Evangelio a mano

Pan y pescado…¿o un estofado de carne? | Evangelio del 2 de agosto

de 29 de julio de 2026julio 30th, 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 14,13-21:
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.

Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que, vayan a las aldeas y se compren de comer». Jesús les replicó: «No hace falta qué vayan, dadles vosotros de comer». Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Les dijo: «Traédmelos».

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Pan y pescado…¿o un estofado de carne?

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 02 de Agosto, 2026 | XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Is 55: 1-3; Rom 8: 35.37-39; Mt 14: 13-21

En una ocasión, una persona que había estudiado Teología -o por lo menos presumía de eso- me preguntó por qué Cristo, en vez de multiplicar los panes y los peces, no hizo algo más “interesante”, como ofrecer a las multitudes un estofado de carne con abundantes cebollas, ajos, lentejas y comino. Por lo que decía, eso era parte del menú en las bodas o banquetes oficiales de la época. Todo bien regado con vino.

La pregunta tiene algo de humor e ironía, porque los que comieron los panes y los peces, sin duda volverían al día siguiente a luchar por conseguir su modesta y habitual dieta de pan, pescado y algunas legumbres. Pero es una observación superficial, porque no se centra en el espléndido gesto de Jesús, que prefirió hacer el milagro partiendo de lo único que sus discípulos podían entregarle en ese momento.

No hace falta insistir para comprender que hoy sigue haciendo lo mismo, contigo y conmigo. Aunque seamos torpes, con poca fe y estemos abatidos, el Maestro desea que Dios se haga visible en nuestra pequeñez.

Dios Padre no necesitó enviar ángeles para demostrar que cuidaba de aquella gente; los discípulos, sirviendo a cada uno, eran la prueba de que Yahveh los seguía acompañando en el desierto y en los despoblados. De igual modo, siendo conscientes o no, sabemos que somos luz de la tierra y sal del mundo (Mt 5: 13-16). La sal transforma silenciosamente y la luz representa el testimonio visible y activo. Pero lo que destaca en el episodio de hoy es cómo esto sucede cuando sentimos una profunda impotencia y nos dirigimos a Cristo preguntándole explícitamente que podemos hacer, compartiendo con Él lo que se nos ocurra, aunque sea algo torpe, como enviar a las personas lejos de Él, a resolver sus carencias nutritivas en un supermercado.

También esto es relevante para mi íntima relación con Dios Padre, porque vemos cómo Él multiplica lo que le entregamos, por pequeño que sea. Puedo acercarme con mi oración torpe, mi fe vacilante, mi tiempo escaso, mi vida moral lejos de ser perfecta. Lo que importa es poner todo en sus manos: mis pecados, mis anhelos, mi dolor o mi alegría: Padre, esto es todo lo que tengo hoy, pero te lo entrego. Es el primer acto de comunión; luego viene el hacerlo con mis hermanas y hermanos, con mi prójimo… según Él me inspire.

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De todas formas, el texto evangélico comienza con un dato importante: Jesús se había retirado a orar, a meditar y conseguir algo de alivio tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista. Necesitaba recuperarse de la noticia recibida, tomar un poco de aliento antes de seguir, pero una multitud le siguió y Él inmediatamente cambió sus planes: “sintió lástima por el gentío y curó a los enfermos”.

Es un ejemplo visible de lo que continuamente hacía: dejarse llevar por lo que el sufrimiento del prójimo le inspiraba. Unos versículos más adelante, dice San Mateo que, de nuevo, Jesús subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo (Mt 14: 23). Y se produce una situación parecida; los discípulos se ven en una seria dificultad, porque están en la barca y son alcanzados por un fuerte viento. Cristo no vacila y se acerca a ellos, en este caso andando sobre las aguas.

Todo esto nos debe hacer pensar si -personalmente y en comunidad- somos parte de una “Iglesia en salida”, como decía el Papa Francisco, es decir, si somos una comunidad cristiana que abandona la comodidad de lo que sabe hacer, los planes que ha elaborado, el reposo y el encierro, para ir activamente al encuentro de los necesitados y llevar el mensaje del Evangelio a las periferias geográficas y existenciales.

Cristo no se dejó dominar por la tristeza que tantas veces le invadió, ni por los desengaños que sufría con la conducta de sus seguidores. Su forma de amor activo no se alteró por nada, como menciona la Segunda Lectura de hoy: Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada.

Es un día muy propicio para preguntarme como se manifiestan en mi caso personal la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, o la espada. Si no lo hago, no conseguiré sentir la seguridad que San Pablo manifiesta hoy, a la vez que era plenamente consciente de sus limitaciones internas y externas.

Muchos de nosotros nos autoconvencemos de que “estamos al límite”, que lo damos todo, pero eso es un síntoma de que nuestra mirada se queda en el número de actividades, en las pocas horas de sueño o en el cansancio físico y mental. Todo eso, como dice San Pablo, no nos puede separar de la forma de amar de Cristo. No siempre es cuestión de hacer más actividades.

Si bien Jesús comienza hoy a curar los enfermos, movido por la propia compasión que experimenta, seguidamente multiplica los panes y los peces, seguramente impulsado por la dicha de ver cómo sus discípulos se hacían sensibles al sufrimiento y la necesidad de los demás. Esto es lo que significa la Aflicción en nuestra vida espiritual: el don de compartir el dolor que sienten las Personas Divinas por los seres humanos. De esa manera, nos vamos haciendo más y más como el Creador nos quiso: Realmente a imagen y semejanza suyas.

Un caso que recuerda esta transformación es el de Etty Hillesum (1914–1943), una joven judía holandesa cuya compasión se transfiguró. Su vida muestra cómo la compasión humana puede ensancharse hasta parecerse a la de Dios.

Al inicio de sus famosos diarios, Etty se revela como una joven brillante pero herida, con tendencia a la angustia y a la dispersión interior. Su compasión es selectiva, emocional, limitada a su círculo cercano.

En 1941, siendo prisionera en un campo de concentración, comienza un camino de interioridad y descubre en su interior una presencia que ella llama “Dios”, aunque no es religiosa en sentido tradicional. Escribe: Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y Dios está en ese pozo. Y este descubrimiento cambia su modo de mirar a los demás; su compasión deja de ser reacción emocional y se convierte en misión interior.

Empieza a ver a cada persona -judíos, soldados, enfermos, ancianos- como portadores de una dignidad inviolable. Esta compasión ya no depende de si el otro es amable, justo o inocente.

En el campo de tránsito de Westerbork, donde trabaja como asistente social, Etty consuela a los desesperados, escribe cartas para quienes ya no pueden, acompaña a los moribundos y sostiene la esperanza de otros cuando la suya flaquea. Incluso rechaza la posibilidad de esconderse o huir y quiere estar donde el sufrimiento es mayor, porque allí siente que su compasión puede ser más fecunda.

Muchos testimonios indican que su sola presencia cambiaba el ambiente del barracón, calmando tensiones, despertando esperanza y haciendo que otros se sintieran vistos y amados. Su compasión no eliminó el sufrimiento, pero transfiguró la experiencia de quienes la rodeaban.

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En el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, Cristo no busca sólo eliminar el dolor y satisfacer la necesidad de los que le rodean. Por muy urgente y agobiante que sea la situación de esa gente, sobre todo, quiere hacerles el máximo bien: acercarlos a su Padre.

Los indigentes tienen hambre, pero también los que están saciados se sienten tristes, frustrados y solos; su satisfacción dura pocos días, si no unas pocas horas, luego resurge la ansiedad y el vacío interior obliga a volver a salir en una búsqueda desesperada de otros bienes.

Nuestra misericordia se puede manifestar de forma visiblemente determinada, intrépida y esforzada, o con un gesto cotidiano y espontáneo, como el niño que entregó con sencillez a los discípulos lo poco que tenía (Jn 6: 9). Lo esencial es nuestra intención de vivirla imitando a nuestro Padre celestial. Lo que importa es la intención, el proponernos hacer todo “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, como decimos al realizar la señal de la cruz.

Es significativo que la Biblia, no habla de “ateos”, los que carecen de Dios. En cambio, menciona continuamente a los idólatras y, sobre todo, a la idolatría que afecta a todos, tanto al creyente como a quien no se define como tal. El ser humano abandonado a sí mismo, que ignora o desprecia la voz divina, la capacidad de hacer el bien según Él, se hace idólatra, es esclavo de los instintos más primarios, aunque haga algunas obras buenas.

En su libro Conformidad con la Voluntad de Dios, el Fundador de los Redentoristas, San Alfonso María de Liguori, escribe:

Un hombre tiene dos sirvientes. Uno trabaja sin descanso todo el día, pero a su antojo; el otro, posiblemente, trabaja menos, pero hace lo que se le manda. Este último, por supuesto, se ganará el favor de su amo; el otro, no. (…) Porque rebelarse es como el pecado de la brujería; y negarse a obedecer, como el delito de la idolatría. El hombre que sigue su propia voluntad independientemente de la de Dios, es culpable de una especie de idolatría. En lugar de adorar la voluntad de Dios, él, en cierto sentido, adora la suya propia.

Al disponerse a realizar el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, Cristo nos muestra su profundo deseo de hacerlo todo según el estilo, el gusto y las preferencias del Padre. Por eso, Mateo dice que Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a sus discípulos para que los repartieran.

Más que un relato, es todo un programa de vida.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente