
Evangelio según San Juan 3,16-18
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».
Un diálogo con tres voces
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 31 de Mayo, 2026 | Santísima Trinidad
Éx 34: 4b-6.8-9; 2Cor: 13: 11-13; Jn 3: 16-18
Relata el Primer Libro de Samuel cómo el ejército de Israel estaba paralizado por el miedo ante el gigante Goliat. Cuando David, un joven pastor, se presentó sin armas poderosas ni experiencia militar. Su fuerza no estaba en sí mismo, sino en la certeza de que Dios estaba con él: Tú vienes contra mí con espada y lanza, pero yo vengo contra ti en nombre del Señor de los ejércitos (1 Sam 17:45). Esa conciencia de la compañía de Dios transformó lo imposible en algo inesperadamente sencillo: con una honda y una piedra, venció al gigante.
La conciencia de la presencia de Dios convierte las dificultades en ocasión de confianza y lo que humanamente parece insuperable se vuelve “fácil” porque no depende de nuestras fuerzas, sino de la gracia.
Más tarde, leemos en el Evangelio que Pablo y Silas se encontraban en la cárcel (Hch 16: 25‑26): cantaban himnos en la prisión, y la presencia de Dios transformó la oscuridad en libertad.
El mismo Pablo, después de reconocer su propia debilidad y la de todos, recomienda a las corintios en su segunda Epístola (13: 11): Por lo demás, hermanos, regocíjense, sean perfectos], confórtense, sean de un mismo sentir, vivan en paz, y el Dios de amor y paz estará con ustedes.
Todos estos testimonios y la experiencia de los santos son realmente incuestionables: sólo el ser conscientes de la presencia de Dios, más allá de nuestro estado de ánimo y sin ninguna intervención extraordinaria, cambia nuestra perspectiva, hace irrelevante el miedo y nos permite descubrir talentos y oportunidades que no habíamos considerado.
Por eso la festividad de hoy nos puede ayudar a despertar a la presencia divina, manifestada con tres voces distintas. Pensar en esas tres voces es seguramente la forma más directa y más fecunda de entrar en el llamado Misterio de la Santísima Trinidad.
Nuestro Padre celestial nos dice quiénes somos: antes que un conjunto de virtudes y vicios, antes que miembros de una sociedad o seres que poseen unas facultades, somos hijos, esto es, herederos de la viña en la cual hemos de realizar una tarea. Esto modifica también nuestra forma de ver al prójimo, al que comenzamos a reconocer también como heredero de esa viña.
Jesucristo nos dice de qué manera hemos de trabajar, de servir en esa viña. Basta imitarle a Él; una mirada serena al Evangelio nos confirma que Él ya vivió cualquier dificultad, cualquier conflicto, incluso cualquier tentación que nos pueda afligir.
El Espíritu Santo pone en nuestras manos los medios para trabajar (“dador de vida”) y nos invita a abandonar lo que sobra para el trabajo; esto es, nos purifica.
Estas son las tres voces que nos hablan sin cesar, no sólo cuando “nos ponemos a escuchar”, lo que suele ocurrir en momentos de agobio o de especial sensación de impotencia.
Alguien puede pensar que estas voces son imaginarias, o incluso algunas veces pura autosugestión, pero en realidad resuenan en nosotros con claridad como una suave sugerencia, una invitación, una llamada que se ahoga casi siempre en el estruendo de las voces del alma y del mundo, si bien percibimos entonces que algo hermoso y valioso se ha perdido en nuestra vida.
Hace un tiempo, un hombre de 51 años agonizaba en el hospital y había conocido años antes. Me correspondió darle los últimos Sacramentos y cuando lo vi se encontraba perfectamente consciente y lúcido; sabía que le quedaban horas o -como mucho- unos pocos días, pues su corazón estaba severa e irreversiblemente dañado.
Conversamos largamente y me contó cómo había conseguido tener una buena relación con su esposa y sus dos hijos y que pensaba que nunca había tratado mal a nadie, lo cual me pareció probable, dado su buen carácter. En medio de su relato, se detuvo un momento y me dijo: Luis, muero con tristeza porque estoy seguro que podría haber hecho mucho más por todo el mundo.
Nunca olvidaré esos momentos, porque estoy seguro de tener la misma impresión respecto a mi propia vida, lo cual es de agradecer. Es lo que ya se lee en el Libro de Job (5: 17): Cuán bienaventurado es el hombre a quien Dios reprende; No desprecies, pues, la disciplina del Todopoderoso.
Lo que le ocurrió a mi amigo moribundo creo que es el mismo sentimiento de tantas personas buenas que dicen: Me gustaría tener fe, pero lo que sucede es que no se han detenido a escuchar esas tres voces que les invitan a emprender una tarea inmediatamente, no a comprender el plan de nuestro Padre celestial en todos sus detalles.
En realidad, en el plan de nuestro Padre celestial está incluido que yo haga algo por Él ahora mismo; no se trata de una forma de activismo, sino de un pensar, obrar o hablar como Cristo lo haría en mi situación, para lo cual recibo una verdadera luz y fuerza del Espíritu Santo. Es lo que sucedió a Cristo durante su Bautismo y a los discípulos en el día de Pentecostés.
Es interesante cómo San Pablo instruye a los Efesios para que comprendan estas dos verdades: que el Espíritu nos inspira en cada momento y que su relación con nosotros es verdaderamente amorosa e íntima, pues viviendo con mediocridad somos capaces de entristecerle. De ese modo, no habla de una relación jefe-empleado, sino de verdadera amistad espiritual:
No salga de la boca de ustedes ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan. Y no entristezcan al Espíritu Santo de Dios (Ef 4: 29 30).
—ooOoo—
Finalmente, consideremos cómo la afirmación bíblica de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios (Gén 1: 26‑27) adquiere una profundidad especial cuando reconocemos que Dios es Trinidad, porque entonces, todo lo que comprendamos y digamos de la Santísima Trinidad afecta a nuestra propia naturaleza.
Decía San Juan Pablo II en su Carta a las Familias con motivo del Año Internacional de la Familia: Antes de crear al hombre, parece como si el Creador entrara dentro de sí mismo para buscar el modelo y la inspiración en el misterio de su ser.
► En primer lugar, Dios no es soledad, sino comunión de tres Personas. En el “hagamos” del Génesis, escrito por un autor inspirado se manifiesta la presencia total de la Trinidad en la acción de crear. Ser creados a su imagen significa que nuestra identidad más profunda es relacional: estamos hechos para vivir en comunión, no aislados. Tanto el individualismo como las tendencias egoístas van directamente contra aquello que en verdad somos.
El origen de toda relación entre nosotros se da en la generación del Hijo por el Padre y la procesión del Espíritu Santo por el padre y el Hijo. Dios Padre genera al Hijo, de los cuales procede el Espíritu Santo dado como un Don.
Por lo que podemos decir que el pecado es lo antinatural, pues es algo semejante a esperar que de una semilla brote una piedra, en vez de una planta como la que produjo esa simiente.
Una manifestación de esta realidad es la triste situación de una multitud de jóvenes, de clases sociales altas o bajas, los cuales son víctimas de la soledad en sus diversas formas. Nada puede sustituir a la relación entre los padres y los hijos, con los hermanos y los auténticos amigos.
Para creyentes y no creyentes, compartir junto a alguien las experiencia cotidianas, la alegría de un hallazgo o la tristeza de una pérdida es parte del desarrollo personal, construir relaciones personales responde a uno de los elementos más importantes de nuestro ser persona creada a imagen de la Trinidad.
► Decimos que en Dios hay distinción de Personas y unidad de naturaleza. Aquí, nuestra semejanza se refleja en la capacidad de ser distintos (cada persona es única) y al mismo tiempo llamados a la unidad en el amor, porque si el amor es la esencia de la Trinidad, entonces ser imagen de Dios significa que nuestra plenitud está en amar y ser amados. Para que exista ese amor tiene que haber por lo menos dos personas semejantes para dar lo que se le ha depositado por parte de la Trinidad en cada persona creada.
► Hay algo más central que la vida moral, aunque esta sea indispensable. Se trata de nuestra vocación a la vida divina; estamos llamados a participar en la vida misma de Dios, a entrar en su comunión por la gracia desde ahora, sin tener que pensar en “el más allá”, en lo que sucederá después de la muerte.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











