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Luján González Portela

En esto consiste la Fe

By | Evangelio | No Comments

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 20-8-2017, XX Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Isaías 56:1.6-7; Romanos 11:13-15.29-32; Mateo 15:21-28)

¿Cuál es el fruto de la fe de la mujer cananea? Estaríamos inclinados a decir que la curación de su hija. Por supuesto, ese fue un resultado evidente de su insistencia pero, más que nada, Cristo estaba poniendo a prueba la fe de los apóstoles. Quería que todos comprendieran cómo acogía con aprecio a quien confiaba en Él con perseverancia, incluso con obstinación. De manera que estamos ante dos milagros:

En primer lugar, uno de “bajo nivel”, en el que Él responde exactamente a lo que anhelaba la mujer cananea: Que se haga como deseas.

En segundo lugar, un milagro de “nivel sublime”, es decir, la conversión del corazón de los apóstoles. Este milagro se ajusta a la voluntad de nuestro Padre Celestial: Sean perfectos. El primero corresponde a la promesa de Cristo: Todo lo demás les será dado por añadidura (Mt 6:33). Como la mujer cananea, hemos de creer que Dios hará siempre algo por nosotros, incluso más allá de lo que podamos imaginar.

Cristo, como Maestro, nunca pierde una oportunidad para enseñar a sus discípulos alguna clave esencial para sus vidas y su misión; en este caso, el significado de la fe y el alcance de su compasión y misericordia.

Como se ha repetido muchas veces (quizás nunca es demasiado) la fe es creer o confiar en alguien, no simplemente creer en algo. Incluso más, como dice el Papa Francisco, la fe es un encuentro con Jesucristo, con Dios (21 Feb. 2014). Me gusta esta descripción porque realmente tenemos muchos encuentros con Jesús y sólo podemos hablar de fe cuando después de cada uno de esos encuentros llegamos a un acuerdo, a una alianza. Esto es lo que compartimos en nuestro examen místico al hablar de la unión del alma. Algunos ejemplos:

– Cuando comprendo que Él escucharía atentamente a una persona complicada que tiene una personalidad difícil… y yo intento hacer lo mismo.

– Cuando me doy cuenta de que alguno de mis hábitos (buenos, aparentemente inocentes) molesta o escandaliza a una persona… e inmediata y completamente lo dejo. La fe no se refiere sólo a situaciones críticas o misiones difíciles. Si eres fiel en lo poco, serás fiel en lo mucho. Pero si eres deshonesto en las cosas pequeñas, tampoco serás honesto en las responsabilidades mayores (Lc 16: 10). ¿Creo de verdad en la importancia de ser amable con todos mis hermanos y hermanas?

– La disposición total de otro pagano, el centurión romano, que dijo a Cristo: No soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi siervo quedará curado (Mt 8: 8).

– Por supuesto, la actitud de la mujer cananea. Seguramente había oído hablar de Cristo y quizás le había seguido. Vio los milagros que había hecho. Había oído de sus enseñanzas sobre el amor y la misericordia de Dios, y de su misión de traer el reino de los cielos. Sabía que no volvería con las manos vacías. Tan grande era su fe en Cristo que creyó que aunque sólo recibiese las migas que caen de la mesa de los amos, sería suficiente para curar a su hija.

Obsérvese que en todos los ejemplos anteriores, la fe tiene que ver con la compasión por los demás. Santa Mónica estuvo unos veinte años pidiendo a Dios por su hijo Agustín para que fuera atraído a la fe. Iba a ser un logro increíble, considerando la vida mundana y los excesos del joven. Pero un sacerdote dijo a la angustiada madre: Un hijo de tales lágrimas no puede perecer. La increíble esperanza se hizo realidad por medio de la oración paciente de Mónica.

La fe es un concepto dinámico que ha de ser renovado continuamente. Decimos que es un don y una virtud. Un don, cuando sentimos que viene del Espíritu Santo, y una virtud cuando lo abrazamos y actuamos con valentía.

Desde un punto de vista práctico, la verdadera fe tiene dos consecuencias: la imitación (o encarnación en nosotros) de Cristo y la unión con Él.

Una admiración que no lleva a la imitación es algo estéril. Como Santiago nos advierte en su Carta: La fe que no da frutos de obras buenas no es fe.

El ensayista grecorromano Plutarco cuenta una historia sobre los espartanos en una Olimpiada. En medio de la multitud, un hombre anciano buscaba inútilmente un asiento para ver el espectáculo. Sus vanos intentos fueron motivo de burla y risas de los griegos de otros estados, al ver su torpeza y la debilidad de sus años. Sin embargo, cuando llegó a la zona donde estaban sentados los espartanos, todos se levantaron y le ofrecieron su lugar. Algo avergonzados, pero no obstante admirados, los demás griegos aplaudieron el gesto. El anciano dijo con un suspiro: ¡Ah, ya entiendo¡ Todos los griegos saben lo que es correcto, pero sólo los espartanos lo hacen.

La fe puede entenderse como la disposición a ser vulnerable (perder nuestra fama o nuestros planes personales) basada en nuestras expectativas sobre la actuación de Dios.

Para vivir esto hemos de recordar los “buenos momentos”, las bendiciones que hemos recibido, la ayuda que hemos obtenido de Él y cómo nos ha protegido y guiado hasta hoy. Recordando todo lo que ha hecho por nosotros, recuperaremos confianza y fe en Él.

– He sido perdonado. Quizás el signo más claro, tangible y positivo de este perdón es que nadie me ha quitado la fe.

– He sido purificado.

– He sido llamado, realmente elegido para ayudar a las personas a acercarse a Dios. El lema del Papa Francisco, Miserando atque eligendo (literalmente, en latín: con misericordia, eligiéndole) se refiere al encuentro de Cristo con el cobrador de impuestos, a la forma como Jesús le mira con misericordia y le elige, diciéndole: Sígueme.

El Salmo dice: que todos los pueblos te alaben y las otras tres lecturas insisten en el hecho de que la fe es un don universal que todos recibimos (en formas e intensidades muy diferentes) de manera que nadie tiene excusa: cristianos, gentiles o ateos. Sus holocaustos y sacrificios serán aceptados en mi altar porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.

Como pasa con los demás dones divinos, debemos ser buenos administradores de la fe. Hemos de utilizarla de igual modo que la esperanza o el amor. Si ponemos nuestra fe en Cristo, recibiremos vida eterna. Pero si nuestra confianza o nuestra fe se centra en nuestra experiencia, talentos o generosidad, no sirve para nada y no puede ser llamada propiamente fe.

No hay alternativa a la fe. Hemos de aprender de la historia de Israel que cuando no confiamos en Dios y no entregamos a Él nuestras vidas y planes, creamos más dificultades para nosotros mismos y para las personas que se nos han confiado a nuestro cuidado. El lamentarnos y revolcarnos en la autocompasión sólo harán que miremos hacia dentro de nosotros. Y mirar a nuestro ombligo en vez de mirar a Dios nos llevará a la depresión y la tristeza. Durante las pruebas más duras, en vez de hacernos resentidos para con Dios, aprovechemos la ocasión para crecer en fe, en gracia, en santidad. Se dice que el mismo fuego que purifica el oro, destruye la paja.

Sólo así entregaremos nuestras vidas a Dios, sabiendo que entonces nada nos puede vencer, como dice San Pablo: En todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor. (Rom 8: 37-39).

La fe y la esperanza no son entidades separadas. Para esperar algo, hemos de confiar en que se cumplirá nuestra expectativa. No se puede tener una fe parcial en lo que se espera y a la vez esperar que se cumpla lo que deseamos, pues en algún momento no creeremos que Dios vaya a saciar nuestra esperanza. Hemos de aprender a mirar más allá de nuestras dudas y contemplar lo prometido. De la misma forma, no podemos poner plazos a Dios, que está fuera del tiempo. Pasaron tres generaciones antes que se cumpliera la promesa de Dios a Abraham. Eso fue una forma de fortalecer la fe de los israelitas y de ayudarles sicológicamente a hacer frente a su forma de ser. Dios desea despertar en nosotros una fe más profunda… cuando creemos que nos ignora o rechaza lo que pedimos. Igual que Cristo presionó a la mujer cananea, nos empuja a veces a nosotros.

No podemos esperar que Dios nos responda en nuestra hora, si nuestra hora no corresponde a su tiempo.

Por eso Cristo ignora al principio a la mujer cananea y luego le dice que su misión no incluye (todavía) a los gentiles. Pero Cristo cambia de idea y cura a la niña siria.

¿Cristo cambia de idea? ¿Podemos creer que Cristo cambie de idea? Y ¿qué significa para el Evangelio si lo hace así?

Sí; Dios cambia de idea al ver las oraciones y el llanto de los hombres y bendice esas oraciones. De igual modo, está dispuesto a cambiar de idea ante nuestra oración. Dios se rinde ante las lágrimas de sus hijos, lágrimas que se vierten en fe.

Esta es su fe en nosotros. Primero, Dios despliega su Fe, su esperanza y su amor y después nos toca a nosotros. Por eso hemos de creer que Dios oye nuestra oración, incluso cuando no sabemos orar como debiéramos.

En las Bodas de Caná, María le dice a Jesús que se acaba el vino. Aunque es una frase muy sencilla, está llena de confianza y expectación. Así es como hemos de dirigirnos a Dios con nuestra súplica. Nos hemos de llenar de confianza y expectación (fe y esperanza) porque Cristo está siempre dispuesto a perdonar. Cuando María le pide hacer este milagro, la respuesta que le da es llamativa: Aún no ha llegado mi hora (Jn 2: 4). Pero Cristo cambia de idea ante la petición de María para salvar a una familia de la vergüenza.

Pidamos hoy una fe que dé fruto y nos lleve a anunciar y a dar testimonio.

La construcción de la parroquia universitaria de Soa (Camerún), a buen ritmo

By | África, Camerún | No Comments

Transmitimos en este Boletín Idente la buena noticia que, como cada mes, nos envía el P. Efrén Blanco desde Camerún informando del buen ritmo al que avanzan las obras de construcción de la parroquia universitaria San Pedro y Pablo en Soa, Camerún. Es una hermosa noticia para los benefactores de la obra y para animar a que muchas más personas colaboren económicamente. Aquí la breve pero entusiasta carta en la que también nos cuenta las actividades de la misión idente tanto en Soa como en Yaoundé.

Parroquia Universitaria San Pedro y San Pablo de Soa – Camerún
Yaoundé a 31 de julio del 2017

Queridos amigos y benefactores: Este mes de julio, mes clásicamente dedicado a vacaciones y actividades veraniegas, os saludamos con mucho afecto.

La obra de la iglesia de Soa no ha estado de vacaciones y ha continuado hasta poder terminar el coro: este es tan grande que puede dar cabida a unas seiscientas personas.

Por otra parte, dentro de las actividades de verano, tenemos un grupo de 14 jóvenes, a los que damos formación en el trabajo monástico, el estudio y juego, además de momentos de oración. Para poder atenderles bien, así como a las actividades de las parroquias, ha sido providencial la venida, durante cinco semanas, de nuestro querido hermano Enrique, superior de nuestra misión en París, que nos ha acompañado con la alegría y dedicación que le son propias.

También hemos continuado con la formación de nuevos profesores de la Juventud Idente.

La gran noticia es que ya se ha incorporado de nuevo al equipo de nuestra misión en Yaundé y Soa, nuestro querido hermano José Manuel Conde, uno de los primeros misioneros que comenzaron esta fundación, hace casi 30 años, y que ha cumplido su misión en Roma para regresar de nuevo a su querido Camerún.

¡Señor, sálvame!

By | Evangelio | 2 Comments

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 13-8-2017, XIX Domingo del Tiempo Ordinario (1st Libro de los Reyes 19:9a.11-13a; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33)

Hace tres años, el Papa Francisco reflexionaba así sobre el Evangelio de hoy:

La respuesta fiel e inmediata a la llamada que hacemos a Dios siempre produce cosas extraordinarias. Cristo diría que somos nosotros los que hacemos los milagros con nuestra fe, con nuestra fe en Él, fe en su palabra, fe en su voz. Por el contrario, Pedro comienza a hundirse cuando retira su mirada de Cristo y es presa de las contrariedades que le rodean. Pero Dios está siempre ahí y cuando Pedro le llama, Cristo le libera del peligro.

Las lecturas de hoy nos empujan a examinar cuáles son nuestras oscuridades y nuestras tormentas interiores (no sólo las de Pedro), cómo reaccionamos en esos momentos y cuál es la respuesta de Dios a nuestra oración cuando le llamamos.

– Cuando las personas no responden como esperamos, normalmente no acabamos mostrando más compasión y humildad. Nos ponemos rígidos y queremos demostrar con más fuerza nuestra verdad y nuestra autoridad.

– No siempre logro reaccionar en mi mente con gentileza cuando soy corregido. Más bien creo que no estoy más allá de la corrección. Debería recibirla con humildad y evaluar lo que tiene de verdad y admitirlo, pues Dios se enfrenta al soberbio y concede su gracia al humilde (Santiago 4: 6).

– ¿Cómo reaccionas cuando sucede algo malo a las personas que son buenas?

– Aún más íntimamente: cuando tú o yo atravesamos un momento serio y comprometido, sea de salud, emocionalmente difícil, o un fracaso en un proyecto, ¿cómo reaccionamos? ¿Nuestra fe sigue igual de firme? ¿O nos hundimos de las muchas formas posibles: desánimo, cólera, vivir una doble vida,…

– ¿Y ante las variadas formas de persecución, calumnias y traiciones que encuentras en tu vida religiosa o de familia?

– ¿Procuro buscar de algún modo a quien me ha ofendido, para ofrecerle perdón, o más bien me mantengo alejado, buscando que él venga a mí?

– ¿Cómo reacciono ante la muerte de un ser querido? ¿Abandono de algún modo a Dios?

– ¿Cómo contemplas a las personas que te interrumpen en tus tareas? ¿Como un estorbo o como la razón de tu vida y tu misión?

– ¿Qué agobios, sufrimientos, pasiones o tentaciones me acosan? ¿Con qué pecado estoy realmente luchando?

– En el fuego de las pruebas Pedro nos enseña que nuestra fe se puede purificar como el oro, si las aceptamos y procuramos aprender algo sobre nosotros (1Pe 1: 7), ¿cómo reacciono a la crítica?, ¿o cuando alguien me decepciona?, ¿y cuando el dolor castiga mi cuerpo?

– En los momentos difíciles, ¿cómo me comporto?, ¿cuál es la presencia de la Santísima Trinidad en mí?, ¿qué papel juega la oración personal y el diálogo con Dios en esas horas?

– ¿Qué le pido a Dios en los momentos de noche oscura, de purificación? ¿Un milagro que me libre de eso? ¿Una fe mayor? ¿En qué actitudes me parezco a las reacciones de Pedro?

– Santa Teresa de Lisieux dijo: ¿Cómo reacciono cuando en los ojos de mi mente veo los defectos de alguien por quien no siento atracción? Me recuerdo a mí misma todas las buenas cualidades y todas las buenas intenciones que tiene esa persona.

(¿Vas a decirme que hay personas sin ninguna buena cualidad?… Eso significaría que Dios las ha abandonado o que no puede ayudarlas en una situación tan difícil).

Todas estas preguntas, aparentemente sencillas, son puntos de reflexión importantes, que nos deberían ayudar a clarificar nuestro defecto dominante. El mero hecho de poder identificarlo es una gracia y el comienzo de mi liberación espiritual de la mayor dificultad con la que lucho.

La fe no solo se ve desafiada por las circunstancias adversas, sino especialmente cuando se pone a prueba nuestro amor por Dios y por los demás. ¿Cuántos estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra seguridad y nuestra vida, como San Pablo, por quienes amamos? He aquí un hermoso testimonio del que fui testigo sólo hace unos días:

La semana pasada conocí a una mujer cuyo hermano había caído en el consumo de drogas cuando ambos eran jóvenes. Tras unos meses, el hermano desapareció de la casa. Ella pasó dos años buscándole en los lugares más sórdidos y peligrosos de la ciudad. Cada día oraba por su hermano y un día, cuando salía del metro, se encontró con un vagabundo un sucio y escuálido, con una larga barba, que le gritó: ¡Soy tu hermano, soy tu hermano¡ Según me decía esta mujer, con sus propias palabras: Esa fue la respuesta de Dios a mis oraciones. Estoy completamente de acuerdo.

Logró llevarlo a un centro de rehabilitación y después de meses de altos y bajos se recuperó por completo. Hoy está dedicado a trabajar en programas de rehabilitación y prevención de adolescentes y jóvenes adultos. (Por favor, notar las tres palabras subrayadas en el párrafo anterior…).

No podemos comprender completamente cuánto poder tiene Cristo hasta que no le hemos contemplado actuando. Eso es lo que quiso decir Pedro cuando escribió: Aunque ahora, por un poco de tiempo, tendrán que sufrir agobios y toda clase de pruebas, éstas son para vuestra fe -que vale más que el oro, el cual es perecedero, aunque esté purificado al fuego- sea confirmada como auténtica y dé frutos de alabanza, gloria y honor cuando Jesucristo sea revelado (1 Pe 1:6-7).

Un águila percibe que se acerca una tormenta mucho antes de que se desate. El águila vuela a un lugar alto y espera que lleguen los vientos. Cuando la tormenta golpea, extiende sus alas de manera que el viento la levante por encima de la tormenta. Mientras la tempestad ruge abajo, el águila se eleva sobre ella.

El águila no escapa de la tormenta. Simplemente la utiliza para volar más alto. Se eleva sobre los vientos que transportan la tormenta. Cuando las tempestades de la vida llegan a nosotros, podemos elevarnos sobre ellas si nuestro corazón y nuestros ojos se acercan a Dios.

Somos orgullosos y no nos acostumbramos a confiar en Dios sino en nuestras fuerzas o en nuestra experiencia, por eso no conseguimos poner las dificultades en sus manos. De este modo, Dios permite que suframos, no para castigarnos, sino para ayudarnos a reconocer que, después de todo, no somos tan fuertes. Ese es un paso importante en toda purificación. Dios permite que suframos fracasos, frustraciones e impotencia. Esos momentos son valiosos porque nos hacen avanzar en nuestra confianza y disposición a someternos a la Providencia. En nuestra debilidad es donde encontramos la fuerza y la gracia santificante de Dios.

La oración no puede ser simplemente un último recurso para resolver situaciones difíciles, sino un acto de ofrenda que impregna todas nuestras actividades: pequeños logros, miedos y debilidades. Esta es la oración unitiva, oración continua, estado de oración. Dios elige manifestarse en momentos ordinarios; hemos de estar atentos. Elías no sintió la presencia de Dios en el viento poderoso o en el terremoto, o en el fuego, sino en la suave brisa. Los discípulos tampoco vieron a Cristo en la tormenta, sino cuando Él subió a la barca y el viento había cesado. Él está siempre presente, en silencio o comunicando algo.

En la primera y segunda lecturas, el profeta Elías y San Pedro se nos presentan como maestros en su manera de experimentar a Dios en la oración:

Cuando sus enemigos querían acabar con su vida, Elías salió de su casa y se puso en presencia de Dios en la montaña. Cuando estamos en la montaña podemos ver todo en perspectiva. Entonces no estamos deslumbrados por el viento fuerte, los terremotos o el fuego, que representan el poder de este mundo y todo en lo que confiamos o lo que tememos. Tuvo que notar la presencia de Dios en la brisa para poder tener fe, prestando atención a los asuntos cotidianos, que representan un signo, un mensaje de Dios. En vez de mirar sólo a nuestros problemas, estamos llamados a fijarnos en el poder y la fuerza de Cristo. Esto ya lo hemos experimentado de muchas maneras, por ejemplo al ser perdonados: sabemos que después de la tormenta, sentiremos de nuevo su presencia.

Para que nuestra fe pueda crecer y convertirse en adoración, que es intimidad y unión con Dios, hemos de reconocer nuestra vulnerabilidad, como San Pedro, cuando exclama: !Sálvame, Señor¡ A menos que reconozcamos que necesitamos ayuda, Dios no puede intervenir en nuestras vidas. Sin humildad y un reconocimiento de nuestra flaqueza, Dios no puede otorgarnos su gracia; hemos de rendir nuestras vidas al plan divino para nosotros, en adoración a Cristo, yendo de una fe en Él a verdadera unión con Él, como en el caso de los discípulos, que se inclinaron ante Él, diciendo: En verdad, eres el Hijo de Dios.

Cuando todo va bien, parece que nada puede perturbar nuestra paz; pero cuando nos golpea la tragedia o la desgracia, nuestra fe puede que no sea tan fuerte como para sacarnos adelante. Si no estamos prevenidos, podemos incluso perderla. Sin un conocimiento y una continua experiencia personal de Cristo, no podemos aceptar los riesgos, como hizo Pedro, caminando sobre las aguas de esta vida. En verdad, el auténtico creyente tiene esta base sólida de saber que Dios nos contempla en medio de nuestras tormentas. No se nos ocurrirá pensar que es un fantasma. Sólo una fe de este calibre nos llevará a soportar los momentos buenos y malos de nuestra vida y le oiremos en la tempestad, diciendo: Valor; soy yo ¡No tengas miedo!

Eso es el éxtasis. Siguiendo el ejemplo de Elías, a partir de hoy ocultemos nuestro rostro (nuestra aparente personalidad) en el manto y vayamos fuera de nuestra oscura cueva.

Encuentro de la Familia Idente del oriente boliviano

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Del 5 al 7 de agosto tendrá lugar en la Ciudad monástica de San Miguelito (Bolivia), de los misioneros identes, el evento denominado “Encuentro de Familias del oriente boliviano” que buscar congregar a todas aquellas personas y familias amigos de los misioneros identes para fortalecer su misión como familias cristianas. El Concilio Vaticano II llamó a la familia “iglesia doméstica” y el fundador de los misioneros identes, Fernando Rielo, en esa misma línea la llamó ‘instituto místico’ por ser el lugar de santificación mutua de los miembros.

Él es la Luz que nos transforma

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 6-8-2017, Transfiguración del Señor (Libro de Daniel 7:9-10.13-14; 2 Pedro 1,16-19; Mateo 17:1-9)

El papá de un niño manifestó la acostumbrada instrucción antes de la comida: Rápido, lávate las manos y ven a la mesa para decir la oración y comer. Según iba el niño al lavabo, se le oyó murmurar: Cristo y los Microbios, Cristo y los Microbios… ¡Eso es lo que oigo todo el tiempo. Nunca he visto a ninguno de ellos!

Puede que nuestra actitud sea parecida a la del niño de la historia. Algunas veces estamos tan absorbidos y ocupados con los detalles de nuestras obligaciones (…o distracciones) que no sentimos la presencia activa de Dios en nuestra alma. La Transfiguración es una de las manifestaciones más conspicuas de esa acción.

Si meditamos de forma superficial y ligera en la Transfiguración de Cristo, tenemos dos peligros. En primer lugar, podemos pensar que lo que sucedió ese día no es tan importante como lo que pasa ahí abajo en nuestro valle. Pero la obra de Dios es más importante y esencial que nuestras modestas actividades. Por supuesto -eso sí- que tenemos que bajar de la montaña. Unos versículos más adelante, Cristo, Pedro, Santiago y Juan se encuentran a un hombre cuyo hijo ha sido poseído por un demonio. Esa es una imagen diferente de nuestra humanidad; no de la humanidad transfigurada, que es nuestro destino, sino de nuestra humanidad desfigurada, nada más que una sombra de la gloria vista en la montaña.

En segundo lugar, podríamos pensar que la Transfiguración de Cristo es la única y que “nuestra transfiguración” es una simple analogía. Pero, somos partícipes de la naturaleza divina. La vida que hay en Cristo estará en nosotros. Tenemos una tendencia a tomar bastantes cosas del Evangelio metafóricamente. Cuando San Pablo se refiere a vivir “en Cristo” unas 140 veces, podemos pensar en una vida que se parezca a la de Cristo. Intentamos imitarle, cantamos diciendo que le seguimos y queremos cumplir su voluntad. Nos preguntamos: ¿Qué haría Cristo? Esperamos comportarnos éticamente y con fidelidad a Él en este mundo y después de la muerte ser ciudadanos del cielo.

No hay nada erróneo en esto. Pero San Pablo comprende que hay algo más radical y más íntimo que se anticipa: la verdadera unidad con Cristo y la transfiguración personal. Compartimos la vida de Cristo. Recibimos algo más que conocimiento intelectual de Dios, recibimos su iluminación. La participación en “la naturaleza divina” no es para unos pocos selectos, sino el plan de Dios para cada ser humano. La verdadera luz que ilumina cada hombre, llegó al mundo (Jn 1:9). La participación en esta luz no es un camino elevado y esotérico, sino una vía de sencillez y humildad de niño. No se gana súbitamente, con experiencias sobrenaturales que “vienen de lo alto”, sino con un autodominio diario y diligente. A través de la oración, el ayuno y honrando a otros por encima de uno mismo, vamos eliminando todo lo que no se inflama de ese fuego.

En nuestro examen místico, inmediatamente después de las experiencias de recogimiento, quietud y purificación, siempre presentes, procedemos al siguiente punto, la transfiguración, de la cual hemos de decir que también es permanente. Otra cosa diferente es si soy plenamente consciente de ese trabajo de orfebrería del Espíritu Santo. Él no tiene un horario limitado de trabajo.

La transfiguración que Pablo contempló en su propia vida y la que ocurre en nosotros va de dentro a fuera: nuestros corazones se hacen nuevos por la purificación, nuestro espíritu respira nueva vida y esa nueva vida irrumpe a través de nuestra capa de autosuficiencia y egoísmo. Pero esa capa es muy resistente, por eso el Espíritu infunde en nosotros tres poderosos instrumentos para romperla: Fe, Esperanza y Caridad, continuamente enriquecidas por los dones del Espíritu Santo.

Permítanme compartir dos poderosos ejemplos de nuestra transfiguración:

* Hay una conocida cita de Oscar Wilde: Perdona siempre a tus enemigos; no hay nada que les moleste más. Al decir esto, quizás el gran escritor irlandés fue víctima de su agudo ingenio y su ácida ironía, pero creo que estaba intuyendo algo muy cierto: cuando somos perdonados repetidamente (setenta veces siete) nuestros vicios y pasiones más profundos se disuelven, literalmente. Por mi parte, no recuerdo nada más poderoso. Cuando soy consciente de que he sido perdonado muchas veces, por Dios y por mis semejantes, siento que mi Fe, Esperanza y Caridad se renuevan y fortalecen. Por supuesto, somos tan complicados y egoístas que a menudo no aceptamos el perdón y perdemos una oportunidad de oro para un cambio radical.

* Recuerdo una escena de una película de gangsters de Chicago, cuando el protagonista, un tipo duro que acababa de matar docenas de miembros de la banda rival, llega a su casa, pone la ametralladora en el armario y se da cuenta de que su anciana madre está tosiendo y jadeando. El gangster comienza a llorar como un bebé… y tiene que ser consolado por su anciana madre. Desde luego, es sólo una película, pero refleja la capacidad de todo ser humano para pasar del odio al amor. El Espíritu Santo conoce esta característica. ¿No va entonces a utilizarla? Hemos de recordar que cada ser humano que encontramos, por muy exasperante que sea, está recibiéndola misma invitación divina; toda persona que conocemos está llamada a brillar en la gloria.

De hecho, es una intuición tanto de personas religiosas como de cualquiera que tenga buena voluntad. Recordemos las palabras de Nelson Mandela, en su Discurso Presidencial Inaugural de 1994:

Nuestro miedo más profundo no es a ser inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite. Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo de Dios. El hecho de jugar a ser pequeño no sirve al mundo. No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras. Nacemos para hacer manifiesta la gloria de Dios que está dentro de nosotros. No solamente algunos de nosotros: Está dentro de todos y cada uno. Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás.

¿No es en verdad revelador?

Nuestro padre Fundador insiste en que esta transfiguración es una forma de unión, un paso en nuestra identificación con la Trinidad. De forma más tradicional, pero completamente en la misma línea (Virtud de la Religión = Unión), Heri-Dominique Lacordaire dijo en sus célebres Conférences de Notre-Dame de Paris (1844):

El milagro de nuestra transfiguración se cumple en la doctrina católica: humildad, castidad, caridad y todas las elevaciones interiores que resultan de éstas no son más que efectos de una virtud elevada que pone en marcha todas las demás. Sin religión, sin la interacción del alma y de Dios, el edificio cristiano se desmorona; consecuentemente, esa interacción, que es la piedra angular del arco, es eficaz de forma sobrenatural, porque lleva al hombre más allá de la humanidad.

¿Podemos pensar que el amor que dos personas comparten tras estar muchos años juntos es el mismo que se profesaban cuando se conocieron? ¿Podemos creer que esas personas siguen siendo como antes? Hay una transfiguración de quien somos que ocurre cuando tenemos la experiencia de amar, pues dependemos de las personas que amamos y que nos aman.

Pensemos en una persona que atraviesa un proceso terapéutico, que a través de ese proceso experimenta una curación y entonces su forma de estar con los demás y consigo mismo es nueva y diferente. Esta es otra manera de contemplar nuestra transfiguración.

En la festividad de hoy, nada cambia en Cristo. Más bien, son los discípulos los que cambian y nosotros con ellos. Cristo fue transfigurado, no adquiriendo algo que le faltaba, sino manifestando a sus discípulos quién era Él en verdad; abrió los ojos de esos discípulos ciegos y les dio una visión nueva. En otras palabras, en la transfiguración se nos da un vistazo del telos (objetivo o propósito) de la humanidad: unión con Dios. La transfiguración nos muestra el fin último de nuestra existencia.

Esa transfiguración continua, esa unidad tan deseada por Dios precisa nuestro consentimiento. Cuando nuestra humanidad acepta sin reservas ser unida a la humanidad de Cristo, Él comparte con nosotros su naturaleza divina. Esto significa que la transfiguración revela lo que nos sucederá cuando nos aproximemos, al máximo posible, a esa acogida de Cristo en su relación con el Padre. No podemos ser forzados a ello, se requiere nuestro consentimiento (acción teantrópica).

En 2Cor 3:18 leemos que quienes reciben el Espíritu son capacitados no sólo para ver la gloria de Dios, sino también para recibir esa gloria, al ser transfigurados en la imagen de Cristo ¿Cómo ocurre esto? Primero, dice San Pablo que recibir el Espíritu significa recibir un nuevo corazón y el soplo de una nueva vida en nosotros; es lo que San Pablo llama la nueva creación (5:17). Después, no se puede participar en una segunda creación sin transformarse en ministro de la “nueva alianza” (3:6). Si la luz del Evangelio ha brillado en nuestros corazones somos responsables de hacerla visible a quienes tenemos alrededor.

Los apóstoles pudieron escuchar a Jesús decir que estaría con ellos siempre; después de todo, Cristo es Dios Emmanuel, Dios con nosotros. No adoramos a un Dios cuya presencia se limita a una experiencia particular en la cima, ni en un lugar particular o en un momento particular. Adoramos a Dios Emmanuel, en todos los lugares y a todas horas. Dios está con nosotros, contigo. Los discípulos entendieron que Cristo moraría en ellos. No necesitaban quedarse en la cima dela montaña o regresar allí para tener un contacto con Él. Se apoyarían en la luz y en la vida de Jesús, que estaría entre ellos siempre. La presencia del Padre y del Espíritu Santo lo hizo aún más claro. Si no revivimos esos momentos de resurrección, en los que encontramos la presencia de Dios y la garantía de su amor, podemos fácilmente perder la esperanza y el fervor.

El último versículo del Evangelio de hoy parece estropear un panorama prometedor: No hablen a nadie de esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

Aunque Pedro confesó a Cristo como Mesías, él y los otros apóstoles estaban todavía lejos de comprender que el Mesías prometido no sólo iba a ser un Rey del linaje de David, sino también un siervo sufriente. Alguien que tendría una muerte ignominiosa. Al hablar de la cruz, Cristo no se refiere a todas las pequeñas dificultades que encontramos en la vida. Él apunta más bien al hecho de que tenemos que morir a nosotros mismos. Esto es más difícil, más temible que todos los sufrimientos, y parece imposible para el hombre. Hoy, como en su época, muchos se acercan a Cristo para satisfacer sus necesidades y deseos, pero Dios resulta ser el Mesías que nos pide morir con muerte ignominiosa y martirial dentro de nosotros, morir a nuestros intereses egoístas. Para llegar a ser completamente humanos, debemos rechazar el ego y seguir a Cristo.

La historia de la Transfiguración nos enseña qué estamos llamados a ser, la razón de nuestra creación. Nunca debemos olvidar que en Cristo no sólo vemos a Dios, sino también a la humanidad; no sólo la humanidad, sino lo que debería ser la humanidad. En Cristo vemos lo que estamos llamados a ser. En conclusión; estamos llamados a ser transfigurados, a reflejar la luz divina a través de nuestros cuerpos.

Sesión Plenaria del PUJ en China

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Del 6 al 11 de agosto en Pekín (China) tendrá lugar la sesión plenaria del Parlamento Universal de la Juventud (www.wyparliament.org) que en esta ocasión está tratando el tema “Relaciones interpersonales: claves para una nueva civilización. Un viaja llamado perdón”. Jóvenes de África, América, Asia y Europa se reunirán para poner en común el resultado de sus investigaciones y experiencias de vida en cada país y aprobarán un manifiesto para dar a conocer al mundo sus propuestas.

El Parlamento Universal de la Juventud fue creado por Fernando Rielo en 1991 y es convocado de modo permanente por la Asociación Internacional Juventud Idente (www.identeyouth.org). Ha celebrado sus sesiones mundiales en Roma (2009), en Nueva York, sede de la ONU (2010) y en Berlín, Universidad Humboldt (2014).

He aquí el programa del evento:

¿Qué es Bueno y qué es Malo?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 30-7-2017, XVII Domingo del Tiempo Ordinario (1Reyes 3:5.7-12; Romanos 8:28-30; San Mateo 13:44-52)

Esa es la pregunta de Salomón. Y también el problema de todo ser humano. La dificultad radica en saber qué entendemos por bueno y malo y eso depende de nuestras motivaciones, intenciones y fines. Este deseo de clarificar lo que es bueno y lo que es malo es una consecuencia de la ley más poderosa que gobierna nuestras vidas: la ley de la perfección.

Pero lo cierto es que no podemos evitar el estar tomando decisiones en todo momento y lo hacemos según nuestro uso pobre y mediocre de ese “instinto” o búsqueda permanente de la perfección.

Salomón no pidió tener una relación personal más profunda con Dios, sino un don que le permitiera servir mejor a los demás. No pidió una larga vida, riquezas o la vida de sus enemigos, sino que se preocupó de su prójimo. Salomón sabía que, en última instancia, el sentido y la felicidad de esta vida no son cuestión de tener razón, poder o riqueza, sino cuando nos entregamos a los demás sirviéndoles auténticamente.

¿Y nosotros? La parábola de la red nos dice que tenemos que purificar nuestras intenciones; hemos de distinguir entre lo que hacemos y por qué lo hacemos. No es suficiente hacer lo correcto, sino realizarlo con la intención correcta: agradar a nuestro Padre celestial. Sólo entonces podemos hablar de un servicio real y auténtico; de otro modo se trata sólo de una búsqueda de cosas de este mundo, disfrazada de servicio espiritual. Lo cual es aún más malicioso y peligroso. Por eso Cristo dirigió las reprimendas más duras no a los pecadores, sino a los líderes religiosos farisaicos e hipócritas.

Por supuesto, no podemos purificar nuestras intenciones simplemente con nuestros esfuerzos…! pero nuestro papel en este proceso es esencial! Algunas veces somos víctimas del instinto de felicidad, y esta es la manifestación más clara de nuestro mal uso de la poderosa tendencia a la perfección. Como nuestro padre Fundador decía, incluso los ladrones profesionales organizados utilizan sus energías al límite para llevar a cabo el crimen perfecto, como por ejemplo el perfecto robo de un banco.

Por su parte, el Espíritu Santo hace todos los esfuerzos posibles para purificarnos, para dejar claro cómo nuestras intenciones (conscientes e inconscientes) son decisivas y por eso nuestra vida mística está llena de manifestaciones de su intensa actividad: apatía, vaciamiento, aridez, vacilación,… Estas nos apartan de nuestro instinto de felicidad, particularmente en el caso de las personas consagradas, de nuestro deseo de sentir la aceptación de los demás o los frutos inmediatos.

Cuando aceptamos esta purificación, comenzamos a pedir todo en Su nombre y recibimos la misma respuesta que Salomón: Voy a obrar conforme a lo que pides. Y poco a poco podemos decir con San Pablo: Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman.

Pero nos falta tener una visión clara de nuestro futuro y de los planes divinos:

Se cuenta que un monje iba de un lado a otro inclinándose ante todos y diciendo: Nunca te despreciaré, pues un día serás santo. Dejó de estudiar, de ofrecer incienso y de hacer otras prácticas y simplemente siguió inclinándose profundamente, en cuerpo y alma, ante todos.

Un director espiritual preguntó a sus novicios: ¿Cómo sabemos cuándo se acaba la noche y llega el día? Los discípulos dieron toda clase de respuestas: Cuando vemos donde acaba nuestro campo y comienza el del vecino; cuando puedo distinguir mi caballo del de mi amigo; cuando puedo decir si un animal es una vaca o un caballo; cuando puedo distinguir el color de una flor

No, no, no. –dijo tristemente el director espiritual, sacudiendo la cabeza– La noche se acaba y el día empieza cuando miras el rostro de tu prójimo y ves que es tu hermano o tu hermana. Ves que os pertenecéis mutuamente.

Esta es la comprensión y la visión que adquirimos si aceptamos el Reino de los cielos, la voluntad inmediata de Dios para mí, hic et nunc, aquí y ahora.

Para lograrlo, para estar en la senda de la perfección, debemos estar dispuestos a vender muchas perlas. Esto es, a dejar nuestra seguridad habitual, nuestras zonas de confort. Esta es una de las razones por lo que es tan importante tener un director espiritual, un rector, una comunidad. Cada uno de nosotros, por mucho esfuerzo que hagamos, es incapaz de ver con claridad continuamente. Somos como un pez en la pecera. Poco a poco, el agua se ensucia y como eso ocurre gradualmente, no nos damos cuenta. Entonces nuestro hermano, rector o superior, o quizás el Espíritu Santo con un signo sutil, llega a nosotros y todo resulta claro: Mira, el agua está bastante sucia. Aunque nos esforcemos y trabajemos duro queriendo limpiar el agua, puede que no veamos las filtraciones que a otros les resultarán evidentes. Todos tenemos zonas oscuras de visión sobre nosotros mismos y nuestras intenciones. Somos propensos a hacer un “bypass espiritual” y a sentirnos “positivos”, evitando enfrentarnos a nuestras realidades espirituales más profundas. Un director espiritual y un hermano/a de mi comunidad es alguien con quien puedo ser honesto y compartir mis intenciones más profundas. Santa Brígida decía que Cualquiera que no tenga un amigo espiritual, es como un cuerpo sin cabeza, como el agua de un lago sucio.

Mientras nos preocupe auto-servirnos, auto-enaltecernos, esas serán las intenciones tras nuestras palabras y obras. Podemos decir a los demás que deseamos algo mientras, quizás inconscientemente, deseamos sólo acariciar nuestro ego. Cuando caminamos solos espiritualmente, hablaremos para rebajar a los demás y sentirnos superiores a ellos; criticaremos para agrandar nuestra importancia a expensas de los demás y mentiremos si eso nos ayuda a obtener lo que deseamos; utilizaremos nuestros logros pasados para impresionar a los otros con nuestra valía.

Las dos parábolas sobre las perlas tienen el mismo objetivo: revelar la presencia del Reino, pero cada una lo hace de forma diferente; a través de la conciencia del acto gratuito de Dios en nosotros (vida mística) y a través del esfuerzo y la búsqueda que cada ser humano hace para descubrir mejor el sentido de su vida (esfuerzo ascético).

Cristo es al Reino de Dios para nosotros, pues hemos experimentado su amor y su bondad. Deberíamos de estar gozosos, sin embargo, en algunos momentos muchos de nosotros no irradiamos esa alegría espiritual, viviendo como los seres más desgraciados, que tienen que abandonar sus sueños, cumplir sus obligaciones y no poder seguir la propia voluntad, como hacen otras personas ¿Qué nos falta?

Es porque no nos hemos entregado completamente a ese tesoro y a esa perla y por eso están fuera de nosotros, no completamente dentro. Son como una idea o un buen deseo. La felicidad y el bienestar de este mundo son pasajeros y no duran mucho. Es una alegría breve.

¿Es Jesucristo la perla que nos lleva a dejar todo lo demás? ¿Estamos dispuestos en todo momento a pagar el precio que cuesta estar a su lado? La cruda realidad es que, demasiado a menudo, consideramos a Cristo no como un tesoro o una perla incomparable, sino como algo que compramos en las rebajas. Si el precio es alto, no nos interesa tenerle. Deseamos tener, si es posible, a Cristo y al mundo, especialmente el reconocimiento, ser admirados y ser comprendidos.

Hemos de recordarnos continuamente cuál es el Tesoro que hemos encontrado: Nuestro Padre celestial, un padre que entrega todo, que saca de sus reservas lo nuevo y lo añejo. Nuestro Padre celestial es el mercader que parece insensato y y ha comprado nuestra salvación por un precio no rebajado. Nuestro Padre es el soñador que cava el campo y retira la basura en la que nos hemos enterrado y cuando por fin nos encuentra, dice: Tú eres mi tesoro.

Mensaje del P. Jesús Fernández a los peregrinos identes de la Ruta Jacobea Idente, en su 30º aniversario

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El Presidente de las misioneras y de los misioneros identes, P. Jesús Fernández Hernández, ha enviado este bello mensaje a los peregrinos de la Ruta Jacobea Idente. Esta se celebra cada año por deseo expreso del Fundador de los misioneros identes, Fernando Rielo, y tiene lugar del 12 al 25 de julio desde Astorga (León) hasta Santiago de Compostela. En esta ocasión ha tenido un bello cariz ecuménico por la participación de un grupo de peregrinos alemanes de la iglesia protestante de Hoyerswerda.

Queridos misioneros y misioneras, amigos y amigas:

Ante todo, mi afecto y mi oración por cada uno de los peregrinos. Este año estamos celebrando los 30 años de la Ruta Jacobea. Una peregrinación recorrida por creyentes y no creyentes, y por auténticos arrepentidos. ¿De qué cosa? De no haber descubierto que lo más valioso y fecundo de la vida personal es saberse hijo de un Padre Celeste que nos ama con verdadera locura. Este Padre es llamado Dios, concepto primordial y absoluto, que pasa a palabra en las diferentes lenguas de todas las naciones y culturas del mundo. Su contenido es una realidad que ha sido infundida a todo ser humano: el místico patrimonio genético que nos hace a todos verdaderos hijos de Dios.

La vida del ser humano, con este valiosísimo patrimonio que cada uno tiene, es tránsito, éxodo, peregrinación hacia nuestro verdadero hogar: el cielo, representado en el Pórtico de la Gloria. Las dificultades de la peregrinación han simbolizado el camino de cruz por el que atraviesa la vida de cada ser humano, como atestigua el fundador de los misioneros y misioneras identes, Fernando Rielo: «Un camino de cruz -estas son sus palabras- que puede transformarse en itinerario lleno de esperanza, donde se presta servicio a los demás, se comparte generosamente la amistad y la vida, se apuesta por el respeto y la escucha en el diálogo; un camino de cruz que puede convertirse en recorrido de admiración, donde se contemplan bellos paisajes, donde se sabe apreciar el arte y la cultura de las pasadas generaciones, donde se admira la amabilidad y hospitalidad de las gentes; un camino de cruz que nos compromete con los más altos valores, donde se ayuda a los demás, donde sólo se mira el bien, la paz, la felicidad del otro, donde se desea sinceramente encontrar la forma mejor de concebir y vivir el destino; un camino de cruz que puede ser trayecto accidentado, donde aparecen el cansancio y la fatiga, el tedio y la desazón, la soledad y la incomprensión, pero, al mismo tiempo, se tiene la capacidad de respuesta, de superación, de esfuerzo, de tesón: en una palabra, de ejercer la potestad de hijos e hijas de un celeste Padre común; un camino de cruz que llega a Santiago de Compostela, ciudad de talladas cruces con su Pórtico de la Gloria, símbolo de un ser humano que, adquiriendo, por vocación inapelable, el compromiso de ser santo, lleva en su corazón el desposorio de la cruz y de la gloria, del sufrimiento y de la alegría, de la muerte y de la vida»[1].

Este es el camino verdadero, que es el mismo Cristo, que hay que seguir, unidos a Él, en el regreso a vuestras casas. Solo así podréis encontrar la paz, la libertad interior y la dicha. El camino de la cruz lleva dirección al cielo. Afirma Fernando Rielo que «Quien en esta vida tiene verdadera visión del cielo sabe lo que tiene que hacer: lleva el instinto del esfuerzo, de la cruz. Quien no toma la cruz no podrá alcanzar esta visión. Puede decirse que quien tiene visión de las cosas celestes es inasequible a cualquier desaliento, y permanece inalterable frente a todos los episodios que le acontecen, y en el aspecto que sea»[2].

Cristo da una definición clara del cielo o vida eterna: “Que te conozcan a Ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17,3). Vivir en el cielo es “estar con Cristo”, “vivir en Cristo”, “caminar con Cristo”. Por su muerte y resurrección, Él nos ha abierto el cielo. No perdamos este gran y único regalo.

Queridos peregrinos, la verdad es que cada una de nuestras dimensiones constituye un vasto horizonte por descubrir. La vida espiritual, la vida mística, es un universo por sí mismo, un mundo inmenso, una aventura apasionante como ha sido vuestro peregrinar siguiendo la ruta de los grandes peregrinos y penitentes de varios siglos. Vuestro caminar hacia la ciudad del Apóstol Santiago ha conllevado ciertos riesgos y ha exigido cierta audacia. No os ha faltado valentía.

Posiblemente habéis explorado las bases de una vida interior rica con los elementos de la oración continua, la lectura del Evangelio y el estado de agradecimiento que nos deja la Eucaristía.

Se dice que somos personas con roturas en nuestro corazón. Seguramente habéis comenzado la ruta con una cierta soledad con sentido de aislamiento, con miedos y con alguna sensación de inseguridad o cierta confusión sobre la orientación de vuestras vidas. Cuando las personas se reúnen para recorrer no solo un camino sagrado exterior, sino para realizar una peregrinación por su alma, se descubren esas roturas interiores. Esta es la razón por la cual una peregrinación exterior corre paralela con una peregrinación interior.

Estoy convencido de que todo ser humano sufre de una forma distinta a la de otro ser humano, aunque sean familia de la misma sangre. Y esto puede verse en el sufrimiento de unas relaciones rotas entre esposos, entre hermanos, entre padres e hijos. Pero lo más hermoso es que, a pesar de nuestras debilidades, hemos sido elegidos y bendecidos por nuestro Padre Celeste.

Seguramente habéis tenido alguna experiencia espiritual o mística durante la peregrinación que os haya introducido un poco más en el conocimiento experiencial del misterio de la Santísima Trinidad, que es un conocimiento de amor. Delante de Dios hay una cierta oscuridad, producida por su luz infinita que, para nosotros, es demasiado fuerte, y nos quedamos profundamente asombrados, en silencio. En realidad, toda relación con Dios en el silencio de nuestro corazón, abiertos al amor divino, es verdadera oración.

¡Jóvenes peregrinos! Sed entusiastas, que es más que ser optimistas. El entusiasmo es, según la etimología griega, soplo, fuego, arrebatamiento interior por lo divino. El entusiasmo, cuando es auténtico, produce paz, equilibrio y serenidad. El entusiasmo empuja, arrastra, es fascinante, es sumamente atractivo. Tener entusiasmo es tener juventud, ganas de luchar por un futuro mejor, tener vitalidad, soñar, salir de la mediocridad y de la rutina, es sacar lo mejor que hay dentro de nosotros mismos. Sabed que Cristo es el único que puede verdaderamente humanizar una sociedad que, sin Él, se encuentra a la deriva. Es el gran líder que transmite entusiasmo y creación ante las dificultades que no faltan nunca.

No os desaniméis nunca, queridos jóvenes. Sois los nuevos héroes del siglo XXI. No penséis tanto en vuestros éxitos o fracasos. Esto no es lo más importante. Lo más importante es intimar con vuestro hermano y amigo Cristo. Cuanto más profundas sean nuestras raíces en Cristo, más lejos llegarán las ramas. Solo así, en Cristo, podremos hablar de amistad con los hombres y poder ayudar, eficazmente, a nuestro prójimo. Las personas que oran, que aman en el silencio de todo aquello que los separe del amor al Padre hacen mucho bien a la humanidad. Los pequeños arroyos hacen los grandes ríos caudalosos.

Quien quiere hacer algo bueno siempre encontrará medios para hacerlo. Así cada acto de oración es como una estrella que se enciende en algún corazón llegando hasta el último rincón del universo.

Esperando encontrarme alguna vez con vosotros en la ruta de la vida, os abrazo y os bendigo, bajo la mística sombra de Santiago Apóstol y de nuestro padre Fundador, y ante la presencia de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José.

Jesús Fernández Hernández
Presidente de las misioneras y misioneros identes

[1] Fernando Rielo, Mensaje a los peregrinos de la Ruta Jacobea, Nueva York, a 11 de julio de 2001.

[2] Cristo y su sentido de empresa, FFR, Madrid, 2017, p. 102

Mostaza, Trigo, Cizaña y Levadura

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 23-7-2017, XVI Domingo del Tiempo Ordinario (Sabiduría 12:13.16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13:24-43)

Es importante recordar que el Reino de los Cielos crece gradual y misteriosamente hasta que alcance su plenitud al final de los tiempos. Dios siempre ha reinado pero, como vemos en el Antiguo Testamento, en muchas ocasiones el pueblo judío (¡y cada uno de nosotros!) ha creado una situación opuesta al plan divino original. Cristo proclamó la llegada de una nueva era (Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca) anticipada en Él mismo y en la Iglesia que fundó.

Pero el Reino de Dios quedará establecido cuando la humanidad acepte Su soberanía y se disponga a llevar a cabo Su plan. Sí; el Reino de los Cielos es como el grano de mostaza: es muy pequeño, pero crece en silencio y encierra infinidad de sorpresas. Los comienzos son modestos, pero el final es inimaginable. El mismo mensaje nos transmite la parábola de la levadura en la masa: La gracia es como la levadura. Es un poderoso agente de cambio. Cuando nos rendimos a la gracia divina, Él hace maravillas en nuestra vida. Algunas cosas pequeñas pueden dar lugar a otras grandiosas. De hecho, Dios suele elegir lo que a nadie se le ocurriría (cosas que creemos pequeñas) para hacer actos extraordinarios para sus planes.

Esto es especialmente relevante para los niños y adolescentes, pues ellos no son los dueños del mundo. Pero, aunque son jóvenes y no se han desarrollado del todo, ya pueden hacer cosas maravillosas y grandiosas para Dios ahora mismo. No tienen por qué esperar.

Nada puede destruir el plan de Dios para la humanidad. Lo que al final de los tiempos se dará es el reino de justicia, paz, gozo y amor en el Espíritu Santo. ¿Qué es la justicia divina? La justicia de Dios es su compasión. El autor del Libro de la Sabiduría dice: Tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos. Dios siempre está listo para perdonarnos.

Merece la pena cooperar con el plan divino de amor; a veces es muy difícil, pero al final los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

Sabemos bien que la fe es más que simple confianza; supone una obediencia. Así, cuando Dios llama y dispone, se nos pide tener la obediencia de la fe. La fe es un acto de obediencia. Es lo que San Pablo escribe de la fe en Cristo, por medio de quien hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe entre todos los gentiles, por amor a su nombre (Rom 1:5). De hecho, sólo con la obediencia nuestra fe puede hacerse salvífica. Estamos llamados a confiar en Sus promesas y en Su Palabra. Pero también tenemos que llevar a cabo lo que nos dice; caso contrario, una fe sin obediencia haría ineficaces sus promesas en nuestra vida.

Esta es la hoja de ruta que nos dan las parábolas de hoy: Hemos de cooperar con la gracia de Dios en nuestras vidas, con frutos de amor y servicio. Hemos de ofrecer esperanza a los demás, en especial con el perdón. Hemos de ser pacientes con los que no piensan como nosotros. La forma de vencer a nuestros enemigos no es destruyéndolos, sino por medio del amor compasivo. Las personas necesitamos tiempo para cambiar y ser convertidos.

Aunque creemos en lo anterior, siempre pretendemos controlar nuestras vidas. No deseamos vivir en la incertidumbre. Por eso, proyectamos y tratamos de controlar nuestras vidas, incluso las de los demás. El ser humano siempre está temeroso del sufrimiento, del dolor y sobre todo de la muerte…estas son las semillas que NO deberíamos regar ¡Pero están siempre ahí!

El trigo y la cizaña siempre están juntos y hemos de dejar la selección y separación al Señor. San Pablo nos dice que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad.

Quizás el mensaje más importante es que no nos corresponde juzgar; a Dios sí. Él es el juez que determinará lo que es bueno y malo, lo verdadero y lo falso. Es Cristo con sus ángeles quien separará la paja. Nosotros, como seres humanos, no hemos de juzgar el corazón de las acciones de los demás. Ese es el papel de Cristo en el juicio final.

En esta parábola, el sembrador arroja la semilla en el terreno. Su enemigo viene y siembra cizaña. Entonces, los trabajadores quieren arrancar las malas hierbas. Esto parecería razonable; pero el sembrador no lo quiere así. Teme que al arrancar la mala hierba, se arranque también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: ‘Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero’.

¿Se te ha ocurrido pensar que el Espíritu Santo puede sacar frutos de nuestras faltas? Todos queremos eliminarlas… si es que antes reconocemos haberlas cometido. Nos desanimamos cuando vemos que cometemos las mismas faltas una y otra vez. En la parábola, Cristo dice que la cizaña crecerá junto al trigo y que Dios los separará al final de nuestras vidas. Esto no exime a nadie de nuestro esfuerzo ascético.

Si somos sinceros, nuestras faltas nos hacen humildes. Es más, nos empujan a ser honrados y a no enjuiciar a los demás. Y nuestras faltas nos pueden animar a cuidar nuestras virtudes y a utilizarlas para amar más a los demás. Es valioso saber nuestra capacidad de hacer el mal y de hacer el bien. Realmente, la cizaña puede ayudarnos a crecer y a ser fuertes. Frente al mal y al sufrimiento, nos podemos hacer más perfectos en la verdad y en la santidad. Los pecados de los demás también nos pueden purificar para tener un amor compasivo… Todo esto es purificación ascética y mística.

Dios nos da tiempo para arrepentirnos. Respeta nuestra necesidad de crecer en amor y obediencia. Es paciente con nosotros. Nos advierte contra la impaciencia en nuestro crecimiento en la santidad. Arrancar la cizaña demasiado temprano puede llevar a destruir el trigo. Cristo nos exhorta a ser pacientes cuando veamos el escándalo del pecado en la comunidad cristiana. Por supuesto, los escándalos nos entristecen, pero no hemos de sorprendernos, pues la Iglesia es una comunidad de peregrinos que camina hacia la santidad.

Tras leer esta parábola, seguramente seremos más lentos al juzgar lo que es trigo y lo que es cizaña en el mundo, comprendiendo que habrá sorpresas en el día del juicio, que algunos que pensaban estar entre el trigo descubrirán que Cristo no los veía así: No os conozco. Esta es una frase que al menos debería producir humildad en quienes buscan que la buena semilla crezca en sus vidas.

¿Has comparado las malas hierbas de la parábola de hoy con las espinas de la Parábola del Sembrador? Estas últimas representan los afanes del mundo y la seducción de las riquezas, pero ahora Jesús quiere destacar el hecho de que la cizaña es sembrada por el diablo, quien siembra cuando el agricultor está dormido. Simboliza el mal del mundo, que pretende destruir las buenas semillas (símbolo del trigo de la Verdad y el Amor divino) que Dios ha plantado en nuestros corazones al crearnos.

Esto es algo tan sutil que podemos empezar a creer en medias verdades, como por ejemplo que si cumplimos con nuestra observancia religiosa, no hace falta que estemos tan “centrados en Dios” en nuestro vivir diario. Esto es así porque Dios comprende que somos personas ocupadas y que tenemos poco tiempo para nuestro apostolado y oración. Dios no nos va a juzgar duramente, porque es compasivo. Esta forma de razonar equivale a vivir en las medias verdades, haciendo de nuestra fe y de nuestra relación con Dios algo muy superficial, rutinario e incluso supersticioso. Esa manera de pensar y creer forma una fe tibia que paraliza y enfría nuestra conciencia.

Cuando los brotes de trigo y de cizaña son tiernos, son tan parecidos que resulta muy difícil o casi imposible distinguirlos y separarlos. Hay semillas buenas y malas en nuestros corazones que van creciendo y en su momento darán buen o mal fruto.

Estamos llamados a alimentar y nutrir el amor básico, humano, que Dios ha sembrado en nuestros corazones. En nuestra reflexión de hoy vemos con claridad que a menos que desarrollemos este amor que ya tenemos, no podemos tener una base para construir una relación profunda y relevante con Dios y con el prójimo.

Y cuando ponemos a Dios como centro de nuestras vidas y nutrimos diariamente nuestra relación con Él, viviendo una vida de oración continua, entonces los pequeños pasos que damos, incluso si parecen pequeños como una semilla de mostaza, nos llevarán a heredar el Reino de los Cielos en esta vida y plenamente en la otra, una vida de dicha plena con Dios y con el prójimo, en el cielo.

Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. San Pedro fue el primer Papa y Andrés un Santo y Mártir. Cristo tenía un plan formidable para ellos y por eso los llamó. Todos estamos llamados a vivir una vida de santidad, aunque nuestras misiones sean diferentes.

Cuando el Espíritu Santo nos da la intuición de ofrecer un nuevo momento del día, eso es una llamada; cuando hay una oportunidad de servir más en la comunidad, eso es otra llamada. Si escuchamos, oiremos la llamada. Si no tengo un oído atento en la oración ¿cómo voy a descubrir el plan divino para mí?

Hondas reflexiones en la IV Escuela de Humanidades, Metafísica y Mística Fernando Rielo de la UIMP y Fundación Fernando Rielo

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Con el tema “Retos para un nuevo humanismo. Pensamiento, arte y educación” se ha clausurado la IV Escuela de Humanidades, Metafísica y Mística Fernando Rielo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) y la Fundación Fernando Rielo. Se ha celebrado del 18 al 21 de julio y ha tenido lugar en las magníficas instalaciones de la UIMP, en el Palacio de la Magdalena (Santander, España).

Al igual que en las anteriores ediciones, el nivel de las ponencias y de las mesas redondas de este curso ha sido muy alto pues se han generado profundos e interdisciplinares debates en torno a los desafíos que tiene hoy la sociedad para desarrollar un auténtico humanismo que potencie y eleve a la persona humana y a la sociedad.

La fundamentación metafísica, la teología, la antropología, la perspectiva estética y la educación han sido los ejes sobre los que han pivotado las exposiciones, tesis y debates, en diálogo con otras dimensiones humanas como el derecho, la economía, las artes, la sociología, la política y la tecnología, y los múltiples desafíos que plantean.

En la sesión de evaluación, muchos de los participantes coincidieron en el original y necesario aporte de los planteamientos antropológicos de Fernando Rielo y su aporte para un nuevo humanismo en la sociedad de hoy. Sugirieron lo importante de hacer estudios comparados entre Rielo y otros autores y de seguir desarrollando su pensamiento.

La directora de este curso y del Aula de Pensamiento de la Fundación Fernando Rielo, Juana Sánchez-Gey Venegas, manifestó en la sesión de conclusiones las interesantes vías que ha abierto este curso: seguir difundiendo el pensamiento de Fernando Rielo; promover la realización de tesis doctorales sobre el mismo; la importancia del seminario que hace la Fundación Fernando Rielo en Madrid sobre la filosofía de Fernando Rielo y la pertinencia del congreso mundial de metafísica que realizará la Fundación Idente de Estudios e Investigación en 2018.