El Poder de la Palabra. | 8 de Agosto

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

Madrid, 08 de Agosto, 2021. | XIX Domingo del Tiempo Ordinario.

1 Libro de los Reyes 19: 4-8; Carta a los Efesios 4: 30-32.5,1-2; San Juan 6: 41-51.

El próximo domingo, cuando celebremos la Asunción de María al cielo, leeremos en el Evangelio la conmovedora declaración de su prima Isabel: Dichosa tú que has creído que se cumpliría lo que te ha dicho el Señor.

Y el domingo siguiente, 25 de agosto, escucharemos la inspirada declaración de Pedro: Tú tienes palabras de vida eterna.

Hoy escuchamos a Jesús decir algo que a sus contemporáneos y a nosotros mismos puede parecernos extraño o simplemente alegórico: Yo soy el pan de vida. Si no reflexionamos detenidamente sobre estas palabras de Jesús, los cristianos de hoy podríamos pensar que “sólo” nos habla de la Eucaristía.

De hecho, el texto del Evangelio de hoy nos presenta el poder sutil y profundo de las palabras. No se refiere a un discurso bien elaborado o a una lección vibrante, ni a un insulto ofensivo o a palabras grandilocuentes. Se trata de algo más sutil, de los dos extremos de esa energía que tiene la palabra y que ciertamente cambian nuestra vida, a veces no muy conscientemente: la murmuración… y acoger la Palabra de Dios.

Todos estamos de acuerdo en que las palabras pueden inspirar o destruir, pero hoy es un día apropiado para ser más conscientes de que esto es algo que ocurre continuamente, algo que nos plantea un verdadero dilema: responder a Dios con murmuraciones o expresar nuestra acogida. Este era ya un antiguo sentimiento del pueblo judío, que asimilaba la palabra de Dios al pan que da vida. Por ejemplo, el profeta Jeremías exclama Devoré tus palabras cuando llegaron, fueron mi alegría y me sentí lleno de gozo (Jer 15,16).

En Apocalipsis 10:9, el apóstol Juan le pide a un ángel el libro que éste sostiene, y el ángel le dice a Juan que se lo coma.

Uno de nuestros defectos humanos más comunes contra la caridad es el de la murmuración. Sabemos que el individuo medio habla unas 18.000 palabras al día. Muchas de esas palabras no son realmente muy importantes, como todos sabemos, por lo que no es de extrañar que todos caigamos en la murmuración en un momento u otro. En Mateo 12:34 vemos a Jesús hablando a los que han usado mal las palabras: ¡Raza de víboras! ¿Cómo pueden hablar de cosas buenas, cuando son malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.

La murmuración, o difamación, es una forma de hablar sin delicadeza contra las personas y sobre las personas en su ausencia. Uno de los problemas de las faltas de murmuración es que el hecho de que la víctima esté ausente, favorece nuestra inconsciencia e insensibilidad ante el mal que hacemos. Cuando murmuramos, destruimos el buen nombre de otra persona. También podemos distinguir dos tipos de difamación. El cotilleo o chismorreo es la revelación injusta o desleal de las faltas reales pero ocultas o secretas de otra persona. Si yo cuento a mis amigos los secretos del pasado de un amigo mío, eso es cotilleo. El otro tipo es la calumnia, que es la imputación falsa de algunas faltas a otra persona que en realidad no ha cometido.

Los expertos dicen que hay cuatro tipos de murmuraciones. El primero es la murmuración con ira. La ira reprimida es una de las causas más comunes de los cotilleos malintencionados. A veces no podemos admitir ente nosotros que estamos enfadados ni podemos expresar nuestro enfado directamente y mantener la dignidad, así que dejamos salir ese enfado en chismes maliciosos.

La segunda causa más importante de los cotilleos es la envidia. Cuando tenemos sentimientos de descontento y malos deseos por las cualidades o la fama de otras personas, estamos mostrando signos de envidia. Las personas envidiosas suelen recurrir a la murmuración envidiosa con la clara intención de dañar el nombre o la reputación de la otra persona.

Estas personas envidiosas no son realmente felices. Su propio acto de murmuración sólo sirve para aumentar sus sentimientos de odio a sí mismos. En realidad, quieren ser como los otros, pero no son libres.

La tercera es el chismorreo para entretener. Algunas personas creen que tienen que cotillear para resultar entretenidas. Intentan dar la impresión de que tienen acceso a información privada. Cotillean sólo para ser admirados y, según los expertos, sus cotilleos son en realidad una especie de compensación por su baja autoestima.

El último es el cotilleo de inseguridad, que trata de impresionar con su importancia ofreciéndo un jugoso chisme. Normalmente estas personas tienen pocos amigos auténticos. Consideran a todos los demás como enemigos potenciales. Los cotillas que actúan así son básicamente inseguros. Tienen una obsesión por caer bien. Es la única forma que tienen de sentirse seguros.

Si la murmuración es uno de nuestros defectos, quizás nuestro Defecto Dominante, la solución ascética no es reprimir nuestros comentarios negativos, sino utilizar las palabras para resaltar lo bueno de los demás. Jesús habló de los defectos y pecados de los fariseos y líderes religiosos, pero para que sus seguidores no cayeran en el mismo defecto. Sin embargo, le vemos muchas veces alabar la fe, la virtud y la generosidad de las personas, como el centurión, la madre cananea de una niña enferma (Mt 15), María de Betania, la viuda que daba limosna….

Pero lo más importante de la palabra, donde ésta revela su auténtico poder es en lo que llamamos palabra de Dios.

Para nosotros, los cristianos, la palabra de Dios no se hizo libro, como es el caso de la Torá para los judíos o el Corán para los musulmanes, sino que se hizo carne en Nazaret.

Dios da a todos la oportunidad de conocerlo, Todos serán enseñados por Dios dice hoy Jesús. Se refiere al oráculo del profeta Jeremías, que anunció: Viene el tiempo en que pondré mi ley dentro de ellos y la escribiré en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán que enseñarse unos a otros, diciendo: Conoce al Señor, porque todos me conocerán, desde el más grande hasta el más pequeño (Jer 31,34).

Como los profetas, y como los musulmanes, el cristiano también tiene hambre de la sabiduría de Dios. La encuentra en un libro, la Biblia, pero la encuentra de forma inmediata y permanente en Cristo, Jesús de Nazaret, el pan de vida. Esta es una de las enseñanzas de la Segunda Lectura, una vez que Pablo ha tenido la experiencia de ser guiado por Jesús de forma inesperada y profunda. En nuestro corazón resuena lo que debe ser el comportamiento de un cristiano: benévolo, apacible y, sobre todo, inspirado por los sentimientos de compasión, que es la primera de las características de Dios (Ex 34,6).

La palabra de Dios nos guía a ti y a mí de manera similar a como lo hizo con Elías en la Primera Lectura de hoy, cuando ni siquiera encontramos consuelo en la fe, en los hermanos y hermanas de la comunidad.

No hace falta “escuchar” con la cabeza, porque Dios ha grabado en nosotros su voluntad y, especialmente en las ocasiones en que nos encontramos humanamente desesperados, cansados, decepcionados y perseguidos, nos muestra claramente el camino, sin ahorrarnos el sufrimiento y el dolor. Así le ocurrió a Elías.

Volviendo al dilema que mencionamos antes, en realidad sólo tenemos dos posibilidades: o murmurar contra Dios, maldecirlo de alguna manera, o imitar a Elías, en medio de su debilidad, sus dudas y su miedo. Puso todas sus pequeñas fuerzas al servicio de Dios y de su prójimo.

¿Cuál fue el resultado? Dios se puso del lado de Elías y la gente pudo reconocer que era un hombre tocado por Dios. De manera muy diferente, por supuesto, esto nos sucede exactamente a nosotros. Pero en cualquier caso, ser fieles a su palabra nos da vida… y nos hace capaces de dar vida a otros. Quiero insistir: esto sucede incluso si en ese momento somos atacados o destruidos, como les ocurrió a los profetas. El signo de haber sido tocado por Dios es darlo todo… y hacerlo sin reservas. Esa es la diferencia, independientemente de nuestros éxitos o fracasos, de nuestra pericia o nuestra ignorancia.

Observemos que la Primera Lectura se refiere a los sufrimientos de Elías originados principalmente por el culto a los ídolos promovido por el rey Ajab, impulsado por su astuta esposa Jezabel, hija del rey de Tiro. Los ídolos representan cosas, seres o acciones buenas o malas que sustituyen a Dios, que ocupan su lugar en nuestro corazón. No es conveniente que pensemos automáticamente que la idolatría es cosa del pasado o que pertenece a alguna cultura retrógrada. Los ídolos que tú y yo creamos hacen que nuestro amor a Dios no sea exclusivo y, por tanto, su rostro no pueda ser visible en nuestras acciones.

Veamos un ejemplo de una serie de televisión en la que dos jóvenes actores nos recuerdan lo que significa amar dándolo todo y dando muestras claras y convincentes de ello. La única manera de convertirse, con Jesús, en el pan de la vida. Esto es literal.

Una joven, completamente desolada y profundamente deprimida, se encuentra en la azotea de un edificio, dispuesta a saltar al vacío para quitarse la vida. En ese momento, un joven que es su mejor amigo llega a la calle y sube corriendo las escaleras de diez pisos hasta la azotea. No te acerques a mí o saltaré, le grita la joven. El muchacho trata de convencerla de que nada funcionaría así, que ella llenaría de tristeza el corazón de sus padres, de su hermana y el suyo propio. La muchacha responde sollozando: No; estoy cansada de hacer infeliz a todo el mundo, de llevar la tristeza a sus vidas. El joven, no teniendo más argumentos, replica: Tienes razón, yo también veo que la vida no tiene sentido, que nada acaba bien y nuestros sueños son inútiles. Yo también estoy desesperado. ¡Voy a saltar contigo!

La joven se sorprende y, acercándose al vacío, el joven continúa su discurso: Si quieres, saltemos juntos, si no, lo haré solo. La joven le abraza entonces y ambos se quedan al borde del barandal. Comienzan a llorar y descienden al suelo abrazados, dejando a la chica libre de su confusión suicida.

Cuando una persona es consciente de que alguien da su vida por ella, se ve empujada a hacer lo mismo, su verdadero éxtasis se despierta con una fuerza muy superior a cualquier interés personal. En Jesús, el amor del Padre se hace visible y es, para cada hijo, una invitación a seguir sus pasos. Esto es lo que hace Jesús con su palabra en nosotros, cuando pone en nuestro corazón la certeza de que somos herederos de su misión.

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