Los que aman las flores no las arrancan

By 4 noviembre, 2018 Evangelio, Sin categorizar

Por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes,

Estambul, 04 de Noviembre, 2018. XXXI Domingo del Tiempo Ordinario.

(Deuteronomio 6,2-6; Carta a los Hebreos 7,23-28; Marcos 12, 28b-34).

 

  1. ¿Qué es el amor?

Quien ha sido tocado por el amor, no anda en tinieblas. Esta es una frase de Platón, el gran filósofo griego, pero podría haber sido pronunciada por un auténtico católico.

Nunca insistiremos demasiado al decir que Nosotros amamos porque Él nos amó antes (1 Juan 4:19).

Esto es lo primero que hay que tener en cuenta, tanto en el caso los creyentes como de los no creyentes, que, como dijo Platón, el amor nos con-mueve. El amor viene a visitarnos. Pero quienes no tienen una relación íntima con Dios dirán, a lo sumo, que el amor es una de las emociones más profundas que experimenta el ser humano; lo cual es verdad… pero no toda la verdad. De ninguna manera.

Algunos pensadores hablan de tres formas de amor: Eros, Philia y Ágape; en su libro Los colores del Amor (1973), J.A. Lee describe 15 diferentes formas de amor. Pero tanto los filósofos como los psicólogos necesariamente se quedan cortos en sus esfuerzos por comprender la naturaleza del amor y terminan diciendo que hay una especie de porosidad entre los siete tipos de amor, que se filtran y se interpenetran. ¿Por qué les ocurre esto? Probablemente porque se basan en un enfoque individualista.

Pero ha habido algunas críticas de intelectuales brillantes:

* Eric Fromm, en su libro clásico El Arte de Amar (1956), considera que el amor es una capacidad interpersonal y creativa de los humanos, más que una emoción. Subraya que el amor genuino implica la preocupación por el otro y el deseo de satisfacer sus necesidades en lugar de las propias.

* M. Scott Peck, en El Camino Menos Transitado (1978) enseña que el amor es una actividad o una inversión en vez de un sentimiento. Contrasta sus propios puntos de vista sobre la naturaleza del amor con una serie de conceptos erróneos comunes sobre el amor, especialmente el hecho de que el amor se identifica con una experiencia romántica, y se basa únicamente en sentirse enamorado.

Pero podemos y debemos ir más allá; como dice el texto del Evangelio de hoy, el amor es la esencia de la vida y la esencia de Dios mismo. De hecho, los Diez Mandamientos se dividen en dos grupos, los primeros cuatro tratan sobre cómo amar a Dios y los últimos seis cómo amar al prójimo como a mí mismo. En verdad no podemos romper las leyes de Dios… nos rompemos contra ellas. Eso no funciona. Saltas de un rascacielos y no rompes la ley de la gravitación. Te rompes la cabeza, pero no la ley de la gravitación. Por eso, con el profeta Oseas, podemos contemplar a Dios como un Padre que guía nuestros pasos, no como un juez:

Porque rectos son los caminos del Señor, y los justos andarán por ellos, pero los transgresores tropezarán en ellos.

Tanto para nuestra vida espiritual como apostólica, es importante comprender que hay más que una «porosidad» entre el amor natural y la verdadera caridad, el amor de Cristo:

Si el cristiano perdiera la gracia santificante por el pecado mortal, la fe quedaría reducida a creencia; la esperanza, a expectativa; la caridad, a amor. Quien tiene la desgracia de cometer el pecado grave pierde, entonces, la caridad pero no el amor, la esperanza pero no la expectativa, la fe pero no la creencia. Las virtudes constitutivas –creencia, expectativa y amor– son disposicionales de sus correspondientes virtudes teologales que se adquieren con la gracia santificante (Fernando Rielo, Humanismo de Cristo).

Al decir que lo primero es amar a Dios y después amar a nuestro prójimo, Jesús no está hablando de leyes específicas. Está hablando de nuestra naturaleza y estableciendo un principio práctico que ha de ser aplicado en cada situación.

El verdadero amor puede ser captado únicamente por la persona que ama. Si sé que Dios me ama, pero no implemento su amor en mi vida, es como quien estudia el agua sin beberla. Mi comprensión del agua no sacia mi sed. No necesito conocimientos sobre el agua, necesito beber agua.

Considerado como mandamiento, como una ley, el amor no es prohibitivo ni restrictivo, diciendo que hagamos lo mínimo. Nos dice que siempre podemos amar más. El amor (como la fe y la esperanza) es ilimitado, no conoce fronteras. Esto explica por qué necesitamos los dones del Espíritu Santo para progresar en la caridad, para pasar de la tolerancia a la comunión, porque no tenemos la capacidad de amar como Él nos ha amado.

En un parque, se podría encontrar un letrero con uno de estos textos:

1- Se prohíbe arrancar las flores.

  1. Por favor, no arrancar las flores.

3- Los amantes de las flores no las arrancan.

 

Sólo el último va más allá del miedo o el deseo de aprobación. La verdadera motivación para cada una de nuestras acciones sólo puede ser el amor y sólo se llega a Dios a través de la entrega total al prójimo. Si perdemos este espíritu de la ley, que se basa en el amor de Dios y su amor por nosotros, nos preocuparemos más por obedecer las leyes servilmente que por vivir la belleza de las leyes. Cuando eso sucede, en lugar de ser nuestro aliado, la ley se convierte en nuestro enemigo.

  1. El poder del amor. Sólo con una experiencia de amor podemos cambiar radicalmente nuestras vidas. A veces, se trata de un proceso largo, a veces es algo… instantáneo.

La capacidad de tener relaciones sanas y entrañables comienza en la infancia, en las experiencias más precoces de un niño cuyos padres satisfacen de manera segura todas sus necesidades. Esas relaciones parecen establecer patrones de relación con los demás. Nuestra capacidad para el amor humano depende mucho de cómo nuestros padres nos han amado incondicionalmente desde que plantaron esa semilla de amor en nosotros. Nuestro egocentrismo también puede ser curado por el testimonio y la inocencia de alguien con una vida muy cercana a Dios.

Un día, un hombre santo preguntó a sus discípulos: ¿Cuándo saben que la noche ha terminado y el día ha comenzado? Uno de ellos respondió: Cuando miras en la distancia y puedes distinguir entre una higuera y una palmera. Otro dijo: Cuando miras en la distancia y puedes distinguir entre un perro y una oveja. Y otros dieron respuestas similares. Pero el maestro rechazó cada una de ellas. Finalmente, los discípulos preguntaron: ¿Cuándo sabemos que la noche ha terminado y el día ha comenzado? Y el hombre santo respondió: Cuando miramos a lo lejos y no vemos diferencia entre nuestro enemigo y nuestro amigo, cuando miramos a todas y cada una de las personas con amor, entonces sabemos que la noche ha terminado y que el día ha comenzado.

No hagas cómplice a Dios de tus sentires,

que no es copla única que tú sólo cantes.

No.

No lo dudes.

Dios está más en el corazón del prójimo

que en el tuyo (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

¿Por qué una persona abraza la fe en Cristo? ¿Porque ciertos argumentos brillantes de alguien le han convencido de la verdad? Eso podría ayudar, ciertamente. Pero la mayoría de las veces, es porque experimenta el amor de Dios cuando una persona cercana a Dios proyecta ese amor en ella.

Un misionero tuvo una experiencia que le cambió la vida cuando visitaba una colonia de leprosos en América del Sur. Acompañaba a los enfermos, oraba con ellos, cantaba con ellos, y les leía las Escrituras. Conoció a una mujer llamada Rose. Sus ojos se habían malogrado, dejándola ciega. Sus manos y pies sólo eran muñones. Tenía sangre en la cara de los mosquitos que le picaban, porque no podía espantarlos. Sin embargo, cuando el misionero se estaba preparando para orar por ella, y le preguntó su intención de oración, ella le pidió que orara para que Dios la ayudara a mostrar a los médicos que Cristo estaba vivo en su vida. Ella quería que los médicos sintieran la gracia de Dios. Su preocupación no era por su propia salud y comodidad. Su verdadera pasión era el amor de Dios.

Cuando Santa María Magdalena lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los secó con su cabello, Él dijo: Siempre habrá pobres entre ustedes, pero no siempre me tendrán a mí. Las palabras de Cristo se hacían eco de las palabras de Deuteronomio (15:10, 11): Sin falta le darás, y no sea tu corazón maligno cuando le dieres; que por ello te bendecirá el Señor tu Dios en todos tus hechos, y en todo lo que pusiereis mano. Porque nunca faltarán pobres en tu tierra; por eso te ordeno: Con liberalidad abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre en tu tierra. La misericordia y la generosidad son una forma de vida, no un proyecto. No ayudamos a los necesitados porque pensamos que terminaremos con la pobreza, sino porque esa es la clase de personas que Dios nos llama a ser. Compartimos por ser quienes somos.

Las formas mundanas de amor son realmente vínculos emocionales y sus limitaciones pronto se hacen evidentes:

Un joven recibió este mensaje de su ex-novia: Querido Juan: no tengo palabras para expresar la desdicha que he sentido desde que rompimos nuestro compromiso. Por favor dime que volverás. Nadie podría ocupar el vacío que dejaste en mi corazón, así que, por favor, perdóname. De verdad te amo.

Siempre tuya, Beatriz.

P.D. Y felicidades por ganar el Primer Premio de la Lotería Nacional.

 

Cuántos amores falsos

frente a uno verdadero (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

 

  1. La caridad, en la práctica. En nuestro Examen Ascético, después de revisar nuestras faltas contra la caridad, declaramos si hemos aprovechado todas las oportunidades disponibles para transmitir el Evangelio y viceversa, si hemos convertido cada momento en una ocasión para testimoniar la presencia de la Santísima Trinidad. Este es el Voto Apostólico que, junto con el Voto de la Cátedra, representa para un misionero idente la forma más exquisita posible de practicar la caridad. Como dice la Primera Lectura, el Espíritu Santo hará fructíferos nuestros esfuerzos cuándo y cómo lo desee: El Dios de tus padres te dará una tierra en la que mana leche y miel.

En medio de los afanes cotidianos, ¿cuántas veces olvidamos el propósito de nuestra misión, que es, en última instancia, llevar a otros a Cristo, invitándolos a una vida de santidad? No debemos olvidar que, permitir que otros hagan el bien, es preparar sus corazones para recibir la gracia de la conversión:

San Martín de Tours era un soldado romano que buscaba la verdadera fe. Un día de invierno se encontró con un hombre sin ropa, pidiendo limosna. Se compadeció de él, cortó su manto en dos y le dio la mitad al desconocido. Esa misma noche soñó con la aparición de Cristo, que vestía una capa rasgada. Cuando uno de los ángeles le preguntó: Maestro, ¿por qué llevas esa capa destrozada? Jesús respondió: Mi siervo Martín me la dio. Después de esta visión, Martin se bautizó de inmediato.

No existe una santidad auténtica fuera de la misión de cuidar el bien espiritual y material de los demás. Santa Teresa de Ávila dice que la forma más segura de saber que amamos a Dios es cuando amamos a nuestro prójimo: No podemos estar seguros de estar amando a Dios, aunque podemos tener buenas razones para creer que lo hacemos, pero podemos saber bastante bien si estamos amando a nuestro prójimo.

 

Muchos entienden el amor

como forma de alquilar al prójimo (Fernando Rielo, Transfiguraciones).

 

 

 

 

Consejos para aprovechar al máximo la Santa Misa

  1. El Rito de Conclusión. Para completar la oración del Pueblo de Dios, y también para concluir todo el Rito de la Comunión, el Sacerdote pronuncia la Oración después de la Comunión, en la que suplica por los frutos del misterio que se acaba de celebrar.

El Rito de Conclusión consta de los siguientes elementos:

  1. a) anuncios breves, en caso de ser necesarios;
  2. b) saludo y la bendición del sacerdote,
  3. c) despedida de la comunidad por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno vuelva a sus quehaceres, alabando y bendiciendo a Dios,
  4. d) beso del altar por el sacerdote y el diácono, seguido de una profunda reverencia al altar por el sacerdote, el diácono y los otros ministros.

Pueden ir en paz,

o las demás formas posibles de despedida, no tienen la intención de conservar la paz de Cristo en nuestros corazones para beneficio personal. Más bien, habiendo participado en toda la misa, debemos recoger lo que hemos recibido en palabra y sacramento y llevarlo al mundo para que la paz de Cristo pueda llegar a todos en abundancia. Esto se expresa muy claramente en la Oración después de la Comunión de uno de los domingos en el Tiempo Ordinario que dice:

Señor, lleva a la perfección en de nosotros la comunión que hemos compartido en este sacramento.

Que nuestra celebración tenga efecto en nuestras vidas.

Como la presencia real de Cristo en el Pan consagrado no termina con la Misa, la Eucaristía se guarda en el sagrario para que la Comunión sea llevada a los enfermos y para la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento. La adoración eucarística fuera de la misa, sea de manera privada o comunitaria, nos ayuda de hecho a permanecer en Cristo.

Por lo tanto, los frutos de la misa están destinados a madurar en la vida cotidiana. En verdad, al reforzar nuestra unión con Cristo, la Eucaristía actualiza la gracia que el Espíritu nos dio en el Bautismo y en la Confirmación para que nuestro testimonio cristiano sea creíble.

Finalmente, el participar en la Eucaristía nos guía en nuestras relaciones con los demás, especialmente con los pobres, llevándonos a pasar de la carne de Cristo a la carne de los hermanos, en quienes Él espera ser reconocido, servido, honrado y amado por nosotros.

Como llevamos el tesoro de la unión con Cristo en vasijas de barro, tenemos necesidad constante de volver al altar santo, hasta que disfrutemos plenamente en el Paraíso de la beatitud del banquete de bodas del Cordero.

 

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