
Evangelio según San Juan 10,1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».
¿Necesitamos “vida en abundancia”?
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 26 de Abril, 2026 | IV Domingo de Pascua
Hechos 2: 14a.36-41; 1Pe 2: 20-25; Jn 10: 1-10
Dice el Evangelio de hoy que cuando Cristo utilizó la imagen de uno que entra al redil escalando la pared para decir que es un ladrón y otro que entra por la puerta como imagen del pastor… no le comprendieron. Sin embargo, cuando luego dice “Yo soy la puerta”, sigue hablando de los ladrones, que vienen a robar, matar y destruir.
Es muy posible que nosotros tampoco hayamos entendido el mensaje de esta parábola, porque no nos consideramos ladrones; aceptamos el haber cometido algunas faltas, pero técnicamente no nos vemos como ladrones. De manera que, en nuestro interior, archivamos esta parábola y suponemos que va dirigida a personas extremadamente violentas, que materialmente roban, matan y destruyen.
Entonces, nos quedamos contentos con la segunda parte del texto y, al menos racionalmente, aceptamos que Jesús es la puerta de las ovejas. De esta manera, como los judíos que escuchaban al Maestro, no aprovechamos su primera enseñanza: todos nuestros pecados son una forma de robo. Es cierto que tradicionalmente se dice que la soberbia es origen de todos los pecados capitales, y otras veces se acude al Pecado Original como la desobediencia que introdujo en nosotros toda forma de pecado y una naturaleza herida. Pero ahora, Cristo nos da una pista para ser conscientes de cómo actuamos siempre que pecamos: pretendemos apropiarnos de algo que no es nuestro. Por ejemplo:
►Perdemos el tiempo, utilizándolo sin sentido y sin orden, no reconociendo que es un don, un medio para hacer algo por el Reino. Eso se observa en nuestras faltas contra la Pobreza, en nuestra falta de orden y diligencia. Sin palabras, nos proclamamos dueños de un tiempo que se nos había concedido para hacer un bien específico con el pensamiento, la acción o de otra forma. Robamos y destruimos un bien que no nos pertenece.
►Cuando faltamos a la castidad, sea distrayéndonos con un pensamiento o una imagen o tal vez cometiendo actos de incontinencia con nuestro cuerpo o el del prójimo, somos víctimas de la ambición, que no sólo se refiere al dinero. Como dice el Antiguo Testamento, los que van tras ganancias mal habidas; por estas perderán la vida (Prov 1: 19). De nuevo, la impureza es una forma de robar algo hermoso, que estaba destinado a dar un fruto que destruimos con la búsqueda de placer o excitación sexual.
►La falta de obediencia significa siempre someter a mi juicio algún asunto que “no me pertenece”; siempre se desobedece a alguien, a quien sí pertenecía la decisión, la dirección a tomar. El desobediente roba esa función de decidir, de establecer y fijar qué se debe hacer, cómo y cuándo.
►Por supuesto, el caso más importante es la falta de caridad, que significa destruir la forma de relación que Dios mismo ha previsto entre nosotros. Es una manera de acercarse al prójimo contraria a lo concebido y proyectado por Él. Nos apropiamos de sus planes. Nos acercamos a los demás saltando el muro que los protege. Sí, actuamos como auténticos ladrones.
Aunque se pueden dar más ejemplos, lo importante es que sea consciente de que, antes que yo vaya cometer un pecado, va naciendo en mí una codicia que me empuja a apropiarme de algo que no es mío.
Así ocurre también en nuestras faltas de omisión o de sensibilidad al dolor de los demás. Decía San Basilio el Grande (329-379): El pan que tú guardas pertenece al hambriento; el abrigo que cuelga en tu armario pertenece al que está desnudo… les haces una injusticia tantas veces como podrías haberles ayudado.
Desde esta óptica, el pecado no es solo “romper una regla”, sino usurpar algo que pertenece a Dios, al prójimo o incluso a nuestra propia naturaleza.
Hay una tragedia famosa de la antigua literatura griega, Prometeo encadenado, escrita por Esquilo, en el siglo V a. C. que también está centrada en esta perspectiva. Está basada en el mito del titán Prometeo, que había engañado a los dioses haciendo que recibieran la peor parte de cualquier animal sacrificado y los seres humanos la mejor. Además, había robado el fuego para entregárselo a los mortales y por eso fue castigado por el dios Zeus, por usurpar un lugar que no le correspondía.
Tomó algo que pertenece a los dioses -el fuego- y lo entregó a los humanos. Esquilo lo presenta como un don que no puede ser poseído sin alterar el orden del cosmos. El fuego es símbolo de la distancia entre dioses y hombres y, al entregarlo a los humanos, Prometeo altera la estructura misma de la creación.
También esta tragedia muestra que el mal comienza como un movimiento interior: la convicción de que puedo decidir sobre lo que no me pertenece.
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La segunda parte del texto evangélico también es algo novedoso, una imagen de presentación Jesús que es exactamente contraria a lo que es un ladrón, un criminal que roba la vida. Él se presenta como quien viene para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Inconscientemente, nuestra tendencia es pensar que el esfuerzo ascético, nuestra lucha por la perfección, es esencialmente evitar el mal, no cometer acciones perversas, no caer en pensamientos y deseos negativos… Pero cuando Cristo nos presenta la parábola del sembrador, habla de la buena tierra y tenemos que pensar por qué ahí no pueden crecer las zarzas y se produce el 30, el 60 o el 100 por uno.
Esto me explicó un amigo que enseña agricultura en la universidad: Cuando un agricultor siembra alfalfa de manera densa y logra que esta arraigue con fuerza, ocurre que la alfalfa crece tan junta y sus hojas se expanden de tal forma que crean una “alfombra” verde. Esto bloquea casi el 100% de la luz solar que llega al suelo. Las semillas de las malezas, que necesitan luz para germinar, se quedan “dormidas” o mueren en la sombra.
Además, las raíces de la alfalfa son extremadamente profundas y eficientes. Absorben el agua y los minerales del suelo con tal rapidez que las malezas que intentan brotar no encuentran alimento disponible. Ocurre así; sin embargo, si el campo está vacío, las zarzas lo invadirán de inmediato. Si el campo está lleno de un bien vigoroso, el mal pierde la batalla por falta de espacio y recursos.
La traducción de este hecho a nuestra vida espiritual es entonces que, si tenemos vida auténtica en abundancia, no hay lugar para el pecado.
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Esta realidad, además de ser una guía práctica para nuestra vida de oración, también nos recuerda la permanente actitud de Cristo de “vencer el mal con el bien”, el mal que pretende llenar el mundo como la cizaña de la parábola.
Un pasaje extraordinario donde destaca esa forma de proceder de Jesús es la curación del hombre de la mano seca en sábado (Mc 3:1-6). En este escenario, el “mal”, las zarzas, son la intención perversa de los fariseos que buscaban una excusa para acusar a Jesús, ignorando el sufrimiento del lisiado.
Los fariseos estaban centrados en lo que no se podía hacer: No se puede trabajar en el día de sábado. Su enfoque era puramente prohibitivo y negativo. Estaban esperando que Jesús cometiera un error.
Jesús no se pone a discutir leyes técnicas sobre el descanso en el día del Señor. En lugar de eso, llena el espacio moral con una pregunta que obliga a mirar el bien: ¿Es lícito en sábado hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?
Llena todo el espacio con el bien. Ante el silencio hostil (el mal), Él realiza el bien y da vida de forma abundante dando la salud física y emocional al enfermo y a su familia. Al sanar al hombre, demuestra que el sábado no es un día para “no hacer nada malo”, sino un día para “llenarlo de bien”.
El judaísmo del siglo I estaba dividido en facciones (fariseos, saduceos, esenios) que ponían un énfasis extremo en la pureza ritual y la separación de los que consideraban impuros.
Jesús rompió estas barreras al comer con pecadores, tocar a leprosos y sanar en sábado. Su mensaje de que el amor a Dios se demuestra en el amor al prójimo (sin importar quién sea) desafiaba el orden religioso establecido que buscaba controlar la vida social mediante leyes estrictas.
Cristo se autodefine como “La puerta”. En verdad es una puerta estrecha, porque exige abnegación completa y atención permanente a los demás, pero eso es lo que él vivió, por eso tiene autoridad para pedirnos hacer lo mismo.
En realidad, cuando Cristo dice que es nuestro Pastor, se refiere a una imagen bien conocida por las gentes de su cultura.
El pueblo judío había sido en sus orígenes un pueblo de pastores, lo cual no es un oficio de las clases nobles. Abraham, Moisés y David habían ejercido esa profesión. La lengua hebrea tiene varias palabras para nombrar lo que nuestra cultura moderna llama simplemente “pastor”, pues les correspondían misiones muy variadas y exigentes. Eran los encargados de guiar a lugares seguros, buscar agua, curar heridas, defender de lobos y ladrones, cargar a los corderos débiles, mantener unido al rebaño. Por eso, es fácil entender que, en la cultura hebrea, “pastor” se convirtió en una metáfora para los líderes delpueblo.
En nuestra oración, esa actitud generosa del pastor, que no duerme, que no deja de mirar a su rebaño, ha de empezar por reconocer nuestra inclinación a la distracción, a la evasión de nuestra misión, que es servir. Por eso, ya en el Antiguo Testamento se pide vivir lo que nosotros llamamos Espíritu Evangélico, permanente atención a lo que aquí y ahora nos pide el dueño de la vid:
Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo, llévalas en tu frente como una marca y escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades (Deut 6: 6-9).
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











