vida morirán. Sabiendo esto, ¿cómo puedo estar enojado con alguien? Si no tratamos a las personas con amabilidad y respeto ahora, ¿cuándo lo haremos? Como dice el dicho, una sola rosa en la vida es mejor que una corona muy cara en la tumba.

San Pablo se alegraba al pensar en su propia muerte. Incluso prefería la muerte y le entristecía tener que seguir viviendo un tiempo más: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy presionado, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero permanecer en la carne es más necesario por causa de ustedes (Fil. 1:21-24).

Pero para nosotros los cristianos, el “fin del mundo” se refiere principalmente no a la aniquilación del planeta o nuestra propia muerte, sino a la segunda venida de Jesucristo. Más que un día para ser temido, es un día lleno de esperanza, porque anuncia la completitud final de la historia y el reinado total de Dios.

La siguiente historia es una hermosa metáfora que muestra cómo nuestra vida en este mundo, nuestra muerte y nuestro juicio final, forman un continuo, diferentes etapas del plan de salvación que Dios desea para nosotros:

Había un herrero que trabajó duramente en su oficio toda su vida. Pero finalmente llegó el día de su muerte. El ángel de la muerte llegó a él, y para sorpresa del ángel, el hombre se negó a acompañarle. El herrero le rogó al ángel que presentara su caso ante Dios, argumentando que él era el único herrero en la aldea, y que era la época en que todos sus vecinos comenzaban a plantar y sembrar. Su ayuda era necesaria. Entonces el ángel abogó por su caso ante Dios, diciendo que el herrero no quería parecer ingrato, y que estaba contento de tener un lugar en el Reino esperándolo, pero ¿no se podría posponer la partida por un tiempo? Y así, se le dio más tiempo al herrero. Un año después, el ángel regresó con el mismo mensaje: el Señor estaba listo para compartir la plenitud del Reino con él. Nuevamente el diligente trabajador tenía reservas acerca de ir, y dijo: Un vecino está gravemente enfermo y es el tiempo de la cosecha. Varios de nosotros intentamos salvar su cosecha para que su familia no viva en la indigencia. Por favor regresa más tarde. Y el ángel se fue de nuevo. Esto se convirtió en algo habitual. Cada vez que el ángel venía, el herrero tenía una u otra excusa. Finalmente, el herrero llegó a ser tan viejo y frágil que tuvo que admitir que ya estaba listo para partir: Dios mío, si quieres enviarme tu ángel ahora, me alegraría volver a casa en este momento. Inmediatamente apareció el ángel y el herrero dijo: Si quieres llevarme a casa, ahora estoy listo para vivir para siempre en el Reino de los cielos. El ángel sonrió y miró con deleite celestial al santo herrero. Entonces le preguntó: ¿Dónde crees que has estado todos estos años? ¿Dónde, si no ya en casa?

Nuestro Juicio Final se centrará en el amor de Dios, manifestado en nuestro amor al prójimo y materializado en las obras de misericordia. En palabras de Santa Teresa de Calcuta: Debemos encontrar a Cristo presente en la penosa apariencia de los pobres.

San Vicente de Paúl en realidad llamó a los pobres “sus maestros”. Realmente nos muestran la voluntad de Dios, como nos dice la experiencia de muchos santos y personas de buena voluntad.

Eso es lo que le sucedió a Marian Preminger, quien nació en Hungría en 1913 y se crió en un castillo con su familia aristocrática. Mientras asistía a la escuela en Viena, Marian conoció a un joven médico vienés. Se enamoraron y se casaron cuando ella tenía 18 años. El matrimonio duró solo un año y regresó a Viena para comenzar su vida como actriz. En un casting para una obra, conoció al brillante director alemán, Otto Preminger. Se enamoraron y se casaron. Llegaron a Estados Unidos poco después de comenzar su carrera como director de cine. Marian quedó atrapada en el glamour y la emoción y pronto comenzó a vivir una vida sórdida. Cuando Preminger lo descubrió, se divorció de ella. Marian volvió a Europa. En 1948, el médico y misionero Albert Schweitzer visitaba Europa. Marian había leído sobre él cuando era niña y quiso tener la oportunidad de conocerlo. Después del primer encuentro, supo que había encontrado lo que estaba buscando toda su vida. Cuando Schweitzer regresó a África, la invitó a venir a Lambaréné a trabajar en el hospital. Así lo hizo y se encontró a sí misma. Allí, en Gabón, la niña que fue educada como una princesa, se convirtió en sirvienta. Cambió vendas, bañó bebés, alimentó leprosos… y encontró la libertad. Tituló su autobiografía, Todo lo que quiero es todo y escribió que no podía obtener el “todo” que le satisfaría y daría sentido hasta que diera todo. Pasó la última parte de su vida realizando Obras de Misericordia y al hacerlo experimentó la gracia de Dios.

Como nos recuerda el carisma Idente, las Obras de Misericordia Corporales y Espirituales tienen que ir de la mano. Jesús lo dice sin rodeos: ¿Qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma? El Papa Francisco se lamentó en El gozo del Evangelio de que una de las negligencias más comunes y graves es el hecho de no predicar la Palabra de Dios a los pobres. Para nosotros, misioneros católicos, nuestra principal ocupación es presentar la persona de Jesucristo, con su llamado a arrepentirse y a creer que siempre tenemos algo que ofrecer a nuestros semejantes… principalmente a través de estas obras de misericordia:

  1. Enseñar al que no sabe.
  2. Dar un buen consejo al que lo necesita.
  3. Corregir al que se equivoca.
  4. Perdonar las injurias.
  5. Consolar al que está triste.
  6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás.
  7. Orar por los vivos y por los difuntos.

Hoy es un momento apropiado para pensar si he incorporado adecuadamente estas obras en mi vida misionera diaria, en el marco de mis votos religiosos. No se nos dice que alimentemos a todo el mundo o que visitemos y vistamos a todos. Más bien, el Evangelio primero nos llama a ser más conscientes de las personas que nos rodean, y luego llegar a uno; alimentar a una persona hambrienta, perdonar a un miembro de mi comunidad; confortar a un afligido; sólo uno cada vez. Si hago esto, muchos experimentarán el toque compasivo y cariñoso de otro ser humano. Ahí es donde todo comienza. Así es como Cristo se da a conocer y se le sirve en la vida diaria.

Si nos fijamos en el mundo de hoy (¡y en cualquier momento anterior en la historia de la humanidad!), vemos todo tipo de tensiones y desafíos abrumadores, alimentados por los estilos individualistas y egoístas del mundo. Social, histórica y personalmente, muchos de los signos anunciados en la Primera Lectura son claramente visibles. Esto incluye nuestros pecados y mediocridad.

La respuesta cristiana inteligente a todas las tragedias de la vida es, ante todo, ver que, ocultas en cada crisis, hay oportunidades. No debemos sentirnos como víctimas indefensas que se rinden ante la duda y la desesperación. ¿No han dado los mejores artistas sus mayores creaciones en medio de una terrible pérdida, en el momento en que el mundo se ha derrumbado a su alrededor? ¿No ha demostrado la historia que las grandes culturas han surgido de las cenizas de culturas previamente colapsadas? Aún más, ¿no vino Cristo a morir por ti y por mí porque somos pecadores?

En segundo lugar, una persona espiritualmente sensible tiene que ver todos estos signos como una purificación, llegando a la conclusión de que no podemos confiar en nuestra buena voluntad, capacidades o experiencia, sino sólo en los misteriosos planes de Dios, revelados principalmente a través del sufrimiento y los sueños de nuestro prójimo.

En respuesta a la pregunta, ¿cómo podría un Dios amoroso juzgar a alguien? Hay que recordar que se trata un juicio familiar y en el que, por tanto, la ternura lo decide todo (Fernando Rielo). Así lo describe nuestro padre Fundador:

El juicio particular es el juicio personal que Dios hace al hombre al momento de la muerte y que se caracteriza por dos circunstancias fundamentales: 1) porque el alma, tras la muerte, se halla en completa libertad, nada la condiciona ante la presencia del Bien Supremo; 2) porque, en ese momento, Dios revela, al que va a ser juzgado, el conocimiento de Él mismo como Supremo Bien (28 Julio, 1984).

En los tiempos del Evangelio, la creencia en el poder de las estrellas era muy fuerte. Lo que se dice en las Lecturas de hoy es que esos cuerpos celestes, que la gente creía que controlaban la historia, resultarían ser impotentes ante el poder de Dios. Y así, el sol y la luna dejarán de dar luz; las estrellas caerán de los cielos. Estos signos no son descripciones objetivas del fin del mundo, ni formas de calcular el momento de la venida de Cristo. Los primeros cristianos esperaban que Jesús viniera durante su vida. Eso era natural para los educados en la tradición judía; el fin de Jerusalén solo podía significar el fin del mundo.

Las lecturas de hoy confirman que Dios está con nosotros todos los días de nuestra vida y que tendremos la presencia continua del Espíritu Santo entre nosotros guiándonos, protegiéndonos y fortaleciéndonos a pesar de nuestra humana debilidad e incertidumbre. Ya que el Espíritu Santo es Dios, tenemos a Dios literalmente viviendo en nosotros. En realidad, estamos caminando aquí en la tierra con el cielo en nosotros… Dios ha prometido que ha ido a preparar un lugar para los suyos y que vendrá por ellos.

A medida que nos acercamos al final de otro año litúrgico, dediquemos un tiempo a imaginar qué hermoso es el cielo. Cuanto más tengamos este pensamiento en nuestra mente, más alentaremos a otras personas, a través de nuestro amor y servicio, a unirse a nosotros en el camino.