
Evangelio según San Juan 14,1-12
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino».
Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto».
Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre».
¿Qué testimonio no puede dar Cristo y nosotros sí?
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 03 de Mayo, 2026 | V Domingo de Pascua
Hechos 6: 1-7; 1Pe 2: 4-9; Jn 14: 1-12
Una leyenda. Un joven de Israel, llamado Matanías, caminaba hacia Jerusalén en los días en que muchos discutían sobre la Ley y sobre la verdadera sabiduría. Algunos decían: La verdad está en las palabras antiguas. Otros, sin embargo, proclamaban que la verdad la poseen los nuevos maestros. Finalmente, había quien sostenía que la verdad no existe, simplemente, cada uno la construye a su medida.
Matanías escuchaba a todos, pero su corazón seguía inquieto, porque sentía la llamada del saber; no por curiosidad, sino para dar un sentido a su vida, pues sinceramente deseaba hacer el bien, ser útil a una sociedad por la cual no sabía cómo luchar y aliviar tanto sufrimiento de todo tipo.
Mientras subía por el camino que lleva desde Jericó, vio a un grupo de hombres reunidos alrededor de un joven rabí. No discutían; escuchaban con atención. Había en ellos una paz que Matanías no había visto en ningún escriba. El rabí les daba instrucciones para visitar varias poblaciones, yendo de dos en dos.
El rabí levantó los ojos y lo vio llegar. Matanías sintió que esa mirada lo atravesaba sin herirlo, como si lo conociera desde antes de nacer. Con un gesto, le invitó a sentarse entre los que escuchaban.
Maestro -se atrevió a interrumpir- he buscado la verdad en muchos lugares. ¿Dónde puedo encontrarla?
El rabí no respondió con un argumento. No citó escuelas ni tradiciones. Solo dio un paso hacia él: Matanías, la verdad no es un pensamiento que debas comprender, sino alguien que te llama por tu nombre.
Matanías sintió que su corazón ardía. Comprendió que la verdad no era algo que pudiera guardar en un libro, ni una idea que pudiera dominar. Tenía la impresión de que la presencia viva de ese Maestro, lo invitaba a caminar. Pasaron unos segundos.
Sígueme, dijo el rabí.
Y Matanías entendió que la verdad no se define, más bien se encuentra en un rostro. Sin comprender del todo, se unió al grupo que se disponía a partir con el rabí Jesús. Descubrió que la verdad no era un camino que llevaba a algún lugar, sino alguien que se hacía camino para él.
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La insaciable e intrépida curiosidad de los apóstoles Tomás y Felipe es propia de todo el que ha tenido alguna experiencia espiritual y siempre espera más, pero nada puede sustituir a un encuentro pleno, definitivo. Como leemos en al Antiguo Testamento:
Tengo sed de Dios, del Dios vivo ¿Cuándo podré presentarme ante Dios? Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me preguntan a todas horas: ¿Dónde está tu Dios? (Salmo 42: 2-3).
Le respuesta de Jesús va más allá de nuestras expectativas, pues no sólo dice que Dios Padre es visible en las obras que Él hace, sino que los discípulos realizarán obras que son aún mayores. Esta es una afirmación sorprendente, que suele interpretarse como un anuncio de la expansión de la Iglesia por todo el mundo. Ciertamente, eso sigue ocurriendo, en medio de tribulaciones y dificultades de todo tipo.
No parece que Jesús se refiera a que nosotros haremos milagros más espectaculares que resucitar muertos o sanar todo tipo de enfermos. De todos modos, más que el alcance territorial de la Iglesia, hay algo que no se vio en Cristo y sí en quienes le seguimos: un testimonio de quien es pecador, de quienes tenemos el corazón dividido y, sin embargo, por la acción del Espíritu Santo, se da el milagro de que nos podemos levantar una y otra vez, y de que seamos esos vasos frágiles, portadores de un tesoro inigualable (2Cor 4: 7).
Cristo, por no conocer el pecado, no pudo dar el testimonio del arrepentimiento. Nosotros, evidentemente sí.
Ya había anunciado Jesús que en el cielo hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente y convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse (Lc 15: 7). Lo que no aparece en el Evangelio es que Cristo señale a uno que NO necesite convertirse… Eso nos debería hacer pensar que siempre, continuamente, podemos dar el testimonio de nuestra conversión. De hecho, ya San Juan Bautista fue lo primero que pidió hacer a sus discípulos y a todos los que se acercaban a él.
Es muy posible -más bien seguro- que no recordemos faltas de caridad cometidas, que tardemos en ser conscientes de las ofensas al prójimo o del bien que no hicimos. Somos muy creativos a la hora de justificarnos o de interpretar nuestras injurias y omisiones de forma benevolente.
Esto contrasta con la Primera Lectura, la cual nos da un hermoso ejemplo de cómo hemos de estar atentos a las innumerables necesidades de quienes tenemos al lado: miedos, enfermedades, desánimo, conflictos interpersonales…todo eso son nuevos retos que nos obligan a cambiar nuestra vida, muchas veces a abandonar planes bien elaborados, a utilizar el tiempo de otra manera. Cristo conocía las debilidades y los límites de sus primeros seguidores, pero hoy vemos cómo, pacientemente, con la seguridad de que van a recibir al Espíritu Santo, les consuela y además les promete su ayuda personal, en el versículo que sigue al texto de hoy: Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo. Lo que pidan en mi nombre, yo lo haré.
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Al contemplar a los discípulos en el Cenáculo, con el corazón lleno de angustia y consternación, una lección muy práctica que debemos aprender es la realidad de muchas personas jóvenes, que emprenden el seguimiento de Cristo, a veces en la vida consagrada, y tras un tiempo abandonan ese camino, es decir regresan a la mediocridad o a tal vez a la perversión del mundo.
Judas acababa de abandonar al grupo, de manera que también el Maestro se angustió profundamente(Jn 13: 21) y podemos suponer cómo la duda y la vacilación se estaban adueñando del corazón de los once que aún eran fieles. Cristo. De hecho, Jesús acababa de anunciar la triple negación de Pedro… La situación no podía ser más tensa. El consuelo que Cristo da a esa comunidad triste y asustada es poderoso, porque viene de alguien que ha sufrido y está sufriendo una agonía profunda. No hace referencia a un cielo que les espera, sino a algo más inmediato, algo inminente: Él seguirá estando presente para confirmar a cada uno de nosotros que el servir hasta dar la vida es fecundo, tiene un fruto seguro, indestructible.
Cristo regresa, después de haber entregado su vida, pera decir a los suyos que le imiten, porque en verdad es lo único que vale la pena. No utiliza largos discursos, sino que puede decirles: Yo soy el camino, pueden seguirme a la Cruz, con la seguridad de que la muerte, ningún tipo de muerte, es más fuerte que la gracia.
Esto recuerda a la madre de los siete hermanos Macabeos, que fueron torturados y ejecutados ante ella, quien los animó a entregar la vida y les siguió en su inmolación por ser fieles a la Ley de Dios.
Cuidar la vocación de quienes inician su peregrinación junto a Cristo, o están pasando por una “crisis de la mediana edad” significa caminar delante de ellos, contagiarles con el entusiasmo de quien se siente transportado a la luz, desde las tinieblas, como dice la Segunda Lectura.
Cuando vamos a sufrir una intervención quirúrgica delicada, escuchamos al médico, que nos da confianza, siempre con la modestia de que puede haber imprevistos… Pero si hablamos con una persona que ha sufrido esa intervención, nuestro ánimo se ve fortalecido con algo diferente a un dato científico. No es lo mismo dar una clase de geografía sobre la Antártida que comenzar diciendo: ayer regresé del Polo Sur…
En la vida de San Francisco de Asís, hay una historia parecida a esta:
Ruggiero era un joven que había dejado su casa para seguir a Cristo en la naciente fraternidad de Asís. Al principio todo le parecía hermoso: la pobreza alegre, los cantos, la fraternidad sencilla. Pero pronto llegaron el cansancio, la incomodidad, la duda. Una noche, después de una jornada dura mendigando pan y recibiendo burlas, Ruggiero se sentó detrás de la pequeña ermita de la Porciúncula. Estaba agotado, lleno de vergüenza y de miedo.
No sirvo para esto -se decía a sí mismo- No tengo la alegría de los demás. No tengo la fuerza de Francisco. No tengo nada que ofrecer .Decidió que al amanecer se marcharía.
Mientras pensaba en ello, escuchó pasos. Era Francisco, que volvía de orar en el bosque. Su túnica estaba rota, sus pies llenos de polvo, pero su rostro… su rostro tenía una luz que no venía de este mundo. Se sentó a su lado sin preguntar nada. Ruggiero intentó ocultar sus lágrimas, pero el santo lo miró con una ternura que desarmaba.
Hermano -dijo Francisco- ¿por qué estás tan triste?
Ruggiero rompió a llorar. Porque no soy como tú. Porque no tengo tu fe, ni tu alegría, ni tu fuerza. Porque me siento vacío.
Francisco guardó silencio un momento, como quien escucha algo más profundo que las palabras. Luego dijo: ¿Crees que yo soy fuerte? ¿Crees que yo no he tenido miedo? Cuando el Señor me llamó, yo era el más pequeño de todos, el más frágil, el más incapaz. Si ves luz en mí, no es mía: es de Él.
Ruggiero levantó la mirada. Francisco continuó: Dios no te eligió porque fueras capaz, sino para mostrar en ti su amor. Y si hoy tu corazón está oscuro, déjame decirte algo: yo creeré por ti hasta que tú puedas creer de nuevo.
Ruggiero sintió que algo se encendía dentro de él, como una brasa que vuelve a tomar fuego.
Francisco se puso de pie, lo tomó de los hombros y añadió: Hermano, no te vayas. No necesitamos hombres perfectos, sino corazones que se dejen amar. Quédate, y caminemos juntos; mañana por la mañana iremos juntos a visitar a una familia a Rieti. La alegría volverá.
Aquella noche, Ruggiero no recibió explicaciones teológicas ni discursos heroicos, sino algo mucho más grande: el testimonio vivo de un hombre que ardía de Dios.
Años después, cuando él mismo acompañaba a jóvenes desanimados, solía decir: El día que quise abandonar, Dios me salvó con la fe de Francisco. Y entendí que la santidad es contagiosa: basta que uno arda para que otro vuelva a encenderse.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











