Rey de Misericordia

By 24 noviembre, 2017Evangelio
Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 26-11-2017, Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo (Ezequiel 34:11-12.15-17; 1 Corintios 15:20-26.28; Mateo 25:31-46).
El relato evangélico del juicio final responde a la más universal de las esperanzas humanas. Nos asegura que la injusticia y el mal no tendrán la última palabra y a la vez nos llama a vivir de tal modo que la justicia no nos lleve a la condena sino a la salvación y que podamos estar entre los que Cristo dice: “Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la  creación del mundo”. La gran expectación que tiene todo ser humano es que con la segunda venida de Cristo Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado. (Ap: 21:4).
No sólo los cristianos esperan. De hecho en la década de los 60s, el famoso teólogo alemán Moltmann destacaba frecuentemente cómo en la época moderna la esperanza había emigrado notablemente de la iglesia a los movimientos seculares de esperanza humana. Nuestro padre Fundador, Fernando Rielo, logra aclarar esta situación estableciendo una distinción entre la auténtica esperanza y la expectación humana, que es universal.
El profeta Ezequiel, en la primera lectura, nos da una imagen de Dios como el Pastor amable que vela por sus ovejas. Esta imagen, sin embargo, también refleja el pastor que destruye a los fuertes. Esto pone de manifiesto que Dios se interesa por el pobre, el extraviado, el herido y el enfermo. Ezequiel habla de un pastor que está en contacto estrecho con sus ovejas. Las lleva a pastar y las cuida él mismo, buscando a las perdidas y curando a las heridas. No deja a los demás el cuidado de su rebaño.
La Primera Carta a los Corintios, que es la segunda lectura de hoy, nos dice con palabras sencillas  que todo y todos estaremos sujetos a Cristo. La muerte será conquistada y todo lo creado será sujeto a Cristo.
El Evangelio de Mateo presenta la imagen del juicio. Utilizando esa imagen, el evangelista deja claro que es un juicio basado en al amor y el cuidado del prójimo. Es en eso donde ha de centrarse nuestra vida: amor y cuidado de los demás, especialmente de los más necesitados. Estas tres lecturas nos dicen lo que significa la realeza, el liderazgo y el gobierno sobre otros: amor y cuidado de ellos.
Los criterios por los que seremos juzgados son notables. Nada se menciona de los diez mandamientos (lo que es normalmente la materia de nuestras confesiones). Nada sobre las cosas mencionadas en la primera lectura, que más o menos coinciden con el contenido de los mandamientos. Nada sobre lo que llamamos “obligaciones cristianas” (como ir a misa los domingos). Todos esos elementos importantes de nuestro esfuerzo ascético están expresados en el lenguaje del Antiguo Testamento, pero Cristo destaca que la atención y el servicio a los otros es el sello distintivo del reino de los cielos. El examen será muy sencillo: ¿He amado a todos mis hermanos y hermanas o no?
Sólo atendiendo a las necesidades del hambriento, del sediento, del extranjero, del desnudo y del preso participamos de la salvación. Parece oportuno recordar que las obras corporales de misericordia son actos de misericordia por los cuales ayudamos al prójimo en sus necesidades físicas y materiales, como alimentarse, vestirse, tener abrigo, ser acogidos, ser visitados y ser enterrados al morir. Las obras espirituales de misericordia son actos de compasión por los cuales les ayudamos en sus necesidades espirituales y emocionales:
1. Enseñar al que no sabe.
2. Corregir al que se equivoca
3. Dar buen consejo al que lo necesita
4. Perdonar las injurias.
5. Consolar al triste.
6. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
7. Rogar a Dios por los vivos y difuntos.
He aquí un ejemplo espléndido de vivencia de todas esas Obras de Misericordia:
El 2 de Junio de 1979 el Papa Juan Pablo II celebró misa en la Plaza de la Victoria de Varsovia ante cientos de miles de personas y todo el gobierno comunista de Polonia. Durante su homilía, el Papa habló de Dios, de la libertad y de los derechos humanos; temas desaprobados por el régimen comunista. Según predicaba el Papa, la gente empezó a corear: Queremos Dios; queremos Dios, y no callaron durante quince increíbles minutos. Durante esta manifestación de la voluntad del pueblo, Juan Pablo se volvió hacia los miembros del gobierno y les hizo un gesto, como diciendo ¿Están oyendo? El comunismo, al menos en Polonia, quedó moribundo desde ese momento. De hecho, el gobierno cayó y, en pocos años, se desintegró el imperio comunista soviético sin necesidad de ningún disparo.
San Juan Pablo II respondió sin utilizar la represalia ni la huida, sino con un gesto sereno y provocador que llevó al agresor a una nueva conciencia espiritual.
Cristo es ciertamente nuestro Rey y estamos llamados a hacernos con Él. Nos dio su vida para que nosotros pudiéramos tener vida. Estamos llamados a dar también nuestra vida para que nuestros hermanos y hermanas puedan tener vida.
Muchas veces resulta difícil comprender la misericordia de Dios. Sobre este asunto, recordemos una observación importante de nuestro padre Fundador:
Aquí la única objeción que se puede poner, doctrinariamente hablando, es que Cristo como Dios, en vez de liberarnos del dolor para demostrar su omnipotencia o su misericordia, nos revela precisamente la forma sobrenatural de su omnipotencia y de su misericordia. Y lo hace elevando a un orden distinto, totalmente nuevo, superior a nosotros, lo que en nosotros es natural y comporta una forma de gloria para nuestro ser en la eternidad. Es lo que podemos denominar “nuestra forma de eternidad”, de la cual Cristo, antropológicamente, es el modelo, el gran teórico.
¿Qué nos diría Cristo al plantearle cómo es posible que Él, siendo omnipotente, permita el dolor humano? Nos diría lo siguiente:
Puedo hacer dos cosas:
a) Quitar ese dolor humano, teniendo en cuenta que, al no hacerlo, aparezco inmisericorde en el campo racional. Pero no puedo aparecer inmisericorde.
b) Elevar vuestro sufrimiento a un orden distinto, sobrenatural, pasando a formar parte de lo que va a ser la forma de vuestra eternidad. Ya no me podéis decir inmisericorde, sino que mi misericordia tiene una característica, una previsión acerca de vosotros, y que vosotros no podéis entender. (El humanismo de Cristo).
El Papa Juan Pablo II nos recuerda: La llamada universal a la santidad está íntimamente unida a la llamada universal a la misión. Cada uno de los fieles está llamado a la santidad ya la misión. No hay verdadera santidad fuera de la misión de buscar el bien espiritual y material de los demás.
Por tanto, vemos que la caridad cristiana es más que hacer acción social. Se trata más bien de llevar a Cristo a los demás. La parábola de hoy destaca que el servicio del cristiano no es simplemente trabajo benéfico, sino un servicio al prójimo realizado por un sentido sobrenatural, que es por amor a Cristo, que vive en cada ser humano. Al hacer el bien, se nos pide encontrar a Cristo en el necesitado y a la vez acercar a Cristo a quienes servimos. Esto exige que veamos a Cristo en ellos. Esto es una característica del Recogimiento y la Quietud místicos.
El Papa Francisco lo expresa claramente: Podemos hacer todo el trabajo que queramos, podemos construir muchas cosas, pero si no proclamamos a Jesucristo, algo falla. Nos transformaríamos en una ONG compasiva y no en la Iglesia, que es la esposa de Cristo.
El poeta francés Charles Péguy refleja admirablemente la audacia de la Misericordia divina:
Terrible amor, terrible caridad,
Terrible esperanza, responsabilidad verdaderamente terrible,
El Creador necesita de su criatura, se ha colocado ante la necesidad de su criatura.
Nada puede hacer sin ella.
Es un rey que ha abdicado en las manos de cada uno de sus súbditos
Simplemente el poder supremo.
Dios necesita de nosotros, Dios necesita de su criatura.
Effrayant amour, effrayante charité,
Effrayante espérance, responsabilité vraiment effrayante,
Le Créateur a besoin de sa créature, s’est mis à avoir besoin de sa créature.
Il ne peut rien faire sans elle.
C’est un roi qui aurait abdiqué aux mains de chacun de ses sujets
Simplement le pouvoir suprême. Dieu a besoin de nous, Dieu a besoin de sa créature.
Dios se pone en nuestras manos, espera en nosotros. Estamos llamados a tener misericordia porque se ha tenido misericordia con nosotros en la persona de Jesucristo. Esto es por lo que una persona piadosa (¡o muchas de ellas!) decía a Dios al final de un día largo y fatigoso: Dios mío: “¡No te preocupas de nosotros! ¿Por qué permites las guerras, el hambre, la enfermedad en el mundo? ¿Por qué no haces nada ante todo esto?” Dios  le miró con ternura y le dijo: “Hice algo, hijo. Te he creado a ti.”
Dios no es visible, pero nosotros sí. Un ejemplo muy apropiado es una de las muchas anécdotas de Madre Teresa de Calcuta: Había rescatado a un hombre de la cuneta. Este hombre observó el cuidado amoroso con que Madre Teresa atendía a un moribundo que estaba a su lado. Se dio cuenta de cómo limpiaba al pobre hombre con ternura, sonriéndole mientras tanto. El primer hombre se volvió a Madre Teresa y le dijo: Llegué aquí sin fe, con mi corazón lleno de odio, pero ahora creo y mi corazón está en paz, porque ha visto el amor de Dios en acción.
Notemos que las palabras de Cristo en el Evangelio de hoy son: “Me lo hiciste A mí”, no “lo hiciste POR mí”. Cristo se identifica especialmente con la persona necesitada. Cada vez que descuidamos la oportunidad de ayudar a un hermano, abandonamos al propio Cristo. Nuestros peores pecados, nuestras faltas más peligrosas, son las de omisión. Podemos observar perfectamente los diez mandamientos y sin embargo caer en ello. La próxima vez que examinemos nuestra conciencia frente a Cristo, tengámoslo en cuenta.
Sólo un profundo amor a Cristo nos dará la visión espiritual para ver en qué medida cuando hacemos algo por el más pequeño de éstos, lo hacemos por Cristo y a la inversa, si no lo hacemos, nos negamos a hacérselo a Cristo, pues él se identifica con cada ser humano, especialmente con el pobre y el que está solo. Éstos se encuentran no sólo fuera de las paredes de nuestra casa, sino más probablemente entre nuestros hermanos.
Una vez más, es saludable recordar la insistencia del Papa Francisco en la concreción, muy en la línea de cómo habla nuestro padre Fundador de la vida ascética. Para ello, ¿Estás seguro de que la siguiente historia es demasiado simplista para ti?:
Una mujer soñó que Dios la visitaría al día siguiente. Entonces, por la mañana limpió la casa a conciencia, preparó una comida exquisita y se puso su mejor vestido. Luego, llegó una vecina a pedirle prestado algo de dinero, pues lo que le enviaba su esposo desde el extranjero no le alcanzaba para las necesidades diarias. Pero ella no prestó atención a los apuros de la vecina, pues su mente estaba ocupada pensando en la importante visita. Otro vecino le pidió cuidar su hijo enfermo mientras él iba a comprar medicinas, pero también rechazó la petición porque su mente estaba ocupada pensando en la importante visita. Una tercera amiga llegó a pedirle ayuda para resolver un malentendido en la familia, pero tampoco le hizo caso porque su mente estaba ocupada pensando en la importante visita. Mientras, Jesús no llegó a la casa de la mujer. Cuando de nuevo se le apareció en un sueño, la mujer le preguntó por qué no había cumplido su promesa. Cristo le respondió: “Fui a visitarte tres veces, pero me rechazaste en las tres ocasiones.”
Mientras esperamos la llegada de Cristo, no nos sorprendamos por las muchas formas que tiene de venir a nosotros… incluso en las situaciones y en las personas más inesperadas. La misericordia nunca es abstracta. Es una práctica del amor y, como todas las prácticas, se concreta haciendo algo, a alguien…y siempre. Tiene lugar en la sombra, en las periferias y en las realidades mundanas de la vida cotidiana. Incluso en su discreción, la misericordia es el antídoto para la desesperanza; es la obra de la esperanza, que es imposible de apagar.
La misericordia es una forma de vida que fluye del costado perforado de Cristo. Es una forma de vida que nos pone a disposición de los demás. Practicando las obras corporales y espirituales de misericordia (que son más de catorce…), borramos la pena que pesa en nuestra alma a causa de los pecados: “Bienaventurados los misericordiosos, porque encontrarán la misericordia.”
Al celebrar la festividad de Cristo Rey, recordemos que también nosotros, como misioneros, compartimos el liderazgo de Cristo. Realmente somos discípulos y maestros al mismo tiempo y de formas diferentes. Somos a la vez ovejas y pastores. Cada uno servimos en puestos distintos. El secreto del liderazgo está en ser conscientes de que somos primero ovejas y luego pastores. Hemos de vivir en un estado constante de oración y reflexión, ofreciendo nuestros actos, impotencia, pensamientos y deseos, antes de que podamos ser buenos pastores. Necesito conocer la aflicción de Cristo y los signos del Espíritu Santo que actúa en mi prójimo, antes de poder acercarlo más a nuestro Padre Celestial.

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