Evangelio a mano

Imaginar…más allá de los sentidos | Evangelio del 9 de agosto

de 5 de agosto de 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 14,22-33:
Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

Imaginar…más allá de los sentidos

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 09 de Agosto, 2026 | XIX Domingo del Tiempo Ordinario

1Re 19: 9a.11-13a; Rom 9: 1-5; Mt 14: 22-33

En verdad, somos frecuentemente víctimas de nuestra imaginación.

En la época que ambos concluimos nuestro servicio militar, un amigo, especialmente sereno y equilibrado, me contaba cómo le correspondió estar de guardia en un puesto avanzado de la montaña. Se desató una tormenta nocturna, con fuerte viento y abundancia de rayos. En un cierto momento, escuchó un ruido a unos 30 metros y comenzó a dar la voz de advertencia, creyendo que alguien intentaba atravesar la verja de protección, pero el ruido continuó y siguió gritando hasta que, alarmado, decidió disparar su fusil ametrallador, vaciando todo el cargador. Llegaron sus compañeros y el oficial de guardia y comprobaron que era un árbol de tamaño considerable, derribado por el viento, que había caído sobre el cercado, rompiendo varios postes de madera y produciendo con sus ramas sonidos que parecían pasos apresurados.

En la Primera Lectura de hoy, el aterrorizado Elías creía que Dios llegaba en el viento impetuoso, en el terremoto o en el fuego, pero fue obediente, salió fuera de la cueva y así fue capaz de recibir luz y fuerza para una misión increíblemente difícil. Con aquella brisa suave que era la voz divina, Elías comprendió que no era Dios quien le había impulsado a degollar los profetas de Baal (1 Re 18: 40-41), sino la imagen falsa que había construido de Él.

En el texto evangélico de hoy vemos también que los discípulos, en medio de su confusión, toman a Cristo por un fantasma. La noche y la seria amenaza de las olas no les permite pensar ni mirar bien. También ellos son víctimas de una imaginación alterada por el miedo y la impotencia. Lo mismo les ocurrió en la Pascua, cuando, llenos de miedo, creyeron ver “un espíritu” (Lc 24: 37).

Pero esto no sólo sucede en situaciones de crisis o de dificultad agobiante.

Con frecuencia, cuando no vemos los resultados que esperábamos, por ejemplo tras un esfuerzo generoso, caemos en una espiral de presentimientos o predicciones negativas, porque somos víctimas de nuestro instinto de felicidad, que nos pide pruebas, resultados inmediatos, frutos visibles.

En otras ocasiones, imaginamos conocer perfectamente las intenciones de los demás o -como le pasó a Pedro- creemos que podemos caminar sobre las aguas sin mirar a Cristo, y aunque sea un segundo, nos sentimos lo suficientemente fuertes… y nos hundimos.

Esto me recuerda a una historia de las que cuentan en las tradiciones budistas.

Un joven discípulo caminaba con su maestro por un sendero de montaña.

Al llegar a un desfiladero, el joven se detuvo.

Maestro, no podemos continuar. El puente está roto.

El maestro miró hacia el otro lado.

—¿Qué puente?

—¡Ese! —respondió el joven, señalando el vacío—. Ayer vi que había un puente de madera aquí. Ahora se lo ha llevado la tormenta.

El maestro permaneció en silencio.

El joven comenzó a imaginar las consecuencias.

Tendremos que regresar. Quizá tardemos dos días más. Tal vez nos sorprenda la noche. Y si no encontramos otro camino, podríamos quedar atrapados en la montaña.

Mientras hablaba, su miedo crecía.

Entonces el maestro señaló el suelo.

Mira.

El joven bajó la mirada. A sus pies había unas tablas viejas.

Son restos del puente —dijo el joven.

No —respondió el maestro—. Son tablas que encontraste en el camino.

El joven frunció el ceño.

—¿Y qué importa?

El maestro sonrió.

Que hace unos minutos viste un puente que ya no existe, y ahora estás viendo las tablas como prueba de que existió. Has construido una historia y luego has empezado a vivir dentro de ella.

El joven miró nuevamente el desfiladero. Esta vez vio solamente lo que había delante de sus ojos: rocas, árboles, viento y un sendero que continuaba por la ladera.

—Entonces, ¿qué hacemos?

El maestro señaló un pequeño camino que descendía por la montaña.

Primero dejamos de cruzar puentes que solo existen en nuestra imaginación.

Y comenzaron a caminar.

______________

En realidad, necesitamos siempre un maestro para dar un paso, tanto en las situaciones difíciles como en las que nos sentimos seguros. Dado que nuestra oración no es continua, tenemos el consuelo de que Jesús extiende su mano cuando pensamos que se acaban nuestras fuerzas… o que son suficientes.

Por eso, Pablo comienza hoy con un juramento solemne, solemnizado por el Espíritu Santo, para demostrar que su tristeza no es exagerada. Llega a decir que desearía ser “anatema” (maldito, separado de Cristo) si con eso lograra la salvación de sus hermanos de sangre. Esto refleja el nivel más alto de amor sacrificial y empatía misionera. Su dolor nace de que su pueblo ha recibido muchos privilegios: la filiación divina, las Alianzas con Abraham, Moisés y David, la Ley y los Patriarcas… pero ahora parecen estar a punto de rechazar lo más importante: la persona de Cristo, la oportunidad de tener un trato personal con quien es el que descubrieron los desesperados discípulos en la barca: Realmente eres Hijo de Dios. Algo semejante sucedió a Moisés cuando intercedía por los israelitas: Ahora perdona su pecado; pero, si no vas a perdonarlos, bórrame del libro que has escrito (Éx 32: 32). Pero ese es el dolor del amor auténtico, que inevitablemente aparece cuando vemos a la persona amada sufrir, equivocarse o -peor aún- negarse a abrazar la verdad.

Decir que Cristo es el Hijo de Dios significa que nuestra vida espiritual no se rige por el esfuerzo humano por alcanzar lo absoluto, sino por la plena aceptación de una relación íntima, filial y transformadora con el Creador.

Esta verdad tiene al menos cuatro implicaciones prácticas y profundas para la experiencia espiritual diaria:

1. La revelación del verdadero rostro de Dios.

Antes de Cristo, a Dios se le percibía principalmente como un Soberano, Creador o Juez distante. Al definir a Jesús como “Hijo”, la espiritualidad descubre que la naturaleza íntima de Dios es la paternidad.

En consecuencia, orar ya no significa dirigirse a una fuerza abstracta, sino a un Padre (Abbá). El miedo al juicio se sustituye por la confianza total en el amor providencial. Mientras los discípulos luchan con la tormenta, sólo aparentemente Cristo está lejano, pero desde la montaña permanece atento y actúa “de madrugada”, cuando juzga oportuno “amainar el viento”.

2. Descubrir nuestra naturaleza de hijos, es decir, nuestra identidad espiritual.

Jesús es el Hijo por naturaleza, pero a través de la fe y el bautismo nos incorporamos a Él, convirtiéndonos en verdaderos hijos místicos (Gálatas 4: 4-7), no solo “criaturas”. Somos herederos de una misión que Cristo vivió plenamente y es apropiado decir, como nos recordaba nuestro Fundador, Fernando Rielo, que somos los pies de Cristo, capaces de llevarle hasta donde Él no llegó durante su breve paso por este mundo.

En el texto evangélico de hoy, el Maestro envía a los discípulos “a la otra orilla”, indicando así que nuestra misión personal y comunitaria es siempre nueva. En este caso, el destino era Genesaret, donde esperaban multitud de enfermos que eran sanados sólo tocando el borde del manto del Maestro.

Esto es una invitación a que tú y yo seamos ese borde del manto, la parte más humilde y baja, la que roza el suelo, pero con su servicio humilde, lleva a la persona de Cristo. También podemos comprender que animar a una persona a dar un pequeño paso en su generosidad, como por ejemplo una sencilla tarea de voluntariado, es suficiente par poder emprender un camino a la caridad más pura, a la unión con Cristo en toda su plenitud.

De este modo, desaparece la mentalidad del «esclavo» o del «mercenario» que tiene que obedecer para ganarse la salvación. La vida espiritual se convierte en la expresión de una identidad recibida: somos amados independientemente de nuestros logros o de nuestros fracasos.

3. Un modelo accesible de confianza y obediencia, lo que llamamos el Espíritu Evangélico.

Jesús, como Hijo, vivió una vida de total sumisión amorosa al Padre, visible sobre todo en los momentos de sufrimiento, como en Getsemaní o durante toda su Pasión.

El impacto espiritual es que en los momentos de oscuridad, de prueba o de silencio de Dios, mirar al Hijo me enseña a entregarme con confianza. La fe se convierte en imitar la actitud filial de Jesús: Hágase tu voluntad, no la mía. La petición de Pedro -caminar sobre las aguas- cobra sentido si la entendemos como su ofrecimiento renovado a seguir a Jesús en su lucha con el mal y el espanto, representados en el mar para las culturas de la época.

4. El acceso directo a la herencia divina.

En la cultura antigua, el hijo primogénito heredaba todo lo que pertenecía al padre. Como Cristo es el Hijo, su resurrección, su paz, su misión, su victoria sobre la muerte y su Espíritu Santo se convierten en nuestra herencia espiritual.

Así, la vida espiritual deja de ser una búsqueda de bienes temporales o sensaciones y se convierte en la experiencia, ya aquí en la tierra, de la vida eterna y de la alegría inextinguible que pertenecen a Dios. Esa alegría nace de la convicción de que servir al prójimo produce un fruto seguro, indestructible, aunque muchas veces nuestra impaciencia quisiera tocarlo ahora mismo, pretendiendo cambiar incluso los planes de Dios.

Pero nuestra imaginación tiene una importancia y una utilidad asombrosas en todos los ámbitos de la vida, como por ejemplo dar forma a lo que pone en el corazón esa voz, esa brisa suave que sentimos como Elías. No es magia, no es simple fantasía…es el nivel más hermoso, creativo y espiritual de los sueños.

_____________________________

En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente