El Ciego y el Método Científico

By 24 marzo, 2017Evangelio

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 26-3-2017, Cuarto Domingo de Cuaresma (1 Libro Samuel 16:1b.6-7.10-13a; Efesios 5:8-14; San Juan 9:1-41)

  1. No es difícil sacar varias conclusiones válidas del Evangelio de hoy, especialmente para ser conscientes de nuestras varias cegueras:

– No podemos ver las consecuencias de nuestras acciones (buenas y malas).

– No podemos darnos cuenta de la superficialidad de nuestros juicios, como Samuel en la lectura de hoy.

– Necesitamos una gracia especial para distinguir la fuente de nuestros pecados: nuestro Defecto Dominante.

– Estamos convencidos de que el poder, el status y la buena fama nos harán felices, pero nos pasa como al pobre hombre que encontró un tesoro muy valioso: perdió la paz y la seguridad, porque todos estaban detrás de su vida y además codiciaban el tesoro.

– Especialmente, el orgullo destruye nuestra capacidad para ver la verdad. Como los líderes religiosos del Evangelio de hoy, el pecado de orgullo no se debe a la ignorancia, sino simplemente a no querer ver.

Esas son varias formas de ceguera moral.

En nuestro Examen Ascético tenemos el Apego a los Juicios, que es una ceguera de la mente y nos lleva a creer que lo que es la costumbre, lo que nos es cómodo y conocido, supone una base para nuestra vida que no puede ser cuestionada. Algunas veces estamos deslumbrados por la comprensión intelectual y creemos que todos los problemas tienen una solución racional, que es nuestra solución.

Nos aferramos a nuestras ideas e ideales y queremos que todos crean en nosotros, como nosotros mismos. Esto también ocurre en nuestra voluntad, cuando somos víctimas del Apego a Nuestros Deseos.

Pero hay una ceguera más esencial, reflejada en el milagro del Evangelio de hoy: No somos capaces de distinguir la presencia de Dios en nuestra vida y en la vida del prójimo. Y esta ceguera pasa por alto algo esencial a nuestra constitución humana:

El Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni Lo ve ni Lo conoce, pero ustedes sí Lo conocen porque mora con ustedes y estará en ustedes (Jn 14: 17).

He sido crucificado con Cristo y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (Gal 2: 20).

Esa era la ceguera de los Fariseos. Una persona que decide no ver, es culpable y comete un pecado contra el Espíritu Santo. Algunas veces nuestra vida se parece a la de los Doctores de la Ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los demás y, al final ¡también juzgamos a Dios! Hoy se nos invita a dejarnos iluminar por Cristo en el Bautismo, de manera que, como dice San Pablo, podamos caminar como hijos de la luz (Ef 5: 8), con humildad, paciencia y misericordia. Esos Doctores de la Ley no tenían ni humildad, ni paciencia ni misericordia.

De hecho, como dijo C. S. Lewis: Podemos ignorar, pero no podemos evadir en ninguna parte la presencia de Dios. El mundo está lleno de él. Camina, en todos los lugares, de incógnito.

  1. He aquí, quizás, uno de los episodios más difíciles y dolorosos de ceguera: Muchas veces, no tenemos respuesta verdaderamente satisfactoria para nuestro sufrimiento. Sin embargo, el dolor nos puede acercar más a la misericordia y el amor de Dios. Esto no es siempre fácil de entender. Esta ceguera es nuestra condición como criaturas y como ciegos cometemos muchos errores, por eso en la cruz Cristo suplicó: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.
  2. Una forma bella de aprovechar la presencia de Dios diariamente es en las interrupciones. Cuando nos interrumpan, hemos de decir a Dios: Estás ahí. En el momento que ocurre la interrupción, hemos de recordarnos a nosotros mismos que estamos en presencia de Cristo, quien tuvo tiempo para las personas que le interrumpían y le cuestionaban. Recordemos que algunos de sus milagros más misericordiosos tuvieron lugar cuando se le interrumpió ¿Cómo vives tu ofrenda personal a Dios durante las interrupciones?
  3. Esta no fue la única vez que Cristo curó a una persona usando su saliva. Recordemos cómo abrió los oídos de un sordo (Mc 7: 31-37) usando su saliva como agente curativo. Esto es bastante llamativo, porque el escupir tenía (y tiene hoy día) una connotación de desprecio. Pero Cristo nos está diciendo: Lo que ustedes piensan que es real, no es real y lo que piensan que es verdad, en realidad no lo es. Los “milagros-saliva” encajan en este tipo de didáctica. Esencialmente, Cristo nos dice: ¿Creían que escupir es un insulto, algo impuro? Bien, ahora les muestro de qué es capaz la saliva en el principio, antes de que el pecado llegase al mundo. El método pedagógico de Jesús señala para lo que hemos sido creados y cómo el Sacramento del Bautismo nos restaura.

De este modo, Cristo nos comunica la gracia divina de forma apropiada a nuestra naturaleza humana, que incluye cuerpo, alma y espíritu. Cristo desea entrar en nuestras vidas, ponerse a nuestro nivel, tocarnos, incluso físicamente. El tacto de Cristo dio al hombre ciego esperanza y confianza, haciendo un milagro a través de un contacto personal, no de un truco de magia.

  1. Hay una larga e intensa discusión entre el hombre recién curado, sus padres y los Fariseos, centrada en el tema de la personalidad y la autoridad de Cristo. Pero el factor decisivo, el suceso clave, fue la experiencia sanante del hombre ciego, una experiencia capaz de determinar definitivamente si una hipótesis o teoría es a las demás hipótesis. Este es un elemento clave del Método Científico…!el hombre ciego era bastante moderno! Por eso nuestro Padre Fundador dice que la Mística es una ciencia experimental (y experiencial): es más que creencia, más que fe, más que comprender.

Después de todo, es la misma situación en que nos encontramos nosotros.

Por eso, también el Papa Francisco subraya la importancia de la memoria espiritual, es decir, de tener presente continuamente lo que Dios ha hecho en mi vida, transformándome en la persona que soy ahora y guardándome en el camino.

  1. 6. ¿Cuál es el punto de partida de esta acción divina? El Recogimiento y la Quietud. Estas acciones o movimientos preliminares en nuestra alma no son estrictamente Purificación o Unión, sino cambios sucesivos en nuestra sensibilidad, algo así como un entorno limpio y una música suave nos invitan a una conversación o a una comida relajada; algo así como escuchar un fragmento de Beethoven puede despertar una pasión duradera por la música clásica.

El Espíritu Santo transforma nuestra sensibilidad y eso es suficiente para desencadenar cambios profundos e inesperados en nuestra vida. Inicialmente, el hombre ciego encontró a Cristo a través de Su misericordia y compasión y se dio cuenta que era un hombre santo, un profeta y el Hijo del Hombre. Como consecuencia de su fe y su comprensión crecientes, se postró ante Él.

Como el Señor manifestó al profeta Samuel: Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón. Esto es un verdadero cambio de sensibilidad, igual que cuando nos enamoramos.

Los que han sido curados por Cristo, han de dejarse gobernar por Él. El que fuera ciego volvió de la piscina maravillado y asombrado; volvió con vista. Hoy, tenemos que renovar nuestras promesas lavándonos en la piscina, haciendo una confesión sincera de manera que podamos ver la verdad sobre nosotros y sobre Cristo. El que fue curado nos pregunta también a nosotros: ¿Quieren ser sus discípulos también?

Concluimos con unas palabras del Papa Francisco, quien en una de sus inspiradas alocuciones, identifica la ceguera con la cerrazón y la auto-suficiencia:

Preguntémonos cómo es nuestro corazón, ¿cómo es mi corazón? ¿cómo es tu corazón? ¿Yo tengo un corazón abierto o un corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna clausura que nace del pecado, nacida de las equivocaciones, de los errores. No tengamos miedo, no tengamos miedo. Abrámonos a luz del Señor, Él nos espera siempre, Él nos espera siempre para hacernos ver mejor, para darnos más luz, para perdonarnos. No olvidéis esto. Él nos espera siempre.

A la Virgen María confiamos el camino de la cuaresma, para que también nosotros, como el ciego curado, con la gracia de Cristo podamos “venir a la luz”, renacer a la vida nueva (30 de Marzo, 2014).

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