
Evangelio según San Mateo 15,21-28:
En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella los alcanzó y se postró ante Él, y le pidió de rodillas: «Señor, socórreme». Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.
La voluntad de Dios, escrita en mi prójimo
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 16 de Agosto, 2026 | XX Domingo del Tiempo Ordinario
Isa 56:1.6-7; Rom 11:13-15.29-32; Mt 15:21-28
Antes de hablar de la protagonista del encuentro con Jesús en el texto evangélico de hoy, podemos preguntarnos por qué Cristo emprendió ese viaje tan largo desde Jerusalén a Tiro y Sidón, tierra pagana, de gentiles que además -como los egipcios o los babilonios- eran enemigos históricos de Israel.
Se disponía a dar ejemplo, personalmente, de cómo debemos invitar a todo tipo de personas a disfrutar del reino de los cielos, a experimentar el gozo de servir, como esa mujer que no dudó en exponer su fama a las críticas de los discípulos: ¡Una mujer gentil, por tanto pecadora, acercándose a un Maestro judío! Y el Evangelio no recoge los comentarios de sus paisanos cananeos, que no serían menos crueles…
Ya antes, al inicio de su vida apostólica, Jesús se había dirigido a una mujer samaritana (Jn 4), sorprendiendo a sus discípulos al romper de ese modo todas las barreras culturales y religiosas.
Los judíos llamaban “perros” a los gentiles, usando una palabra despectiva pero Jesús utiliza la palabra “perritos” (kynarion) al conversar con la cananea. Es en realidad un acto de delicadeza, pues así no la equiparaba a los perros vagabundos, sucios y abandonados, sino a las mascotas que vivían con sus amos y se acercaban a la mesa a saborear algunos restos de comida.
La mujer, atribulada por la enfermedad de su hija, aprovechó inteligentemente la argumentación de Jesús, sabiendo que cualquier cosa recibida de Él -incluso una migaja– sería decisivo para su hija. No le importó escuchar de labios del Maestro: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, porque, desde luego, Jesús no iba a encontrar ninguna de esas ovejas en tierras de Tiro y Sidón, de manera que su intuición y sensibilidad femeninas le dijeron que algo especial y diferente iba a suceder. Entonces, se abrazó a la fe, que no consiste en conocer y creer una serie de verdades, sino en ponerse en manos de quien da muestras de ser la Verdad.
A diferencia de sus seguidores, a quienes llama hombres de poca fe, Cristo sabe que los Reyes Magos, el centurión que se le acercó y esa mujer cananea tienen una “fe grande”, han acogido el toque del Espíritu Santo que, sin duda, está dispuesto a llevarlos por un camino nuevo y fértil; como luego diría Santiago:
Tú crees que Dios es uno. Haces bien; también los demonios creen, y tiemblan. Pero, ¿estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril? (Sant 2: 19-20).
La fe nos lleva a abrazar cualquier migaja, si estamos seguro que viene de Cristo. Esas pequeñas migas pueden ser la oportunidad de hacer un bien, un servicio cualquiera, que no hemos de despreciar, pues se cumple esa sentencia de Jesús: El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho (Lc 16:10).
De hecho, en ocasiones la Providencia decide utilizarnos como instrumentos insospechados para el bien del prójimo. Es lo que San Pablo ve hoy en la comunidad de los antiguos paganos romanos que abrazaron la fe:
Ustedes, en otro tiempo, eran rebeldes a Dios; pero ahora, al rebelarse ellos, ustedes han obtenido misericordia. Así también ellos, que ahora son rebeldes, con ocasión de la misericordia obtenida por ustedes, alcanzarán misericordia.
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Mirando la narración del Evangelio de hoy, se podría objetar a todo lo antedicho que la mujer cananea o la samaritana tuvieron una importante “ventaja”, es decir, un encuentro cara a cara con Cristo, después de lo cual, una vio curada su hija al instante y la otra se convirtió también inmediatamente en apóstol. Pero sin embargo, algunos de nosotros tenemos la experiencia de haber luchado con toda el alma y haber suplicado a Dios que acabe el sufrimiento de una persona querida, incluso padecer en su lugar, si fuera posible y… nada parece suceder.
No estamos hablando de aridez intelectual o de apatía, sino de una profunda contrariedad, al pensar que estamos intentando honestamente imitar a Cristo, ofreciendo la vida por alguien y … nada parece suceder.
La explicación más valiosa no es ningún razonamiento teológico, sino la realidad de que el propio Cristo tuvo esa experiencia. Por eso, en el huerto de Getsemaní, Jesús oró con angustia para que se aliviara su sufrimiento por los pecados de los demás: Si es posible, pase de mí este cáliz y asimismo, en la cruz: Gritó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y, lo más importante: el dolor de Jesús no queda sin fruto, produciendo nada menos que nuestra salvación del pecado y la oportunidad de unirnos a Él desde ahora.
Nuestra perspectiva no es eterna; sabemos que Dios ve el mapa completo de la vida, mientras el ser humano solo ve el momento presente. Un reflejo histórico y espiritual profundo de lo que acabamos de describir es la persistencia de Santa Mónica en la oración en medio de un silencio divino que duró décadas.
Ella experimentó en carne propia la angustia de suplicar con toda el alma por un ser querido -su hijo, Agustín de Hipona- mientras, durante casi 30 años, nada parecía suceder, e incluso la situación empeoraba.
Mónica no vio un milagro inmediato como la mujer cananea. Su hijo se alejaba cada vez más de la fe, se entregaba a excesos y abrazaba filosofías contrarias a lo que ella le enseñaba. El propio San Agustín escribió en sus Confesiones que su madre derramaba más lágrimas por su muerte espiritual que las que derrama una madre natural sobre el cadáver de su hijo.
Desesperada, Mónica acudió a un obispo para que intercediera. Este, al ver su insistencia y su llanto, le dijo una frase que se convirtió en una inspiración clave para los que sufren por otros: Vete en paz, que es imposible se pierda el hijo de tantas lágrimas. El propio Agustín compara a Dios con un cirujano. Decía que el paciente grita para que detenga el dolor del bisturí, pero el médico ignora el ruego momentáneo para lograr la curación definitiva.
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¿Cambia Cristo con la valiente insistencia de la mujer cananea? En realidad, las Personas Divinas no pueden cambiar su esencia pero, como auténticas Personas, en particular, Cristo como verdadero hombre, experimentaba sorpresas, aprendizaje y conmoción auténticas.
El Evangelio señala que Jesús crecía en sabiduría y en estatura (Lc 2: 52). Evidentemente, no era un espectador impasible; permitía que el dolor, la fe y la audacia de los demás modificaran su agenda y sus emociones. Así lo demuestran el encuentro con la mujer cananea, su asombro ante la fe del centurión romano (Mt 8) y su llanto al contagiarse del dolor de Marta y María en la muerte de Lázaro.
Desde nuestra perspectiva, podemos decir que nuestra oración no cambia a Dios, no modifica sus planes, sino más bien que reconocer nuestra propia necesidad y pequeñez ante Dios abre la puerta a un verdadero éxtasis, a una salida de nosotros mismos que se manifiesta en un cambio profundo, sobre todo en nuestra forma de amar. Es la manera como el Espíritu Santo educa nuestra sensibilidad espiritual.
El encuentro con la mujer cananea nos debería hacer pensar en la manera de vivir nuestro encuentro con cualquier persona. Recuerdo decir a nuestro Fundador, Fernando Rielo, que cada vez que tenemos un encuentro con alguien, ya no somos la misma persona. Esto va más allá de los efectos en nuestra alma (contagio emocional, estimulación mental, empatía, miedo, compasión…); lo explica de manera sencilla en su libro Transfiguraciones, diciendo: Dios está más en el corazón del prójimo que en el tuyo.
Una forma de comprenderlo puede ser recordar la vida de San Maximiliano Kolbe (1894-1941), cuya fiesta hemos celebrado el pasado día 14. Maximiliano vivió una vida ejemplar, entregada a la misión, pero cuando estaba en el campo de concentración, se conmovió ante la angustia de Franciszek Gajowniczek, un prisionero condenado a morir y consiguió sustituirle para que sus hijos no quedasen huérfanos.
El dolor, la aspiración las limitaciones y los sueños de mi prójimo son un verdadero mensaje de Cristo que siempre me invita a dar un paso más. Reconozcamos que frecuentemente nuestra actitud es más bien la de los discípulos: alejarnos de la persona que vemos como una molestia, que se acerca inoportunamente, “gritando” como la cananea, o tratando de imponer sus criterios y su forma de hacer las cosas.
No se nos ocurre pensar, como recordábamos el domingo pasado, que estamos llamados a ser los pies de Cristo, llevando su presencia a quien no la esperaba ni podía creer en ella.
Ya Santa Teresa de Ávila afirmaba en su famosa oración: Cristo no tiene cuerpo ahora sino el tuyo; no tiene manos sino las tuyas; no tiene pies sino los tuyos. El silencio de Dios a menudo se rompe cuando nos convertimos en su respuesta para los demás.
Para ayudar a la memoria, me gustaría ilustrarlo con una anécdota que se hizo celebre en la posguerra, cuando Europa se vio sumida en una crisis extrema de orfandad y desabastecimiento. Se trata del relato "Los zapatos de Jesús".
Un invierno helado, un niño de unos diez años permanecía descalzo frente a la vitrina de una tienda de ropa. Estaba de pie sobre el cemento congelado, temblando violentamente a través de sus ropas desgastadas, con los ojos fijos en unos zapatos de cuero grueso.
Una mujer que pasaba por la calle notó la escena. Al ver los pies descalzos y amoratados del pequeño, sintió una punzada en el corazón. Se acercó a él, le puso la mano en el hombro y le preguntó:
—¿Qué miras con tanto interés, pequeño?
El niño, sin apartar la mirada del cristal, respondió con voz trémula:
—Le estaba pidiendo a Dios que me diera un par de esos zapatos.
La mujer sonrió con ternura, lo tomó de la mano y lo introdujo en la tienda. Pidió al dependiente media docena de pares de calcetines gruesos y un recipiente con agua tibia y toallas. Llevó al niño a la parte trasera, se arrodilló ante él y comenzó a lavarle los pies congelados.
El agua tibia devolvió el color a la piel del niño. La mujer secó sus pies con suavidad, le puso un par de calcetines nuevos y luego le probó los zapatos de cuero que el niño tanto anhelaba. Le quedaban perfectos. Compró el resto de los calcetines, se los entregó en una bolsa y, acariciándole la cabeza, le dijo:
—Espero que ahora estés más cómodo.
Cuando la mujer se dio la vuelta para marcharse, el niño, estupefacto y con los ojos llenos de lágrimas, la tomó de la manga del abrigo. Mirándola con total asombro, le hizo una pregunta inocente que conmovió su alma:
—Señora… ¿es usted la esposa de Dios?
La mujer se agachó para quedar a su altura, le sonrió y le respondió al oído:
—No, pequeño. No soy su esposa. Solo soy una de sus hijas que intenta prestarle sus pies para que Él pueda caminar por este mundo.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











