Servir todo el tiempo

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario del P. Luis Casasús al Evangelio del 11-8-2019, 19 Domingo del Tiempo Ordinario Cuaresma (Libre de la Sabiduría 18:3.6-9; Epístola a los Hebreos 11:1-2.8-19; San Lucas 12:32-48)

Muchos de nosotros conocemos la siguiente historia sobre el joven San Luis Gonzaga. Un día, cuando jugaba a la pelota, alguien le preguntó en broma: Luis, si Dios te llamara a sí mismo esta noche, ¿qué harías ahora? Luis respondió con calma: Seguiría jugando a la pelota.

Una conclusión que podemos sacar de este episodio de su vida es que siempre es posible hacer algo en nombre de Dios.

Ya sea un pequeño asunto cotidiano, o una gran responsabilidad para la sociedad, debemos y podemos llevarlos a término en presencia de Dios. Todas son acciones que nos ayudan a prepararnos para el encuentro con Él; todo son misiones.

De hecho, esta es una de las enseñanzas de la primera parábola que escuchamos hoy en el Evangelio:

Un hombre noble fue a una fiesta de bodas y dejó a sus sirvientes en casa. Ellos saben que el maestro ha de volver, pero no saben la hora; sólo saben que es necesario estar preparado para darle la bienvenida. ¿Qué lección podemos aprender todos nosotros?

Es fácil llegar a la conclusión de que debemos estar preparados para encontrarnos con Dios al final de la vida. Por supuesto, puede llegarnos una muerte inesperada y tenemos que estar preparados. ¿Quién podría negarlo? Pero Jesús es más sutil.

Es cierto que Dios se encuentra con el hombre al final de la vida. Sin embargo, si observamos bien, la muerte no siempre se comporta como un ladrón. Normalmente anuncia su venida; está precedida por signos muy específicos: vejez, enfermedad, dolor, deterioro…

La venida repentina de Dios es otra historia. Son venidas que nos sorprenden como la de un ladrón. Son aquellos momentos en los que viene no para robar, sino para salvar, para invitarnos a acoger el Reino de Dios.

La imagen del ladrón tiene un tono innegablemente amenazador. El objetivo es advertir sobre el peligro de perder nuestra oportunidad actual de salvación, que nunca volverá a repetirse. Recordemos que uno de los significados de la salvación es la unión inmediata con Cristo y su misión.

La vigilancia es equivalente a la disponibilidad constante para el servicio. Un verdadero discípulo no tiene momentos libres en los que pueda refugiarse en sí mismo, en busca del interés propio, momentos en los que no está listo para asistir a quienes que necesitan su ayuda. El discípulo siempre está de servicio.

Dos imágenes describen al discípulo vigilante: ceñir sus lomos para la acción y mantener encendida la lámpara. El sirviente sabio no apaga la luz, reconoce su necesidad de la guía e inspiración de Dios y, al mismo tiempo, cualquiera que lo necesite sabe que siempre está disponible.

La parábola termina diciendo que el dueño de la casa hará que el servidor fiel se siente a la mesa, esta es la promesa del gozo reservado a aquellos que ya son parte del reino de Dios, la respuesta divina en forma de nuevas misiones, nuevos gestos de confianza.

* Algunas veces podemos elegir entre una amplia variedad de posibilidades, no sólo entre hacer cosas buenas o malas, sino entre las diferentes posibles buenas acciones: ¿Con quién debería estar ahora? ¿Es mejor ahora escuchar a esta persona o darle un consejo? ¿Cómo puedo ayudar a este joven a vivir su generosidad?

El problema NO es que nos parezcamos al asno de Buridán, que murió de hambre y sed después de no poder elegir entre dos opciones igualmente buenas (un cubo de agua y un montón de paja) igualmente distantes. La verdadera dificultad es que usamos sólo nuestra pobre razón y nuestra limitada experiencia para tomar decisiones sobre nuestro servicio. Así, la mayoría de las veces, no acudimos a Cristo para conocer su opinión; olvidamos que somos administradores de los dones que recibimos y nuestra generosidad queda vacía de sentido, dirección y auténtico propósito.

Por eso que Cristo nos da hoy una regla muy práctica: Vende lo que tienes y entrégalo como limosna.

El rico agricultor de la parábola del domingo pasado no dedicó tiempo a escuchar la Palabra que le habría revelado el secreto para no perder su capital, para recordar lo que el Antiguo Testamento siempre sugiere, que dar limosna es un tesoro precioso a los ojos de Dios:

El sabio entiende los proverbios de los sabios; el que escucha atentamente se alegra en la sabiduría. El agua apaga el fuego que arde, y el dar limosnas consigue el perdón de los pecados (Eclesiástico 3: 29-30).

Dar limosna representa poner a disposición de nuestro prójimo todas las riquezas espirituales, intelectuales y materiales.

Es ejemplar, en este sentido, el episodio evangélico del óbolo de la viuda pobre, la entrega del único dinero que le quedaba. Su moneda insignificante se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda le da a Dios no de su abundancia, no tanto lo que tiene, sino lo que es. Todo su ser. Hoy, Cristo está tratando de enseñarnos que, si recibimos más, hemos compartir más y dar más de nuestro tiempo, nuestro talento y nuestro tesoro.

Al final del texto evangélico, Jesús establece un principio para nuestra relación con el Espíritu Santo, como administradores de sus dones: Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más. Esta sentencia no debe tomarse como una amenaza, sino que es un signo de las expectativas de Dios sobre nosotros y de su fe en nosotros.

A menudo hablamos sobre la importancia de nuestra fe en Dios, pero también debemos entender que Él también tiene un fuerte elemento de fe y confianza en nosotros. La parábola de hoy del Siervo Fiel, representa otra forma de decir lo mismo: le hará administrador de todos sus bienes, mostrará cada vez más signos de fe y confianza en su siervo. Primero, debemos reconocer los dones con los que hemos sido bendecidos. Vamos comprendiendo que las expectativas que Dios tiene de nosotros están ligadas a cómo usamos nuestros dones. Esta es una forma de diálogo: damos una señal de fidelidad y luego Él responde con una nueva señal de confianza.

La carta a los Hebreos nos habla hoy de la fe de Abraham como modelo para los primeros cristianos, y para nosotros también. Sobre todo, Abraham es presentado como un hombre que era activo en su fe. La fe no es pasiva, es activa. Abraham no sólo creía de manera pasiva, sino que buscaba activamente hacer la voluntad de Dios en su vida. Así también, estamos llamados a ser activos en nuestra fe, a discernir lo que Dios quiere de nosotros y a perseguir eso en nuestras vidas. El Evangelio habla también de un tipo activo de fe: Jesús usa la parábola del ladrón en la noche para advertir a sus oyentes que debe haber un sentido de urgencia sobre la vida cristiana.

La base para una vida de fe activa es la oración, porque sólo en un estado de oración discernimos la voluntad divina para nosotros. Abraham descubrió la voluntad de Dios, creando espacio y tiempo para Dios en su vida. Estamos llamados a hacer lo mismo, a crear ese espacio y ese tiempo en nuestro horario diario, para sentir la voz delicada y apacible que nos llega en momentos de silencio y reflexión, y en nuestros encuentros con el prójimo, que siempre está necesitado.

Recordemos que, en el huerto de Getsemaní, cuando Jesús regresó con sus discípulos y los encontró durmiendo, les indicó que vigilasen y orasen (Mc 14, 38). De igual manera, podría haber dicho: Vigilen, es decir, oren. Porque sólo al contemplar en oración la presencia de Dios entre nosotros y la promesa del Reino, estaremos protegidos de las distracciones fatales que nos llevan a vivir según los estándares del mundo y a encontrarnos distraídos cuando Él venga a nosotros.

Cristo dedicó tiempo a la oración con su Padre. Tras un largo día de apostolado, se retiraba para ello: Cuando ya hubo despedido a la multitud, subió Jesús al monte para orar a solas, y al llegar la noche aún seguía allí él solo (Mt 14: 23). De madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó y salió de la ciudad para ir a orar a un lugar apartado (Mk 1: 35). Y antes de tomar decisiones importantes, oraba: Por aquellos días, Jesús se fue a un cerro a orar, y pasó toda la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, reunió a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales llamó apóstoles (Lk 6: 12 ss).

* En otras ocasiones, por el contrario, estamos tan limitados por nuestra salud, energía o ignorancia, que nos preguntamos cómo podemos hacer algo relevante en la vida de los demás y en el reino de Dios. La impotencia es entonces nuestro sentimiento dominante. Esto explica las palabras de Cristo en el texto del Evangelio de hoy:

No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.

Los discípulos tienen miedo: saben que son pocos y débiles frente a un mundo hostil. Se asustan porque el mal es fuerte; triunfa en todas partes; parece abrumador y se sienten frágiles e incapaces de resistir. El Reino de Dios, asegura Cristo, vendrá porque no es obra del hombre; es el regalo de nuestro Padre.

Este es también el espíritu de la Primera Lectura de hoy. Durante los tiempos difíciles en la historia de Israel, el pueblo recupera la confianza mirando a su pasado. Al comprobar que su Dios siempre les había protegido y liberado de toda forma de esclavitud, se sintió consolado, enfrentó la adversidad con renovado vigor y miró confiadamente hacia el futuro. Nuestro sufrimiento se convierte en oración.

El Libro de la Sabiduría relata que, mientras los egipcios estaban rodeados de oscuridad, los israelitas estaban acompañados por una columna de fuego; el mismo Señor los condujo por caminos desconocidos. En la noche que dejaron la tierra del faraón, los justos fueron salvados y los enemigos exterminados. Esa es la razón por la cual decidieron reunirse regularmente cada año para celebrar en la Vigilia Pascual esos gloriosos eventos.

También nosotros debemos recordar con gratitud lo que Dios ha hecho por nosotros, para no recurrir a dioses falsos y acabar adorándonos a nosotros mismos. Al recordar que Dios es el creador y proveedor de todas las cosas, podremos ser humildes y agradecidos por lo que recibimos, y estar menos ansiosos por nuestras necesidades futuras. Por el contrario, podremos confiar en su divina providencia, y también compartir todo con quienes están en necesidad.

Sara y Abraham murieron sin ver el cumplimiento de la promesa que se les había hecho. Tuvieron un solo hijo, no una multitud, y no llegaron a vivir en la Tierra Prometida. Sólo vieron una pequeña señal, un comienzo del cumplimiento de las promesas: un hijo frágil y una tierra contemplada sólo desde lejos, pero fueron capaces de creer a pesar de todo.

Muchos de nosotros esperamos la realización de las promesas de los bienes anunciados por Jesucristo y nos desanimamos porque no vemos el rápido establecimiento del Reino de Dios en el mundo. Comprobamos que el mal continúa vivo en el mundo: esta es quizás la prueba más dura de nuestra fe.

Teniendo en cuenta lo que les sucedió a Abraham y Sara, se nos invita a recuperar la confianza y poder leer cómo, aunque no siempre con signos espectaculares, el nuevo mundo está naciendo.

Cuando reflexionan sobre lo que Dios ha hecho por ellos, un canto de acción de gracias y alabanza florece de sus labios. La misma confianza que llenó los corazones de sus padres emerge en ellos. Y nosotros estamos llamados a vivir la misma experiencia. Como decimos en la Santa Misa: Dar gracias es nuestro deber y nuestra salvación.

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