¿Para qué sirve el Espíritu Santo? | 23 de mayo

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

Madrid, 23 de Mayo, 2021. | Domingo de Pentecostés. Solemnidad.

Hechos de los Apóstoles 2: 1-11; Gálatas 5: 16-25; San Juan 15: 26-27.16,12-15.

Un médico que no había profundizado en la oración, pero que creía en la existencia de Dios, preguntó una vez a un paciente realmente dedicado a la oración y a hacer el bien por qué creía y hablaba del Espíritu Santo, si era un “ente” que parecía no hacer nada; Dios Padre se hace sensible a través de la creación, Jesús se hizo hombre como nosotros, pero: ¿Ves alguna vez al Espíritu Santo? ¿Oyes alguna vez al Espíritu Santo? El paciente respondió: No.

El doctor continuó: ¿Alguna vez has saboreado el Espíritu Santo? ¿Has sentido alguna vez el olor del Espíritu Santo? A todas estas preguntas, el médico recibió un “No” como respuesta. Pero cuando el doctor preguntó: ¿Sientes alguna vez el Espíritu Santo? El paciente respondió: Sí, claro.

Bueno, dijo el médico, hay cuatro de los cinco sentidos en contra de ti. Entonces, dudo que exista el Espíritu Santo. Entonces le tocó al paciente preguntar: Usted es médico. Su trabajo es curar los dolores.

¿Ha visto, oído, saboreado u olido algún dolor? preguntó el paciente. No, respondió el médico ¿Siente usted el dolor?, siguió el paciente. Sí, lo he sentido, dijo el médico.

 Hay cuatro sentidos contra usted. Sin embargo, usted sabe, y yo sé que hay dolor. Por la misma prueba, sé que el Espíritu Santo existe, concluyó el paciente.

Por supuesto, la experiencia del Espíritu Santo rara vez es sensible en nuestro cuerpo material, pero el relato anterior pretende recordarnos que podemos reconocer su actuación en nuestro espíritu, que sin duda se proyecta de diversas maneras en nuestra alma y cuerpo.

Más concretamente, nuestro Padre Fundador nos enseña que el Espíritu Santo nos hace conscientes de nuestra mística filiación santificante. En realidad, nos despierta a una realidad fundamental, el hecho de que somos hijos de Dios, pero no de un modo pasivo o estático, sino que vivimos en un camino de perfección, de santificación, que transforma profundamente nuestra vida, de modo que la llegada del Espíritu Santo se asemeja a fenómenos naturales de gran energía, como el fuego o un viento fuerte. Así nos lo recuerdan las Lecturas de hoy.

Un buen punto de partida para nuestra reflexión es recordar que la venida del Espíritu Santo es continua, no un hecho aislado. Por eso San Pablo nos recuerda que el Espíritu habita en nosotros, que somos templos vivos del Espíritu Santo.

Pero esto tiene manifestaciones realmente claras, más poderosas y reales que cualquier percepción de nuestros cinco sentidos. Podríamos decir, dicho de forma sencilla, que el Espíritu Santo se manifiesta a cada uno de nosotros como Consolador (una de sus denominaciones tradicionales) y en la comunidad como creador de unidad. En otras palabras, el Espíritu actúa en cada discípulo y también en la comunidad, en toda la Iglesia. Estos dos componentes de su acción son esenciales.

El Espíritu nos reconforta haciéndonos ver que nuestra oración, nuestra súplica, es realmente escuchada y atendida. En realidad, es una oración que hacemos a coro con el Espíritu Santo, tal como dice San Pablo: No sabemos lo que debemos pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 26).

Pongamos un ejemplo. Una persona joven e idealista, que es testigo de la injusticia, la violencia y la desigualdad en el mundo, suele tener la intención de ser un instrumento de alivio y ayuda para sus seres cercanos, y también un agente de cambio y transformación de la sociedad, incluso del mundo entero. Si se pone en marcha, encontrará mucha oposición y alguna ayuda, algunos éxitos y demasiados reveses, porque este mundo es el reino del mal. Pero si ese joven mantiene su fe, si abre su corazón a las necesidades del prójimo que el Espíritu Santo pone insistentemente en su camino, encontrará un sentido pleno a su vida. Tal vez esperaba enseñar, pero se encuentra cuidando leprosos. Quizá esperaba dedicarse a los jóvenes, pero acaba dedicándose a los ancianos. Tal vez pensaba que estaba destinado a un país de misión lejano, pero resulta que está llamado a dar un testimonio muy especial desde su lecho de enfermo ¿No ha pasado esto a muchos santos conocidos o desconocidos?

Esto es lo que anticipaba Jesús en el Evangelio de hoy, donde nos recuerda nuestra incapacidad para comprender los planes divinos de la noche a la mañana:

Tengo mucho más que decirles, pero ahora no lo pueden entender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, les guiará a toda la verdad.

Pero la realidad, lo que nos dice la experiencia, es lo que anuncia la Primera Lectura, es decir, que el Espíritu nos hace capaces de dar luz, esperanza y consuelo a los demás de forma inesperada, tanto para nosotros como para el prójimo: Quedaron asombrados y preguntaron asombrados: ¿No son galileos todos los que hablan? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua materna?

El consuelo que nos da el Consolador no es que “haga realidad nuestros sueños”, sino que nos lleva aún más lejos, convirtiéndonos en instrumentos inesperados para que otros encuentren a Dios y su reino. Ese consuelo es el mayor acto de confianza posible. Así lo describe la Madre Teresa de Calcuta en una de sus oraciones:

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando sufra, dame alguien que necesita Consuelo.

Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos.

Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien;
Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión.

Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender.
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.

Este consuelo del Espíritu Santo no quita de nuestro corazón la aflicción por nuestro Padre celestial, pues en este mundo no lo poseemos plenamente.

Tanto la cultura contemporánea, con sus reflexiones sobre la guerra y el conflicto, como las culturas antiguas, se han preguntado por qué hay desunión y división entre los seres humanos. Es una dura realidad que sólo nuestra atención al Espíritu Santo puede superar.

Por ejemplo, en la mitología griega, Eris era la diosa o espíritu personificado de la lucha, la discordia, la controversia y la rivalidad. A menudo se la representaba, más concretamente, rondando el campo de batalla y deleitándose con el derramamiento de sangre humana. Su nombre romano era Discordia.

La unidad es siempre difícil, dentro y fuera de la Iglesia, entre amigos, entre hombres y mujeres, entre diferentes generaciones, entre culturas, entre diferentes disciplinas del saber.

Al reflexionar sobre Pentecostés, solemos decir que ese día ocurrió lo contrario de lo que sucedió en Babel (Gen 11,1-9). Donde hay divisiones y distanciamiento, el Paráclito crea unidad y entendimiento. El Espíritu desencadena un proceso de reunificación de las partes divididas y dispersas de la familia humana.

La gente empezó a no entenderse y a distanciarse unos de otros. Ahora el Espíritu pone en acción un movimiento opuesto. Reúne a los que están dispersos.

San Pablo afirma que, en realidad, todos formamos parte del mismo cuerpo por medio del Espíritu Santo: Porque por un solo Espíritu hemos sido bautizados todos en un solo cuerpo, seamos judíos o gentiles, seamos esclavos o libres, y todos hemos bebido de un mismo Espíritu (1Cor 12,13).

En la Carta a los Gálatas (o en la lectura alternativa a los Corintios) vemos lo que provoca la división en las comunidades. Los que tienen buenas cualidades (inteligencia, buena salud, don de gentes…) en lugar de poner humildemente sus talentos al servicio de los hermanos, empiezan a esperar títulos honoríficos. Exigen más respeto y se creen con derecho a privilegios. Quieren ocupar los primeros puestos. Así los ministerios de la comunidad, de oportunidades para servir, se convierten en oportunidades para establecer, afirmar su poder y prestigio.

¿Cómo logra el Espíritu Santo la unidad entre nosotros? Podríamos decir que nos abre los ojos a la realidad de la persona que tenemos delante. No basta con saber que es mi hermano/a, sino que realmente me necesita ahora, que ciertamente somos complementarios, que cuando lleguemos al cielo seremos muy diferentes, sin las barreras morales y emocionales que nos separan. El Espíritu Santo nos dice lo que tenemos que hacer ahora y al mismo tiempo nos recuerda el futuro que nos espera. Eso nos hace uno. Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo (1 Cor 12, 4).

El testimonio que mi prójimo está llamado a dar es algo imposible para mí. Lo mismo ocurre a la inversa. Somos verdaderamente únicos y esto nos hace capaces de vivir la complementariedad evangélica, la auténtica unidad en la diversidad.

Además, su Inspiración, su poderosa forma de atraernos, nos hace comprender que, en el desierto de este mundo, en medio de esta peregrinación, tenemos un destino común y nuestra misión es ayudarnos a caminar, pues simplemente estamos volviendo a casa. Quien se deja guiar por el Espíritu habla un lenguaje que todos entienden y al que todos se unen: el lenguaje del amor. Es el Espíritu quien transforma a la humanidad en una sola familia en la que todos se entienden y se aman.

En este sentido, no debemos olvidar cómo nuestro Padre Fundador, desde el principio, nos mostró con su ejemplo y sus palabras la importancia de la vida ecuménica, de un esfuerzo activo por lograr y mostrar la unidad con los diferentes carismas, colaborando en misiones concretas, como es el caso de las tres universidades que dirigimos en Ecuador, unidos a la Compañía de Jesús. También debemos ser cada vez más conscientes, en un mundo multicultural, de la necesidad de unir nuestra vida espiritual con la de personas de otras religiones, buscando vivir siempre nuevas y comprometidas formas de oración y cooperación.

Quisiera concluir con unas palabras clarificadoras de Benedicto XVI: De aquí, queridos hermanos, se deriva un criterio práctico para discernir la vida cristiana: cuando una persona o una comunidad se limita a su propio modo de pensar y de actuar, es señal de que se ha alejado del Espíritu Santo (23 de mayo, 2010).

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