Evangelio a mano

Corregirme, corregir, cuidarnos | Evangelio del 6 de septiembre

de 2 de septiembre de 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 18,15-20:
En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

»Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Corregirme, corregir, cuidarnos

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 06 de Septiembre, 2026 | XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ez 33: 7-9; Rom 13: 8-10; Mt 18: 15-20

Aunque es evidente que Jesús nos quiere instruir hoy sobre cómo actuar ante un conflicto, particularmente a quien siente haber recibido una ofensa, Él termina dando la clave para tratar cualquier conflicto que surja en la Iglesia, en la familia, en cualquier comunidad.

Normalmente se aconseja que todos han de escucharse, buscar una mayor comunicación, pasar “tiempo de calidad” juntos y tener mucha paciencia ¿Quién podría negar que todo esto es positivo? Pero lo nuevo, la aportación esencial de Cristo se dirige a algo todavía más importante que nuestra frágil paciencia, aunque seamos capaces de perdonar 70 х 7 veces: la promesa de que, si estamos reunidos en su nombre, Él permanece en medio de nosotros.

¿Creemos que esto es cierto? ¿Lo hemos experimentado?

El decir que está “ medio de nosotros” es diferente a afirmar que está en tu corazón o en el mío. De ese modo, es capaz de conservar nuestra unidad, a pesar de los malentendidos y las discrepancias que surgen sin remedio. En los momentos de tensión, de relaciones difíciles, deja en cada uno de los protagonistas un sentimiento que no podemos negar (aunque somos capaces de rechazarlo con furor y cólera). Es como si nos dijera:

¿Te das cuenta que, dentro de poco, ni esta persona ni tú estarán en este mundo?

¿Comprendes que ni su juicio ni el tuyo llevan a la solución completa del asunto en discusión?

¿Recuerdas que él y tú están llamados a compartir una eternidad y que los planes de mi Padre no se pueden desbaratar con vuestras razones, preferencias o pasiones?

Así, como un humilde cirio, en medio de la mesa, arroja la misma luz sobre dos personas que se sienten distantes y heridas, dándonos la posibilidad de no sólo calmar nuestra irritación, sino de seguir caminando y trabajando juntos. Él es quien hace posible el perdón, al auténtico perdón que nos desvela cómo no alejarnos del prójimo en las situaciones que nos desbordan.

No nos da razones, pero pone en nosotros un sentimiento que supera todas nuestras seguridades y nuestros miedos. Como dice Fernando Rielo en Transfiguración:

Siempre que dudes… que sea tu corazón quien mande.

No podemos ser ingenuos y hemos de aceptar que nos sucede lo que San Agustín describía de forma irónica y certera: Nosotros, hombres, somos como vasos de terracota, que apenas chocan entre sí se estropean.

Seguramente, el aceptar que los conflictos no dejarán de surgir en las comunidades, en las familias, en la Iglesia y en el mundo, es la primera medida inteligente que nos libra de la desesperación y nos permite acudir -sobre todo- a Jesús.

En ocasiones, una persona se siente profundamente impotente para corregir, instruir y llevar al buen camino a su cónyuge, a sus hijos o sus hermanos. Y eso puede conducir a una auténtica desesperación.

Hace un tiempo, una mujer inteligente, equilibrada y amable, que atravesaba momentos especialmente difíciles, me decía: Lo único que he aprendido, en las relaciones con mi familia, es que todos los hombres son prepotentes e insensibles y todas las mujeres manipuladoras y envidiosas. Me impresionó tanto que me acuerdo literalmente de sus palabras; pero juntos meditamos la advertencia de Cristo, que nos pone en guardia para no condenar, dejando claro que compartimos todos la flaqueza, la debilidad la confusión: ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? (Mt 7: 3).Gracias a su fe sincera, pudo ir superando esta imagen pesimista y agresiva de su prójimo.

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El texto evangélico de hoy no sólo se refiere a una ofensa personal, sino a un “pecado” del prójimo, algo que todos consideran y es visiblemente una falta, un error. El corregir a una persona es un asunto tan delicado, que Jesús nos da muchos detalles sobre cómo hacerlo.

En primer lugar, protegiendo en lo posible la fama de quien ha obrado mal: Repréndelo a solas entre los dos. De ese modo ,la persona no verá dañada su fama, sino que tendrá la oportunidad de tomar la iniciativa y pedir perdón y reconocer abiertamente su mala acción.

Desgraciadamente, sabemos que nos siempre ocurre así y Cristo nos enseña el segundo paso, “llamar a uno o dos” y hacerle comprender su error. Viendo que son varias las personas que han sido sorprendidas o disgustadas por mi conducta, es más fácil que no piense mal sobre la persona que desea corregirme, al ver los efectos de mis acciones inapropiadas en varias personas.

El paso final, de carácter más formal y jurídico, es que “la comunidad” oiga al que ha cometido algo equivocado. Ante la posible tozudez de la persona, Cristo propone tratarlo como “un gentil o un publicano”. Si esto puede parecer una forma de exclusión, recordemos cómo el Maestro trata a gentiles, publicanos, fariseos y pecadores públicos: se trata de almas amadas por Dios y esperadas por Él en su redil.

Un ejemplo literario excepcional donde se demuestra que el amor tiene necesariamente un contenido de responsabilidad se encuentra en El principito (1943) de Antoine de Saint-Exupéry, concretamente en la famosa e inolvidable metáfora de la rosa y el zorro.

Al principio de la obra, el amor del Principito por su rosa es inmaduro. Ella es orgullosa, caprichosa y exigente, lo que satura al protagonista y lo lleva a abandonar su asteroide. Sin embargo, el verdadero aprendizaje sobre la naturaleza del amor ocurre cuando el Principito llega a la Tierra y se encuentra con el zorro.

El zorro le pide al Principito que lo “domestique”. En el idioma del libro, domesticar significa crear vínculos. El zorro le explica que, antes de conocerse, ambos son indiferentes el uno para el otro (uno es un niño común y el otro es un zorro igual a cien mil zorros). Pero al crear un lazo, se vuelven únicos en el mundo el uno para el otro.

Cuando el Principito ve un jardín con cinco mil rosas idénticas a la suya, se siente profundamente triste porque pensaba que su rosa era la única en el universo. El zorro lo hace recapacitar con una verdad fundamental: Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante.

El amor crece con el cuidado cotidiano, el esfuerzo y el tiempo dedicado a la otra persona. La máxima es entonces: Eres responsable de lo que has domesticado, de la persona que has amado… poco o mucho.

El clímax de esta enseñanza llega cuando el zorro le regala su gran secreto antes de despedirse: Los hombres han olvidado esta verdad. Pero tú no debes olvidarla. Te haces responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

En este punto de la novela, el principito comprende que el amor no es solo un sentimiento pasivo o una emoción agradable. El amor es un compromiso ético. Aunque su rosa sea físicamente igual a las cinco mil del jardín, el principito es responsable de ella porque la protegió del viento con un biombo, la cubrió con una campana de cristal. mató las orugas por ella, escuchó sus quejas y sus silencios.

El Principito decide regresar a su planeta no porque extrañe el aroma de la rosa, sino porque entiende que ella lo necesita y él ha asumido el deber de cuidarla. El amor maduro se despoja del egoísmo y se transforma en el acto consciente de proteger la vulnerabilidad del ser amado. No lo podemos abandonar; si lo hacemos, el dolor suyo y nuestro puede disimularse, pero no curarse.

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No perdamos de vista que las res Lecturas de hoy van unidas en cuanto a que significan formas de cuidar la persona amada:

Ezequiel nos recuerda que somos centinelas, vigilando desde la atalaya, en lo alto de la muralla, para que nuestro hermano no sea víctima del enemigo; aunque el lenguaje nos puede resultar extraño, pues es típico del Antiguo Testamento, el mensaje es claro: no debo guardar silencio, no puedo ser indiferente ante un hermano que se extravía, de forma leve o grave. Es nuestra primera forma de responsabilidad.

San Pablo nos habla de la segunda dimensión de este cuidado: no hacer daño al prójimo y para ello recuerda los antiguos mandamientos y la síntesis que hace Cristo de ellos (Mt 22: 36-40), afirmando que han de ser “semejantes” nuestro amor a Dios y nuestro amor al prójimo.

El texto del Evangelio de hoy se refiera a un cuidado de “emergencia”, de “primeros auxilios”, pues Jesús relaciona lo que podamos atar o desatar en la tierra con lo que será atado o desatado en el cielo. Esa es la razón de ser de la corrección fraterna; ni más ni menos que salvar al hermano, como dice el propio Cristo. Es una manera de afirmar que nuestras torpes acciones tienen consecuencias eternas, determinando cómo será nuestra morada celeste.

Pero, antes que nada, difícilmente podré corregir a otro si dentro de mí, sincera y completamente, yo mismo no acepto la corrección y la interpreto mecánicamente como un ataque, una falta de comprensión, un acto errado de quien es de alguna forma mi superior o mi guía.

Seguramente, nuestra experiencia más clara de ser “cuidados” por las Personas divinas es el crecimiento de la fe, la esperanza y la caridad que manifestamos cada semana en nuestro Examen de Perfección: los dones de sabiduría, de fortaleza y de piedad, con todos los demás, son muestras de ese cuidado, que no se dirige a eliminar las dificultades, sino a prepararnos para transformarlas en ocasión de cambio, en instrumentos para nuestra verdadera participación en el reino de los cielos.

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Una nota final, de interés para quienes no les interesa o desconfían de la persona de Cristo: la psicología moderna confirma plenamente la eficacia del proceso de resolución de conflictos que Jesús propone hoy en Mateo 18:15-20.

Este pasaje establece un protocolo de comunicación asertiva, escalonada y privada que coincide con las mejores prácticas actuales en mediación, terapia familiar y psicología organizacional.

La psicología de hoy respalda el camino que hoy presenta el Evangelio para evitar la escalada del conflicto y proteger la salud mental de las partes:

* Privacidad y confrontación directa (Mt 18:15): Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo a solas…. Así se evita la triangulación (hablar mal de alguien con un tercero), la cual genera chismes y paranoia. Abordar el problema a solas reduce la actitud defensiva de la otra persona, ya que no se siente humillada públicamente, y fomenta la asertividad.

* Mediación de testigos (Mt 18:16): Si no te escucha, toma contigo a uno o dos más…. Cuando el diálogo bilateral falla, la psicología de conflictos recomienda la mediación formal. La presencia de observadores neutrales ayuda a regular las emociones, evita que la conversación se desvíe y valida los hechos de forma objetiva sin caer en la confrontación destructiva.

* Crear límites saludables y distancia (Mt 18:17): Si se niega a escucharlos… tenlo por pagano o publicano. Al contrario de la creencia popular de que hay que aguantar todo, la psicología clínica enfatiza la necesidad de establecer límites firmes y, si es necesario, aplicar una forma de distanciamiento de personas que se niegan a asumir la responsabilidad de sus actos (perfiles narcisistas o altamente hostiles). No significa abandonar a quien se equivoca o se rebela, sino tratarlo con respeto humano (como Jesús trataba a los publicanos), esperando poder atraerlos en el futuro al círculo más íntimo de confianza.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente