„Aquí no hay mucho, pero entra“. Epifanía, Reyes Magos y la gracia que transforma la vida

Cristo no rechaza nuestras sombras: nace en ellas para transformarlas.
¿Has pensado alguna vez que lo que vemos, hacemos y vivimos nace de lo que primero hemos creído en el corazón?

Así fue para María. Así fue para los Reyes Magos. Ellos vieron con los ojos aquello que antes habían creído en el corazón.

Un modo distinto de mirar

El 6 de enero nos pide un modo distinto de mirar. Hoy meditamos la gracia que santifica y deifica, la forma concreta en que Dios se acerca al ser humano para transformarlo desde dentro. No se trata de lo que el hombre hace por Dios, sino de lo que Dios hace en el hombre.

Los Reyes Magos son hombres en camino que aprenden a mirar de nuevo toda la realidad. Entrar hoy en su corazón significa ver con su mirada la forma en que Dios ha querido presentarse a nosotros. Buscaban algo grande, algo decisivo, y lo encontraron —quizá donde menos lo esperaban— en una aldea insignificante y un establo incómodo, un lugar marginal, pobre, casi invisible.

Y, sin embargo, caminaron hasta allí porque esperaban algo. Porque buscaban. Volvemos así a la pregunta inicial.

El Pesebre como imagen del alma

El Pesebre revela una lógica que descoloca. El Pesebre es imagen del alma. Las cuevas de nuestra interioridad, pobres y desordenadas, son precisamente el espacio donde Dios decide nacer. Cristo no expulsa nuestras sombras: nace dentro de ellas para transformarlas. La gracia no espera un alma ordenada, sino un resquicio abierto, incluso en puertas que parecían cerradas.

La vida, el amor, la luz, aquello que realmente lo cambia todo, no acontece en los palacios. Acontece allí donde podemos decir, sin palabras: aquí no hay mucho, pero entra. El establo —lo marginal, lo humilde— representa el lugar donde ocurre algo decisivo: la integración de la persona. Lo fragmentado puede unificarse, lo herido puede ser habitado. No desde la fuerza, sino desde la presencia.

Entrar en la escena

Por este motivo San Francisco de Asís creó el primer pesebre en Greccio. No como una escena para contemplar desde fuera, sino como una experiencia para entrar. Quería implicar al espectador, hacerlo partícipe, poner su propia vida dentro del establo.

Así comprendemos que ese es el lugar donde Jesús quiere nacer cada día. Y cuando le dejamos, el mundo lo nota.

La gracia que transforma

Cristo nace en Belén para nacer en tu alma, y la deificación acontece de un modo concreto. Ocurre cuando reconocemos que lo que entendemos o deseamos no define quiénes somos. Cuando somos capaces de trascender la pereza, las convicciones rígidas, los principios seguros que se vuelven cierre, las rutinas, los obstáculos mentales como la falta de tiempo; aquello que admiramos ingenuamente y que resulta efímero e incierto; cuando atravesamos la queja y el repliegue interior.

Así se da la santificación. La deificación del alma no elimina la fragilidad, sino que la transfigura. La gracia que nos santifica y nos deifica fortalece el alma para ofrecer compasión auténtica a quien nos ha herido, para perseverar con esperanza en situaciones de sufrimiento extremo, para seguir abiertos cuando todo empuja a cerrarse.

Una vida que cambia de centro

¿Y cómo se reconoce a quien se está dejando transformar por la gracia de Cristo?
Quien vive en gracia aprende a valorar lo verdaderamente importante: el perdón, el servicio, la humildad. Su vida cambia de centro. Y esa transformación no queda escondida: se vuelve visible, contagiosa, capaz de tocar la vida de otros.

 


Compartimos algunos fragmentos del mensaje de p. Luis Casasús, presidente de las misioneras y misioneros identes, con ocasión de la Epifanía, día en que meditamos sobre los Reyes Magos y la Gracia Santificante, dejándonos interpelar por un Dios que no rechaza nuestra pobreza, sino que nace en ella para transformarla.

 

Roma, 06 de enero de 2026 – Reflexiones en conmemoración de la Epifanía y de la Gracia Santificante

Queridos amigos, hermanas y hermanos de la Familia Idente, de la Juventud Idente, misioneras y misioneros:

Cuando nuestro padre Fundador nos pidió que, durante todo el año, nuestras residencias tuviesen a la vista un pesebre de Belén, no lo hizo sólo por su fina sensibilidad estética, ni sólo por el cariño que tuvo siempre a lo mejor de las tradiciones que recibió de su familia y de su formación cristiana. En todo lo que hacía, procuraba darnos un medio para acercarnos a Cristo.

Por eso, de forma muy familiar, quisiera compartir con todos ustedes lo que me parece sentir este año al contemplar a los Reyes Magos acercándose al Niño recién nacido. Asimismo, desearía recordar lo que nuestro padre Fundador nos invita a celebrar hoy, el Día de la Gracia Santificante.

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  1. Ante el Pesebre. Desde luego, es inagotable lo que podemos aprender y experimentar contemplando a Jesús, María y José, con todos los personajes que llegan a adorar a Jesús.

Hoy tenemos que fijarnos en los Reyes Magos, porque la Iglesia nos invita a entrar en sus corazones y ver con su mirada lo que contemplaron en el Pesebre. Al igual que todas las personas sencillas que llegaban, sintieron una sorpresa profunda ante la forma de presentarse Dios Encarnado; los Magos se dirigieron a Jerusalén, pero no podían imaginar que los planes divinos hubiesen elegido una aldea insignificante y en ella un incómodo establo.

Seguramente, ese mensaje de humildad es el que nos quiso dejar San Francisco de Asís quien creó el primer pesebre en el pequeño pueblo de Greccio. Para Francisco, el pesebre era un instrumento con el que todos pudiésemos ver, con los ojos del espíritu, la humildad de Dios. Él buscaba que el espectador se sintiera parte del establo, convirtiendo su propia vida en la escena del nacimiento.

Como intelectuales de la época, siempre sedientos de verdad, sin duda los Reyes Magos comprendieron lo que después los Padres de la Iglesia y varios santos han proclamado a través de los siglos: que el Pesebre, con el Niño Dios en su centro, es imagen de nuestra alma.

Así lo ha expresado el místico medieval alemán Meister Eckhart diciendo: ¿De qué sirve que Cristo haya nacido en Belén si no nace en tu alma?

Todavía antes, San Agustín afirmó que María concibió primero en su corazón antes que en su seno, lo cual abre la puerta a entender el Pesebre como nuestra intimidad espiritual.

Incluso desde un punto de vista no necesariamente religioso, sino desde una perspectiva psicológica, Carl Jung (1875-1961) y sus seguidores ven en el nacimiento del „Niño Divino“ un arquetipo de la autorrealización. Para ellos, el establo (lo marginal, lo humilde), representa el lugar donde ocurre la integración de la personalidad. Los Reyes Magos encarnan la sabiduría del „Viejo Sabio“ que reconoce que, por encima del ego (el Rey Herodes), hay una realidad superior.

Nosotros hemos de reconocer que el pesebre de Belén es la imagen precisa de nuestra alma.

La cueva oscura y fría, pobre y marginal representa nuestra pobreza interior. Decían los Padres de la Iglesia que el buey y la mula, son un símbolo de nuestras pasiones, de nuestras terquedades, de nuestro atraso. El buey representa lo que nos cuesta cambiar; la mula, la rudeza o la pereza espiritual. Pero Cristo se queda junto a esos animales, junto a nuestros instintos y no los expulsa, más bien quiere transformarlos, porque son capaces de reconocer la presencia de algo sagrado.

Nuestra alma es siempre un lugar desordenado, lleno de sombras, con rincones que preferimos no mirar, con heridas que no sabemos curar. Pero precisamente ahí es donde nace el Hijo de Dios. San Gregorio de Nisa decía: El alma es una cueva oscura que se ilumina cuando entra la Luz verdadera.

Allí, como los Reyes Magos, estamos invitados a compartir con Jesús lo que consideramos más valioso, simbolizado por el oro, el incienso y la mirra. Aunque los otros personajes traen regalos más prácticos, los tres Sabios de Oriente van más allá: viven un verdadero éxtasis “llegando de lejos”, entrando en el Pesebre y no quedándose en la puerta, dando signos de que desean entregar sus propias vidas.

Tratemos de imitarles en su gesto, profundamente significativo:

֍ Con el Oro entregamos nuestra voluntad, lo que valoramos, nuestras opiniones, nuestras decisiones, nuestra libertad. Es reconocer que lo que entendemos o deseamos no define quiénes somos.

֍ El Incienso, hecho para ser quemado y subir al cielo, representa nuestra aspiración profunda, espiritual, nuestra oración y la disposición a trascender las obligaciones, nuestras “zonas de confort”, la falta de tiempo, lo que admiramos ingenuamente y sin embargo es efímero e incierto.

֍ La Mirra es la aceptación de nuestra humanidad y mortalidad. Es entregar con fe y esperanza nuestro sufrimiento, nuestras heridas y límites para que sean transformados en testimonio que aliente y conforte al prójimo.

Sobre todo, el gesto de arrodillarse expresa el reconocimiento de que Dios reina en lo más íntimo del ser humano. El camino que recorren los Magos no es solo geográfico, sino interior. Ellos viajan hacia el pueblo de Judá, sí, pero también hacia ese Belén que cada uno llevamos dentro.

¿No son los Magos ante el Niño un retrato fiel de lo que sucede en nuestra alma?

Al contemplar a los Magos como maestros del éxtasis, no puedo dejar de pensar en dos sucesos de esta Navidad, dos noticias que me han llegado de nuestras misiones.

Una de ellas es una misionera que ha comenzado a colaborar en la ayuda de un grupo de personas indigentes, que apenas dominan la lengua del país. Ella no prepara las comidas ni reparte ropa: su tarea es lavarles los pies, agachada en silencio ante ellos, con una sonrisa y a veces soportando las quejas de quienes asiste.

La segunda es un joven misionero que pasa estos días preparando un examen decisivo para él y notablemente difícil y a quien su superior “descubrió” de madrugada instalando cuidadosamente el enorme Nacimiento en la Parroquia que tienen a su cargo, pues el grupo de parroquianos que debería hacerlo no pudo por diversas enfermedades.

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  1. El corazón de los otros. Esta imagen de nuestra alma no es sólo algo privado, sino que nos ha de ayudar a mirar el corazón de nuestro prójimo, en el cual también conviven el buey, la mula, la oscuridad de la noche… y la luz de Jesús recién nacido. Así es el lugar donde Jesús quiere nacer cada día y, cuando le dejamos, el mundo lo nota.

Voy a ilustrarlo con un recuerdo que algunos pueden pensar que es un cuento, pero, aunque he cambiado el nombre, no olvidaré a su protagonista.

Emilio llevaba dentro un corazón pequeño y pobre. No estaba lleno de maldad, pero tampoco de fuego. Era como una estancia olvidada, barrida a medias, donde nadie esperaba visita. En su oración no había arrebatos; solo palabras repetidas con la resignación de quien enciende una lámpara sabiendo que dará poca luz.

Pensaba que Dios nacía en otros: en los más puros, en los más sabios, en las almas grandes. No en la suya, hecha de rutina y cubierta de polvo.

Una noche de invierno, al regresar a casa, encontró a un vecino con quien nunca había hablado, sentado en el rellano de la escalera, junto a su puerta. No pedía nada ni hablaba. Su presencia era humilde, casi invisible, como la de los pastores antes de ser llamados por el ángel. Emilio sintió la tentación de seguir su camino. Su casa no era digna, su energía no era como cuando vivía su esposa, sentía que su corazón era estrecho.

Pero algo, más hondo que el pensamiento, lo detuvo. No fue buena voluntad; más bien una docilidad repentina, semejante a la que inclina la paja del pesebre cuando sintió el peso de un niño.

Preparó una sopa sencilla, encendió el fuego y ofreció lo poco que tenía. Sus gestos no fueron llamativos; pero parecía que alguien los estuviera esperando desde siempre. Mientras ese vecino comía, Emilio percibió que su silencio se llenaba. No de palabras, sino de una auténtica presencia.

Entonces comprendió -no con la razón, sino con un temblor íntimo- que su corazón se parecía a Belén: pobre, estrecho, mal iluminado, pero abierto. Y que Dios no había desdeñado el establo ni el barro, sino que los había elegido.

Cuando ese triste vecino alzó la mirada, en sus ojos había una paz nueva, como si hubieran visto muchas noches santas. Se quedó adormilado en la silla, apoyado en la mesa. Emilio sintió que algo nacía dentro de él; no una emoción, sino una certeza frágil y ardiente. La obra de la gracia fue un calor pequeño, suficiente para que la noche no venciera.

Ese vecino se fue antes del alba, pero Emilio supo que su casa ya no estaba vacía. Desde entonces, cada acto sencillo -un minuto compartido, una espera paciente, una misericordia sin nombre- se hacía pesebre. Y su corazón mediocre, sin dejar de ser pobre, aprendió a acoger al Dios escondido en quien le parecía alguien vulgar.

Porque entendió al fin que el misterio no acontece en los palacios, sino en los lugares donde alguien se atreve a manifestar, sin palabras: aquí no hay mucho, pero… ¡entra!

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  1. La Gracia Santificante. No debe ser difícil ahora comprender por qué nuestro padre Fundador dedicó esta festividad a la Gracia Santificante … ese taladro que llega hasta el fondo de nuestro ser y nos transforma de manera que nuestras acciones tienen el signo materno o paterno de Dios Padre, la obediencia del Hijo y la genialidad del Espíritu Santo.

La gracia santificante, esa forma suprema de presencia divina en el espíritu, tiene como efecto la deificación, que San Atanasio y San Agustín la expresan así: “El logos se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios”. Esta sentencia patrística parece inspirarse en las propias palabras de Cristo: “dioses sois” (Jn 10,34), y en otros textos de la Sagrada Escritura, como la segunda epístola de San Pedro: „Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que, por ellas, ustedes, fuesen hechos partícipes de la naturaleza divina (2Pe 1: 4)“.

… Este hecho místico lo corrobora San Juan de la Cruz cuando afirma: “No sería verdadera y total transformación si no se transformase el alma en las tres Personas de la Santísima Trinidad en revelado y manifiesto grado (…) y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza” (Cántico espiritual, 39, 3).

Ayuda a comprender esta deificación la analogía utilizada por los Padres griegos, que suelen usar el ejemplo de un metal en el fuego; el metal adquiere las propiedades del fuego (calor y luz) sin dejar de ser metal por esencia.

Es muy sugerente la forma como nuestro Fundador describe esa unión en uno de sus proverbios: Tu unión divina supone tu apocalipsis del mundo. Esto significa que alcanzamos una libertad, respecto a nuestro yo y respecto al mundo, que tiene un efecto poderoso y se puede considerar, como decía el Papa Francisco, auténticamente „contagioso“ porque transforma la identidad de la persona, convirtiéndola en un reflejo de la presencia de Dios que impacta a quienes la rodean.

A diferencia de un acto aislado, esta gracia es una disposición estable que no es posible con los esfuerzos ni los medios a nuestro alcance. Esa presencia divina interior se desborda en acciones y actitudes, pequeñas o no, pero que invitan a otros a buscar esa misma amistad con Dios.

Un ejemplo claro de este efecto contagioso es la vida de los santos modernos, como los italianos San Carlo Acutis y San Pier Giorgio Frassati (canonizados en 2025), cuya santidad sencilla y cotidiana ha inspirado a miles de jóvenes en todo el mundo. La persona en gracia irradia una paz y alegría que no dependen de las circunstancias externas. Este estado atrae a otros, como ocurre con Carlo Acutis, quien usó algo tan cotidiano como la tecnología para contagiar su amor por la Eucaristía.

La gracia santificante fortalece el alma para realizar buenas obras que superan la capacidad humana ordinaria, como ofrecer compasión genuina a quien nos ha criticado o perseverar con esperanza en situaciones de extremo sufrimiento. El Papa Francisco ha señalado que la Iglesia necesita personas „contagiosas en la santidad“ que, a través de gestos sencillos como la amabilidad o la oración constante, transformen sus entornos sociales y familiares.

En verdad, quien vive en gracia aprende a valorar lo verdaderamente importante (el perdón, el servicio, la humildad) y transmite esa jerarquía de valores a los demás, ayudándoles a ver „con los ojos de la fe“ realidades que normalmente pasan desapercibidas. …

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Ruego a todos que miremos una y otra vez el Pesebre, con ojos de niño y, antes de sacar conclusiones, nos dejemos llevar con inocencia adonde la Providencia nos guíe, como hicieron los Santos Sabios de Oriente.

En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José, ruego acojan mi abrazo fraterno y agradecido.

Luis CASASUS

Presidente