¿Sabes lo que quieres? | 1 de Agosto

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

Madrid, 01 de Agosto, 2021. | XVIII Domingo del Tiempo Ordinario.

Éxodo 16: 2-4.12-15; Carta a los Efesios 4: 17.20-24; San Juan 6: 24-35.

Muchos padres, psicoterapeutas y educadores tienen la experiencia de que sus hijos, clientes y alumnos… no saben lo que quieren. Pero, en realidad, esto nos ocurre a todos de alguna manera, lo que refleja la difícil unidad entre mente y voluntad, entre nuestro pensamiento y nuestros deseos.

Es más, en nuestra vida, cada vez que obtenemos algo que deseamos, tenemos una nueva perspectiva desde la que vemos otras posibilidades.

En la Primera Lectura, la confusión del pueblo de Israel es clara. De sus sentimientos de gratitud por haber sido liberados de la esclavitud en Egipto, pasan al deseo de volver a la antigua situación porque al menos se sentaban alrededor de ollas de carne y comían todo lo que querían. Más grave aún, los efesios, que habían acogido con entusiasmo, directamente de San Pablo, la enseñanza de Jesús, reciben esta severa exhortación: Sin embargo, ese no es el modo de vida que ustedes aprendieron cuando oyeron hablar de Cristo y fueron enseñados en él según la verdad que hay en Jesús.

En el texto evangélico de hoy, el propio Jesús diagnostica nuestra pobre y frágil Facultad Unitiva, débil y crónicamente enferma: En verdad, les digo que me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque comieron los panes y se saciaron.

La ilustración de nuestras Lecturas de hoy puede relacionarse con nosotros en la medida en que nosotros mismos podemos sacrificar nuestra relación con Dios para volver a la vieja vida esclavizante del pecado y de los placeres fugaces del mundo, representados en el pan perecedero.

Así es como somos. Esto no debe desanimarnos. Incluso pensadores no precisamente cristianos, como el griego Heráclito o Nietzsche, tuvieron la clara impresión de que debemos contemplar y afrontar con valor nuestra división interior. Este último afirmaba: El individuo realmente grande es aquel que está constituido por una fuerte división interna, en la que las pasiones malas y buenas se enfrentan entre sí. Es a través de esta batalla, que uno desarrolla la fuerza de la perspicacia y la sabiduría.

Nuestra mente consciente no se dedica tanto a las decisiones que tomamos como a racionalizarlas. Lo que significa que a menudo actúa junto con nuestra mente inconsciente para elaborar historias sobre por qué hacemos cosas e incluso por qué sentimos cosas que son descaradamente falsas. A menudo tenemos mucho más empeño en vernos a nosotros mismos como virtuosos, nobles, justos y buenos que en reconocer la verdad: que a menudo queremos cosas y, por tanto, hacemos cosas que nos hacen ser egoístas, farisaicos e injustos.

Esto explica que a veces no sepamos realmente lo que queremos. O, lo que es más habitual, puede que no sepamos por qué lo queremos. Aunque todos tenemos la sensación de tener una perspectiva única y precisa de nuestros propios procesos de pensamiento, a veces tenemos una imagen aún menos clara de nuestro verdadero yo que el de otras personas que nos rodean, cuya imagen no está tan oscurecida por el sesgo positivo con el que inconscientemente no podemos evitar vernos a nosotros mismos.

A veces, por otra parte, nuestros deseos son tan intensos que nos poseen y nos desequilibran, haciendo que nos comportemos de una manera que consideramos aborrecible, pero que de alguna manera nos sentimos impotentes para evitar. Y a veces nuestros deseos más profundos reflejan nuestro dolor más profundo: queremos que un pariente fallecido vuelva a estar con nosotros; estar sanos de nuevo; conseguir algo; ser importantes o recordados. Todos estos deseos repercuten en nuestro comportamiento.

Por lo tanto, no podemos conformarnos con las respuestas fáciles que nuestra mente consciente suele darnos para explicar por qué hacemos las cosas que hacemos. Más bien, tenemos que reconocer conscientemente lo que realmente queremos, ya sea algo que probablemente no podamos conseguir, algo que nos avergüenza querer o que pensamos que no deberíamos querer, o algo que nos parece irracional querer… o la vida plena que el Espíritu Santo nos susurra día y noche.

Esta división interna no puede ser superada con nuestra inteligencia, con nuestra buena voluntad o con nuestra experiencia de errores pasados. Por eso es importante que contemplemos esta realidad, esta impotencia que todos compartimos como seres humanos, para encontrar una buena razón para nuestra conversión, para volver nuestra mirada a Jesús.

Cuando Jesús respondió: ” Les aseguro que me buscan, no porque hayan visto señales, sino porque comieron hasta saciarse de los panes“, no estaba regañando a la multitud por buscar pan porque tenían hambre. Jesús estaba decepcionado porque la multitud no buscaba más, no más pan, sino algo más. Moisés y Aarón, por no hablar de Dios, posiblemente se sintieron decepcionados de que Israel no esperara más, no sólo algo de comida, sino que el Dios que los liberó de la esclavitud también los sostuviera en el desierto.

No se trata sólo de nuestra ambición, de la codicia que todos los seres humanos tenemos de una u otra manera, anhelando y buscando bienes, comodidad y bienestar, sino también de la íntima confusión y falta de visión en cuanto a nuestros mejores deseos. La siguiente historia es divertida, pero esperemos que sirva para ilustrar esta verdad.

Una vez un joven se arrodilló ante una hermosa joven junto a un plácido lago. Querida, le dijo, quiero que sepas que te amo más que a la vida. Quiero que te cases conmigo. No soy un hombre rico. No tengo un yate, un Rolls-Royce ni mucho dinero como Jaime, pero te quiero con todo mi corazón. La joven se detuvo un momento y dijo: Querido, yo también te quiero con todo mi corazón. Pero antes de decir “sí”, cuéntame un poco más sobre Jaime.

¿Cuál es nuestro auténtico anhelo, oculto y nublado por muchos otros deseos urgentes o angustiosos? Un amor perfecto. Ese deseo es lo que en la vida mística llamamos Aspiración. Tiene dos caras: aspirar a ser amado sin límites y dar ese mismo amor sin límites. No podemos evitarlo. No depende de nuestras creencias ni de la religión que profesemos. Pero la aspiración se ve empañada y pospuesta por múltiples evasiones (evitaciones) y urgencias, si hablamos desde el punto de vista de la voluntad.

Esa Aspiración es inevitable porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Y también porque es un don del Espíritu Santo, en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro espíritu. Por eso, en el Evangelio de hoy, Jesús se entristece al ver que los que le escuchan limitan sus deseos a saciar el hambre, a tener salud, a no tener angustia por el futuro. Cuando el amor que vivimos es pleno y completo, eso es tener vida, vida eterna.

Jesús se identifica con el pan de vida, la mejor metáfora y la más poderosa realidad que en la Eucaristía nos contagia esa Aspiración a vivir el amor en todas las circunstancias, a pesar de tus defectos y los míos, de tu mediocridad y la mía. El Papa Francisco lo expresó de esta hermosa manera:

El Señor, ofreciéndose a nosotros en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestra vida persiguiendo las innumerables ilusiones de las que pensamos que no podemos prescindir y que, sin embargo, nos dejan vacíos por dentro. La Eucaristía… enciende nuestro deseo de servir. Nos recuerda que no sólo somos bocas que hay que alimentar, sino también sus manos, para ayudar a alimentar a los demás. Es especialmente urgente ahora ocuparse de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y de los que luchan por salir adelante. Y esto debemos hacerlo de manera real, tan real como el Pan que nos da Jesús. Se necesita una auténtica cercanía, así como verdaderos lazos de solidaridad (14 de junio de 2020).

Cuando Cristo se identifica con el pan de vida, nos está invitando a imitarle en todas las situaciones, ya que fue capaz de perdonar, de dar señales de amor, de acompañar y consolar a cada ser humano en cada momento. Quien se asemeja a él se convierte en una prueba de la presencia de Dios en nuestra vida y, al mismo tiempo, en una profecía de un amor que sólo podemos saborear parcialmente en este mundo.

Como hemos escuchado a menudo, podemos y debemos ser Eucaristía para nuestro prójimo. Esto quedó reflejado hace 1600 años en la afirmación de San Agustín: Sé lo que ves, y recibe lo que eres. Por eso, celebrar bien la Eucaristía es convertirse en una oblación. Es presentarse a Dios, ofrecerle la vida… como hizo Jesús: por los demás.

En su primera Exhortación Apostólica, titulada Sacramentum Caritatis, el Papa Benedicto subrayó el sentido de asombro que el Misterio Eucarístico debe despertar en nuestros corazones. Este sentido de maravilla o asombro debe llevarnos a aspirar a ser uno con Cristo en lo que significa el Sacramento. Debe inspirarnos a convertirnos en un reflejo de la propia entrega de Cristo en su acto supremo de amor.

El reto aquí para nosotros no es que veamos con nuestros ojos y creamos en ideas sobre Jesús. El reto consiste en ver qué cosas perecen y qué cosas perduran, y en aferrarnos a las cosas que perduran, en centrar nuestra vida en ellas. Porque sólo las cosas que perduran satisfacen de verdad, y ellas traen la verdadera vida. Vivir permanentemente en este estado, en esta forma de visión y anhelo, en esta Aspiración, es una gracia del Espíritu Santo que se nos concede permanentemente, no simplemente una vez en la vida.

¿Cómo nos alimentamos con este pan? ¿Qué debemos hacer? pregunta la multitud de Cafarnaúm a Jesús. La respuesta está en la segunda parte del texto evangélico: No muchas obras, sino una sola: creer en el que el Padre ha enviado. No se requiere nada más.

Esto nos permite comprender por qué nuestra oración tiene que hacer dos esfuerzos paralelos: la Unión que llamamos Formulativa y la que denominamos Unión Purificativa.

En la primera, confiamos al criterio de Jesús todas las circunstancias, todas las ocasiones, ordinarias y extraordinarias, para que sean vividas en un auténtico Espíritu Evangélico. Esto es precisamente creer en aquel que el Padre ha enviado, no sólo para tener una idea racional de quién es y admirar sus obras, sino para consultar su opinión, su preferencia y su criterio en todas nuestras iniciativas. Él puede decirnos claramente “lo que queremos”… y cómo conseguirlo.

En la Unión Purificativa nos esforzamos por excluir todo lo que no pertenece a ese Espíritu, en particular los impulsos de nuestro Defecto Dominante, de nuestros Apegos y de nuestros instintos, especialmente el Instinto de Felicidad. En esto insiste San Pablo en la Segunda Lectura de hoy.

Siempre tenemos la tentación de querer dominar no sólo el presente, sino también el futuro que, sin embargo, sólo pertenece a Dios. En el Padrenuestro Jesús nos invita a pedir a Dios no la seguridad para el futuro, sino el pan ” para este día “. En esta oración nos negamos a acumular comida para el día siguiente, mientras muchos hermanos tienen hambre hoy. Si somos sinceros, esta petición libera nuestro corazón del afán de posesión y de la ansiedad por el futuro (Lc 12,22-34).

No olvidemos, como lo confirma la experiencia de Jesús, de los santos y de nosotros los pecadores, que el Espíritu Santo siempre encuentra caminos nuevos e inesperados para traernos el pan de vida que necesitamos, la gracia para perseverar en el bien. Podemos ilustrar esto con una pequeña historia:

Un hombre pobre tenía un vecino rico pero malvado. Aunque era pobre, era profundamente religioso. Rezaba en voz alta muchas veces durante el día. Esto irritaba mucho al hombre rico. Un día, el hombre pobre rezó en voz alta: Señor, ya no tengo pan. Voy a morir de hambre. ¡Por favor, ayúdame! Al oír esto, el hombre rico decidió burlarse de su vecino. Trajo una cesta de pan y la colocó en la puerta de la casa de su vecino. Luego se escondió. Cuando el pobre abrió su puerta, se alegró al ver el pan: Señor, ¡muchas gracias por responder a mi oración! ¡Tú, en verdad, eres tan bueno! En ese momento, el hombre rico salió y se burló de él: ¡Insensato! No fue tu Dios quien te dio el pan. ¡Fui yo! El pobre se sorprendió, por un momento. Luego volvió a rezar: Señor, muchas gracias. ¡Me amas de verdad que incluso has utilizado al diablo para ayudarme!

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