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Jesús Cevallos

En ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto

By | Evangelio | No Comments

por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes

New York, 17 de Marzo, 2019.
Segundo Domingo de Cuaresma

Génesis 15: 5-12.17-18; Filipenses 3:17-21.4,1; Lucas 9:28b-36.

¿Cómo describir la Transfiguración? No es fácil. Tal vez es por eso que Jesús pidió a los apóstoles que no contaran a nadie lo que habían visto. Tiene que ser experimentada. De hecho, en nuestra vida mística podemos tener una experiencia transfigurativa permanente, que nada tiene que ver con luces o apariciones. Pero hemos de aprender a compartirla en nuestra comunidad y con el testimonio de nuestras vidas.

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1. Paradójicamente, para entender qué le pasó a Cristo en la montaña, tenemos que entender lo que nos está sucediendo a nosotros. Durante la invasión de Rusia, Napoleón se separó momentáneamente de sus hombres y fue descubierto por los cosacos rusos. Lo persiguieron por unas calles sinuosas. Temiendo por su vida, Napoleón finalmente se escondió en un taller de pieles. Le rogó al dueño que le salvara. El peletero dijo: Escóndase rápido bajo ese montón de pieles de la esquina. Luego, hizo el montón aún más grande, amontonando más pieles sobre Napoleón.

Apenas terminó cuando los cosacos irrumpieron en la tienda: ¿Dónde está? El peletero negó saber de qué estaban hablando. A pesar de sus protestas, los cosacos revolvieron el taller tratando de encontrar a Napoleón. Clavaron sus espadas en el montón de pieles, pero no lo encontraron. Finalmente se dieron por vencidos y salieron del taller.

Después de un rato, Napoleón salió del montón de pieles, ileso. Poco después, la guardia personal de Napoleón entró en el taller. Antes de que Napoleón se fuera, el peletero preguntó: Discúlpeme por hacer esta pregunta, pero ¿Cómo se sintió debajo de las pieles, sabiendo que el próximo momento quizás podría ser el último?

Napoleón se indignó: ¿Cómo se atreve a hacer semejante pregunta al Emperador? Inmediatamente ordenó a sus guardias que le vendaran los ojos y lo ejecutaran.

El pobre hombre fue arrastrado fuera del taller, con los ojos vendados y colocado contra la pared. El peletero no podía ver nada, pero podía escuchar a los guardias ponerse en la fila y preparar sus rifles. Entonces escuchó a Napoleón aclararse la garganta y gritar: ¡Listos! ¡Apunten! En ese momento, las lágrimas corrían por sus mejillas.

De repente, le quitaron la venda de los ojos. Napoleón estaba frente a él y le dijo: Ahora ya sabe la respuesta a su pregunta.

La transfiguración se refiere a algo que sucede dentro de nuestros corazones y mentes. En pocas palabras, significa un crecimiento irresistible de nuestra fe, esperanza y caridad, las virtudes teologales, que se llaman así porque su objetivo inmediato es nuestra unión con Dios, se relacionan de inmediato con Dios. En palabras de nuestro padre Fundador:

El proceso transfigurativo es preparar al asceta sicológicamente, hacer una transfiguración del alma, que las funciones del alma cambien de figura, y allí donde yo hubiese obrado de una manera, a la manera humana, voy a obrar ahora de una manera opuesta, a la manera de Cristo (15 Dic. 1974).

La mayoría de las veces, cuando recibimos estas gracias, no somos completamente conscientes de su poder transformador. Desconocemos ese poder, al igual que los tres apóstoles no sabían lo que estaba sucediendo cuando Jesús los llevó a la cima de la montaña para presenciar su Transfiguración.

Este signo indica el propósito apostólico y el objetivo de nuestra Transfiguración: en lugar de terminar en mí mismo, busca hacer de mí gradualmente un testimonio de la presencia de Cristo. Como siempre, es una gracia para compartir. Dos ejemplos emblemáticos:

* San Esteban irradió la gloria de Dios en su martirio cuando se vio que su rostro resplandecía: Todos los que estaban sentados en el Consejo fijaron la mirada en Esteban y vieron que su rostro se parecía al de un ángel (He 6: 15).

* En Pentecostés, se describe que los rostros de algunos discípulos eran tan resplandecientes que algunos creyeron que habían estado bebiendo en exceso, ya en la mañana. Pedro les corrigió: ¡Éstos hombres no están borrachos como ustedes creen, ya que apenas son las nueve de la mañana! (He 2:15).

El Espíritu Santo significa transfigurarnos, cambiarnos, a imagen de Cristo. Que nos transformemos tanto internamente y así otros puedan ver el rostro de Cristo en nuestro rostro y en nuestras vidas. Se nos da una identidad y un propósito completamente nuevos; Para hacer sentir la presencia divina en un mundo herido. El Papa Francisco lo dice claramente:

Tendremos esa fortaleza para estar cerca de los más débiles, de los más necesitados y consolarles y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros lo podemos hacer sin autocomplacencia, sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Esto es lo que que el Señor nos pide, con esa fuerza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza (22 Marzo, 2017).

Pero los frutos y efectos de nuestra transfiguración son generalmente discretos y, al mismo tiempo, poderosos. Quizás hemos tenido una experiencia similar a la de un sacerdote que asistió a la muerte de un hombre mayor. El hijo del enfermo pasó un tiempo con el sacerdote después de que su padre había muerto. Se sentaron en el pasillo del hospital, y el hijo abrió su corazón al sacerdote. Y lloró, reclinando su cabeza en el hombro del sacerdote. El sacerdote apenas dijo una palabra durante todo el tiempo. Finalmente, después de que el hijo había expresado todas sus emociones, se incorporó, miró al sacerdote, y dijo: Gracias, padre, me ha ayudado mucho. Gracias por ayudarme a averiguar qué debo hacer ahora. Y sin embargo el sacerdote no había dicho casi nada. El sacerdote estuvo presente y cercano y, en la medida de lo posible, se hizo como aquel cuyo padre había muerto, se sentó, escuchó, ofreció su hombro y, al hacerlo, sin palabras, se convirtió en guía para ese hombre.

A la inversa, (sólo) cuando somos conscientes del impacto de nuestra vida en nuestro prójimo, estamos en forma y bien dispuestos para acoger los cambios que la transfiguración nos invita a vivir. Un hombre era adicto a la nicotina. Sus padres le dijeron cuando era jovencito que dejara de fumar, pero él no hizo caso. Cuando ya era un padre de familia, su esposa también le pidió que dejara de fumar, pero tampoco cedió. Entonces, se descubrió que su hijo tenía cáncer de pulmón, como fumador pasivo. Este fue el punto de inflexión de su vida, una experiencia de metanoia (conversión radical). Se desprendió de su viejo hábito.

La presencia divina se manifiesta cuando brota de la transformación interior hecha por el Espíritu Santo. Esto queda atestiguado en todo el Antiguo Testamento: El corazón cambia el semblante del hombre, para bien o para mal (Sir 13:25). La sabiduría del hombre ilumina su faz y hace que la dureza de su rostro cambie (Ecl 8:1).

Y San Juan Pablo II nos recuerda: ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente (Novo Millennio Ineunte).

El cambio no es una experiencia “de una vez por todas”, sino una cuestión de transfiguración continua a medida que cambia la situación y siempre hay un desafío permanente para elegir entre el bien y el mal. Lamentablemente, hay abundantes experiencias de personas que una vez siguieron a Cristo con entusiasmo y luego se alejaron de él. San Pablo menciona a Dimas como su compañero de trabajo. En su última mención de él (2 Tim 4:10), Pablo comenta que Dimas se ha enamorado del mundo actual y lo ha abandonado. Él solía ser parte del círculo de los amigos de Pablo, pero se alejó. La mayoría de nosotros conocemos personas como él, que una vez siguieron a Cristo a nuestro lado, pero luego lo abandonaron.

2. Es importante tener en cuenta que la Transfiguración en el monte Tabor fue, literalmente, una experiencia cumbre. Sí, nuestra transfiguración personal tiene también momentos especiales, llamados Régimen por nuestro padre Fundador. El término latino régimen deriva de otra palabra latina, el verbo regere, que significa dirigir rectamente o gobernar. Y, de hecho, estas experiencias cumbre tienen un efecto duradero y regulador en nuestras vidas.

Generalmente, se trata de experiencias breves que Dios concede en ocasiones, especialmente para poder soportar dificultades. En el Evangelio de hoy, después de que el Padre habla, Jesús dice a los tres discípulos: Levántense, no tengan miedo. La transfiguración les da fuerza y confianza en que Dios está obrando en la vida de Cristo. También les da valor para continuar con su labor, ya con la seguridad de que Dios está y estará con ellos, especialmente en situaciones prácticamente imposibles:

John Ruskin, célebre crítico de arte y acuarelista, recibió a una señora que le mostró un hermoso pañuelo de seda delicadamente bordado. Por desgracia, había caído sobre el pañuelo una gota de tinta indeleble, y la dueña dijo a Ruskin que el pañuelo estaba perdido. Ruskin se lo pidió prestado. Unos días después se lo devolvió. A partir de la mancha de tinta, Ruskin había dibujado un diseño con un patrón hermoso y sofisticado. El pañuelo de seda había sido transformado por completo.

Todos los momentos de la unión mística tienen el fin de capacitarnos para llevar a cabo la obra de Dios. Quizás Pedro no era completamente consciente de ello cuando sugirió construir tres tiendas. El objetivo de nuestra unión progresiva con Dios no es quedarnos en la montaña. Se trata del ser fortalecidos para servir.

No deberíamos dejar de recordar las grandes cosas que el Espíritu Santo ha hecho en nuestras vidas, en las vidas de nuestro prójimo, en la Iglesia. Por eso Moisés exhorta a los israelitas a recordar todo lo que Dios había hecho por ellos en el camino; el recuerdo del viaje, el perdón que recibieron, la misión que se les había encomendado.

En el caso de la Transfiguración, esa obra del Espíritu Santo está precedida por una purificación triple: Impotencia (me gustaría entender completamente la voluntad de Dios, pero no puedo), Contrariedad (estoy dispuesto a obedecer, pero preferiría otras misiones, otras circunstancias) y Vaciamiento (ni las cosas del mundo ni las cosas del espíritu me causan entusiasmo).

La impotencia y la contrariedad son claramente visibles en la actitud de Pedro. Además, se le creó un fuerte vaciamiento al recibir la instrucción de regresar al valle.

Esta purificación es el preludio de la Transfiguración. Y su Régimen consiste en momentos en los que nuestra fe, esperanza o caridad nos llevan a un comportamiento inesperado y cercano a Cristo que, por tanto, llamamos extático (fuera de mis patrones habituales). Esto es lo que le pasó a Abraham. Tiene 75 años y su esposa no era precisamente joven. Es llamado por el Señor para dejar su tierra natal e ir a una tierra desconocida que Dios le mostraría. El Génesis simplemente dice: Abraham se puso en camino, como el Señor le había instruido. Eso es fe, alimentada por el don de la sabiduría. De forma parecida, San Juan XXIII tenía ya 77 años cuando fue elegido Papa.

Por favor, no olvidemos que incluso estas experiencias de Régimen de transfiguración pueden ser frecuentes, silenciosas y no necesariamente espectaculares. Por ejemplo, este ocurre con la Eucaristía. Benedicto XVI reafirma esto en su Encíclica, Sacramentum Caritatis:

la vida eterna se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros (…) La Eucaristía (…) hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios. Y todavía utiliza una expresión más impactante cuando dice que la Eucaristía introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de «fisión nuclear» …un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero.

El tiempo de Cuaresma es un momento de estar particularmente abiertos a la Transfiguración, que no es una evasión de la realidad. Su fin es elevar nuestra Creencia, Expectativa y Amor naturales al nivel santificador de Fe, Esperanza y Caridad. En todas las cosas, hay una gloria oculta y el Espíritu Santo la revela en un momento adecuado, porque, como dijo El Principito: Lo esencial es invisible para los ojos.

¿Cuál es la viga en tu ojo?

By | Evangelio | 2 Comments
 New York, 03 Marzo, 2019.
Octavo Domingo del Tiempo Ordinario

Libro de Eclesiástico 27,4-7; 1Corintios 15,54-58; Lucas 6,39-45.

  1. La mirada acusadora. Cuando trabajaba en la universidad, conocí a una destacada profesora con una verdadera pasión por la investigación; irradiaba entusiasmo y era encantadora… casi siempre. Lo único que hacía la vida difícil a su lado es que siempre estaba ansiosa por hablar de sus experiencias y jactarse de sus éxitos. A cada paso, discutía con sus colegas y daba consejos no solicitados. No tenía el menor interés en la vida y opiniones de los demás, y mucho menos en reconocer cualquier logro de los otros.
    Un día me sorprendió con un discurso furioso sobre lo competitivos y egoístas que son sus colegas, cómo no se prestan atención y cómo quieren parecer siempre más inteligentes que los demás. La estaba mirando con los ojos muy abiertos. Me hubiera gustado preguntarle si estaba hablando de sí misma, pero me mordí la lengua.
    Ella no es la única en tener esa actitud. Una de nuestras formas de proteger nuestro ego de una dura autocrítica es proyectar en los demás nuestra propia característica difícil de aceptar. Cada uno de nosotros tiene un punto oscuro: no reconocemos que somos envidiosos, impuros, hostiles o egoístas. Podemos ver la astilla en el ojo de otro, pero no podemos ver ni siquiera la viga en nuestro propio ojo.
    Quizás podemos responder a la pregunta de Cristo: ¿Por qué puedes ver la astilla en el ojo de tu hermano, pero no percibes la viga de madera en el tuyo? diciendo que no vemos la viga en nuestro ojo porque es precisamente con esa viga amenazadora y acusadora con la que miramos al otro.
    Nuestra mirada acusadora es uno de los ejemplos más destructivos de lo que Jesús describe como los frutos podridos de un corazón que no está en diálogo con Dios: Lo que sale de la persona es lo que la hace impura. Nos convertimos en víctimas, y nos hacemos víctimas a nuestro prójimo cuando aceptamos ser prisioneros de los mecanismos, los instintos que siempre están ahí y que fueron creados para alcanzar objetivos muy diferentes. Consideremos, por ejemplo, nuestro Instinto de Felicidad: Sentir satisfacción por haber hecho un buen trabajo no es lo mismo que ridiculizar o degradar a los demás para sentir que soy superior y poderoso.
  2. La medida de lo bueno y lo malo. Me gustaría compartir aquí un caso real, la experiencia de un joven y arrogante seminarista contada por él mismo. Puede ayudarnos a tener en cuenta que no podemos ser apóstoles o guías espirituales si no nos vaciamos de la vanidad y la superficialidad de este mundo. Sólo desde la plenitud del corazón puede hablar la boca.
    Cuando era un joven y animoso seminarista, comencé a trabajar en una escuela católica como responsable de disciplina.
    Era el último día del año escolar. Samuel, un niño de doce años, había completado con éxito su primer año en la escuela. Mientras esperaba para regresar a su casa, me senté con él y hablamos. A los pocos minutos de nuestra conversación, apareció por allí Miguel. Era un hombre de unos cincuenta años, empleado de limpieza y nunca habíamos tenido la oportunidad de saludarnos. Era una persona sencilla y humilde que nunca se hacía notar.
    Mientras hablaba con Samuel, Miguel se ocupaba de sus tareas, barriendo el piso y manteniéndose a cierta distancia de nosotros. En ese momento, aproveché la ocasión y comencé a sermonear al joven sobre el éxito y el fracaso. Le dije: ¿Ves a ese hombre? Qué desperdicio de vida. Tuvo la oportunidad de estudiar y no la aprovechó. Probablemente se perdió en la escuela secundaria, emborrachándose en muchas fiestas y perdiendo el tiempo con sus amigos. Probablemente nunca haya leído un libro en su vida. Dios sabe a qué se dedica ahora. Noté que Samuel captó el mensaje. Ese chico me tenía mucho respeto. Después de todo, yo era la figura religiosa y moral de la escuela.
    Cuando nos levantábamos para irnos, Miguel levantó la vista y se acercó a nosotros. Sonrió y dijo: ¡Hola Padre! Sonreí también y le dije: Oh, Miguel, aún no soy sacerdote. Todavía soy un seminarista. Pensé para mis adentros: Este tipo ni siquiera sabe que todavía no soy sacerdote. Pensando en eso más tarde, me di cuenta de que no lo sabía porque nunca me molesté en hablar con él. Miguel continuó: Lo siento, padre, no lo sabía. Esperaba que tal vez pudiera bendecir a mi familia si tuviera un momento libre. ¿Alguna vez le he mostrado una foto de mis hijos? Yo respondí: No. Nunca. Comenzó a hurgar en su billetera, buscando una foto. Finalmente, encontró una. Me la entregó y me sorprendió lo que vi. Miguel y su esposa eran blancos. Sus hijos no lo eran. Un niño pequeño era afroamericano; una niña era asiática. Y otro niño, nativo americano, era físicamente discapacitado. No podía creer lo que estaba mirando. Le pregunté a Miguel: ¿Son estos tus hijos? Él dijo: Sí, padre, ¿verdad que son hermosos? Mi esposa y yo adoptamos a los tres. Hemos sido muy bendecidos.
    Todo lo que pude responder fue: No lo sabía. En ese momento, sentí un nudo en la garganta y pensé: Qué idiota soy. ¿Quién soy yo para juzgar a los demás? Me miró y sonrió: Bueno, quizás el año que viene podamos sentarnos y hablar alguna vez. Me encantaría contarle mi historia. Se alejó y siguió barriendo el piso. ¡También debería haberme barrido a mí!
    Probablemente, Miguel nunca sabrá el impacto que tuvo en la vida de ese seminarista y en la vida de todos los niños que oran por él. Es un buen ejemplo del cumplimiento de la Segunda Lectura de hoy: Queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que realizan por él no serán vanos.
    Lo cierto es que Jesús dice hoy: Un árbol se conoce por sus frutos. No sólo nos está enseñando “cómo juzgar correctamente”; más bien, nos recuerda que probablemente no se ha regado el árbol de nuestro prójimo para que pueda dar frutos abundantes. ¿Qué experiencia dejó la marca más profunda en su vida? ¿Quiénes eran las personas que le han amado? O, ¿Cuál es el remordimiento mayor de esa persona? Jesús tuvo el poder de resucitar a los muertos y sanar a los enfermos. También tuvo el poder de activar los dones y las mejores virtudes ocultas de Pedro o Pablo. Si somos sus discípulos, se espera de nosotros que reguemos pacientemente, podemos, cavemos y abonemos el terreno de nuestros semejantes. Sí, como dice hoy la Primera Lectura, el fruto de un árbol manifiesta el cuidado que ha recibido.
    El Espíritu Santo está siempre activo … más allá de las apariencias, y más allá de nuestras limitaciones:
    En el vagón de un tren, una mujer intentaba desesperadamente calmar a un bebé que no paraba de llorar. El niño molestaba a varios pasajeros, y finalmente una persona no pudo más y dijo: ¿No puede hacer callar a ese niño? La mujer dijo amablemente: Estoy haciendo lo que puedo. El niño no es mío. El hombre gritó: ¿Y dónde está la madre del niño? La mujer respondió: En su ataúd, señor, en el vagón de equipajes que tenemos delante. Los ojos acerados del hombre se llenaron de lágrimas. Se levantó, tomó al bebé en sus brazos, lo besó, y se puso a caminar por el pasillo para consolarlo.
    Por otro lado, tenemos que poder discernir e identificar nuestros propios puntos oscuros, nuestras debilidades, principalmente el Defecto Dominante y nuestra falta de sensibilidad, no sólo para juzgarlos, sino para ayudar a nuestro rector (¡y al propio Espíritu Santo!) a guiarnos como los buenos maestros que siempre necesitamos.
    Todos los grandes maestros espirituales aconsejan utilizar todos los medios posibles para progresar en nuestro camino espiritual: Mediante tres métodos podemos adquirir la sabiduría: primero, por reflexión, que es el más noble; segundo, por imitación, que es el más fácil; y tercero por la experiencia, que es el más amargo (Confucio).
    Nuestro crecimiento espiritual no se mide por lo que aprendemos o sentimos. Estos enfoques intelectualistas o sentimentalistas se parecen poco a la lucha de un verdadero discípulo.
    Santa Teresa de Ávila tuvo muchas emociones y sentimientos espirituales y claramente aprendió cosas grandes y útiles en la oración, en la imitación de Cristo y sus experiencias de vida, pero dijo con una claridad excepcional: Debemos cuidar las flores, las virtudes, y ver cómo progresan. Después de todo, el agua es para las flores; la devoción no es el objetivo de una buena vida de oración. Es un medio para el crecimiento de las virtudes. Si las virtudes están vivas y florecen en nosotros, incluso en ausencia de devoción y consuelo, entonces nuestra vida de oración es saludable a pesar de la sequedad.
    Es especialmente atractivo el “modo compacto” que usa nuestro Fundador para expresar esta verdad en una de sus Transfiguraciones: El amor es un tratado de virtudes, nunca de razones.
    Nuestros pensamientos y nuestras palabras son el primer indicador y el primer fruto de nuestra vida espiritual. Esta es la enseñanza de la Primera Lectura de hoy: El horno pone a prueba los vasos del alfarero, y la prueba del hombre está en su conversación. El árbol bien cultivado se manifiesta en sus frutos: así la palabra expresa la índole de cada uno. No elogies a nadie antes de oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres. Cuando nuestras palabras son arrogantes, sarcásticas o superficiales, es difícil creer que estamos viviendo en el recogimiento y en la paz.
    Y, con respecto a las faltas y errores de nuestro prójimo, debemos recordar lo que aconseja la antigua máxima: No podemos condenar al pecador, pero podemos y debemos condenar el pecado. Aquí radica el problema de la hoy tan popular “tolerancia”: cuando dejamos de juzgar si las palabras y las acciones son buenas o malas, también dejamos de ocuparnos del significado de lo bueno y lo malo. Contrariamente a lo que la gente cree acerca de la tolerancia, no ha conseguido unir a las personas, ni nos ha iluminado, ni ha creado ningún tipo de paz. Más bien, como lo atestiguan las noticias actuales, la tolerancia ha fomentado la división y el aislamiento, ha promovido la ignorancia, la inquietud y la inestabilidad en todos los niveles.
    Un segundo indicador de la salud de nuestra vida espiritual son las acciones concretas, los pequeños y siempre nuevos gestos de generosidad y perdón, nacidos de nuestra unión con Dios: sin preferencias ni distinción de personas, en cualquier circunstancia y de manera incondicional. Las obras de misericordia son una muestra de las acciones concretas que deben ser visibles en nuestro comportamiento cotidiano. Muchos de nosotros hacemos cosas buenas por razones mezcladas, tal vez para demostrar a los demás y demostrarnos que somos compasivos, pero sólo un amor que brota de nuestro deseo de glorificar a Dios, puede hablar de su presencia y misericordia.
    Si nos proponemos vivir en este estado continuo de oración y misericordia, especialmente cuando somos calumniados, injustamente acusados, malentendidos o perseguidos, podremos guiar y llevar a otros a Cristo. Esto explica por qué Jesús concluye su lista de Bienaventuranzas con este signo supremo de fidelidad a su espíritu: Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
    La vida de los santos y nuestra propia experiencia, nos ofrecen un tercer indicador preciso de nuestra fidelidad: Cuando intentamos cumplir plenamente con nuestra misión, sea cual sea, entonces se nos confía una tarea nueva y probablemente más difícil. Esto va más allá de nuestra vida puramente ascética. Se trata de un acto divino de confianza que nos dice quién es Él y quiénes somos nosotros.
    Sí; sólo cuando nos enfrentamos a las tormentas de la vida, particularmente cuando nos sentimos defraudados, traicionados, o cuando las personas que amamos se vuelven contra nosotros, tenemos la oportunidad de dar un testimonio único de confianza en Dios y de decir de manera consistente con el salmista: Señor, Es bueno darte gracias. Nada nos sucede sin su conocimiento y su providencial sabiduría.

Tu hermano en los sagrados corazones de Jesús, María y José,
Luis Casasús
Superior General

El Perdón: La libertad para seguir caminando juntos

By | Evangelio | No Comments

poe el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes
New York, 24 de Febrero, 2019.
Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario             
Libro de los Reyes 26,2.7-9.12-13.22-23; 1 Corintios 15,45-49; Lucas 6,27-38.

Judas Iscariote siempre recibió de Cristo un signo de confianza, un gesto de perdón, una confirmación de su misericordia. Y la actitud de Cristo hacia este discípulo traidor es el ejemplo más extremo de la activa y sabia misericordia evangélica.

¿Cuáles son los rasgos del perdón cristiano? Hoy las Lecturas nos dan muchas respuestas. Reflexionemos sobre algunas de ellas.

1. El perdón es algo profundo en nuestra verdadera naturaleza. Se dice siempre que hay dos formas “naturales” de reaccionar ante una agresión: luchar o huir. Pero hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios misericordioso. Cuando hablamos de Adán y Eva, siempre nos referimos al pecado original, pero igual de original y fundamental fue el perdón que nuestros primeros padres recibieron de Dios. Adán y Eva fueron perdonados por Dios, pero, de todas formas, fueron expulsados del Jardín del Edén. El Libro del Éxodo describe a Dios como compasivo y misericordioso, dispuesto a perdonar nuestra iniquidad y la transgresión y los pecados. Pero, también agrega que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos (Ex 34: 7).

La Segunda Lectura de hoy dice: Tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Esta naturaleza misericordiosa, recibida desde el principio, es más profunda y más poderosa que nuestros instintos. No podemos decir que un coco es duro. Esto es impreciso e inexacto. El coco es muy duro en el exterior, pero el interior es un tejido suave con un líquido claro y delicioso.

Un anciano religioso hindú solía meditar todas las mañanas bajo un gran árbol a orillas del río. Una mañana, tras terminar su meditación, vio a un gran escorpión que estaba flotando en la fuerte corriente del río, sin poder salvarse. El escorpión había quedado atrapado en las largas raíces de un árbol, que se extendían hasta el lecho del río. Cuanto más luchaba por liberarse, más se enredaba en las finas y retorcidas raíces. El anciano alargó su brazo para liberar a la criatura cautiva y, tan pronto como la tocó, el escorpión levantó la cola y le picó. Pero el hombre volvió a intentarlo para liberarlo. Un joven estaba pasando y vio lo que pasaba. Le gritó: Oiga señor, ¿qué hace? ¡Parece que está loco! ¿Por qué se molesta en arriesgar la vida para salvar a una criatura tan fea e inútil? El anciano se volvió hacia el joven y en su dolor le preguntó: Amigo, porque la naturaleza del escorpión sea el picar, ¿debería yo renunciar a mi propia naturaleza, que es salvar?

A veces, el daño sufrido es tan horrible, que quizás no queremos que nadie perdone lo que nos han hecho. En otros casos, tenemos enemigos que no podemos apartar de nuestra vida. Una mujer estaba luchando con la experiencia de su madre abusadora y admitía que, aunque su madre ya estaba muerta, ella seguía obsesionada con ese recuerdo traumático. El perdón probablemente no había triunfado en ese caso. Otra mujer adoptó un hijo y se dio cuenta de que tendría que aguantar indefinidamente las visitas de sus enemigos: unos familiares del niño que eran disfuncionales, manipuladores y, a veces, crueles. Es precisamente en estos casos donde debemos recordar que no estamos solos en el esfuerzo por perdonar lo que parece imperdonable.

2. El perdón es EL camino hacia la libertad y la unidad espirituales. Perdonar es abandonar la historia que nos construimos, para así poder experimentar la verdad que nos hace libres. Solo entonces podremos desencadenarnos del pasado y ser liberados para seguir un viaje fructífero en nuestro camino espiritual. No sólo eso; el perdón mantiene unidad en los momentos buenos y malos y nos permite crecer en el amor mutuo. Siempre existe la tentación de aferrarnos al odio a nuestros enemigos y así sentirnos definidos como los ofendidos y heridos por ellos. El perdón, por lo tanto, libera, no sólo al otro, sino también a nosotros mismos. Es el camino a la libertad de los hijos de Dios. El don del perdón es creador de comunidad, la cual vive y extiende este don.

Un peregrino viajaba por un territorio devastado durante la recién terminada guerra, y cruelmente dividido por las luchas de la posguerra entre las fuerzas rebeldes y los leales al gobierno. Al llegar a un pueblo, un anciano llamado Leo le dio hospitalidad. La casa de Leo había sido incendiada, por lo que acogió a su invitado en el cobertizo que ahora era su hogar.

El peregrino escuchó la historia de Leo. Sus dos hijos mayores se habían unido a las fuerzas rebeldes. Pero algunos aldeanos revelaron su escondite; Fueron capturados y nunca más los volvieron a ver. Casi al mismo tiempo, su esposa murió de hambre. Después de la guerra, Leo vivía solo con una de sus hijas casadas y su bebé. Ella esperaba a su segundo hijo en unas pocas semanas. Un día, al regresar a su casa, la encontró en llamas, incendiada por lealistas: Llegué sólo para ver cómo arrastraban a mi hija y luego la mataron; Descargaron todas sus balas en su vientre. Luego mataron al niño frente a mí.

Los que cometieron estos crímenes no eran extraños, sino que eran sus vecinos. Leo sabía exactamente quiénes eran, y tenía que encontrarse con ellos todos los días. Me pregunto cómo no se volvió loco, comentó al peregrino una de las mujeres del pueblo. Pero Leo realmente no perdió su cordura. Por el contrario, habló con los aldeanos sobre la necesidad de perdón. Les pedí que perdonasen, y les dije que no hay otro camino, le dijo al peregrino. Su respuesta, agregó, fue reírse en su cara. Sin embargo, cuando el peregrino habló con el hijo sobreviviente de Leo, éste no se rió de su padre, sino que lo describió como un hombre libre: Es libre porque ha perdonado.

Destacan dos frases en esta historia:

* No hay otro camino. Ciertas situaciones humanas son tan complejas e intratables que sólo existe una salida: perdonar. Como observó Mahatma Gandhi, el “ojo por ojo” deja a todo el mundo ciego. Sólo a través del perdón podemos romper la cadena de represalias mutuas y amarguras autodestructivas. Sin perdón, no puede haber la esperanza de un nuevo comienzo. Seguramente sus palabras se aplican también a muchas otras situaciones de conflicto.

* Es libre porque a perdonado. Sí, donde hay perdón … hay libertad. Si tan solo llegáramos a perdonar, si al menos quisiéramos perdonar, entonces nos encontraríamos en un ambiente de libertad celestial. Esta es la lección de la Primera Lectura de hoy.

Cuando sentimos que no logramos perdonar lo que nos han hecho, podemos pronunciar las palabras de Cristo: Padre, perdónalos, no saben lo que hacen. Podemos pedirle a Dios que sea Él quien primero perdone … Veremos que nuestra ira, nuestro sentido de “pobre de mí”, disminuirá gradualmente por sí solo, sin que tengamos que hacer mucho más esfuerzo.

Esto me hace recordar el proverbio de nuestro padre Fundador: El perdón de los hombres no tiene el mismo éxito que el de Dios. (Transfiguraciones). Jesús perdonó a la mujer adúltera y al ladrón arrepentido. Yo tampoco te condeno es el lado pasivo de la actitud de nuestro Cristo hacia la contrición. Hoy estarás conmigo en el Paraíso, es el lado activo.

El perdón precede a la conversión. Dios no nos perdona porque nos arrepentimos; más bien nos arrepentimos porque Dios nos perdona. El Hijo Pródigo pudo arrepentirse porque recordaba a su padre que amaba incluso a sus trabajadores contratados: Reflexionando en esto, pensó: ¿Cuántos siervos contratados de mi padre tienen más que suficiente para comer? Es el amor del padre lo que le impulsó a “volver a casa”, a arrepentirse.

Eso es también lo que sucede, tarde o temprano, cuando perdonamos:

Hace años, en una pequeña ciudad, una pareja cristiana perdió a su único hijo, arrollado por un joven conductor ebrio. A pesar de su profunda tristeza, sabían que su hijo estaba con Dios porque él siempre había estado cercano a Dios. Con pena fueron a la cárcel para visitar al joven que había matado a su hijo. Descubrieron que era de una familia deshecha y que nunca había recibido un verdadero amor. Decidieron visitarlo diariamente y compartir el Evangelio con él. Pasado un tiempo, lo adoptaron como hijo suyo. El joven estaba muy conmovido. No sólo se convirtió a la fe, sino que más tarde se dedicó plenamente al apostolado. Este joven no había recibido amor de su propia familia, pero recibió el amor perfecto de la familia que, por culpa suya, perdió a su amado hijo.

3. El perdón es creativo y es un fruto de nuestra victoria sobre el miedo.

La Madre Teresa, la santa de los barrios pobres de Calcuta, fue con un niño pequeño a un panadero del barrio y le pidió pan para el niño hambriento. El panadero escupió en la cara de la madre Teresa. Sin desanimarse, ella respondió con calma: Gracias por ese regalo para mí. Ahora, ¿tiene algo para el niño?

Ella no respondió ni con agresividad ni con la huida, sino con un gesto provocador, destinado a llevar a su agresor a una verdadera conciencia espiritual.

Perdonar no es sólo decir: no te preocupes por eso, no pasa nada; no es simplemente el no guardar rencor.

El perdón crea una nueva forma de estar juntos. No está centrado en mí mismo, sino en la misión que tengo que discernir, en la jungla cotidiana de malentendidos, oposición y resistencias. Nuestra existencia será más plena una cuando nos demos cuenta de que la vida –sobre todo la vida espiritual- no está centrada en mí.

Especialmente, el perdón de Dios es creativo: a quien se ha convertido en culpable lo hace libre de toda culpa. Dios acoge al hombre culpable en su divina santidad, lo hace participar de Él y le da la oportunidad de comenzar de nuevo. Es a este misterio al que el hombre apela cuando reconoce sus pecados, se arrepiente de ellos y busca el perdón.

¿Por qué no abrazamos el riesgo de perdonar? Precisamente porque tememos las cosas nuevas, la vida nueva que el perdón nos exige. La fe es lo contrario al miedo. El amor perfecto repele el miedo, y la fe nos une con ese amor perfecto. Cuando Jesús calmó la tormenta, preguntó a sus discípulos: ¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Por qué no tienen fe? (Mc 4:40) Sí, lo opuesto al miedo no es el valor, sino la fe. El miedo en muchas formas es una de las principales barreras para el amor. Jalal Uddin Rumi, el místico sufí del siglo XIII, dijo: Tu misión no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras que has construido dentro de ti contra él.

Estrictamente hablando, es paradójicamente el temor saludable o temor reverencial a Dios lo que supera a otros temores y está íntimamente conectado con la fe. Es un tipo de temor sanante que hace que nuestra fe en Dios sea valerosa. Para los cristianos, es la fe la que lleva más allá del miedo, la muerte y las amenazas del mundo. Es una fe que convierte en esperanza las circunstancias imposibles. Y es la fe que fortalece a los creyentes frente a los ataques y la humillación. Esta es la experiencia de los santos:

San Juan Clímaco (579-649) escribió: Quien se ha hecho siervo del Señor sólo teme a su Maestro. Pero quien no tiene el temor de Dios, a menudo teme hasta a su propia sombra. El temor es hijo de la incredulidad.

San Efraín el sirio (306-373), un verdadero maestro del arrepentimiento, dice: Quien teme a Dios está por encima de toda clase de miedo. Se ha convertido en extraño a todo el miedo de este mundo, lo ha dejado lejos de sí mismo, y ninguna forma de temblor le afecta.

¿Eres demasiado joven, demasiado mayor, demasiado ignorante, demasiado enfermo para lanzar tus redes?

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por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.

New York, 10 de Febrero, 2019, Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, Isaías 6,1-2a.3-8; 1 Corintios 15,1-11; Lucas 5,1-11.


* La oración, sin importar cómo se defina, siempre implica un encuentro amoroso entre Dios y tú, en el cual te das cuenta de quién eres tú y quién es tu prójimo.

* Estos encuentros tienen como consecuencia una nueva misión, una nueva forma de ver y tratar a los demás.

* Y lo más desconcertante es que todo esto suele suceder cuando menos lo esperamos y de la manera más inesperada.

1. Los encuentros de hoy con Dios.

El profeta Isaías dice hoy que su experiencia de encuentro fue algo concreto e histórico: El año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor … ¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros.

De manera parecida, San Pablo declara: Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.

Finalmente, ante la presencia abrumadora de Dios en la persona de Jesús, Simón exclama: Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador.

Pero esta es una pauta universal. Job también grita: Yo sólo sabía de ti de oídas, pero ahora mis ojos te han visto. Por eso me retracto de lo que he dicho y te pido perdón en polvo y ceniza (Job 42: 5-6).

La experiencia de Dios me revela mis debilidades ocultas. Salen a la luz y yo me inclino a alejarme de esa luz. Esto ilustra el significado del Aborrecimiento de mí mismo y de Dios en la vida mística. No se trata de una tentación, sino de una purificación dolorosa: mis buenas obras no son suficientes, mi amor todavía no es el amor de Cristo. Tu presencia me exige algo. Y no estoy listo para ello; todavía no.

Este autoconocimiento sólo es posible en un encuentro con Dios e invita a la humildad, no al desánimo, porque Dios me está enviando el mensaje: No tengas miedo. Voy a caminar contigo. Te voy a dar una nueva luz para ver todos los sucesos de tu vida. Y esto es lo que llamamos Inspiración, una forma profunda de unión con la Santísima Trinidad.

Pero esto no es sólo una cuestión de conocimiento, esta purificación me da la fuerza para reconocer mi verdadero ser. Esto es lo que escuchamos de San Pablo en la Segunda Lectura: Porque yo soy el más insignificante de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol… Somos realmente transformados: Saúl se convierte en Pablo (Hechos 13: 9), Simón se convierte en Pedro (Mt 16:18). Y esta transformación es obra del Espíritu Santo…: Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

La reacción espontánea de Pedro fue decir: Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Y Cristo lo ignora totalmente. No le dice: Oh no, tú no eres pecador… porque sí lo era. Simplemente lo ignora; Eso es algo que podrán considerar juntos más tarde.

Los cambios necesarios en mi vida moral solo son posibles cuando me doy cuenta de que todos mis pensamientos, deseos, palabras, hechos y omisiones afectan a mi prójimo, para bien o para mal. Y el otro elemento de este despertar es ver a cada ser humano como el tesoro más valioso que Dios me ha confiado.

El joven griego, Damon, preguntó una vez al oráculo de Delfos: ¿Quién tiene el mayor tesoro de la tierra? ¿Dónde se puede encontrar? La respuesta del dios fue: Lo has poseído tú durante mucho tiempo. Lo encontrarás delante de tu puerta. Se apresura a volver a casa y encuentra a su amigo Pitias allí cerca. Mi querido amigo, dice, el mayor tesoro está aquí. Vamos a cavar aprisa. ¡La mitad de él te pertenece! Cavaron profundamente en todas partes hasta la noche. No aparece ningún tesoro. Finalmente, Damon arroja su pala y exclama: ¡Qué idiota soy! Abraza a Pitias y dice: Tú eres el mayor tesoro. ¿Qué más podría querer?

2. En consecuencia, Dios nos envía como pescadores de hombres. Cuando descubrimos quién es realmente nuestro prójimo, cambiamos radicalmente nuestro comportamiento. Mientras paseaba en Balmoral, la reina Victoria de Inglaterra quedó atrapada en la lluvia. Llamando a la puerta de una casa de campo, le ofrecieron a regañadientes un paraguas viejo. Ella siguió su camino y al día siguiente, un asistente personal en un espléndido carruaje, le devolvió el paraguas. Cuando el asistente personal se iba, escuchó al dueño decir: Si hubiera sabido quién era esa señora, le habría dado mi mejor paraguas.

Por ejemplo, cuando Cristo se encontró con el ciego Bartimeo, la gente pensaba que el pobre hombre debería estar callado. Probablemente también nosotros reaccionaríamos así, de la misma manera que interrumpimos a aquellos que nos molestan o nos contradicen y evitamos a las personas problemáticas. Pero Jesús no ve a las personas así: nos ve a todos como los hijos de nuestro Padre celestial. Aún más, le pide a la multitud que comparta con él una nueva forma de ver y tratar a los demás. Tráiganlo aquí, dice Jesús. Tráiganlo, para que sea curado de su ceguera y para que ustedes también se curen.

Pedro presenció cómo Cristo sanó a su suegra y a otros muchos enfermos. Pero observar no es suficiente. Todavía no estaba listo para ser más que un discípulo de Jesús. Vio los milagros, pero no se convirtió interiormente. Ahora, aunque tiembla, está dispuesto a remar mar adentro. Se nos llama a tomar riesgos y Pedro fue invitado a hacer precisamente eso. Se le pidió que fuera más que un espectador, más que un oyente; fue llamado a ser un apóstol en la proclamación del Reino, sabiendo que no lo haría con sus propias fuerzas sino con el poder de Dios. Por esa experiencia, supo que el Espíritu Santo obraría a través de él.

La auténtica escucha de Dios en oración es semejante a la escucha verdadera de otra persona. Si nos detenemos interiormente, tomamos un momento para centrarnos y ser conscientes de la otra persona y estar verdaderamente abiertos a ella, estamos en el buen camino para escuchar lo que tiene que decir. En la verdadera escucha recibimos no sólo información, sino también una invitación a compartir tristezas y alegrías, proyectos y sueños. Dios nos llama muchas veces a lo largo de nuestra vida tratando de liberarnos para amar y estar más disponibles para los demás. Generalmente, no nos explica los detalles, sino que simplemente quiere nuestro sincero , porque poco sabemos que bendiciones hay al otro lado de nuestra obediencia. El mundo dice: Ver es creer. Dios dice: Creer es ver.

Quizás la siguiente historia pueda parecer infantil, pero creo que transmite el mensaje del que estamos hablando:

Un hombre entró en una tienda y encontró a Cristo detrás del mostrador. Le preguntó: ¿Qué venden aquí? Cristo respondió: Lo que necesites. El hombre dijo: Quiero comida para todos, buena salud para los niños, que haya paz entre nosotros y que acabe el aborto. Con suavidad, Jesús respondió: Amigo, aquí no vendemos productos acabados, solo semillas. Debes plantarlas y regarlas. Yo me ocuparé de lo demás.

¿Estoy perdiendo llamadas de Dios? Él nos llama cuando estamos en medio del dolor o de la felicidad, en soledad o entre cientos de personas. Dios nos llama muchas veces al día, y muchas veces perdemos esas llamadas porque las ignoramos, intencionadamente o sin intención. A veces sucede que estamos sordos a esa llamada, pero otras veces intentamos ignorarla.

San Pedro nos enseña hoy que necesitamos dos virtudes para liberarnos de nuestra sordera. La primera es la honestidad. Mientras sigamos negando y racionalizando, nunca podremos escuchar. La segunda es la humildad. Mientras seamos arrogantes y orgullosos, nunca podremos aceptar quiénes somos realmente y la situación patética en la que nos encontramos. ¿Por qué Pedro se llamó a sí mismo “hombre pecador”, si no es por el hecho de que era demasiado presuntuoso en su conocimiento? De hecho, llegó a la conclusión de que el conocimiento humano por sí solo no puede comprender el misterio de la vida: Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana (1 Co 1:25).

Hoy, Dios nos llama a seguirlo con la misma certeza con que Cristo llamó a Pedro, Santiago, Juan o Pablo. Su llamada es más que una invitación. Su llamada a lo largo de la historia es un mandato; a veces sutil y suave y otras violento.

Dediquemos nuestros esfuerzos a ser conscientes de sus preocupaciones, de su aflicción. La respuesta a este estado de oración es un nuevo nivel de conciencia filial que está más en sintonía con el amor eterno de Dios: somos herederos, se nos confía una misión siempre nueva. San Francisco de Asís escuchó la voz de Dios cuando el Señor le habló en un crucifijo de madera. Francisco escuchó las palabras de Jesús: Francisco, ves que mi casa se está cayendo; Ve a repararla para mí. Y Francisco respondió simplemente: Con gusto, Señor. Como de costumbre, se trataba de una emergencia.

3. Dios nos llama cuando estamos bien y cuando estamos mal. Luego, nos arrastra. Dios a menudo nos llama cuando estamos haciendo mandados, haciendo las tareas mundanas de la vida, cuando estamos en medio de nuestra rutina diaria. Cuando menos lo esperamos, nos propone una nueva misión.

Quizás ya estemos realmente trabajando para Él y para su pueblo. Sin embargo, a pesar de tanto esfuerzo y tiempo invertido, sólo experimentamos oposición, fracasos, disgustos y desengaños… y Él nos llama para una nueva misión… o para cambiar la forma en que llevamos a cabo nuestra antigua y habitual misión: ¡Lanza las redes de nuevo!

Otras veces, Dios nos llama cuando estamos en medio de nuestros éxitos académicos, profesionales, artísticos, emocionales y mundanos.

También nos llama cuando estamos cansados y agotados y no nos sentimos capacitados. Nos llama entonces, y nos dice que no temamos. Y luego llena las redes de nuestras vidas con pescados más que suficientes para recordarnos que nos dará más de lo que necesitamos si confiamos en él y seguimos su llamado. Puede que no sea fácil seguir a Jesús. Puede que no sea donde pensábamos ir. Es posible que no siempre tengamos confianza en nuestras habilidades. Pero es mucho más difícil caminar sin oír esa llamada.

Nos llama cuando somos pecadores. Y aún más: Lo que quiere es nuestra ayuda para construir el Reino. Mateo estaba recaudando impuestos para los romanos, la odiada potencia invasora. Muchos considerarían a Mateo como un traidor a su propia gente. Pero Jesús lo llama, no sólo para arrepentirse, sino para convertirse en un apóstol. Cristo no espera a que seamos perfectos para llamarnos a una misión.

Dios nos llama cuando estamos dormidos. Jesús llamó a Pedro cuando se quedó dormido en el huerto de Getsemaní y Pablo fue llamado a Damasco mientras estaba internamente dormido. Cuando nos despertemos a este llamado, nos daremos cuenta que es para despertar nuestra naturaleza sacerdotal.

Dios siempre bendice nuestros esfuerzos para responderle. A veces es la bendición de tomar la mano de una persona enferma. y algunas veces es la bendición de compartir la tristeza y el dolor de otra persona. Esas bendiciones son realmente tan grandes como la barca de un pescador rebosante de peces. La mayoría de las veces solo reconocemos algunas bendiciones “en retrospectiva”. Son gracias, privilegios, a veces bañados en lágrimas… pero siempre están ahí.

El Eclesiastés dice: Cualquier cosa que tu mano pueda hacer, hazlo con todas tus fuerzas (9:10). ¿Por qué debería Dios mostrarme su voluntad para el futuro si no estoy haciendo su voluntad en el presente?

Estamos inclinados a pensar que nuestras vidas giran en torno a grandes momentos. Pero, en los grandes momentos, a menudo estamos desprevenidos, y están envueltos providencialmente por Dios en lo que otros pueden considerar algo muy pequeño.

Por favor, disfrute del testimonio de un ex-taxista:

El viaje en taxi que nunca olvidaré. Una vez, llegué a medianoche a recoger un pasajero a un edificio que estaba del todo oscuro, excepto una luz en la ventana de la planta baja. Este pasajero podría ser alguien que necesite mi ayuda, pensé. Así que me acerqué a la puerta y llamé. “Aguarde un minuto”, respondió una voz frágil de anciana. Después de una larga pausa, la puerta se abrió. Una pequeña mujer de unos 80 años estaba delante de mí. Llevaba un vestido estampado y un sombrero con un velo, como si fuera alguien de una película de los años cuarenta. A su lado había una pequeña maleta. El apartamento parecía como si nadie hubiera vivido en él durante años. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas. “¿Podría llevar mi bolso al carro?” dijo. Llevé la maleta al taxi y luego regresé para ayudarla. Me tomó del brazo y caminamos lentamente hacia el taxi. Ella me seguía agradeciendo mi amabilidad. “Oh, eres un buen chico”, dijo. Cuando llegamos al taxi, me dio una dirección y luego me preguntó: “¿Podrías conducir por el centro?” “No es el camino más corto”, respondí rápidamente. “Oh, no me importa”, dijo ella. “No tengo ninguna prisa. Voy de camino a un asilo”. Miré por el espejo retrovisor. Sus ojos brillaban. “No me queda familia”, continuó. “El doctor dice que tampoco me queda mucho tiempo”. Me incliné en silencio y apagué el taxímetro.

Durante las dos horas siguientes, recorrimos la ciudad. Ella me mostró el edificio donde hace tiempo había trabajado como ascensorista. Manejamos por el vecindario donde ella y su esposo habían vivido cuando eran recién casados. A veces me pedía que me detuviera frente a un edificio o esquina en particular y se quedaba mirando la oscuridad sin decir nada. Cuando la luz de sol anaranjada comenzaba a aparecer en el horizonte, de repente dijo: “Estoy cansada. Vamos ya”. Nos dirigimos en silencio hacia la dirección que me había dado. Era un edificio bajo, como una pequeña casa de reposo, con una entrada que pasaba por debajo de un pórtico.

Dos enfermeras se acercaron al taxi en cuanto nos detuvimos. Solícitas y atentas, cuidaban cada movimiento. Debían haberla estado esperando. Abrí el maletero y llevé la maleta pequeña a la puerta. La mujer ya estaba sentada en una silla de ruedas. “¿Cuánto te debo?” preguntó, metiendo la mano en su bolso. “Nada”, le dije. “Tienes que ganarte la vida”, respondió. “Hay otros pasajeros”. Casi sin pensarlo, me incliné y le di un abrazo. Ella me abrazó con fuerza. “Le diste un momento de alegría a una anciana”, dijo. “Gracias.” Apreté su mano, luego caminé hacia la tenue luz de la mañana. Detrás de mí, una puerta se cerró. Fue como el sonido de la clausura de una vida.

No recogí más pasajeros en mi turno. Conduje sin rumbo, perdido en mis pensamientos. En el resto de ese día, apenas podía hablar. ¿Qué hubiera pasado si esa mujer hubiese encontrado un conductor malhumorado, o uno que estaba impaciente por terminar su turno? ¿Qué hubiera pasado si me hubiera negado a llevarla, o hubiera tocado la bocina sólo una vez, y luego me hubiese alejado? En una rápida ojeada, no creo que haya hecho nada más importante en mi vida.

Conquistar el Mal con el Bien

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por Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,
New York, 03 Febrero, 2019.
Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario
Libro de Jeremías 1,4-5.17-19; 1 Corintios 12,31.13,1-13; Lucas 4,21-30.

En 1951, dos equipos de fútbol universitario (A y B) se vieron envueltos en un partido particularmente duro y enérgico, con numerosas sanciones por ambos lados y varias lesiones. En los días posteriores al juego, cada uno de los periódicos universitarios tomó partido y el conflicto se elevó a dimensiones insospechadas.

Fascinados por ello, dos profesores, de las universidades A y B respectivamente, decidieron entrevistar a más de 150 estudiantes en cada campus para evaluar su reacción a lo que realmente sucedió.

Se les dijo a los participantes que debían ser lo más objetivos posible y se les dio un conjunto específico de infracciones que deberían buscar al ver una grabación del juego. Sin embargo, incluso con esos parámetros, sabiendo que formaban parte de un estudio psicológico y que se les pedía que fueran lo más objetivos posible, las personas no podían dejar de lado sus adhesiones. Los miembros de A, incluida una mayoría que nunca había visto ni un segundo del juego, dijeron que B cometió más faltas que A. Y los estudiantes de B, incluidos 100 que no habían visto el juego antes, dijeron que A cometió el doble de infracciones que su escuela.

No es suficiente decir que diferentes personas tienen diferentes actitudes con respecto a lo mismo. De todo lo que ocurre alrededor, cada persona selecciona sólo los datos que tienen algún significado para ella. Cuando tenemos fuertes sentimientos sobre algún asunto, nos es imposible ver lo que ocurre de manera objetiva y desapasionada. De hecho, muchos estudios y sucesos diarios demuestran nuestra incapacidad para ver los eventos de manera imparcial; más bien los vemos de manera interesada.

Esto explica la cólera de los conciudadanos de Cristo. Estaban ciegos para ver el significado de sus milagros en tierras extranjeras. Tampoco podían creer que una viuda de Sidón y un comandante leproso del ejército sirio fueran más dignos de la gracia de Dios que ellos, como judíos y nazarenos. Como dice san Pablo hoy: Porque sabemos parcialmente y profetizamos parcialmente, pero cuando llega lo perfecto, lo parcial pasará.

El odio es universal y omnipresente. Algunas veces somos odiados por personas que nos son muy familiares, como un miembro de nuestra familia, un amigo o un compañero de trabajo (La confianza engendra desdén). En otras ocasiones, el odio surge entre personas que parecen muy diferentes (Las diferencias causan odio). Pero tú y yo tenemos que estar alerta, porque también podemos encontrarnos manifestando alguna forma de odio activo o pasivo, como negarnos a amar a los demás al ignorarlos o mostrar falta de compasión y un comportamiento indiferente hacia ellos. Pero la raíz del odio es el no reconocer nuestra verdadera identidad y la verdadera identidad de nuestro prójimo: Hijos de Dios.

Incluso Naamán, en la Primera Lectura, inicialmente sintió ira cuando Elías le pidió que se bañara en el río Jordán siete veces para curarse, pensando que era algo absurdo y humillante.

Como señaló el Papa Francisco: ¡No queremos escuchar que el leproso o la viuda sean mejores que yo! ¡Son parias! (…) Esto es humildad, el camino de la humildad; sentirnos tan marginados que necesitamos la Salvación del Señor. Solo Él nos salva, no nuestra observancia de la ley (24 de marzo, 2014).

Los relatos las Lecturas de hoy nos permiten comprender la necesidad permanente de un Recogimiento y una Quietud Místicas. Estas no son “recompensas” o “caprichos” del Espíritu Santo. Sin ellas, no tenemos una verdadera perspectiva espiritual ni suficiente energía para vivir nuestra vocación. Esta semana celebramos la conversión de San Pablo, que se describe en Hechos 9 como un encuentro personal con Cristo en forma de un destello de luz. De manera semejante, la Quietud Mística no es descanso ni equilibrio, es, más bien, una sacudida, un impulso, algo que acelera nuestro espíritu en una dirección, muy parecido a una bicicleta, que se cae sólo cuando deja de girar. La vida de san Pablo se transformó totalmente a partir de ese momento: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Al instante cayó de los ojos de Saulo algo como escamas, y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado.

El Recogimiento y la Quietud Místicas son procedimientos de primeros auxilios del Espíritu Santo. Si no acogemos con entusiasmo las sugerencias y los pequeños impulsos del Espíritu Santo, estaremos lejos de vivir en unión con Dios … y estas sugerencias y pequeños impulsos pueden ser los milagros que Dios está realizando “en otros pueblos”. en un hermano difícil, en el alma de una persona indiferente, tal vez en el corazón de un enemigo como Saulo.

Este mensaje de seguridad y confirmación permanente se anuncia en la primera lectura: No te dejes intimidar por ellos, no sea que te intimide yo delante de ellos. Mira que hoy hago de ti una plaza fuerte, una columna de hierro, una muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes de Judá, sus jefes, sus sacerdotes y el pueblo del país. Ellos combatirán contra ti, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte, oráculo del Señor.

A veces, consumimos nuestra atención y nuestras energías haciendo pequeñas críticas sobre el comportamiento de nuestros hermanos y hermanas. Siempre podemos encontrar algo o alguien a quien criticar o corregir. Quizás corregir e instruir a otros es una parte importante de nuestra misión, pero esto siempre requiere una sensibilidad y una conciencia del tiempo espiritual y emocional de nuestro prójimo:

Un padre y su hijo llevaban un burro al mercado. El hombre se sentó sobre el burro, y el niño caminaba. La gente a lo largo del camino dijo: Qué cosa tan terrible, un tipo fuerte y grande sentado en el burro, mientras el joven tiene que caminar. Entonces el padre desmontó, y el hijo tomó su lugar. Pronto la gente comentó: Qué terrible, ese hombre caminando y el niño pequeño sentado. En ese momento, ambos se montaron en el burro, con lo que escucharon a otros decir: Qué crueles, dos personas montadas en un burro. Se bajaron. Pero otros comentaron: Qué estúpidos, el burro no lleva nada a sus lomos y las dos personas van caminando. Finalmente, ambos cargaron el burro. Nunca llegaron al mercado.

San Pablo nos dice hoy: El amor no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Si corregimos a los demás, debe hacerse únicamente por su bien y no por el nuestro. Sólo hablamos porque nos preocupa sinceramente su misión y el Reino de los Cielos y no queremos que se desvíen.

Siempre tenemos la oportunidad de revertir nuestra tendencia a rechazar a los hermanos difíciles, en nuestra oración siempre podemos encontrar nuevas formas de aceptación y hospitalidad. Una historia bien conocida dice que algunos soldados de la Segunda Guerra Mundial llevaron el cuerpo de su compañero caído a una pequeña iglesia parroquial después de una feroz batalla. Le preguntaron al párroco si podían dar a su amigo un entierro cristiano en el cementerio de la iglesia. El párroco preguntó si el fallecido era católico. Debido a que sus amigos no pudieron responder, el párroco rechazó la petición con pesar. Entonces enterraron el cuerpo justo afuera de la cerca del cementerio. A la mañana siguiente, cuando fueron a despedirse de su amigo, no pudieron localizar su tumba. Desconcertados, volvieron a llamar a la puerta de la iglesia para preguntar al sacerdote al respecto. Él respondió: La primera parte de la noche me quedé despierto, dolido por lo que había dicho. La segunda parte de la noche la pasé desplazando la cerca.

La compasión cristiana no se limita a dar cosas o resolver todos los problemas de nuestros semejantes, movidos por compasión o piedad. Va más lejos. Se trata de ayudar a las personas a soñar y hacer realidad su aspiración más profunda. La compasión cristiana se propone ayudar a los más débiles a levantarse, para darles la oportunidad de servir a los demás y descubrir así su misión personal. La compasión es ayudar a otros a descubrir su yo más auténtico. Esto es dar vida a nuestros semejantes, porque no podemos olvidar que las Obras Espirituales de Misericordia (Enseñar al que no sabe, Corregir al que se equivoca, Dar buen consejo al que lo necesita, Perdonar las injurias, Consolar al triste, Sufrir con paciencia los defectos del prójimo y Rogar a Dios por los vivos y difuntos.) ayudan a dar auténtica vida en el presente, y en el futuro, en el cielo.

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

Cristo envió doce discípulos y luego otros setenta y dos. Estos setenta y dos nos representan a todos, porque la cosecha es abundante y hay trabajo para todos nosotros:

Dos amigas compartían el almuerzo y una le dijo a la otra: No conozco a muchos cristianos, pero de alguna manera no puedo evitar el considerarlos hipócritas. La otra respondió: Pero tu cuñada, ella vive contigo en la misma casa; seguramente reconocerás que ella es una devota cristiana.

Exactamente eso, respondió con los ojos en blanco. Tiene una disposición encantadora, y dedica su vida a las misiones y la catequesis, pero nunca me ha dicho una sola palabra acerca de convertirme a su fe. Sé que ella me quiere, pero si ella creyera todo eso, ¿No crees que habría dicho algo?

El mensaje de Jesús es inclusivo incluso para los que están espiritual o físicamente muertos. Por eso San Pablo escribe: Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, para el Señor vivimos; y, si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Para esto mismo murió Cristo y volvió a vivir, para ser Señor tanto de los que han muerto como de los que aún viven (Rom 14: 7-9).

San Pablo nos ofrece una de las mejores descripciones del amor. En nuestro mundo moderno, cuando las personas hablan sobre el amor, se refieren a la posesión, la concupiscencia y el control. San Pablo era muy consciente de las motivaciones mixtas en todo lo que hacemos, pero creía en el poder del amor y su centralidad para el cristiano.

Si el amor no puede ser escondido, tampoco se puede ocultar la falta de amor. Aquellos a quienes servimos, tanto creyentes como incrédulos, notarán que falta algo, no hay nada auténtico ni real. No soy nada, dice Pablo. No sucederá nada espiritual, por muy bien que se vea en la apariencia superficial. No podemos llegar al cielo sin el amor, porque al amor es el mismo cielo. De este modo, el cielo puede ser experimentado aquí, aunque sea como en un espejo oscuro; de modo enigmático, pero no obstante verdadero. Todo acto de amor tiene un precio (una historia moderna del buen samaritano):

George Herbert era un conocido poeta, sacerdote y músico inglés. Iba de camino a una sesión de música una tarde, cuando se encontró con un hombre cuyo caballo se había derrumbado bajo la carga. El hombre y el caballo estaban en apuros y necesitaban ayuda con urgencia. Herbert no era un hombre sano ni fuerte, pero se quitó la túnica clerical y lo ayudó a levantar el caballo. Compró algo de alimento para el caballo y pronto el hombre y su caballo pudieron reanudar su viaje.

Normalmente Herbert iba bien arreglado; sus amigos se sorprendieron cuando apareció con las manos sucias y la ropa manchada. Expresaron sorpresa y disgusto por que se hubiera involucrado en una tarea tan complicada. Él respondió: El recuerdo de lo que he hecho será música para mis oídos en la medianoche. Su omisión hubiera causado discordia en mi conciencia. Porque si estoy obligado a orar por todos los que están angustiados, estoy seguro de que estoy obligado a hacer todo lo que esté a mi alcance para practicar aquello por lo que oro. Ahora, afinemos los instrumentos.

Queremos tener buena fama, ser queridos y apreciados. Como consecuencia, podemos desanimarnos como Jeremías, cuando, igual que le pasó a Cristo, chocamos con la falta de comprensión e incluso con la persecución. El discípulo no es mayor que el maestro. Pero confiamos en la promesa que nunca falla.

El criterio fundamental de un verdadero profeta y apóstol es que está motivado sólo por una razón, el amor.

¿Cómo nos comportamos ante el rechazo de otros, especialmente de quienes consideramos amigos? No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien (Rom 12:21). Solo cuando nuestros corazones son puros, podemos ir más allá de las circunstancias normales de nuestras vidas y ver en todo a Dios.

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                                                   New York, 30 de Diciembre, 2018.

                                                   Festividad de la Sagrada Familia

REFLEXIÓN, por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.

1 Libro de Samuel 1,20-22.24-28; 1 Juan 3,1-2.21-24; Lucas 2,41-52.

Durante una de mis últimas visitas a una de nuestras Provincias, tuve la gran alegría de observar que un número considerable de participantes en nuestro retiro espiritual de Motus Christi eran ex-musulmanes. Su principal razón para aceptar nuestra Fe fue, literalmente, que, al ver a nuestros hermanos y hermanas, encontraron una verdadera familia. Esto es una alegría, pero no una sorpresa: Un nuevo mandamiento les doy, que se amen unos a otros; igual que yo les he amado, ámense unos a otros. Así, todos sabrán que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros (Jn 13: 34-35).

La familia es importante no sólo como unidad básica de la sociedad humana, sino también como una institución divina. San Pablo, en su carta a los efesios, escribe: Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra (3:14).

Todos somos fruto de una familia; incluso ese niño recién nacido que fue abandonado en la papelera por una madre inconsciente y desesperada, es miembro de una familia, aunque sea enferma y disfuncional. El amor comienza en el hogar y lo mismo ocurre con otras realidades como el odio, el rencor, las contiendas, la ira y otras. En esencia, podemos decir que la familia como centro de aprendizaje temprano, es la raíz de todo bien y todo mal.

Cuando leemos en el Evangelio la genealogía de Cristo (Lc 3: 23-38), encontramos reyes malvados, una prostituta y personas infieles… y además Judá, la tribu más insignificante, fue la elegida para ser de donde vendría el Mesías. Así, Dios elige a personas débiles, humildes, desconocidas y comunes para que seamos Sus instrumentos de salvación.

Las enseñanzas de los padres en el hogar, antes que la educación impartida por los maestros en la escuela, tienen mucha influencia en los niños. Estos imitan cómo sus padres expresan sus sentimientos de felicidad, ira, tristeza y alegría. También imitan los movimientos y la forma de hablar de los adultos de la familia. Cuando vemos que un niño pierde los nervios o responde mal a un adulto, sabemos que eso lo debe haber aprendido de sus padres. Hoy sabemos que el feto comienza a escuchar las conversaciones de los padres, incluso sus peleas. El feto tiene algún tipo de reacción dentro del útero de la madre y eso afecta su desarrollo después del nacimiento. Tanto la enseñanza por el ejemplo como la enseñanza por la palabra tienen una influencia significativa en la generación siguiente.

Es por ello que las familias disfuncionales producen hijos que no son capaces de relacionarse al crecer. Como adultos, en la vida, son incapaces de mantener una relación equilibrada. De esa forma, a menudo la historia se repite, ya que sus matrimonios también terminan en divorcio.

A medianoche, un niño se despierta en su cama de hospital. Se siente muy asustado y muy solo. Sufre un dolor intenso: las quemaduras cubren el 40 por ciento de su cuerpo. Alguien lo había empapado con alcohol, y luego le prendió fuego. Comienza a gritar, llamando a su madre. La enfermera lo abraza con cariño; le acaricia y le susurra que el dolor desaparecerá antes de lo que piensa. Sin embargo, nada de lo que hace la enfermera, parece disminuir el dolor del niño. Sigue llorando y llamando a su madre. La enfermera no sabe que hacer e incluso se rebela… porque fue la madre del niño quien le había prendido fuego.

Parece que el dolor del niño al ser separado de su madre, a pesar de que ella le había hecho sufrir cruelmente, era mayor que el dolor de sus quemaduras. Este profundo apego a la madre hace que su separación de ella sea la peor experiencia que un niño pueda experimentar. Cuando los niños están creciendo, la presencia regular de los padres es una garantía constante de seguridad para todos ellos.

Aunque sean muchos sus defectos, la familia, es el contacto humano básico. Los padres son los primeros maestros del amor. Es de los padres donde el amor se aprende, o se contagia. Su afecto al niño le muestra a éste que es digno de ser amado. Y también le enseña al niño cómo amar. Pero, como sabemos, hay defectos en todas las relaciones humanas y en nuestra naturaleza humana. Por eso es importante que ofrezcamos a nuestros miembros de la familia, vivos y muertos, nuestro perdón.

Hoy hay muchos intentos de redefinir a la familia, pero ninguno refleja el plan de Dios para ella. No hay familias perfectas, así como no hay matrimonios perfectos. Como seres humanos todos somos imperfectos. Cuando las relaciones se ponen a prueba, podemos sentirnos heridos y ofendidos. Cuando las expectativas fallan, podemos estar decepcionados y sentirnos fracasados. Cuando las promesas se rompen, podemos experimentar un gran abatimiento.

No es exagerado decir que la mayor amenaza para el mundo de hoy es la destrucción de la familia humana. El Concilio Vaticano II consideró a la familia como la primera y más vital institución para la vida de la Iglesia y la sociedad. Hoy en día, vemos muchas rupturas en las familias, cuyo efecto se puede comprobar dentro de las propias familias, en la vida comunitaria y en la sociedad. Las personas se enfrentan a las secuelas del individualismo, el relativismo, el materialismo, el racionalismo y la secularización. Esto constituye un gran daño para los individuos, las familias, la sociedad y todo nuestro entorno. Para evitar una crisis tan grave, tenemos a la Sagrada Familia como la familia modelo que nos puede librar de tal destrucción.

Las familias son parte del plan de Dios. Todo niño tiene derecho a disfrutar de la seguridad del amor comprometido y del ejemplo constante, tanto de un hombre-padre como de una mujer-madre. Dios podría haberle pedido a Jesús que viniera a este mundo como adulto, pero no lo hizo así. Pidió a María que que concibiera a Jesús, y pidió a José que se casara con Ella, la amara y la protegiera y que fuera el padre místico de Jesús. Dios nos pide que cada niño tenga el don de una vida familiar auténtica.

Nuestro Dios Triuno, que es una Familia en sí Mismo, eligió a una familia humana para venir a este mundo y traer la salvación a la humanidad y eso es lo que celebramos especialmente durante la Navidad. Esta Familia se llama Santa porque amaba a Dios sobre todo y sus miembros estaban dispuestos a hacer la voluntad de Dios en todo momento. Apreciaron y celebraron la presencia de Dios en la familia.

La Sagrada Familia no sólo es el modelo para todas las familias naturales, sino también para las familias religiosas. Esto ha sido resaltado muchas veces por nuestro padre Fundador. ¿Por qué es así? Porque los lazos de la Sagrada Familia no se basaban meramente en el respeto a la ley, o en los esfuerzos que hicieron para vivir en armonía. Confiaron en la sabiduría divina y en sus planes:

Acuérdense de las cosas anteriores ya pasadas, Porque Yo soy Dios, y no hay otro; Yo soy Dios, y no hay ninguno como Yo, que anuncio el futuro desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi decisión será cumplida, y todo lo que quiero lo realizaré (Is 4: 6-9).

Una de las claves para el éxito en su misión fue la forma en que se escuchaban mutuamente. Esto es algo notable, porque sus vidas estaban llenas de sorpresas, circunstancias imprevistas, cambios de planes y persecuciones… pero no fueron víctimas de las prisas y la superficialidad, los principales obstáculos para organizar una comunidad, ya sea familiar, religiosa o de otra índole. Este es el diagnóstico de nuestro padre Fundador.

Un hombre conducía por una empinada y estrecha carretera de montaña cuando una mujer, que venía conduciendo en dirección opuesta, abrió la ventana y gritó: ¡Cerdo! Pensando que ella le estaba insultando, él inmediatamente se asomó por la ventana y le gritó airadamente: ¡Y tú también! Cuando el hombre dobló la siguiente curva, se estrelló contra un enorme cerdo que estaba en medio de la carretera y casi perdió la vida. Si tan sólo estuviéramos dispuestos a escuchar…

La principal razón por la que somos víctimas de la prisa y la superficialidad es que estamos demasiado ocupados para escuchar. No seamos ingenuos; estar ocupado significa no sólo tener mucho trabajo, sino también cavilar continuamente sobre nuestras preocupaciones personales, ideas o necesidades urgentes. Tratamos de evitar nuevas preocupaciones que absorban nuestra energía y el problema es que lo hacemos inconscientemente. Un padre llegó a casa después de un duro día en la oficina y le dijo a su esposa: Hoy tuve un mal día. Por favor, si tienes malas noticias esta noche, guárdatelas. A lo que ella respondió: Muy bien, nada de malas noticias. Ahora las buenas noticias: ¿Recuerdas a nuestros cuatro hijos? Pues tres de ellos no se rompieron un brazo hoy.

Hemos de aprender a escuchar no sólo lo que se dice, sino que también debemos tratar de discernir quién es la persona que está a nuestro lado. María conocía a su Hijo mejor que cualquier otro ser humano, y sin duda atesoraba en su corazón y en su memoria lo que Él dijo e hizo durante su vida oculta.

¿Conozco a mi hermano? ¿Sé de su familia, de su salud, sus compañeros de clase, su maestro favorito, sus miedos, sus necesidades e intereses …?

Cuando se celebró una boda en Caná en Galilea, Jesús todavía no había hecho ningún milagro. Estaba comenzando su vida pública. Su madre estaba allí; Jesús y sus discípulos también habían sido invitados. Cuando el vino se acabó, María le dijo: No tienen más vino. María conocía a su Hijo, su misión, sus dones, su hora: Hagan lo que Él les diga.

No hay mayor alegría en la vida que saber que los miembros de mi familia están siendo clave en la vida de los demás, sirviendo y amando a Dios y a nuestros semejantes. La tarea de los padres es discernir con sus hijos la forma responder a la voz de Dios dando la vida a otros, ya sea físicamente o en apoyo espiritual, moral y material.

Escuchar es un gran regalo que podemos dar a un ser humano. Ser escuchado, ser atendido, es saber que alguien me toma en serio. Es un acto redentor, un poderoso fortalecimiento de la unidad. ¿Por qué a Zacarías le fue impuesta la mudez mientras esperaba a su hijo? Probablemente, más que un castigo, fue la forma elegida por Dios para enseñarle a escuchar bien, a contemplar lo que sucedía a su alrededor. Cuando hablamos, no escuchamos, no estamos observando lo que sucede alrededor. Zacarías aprendió mucho durante esos nueve meses, y cuando habló de nuevo, fue para expresar su alegría porque sabía quién estaba llegando.

Escuchar no solo se refiere a las palabras, sino que también debemos escuchar el silencio de nuestro prójimo. Se ha dicho que nadie está realmente casado hasta que no entiende cada palabra que su cónyuge NO está diciendo. Sí; a menudo es lo que no se dice lo que transmite el mensaje importante: una persona que nunca habla de su apostolado probablemente tiene un serio conflicto vocacional.

He aquí algunos ejemplos de formas inapropiadas de responder y escuchar:

* Algunas personas responden sólo diciendo con qué no están de acuerdo, lo que las hace bastante desagradables. Ignoran lo que otros dicen, descartándolo, cambiando fácilmente de conversación.

* Expresarse intempestivamente, hablando abruptamente sin medir nuestras palabras, es un tipo de discurso espontáneo que tiene repercusiones negativas. Algunos discursos espontáneos son positivos, como un cumplido ingenioso o una observación humorística. Pero ese discurso intempestivo suele ser un comentario hecho de forma apresurada…que desearíamos poder borrar. Esa espontaneidad brusca muy a menudo se refiere a comentarios hechos con enfado. También puede tratarse de bromas o chistes inapropiados.

* Los protagonistas crónicos. Algunas personas tienden a traer la conversación sobre sí mismas. Lo que se diga, lleva a esta persona a hablar de sí mismo. Si mencionas que uno de tus hijos ha estado enfermo, la respuesta podría ser: Yo también estuve enfermo ayer. Esa respuesta podría ser adecuada si luego va seguida de: ¿Cuáles son los síntomas de tu hijo? El problema viene cuando cada conversación termina siendo todo acerca de mí; un signo de narcisismo.

* Otros actúan como un portero de fútbol: siempre listos para decir no o pero… En lugar de escuchar para aprender, escuchan para poder negar. Su mensaje implícito y permanente es: Estás equivocado; Yo tengo razón; Sólo conoces una pequeña parte de la verdad.

El pronunciar palabras a veces nos da la ilusión de confianza, o de controlar la situación. Algunos líderes y algunos superiores religiosos se ven a sí mismos como los expertos de la sala, quienes siempre tienen que dar respuestas, pero eso interfiere con nuestra comunicación, creando una distancia. Hemos de dejar de lado nuestra individualidad, si queremos conocer al otro, especialmente a los más jóvenes. El vaso debe estar vacío, si quiero verter en él vino nuevo.

Cuando Cristo tenía 12 años y se quedó en Jerusalén, su Madre dijo: Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando muy preocupados. Y la respuesta de Jesús fue aparentemente desconcertante: ¿No sabían que debo estar en la casa de mi Padre? Sin embargo, no hubo más intercambio de palabras, pero María guardó todas estas cosas en su corazón. José no dijo nada en ese momento.

Cuando conoces a un hombre/mujer de Dios, reconoces que es su silencio y su mirada lo que te cautivó, más que sus palabras; un silencio que te atrajo, que te hizo sentir acogido, comprendido, aceptado sin juicios. No por las palabras de esa persona, sino por su silencio, su escucha profunda, puedes comprender tu propia vida y dar un nuevo significado a tu experiencia. Esto sucedió entre Jesús y sus padres y es por eso que bajó con ellos y vino a Nazaret, y les fue obediente.

De manera semejante, el silencio de San José le permitió escuchar la voz de Dios a través de sus sueños y le dio a María la oportunidad de atesorar, meditar y reflexionar sobre la voluntad de Dios antes de ponerla en práctica.

La forma cristiana de escuchar se puede comparar con la forma en que aquel perro lamió las llagas en la parábola del hombre rico y Lázaro. (Lc 16: 19-31). Nadie estaba dispuesto a entrar en el mundo de Lázaro, excepto ese perro. Los sufrimientos de ese pobre eran demasiado para contemplarlos. Ese perro escuchó en silencio los lamentos de Lázaro. Al igual que lamía sus propias llagas, lamió las de Lázaro y se quedó junto a él para aliviar su abandono, para hacerle sentir algo más que rechazo antes de abandonar este mundo. Ese sentimiento de aceptación y respeto permitió a Lázaro verse a sí mismo desde un nuevo ángulo, y esta nueva perspectiva de su vida le permite también ver a Abraham.

La fiesta de la Sagrada Familia tiene hoy una especial relevancia. Hace casi un siglo, el papa Pío XII escribió:

La emigrante Sagrada Familia de Nazaret, que huye a Egipto, es el arquetipo de toda familia de refugiados. Jesús, María y José, que viven en el exilio en Egipto para escapar de la furia de un rey malvado, son, para todos los tiempos y en todos los lugares, modelos y protectores de todo migrante, extranjero y refugiado de cualquier tipo que, ya sea llevado por el miedo, la persecución o por las carencias, se ve obligado a abandonar su tierra natal, a sus queridos padres y familiares, a sus amigos cercanos y a buscar una tierra extraña.

Una observación final: El matrimonio es una invitación a compartir la plenitud del amor de Dios de una manera muy real. Compartir el amor de Dios implica, por lo tanto, que un hombre deja a su padre y a su madre y se une a su esposa, y se convierten en un solo cuerpo; Por eso decimos que es un sacramento.

Entonces ¿tú eres Rey?

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Por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.
Paris, 25 de Noviembre, 2018
Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Libro de Daniel 7,13-14; Apocalipsis 1,5-8; Juan 18,33b-37.

  1. Todo ser humano desea admirar, alabar y ser parte de algo más grande que él mismo. Podemos ver continuamente la evidencia de ello en el comportamiento de las personas. En muchos contextos, se observa el ansia de adherirse a una doctrina, una teoría, una causa, un club o un grupo político para sentirse parte de algo importante. Esta es la razón por la cual el pueblo de Israel no pudo esperar 40 días a que Moisés regresara de la montaña con las Tablas de la Ley y construyó un becerro de oro. Por eso también construimos todo tipo de ídolos con ideas, actividades, personas, opiniones o preferencias… y les obedecemos.

Quizás la primera razón por la que deberíamos estar agradecidos a esta manifestación de Cristo como Rey es que nos podemos liberar de las miríadas de ídolos que construimos, adoramos y obedecemos.

Nuestro corazón es una fábrica de ídolos, porque los seres humanos somos adoradores. Los seres humanos somos amantes. Hemos creados en el amor y para amar. Y la expresión más alta y profunda de dar amor es la adoración. En una ocasión, ante la vieja y clásica pregunta de un niño a su padre, ¿Tengo que ir a la iglesia? El padre respondió sabiamente: No, tienes que ir a la iglesia. Pero tienes que adorar. O si no, morirás. En parte, este comportamiento humano se explica por el deseo de estar con los demás y en comunidad, pero también entraña el deseo de adorar, de alabar algo o alguien.

En nuestro afán de adorar, podemos hacer una elección poco adecuada y, por ello, desperdiciar nuestra capacidad de adorar con algo poco valioso y efímero. Prestamos sólo atención a lo que necesitamos en ese momento y puede que no sea duradero; así alimentamos el miedo a que no haya un Dios capaz de dar sentido a nuestra vida.

Durante la Pasión de Cristo, quienes lo miraban con la lógica de este mundo no lo veían como un rey, no percibían la realeza de Jesús. Los gobernantes, los soldados y uno de los criminales crucificados junto con él, no vieron quién era Jesús realmente. Miraban sin ver.

Sin embargo, hubo un hombre que vio lo que pocos vieron. Dimas, un delincuente crucificado por sus crímenes, entendió. Era un criminal. Sin embargo, tenía un corazón sencillo. Eso fue lo que lo salvó. Vio la infinita dignidad imperial en un hombre clavado en la cruz. En un hombre indefenso, vio el amor de Dios por la humanidad. En Cristo crucificado, Dimas encontró el amor de Dios que le llevó al cielo: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23:43). Abrió su corazón a la aspiración más profunda de todo ser humano: la verdadera vida eterna.

Pero, sobre todo, María fue coronada como Reina del Cielo y la Tierra porque siguió totalmente a su hijo y reconoció que Su reino era real, gozoso y eterno. A Ella pedimos su intercesión para obtener la gracia de reconocer a Cristo como nuestro Rey.

  1. En el Padre Nuestro, pedimos no sólo la venida de un Rey, sino también su Reino. Esto va más allá de nuestra necesidad personal de un Rey verdadero y misericordioso. La cruda realidad es que generalmente el miedo gobierna nuestras relaciones y eso lleva a malentendidos, desconfianza y agendas ocultas. Vivimos en constante terror de perder nuestro poder. De hecho, tememos que parezca que perdemos poder, porque en el mundo la apariencia de poder (la fama), es poder. El miedo rige nuestras relaciones y, por lo tanto, la ocultación parece algo perfectamente razonable. La siguiente historia ofrece una alegoría de esta condición dolorosa.

Un niño y su hermanita fueron a visitar a sus abuelos en el campo. El niño tenía un tirachinas y practicaba con él en el campo, pero nunca lograba dar en el blanco. Cuando regresó al patio trasero de casa de su abuela, vio allí un patito. Apuntó y disparó una piedra. La piedra golpeó el pato y cayó muerto. El niño fue presa del pánico. Desesperadamente, escondió el pato muerto en el establo, y al levantar la cabeza vio a su hermana que le observaba. Su hermana Sara lo había visto todo, pero no dijo nada.

Ese día, después de comer, la abuela dijo: Sara, vamos a lavar la vajilla. Pero Sara respondió: Juan me dijo que quería lavar los platos hoy. ¿No es así, Juan? Y le susurró: ¿Te acuerdas del pato? Así que Juan tuvo que lavar los platos.

Más tarde, el abuelo decidió llevar a los dos niños a pescar. La abuela dijo: Lo siento, pero necesito que Sara me ayude a preparar la cena. Sara sonrió y dijo: Oh, Juan dijo que quería hacerlo. Una vez más, Sara susurró: ¿Recuerdas el pato? Juan se quedó y Sara fue a pescar.

Después de un par de días de hacer todas las tareas, Juan se sintió desesperado y no pudo soportarlo más. Entonces le confesó a la abuela que había matado a su patito. La abuela acarició su rostro en sus manos y dijo: Lo sé, Juan. Estaba de pie junto a la ventana y vi todo. Allí mismo te perdoné porque te quiero. Me preguntaba cuánto tiempo ibas a esconder la verdad y dejar que Sara hiciera de ti un esclavo.

Sí, escondemos la verdad, nos convertimos en esclavos del pecado y el miedo y terminamos viviendo una tragedia. Pero Cristo, nuestro Rey, nos invita a escuchar su voz y estar del lado de la verdad, y la verdad nos hará libres. Este es precisamente el mensaje de la Segunda Lectura: Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos!

¿Por qué usamos los términos “caridad” y “vinculum” como sinónimos? Porque el único vínculo (unión) posible con nuestros semejantes se alcanza cuando somos capaces de amar a nuestro prójimo.

Eso es el reino de Dios. Eso es el cielo. El gozo espiritual completo se encuentra cuando nos damos cuenta de todo nuestro potencial en Dios, cuando nos llenamos de Su bondad y, por lo tanto, vivimos en perfecta unión con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Por supuesto, esto no es posible fuera de Dios sino en unión con Él. Esto no es fe, sino un hecho universal, experiencial. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II llamó a la Eucaristía vinculum caritatis, vínculo de caridad. Este vínculo de amor nos revela unos a otros como hermanos y hermanas en Cristo, estableciendo la base de nuestra unidad y comunión unos con otros y con Cristo.

  1. Esto explica las sorprendentes palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: Tú dices que soy rey. Para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. ¿Qué tiene que ver ser un rey con testimoniar la verdad?

Jesús nos quiere mostrar que nuestra unidad es un don de Dios. La unidad no es una creación humana por medio de nuestros esfuerzos, buenas obras e intenciones. Fundamentalmente, Jesucristo crea esa unidad a través de Su muerte y resurrección. A quienes acogen el reino de Cristo, a quienes están dispuestos a amar incondicionalmente, Jesús dice: Conocerán la verdad y la verdad les hará libres (Jn 8, 32). y Yo soy la verdad (Jn 14: 6). Esta libertad celestial, que hace posible nuestra unidad, es la verdadera ley de nuestra naturaleza, la regla de su reino.

En muchos contextos, incluida la vida religiosa, el camino de la unidad es el más difícil. En ciertos momentos podemos buscar consuelo con la separación. Podemos sentirnos seguros y sin amenazas. Unirnos con otro, o con otros puede hacernos pensar que vamos perder algo indispensable para nosotros. Más aún, odiamos lo que antes fue amado. Esa es la ley en todos los reinos, sociedades y grupos mundanos, cuando nos reunimos por intereses, incluso por intereses compartidos. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, educados e ignorantes, los rápidos y los lentos… se separarán, tarde o temprano, de muchas formas diferentes.

Su amor es el vínculo que engendra la unidad. Esta unidad es el testimonio más poderoso para dar a conocer a Dios en nuestro mundo. Y esta es la razón por la que intentar cumplir la misión yendo cada uno por su lado, es contrario a la naturaleza de la Iglesia.

Cada parte del cuerpo físico obedece fielmente los mandatos que vienen de la cabeza y así, trabaja en perfecta armonía con los otros miembros del cuerpo, a pesar de la diversidad. De manera similar, cuando permitimos que Dios se haga cargo de nuestras vidas, hay armonía en todas nuestras comunidades, como resultado de que todos los miembros desean agradar a Dios. Cuanto más estrecha sea nuestra unión con Cristo, más estrecha será la unión entre nosotros.

La unidad entre Cristo y sus discípulos no destruye la personalidad de ninguno de los ellos. Al participar del Espíritu de Dios, conforme a la ley de Dios, el hombre se convierte en partícipe de la naturaleza divina. Cristo lleva a sus discípulos a una unión viva con Él mismo y con el Padre a través de la obra del Espíritu Santo sobre nuestras almas. El discípulo halla su plenitud en Cristo y con los demás. Esa unidad es la prueba más convincente para el mundo de la majestad de Cristo y de su poder para quitar el pecado.

Del mismo modo que un niño puede conocer verdaderamente el carácter de su madre amada, y así como los elementos más profundos de ese carácter, la ternura de su amor maternal, no se pueden demostrar mediante un argumento, sino que sólo pueden aprenderse por experiencia, asimismo el amante y fiel discípulo de Cristo puede contemplar el corazón de Su Reino, y sentir, vivir, experimentar, descubrir con ese “esprit de finesse” del que habla Pascal, es decir, con la intuición integral y profunda de su alma, los dones que hemos recibido y en última instancia, el plan de Dios para nosotros: llegar a ser cada vez más como Él, para estar plenamente con él. Esto es, en pocas palabras, el objetivo de la Unión Mística, Transfigurativa y Tranververativa.

Una reflexión final sobre el Reino de Dios y los reinos de este mundo. Cuando los líderes como Pilato carecen de sabiduría espiritual y no tienen bases para sus políticas, son dirigidos por la gente en lugar de ser sus guías, buscan ser pragmáticos, ganancias a corto plazo, pero no ven las implicaciones a largo plazo de las medidas. que implementan.

La solemnidad de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XII durante una época (1925) en la que el respeto por Cristo y la Iglesia disminuía, cuando más se necesitaba esa celebración. El Papa observó que muchas personas estaban dejando de lado a Jesucristo en su vida. Y recordó a la humanidad que no podemos hacer nada sin Cristo. Sólo en la restauración del imperio de nuestro Señor Jesucristo, pueden reinar la verdadera justicia, la paz, la verdad y el amor… al menos en medio de nuestras comunidades.

Para Pilato, la verdad también era relativa y hoy día ese problema ha empeorado. El individualismo ha llegado a tal extremo que, para muchos, la única autoridad es el yo individual. Algunos incluso rechazan los títulos de “señor” y “rey” de Cristo porque creen que tales títulos están tomados de sistemas de gobierno opresivos. Pero, esas personas no entienden lo importante: el reinado de Cristo es de humildad y servicio.

La Nueva Evangelización nos invita a reflexionar sobre el apostolado en sociedades que son multiculturales, multireligiosas, gobernadas por un gobierno secular. El apóstol de hoy está llamado a impregnar al mundo con los valores del evangelio en los dominios de la cultura, la economía, los medios de comunicación, la familia o la educación.

En Deus Caritas Est, el Papa Benedicto XVI dice:

En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica.

La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales.

Estimada a los ojos del Señor es la muerte de sus santos (Salmos 116:15)

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por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,
Paris, 18 de Noviembre, 2018.
 XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
Daniel 12,1-3; Carta a los Hebreos 10,11-14.18; Marcos 13,24-32.

Las Lecturas de hoy hablan sobre el fin del mundo, la venida final de Jesús para llevar a todos los pueblos y toda la creación a Él. No estamos demasiado preocupados por el fin físico del mundo. Técnicamente, sabemos que la Tierra será abrasada y evaporada por el Sol, que explotará transformándose en una estrella gigante roja dentro de 5 mil millones de años… probablemente tú y yo estaremos en otro lugar más seguro.

Pero, sin embargo, estamos muy preocupados por nuestros últimos días y los de nuestros seres queridos. La muerte es un tema tabú en muchas culturas actuales; nuestra sociedad es una sociedad que niega la muerte; tendemos a evitar las conversaciones sobre la muerte. Cuando surge una conversación sobre la muerte, normalmente se interrumpe con un gesto de contrariedad y disgusto, o se trunca con una broma. Incluso a las personas religiosas, especialmente a los sacerdotes, resulta difícil transmitir consuelo y esperanza a quienes han perdido a un familiar o un verdadero amigo. La incertidumbre, la angustia física y emocional que acompañan a muchas enfermedades y el dolor causado por la separación, a menudo son más fuertes que las palabras.

Por eso debemos aprovechar algunos momentos de oración para meditar sobre los llamados “novísimos”: muerte juicio, cielo e infierno. Si no lo hacemos, tendremos una severa limitación en nuestra comprensión de nuestra peregrinación al cielo. Terminaríamos creyendo que la muerte, el juicio, el cielo y el infierno no son parte de nuestra existencia. Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar (Eclesiastés 3: 1-2).

Y, lo que es peor, desperdiciaremos nuestra limitada energía y no explotaremos completamente nuestras capacidades. No hay otra práctica que intensifique más la vida. Como ejemplo cotidiano, sabemos que administrar sabiamente nuestro miedo ante la inmediatez de un examen, puede ser un estimulante maravilloso, alentándonos a trabajar más y a concentrarnos en nuestra tarea. Es sólo al ser conscientes de la brevedad de la vida, cuando ésta se vuelve preciosa: Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría (Salmo 90:12). Todos los que encuentres durante tu viaje en la vida morirán. Sabiendo esto, ¿cómo puedo estar enojado con alguien? Si no tratamos a las personas con amabilidad y respeto ahora, ¿cuándo lo haremos? Como dice el dicho, una sola rosa en la vida es mejor que una corona muy cara en la tumba.

San Pablo se alegraba al pensar en su propia muerte. Incluso prefería la muerte y le entristecía tener que seguir viviendo un tiempo más: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy presionado, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero permanecer en la carne es más necesario por causa de ustedes (Fil. 1:21-24).

Pero para nosotros los cristianos, el “fin del mundo” se refiere principalmente no a la aniquilación del planeta o nuestra propia muerte, sino a la segunda venida de Jesucristo. Más que un día para ser temido, es un día lleno de esperanza, porque anuncia la completitud final de la historia y el reinado total de Dios.

La siguiente historia es una hermosa metáfora que muestra cómo nuestra vida en este mundo, nuestra muerte y nuestro juicio final, forman un continuo, diferentes etapas del plan de salvación que Dios desea para nosotros:

Había un herrero que trabajó duramente en su oficio toda su vida. Pero finalmente llegó el día de su muerte. El ángel de la muerte llegó a él, y para sorpresa del ángel, el hombre se negó a acompañarle. El herrero le rogó al ángel que presentara su caso ante Dios, argumentando que él era el único herrero en la aldea, y que era la época en que todos sus vecinos comenzaban a plantar y sembrar. Su ayuda era necesaria. Entonces el ángel abogó por su caso ante Dios, diciendo que el herrero no quería parecer ingrato, y que estaba contento de tener un lugar en el Reino esperándolo, pero ¿no se podría posponer la partida por un tiempo? Y así, se le dio más tiempo al herrero. Un año después, el ángel regresó con el mismo mensaje: el Señor estaba listo para compartir la plenitud del Reino con él. Nuevamente el diligente trabajador tenía reservas acerca de ir, y dijo: Un vecino está gravemente enfermo y es el tiempo de la cosecha. Varios de nosotros intentamos salvar su cosecha para que su familia no viva en la indigencia. Por favor regresa más tarde. Y el ángel se fue de nuevo. Esto se convirtió en algo habitual. Cada vez que el ángel venía, el herrero tenía una u otra excusa. Finalmente, el herrero llegó a ser tan viejo y frágil que tuvo que admitir que ya estaba listo para partir: Dios mío, si quieres enviarme tu ángel ahora, me alegraría volver a casa en este momento. Inmediatamente apareció el ángel y el herrero dijo: Si quieres llevarme a casa, ahora estoy listo para vivir para siempre en el Reino de los cielos. El ángel sonrió y miró con deleite celestial al santo herrero. Entonces le preguntó: ¿Dónde crees que has estado todos estos años? ¿Dónde, si no ya en casa?

Nuestro Juicio Final se centrará en el amor de Dios, manifestado en nuestro amor al prójimo y materializado en las obras de misericordia. En palabras de Santa Teresa de Calcuta: Debemos encontrar a Cristo presente en la penosa apariencia de los pobres.

San Vicente de Paúl en realidad llamó a los pobres “sus maestros”. Realmente nos muestran la voluntad de Dios, como nos dice la experiencia de muchos santos y personas de buena voluntad.

Eso es lo que le sucedió a Marian Preminger, quien nació en Hungría en 1913 y se crió en un castillo con su familia aristocrática. Mientras asistía a la escuela en Viena, Marian conoció a un joven médico vienés. Se enamoraron y se casaron cuando ella tenía 18 años. El matrimonio duró solo un año y regresó a Viena para comenzar su vida como actriz. En un casting para una obra, conoció al brillante director alemán, Otto Preminger. Se enamoraron y se casaron. Llegaron a Estados Unidos poco después de comenzar su carrera como director de cine. Marian quedó atrapada en el glamour y la emoción y pronto comenzó a vivir una vida sórdida. Cuando Preminger lo descubrió, se divorció de ella. Marian volvió a Europa. En 1948, el médico y misionero Albert Schweitzer visitaba Europa. Marian había leído sobre él cuando era niña y quiso tener la oportunidad de conocerlo. Después del primer encuentro, supo que había encontrado lo que estaba buscando toda su vida. Cuando Schweitzer regresó a África, la invitó a venir a Lambaréné a trabajar en el hospital. Así lo hizo y se encontró a sí misma. Allí, en Gabón, la niña que fue educada como una princesa, se convirtió en sirvienta. Cambió vendas, bañó bebés, alimentó leprosos… y encontró la libertad. Tituló su autobiografía, Todo lo que quiero es todo y escribió que no podía obtener el “todo” que le satisfaría y daría sentido hasta que diera todo. Pasó la última parte de su vida realizando Obras de Misericordia y al hacerlo experimentó la gracia de Dios.

Como nos recuerda el carisma Idente, las Obras de Misericordia Corporales y Espirituales tienen que ir de la mano. Jesús lo dice sin rodeos: ¿Qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma? El Papa Francisco se lamentó en El gozo del Evangelio de que una de las negligencias más comunes y graves es el hecho de no predicar la Palabra de Dios a los pobres. Para nosotros, misioneros católicos, nuestra principal ocupación es presentar la persona de Jesucristo, con su llamado a arrepentirse y a creer que siempre tenemos algo que ofrecer a nuestros semejantes… principalmente a través de estas obras de misericordia:

  1. Enseñar al que no sabe.
  2. Dar un buen consejo al que lo necesita.
  3. Corregir al que se equivoca.
  4. Perdonar las injurias.
  5. Consolar al que está triste.
  6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás.
  7. Orar por los vivos y por los difuntos.

Hoy es un momento apropiado para pensar si he incorporado adecuadamente estas obras en mi vida misionera diaria, en el marco de mis votos religiosos. No se nos dice que alimentemos a todo el mundo o que visitemos y vistamos a todos. Más bien, el Evangelio primero nos llama a ser más conscientes de las personas que nos rodean, y luego llegar a uno; alimentar a una persona hambrienta, perdonar a un miembro de mi comunidad; confortar a un afligido; sólo uno cada vez. Si hago esto, muchos experimentarán el toque compasivo y cariñoso de otro ser humano. Ahí es donde todo comienza. Así es como Cristo se da a conocer y se le sirve en la vida diaria.

Si nos fijamos en el mundo de hoy (¡y en cualquier momento anterior en la historia de la humanidad!), vemos todo tipo de tensiones y desafíos abrumadores, alimentados por los estilos individualistas y egoístas del mundo. Social, histórica y personalmente, muchos de los signos anunciados en la Primera Lectura son claramente visibles. Esto incluye nuestros pecados y mediocridad.

La respuesta cristiana inteligente a todas las tragedias de la vida es, ante todo, ver que, ocultas en cada crisis, hay oportunidades. No debemos sentirnos como víctimas indefensas que se rinden ante la duda y la desesperación. ¿No han dado los mejores artistas sus mayores creaciones en medio de una terrible pérdida, en el momento en que el mundo se ha derrumbado a su alrededor? ¿No ha demostrado la historia que las grandes culturas han surgido de las cenizas de culturas previamente colapsadas? Aún más, ¿no vino Cristo a morir por ti y por mí porque somos pecadores?

En segundo lugar, una persona espiritualmente sensible tiene que ver todos estos signos como una purificación, llegando a la conclusión de que no podemos confiar en nuestra buena voluntad, capacidades o experiencia, sino sólo en los misteriosos planes de Dios, revelados principalmente a través del sufrimiento y los sueños de nuestro prójimo.

En respuesta a la pregunta, ¿cómo podría un Dios amoroso juzgar a alguien? Hay que recordar que se trata un juicio familiar y en el que, por tanto, la ternura lo decide todo (Fernando Rielo). Así lo describe nuestro padre Fundador:

El juicio particular es el juicio personal que Dios hace al hombre al momento de la muerte y que se caracteriza por dos circunstancias fundamentales: 1) porque el alma, tras la muerte, se halla en completa libertad, nada la condiciona ante la presencia del Bien Supremo; 2) porque, en ese momento, Dios revela, al que va a ser juzgado, el conocimiento de Él mismo como Supremo Bien (28 Julio, 1984).

En los tiempos del Evangelio, la creencia en el poder de las estrellas era muy fuerte. Lo que se dice en las Lecturas de hoy es que esos cuerpos celestes, que la gente creía que controlaban la historia, resultarían ser impotentes ante el poder de Dios. Y así, el sol y la luna dejarán de dar luz; las estrellas caerán de los cielos. Estos signos no son descripciones objetivas del fin del mundo, ni formas de calcular el momento de la venida de Cristo. Los primeros cristianos esperaban que Jesús viniera durante su vida. Eso era natural para los educados en la tradición judía; el fin de Jerusalén solo podía significar el fin del mundo.

Las lecturas de hoy confirman que Dios está con nosotros todos los días de nuestra vida y que tendremos la presencia continua del Espíritu Santo entre nosotros guiándonos, protegiéndonos y fortaleciéndonos a pesar de nuestra humana debilidad e incertidumbre. Ya que el Espíritu Santo es Dios, tenemos a Dios literalmente viviendo en nosotros. En realidad, estamos caminando aquí en la tierra con el cielo en nosotros… Dios ha prometido que ha ido a preparar un lugar para los suyos y que vendrá por ellos.

A medida que nos acercamos al final de otro año litúrgico, dediquemos un tiempo a imaginar qué hermoso es el cielo. Cuanto más tengamos este pensamiento en nuestra mente, más alentaremos a otras personas, a través de nuestro amor y servicio, a unirse a nosotros en el camino.

 

Respondiendo al llamado de la santidad.

By | EE.UU., Norteamérica | 2 Comments

En el Seminario de la Inmaculada Concepción el 26, 27 y 28 de Octubre se llevó a cabo el retiro para mujeres de habla española con la asistencia de 25 personas. Las lecciones espirituales las impartieron las misioneras Identes Juana Mendoza  y Dolores Sánchez.

Los temas fueron orientados a: 1) la aspiración a la Santidad filial, más allá del solo cumplimiento de la ley: El Joven Rico. 2) El estado de oración continúa en estado de silencio a todo lo perturbable, para poder escuchar y responder a Dios Padre; y 3) La generosidad, el perdón y la alegría por poder ser confesores de la gloria de nuestro Padre Divino.

Todo se desarrolló en un ambiente de oración, sencillez, familiaridad, alegría, apertura, y el fruto de conversión y disposición al cambio de vida y a ser apóstoles y confesores del amor de Dios y de la fe.

El sábado, el p. Martin Esguerra, misionero Idente, visitó el retiro y antes de celebrar la misa de la vigilia ofreció el sacramento de la Reconciliación.

Durante estos tres días se vivieron momentos de convivencia, oración en silencio, reunión por comunidades (grupos pequeños de reflexión),  ratos de asueto y un ateneo informal, muy cariñoso, creativo y familiar.

 

Los que aman las flores no las arrancan

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Por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,

Estambul, 04 de Noviembre, 2018. XXXI Domingo del Tiempo Ordinario.

(Deuteronomio 6,2-6; Carta a los Hebreos 7,23-28; Marcos 12, 28b-34).

 

  1. ¿Qué es el amor?

Quien ha sido tocado por el amor, no anda en tinieblas. Esta es una frase de Platón, el gran filósofo griego, pero podría haber sido pronunciada por un auténtico católico.

Nunca insistiremos demasiado al decir que Nosotros amamos porque Él nos amó antes (1 Juan 4:19).

Esto es lo primero que hay que tener en cuenta, tanto en el caso los creyentes como de los no creyentes, que, como dijo Platón, el amor nos con-mueve. El amor viene a visitarnos. Pero quienes no tienen una relación íntima con Dios dirán, a lo sumo, que el amor es una de las emociones más profundas que experimenta el ser humano; lo cual es verdad… pero no toda la verdad. De ninguna manera.

Algunos pensadores hablan de tres formas de amor: Eros, Philia y Ágape; en su libro Los colores del Amor (1973), J.A. Lee describe 15 diferentes formas de amor. Pero tanto los filósofos como los psicólogos necesariamente se quedan cortos en sus esfuerzos por comprender la naturaleza del amor y terminan diciendo que hay una especie de porosidad entre los siete tipos de amor, que se filtran y se interpenetran. ¿Por qué les ocurre esto? Probablemente porque se basan en un enfoque individualista.

Pero ha habido algunas críticas de intelectuales brillantes:

* Eric Fromm, en su libro clásico El Arte de Amar (1956), considera que el amor es una capacidad interpersonal y creativa de los humanos, más que una emoción. Subraya que el amor genuino implica la preocupación por el otro y el deseo de satisfacer sus necesidades en lugar de las propias.

* M. Scott Peck, en El Camino Menos Transitado (1978) enseña que el amor es una actividad o una inversión en vez de un sentimiento. Contrasta sus propios puntos de vista sobre la naturaleza del amor con una serie de conceptos erróneos comunes sobre el amor, especialmente el hecho de que el amor se identifica con una experiencia romántica, y se basa únicamente en sentirse enamorado.

Pero podemos y debemos ir más allá; como dice el texto del Evangelio de hoy, el amor es la esencia de la vida y la esencia de Dios mismo. De hecho, los Diez Mandamientos se dividen en dos grupos, los primeros cuatro tratan sobre cómo amar a Dios y los últimos seis cómo amar al prójimo como a mí mismo. En verdad no podemos romper las leyes de Dios… nos rompemos contra ellas. Eso no funciona. Saltas de un rascacielos y no rompes la ley de la gravitación. Te rompes la cabeza, pero no la ley de la gravitación. Por eso, con el profeta Oseas, podemos contemplar a Dios como un Padre que guía nuestros pasos, no como un juez:

Porque rectos son los caminos del Señor, y los justos andarán por ellos, pero los transgresores tropezarán en ellos.

Tanto para nuestra vida espiritual como apostólica, es importante comprender que hay más que una “porosidad” entre el amor natural y la verdadera caridad, el amor de Cristo:

Si el cristiano perdiera la gracia santificante por el pecado mortal, la fe quedaría reducida a creencia; la esperanza, a expectativa; la caridad, a amor. Quien tiene la desgracia de cometer el pecado grave pierde, entonces, la caridad pero no el amor, la esperanza pero no la expectativa, la fe pero no la creencia. Las virtudes constitutivas –creencia, expectativa y amor– son disposicionales de sus correspondientes virtudes teologales que se adquieren con la gracia santificante (Fernando Rielo, Humanismo de Cristo).

Al decir que lo primero es amar a Dios y después amar a nuestro prójimo, Jesús no está hablando de leyes específicas. Está hablando de nuestra naturaleza y estableciendo un principio práctico que ha de ser aplicado en cada situación.

El verdadero amor puede ser captado únicamente por la persona que ama. Si sé que Dios me ama, pero no implemento su amor en mi vida, es como quien estudia el agua sin beberla. Mi comprensión del agua no sacia mi sed. No necesito conocimientos sobre el agua, necesito beber agua.

Considerado como mandamiento, como una ley, el amor no es prohibitivo ni restrictivo, diciendo que hagamos lo mínimo. Nos dice que siempre podemos amar más. El amor (como la fe y la esperanza) es ilimitado, no conoce fronteras. Esto explica por qué necesitamos los dones del Espíritu Santo para progresar en la caridad, para pasar de la tolerancia a la comunión, porque no tenemos la capacidad de amar como Él nos ha amado.

En un parque, se podría encontrar un letrero con uno de estos textos:

1- Se prohíbe arrancar las flores.

  1. Por favor, no arrancar las flores.

3- Los amantes de las flores no las arrancan.

 

Sólo el último va más allá del miedo o el deseo de aprobación. La verdadera motivación para cada una de nuestras acciones sólo puede ser el amor y sólo se llega a Dios a través de la entrega total al prójimo. Si perdemos este espíritu de la ley, que se basa en el amor de Dios y su amor por nosotros, nos preocuparemos más por obedecer las leyes servilmente que por vivir la belleza de las leyes. Cuando eso sucede, en lugar de ser nuestro aliado, la ley se convierte en nuestro enemigo.

  1. El poder del amor. Sólo con una experiencia de amor podemos cambiar radicalmente nuestras vidas. A veces, se trata de un proceso largo, a veces es algo… instantáneo.

La capacidad de tener relaciones sanas y entrañables comienza en la infancia, en las experiencias más precoces de un niño cuyos padres satisfacen de manera segura todas sus necesidades. Esas relaciones parecen establecer patrones de relación con los demás. Nuestra capacidad para el amor humano depende mucho de cómo nuestros padres nos han amado incondicionalmente desde que plantaron esa semilla de amor en nosotros. Nuestro egocentrismo también puede ser curado por el testimonio y la inocencia de alguien con una vida muy cercana a Dios.

Un día, un hombre santo preguntó a sus discípulos: ¿Cuándo saben que la noche ha terminado y el día ha comenzado? Uno de ellos respondió: Cuando miras en la distancia y puedes distinguir entre una higuera y una palmera. Otro dijo: Cuando miras en la distancia y puedes distinguir entre un perro y una oveja. Y otros dieron respuestas similares. Pero el maestro rechazó cada una de ellas. Finalmente, los discípulos preguntaron: ¿Cuándo sabemos que la noche ha terminado y el día ha comenzado? Y el hombre santo respondió: Cuando miramos a lo lejos y no vemos diferencia entre nuestro enemigo y nuestro amigo, cuando miramos a todas y cada una de las personas con amor, entonces sabemos que la noche ha terminado y que el día ha comenzado.

No hagas cómplice a Dios de tus sentires,

que no es copla única que tú sólo cantes.

No.

No lo dudes.

Dios está más en el corazón del prójimo

que en el tuyo (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

¿Por qué una persona abraza la fe en Cristo? ¿Porque ciertos argumentos brillantes de alguien le han convencido de la verdad? Eso podría ayudar, ciertamente. Pero la mayoría de las veces, es porque experimenta el amor de Dios cuando una persona cercana a Dios proyecta ese amor en ella.

Un misionero tuvo una experiencia que le cambió la vida cuando visitaba una colonia de leprosos en América del Sur. Acompañaba a los enfermos, oraba con ellos, cantaba con ellos, y les leía las Escrituras. Conoció a una mujer llamada Rose. Sus ojos se habían malogrado, dejándola ciega. Sus manos y pies sólo eran muñones. Tenía sangre en la cara de los mosquitos que le picaban, porque no podía espantarlos. Sin embargo, cuando el misionero se estaba preparando para orar por ella, y le preguntó su intención de oración, ella le pidió que orara para que Dios la ayudara a mostrar a los médicos que Cristo estaba vivo en su vida. Ella quería que los médicos sintieran la gracia de Dios. Su preocupación no era por su propia salud y comodidad. Su verdadera pasión era el amor de Dios.

Cuando Santa María Magdalena lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los secó con su cabello, Él dijo: Siempre habrá pobres entre ustedes, pero no siempre me tendrán a mí. Las palabras de Cristo se hacían eco de las palabras de Deuteronomio (15:10, 11): Sin falta le darás, y no sea tu corazón maligno cuando le dieres; que por ello te bendecirá el Señor tu Dios en todos tus hechos, y en todo lo que pusiereis mano. Porque nunca faltarán pobres en tu tierra; por eso te ordeno: Con liberalidad abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre en tu tierra. La misericordia y la generosidad son una forma de vida, no un proyecto. No ayudamos a los necesitados porque pensamos que terminaremos con la pobreza, sino porque esa es la clase de personas que Dios nos llama a ser. Compartimos por ser quienes somos.

Las formas mundanas de amor son realmente vínculos emocionales y sus limitaciones pronto se hacen evidentes:

Un joven recibió este mensaje de su ex-novia: Querido Juan: no tengo palabras para expresar la desdicha que he sentido desde que rompimos nuestro compromiso. Por favor dime que volverás. Nadie podría ocupar el vacío que dejaste en mi corazón, así que, por favor, perdóname. De verdad te amo.

Siempre tuya, Beatriz.

P.D. Y felicidades por ganar el Primer Premio de la Lotería Nacional.

 

Cuántos amores falsos

frente a uno verdadero (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

 

  1. La caridad, en la práctica. En nuestro Examen Ascético, después de revisar nuestras faltas contra la caridad, declaramos si hemos aprovechado todas las oportunidades disponibles para transmitir el Evangelio y viceversa, si hemos convertido cada momento en una ocasión para testimoniar la presencia de la Santísima Trinidad. Este es el Voto Apostólico que, junto con el Voto de la Cátedra, representa para un misionero idente la forma más exquisita posible de practicar la caridad. Como dice la Primera Lectura, el Espíritu Santo hará fructíferos nuestros esfuerzos cuándo y cómo lo desee: El Dios de tus padres te dará una tierra en la que mana leche y miel.

En medio de los afanes cotidianos, ¿cuántas veces olvidamos el propósito de nuestra misión, que es, en última instancia, llevar a otros a Cristo, invitándolos a una vida de santidad? No debemos olvidar que, permitir que otros hagan el bien, es preparar sus corazones para recibir la gracia de la conversión:

San Martín de Tours era un soldado romano que buscaba la verdadera fe. Un día de invierno se encontró con un hombre sin ropa, pidiendo limosna. Se compadeció de él, cortó su manto en dos y le dio la mitad al desconocido. Esa misma noche soñó con la aparición de Cristo, que vestía una capa rasgada. Cuando uno de los ángeles le preguntó: Maestro, ¿por qué llevas esa capa destrozada? Jesús respondió: Mi siervo Martín me la dio. Después de esta visión, Martin se bautizó de inmediato.

No existe una santidad auténtica fuera de la misión de cuidar el bien espiritual y material de los demás. Santa Teresa de Ávila dice que la forma más segura de saber que amamos a Dios es cuando amamos a nuestro prójimo: No podemos estar seguros de estar amando a Dios, aunque podemos tener buenas razones para creer que lo hacemos, pero podemos saber bastante bien si estamos amando a nuestro prójimo.

 

Muchos entienden el amor

como forma de alquilar al prójimo (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

 

 

 

 

Consejos para aprovechar al máximo la Santa Misa

  1. El Rito de Conclusión. Para completar la oración del Pueblo de Dios, y también para concluir todo el Rito de la Comunión, el Sacerdote pronuncia la Oración después de la Comunión, en la que suplica por los frutos del misterio que se acaba de celebrar.

El Rito de Conclusión consta de los siguientes elementos:

  1. a) anuncios breves, en caso de ser necesarios;
  2. b) saludo y la bendición del sacerdote,
  3. c) despedida de la comunidad por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno vuelva a sus quehaceres, alabando y bendiciendo a Dios,
  4. d) beso del altar por el sacerdote y el diácono, seguido de una profunda reverencia al altar por el sacerdote, el diácono y los otros ministros.

Pueden ir en paz,

o las demás formas posibles de despedida, no tienen la intención de conservar la paz de Cristo en nuestros corazones para beneficio personal. Más bien, habiendo participado en toda la misa, debemos recoger lo que hemos recibido en palabra y sacramento y llevarlo al mundo para que la paz de Cristo pueda llegar a todos en abundancia. Esto se expresa muy claramente en la Oración después de la Comunión de uno de los domingos en el Tiempo Ordinario que dice:

Señor, lleva a la perfección en de nosotros la comunión que hemos compartido en este sacramento.

Que nuestra celebración tenga efecto en nuestras vidas.

Como la presencia real de Cristo en el Pan consagrado no termina con la Misa, la Eucaristía se guarda en el sagrario para que la Comunión sea llevada a los enfermos y para la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento. La adoración eucarística fuera de la misa, sea de manera privada o comunitaria, nos ayuda de hecho a permanecer en Cristo.

Por lo tanto, los frutos de la misa están destinados a madurar en la vida cotidiana. En verdad, al reforzar nuestra unión con Cristo, la Eucaristía actualiza la gracia que el Espíritu nos dio en el Bautismo y en la Confirmación para que nuestro testimonio cristiano sea creíble.

Finalmente, el participar en la Eucaristía nos guía en nuestras relaciones con los demás, especialmente con los pobres, llevándonos a pasar de la carne de Cristo a la carne de los hermanos, en quienes Él espera ser reconocido, servido, honrado y amado por nosotros.

Como llevamos el tesoro de la unión con Cristo en vasijas de barro, tenemos necesidad constante de volver al altar santo, hasta que disfrutemos plenamente en el Paraíso de la beatitud del banquete de bodas del Cordero.