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Jesús Cevallos

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                                                   New York, 30 de Diciembre, 2018.

                                                   Festividad de la Sagrada Familia

REFLEXIÓN, por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.

1 Libro de Samuel 1,20-22.24-28; 1 Juan 3,1-2.21-24; Lucas 2,41-52.

Durante una de mis últimas visitas a una de nuestras Provincias, tuve la gran alegría de observar que un número considerable de participantes en nuestro retiro espiritual de Motus Christi eran ex-musulmanes. Su principal razón para aceptar nuestra Fe fue, literalmente, que, al ver a nuestros hermanos y hermanas, encontraron una verdadera familia. Esto es una alegría, pero no una sorpresa: Un nuevo mandamiento les doy, que se amen unos a otros; igual que yo les he amado, ámense unos a otros. Así, todos sabrán que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros (Jn 13: 34-35).

La familia es importante no sólo como unidad básica de la sociedad humana, sino también como una institución divina. San Pablo, en su carta a los efesios, escribe: Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra (3:14).

Todos somos fruto de una familia; incluso ese niño recién nacido que fue abandonado en la papelera por una madre inconsciente y desesperada, es miembro de una familia, aunque sea enferma y disfuncional. El amor comienza en el hogar y lo mismo ocurre con otras realidades como el odio, el rencor, las contiendas, la ira y otras. En esencia, podemos decir que la familia como centro de aprendizaje temprano, es la raíz de todo bien y todo mal.

Cuando leemos en el Evangelio la genealogía de Cristo (Lc 3: 23-38), encontramos reyes malvados, una prostituta y personas infieles… y además Judá, la tribu más insignificante, fue la elegida para ser de donde vendría el Mesías. Así, Dios elige a personas débiles, humildes, desconocidas y comunes para que seamos Sus instrumentos de salvación.

Las enseñanzas de los padres en el hogar, antes que la educación impartida por los maestros en la escuela, tienen mucha influencia en los niños. Estos imitan cómo sus padres expresan sus sentimientos de felicidad, ira, tristeza y alegría. También imitan los movimientos y la forma de hablar de los adultos de la familia. Cuando vemos que un niño pierde los nervios o responde mal a un adulto, sabemos que eso lo debe haber aprendido de sus padres. Hoy sabemos que el feto comienza a escuchar las conversaciones de los padres, incluso sus peleas. El feto tiene algún tipo de reacción dentro del útero de la madre y eso afecta su desarrollo después del nacimiento. Tanto la enseñanza por el ejemplo como la enseñanza por la palabra tienen una influencia significativa en la generación siguiente.

Es por ello que las familias disfuncionales producen hijos que no son capaces de relacionarse al crecer. Como adultos, en la vida, son incapaces de mantener una relación equilibrada. De esa forma, a menudo la historia se repite, ya que sus matrimonios también terminan en divorcio.

A medianoche, un niño se despierta en su cama de hospital. Se siente muy asustado y muy solo. Sufre un dolor intenso: las quemaduras cubren el 40 por ciento de su cuerpo. Alguien lo había empapado con alcohol, y luego le prendió fuego. Comienza a gritar, llamando a su madre. La enfermera lo abraza con cariño; le acaricia y le susurra que el dolor desaparecerá antes de lo que piensa. Sin embargo, nada de lo que hace la enfermera, parece disminuir el dolor del niño. Sigue llorando y llamando a su madre. La enfermera no sabe que hacer e incluso se rebela… porque fue la madre del niño quien le había prendido fuego.

Parece que el dolor del niño al ser separado de su madre, a pesar de que ella le había hecho sufrir cruelmente, era mayor que el dolor de sus quemaduras. Este profundo apego a la madre hace que su separación de ella sea la peor experiencia que un niño pueda experimentar. Cuando los niños están creciendo, la presencia regular de los padres es una garantía constante de seguridad para todos ellos.

Aunque sean muchos sus defectos, la familia, es el contacto humano básico. Los padres son los primeros maestros del amor. Es de los padres donde el amor se aprende, o se contagia. Su afecto al niño le muestra a éste que es digno de ser amado. Y también le enseña al niño cómo amar. Pero, como sabemos, hay defectos en todas las relaciones humanas y en nuestra naturaleza humana. Por eso es importante que ofrezcamos a nuestros miembros de la familia, vivos y muertos, nuestro perdón.

Hoy hay muchos intentos de redefinir a la familia, pero ninguno refleja el plan de Dios para ella. No hay familias perfectas, así como no hay matrimonios perfectos. Como seres humanos todos somos imperfectos. Cuando las relaciones se ponen a prueba, podemos sentirnos heridos y ofendidos. Cuando las expectativas fallan, podemos estar decepcionados y sentirnos fracasados. Cuando las promesas se rompen, podemos experimentar un gran abatimiento.

No es exagerado decir que la mayor amenaza para el mundo de hoy es la destrucción de la familia humana. El Concilio Vaticano II consideró a la familia como la primera y más vital institución para la vida de la Iglesia y la sociedad. Hoy en día, vemos muchas rupturas en las familias, cuyo efecto se puede comprobar dentro de las propias familias, en la vida comunitaria y en la sociedad. Las personas se enfrentan a las secuelas del individualismo, el relativismo, el materialismo, el racionalismo y la secularización. Esto constituye un gran daño para los individuos, las familias, la sociedad y todo nuestro entorno. Para evitar una crisis tan grave, tenemos a la Sagrada Familia como la familia modelo que nos puede librar de tal destrucción.

Las familias son parte del plan de Dios. Todo niño tiene derecho a disfrutar de la seguridad del amor comprometido y del ejemplo constante, tanto de un hombre-padre como de una mujer-madre. Dios podría haberle pedido a Jesús que viniera a este mundo como adulto, pero no lo hizo así. Pidió a María que que concibiera a Jesús, y pidió a José que se casara con Ella, la amara y la protegiera y que fuera el padre místico de Jesús. Dios nos pide que cada niño tenga el don de una vida familiar auténtica.

Nuestro Dios Triuno, que es una Familia en sí Mismo, eligió a una familia humana para venir a este mundo y traer la salvación a la humanidad y eso es lo que celebramos especialmente durante la Navidad. Esta Familia se llama Santa porque amaba a Dios sobre todo y sus miembros estaban dispuestos a hacer la voluntad de Dios en todo momento. Apreciaron y celebraron la presencia de Dios en la familia.

La Sagrada Familia no sólo es el modelo para todas las familias naturales, sino también para las familias religiosas. Esto ha sido resaltado muchas veces por nuestro padre Fundador. ¿Por qué es así? Porque los lazos de la Sagrada Familia no se basaban meramente en el respeto a la ley, o en los esfuerzos que hicieron para vivir en armonía. Confiaron en la sabiduría divina y en sus planes:

Acuérdense de las cosas anteriores ya pasadas, Porque Yo soy Dios, y no hay otro; Yo soy Dios, y no hay ninguno como Yo, que anuncio el futuro desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi decisión será cumplida, y todo lo que quiero lo realizaré (Is 4: 6-9).

Una de las claves para el éxito en su misión fue la forma en que se escuchaban mutuamente. Esto es algo notable, porque sus vidas estaban llenas de sorpresas, circunstancias imprevistas, cambios de planes y persecuciones… pero no fueron víctimas de las prisas y la superficialidad, los principales obstáculos para organizar una comunidad, ya sea familiar, religiosa o de otra índole. Este es el diagnóstico de nuestro padre Fundador.

Un hombre conducía por una empinada y estrecha carretera de montaña cuando una mujer, que venía conduciendo en dirección opuesta, abrió la ventana y gritó: ¡Cerdo! Pensando que ella le estaba insultando, él inmediatamente se asomó por la ventana y le gritó airadamente: ¡Y tú también! Cuando el hombre dobló la siguiente curva, se estrelló contra un enorme cerdo que estaba en medio de la carretera y casi perdió la vida. Si tan sólo estuviéramos dispuestos a escuchar…

La principal razón por la que somos víctimas de la prisa y la superficialidad es que estamos demasiado ocupados para escuchar. No seamos ingenuos; estar ocupado significa no sólo tener mucho trabajo, sino también cavilar continuamente sobre nuestras preocupaciones personales, ideas o necesidades urgentes. Tratamos de evitar nuevas preocupaciones que absorban nuestra energía y el problema es que lo hacemos inconscientemente. Un padre llegó a casa después de un duro día en la oficina y le dijo a su esposa: Hoy tuve un mal día. Por favor, si tienes malas noticias esta noche, guárdatelas. A lo que ella respondió: Muy bien, nada de malas noticias. Ahora las buenas noticias: ¿Recuerdas a nuestros cuatro hijos? Pues tres de ellos no se rompieron un brazo hoy.

Hemos de aprender a escuchar no sólo lo que se dice, sino que también debemos tratar de discernir quién es la persona que está a nuestro lado. María conocía a su Hijo mejor que cualquier otro ser humano, y sin duda atesoraba en su corazón y en su memoria lo que Él dijo e hizo durante su vida oculta.

¿Conozco a mi hermano? ¿Sé de su familia, de su salud, sus compañeros de clase, su maestro favorito, sus miedos, sus necesidades e intereses …?

Cuando se celebró una boda en Caná en Galilea, Jesús todavía no había hecho ningún milagro. Estaba comenzando su vida pública. Su madre estaba allí; Jesús y sus discípulos también habían sido invitados. Cuando el vino se acabó, María le dijo: No tienen más vino. María conocía a su Hijo, su misión, sus dones, su hora: Hagan lo que Él les diga.

No hay mayor alegría en la vida que saber que los miembros de mi familia están siendo clave en la vida de los demás, sirviendo y amando a Dios y a nuestros semejantes. La tarea de los padres es discernir con sus hijos la forma responder a la voz de Dios dando la vida a otros, ya sea físicamente o en apoyo espiritual, moral y material.

Escuchar es un gran regalo que podemos dar a un ser humano. Ser escuchado, ser atendido, es saber que alguien me toma en serio. Es un acto redentor, un poderoso fortalecimiento de la unidad. ¿Por qué a Zacarías le fue impuesta la mudez mientras esperaba a su hijo? Probablemente, más que un castigo, fue la forma elegida por Dios para enseñarle a escuchar bien, a contemplar lo que sucedía a su alrededor. Cuando hablamos, no escuchamos, no estamos observando lo que sucede alrededor. Zacarías aprendió mucho durante esos nueve meses, y cuando habló de nuevo, fue para expresar su alegría porque sabía quién estaba llegando.

Escuchar no solo se refiere a las palabras, sino que también debemos escuchar el silencio de nuestro prójimo. Se ha dicho que nadie está realmente casado hasta que no entiende cada palabra que su cónyuge NO está diciendo. Sí; a menudo es lo que no se dice lo que transmite el mensaje importante: una persona que nunca habla de su apostolado probablemente tiene un serio conflicto vocacional.

He aquí algunos ejemplos de formas inapropiadas de responder y escuchar:

* Algunas personas responden sólo diciendo con qué no están de acuerdo, lo que las hace bastante desagradables. Ignoran lo que otros dicen, descartándolo, cambiando fácilmente de conversación.

* Expresarse intempestivamente, hablando abruptamente sin medir nuestras palabras, es un tipo de discurso espontáneo que tiene repercusiones negativas. Algunos discursos espontáneos son positivos, como un cumplido ingenioso o una observación humorística. Pero ese discurso intempestivo suele ser un comentario hecho de forma apresurada…que desearíamos poder borrar. Esa espontaneidad brusca muy a menudo se refiere a comentarios hechos con enfado. También puede tratarse de bromas o chistes inapropiados.

* Los protagonistas crónicos. Algunas personas tienden a traer la conversación sobre sí mismas. Lo que se diga, lleva a esta persona a hablar de sí mismo. Si mencionas que uno de tus hijos ha estado enfermo, la respuesta podría ser: Yo también estuve enfermo ayer. Esa respuesta podría ser adecuada si luego va seguida de: ¿Cuáles son los síntomas de tu hijo? El problema viene cuando cada conversación termina siendo todo acerca de mí; un signo de narcisismo.

* Otros actúan como un portero de fútbol: siempre listos para decir no o pero… En lugar de escuchar para aprender, escuchan para poder negar. Su mensaje implícito y permanente es: Estás equivocado; Yo tengo razón; Sólo conoces una pequeña parte de la verdad.

El pronunciar palabras a veces nos da la ilusión de confianza, o de controlar la situación. Algunos líderes y algunos superiores religiosos se ven a sí mismos como los expertos de la sala, quienes siempre tienen que dar respuestas, pero eso interfiere con nuestra comunicación, creando una distancia. Hemos de dejar de lado nuestra individualidad, si queremos conocer al otro, especialmente a los más jóvenes. El vaso debe estar vacío, si quiero verter en él vino nuevo.

Cuando Cristo tenía 12 años y se quedó en Jerusalén, su Madre dijo: Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando muy preocupados. Y la respuesta de Jesús fue aparentemente desconcertante: ¿No sabían que debo estar en la casa de mi Padre? Sin embargo, no hubo más intercambio de palabras, pero María guardó todas estas cosas en su corazón. José no dijo nada en ese momento.

Cuando conoces a un hombre/mujer de Dios, reconoces que es su silencio y su mirada lo que te cautivó, más que sus palabras; un silencio que te atrajo, que te hizo sentir acogido, comprendido, aceptado sin juicios. No por las palabras de esa persona, sino por su silencio, su escucha profunda, puedes comprender tu propia vida y dar un nuevo significado a tu experiencia. Esto sucedió entre Jesús y sus padres y es por eso que bajó con ellos y vino a Nazaret, y les fue obediente.

De manera semejante, el silencio de San José le permitió escuchar la voz de Dios a través de sus sueños y le dio a María la oportunidad de atesorar, meditar y reflexionar sobre la voluntad de Dios antes de ponerla en práctica.

La forma cristiana de escuchar se puede comparar con la forma en que aquel perro lamió las llagas en la parábola del hombre rico y Lázaro. (Lc 16: 19-31). Nadie estaba dispuesto a entrar en el mundo de Lázaro, excepto ese perro. Los sufrimientos de ese pobre eran demasiado para contemplarlos. Ese perro escuchó en silencio los lamentos de Lázaro. Al igual que lamía sus propias llagas, lamió las de Lázaro y se quedó junto a él para aliviar su abandono, para hacerle sentir algo más que rechazo antes de abandonar este mundo. Ese sentimiento de aceptación y respeto permitió a Lázaro verse a sí mismo desde un nuevo ángulo, y esta nueva perspectiva de su vida le permite también ver a Abraham.

La fiesta de la Sagrada Familia tiene hoy una especial relevancia. Hace casi un siglo, el papa Pío XII escribió:

La emigrante Sagrada Familia de Nazaret, que huye a Egipto, es el arquetipo de toda familia de refugiados. Jesús, María y José, que viven en el exilio en Egipto para escapar de la furia de un rey malvado, son, para todos los tiempos y en todos los lugares, modelos y protectores de todo migrante, extranjero y refugiado de cualquier tipo que, ya sea llevado por el miedo, la persecución o por las carencias, se ve obligado a abandonar su tierra natal, a sus queridos padres y familiares, a sus amigos cercanos y a buscar una tierra extraña.

Una observación final: El matrimonio es una invitación a compartir la plenitud del amor de Dios de una manera muy real. Compartir el amor de Dios implica, por lo tanto, que un hombre deja a su padre y a su madre y se une a su esposa, y se convierten en un solo cuerpo; Por eso decimos que es un sacramento.

Entonces ¿tú eres Rey?

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Por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes.
Paris, 25 de Noviembre, 2018
Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Libro de Daniel 7,13-14; Apocalipsis 1,5-8; Juan 18,33b-37.

  1. Todo ser humano desea admirar, alabar y ser parte de algo más grande que él mismo. Podemos ver continuamente la evidencia de ello en el comportamiento de las personas. En muchos contextos, se observa el ansia de adherirse a una doctrina, una teoría, una causa, un club o un grupo político para sentirse parte de algo importante. Esta es la razón por la cual el pueblo de Israel no pudo esperar 40 días a que Moisés regresara de la montaña con las Tablas de la Ley y construyó un becerro de oro. Por eso también construimos todo tipo de ídolos con ideas, actividades, personas, opiniones o preferencias… y les obedecemos.

Quizás la primera razón por la que deberíamos estar agradecidos a esta manifestación de Cristo como Rey es que nos podemos liberar de las miríadas de ídolos que construimos, adoramos y obedecemos.

Nuestro corazón es una fábrica de ídolos, porque los seres humanos somos adoradores. Los seres humanos somos amantes. Hemos creados en el amor y para amar. Y la expresión más alta y profunda de dar amor es la adoración. En una ocasión, ante la vieja y clásica pregunta de un niño a su padre, ¿Tengo que ir a la iglesia? El padre respondió sabiamente: No, tienes que ir a la iglesia. Pero tienes que adorar. O si no, morirás. En parte, este comportamiento humano se explica por el deseo de estar con los demás y en comunidad, pero también entraña el deseo de adorar, de alabar algo o alguien.

En nuestro afán de adorar, podemos hacer una elección poco adecuada y, por ello, desperdiciar nuestra capacidad de adorar con algo poco valioso y efímero. Prestamos sólo atención a lo que necesitamos en ese momento y puede que no sea duradero; así alimentamos el miedo a que no haya un Dios capaz de dar sentido a nuestra vida.

Durante la Pasión de Cristo, quienes lo miraban con la lógica de este mundo no lo veían como un rey, no percibían la realeza de Jesús. Los gobernantes, los soldados y uno de los criminales crucificados junto con él, no vieron quién era Jesús realmente. Miraban sin ver.

Sin embargo, hubo un hombre que vio lo que pocos vieron. Dimas, un delincuente crucificado por sus crímenes, entendió. Era un criminal. Sin embargo, tenía un corazón sencillo. Eso fue lo que lo salvó. Vio la infinita dignidad imperial en un hombre clavado en la cruz. En un hombre indefenso, vio el amor de Dios por la humanidad. En Cristo crucificado, Dimas encontró el amor de Dios que le llevó al cielo: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23:43). Abrió su corazón a la aspiración más profunda de todo ser humano: la verdadera vida eterna.

Pero, sobre todo, María fue coronada como Reina del Cielo y la Tierra porque siguió totalmente a su hijo y reconoció que Su reino era real, gozoso y eterno. A Ella pedimos su intercesión para obtener la gracia de reconocer a Cristo como nuestro Rey.

  1. En el Padre Nuestro, pedimos no sólo la venida de un Rey, sino también su Reino. Esto va más allá de nuestra necesidad personal de un Rey verdadero y misericordioso. La cruda realidad es que generalmente el miedo gobierna nuestras relaciones y eso lleva a malentendidos, desconfianza y agendas ocultas. Vivimos en constante terror de perder nuestro poder. De hecho, tememos que parezca que perdemos poder, porque en el mundo la apariencia de poder (la fama), es poder. El miedo rige nuestras relaciones y, por lo tanto, la ocultación parece algo perfectamente razonable. La siguiente historia ofrece una alegoría de esta condición dolorosa.

Un niño y su hermanita fueron a visitar a sus abuelos en el campo. El niño tenía un tirachinas y practicaba con él en el campo, pero nunca lograba dar en el blanco. Cuando regresó al patio trasero de casa de su abuela, vio allí un patito. Apuntó y disparó una piedra. La piedra golpeó el pato y cayó muerto. El niño fue presa del pánico. Desesperadamente, escondió el pato muerto en el establo, y al levantar la cabeza vio a su hermana que le observaba. Su hermana Sara lo había visto todo, pero no dijo nada.

Ese día, después de comer, la abuela dijo: Sara, vamos a lavar la vajilla. Pero Sara respondió: Juan me dijo que quería lavar los platos hoy. ¿No es así, Juan? Y le susurró: ¿Te acuerdas del pato? Así que Juan tuvo que lavar los platos.

Más tarde, el abuelo decidió llevar a los dos niños a pescar. La abuela dijo: Lo siento, pero necesito que Sara me ayude a preparar la cena. Sara sonrió y dijo: Oh, Juan dijo que quería hacerlo. Una vez más, Sara susurró: ¿Recuerdas el pato? Juan se quedó y Sara fue a pescar.

Después de un par de días de hacer todas las tareas, Juan se sintió desesperado y no pudo soportarlo más. Entonces le confesó a la abuela que había matado a su patito. La abuela acarició su rostro en sus manos y dijo: Lo sé, Juan. Estaba de pie junto a la ventana y vi todo. Allí mismo te perdoné porque te quiero. Me preguntaba cuánto tiempo ibas a esconder la verdad y dejar que Sara hiciera de ti un esclavo.

Sí, escondemos la verdad, nos convertimos en esclavos del pecado y el miedo y terminamos viviendo una tragedia. Pero Cristo, nuestro Rey, nos invita a escuchar su voz y estar del lado de la verdad, y la verdad nos hará libres. Este es precisamente el mensaje de la Segunda Lectura: Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos!

¿Por qué usamos los términos “caridad” y “vinculum” como sinónimos? Porque el único vínculo (unión) posible con nuestros semejantes se alcanza cuando somos capaces de amar a nuestro prójimo.

Eso es el reino de Dios. Eso es el cielo. El gozo espiritual completo se encuentra cuando nos damos cuenta de todo nuestro potencial en Dios, cuando nos llenamos de Su bondad y, por lo tanto, vivimos en perfecta unión con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Por supuesto, esto no es posible fuera de Dios sino en unión con Él. Esto no es fe, sino un hecho universal, experiencial. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II llamó a la Eucaristía vinculum caritatis, vínculo de caridad. Este vínculo de amor nos revela unos a otros como hermanos y hermanas en Cristo, estableciendo la base de nuestra unidad y comunión unos con otros y con Cristo.

  1. Esto explica las sorprendentes palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: Tú dices que soy rey. Para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. ¿Qué tiene que ver ser un rey con testimoniar la verdad?

Jesús nos quiere mostrar que nuestra unidad es un don de Dios. La unidad no es una creación humana por medio de nuestros esfuerzos, buenas obras e intenciones. Fundamentalmente, Jesucristo crea esa unidad a través de Su muerte y resurrección. A quienes acogen el reino de Cristo, a quienes están dispuestos a amar incondicionalmente, Jesús dice: Conocerán la verdad y la verdad les hará libres (Jn 8, 32). y Yo soy la verdad (Jn 14: 6). Esta libertad celestial, que hace posible nuestra unidad, es la verdadera ley de nuestra naturaleza, la regla de su reino.

En muchos contextos, incluida la vida religiosa, el camino de la unidad es el más difícil. En ciertos momentos podemos buscar consuelo con la separación. Podemos sentirnos seguros y sin amenazas. Unirnos con otro, o con otros puede hacernos pensar que vamos perder algo indispensable para nosotros. Más aún, odiamos lo que antes fue amado. Esa es la ley en todos los reinos, sociedades y grupos mundanos, cuando nos reunimos por intereses, incluso por intereses compartidos. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, educados e ignorantes, los rápidos y los lentos… se separarán, tarde o temprano, de muchas formas diferentes.

Su amor es el vínculo que engendra la unidad. Esta unidad es el testimonio más poderoso para dar a conocer a Dios en nuestro mundo. Y esta es la razón por la que intentar cumplir la misión yendo cada uno por su lado, es contrario a la naturaleza de la Iglesia.

Cada parte del cuerpo físico obedece fielmente los mandatos que vienen de la cabeza y así, trabaja en perfecta armonía con los otros miembros del cuerpo, a pesar de la diversidad. De manera similar, cuando permitimos que Dios se haga cargo de nuestras vidas, hay armonía en todas nuestras comunidades, como resultado de que todos los miembros desean agradar a Dios. Cuanto más estrecha sea nuestra unión con Cristo, más estrecha será la unión entre nosotros.

La unidad entre Cristo y sus discípulos no destruye la personalidad de ninguno de los ellos. Al participar del Espíritu de Dios, conforme a la ley de Dios, el hombre se convierte en partícipe de la naturaleza divina. Cristo lleva a sus discípulos a una unión viva con Él mismo y con el Padre a través de la obra del Espíritu Santo sobre nuestras almas. El discípulo halla su plenitud en Cristo y con los demás. Esa unidad es la prueba más convincente para el mundo de la majestad de Cristo y de su poder para quitar el pecado.

Del mismo modo que un niño puede conocer verdaderamente el carácter de su madre amada, y así como los elementos más profundos de ese carácter, la ternura de su amor maternal, no se pueden demostrar mediante un argumento, sino que sólo pueden aprenderse por experiencia, asimismo el amante y fiel discípulo de Cristo puede contemplar el corazón de Su Reino, y sentir, vivir, experimentar, descubrir con ese “esprit de finesse” del que habla Pascal, es decir, con la intuición integral y profunda de su alma, los dones que hemos recibido y en última instancia, el plan de Dios para nosotros: llegar a ser cada vez más como Él, para estar plenamente con él. Esto es, en pocas palabras, el objetivo de la Unión Mística, Transfigurativa y Tranververativa.

Una reflexión final sobre el Reino de Dios y los reinos de este mundo. Cuando los líderes como Pilato carecen de sabiduría espiritual y no tienen bases para sus políticas, son dirigidos por la gente en lugar de ser sus guías, buscan ser pragmáticos, ganancias a corto plazo, pero no ven las implicaciones a largo plazo de las medidas. que implementan.

La solemnidad de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XII durante una época (1925) en la que el respeto por Cristo y la Iglesia disminuía, cuando más se necesitaba esa celebración. El Papa observó que muchas personas estaban dejando de lado a Jesucristo en su vida. Y recordó a la humanidad que no podemos hacer nada sin Cristo. Sólo en la restauración del imperio de nuestro Señor Jesucristo, pueden reinar la verdadera justicia, la paz, la verdad y el amor… al menos en medio de nuestras comunidades.

Para Pilato, la verdad también era relativa y hoy día ese problema ha empeorado. El individualismo ha llegado a tal extremo que, para muchos, la única autoridad es el yo individual. Algunos incluso rechazan los títulos de “señor” y “rey” de Cristo porque creen que tales títulos están tomados de sistemas de gobierno opresivos. Pero, esas personas no entienden lo importante: el reinado de Cristo es de humildad y servicio.

La Nueva Evangelización nos invita a reflexionar sobre el apostolado en sociedades que son multiculturales, multireligiosas, gobernadas por un gobierno secular. El apóstol de hoy está llamado a impregnar al mundo con los valores del evangelio en los dominios de la cultura, la economía, los medios de comunicación, la familia o la educación.

En Deus Caritas Est, el Papa Benedicto XVI dice:

En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica.

La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales.

Estimada a los ojos del Señor es la muerte de sus santos (Salmos 116:15)

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por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,
Paris, 18 de Noviembre, 2018.
 XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
Daniel 12,1-3; Carta a los Hebreos 10,11-14.18; Marcos 13,24-32.

Las Lecturas de hoy hablan sobre el fin del mundo, la venida final de Jesús para llevar a todos los pueblos y toda la creación a Él. No estamos demasiado preocupados por el fin físico del mundo. Técnicamente, sabemos que la Tierra será abrasada y evaporada por el Sol, que explotará transformándose en una estrella gigante roja dentro de 5 mil millones de años… probablemente tú y yo estaremos en otro lugar más seguro.

Pero, sin embargo, estamos muy preocupados por nuestros últimos días y los de nuestros seres queridos. La muerte es un tema tabú en muchas culturas actuales; nuestra sociedad es una sociedad que niega la muerte; tendemos a evitar las conversaciones sobre la muerte. Cuando surge una conversación sobre la muerte, normalmente se interrumpe con un gesto de contrariedad y disgusto, o se trunca con una broma. Incluso a las personas religiosas, especialmente a los sacerdotes, resulta difícil transmitir consuelo y esperanza a quienes han perdido a un familiar o un verdadero amigo. La incertidumbre, la angustia física y emocional que acompañan a muchas enfermedades y el dolor causado por la separación, a menudo son más fuertes que las palabras.

Por eso debemos aprovechar algunos momentos de oración para meditar sobre los llamados “novísimos”: muerte juicio, cielo e infierno. Si no lo hacemos, tendremos una severa limitación en nuestra comprensión de nuestra peregrinación al cielo. Terminaríamos creyendo que la muerte, el juicio, el cielo y el infierno no son parte de nuestra existencia. Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar (Eclesiastés 3: 1-2).

Y, lo que es peor, desperdiciaremos nuestra limitada energía y no explotaremos completamente nuestras capacidades. No hay otra práctica que intensifique más la vida. Como ejemplo cotidiano, sabemos que administrar sabiamente nuestro miedo ante la inmediatez de un examen, puede ser un estimulante maravilloso, alentándonos a trabajar más y a concentrarnos en nuestra tarea. Es sólo al ser conscientes de la brevedad de la vida, cuando ésta se vuelve preciosa: Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría (Salmo 90:12). Todos los que encuentres durante tu viaje en la vida morirán. Sabiendo esto, ¿cómo puedo estar enojado con alguien? Si no tratamos a las personas con amabilidad y respeto ahora, ¿cuándo lo haremos? Como dice el dicho, una sola rosa en la vida es mejor que una corona muy cara en la tumba.

San Pablo se alegraba al pensar en su propia muerte. Incluso prefería la muerte y le entristecía tener que seguir viviendo un tiempo más: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy presionado, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero permanecer en la carne es más necesario por causa de ustedes (Fil. 1:21-24).

Pero para nosotros los cristianos, el “fin del mundo” se refiere principalmente no a la aniquilación del planeta o nuestra propia muerte, sino a la segunda venida de Jesucristo. Más que un día para ser temido, es un día lleno de esperanza, porque anuncia la completitud final de la historia y el reinado total de Dios.

La siguiente historia es una hermosa metáfora que muestra cómo nuestra vida en este mundo, nuestra muerte y nuestro juicio final, forman un continuo, diferentes etapas del plan de salvación que Dios desea para nosotros:

Había un herrero que trabajó duramente en su oficio toda su vida. Pero finalmente llegó el día de su muerte. El ángel de la muerte llegó a él, y para sorpresa del ángel, el hombre se negó a acompañarle. El herrero le rogó al ángel que presentara su caso ante Dios, argumentando que él era el único herrero en la aldea, y que era la época en que todos sus vecinos comenzaban a plantar y sembrar. Su ayuda era necesaria. Entonces el ángel abogó por su caso ante Dios, diciendo que el herrero no quería parecer ingrato, y que estaba contento de tener un lugar en el Reino esperándolo, pero ¿no se podría posponer la partida por un tiempo? Y así, se le dio más tiempo al herrero. Un año después, el ángel regresó con el mismo mensaje: el Señor estaba listo para compartir la plenitud del Reino con él. Nuevamente el diligente trabajador tenía reservas acerca de ir, y dijo: Un vecino está gravemente enfermo y es el tiempo de la cosecha. Varios de nosotros intentamos salvar su cosecha para que su familia no viva en la indigencia. Por favor regresa más tarde. Y el ángel se fue de nuevo. Esto se convirtió en algo habitual. Cada vez que el ángel venía, el herrero tenía una u otra excusa. Finalmente, el herrero llegó a ser tan viejo y frágil que tuvo que admitir que ya estaba listo para partir: Dios mío, si quieres enviarme tu ángel ahora, me alegraría volver a casa en este momento. Inmediatamente apareció el ángel y el herrero dijo: Si quieres llevarme a casa, ahora estoy listo para vivir para siempre en el Reino de los cielos. El ángel sonrió y miró con deleite celestial al santo herrero. Entonces le preguntó: ¿Dónde crees que has estado todos estos años? ¿Dónde, si no ya en casa?

Nuestro Juicio Final se centrará en el amor de Dios, manifestado en nuestro amor al prójimo y materializado en las obras de misericordia. En palabras de Santa Teresa de Calcuta: Debemos encontrar a Cristo presente en la penosa apariencia de los pobres.

San Vicente de Paúl en realidad llamó a los pobres “sus maestros”. Realmente nos muestran la voluntad de Dios, como nos dice la experiencia de muchos santos y personas de buena voluntad.

Eso es lo que le sucedió a Marian Preminger, quien nació en Hungría en 1913 y se crió en un castillo con su familia aristocrática. Mientras asistía a la escuela en Viena, Marian conoció a un joven médico vienés. Se enamoraron y se casaron cuando ella tenía 18 años. El matrimonio duró solo un año y regresó a Viena para comenzar su vida como actriz. En un casting para una obra, conoció al brillante director alemán, Otto Preminger. Se enamoraron y se casaron. Llegaron a Estados Unidos poco después de comenzar su carrera como director de cine. Marian quedó atrapada en el glamour y la emoción y pronto comenzó a vivir una vida sórdida. Cuando Preminger lo descubrió, se divorció de ella. Marian volvió a Europa. En 1948, el médico y misionero Albert Schweitzer visitaba Europa. Marian había leído sobre él cuando era niña y quiso tener la oportunidad de conocerlo. Después del primer encuentro, supo que había encontrado lo que estaba buscando toda su vida. Cuando Schweitzer regresó a África, la invitó a venir a Lambaréné a trabajar en el hospital. Así lo hizo y se encontró a sí misma. Allí, en Gabón, la niña que fue educada como una princesa, se convirtió en sirvienta. Cambió vendas, bañó bebés, alimentó leprosos… y encontró la libertad. Tituló su autobiografía, Todo lo que quiero es todo y escribió que no podía obtener el “todo” que le satisfaría y daría sentido hasta que diera todo. Pasó la última parte de su vida realizando Obras de Misericordia y al hacerlo experimentó la gracia de Dios.

Como nos recuerda el carisma Idente, las Obras de Misericordia Corporales y Espirituales tienen que ir de la mano. Jesús lo dice sin rodeos: ¿Qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma? El Papa Francisco se lamentó en El gozo del Evangelio de que una de las negligencias más comunes y graves es el hecho de no predicar la Palabra de Dios a los pobres. Para nosotros, misioneros católicos, nuestra principal ocupación es presentar la persona de Jesucristo, con su llamado a arrepentirse y a creer que siempre tenemos algo que ofrecer a nuestros semejantes… principalmente a través de estas obras de misericordia:

  1. Enseñar al que no sabe.
  2. Dar un buen consejo al que lo necesita.
  3. Corregir al que se equivoca.
  4. Perdonar las injurias.
  5. Consolar al que está triste.
  6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás.
  7. Orar por los vivos y por los difuntos.

Hoy es un momento apropiado para pensar si he incorporado adecuadamente estas obras en mi vida misionera diaria, en el marco de mis votos religiosos. No se nos dice que alimentemos a todo el mundo o que visitemos y vistamos a todos. Más bien, el Evangelio primero nos llama a ser más conscientes de las personas que nos rodean, y luego llegar a uno; alimentar a una persona hambrienta, perdonar a un miembro de mi comunidad; confortar a un afligido; sólo uno cada vez. Si hago esto, muchos experimentarán el toque compasivo y cariñoso de otro ser humano. Ahí es donde todo comienza. Así es como Cristo se da a conocer y se le sirve en la vida diaria.

Si nos fijamos en el mundo de hoy (¡y en cualquier momento anterior en la historia de la humanidad!), vemos todo tipo de tensiones y desafíos abrumadores, alimentados por los estilos individualistas y egoístas del mundo. Social, histórica y personalmente, muchos de los signos anunciados en la Primera Lectura son claramente visibles. Esto incluye nuestros pecados y mediocridad.

La respuesta cristiana inteligente a todas las tragedias de la vida es, ante todo, ver que, ocultas en cada crisis, hay oportunidades. No debemos sentirnos como víctimas indefensas que se rinden ante la duda y la desesperación. ¿No han dado los mejores artistas sus mayores creaciones en medio de una terrible pérdida, en el momento en que el mundo se ha derrumbado a su alrededor? ¿No ha demostrado la historia que las grandes culturas han surgido de las cenizas de culturas previamente colapsadas? Aún más, ¿no vino Cristo a morir por ti y por mí porque somos pecadores?

En segundo lugar, una persona espiritualmente sensible tiene que ver todos estos signos como una purificación, llegando a la conclusión de que no podemos confiar en nuestra buena voluntad, capacidades o experiencia, sino sólo en los misteriosos planes de Dios, revelados principalmente a través del sufrimiento y los sueños de nuestro prójimo.

En respuesta a la pregunta, ¿cómo podría un Dios amoroso juzgar a alguien? Hay que recordar que se trata un juicio familiar y en el que, por tanto, la ternura lo decide todo (Fernando Rielo). Así lo describe nuestro padre Fundador:

El juicio particular es el juicio personal que Dios hace al hombre al momento de la muerte y que se caracteriza por dos circunstancias fundamentales: 1) porque el alma, tras la muerte, se halla en completa libertad, nada la condiciona ante la presencia del Bien Supremo; 2) porque, en ese momento, Dios revela, al que va a ser juzgado, el conocimiento de Él mismo como Supremo Bien (28 Julio, 1984).

En los tiempos del Evangelio, la creencia en el poder de las estrellas era muy fuerte. Lo que se dice en las Lecturas de hoy es que esos cuerpos celestes, que la gente creía que controlaban la historia, resultarían ser impotentes ante el poder de Dios. Y así, el sol y la luna dejarán de dar luz; las estrellas caerán de los cielos. Estos signos no son descripciones objetivas del fin del mundo, ni formas de calcular el momento de la venida de Cristo. Los primeros cristianos esperaban que Jesús viniera durante su vida. Eso era natural para los educados en la tradición judía; el fin de Jerusalén solo podía significar el fin del mundo.

Las lecturas de hoy confirman que Dios está con nosotros todos los días de nuestra vida y que tendremos la presencia continua del Espíritu Santo entre nosotros guiándonos, protegiéndonos y fortaleciéndonos a pesar de nuestra humana debilidad e incertidumbre. Ya que el Espíritu Santo es Dios, tenemos a Dios literalmente viviendo en nosotros. En realidad, estamos caminando aquí en la tierra con el cielo en nosotros… Dios ha prometido que ha ido a preparar un lugar para los suyos y que vendrá por ellos.

A medida que nos acercamos al final de otro año litúrgico, dediquemos un tiempo a imaginar qué hermoso es el cielo. Cuanto más tengamos este pensamiento en nuestra mente, más alentaremos a otras personas, a través de nuestro amor y servicio, a unirse a nosotros en el camino.

 

Respondiendo al llamado de la santidad.

By | EE.UU., Norteamérica | 2 Comments

En el Seminario de la Inmaculada Concepción el 26, 27 y 28 de Octubre se llevó a cabo el retiro para mujeres de habla española con la asistencia de 25 personas. Las lecciones espirituales las impartieron las misioneras Identes Juana Mendoza  y Dolores Sánchez.

Los temas fueron orientados a: 1) la aspiración a la Santidad filial, más allá del solo cumplimiento de la ley: El Joven Rico. 2) El estado de oración continúa en estado de silencio a todo lo perturbable, para poder escuchar y responder a Dios Padre; y 3) La generosidad, el perdón y la alegría por poder ser confesores de la gloria de nuestro Padre Divino.

Todo se desarrolló en un ambiente de oración, sencillez, familiaridad, alegría, apertura, y el fruto de conversión y disposición al cambio de vida y a ser apóstoles y confesores del amor de Dios y de la fe.

El sábado, el p. Martin Esguerra, misionero Idente, visitó el retiro y antes de celebrar la misa de la vigilia ofreció el sacramento de la Reconciliación.

Durante estos tres días se vivieron momentos de convivencia, oración en silencio, reunión por comunidades (grupos pequeños de reflexión),  ratos de asueto y un ateneo informal, muy cariñoso, creativo y familiar.

 

Los que aman las flores no las arrancan

By | Evangelio, Sin categorizar | No Comments

Por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,

Estambul, 04 de Noviembre, 2018. XXXI Domingo del Tiempo Ordinario.

(Deuteronomio 6,2-6; Carta a los Hebreos 7,23-28; Marcos 12, 28b-34).

 

  1. ¿Qué es el amor?

Quien ha sido tocado por el amor, no anda en tinieblas. Esta es una frase de Platón, el gran filósofo griego, pero podría haber sido pronunciada por un auténtico católico.

Nunca insistiremos demasiado al decir que Nosotros amamos porque Él nos amó antes (1 Juan 4:19).

Esto es lo primero que hay que tener en cuenta, tanto en el caso los creyentes como de los no creyentes, que, como dijo Platón, el amor nos con-mueve. El amor viene a visitarnos. Pero quienes no tienen una relación íntima con Dios dirán, a lo sumo, que el amor es una de las emociones más profundas que experimenta el ser humano; lo cual es verdad… pero no toda la verdad. De ninguna manera.

Algunos pensadores hablan de tres formas de amor: Eros, Philia y Ágape; en su libro Los colores del Amor (1973), J.A. Lee describe 15 diferentes formas de amor. Pero tanto los filósofos como los psicólogos necesariamente se quedan cortos en sus esfuerzos por comprender la naturaleza del amor y terminan diciendo que hay una especie de porosidad entre los siete tipos de amor, que se filtran y se interpenetran. ¿Por qué les ocurre esto? Probablemente porque se basan en un enfoque individualista.

Pero ha habido algunas críticas de intelectuales brillantes:

* Eric Fromm, en su libro clásico El Arte de Amar (1956), considera que el amor es una capacidad interpersonal y creativa de los humanos, más que una emoción. Subraya que el amor genuino implica la preocupación por el otro y el deseo de satisfacer sus necesidades en lugar de las propias.

* M. Scott Peck, en El Camino Menos Transitado (1978) enseña que el amor es una actividad o una inversión en vez de un sentimiento. Contrasta sus propios puntos de vista sobre la naturaleza del amor con una serie de conceptos erróneos comunes sobre el amor, especialmente el hecho de que el amor se identifica con una experiencia romántica, y se basa únicamente en sentirse enamorado.

Pero podemos y debemos ir más allá; como dice el texto del Evangelio de hoy, el amor es la esencia de la vida y la esencia de Dios mismo. De hecho, los Diez Mandamientos se dividen en dos grupos, los primeros cuatro tratan sobre cómo amar a Dios y los últimos seis cómo amar al prójimo como a mí mismo. En verdad no podemos romper las leyes de Dios… nos rompemos contra ellas. Eso no funciona. Saltas de un rascacielos y no rompes la ley de la gravitación. Te rompes la cabeza, pero no la ley de la gravitación. Por eso, con el profeta Oseas, podemos contemplar a Dios como un Padre que guía nuestros pasos, no como un juez:

Porque rectos son los caminos del Señor, y los justos andarán por ellos, pero los transgresores tropezarán en ellos.

Tanto para nuestra vida espiritual como apostólica, es importante comprender que hay más que una “porosidad” entre el amor natural y la verdadera caridad, el amor de Cristo:

Si el cristiano perdiera la gracia santificante por el pecado mortal, la fe quedaría reducida a creencia; la esperanza, a expectativa; la caridad, a amor. Quien tiene la desgracia de cometer el pecado grave pierde, entonces, la caridad pero no el amor, la esperanza pero no la expectativa, la fe pero no la creencia. Las virtudes constitutivas –creencia, expectativa y amor– son disposicionales de sus correspondientes virtudes teologales que se adquieren con la gracia santificante (Fernando Rielo, Humanismo de Cristo).

Al decir que lo primero es amar a Dios y después amar a nuestro prójimo, Jesús no está hablando de leyes específicas. Está hablando de nuestra naturaleza y estableciendo un principio práctico que ha de ser aplicado en cada situación.

El verdadero amor puede ser captado únicamente por la persona que ama. Si sé que Dios me ama, pero no implemento su amor en mi vida, es como quien estudia el agua sin beberla. Mi comprensión del agua no sacia mi sed. No necesito conocimientos sobre el agua, necesito beber agua.

Considerado como mandamiento, como una ley, el amor no es prohibitivo ni restrictivo, diciendo que hagamos lo mínimo. Nos dice que siempre podemos amar más. El amor (como la fe y la esperanza) es ilimitado, no conoce fronteras. Esto explica por qué necesitamos los dones del Espíritu Santo para progresar en la caridad, para pasar de la tolerancia a la comunión, porque no tenemos la capacidad de amar como Él nos ha amado.

En un parque, se podría encontrar un letrero con uno de estos textos:

1- Se prohíbe arrancar las flores.

  1. Por favor, no arrancar las flores.

3- Los amantes de las flores no las arrancan.

 

Sólo el último va más allá del miedo o el deseo de aprobación. La verdadera motivación para cada una de nuestras acciones sólo puede ser el amor y sólo se llega a Dios a través de la entrega total al prójimo. Si perdemos este espíritu de la ley, que se basa en el amor de Dios y su amor por nosotros, nos preocuparemos más por obedecer las leyes servilmente que por vivir la belleza de las leyes. Cuando eso sucede, en lugar de ser nuestro aliado, la ley se convierte en nuestro enemigo.

  1. El poder del amor. Sólo con una experiencia de amor podemos cambiar radicalmente nuestras vidas. A veces, se trata de un proceso largo, a veces es algo… instantáneo.

La capacidad de tener relaciones sanas y entrañables comienza en la infancia, en las experiencias más precoces de un niño cuyos padres satisfacen de manera segura todas sus necesidades. Esas relaciones parecen establecer patrones de relación con los demás. Nuestra capacidad para el amor humano depende mucho de cómo nuestros padres nos han amado incondicionalmente desde que plantaron esa semilla de amor en nosotros. Nuestro egocentrismo también puede ser curado por el testimonio y la inocencia de alguien con una vida muy cercana a Dios.

Un día, un hombre santo preguntó a sus discípulos: ¿Cuándo saben que la noche ha terminado y el día ha comenzado? Uno de ellos respondió: Cuando miras en la distancia y puedes distinguir entre una higuera y una palmera. Otro dijo: Cuando miras en la distancia y puedes distinguir entre un perro y una oveja. Y otros dieron respuestas similares. Pero el maestro rechazó cada una de ellas. Finalmente, los discípulos preguntaron: ¿Cuándo sabemos que la noche ha terminado y el día ha comenzado? Y el hombre santo respondió: Cuando miramos a lo lejos y no vemos diferencia entre nuestro enemigo y nuestro amigo, cuando miramos a todas y cada una de las personas con amor, entonces sabemos que la noche ha terminado y que el día ha comenzado.

No hagas cómplice a Dios de tus sentires,

que no es copla única que tú sólo cantes.

No.

No lo dudes.

Dios está más en el corazón del prójimo

que en el tuyo (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

¿Por qué una persona abraza la fe en Cristo? ¿Porque ciertos argumentos brillantes de alguien le han convencido de la verdad? Eso podría ayudar, ciertamente. Pero la mayoría de las veces, es porque experimenta el amor de Dios cuando una persona cercana a Dios proyecta ese amor en ella.

Un misionero tuvo una experiencia que le cambió la vida cuando visitaba una colonia de leprosos en América del Sur. Acompañaba a los enfermos, oraba con ellos, cantaba con ellos, y les leía las Escrituras. Conoció a una mujer llamada Rose. Sus ojos se habían malogrado, dejándola ciega. Sus manos y pies sólo eran muñones. Tenía sangre en la cara de los mosquitos que le picaban, porque no podía espantarlos. Sin embargo, cuando el misionero se estaba preparando para orar por ella, y le preguntó su intención de oración, ella le pidió que orara para que Dios la ayudara a mostrar a los médicos que Cristo estaba vivo en su vida. Ella quería que los médicos sintieran la gracia de Dios. Su preocupación no era por su propia salud y comodidad. Su verdadera pasión era el amor de Dios.

Cuando Santa María Magdalena lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los secó con su cabello, Él dijo: Siempre habrá pobres entre ustedes, pero no siempre me tendrán a mí. Las palabras de Cristo se hacían eco de las palabras de Deuteronomio (15:10, 11): Sin falta le darás, y no sea tu corazón maligno cuando le dieres; que por ello te bendecirá el Señor tu Dios en todos tus hechos, y en todo lo que pusiereis mano. Porque nunca faltarán pobres en tu tierra; por eso te ordeno: Con liberalidad abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre en tu tierra. La misericordia y la generosidad son una forma de vida, no un proyecto. No ayudamos a los necesitados porque pensamos que terminaremos con la pobreza, sino porque esa es la clase de personas que Dios nos llama a ser. Compartimos por ser quienes somos.

Las formas mundanas de amor son realmente vínculos emocionales y sus limitaciones pronto se hacen evidentes:

Un joven recibió este mensaje de su ex-novia: Querido Juan: no tengo palabras para expresar la desdicha que he sentido desde que rompimos nuestro compromiso. Por favor dime que volverás. Nadie podría ocupar el vacío que dejaste en mi corazón, así que, por favor, perdóname. De verdad te amo.

Siempre tuya, Beatriz.

P.D. Y felicidades por ganar el Primer Premio de la Lotería Nacional.

 

Cuántos amores falsos

frente a uno verdadero (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

 

  1. La caridad, en la práctica. En nuestro Examen Ascético, después de revisar nuestras faltas contra la caridad, declaramos si hemos aprovechado todas las oportunidades disponibles para transmitir el Evangelio y viceversa, si hemos convertido cada momento en una ocasión para testimoniar la presencia de la Santísima Trinidad. Este es el Voto Apostólico que, junto con el Voto de la Cátedra, representa para un misionero idente la forma más exquisita posible de practicar la caridad. Como dice la Primera Lectura, el Espíritu Santo hará fructíferos nuestros esfuerzos cuándo y cómo lo desee: El Dios de tus padres te dará una tierra en la que mana leche y miel.

En medio de los afanes cotidianos, ¿cuántas veces olvidamos el propósito de nuestra misión, que es, en última instancia, llevar a otros a Cristo, invitándolos a una vida de santidad? No debemos olvidar que, permitir que otros hagan el bien, es preparar sus corazones para recibir la gracia de la conversión:

San Martín de Tours era un soldado romano que buscaba la verdadera fe. Un día de invierno se encontró con un hombre sin ropa, pidiendo limosna. Se compadeció de él, cortó su manto en dos y le dio la mitad al desconocido. Esa misma noche soñó con la aparición de Cristo, que vestía una capa rasgada. Cuando uno de los ángeles le preguntó: Maestro, ¿por qué llevas esa capa destrozada? Jesús respondió: Mi siervo Martín me la dio. Después de esta visión, Martin se bautizó de inmediato.

No existe una santidad auténtica fuera de la misión de cuidar el bien espiritual y material de los demás. Santa Teresa de Ávila dice que la forma más segura de saber que amamos a Dios es cuando amamos a nuestro prójimo: No podemos estar seguros de estar amando a Dios, aunque podemos tener buenas razones para creer que lo hacemos, pero podemos saber bastante bien si estamos amando a nuestro prójimo.

 

Muchos entienden el amor

como forma de alquilar al prójimo (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

 

 

 

 

Consejos para aprovechar al máximo la Santa Misa

  1. El Rito de Conclusión. Para completar la oración del Pueblo de Dios, y también para concluir todo el Rito de la Comunión, el Sacerdote pronuncia la Oración después de la Comunión, en la que suplica por los frutos del misterio que se acaba de celebrar.

El Rito de Conclusión consta de los siguientes elementos:

  1. a) anuncios breves, en caso de ser necesarios;
  2. b) saludo y la bendición del sacerdote,
  3. c) despedida de la comunidad por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno vuelva a sus quehaceres, alabando y bendiciendo a Dios,
  4. d) beso del altar por el sacerdote y el diácono, seguido de una profunda reverencia al altar por el sacerdote, el diácono y los otros ministros.

Pueden ir en paz,

o las demás formas posibles de despedida, no tienen la intención de conservar la paz de Cristo en nuestros corazones para beneficio personal. Más bien, habiendo participado en toda la misa, debemos recoger lo que hemos recibido en palabra y sacramento y llevarlo al mundo para que la paz de Cristo pueda llegar a todos en abundancia. Esto se expresa muy claramente en la Oración después de la Comunión de uno de los domingos en el Tiempo Ordinario que dice:

Señor, lleva a la perfección en de nosotros la comunión que hemos compartido en este sacramento.

Que nuestra celebración tenga efecto en nuestras vidas.

Como la presencia real de Cristo en el Pan consagrado no termina con la Misa, la Eucaristía se guarda en el sagrario para que la Comunión sea llevada a los enfermos y para la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento. La adoración eucarística fuera de la misa, sea de manera privada o comunitaria, nos ayuda de hecho a permanecer en Cristo.

Por lo tanto, los frutos de la misa están destinados a madurar en la vida cotidiana. En verdad, al reforzar nuestra unión con Cristo, la Eucaristía actualiza la gracia que el Espíritu nos dio en el Bautismo y en la Confirmación para que nuestro testimonio cristiano sea creíble.

Finalmente, el participar en la Eucaristía nos guía en nuestras relaciones con los demás, especialmente con los pobres, llevándonos a pasar de la carne de Cristo a la carne de los hermanos, en quienes Él espera ser reconocido, servido, honrado y amado por nosotros.

Como llevamos el tesoro de la unión con Cristo en vasijas de barro, tenemos necesidad constante de volver al altar santo, hasta que disfrutemos plenamente en el Paraíso de la beatitud del banquete de bodas del Cordero.

 

¡Ánimo, levántate! Él te llama!

By | Evangelio | No Comments

Por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,
Paris, 28 de Octubre, 2018,  XXX Domingo del Tiempo Ordinario. 
(Jeremías 31,7-9; Carta a los Hebreos 5,1-6; Marcos 10,46-52).

Cada vez que pienso en los puntos de nuestro Examen Místico … tengo la impresión de que es insuficiente llamarlos puntos. Componen una imagen completa de nuestra relación con las personas divinas. Mirando hoy la figura de Bartimeo, podemos entender lo que nuestro Fundador y todos los místicos llaman Aspiración.

Nada se sabe sobre la vida de este ciego; probablemente había sido invidente durante muchos años desde que era joven, o durante toda su vida. Pero lo importante es que se dio cuenta de que algo (o, mejor dicho, alguien) le estaba atrayendo. Y fue dócil a ese empuje dinámico que hay tras nuestra intención de alcanzar lo absoluto. Esto es aspiración, inhalar el amor y avanzar por el camino que ese amor abre en nosotros.

En palabras sencillas, la aspiración más profunda del corazón humano es el deseo de amar y ser amado. El hombre ha sido creado por amor y para el amor y sólo en el amor puede crecer y dar fruto.

Permítanme usar una metáfora muy pobre: cuando alguien se da cuenta que está seriamente enamorado de una persona (no hablamos de un capricho) y que se trata de un sentimiento mutuo, experimenta una euforia, un arrebato, una alegría desencadenada que le anuncia: Todo lo que hagas en tu vida, toda tu existencia, girará en torno a este amor. Este sentimiento puede ser ahogado o alimentado, puedo ser consistente o incoherente con él, pero nunca olvidaré ese momento y esa experiencia me enseñará mucho mí. Es más que un deseo o un anhelo. Lo importante aquí es que este sentimiento no depende solo de mí, de mi corazón; está moldeado por otra persona.

Cuando Bartimeo escucha el alboroto a su alrededor, es fiel y consistente con este impulso o aspiración, más profundo que el mero conocimiento o el deseo. Sus defectos, su debilidad y la oposición de la gente son incapaces de detener ese impulso sobrenatural que le invade.

La gente que conocía a Bartimeo ciertamente podía darle dinero, comida o ropa, pero nuestro Padre Celestial quiere cambiarnos de adentro hacia afuera, quiere tocar la raíz, no las ramas de nuestras vidas; nos quiere dar la vista, no un par de lentes.

De hecho, esta aspiración es más que una vocación o una invitación. Ser aspirado es algo realmente violento, como la succión de un tornado o la fuerza de un potente remolino de agua. Esto es lo que le sucedió a Bartimeo, lo que lo obligó a saltar, a abandonar su manto y a correr detrás de Cristo.

Cuando llegamos a un punto crítico de nuestra vida, puede que nos demos cuenta de que necesitamos desesperadamente a Dios. Hemos sido testigos de cómo la impotencia experimentada por los moribundos y las personas cercanas a ellos se convierten en una oportunidad para crecer en la fe y la esperanza. Si bien la certeza de la muerte puede suponer un sufrimiento intenso, si una persona moribunda se aferra a Dios, lo que parecía sin sentido adquiere significado y valor.

Hemos de estar atentos, porque el verse inmerso en esta aspiración puede suceder en momentos muy difíciles, como ocurre con las Bienaventuranzas. Estas constituyen un desafío y, a primera vista, pueden resultar desalentadoras. Pero lo cierto es que Cristo nos llama a aspirar a ellas. Experimentamos esta aspiración cuando sorprendentemente, nos encontramos enfocados sólo en nuestra misión y no estamos tentados ni distraídos por los obstáculos del mundo o por nuestra propia debilidad e ignorancia. Es un verdadero y profundo cambio de identidad; como aconsejan los psicólogos: No te identifiques con lo que sabes, sino con la forma en que creces.

De hecho, esto es lo que dice San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual:

Y esta tal aspiración de el Espíritu Santo en el alma con que Dios la transforma en sí le es a ella de tan subido y delicado y profundo deleite, que no hay decirlo por lengua mortal

María, Nuestra Madre, en su Magnificat, hace una descripción poética de estos poderosos momentos de aspiración, cuando nuestra visión de la vida cambia radicalmente:

Ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava,

y por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí.

Y ese es también el mensaje de seguridad y confianza en la Primera Lectura: Los conduciré a los torrentes de agua por un camino llano, donde ellos no tropezarán. En nuestro Trisagio, expresamos la “bipolaridad” de nuestra aspiración diciendo: Ruega por nosotros pecadores, para que seamos santos. Colaboramos con la gracia de Dios al reconocer nuestras tentaciones, nuestras distracciones, nuestras dudas y al permitir que Cristo ore por nosotros, con nosotros y en nosotros. Nuestra aspiración tiene asociado un consuelo profundo: que no hay nada en nuestras vidas que Dios no pueda usar como un medio de salvación; somos perdonados y amados incondicionalmente.

La cumbre de la aspiración divina la expresó el Hijo de Dios: Padre, que se haga tu Voluntad.

Es importante insistir en el papel principal del Espíritu Santo; de lo contrario, ante las pruebas, los malentendidos o la oposición, incluso si hemos tenido un encuentro íntimo con Dios, nos desilusionamos y nos desanimamos. Esto se destaca en la Segunda Lectura: Y nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios como lo fue Aarón.
Por eso, Cristo no se atribuyó a sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.

Es Cristo quien nos llama y también es el Espíritu Santo quien determina los momentos en que nuestras miserias y dudas quedan abandonados en nuestro viejo manto… para poder comenzar a correr detrás de Jesús.

Bartimeo tuvo visión no sólo para reconocer su ceguera física, sino también la profunda necesidad de Dios en su vida, porque Cristo, al compartir nuestra naturaleza humana, tiene una honda comprensión de nuestras necesidades. He aquí una anécdota entrañable:

El Papa San Juan Pablo II cayó enfermo entre dos de sus viajes pastorales. Los médicos le ordenaron que descansara en la cama, pero insistió en que Dios le había confiado la misión de llevar a los fieles del mundo a una unión más estrecha con Dios. Cuando decidió levantarse y reanudar sus viajes, lo que muchos juzgaron demasiado precipitado, una de las hermanas enfermeras encargadas de su atención médica insistió que debía dejar por ahora esa misión y volver a descansar; le manifestó su preocupación diciendo: Estoy preocupada por Su Santidad; a lo que él respondió: Yo también estoy preocupado por mi santidad.

Por supuesto, San Juan Pablo II no estaba haciendo un juego de palabras. No sé cómo terminó el diálogo, pero lo importante aquí es que las posibles debilidades personales del Santo Papa se hicieron secundarias, casi irrelevantes al lado del llamado divino. Y esta es una característica esencial de la aspiración.

Bartimeo era un mendigo de profesión, conocía su territorio, las mejores ubicaciones, el enfoque más atractivo, la manera de ganarse el favor en lugar de ser reprendido, la forma de ser visible sin ser desagradable. Él era un experto; así que supo acercarse a Cristo: Ten piedad de mí. Es decir: Necesito ayuda. Primero llamó la atención de Cristo pidiéndole su misericordia. Y luego sólo pidió lo que reconocía como lo más importante: la vista. Tenía muchos otros problemas, como nosotros. Pero sabía que, si Dios podía tocar el centro de su vida, esa liberación llevaría a todas las demás.

Hay más que podemos aprender de la historia de Bartimeo:

* Realmente quería llamar la atención de Cristo y gritó aún más fuerte: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Recordemos: Cristo nos dice que no dejemos de pedir. Todos somos mendigos. El joven rico no era consciente de su pobreza radical; no tenemos nada que sea realmente nuestro.

* Si abrimos los ojos suficientemente, nos damos cuenta que Dios ha enviado personas a nuestras vidas para animarnos: ¡Ánimo, levántate, te está llamando! Él también nos está diciendo estas palabras a través de nuestros amigos, o cuando leemos la Palabra de Dios.

* ¡Llámenlo! dice Cristo. Podríamos reflexionar hoy sobre las personas que directa o indirectamente han traído a Cristo a nuestra vida: padres, familiares, amigos, maestros, libros, conversaciones, … De igual modo, hay personas que esperan escuchar el llamado de Jesús a través de nosotros. Es a través de otros como somos llamados constantemente. Demos gracias por sus vidas.

* Al final de la narración, vemos a Bartimeo siguiendo a Jesús en su camino, el Camino. Fue llamado a hacer de su vida un sacrificio vivo por los demás: Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, que es el culto racional de ustedes (Rom 12: 1). ¿Somos capaces de compartir con otros lo que nuestro Padre ha hecho por nosotros? La proclamación de la Buena Nueva no se reduce a doctrinas y rituales, sino a unas buenas noticias que, quienes la reciben quedan liberados y sanados.

Consejos para aprovechar al máximo la Santa Misa

  1. La invitación a la Comunión. Al ver a Jesús caminando, San Juan Bautista lo señala a sus propios discípulos: Éste es el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. El decir éste es, tiene aquí un sentido de mirar, de prestar atención, de fijarse bien.

Dichosos los invitados a la cena del Señor: La Última Cena, la Cena del Señor y la Cena del Cordero.

-La Última Cena es la que Cristo compartió con sus discípulos la noche antes de morir. Durante ella nos dio la Eucaristía y la Santísimo Sacramento, encomendándonos celebrarlo en su memoria.

-La Cena del Señor es otro nombre que puede usarse para la Última Cena. También puede ser usado como un nombre de la misa en sí. Cuando cumplimos su mandato, nos hacemos presentes en su obra de salvación. Al recordar las palabras que dijo Jesús en esa Cena, compartimos la ofrenda de la vida de Jesús en la Cruz, su sacrificio, y nos unimos a su resurrección y gloriosa ascensión.

-La Cena del Cordero proviene del libro de Apocalipsis (19, 9), donde habla de una cena matrimonial. Esa fiesta o cena de matrimonio se menciona en algunas de las parábolas de Jesús sobre el reino de los cielos. Es la gran fiesta de celebración en el cielo, es el don del mismo cielo.

-Señor, no soy digno. Cuando el centurión confesó a Jesús que no era digno de recibirlo bajo su techo – en su casa – no era porque las cosas estuvieran un poco desordenadas o que se necesitara un poco de pintura. Él reconoció su propia indignidad de recibir la visita del Señor para curar a su siervo enfermo (ver Mateo Capítulo 8).

En la Edad Media, cuando el sacerdote llevaba la Sagrada Comunión a una casa, se daba la bienvenida a Cristo en el hogar, repitiendo las mismas palabras del centurión. No se disculpaban por la falta de pintura o los muebles rotos. Admitían su indignidad de que el Señor entrara bajo su techo, y mucho menos en el hogar de sus corazones. Admitían que no merecían un huésped tan bueno, aunque reconocían que lo necesitaban y lo recibían con mucho gusto. De forma natural, se incluyó esta frase en la misa para todos nosotros.

Al repetir las palabras del centurión sobre mi indignidad de recibir a Jesús, no sólo pido perdón, sino curación. Admito que soy un pecador que necesita el toque sanante de Jesús para transformar mi vida. Al recibirlo en la Comunión, admito mi debilidad y mi necesidad de este alimento medicinal.

-En mi casa. Esto puede ayudarme a pensar en cómo Jesús hace su hogar en mí, como debo hacer el mío en él. Debo darle la bienvenida, escucharlo y esperarle como hicieron Marta y María cuando recibieron a Cristo bajo su techo. Me puede llevar a pensar en cómo llevo a Cristo conmigo cuando salgo de Misa, en mi corazón, al corazón de mi hogar. Él debe ser ese invitado silencioso e invisible bajo mi techo. Lo he recibido en la Sagrada Comunión y debo ser consciente de que Él camina conmigo en mi vida diaria.

 

¿Qué significa servir?

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Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
París, Comentario al Evangelio del 21 de Octubre, 2018.
XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (Isaías 53,10-11; Carta a los Hebreos 4,14-16; Marcos 10,35-45).

Esta pregunta es peligrosa. Nos puede llevar a seleccionar algunas de las mejores cualidades de servicio que hemos entendido, porque hemos analizado y diseccionado los rasgos de Cristo como servidos.
¿Quién puede negar que un verdadero servidor debe ser Abierto a aprender, Sumiso, Paciente, Diligente, Productivo, Leal y Honesto? Podríamos elegir otros descriptores y el esfuerzo siempre valdrá la pena, porque Cristo definió su misión con una sola palabra: Servir.
Pero esa actitud de servicio no es simplemente algo sobre lo que Jesús habló a otros… ¡lo vivió! Sólo cuando nos detenemos un instante para entregar nuestro tiempo a los demás, nos damos cuenta del verdadero significado del servicio.
Nada se dice del servicio en abstracto; Jesús manifiesta con sus actos la actitud que han de vivir los discípulos. No habla de una virtud, sino que apunta a algo que Él, mismo hace.

Por favor, tomemos nota de la siguiente historia. Especialmente si somos un líder o superior religioso: Durante la Revolución Americana, un hombre vestido de civil pasó junto a un grupo de soldados que estaban esforzándose por sacar un carro de caballos atascado en un profundo lodo. Su oficial les estaba dando instrucciones, aunque él no intentaba empujar. El hombre que presenciaba la escena preguntó al oficial por qué él mismo no empujaba también. Con gran dignidad, el oficial respondió: ¡Señor, soy un cabo! El hombre desmontó de su caballo y empezó a ayudar a los agotados soldados. Cuando se completó el trabajo, se dirigió al cabo y le dijo: Señor cabo, la próxima vez que tenga un trabajo como este y no tenga suficientes hombres para hacerlo, informe a su comandante en jefe, vendré y le ayudaré de nuevo. Demasiado tarde, el orgulloso cabo reconoció…al general Washington.

Sí, el Evangelio de hoy trata un tema particularmente delicado, porque incluso para personas con corazón manso, mente clara y manos trabajadoras, no es fácil hacer lo más perfecto y adivinar en todo instante cuál es servicio oportuno y necesario a realizar.

Tenemos que estar en un estado de permanente oración para no dejarnos engañar por nuestras buenas
intenciones (mezcladas con nuestros intereses personales y egocentrismo):
* Marta, Marta, estás ansiosa y preocupada por muchas cosas. Sólo una cosa es necesaria.
María ha elegido la mejor parte y no le será quitada.
* Señor, ¿Tú lavarme a mí los pies? … Nunca me lavarás los pies (Jn 13: 6,8).
Con frecuencia, nuestros corazones buscan hacer algo muy grande, algo que requiera mucho sacrificio y, a menudo, nuestro corazón no ve las cosas humildes. Las grandes oportunidades para servir a los demás rara vez llegan, pero las pequeñas nos rodean todos los días.

Debemos aprender a hacer las cosas sencillas que, a menudo, son las más difíciles de hacer, porque realmente tenemos poca visión. Por eso les invito a que hoy hagamos todos una reflexión personal sobre cómo traducir a nuestras vidas el ejemplo de Jesús, los santos y muchos verdaderos siervos del reino.

He aquí otro ejemplo inspirador:En 1952, un hombre llegó a una estación de ferrocarril para recibir el Premio Nobel de la Paz. Cuando bajó del tren, todos los flashes se dispararon y los funcionarios de la ciudad se acercaron a reunirse con él; entonces, les dio las gracias cortésmente y pidió ser excusado por un minuto. Caminó a través de la multitud al lado de una anciana que intentaba arrastrar dos maletas grandes. Las recogió, sonrió y la acompañó a su autobús, la ayudó a subir y le deseó un buen viaje. Luego, Albert Schweitzer, el famoso misionero médico en África, se dirigió a la gente y se disculpó por hacerlos esperar. Un miembro del comité de recepción dijo a un reportero: Es la primera vez que veo un sermón caminando.

Permítame insistir en la prioridad de servicio:
De nada servirían las teologías, las filosofías, las especialidades científicas sin este concepto hondísimo del servicio, cuyo primer ejemplo lo dio Cristo cuando lavó los pies a sus discípulos, y no permitió que se los lavasen a Él (Fernando Rielo, 27 Feb., 1982).

Como discípulos de Cristo, no somos mejores que muchas otras personas que sirven generosamente y con admirable desapego. La diferencia es que tenemos el privilegio de servir con Cristo y en su presencia; eso significa que llevamos a nuestro prójimo a Dios y traemos a Dios hasta nuestro prójimo, porque nos guía el ejemplo de Cristo en nuestras humildes acciones. ¿No es eso un privilegio? ¿Y no lo es el servir al propio Cristo? Sabemos que Jesús ha llegado antes que nosotros y se ha identificado con los que sufren, dejando el mensaje de que yo estoy con ustedes, el Espíritu está con ustedes y sepan que son amados como mi Padre me ama.

Solemos decir que el secreto de ser feliz es hacer algo por los demás. Gandhi, a partir de su propia experiencia concluyó que la mejor manera de encontrarse a sí mismo, es perderse en el servicio de los demás. Incluso la sabiduría china dice lo mismo en un sabio proverbio:

Si quieres felicidad por una hora, toma una siesta. Si quieres felicidad por un día, ve a pescar. Si quieres felicidad por un mes, cásate. Si quieres felicidad por un año, hereda una fortuna. Si quieres felicidad para toda la vida, ayuda a otro.

Mencionamos antes a Albert Schweitzer. Desde su perspectiva como evangelizador y servidor de los más pobres, dijo lo siguiente a un grupo de estudiantes: No sé cuál será el destino de ustedes, pero sí sé una cosa: los únicos entre ustedes que serán realmente felices son aquellos que hayan buscado y hayan encontrado una manera de servir.

¿Por qué es así?
Porque, si nos fijamos en nuestra propia experiencia de servicio, cuando servimos nos convertimos en lo que somos y lo que hacemos. En esas cosas humildes que podemos hacer por nuestro prójimo, compartimos el mismo cáliz de Cristo en nuestra vida de cada día, entregándonos por el bien de los demás.

Por otro lado, notamos que nuestra vida se va arruinando cuando se enfría nuestra pasión por ayudar a los demás.

Las palabras de Leon Tolstoi resuenan en los corazones de muchas personas, dentro como fuera del mundo cristiano: El precepto ético más sencillo y más breve es ser servido lo menos posible … y servir a los demás tanto como se pueda.

Pero, seamos realistas; a menudo, las personas a las que tratamos de servir no son agradecidas y todos nuestros esfuerzos nunca son suficientes para satisfacerlas. Solo Él puede darnos la paciencia, el valor, la humildad y la perseverancia para hacer el bien, incluso cuando somos ridiculizados y mal entendidos. No estaremos exentos de sufrir cuando hagamos el bien.

La primera lectura, escrita unos seis siglos antes del nacimiento de Cristo, anuncia la victoria del Siervo sufriente, que es condenado a muerte por ser el siervo de Dios, pero finalmente recompensado y liberado por Dios de la muerte eterna. Este ha sido siempre el caso: aunque el siervo sufra y muera, se producirá un bien mayor. ¿Qué sucede cuando servimos en Su nombre? Sobre todo, cosas inesperadas. Y normalmente invisibles para la persona que sirve. Nuestras humildes buenas acciones son
como pequeñas piedras arrojadas a la piscina del tiempo; aunque las piedras mismas puedan desaparecer, sus ondas se extienden a la eternidad. Muy parecido al caso de la pobre viuda que Jesús alabó cuando dio todo lo que tenía como limosna. Misteriosamente, pero con seguridad, ese hábito de vivir para los otros y morir a sí mismo se convierte en el medio para
compartir plenamente la vida de Dios.

John Ruskin, el escritor inglés del siglo XVIII, visitaba a un amigo y estaba en pie mirando por una ventana de la casa. Era de noche y el farolero encendía las farolas. Desde la ventana solo se podían ver las farolas que se estaban encendiendo, y la luz que el farolero llevaba de una lámpara a otra. El farolero no era visible. Ruskin observó que el farolero era un buen ejemplo de lo que es un verdadero cristiano. Su camino estaba claramente iluminado por las luces que él encendía, y la llama que él mantenía ardiendo, a pesar de que él mismo podría ser ignorado o invisible.

Al comienzo del evangelio, Jesús dice que Él es la luz que había venido al mundo. La mayor recompensa por hacer el bien es la oportunidad de hacer más. Si somos fieles en las cosas pequeñas, Dios nos da autoridad en cosas más grandes que el mundo no puede entender o llevar a cabo:

Una mujer bien vestida estaba de safari en un país pobre. Su grupo se detuvo brevemente en un hospital para leprosos. El calor era intenso, las moscas zumbaban por todos lados. Observó que una enfermera estaba agachada en la tierra, curando las llagas llenas de pus de un leproso. Con desdén, la mujer comentó: ¡No haría eso por todo el dinero del mundo! La enfermera respondió suavemente: Yo tampoco.

María se llamó a sí misma “sierva de Dios, esclava de Dios” y se abrió libremente a todo lo que se le pedía. Y todos sabemos cuál fue la impresionante respuesta de Dios a través de la gracia. Ciertamente, uno de los resultados más fascinantes de cualquier vida tocada por la presencia de Cristo es cómo se despierta el deseo de servirlo en cada área de la vida.

Nuestro servicio va siendo impulsado más y más por un sentido de gratitud por el amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y por un deseo de glorificarlo en todo lo que hacemos: Amamos porque Él nos amó primero (1 Jn 4:19).

La primera condición para empezar a servir. En la parábola del Buen Samaritano, vemos que lo primero que necesitamos para servir es darnos cuenta de que alguien está sufriendo. El samaritano fue consciente de que alguien estaba en apuros. Los otros personajes de la historia habían endurecido engañosamente sus corazones. Sí, primero, como discípulos de Cristo, debemos tomar conciencia de quienes están en necesidad, ya sea física, emocional o espiritual, porque están ahí al lado, no muy lejos de nuestra puerta y también están en nuestra propia casa y comunidad. La Segunda Lectura nos dice: No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades. Roguemos al Espíritu Santo todos los días para que despierte nuestra sensibilidad.

Rabindranath Tagore escribió este conocido poemita:

Dormí y soñé que la vida era alegría.
Desperté y vi que la vida era servicio.
Serví y he aquí,
que el servir era alegría.

El cuidado adecuado de los demás puede tomar bastante tiempo. Esto explica por qué a veces podemos tratar con afecto a los enfermos que visitamos… pero nos cansamos de ayudar a los hermanos y hermanas en nuestro hogar.

Un comentario final. Jesús nos está dando hoy un brillante ejemplo de la educación del éxtasis. Santiago y Juan son ambiciosos y egocéntricos, pero Jesús no los reprende, sino que busca redirigir su ambición. La respuesta de Jesús a los discípulos es un llamado a la abnegación y al compromiso personal. Cuando nuestra energía ya no está dirigida a nosotros mismos, no necesitamos protegernos o luchar por cosas mundanas, sino que utilizamos toda nuestra energía en servir.

Consejos para aprovechar al máximo la Santa Misa
12. 
Rito de la paz y la Fracción del Pan. Por el Rito de la paz, la Iglesia exhorta a la paz y la unidad en su seno y en toda la familia humana, y los fieles se expresan mutuamente su comunión y caridad antes de actualizar su comunión en el Sacramento. En cuanto a la forma del signo de paz que ha de darse, las Conferencias Episcopales deben establecerla de acuerdo con la cultura y las costumbres de los pueblos. Sin embargo, es conveniente que cada persona, de una manera sobria, ofrezca el signo de paz sólo a los más cercanos.

El sacerdote parte el pan eucarístico, con la ayuda, si el caso lo requiere, del diácono o concelebrante. El signo de partir el pan, hecho por Cristo en la última cena, significa que todos los fieles se hacen un solo cuerpo (1Cor 10:17) al recibir la Comunión del único Pan de Vida, que es Cristo. El sacerdote o diácono parte el Pan y pone una partícula de la sagrada forma en el cáliz para indicar la unidad del Cuerpo y la Sangre del Señor en la obra de la salvación. La súplica Agnus Dei (Cordero de Dios …) es cantada por el coro o solista y la asamblea responde; todo ello recitado o en voz alta.

El Evangelio, un camino para llegar a Dios.

By | EE.UU., Norteamérica | No Comments

El pasado 28, 29 y 30 de Septiembre se realizó el retiro anual Motus Christi para mujeres de habla inglesa, y en esta ocasión en el Seminario de la Inmaculada Concepción en Huntington, Long Island.

Se impartieron varias charlas de vida espiritual, basadas en el Evangelio, como camino de vida y acercamiento a nuestro Padre Divino. Se percibió una inmensa gratitud por el amor y la misericordia infinita de Dios a sus hijas, que respetando nuestra libertad nos anima a vivir la santidad en común, dejando los miedos, dudas, preocupaciones y el equipaje tan pesado en sus manos,  y que El hará de ellos pedazos de cielo. La convivencia y el compartir en familia fue parte muy importante del desarrollo y feliz fruto del Retiro.

Estos días se vivieron con verdadero gozo y ternura; momentos de un reencuentro y nutrición de vida espiritual.

Estrechando lazos a partir del mandato “Sean santos”.

By | México, Norteamérica | No Comments

Bajo el lema: “Sean santos así como su Padre celestial es santo”, se llevó  a cabo en la ciudad de San Juan del Río, Querétaro, el sexto encuentro de la comunidad “Quédate con Nosotros” fundada por el P. Efraín Gómez quien comentó que el objetivo de esta convivencia familiar es reavivar la pertenencia al carisma, redescubriendo el sentido de nuestra existencia, la unidad a sus ideales y la misión que se tiene en la sociedad y en la Iglesia.

El encuentro se realizó en el Colegio Centro Unión, inició el viernes 7 de septiembre con una recepción donde los jóvenes nos deleitaron con su creatividad presentando varios números artísticos, a través de los cuales compartían “la alegría de ser católicos”.

En el segundo día del encuentro tuvo lugar la Conferencia magna a cargo del Pbro. Manuel García Moreno quien generosamente nos compartió su reflexión sobre la Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate”. Mencionó que “santo” viene del griego hagíos que significa “sin tierra”, por lo tanto para vivir la santidad necesitamos desmundanizarnos, hacer que nuestras raíces estén firmes en el cielo. Los santos, decía,  son aquellos que se dejan impregnar por el perfume de Dios, para poder así transpirar su aroma, aroma de santidad. Nos invitó a mirar la santidad no como una meta sino como una consecuencia, la consecuencia de estar en la presencia de Dios.

En el Foro “Gaudete et Exsultate: Estados de vida camino a la santidad” participaron dos misioneras Identes, quienes tuvieron la oportunidad de compartir al público asistente nuestro carisma. Como una primera impresión expresaron su alegría por el lema de este encuentro “sean santos como su Padre celestial es santo”, eje fundamental de la espiritualidad idente que consiste en despertar en cada uno de nosotros esa conciencia filial para vivir amando al Padre y dando testimonio de su amor en todos los lugares y con todas las personas que nos va presentando a lo largo de nuestra vida. Idente es el que va, el que va caminando identificándonos con Cristo, para ser otros Cristos, para ello es necesario vaciarnos de nosotros mismos para llenarnos de Él, para tener ese aire de familia y entonces “Id y anunciad el Evangelio” especialmente con los jóvenes que por alguna razón se hayan alejado de Dios.

Las misioneras identes tuvieron la gracia de convivir con los asistentes a este encuentro, algunos jóvenes se acercaron a preguntar más acerca del carisma Idente.

Este encuentro finalizó dejando en cada uno de los participantes un espíritu renovado para salir al mundo a ser luz que ilumine el camino hacia el Padre celestial.

La comunidad  de misioneras Identes agradece la invitación de la comunidad “Quédate con Nosotros”, por esta oportunidad para estrechar la unidad entre ambos carismas.

 

Todo eso lo he cumplido desde mi juventud

By | Evangelio | No Comments

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
París, Comentario al Evangelio del 14 de Octubre, 2018.
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de la Sabiduría 7,7-11; Hebreos 4,12-13; Marcos 10,17-30).

Debemos mucho al joven rico retratado en el Evangelio de hoy. Puede servirnos como espejo para vernos a nosotros mismos y a nuestros semejantes. No sólo debemos fijarnos en su lamentable negativa a seguir a Cristo, aunque esto también refleja nuestra propia actitud, manifestada en muchas formas diferentes.

1. Tomar la iniciativa de acercarse a Jesús revela una profunda necesidad de encontrar la plenitud de la vida. Debemos recordar esto cada vez que nos encontremos con cualquier persona, agradable o desagradable, creyente o no creyente, amigo, pariente o colega. A menudo, no somos consistentes con este impulso profundo y el resultado es una división en nuestra vida. Cuando la reina Isabel de Bélgica hizo una visita de estado a la Varsovia comunista en 1956, se le asignó un oficial de protocolo polaco para que la acompañara a la misa. Mientras iban a la iglesia, ella le preguntó: ¿Es usted católico? Él respondió: Creyente, pero no practicante. Ella dijo: Ya veo; entonces debe ser comunista Y él respondió: Practicante, majestad, pero no creyente.
Nuestro padre Fundador, hablando del joven rico, dijo: Un estado de confusión, un estado de ambigüedad había en aquel corazón inquieto y, por el mismo título que él, la inquietud en el corazón de tantos seres humanos, de siglo en siglo, desde el principio del mundo hasta el final (3 de julio, 1977). El joven rico no tiene paz porque Dios y las riquezas no se pueden mantener al mismo tiempo. Este deseo inquieto, ¿Qué me falta todavía? ¿Qué más puedo hacer? en nuestros corazones, indica que no hemos sido completamente anestesiados por el pecado, el éxito, el fracaso, el poder o la duda. Si somos dóciles, un día diremos con San Agustín: Tú estabas dentro de mí, Señor, pero yo estaba fuera de mí. Sí, ahora no estamos hablando de nuestro ego; Ya hay bastantes apegos al mundo capaces mantenernos esclavizados y ensimismados:

A las cosas que tenemos y a lo que no tenemos. A algunas actividades que hacemos y a otras actividades que no podemos realizar. A comida o a la dieta, al entretenimiento o al conocimiento, a cosas nuevas, al dinero, a la belleza y a las nuevas experiencias.

Somos tan tercos que queremos reconciliar a Dios y al mundo, como aquel hombre que llevaba una maleta en una mano y una Biblia en la otra. Un amigo le preguntó a dónde iba. Y él respondió: Voy a Las Vegas. Oí que hay mucho alcohol, juegos de azar, espectáculos y todo tipo de cosas divertidas. El amigo preguntó: ¿Y por qué llevas entonces la Biblia? Él respondió: ¡Si es tan divertido como dicen, podría quedarme hasta el domingo!
Independientemente de si es algo moral o inmoral, la tragedia es que todas esas cosas están en competencia con Dios. Parece que este gran e inquieto deseo en el joven rico quedó sofocado por la codicia de las riquezas mundanas. No es suficiente estar materialmente separados de las cosas, o evitar actividades sin sentido. El diagnóstico de Cristo es: Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

2. ¿De dónde viene esta inconsistencia? Se debe a nuestra falta de sabiduría (no simplemente la ausencia de algún tipo de “conocimiento”). Esto nos lleva naturalmente a la Primera Lectura, que nos enseña que la sabiduría es un don, una luz que recibimos para ver el verdadero valor de las cosas, para ver las cosas como realmente son, porque no podemos lograrlo debido a los límites de nuestro entendimiento y nuestra naturaleza pecaminosa.

Entonces, ¿quién podrá salvarse?
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios”.

¿Cómo podemos aprovechar al máximo este don? Nuestro padre Fundador da una breve y magistral respuesta:
El método de la sabiduría en nada se parece al de las demás ciencias, pues consiste en el sufrimiento, y su plenitud es la muerte. Hay muchas formas de morir, pero no me refiero aquí a la muerte física, sino a esa muerte a uno mismo que tenemos que observar cada día para ser enriquecidos por este proceder metódico que nos inspira el Padre, concelebrado por el Hijo y el Espíritu Santo, a fin de que alejemos de nosotros la necedad, que es exactamente lo contrario de esa sabiduría en la que, por otra parte, radica la ciencia de Dios (11 septiembre, 1981 y 27 febrero, 1982).

Hay aquí abundante materia para reflexionar. Muchos de nosotros estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro dinero (…especialmente aquellos que no tenemos mucho), pero observemos lo que dice la Primera Lectura sobre la Sabiduría: La amé más que a la salud y a la hermosura. ¿Estamos seguros de eso? En más de una ocasión, me he encontrado rogando a Dios: ¡Dame salud para servirte! La buena salud es algo maravilloso, pero en algunas ocasiones, el plan de Dios para mí podría no incluirla.

El don de la Sabiduría le da sentido a todo, especialmente al sufrimiento. Viktor Frankl, el conocido psiquiatra y superviviente de un campo de concentración, sugirió que la búsqueda de sentido transforma el sufrimiento en una experiencia positiva que cambia la vida: de alguna manera, el sufrimiento deja de serlo, en el momento en que encuentra un sentido, como el sentido que tiene un sacrificio… El sufrimiento está lleno de sentido cuando está vinculado a la percepción de un llamamiento divino en nuestra vida, el sentimiento fuerte de que todos los eventos se pueden usar para cumplir el plan supremo y misterioso de Dios. De esta manera, la sabiduría mejora y perfecciona su propio “método”, el sufrimiento. Aparte de eso, es claro que, desde el punto de vista de la comunidad, el sufrimiento une a las personas y es mucho más eficaz que la alegría a la hora de crear vínculos entre los seres humanos.

Las tradiciones espirituales y culturales de todo el mundo enfatizan que, aunque la vida resulta dolorosa, hay un poder supremo que utiliza nuestras circunstancias para hacernos humildes y formarnos en lo que desea que seamos. El sufrimiento tiene el propósito de hacernos humildes y despertarnos del sueño de la autosuficiencia. Por ejemplo, en la Odisea de Homero, el héroe Odiseo desciende al Hades, donde se encuentra con el profeta ciego Tiresias. Sólo en este punto más bajo, en las profundidades del averno, se le otorga a Odiseo el don de conocimiento, para lograr convertirse en el sabio gobernante de Ítaca.
Una de las experiencias más relevantes al recibir este don de sabiduría es la certeza y la visión clara de cómo una o más personas están íntimamente conectadas a mi vida y comportamiento espirituales, hasta el punto de ser completamente responsable de su desarrollo espiritual… y esto puede ocurrir precisamente en los momentos en que más experimento mi debilidad moral, mi falta de fuerza y mi pobreza espiritual.

3. ¿Qué es lo que Dios me pide hacer? Lo importante no es si me está pidiendo una tarea abrumadora o un simple gesto. La sabiduría nos permite implementar y poner en práctica cosas que nunca antes habíamos intentado. La sabiduría espiritual ilumina aquellas áreas de nuestras vidas donde nos tenemos que esforzar más, precisamente porque podemos hacerlo. De hecho, Cristo no juzga el corazón débil que se esfuerza, sino el corazón fuerte que no se molesta en dar más.
El joven rico podría haber seguido a Jesús y haber dado su dinero a los pobres, pero no lo hizo. En la parábola del buen samaritano, el sacerdote y el levita pudieron haber cuidado al hombre herido, pero no lo hicieron. En el juicio final (Mt 25: 31-46), a los condenados se les dice que su falta radica en su negativa a alimentar a los hambrientos, dar de beber a los sedientos y vestir a los desnudos.

En todo caso, un pecado es un bien omitido. Sin embargo, la consecuencia más negativa no se basa tanto en lo que hicimos, sino en lo que no hicimos. En la medida en que no lo hiciste a uno de los más pequeños, no me lo hiciste a Mí.
Espero que nadie vaya a pensar que los pecados de comisión no son importantes, más bien, cuando caemos en ellos, entristecemos al Espíritu Santo de Dios y, además, perdemos la oportunidad de ofrendar nuestra lucha con la tentación.
En Romanos 12 encontramos estas provocadoras palabras: No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.
Caminar una milla más, poner la otra mejilla o vender lo que tenemos y darlo a los pobres, son ejemplos de cómo dejar que la sabiduría nos guíe. Probablemente no nos vemos como personas ricas. Ser rico no sólo es tener mucho dinero, es tener tiempo, conocimiento, salud, algunos talentos y experiencias para compartir y regalar con amor y misericordia.
Dios es el único que puede hacer esto en nuestras vidas, porque Él es el único que sabe lo que es espiritual y lo que es mundano. Nunca podríamos lograr este discernimiento con nuestras propias fuerzas o con nuestra buena voluntad. La Segunda Lectura dice: La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
La siguiente historia es una hermosa ilustración de cómo caminar sabiamente una milla más, haciendo un esfuerzo para complacer al Maestro:

Un famoso violinista actuaba en una sala de conciertos de renombre mundial. Cuando tocó su violín, hipnotizó a la audiencia con su destreza y habilidad. Mientras levantaba el arco de la cuerda en su nota final, el salón estalló con un estruendoso aplauso. Miró al público por un momento y salió del escenario para enseguida volver a interpretar un gran bis. Para asombro del público, su bis fue incluso más hermoso e impecable que el concierto original.

Miró al público y abandonó el escenario por segunda vez, pero fue llamado de nuevo por el público, que una vez más se puso en pie agradecido. Dio otro bis adicional, dejando al público buscando palabras que pudieran describir lo que acaban de experimentar. Esto se repitió varias veces más hasta que finalmente, miró al público, inclinó la cabeza y salió del escenario mientras se oían las aclamaciones por un buen rato.

Los reporteros se agolparon ante el camerino del violinista, esperando escuchar una palabra del hombre que acababa de dar un concierto increíble. Cuando salió, un reportero hizo esta pregunta: Señor, ¿por qué dio tantos bises? Podría haberse detenido después de la primera y todos hubieran quedado más que satisfechos. El violinista se detuvo y respondió: Por primera vez en mi carrera, mi maestro, quien me enseñó a tocar el violín, estaba entre el público. Cuando terminé mi actuación, todos estaban de pie excepto una persona. Toqué de nuevo, y todos se pusieron a aplaudir a excepción de él. Seguí tocando. Al concluir la última obra, miré a los asientos y noté que todos, incluido mi maestro, estaban en pie y aplaudiendo. Fue sólo entonces cuando estuve satisfecho de haber hecho un buen trabajo.

Consejos para aprovechar al máximo la Santa Misa

11. El rito de Comunión. La oración del Señor. Dado que la celebración de la Eucaristía es el banquete pascual, es deseable que, de acuerdo con el mandato del Señor, su Cuerpo y Sangre sean recibidos como alimento espiritual por los fieles que están debidamente dispuestos. Este es el sentido de la fracción del pan y los otros ritos preparatorios, por los cuales los fieles son conducidos de forma inmediata a la Comunión.

En la Oración del Señor (Padre Nuestro, que estás en el cielo …) se hace la petición del pan de cada día, que para los cristianos significa principalmente el Pan de la Eucaristía, y suplicamos también la purificación de nuestros pecados, a fin de que lo que es santo, en verdad pueda ser dado a quienes quieren ser santos. El sacerdote pronuncia la invitación a la oración, y todos los fieles dicen la oración con él; luego, el sacerdote añade el embolismo, (Líbranos, Señor, oramos, de todo mal …). El embolismo desarrolla la última petición de la oración del Señor, pidiendo la liberación del poder del mal para toda la comunidad de fieles.

La comunidad concluye esta petición por medio de la doxología: Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre Señor, recogiendo, así implícitamente, las tres primeras peticiones del Padrenuestro.