Una cosa sé, que era ciego y ahora puedo ver

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes

New York, 22 de Marzo, 2020. | IV Domingo de Cuaresma.

1 Samuel 16: 1b.6-7.10-13a; Carta a los Efesios 5: 8-14; San Juan 9: 1-41.

Nan Qi estaba situado en una remota zona montañosa de Sichuan, China. El agua de la montaña era muy dulce. Sin embargo, aquellos que la bebían desarrollaban bocio, lo que resultaba en un agrandamiento del cuello. Todos los habitantes de Nan Qi bebían esta agua, así que todos tenían bocio. Un día, un extranjero llegó a Nan Qi. Todos los aldeanos se asombraron de la pequeñez del cuello del desconocido. El recién llegado dijo a los aldeanos que sufrían una enfermedad llamada bocio y que debían ver a un médico lo antes posible. Sin embargo, toda la gente de Nan Qi se rió de él y dijo: Todos nuestros cuellos son así. ¿Por qué deberíamos ver a un médico? Es tu cuello el que tiene el problema.

Esta historia es semejante al texto del Evangelio de hoy. ¿Estamos ciegos? Si admitimos que somos ciegos tenemos la oportunidad de ver la luz; si somos egocéntricos o arrogantes, no tendremos la misma oportunidad. En el corazón de cada uno de nosotros hay muchos rincones de ceguera. El nombre del que recuperó la vista nunca fue conocido. Ese hombre es cada uno de nosotros; estamos invitados a darnos cuenta de que somos de alguna manera ciegos y estamos dispuestos a que se nos dé la vista. Los fariseos le piden a Jesús: ¿Quieres decir que nosotros también somos ciegos? Y Cristo les dice: Si ustedes fueran realmente ciegos [como el hombre de la historia], no tendrían pecado; pero porque dicen: ‘Podemos ver’, son culpables.

La ceguera es una condición con la que nace el hombre. Algunos no vemos, otros no queremos ver, y otros ni pensamos en mirar. Esas son las tres formas posibles de ceguera.

La primera ceguera se debe a la falta de sensibilidad. Estamos ciegos porque somos ignorantes y espiritualmente torpes. El hombre que Cristo conoció nació ciego, es decir, ignorante por el Pecado Original. Hemos perdido el don preternatural del conocimiento infuso. Si somos sinceramente ignorantes de la verdad, Dios nos perdonará. Porque eso es lo que dijo Jesucristo: Si fueran ciegos, no serían culpables. Por eso, en la cruz, clamó: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Así que, aquellos que desconocen la voluntad de Dios y sus planes, serán perdonados. Y, si permanecemos abiertos a la inspiración divina, el perdón llega inmediatamente. No tenemos que esperar al Juicio Final: sentimos que Dios agudiza nuestra sensibilidad y nos acoge como colaboradores en sus planes, para la redención de nuestro prójimo.

Por lo general, al sufrir esta ceguera no vemos el daño que le hacemos a las personas con nuestro mal ejemplo o las consecuencias de no tener una oración continua. Tampoco vemos las posibilidades que el Espíritu Santo nos ofrece continuamente para consolar, servir y dar paz a nuestro prójimo.

Esto es lo que le pasó al rico de la Parábola de Lázaro: era delicado con los amigos, organizaba banquetes que la gente apreciaba, pero no veía la realidad del pobre que se sentaba a la puerta de su casa. Era insensible, indiferente, y un «gran abismo» lo separaba de Lázaro… ya cuando estaban en este mundo.

Otro síntoma de este tipo de ceguera son nuestros juicios miopes sobre las personas: nos deslumbran sus virtudes y talentos o sus limitaciones y defectos. Incluso el profeta Samuel, en la Primera Lectura, cuando está a punto de elegir al futuro rey de Israel, un hijo de Jesé, pone sus ojos en Eliab, el primogénito, por su fuerza física y su aspecto agradable e inteligente. Pero Dios le hace saber a Samuel que el elegido será David, el más joven, que todavía era adolescente e inmaduro.

La segunda ceguera está causada por el miedo.

En 2008 unos investigadores realizaron un experimento en la cima de una colina, utilizando un monopatín, una pequeña caja y múltiples participantes que no conocían la naturaleza de la prueba. A un grupo se le pidió que se parara en la cima de la colina en una pequeña caja de la misma altura que un monopatín. Al otro grupo se le pidió que se parara sobre el monopatín (que se había asegurado para que no rodara).

A ambos grupos de voluntarios se les pidió que calcularan la distancia hasta la parte inferior de la colina. Sin excepción, los participantes que se pararon sobre la patineta estimaron que la colina era mucho más empinada y la cima estaba más lejos del pie. El equipo de investigación llegó a la conclusión de que las personas que estaban de pie sobre la patineta tenían una sensación natural de peligro y, por lo tanto, su percepción se veía afectada por el miedo.

Tenemos miedo de ver la acción de Dios en nuestras vidas. Incluso si es algo muy evidente. Esto les pasó a los padres del ciego que Cristo sanó: Sabemos que es nuestro hijo y sabemos que nació ciego, pero no sabemos cómo es que ahora puede ver, o quién le abrió los ojos. Temían a los líderes religiosos, que ya habían acordado expulsar de la sinagoga a cualquiera que reconociera a Jesús como el Mesías. Este es el caso de muchos católicos que se avergüenzan de ser reconocidos como creyentes por temor a ser ridiculizados y excluidos de sus círculos sociales.

En otras ocasiones, tememos el esfuerzo que supone ser fieles a Dios, abandonar ciertos hábitos o emprender actos de servicio generoso que la Providencia nos pide que realicemos con una claridad incuestionable. No nos damos cuenta de cómo somos continuamente perdonados y acogidos por Dios. No sabemos qué hacer con nuestros pecados. Sólo sentimos vergüenza, miedo, desánimo o incluso desesperación. En muchas ocasiones, estamos realmente perdidos en nuestra relación con Dios. Un santo señaló que hay un doble temor que acecha en el corazón del hombre y que puede obstaculizar sus relaciones con Dios: el temor de no ser suficientemente amado por Dios (es decir, de no ser digno de ser amado) y, paradójicamente, el temor de ser amado en exceso, con un amor demasiado exigente y posesivo.

Hace unos días, el Papa Francisco contaba la historia de un santo que estaba desanimado. No importaba lo que hiciera, siempre sentía que Dios no estaba satisfecho. Así que le preguntó a Dios qué faltaba. Dame tus pecados. Eso es lo que falta, respondió el Señor. El pecado hace que nos escondamos, pero Dios quiere hablar. Como Adán y Eva, tendemos a escondernos por la vergüenza y el miedo que sentimos por las cosas que hemos hecho. El pecado hace que nos encerremos en nosotros mismos. Sin embargo, Dios nos llama para que hablemos de ello con Él. Y esto es porque, especialmente, quiere mostrarnos su perdón.

Puede que no entendamos cómo se desarrollan los planes divinos en nuestras vidas. Pero si cooperamos con Él, veremos su sabiduría y su misericordia. Debemos dar un paso cada vez, respondiendo a su voluntad. Uniéndonos a su voluntad, un día cuando lleguemos al final, seremos capaces de conectar los puntos en nuestras vidas. Entonces veremos, y no podremos hacer más que maravillarnos de los planes de Dios.

La tercera ceguera es el resultado de estar cegado por las exigencias, pruebas o ambiciones mundanas. Nuestras necesidades de salud, recursos económicos y afecto son a menudo abrumadoras y dolorosas. Es algo que Cristo describe en la Parábola del Sembrador, cuando habla de la semilla que cae en tierra poco profunda, entre espinas o entre piedras. La urgencia nos devora. Ni siquiera se nos ocurre mirar lo más importante de nuestras vidas.

Como esta ceguera se produce al caminar por los caminos de este mundo, ya sea culpable o no, esta ceguera a la verdad es auto-infligida. Esta ceguera comienza con la falta de perspectiva y produce una pérdida de perseverancia. Tiene varias formas y grados.

Por supuesto, los fariseos, abiertamente y sin rodeos se niegan a admitir la verdad. Su orgullo les impide estar abiertos a la realidad de la situación y a Jesús que curó al ciego. Su orgullo era un pecado deliberado. Una persona que elige no ver es culpable y está cometiendo el pecado contra el Espíritu Santo.

Los fariseos no querían ver la intención de Cristo al realizar este milagro precisamente en el Sabbath. No quería con ello desafiar la Ley o las tradiciones, sino mostrar que las enfermedades, como la ceguera del hombre que nació sin ver, no se deben al plan de Dios. Se deben al hecho de que Dios no ha terminado la gran obra de la creación. Y, por lo tanto, en el día de descanso divino, Jesús, en el nombre del Padre, asume la tarea de terminar esta gran obra de la creación. La lección es clara para todos nosotros: El discípulo no puede descansar hasta que la creación brille con la gloria de la perfección.

El ciego, inmediatamente después de ser curado, no reconoció a Cristo. Como los discípulos de Emaús, como María Magdalena o como los apóstoles después de la Resurrección. Pero lo que importa no son los nombres o las definiciones, el decir que Jesús es un profeta, el Mesías, o un hombre de Dios, sino darse cuenta, como lo hizo el ciego, que Él puede darnos la vista, abrir nuestros ojos continuamente a lo que realmente tiene que ser nuestra vida, a los planes de Dios.

En las Lecturas de hoy tenemos la imagen de la luz y la vista. Pero, por supuesto, hay más que una imagen o un símbolo. El tema central de las Lecturas de hoy es que Dios hace todo nuevo en y a través de Jesucristo. Somos hijos de la luz bautizados en la gloria que es Cristo. Somos hijos de la luz bautizados en la gloria que es Cristo. Nos transfiguramos en la vida de Cristo que es la luz del mundo. Al entrar en la segunda parte del tiempo de Cuaresma, estamos llamados a reconocer que sólo Cristo, que es nuestro Buen Pastor, puede sacarnos del valle de las tinieblas al curarnos de nuestra ceguera. Iluminado por Jesús, el ciego se torna irreconocible y cambia completamente. Incluso los vecinos, que durante años han vivido a su lado, se preguntan: ¿Es este es el mendigo que solía sentarse aquí o es otro?

En la actitud del ciego recién curado, podemos apreciar algunas de las características que distinguen a los que son transfigurados como Cristo:

Es libre y no se deja intimidar por aquellos que abusan de su poder, cuando insultan, amenazan y recurren a la violencia. Es sincero: no renuncia a decir la verdad, incluso cuando ésta es incómoda o no es acogida por quienes están acostumbrados a obtener aprobación y aplausos de los aduladores. Se hace sencillo como una paloma, pero también astuto como una serpiente. Las autoridades tratan de atraparlo, forzándolo a admitir que está del lado del que «no guarda el Sábado» pero escapa a la trampa. Siempre reconoce sus límites: ¿Dónde está este hombre? No lo sé. Admite no saber mucho sobre Jesús.

Pero, en cualquier caso, se convirtió en testigo de lo que Dios había hecho en él a través de Cristo. Eso es lo que es ser un apóstol.

Hoy pidamos a Dios que nos abra los ojos para que podamos ver todas las cosas que Él quiere que veamos. Que nuestra oración para esta cuaresma sea simplemente: Señor, haz que vea.

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