La Compasión, Darwin y Descartes

By 29 septiembre, 2019 Evangelio, Para leer

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misisoneros Identes

New York, 29 de Septiembre, 2019.

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario.

Amos 6: 1.4-7; 1 Timoteo 6: 11-16; San Lucas: 16,19-31.

Comencemos por el final. Cristo termina su parábola al poner una frase inquietante en boca de Abraham: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguien resucita de los muertos. Tengamos en cuenta que esta frase se refiere a los cinco hermanos de los ricos que continúan viviendo en este mundo.

Estos representan a todo el pueblo de Israel, las cinco tribus de Efraín, Benjamín, Zabulón Isacar y Neftalí, lo que es una forma de decir: A todos y cada uno de nosotros.

Al escuchar esto, deberíamos preguntarnos: ¿Por qué difícilmente cambiamos? ¿Cuáles son los obstáculos que nos impiden cambiar más fácilmente?

Suele decirse que la naturaleza humana se resiste al cambio, o que el cambio es incómodo. Muchos también dicen que el cambio puede ser estresante o desafiante y causa miedo y ansiedad.

Por supuesto, hay elementos de verdad en todo ello. Charles Dickens escribió sobre un prisionero que estuvo encerrado durante muchos años en una mazmorra. Después de cumplir su condena, obtuvo la libertad. Lo sacaron de su celda a la brillante luz del día, al mundo abierto. Ese hombre miró a su alrededor y después de unos momentos, se sintió tan incómodo con su libertad recién adquirida, que pidió que lo llevaran de vuelta a los confines de su celda. Para él, el calabozo, la cadena y la oscuridad eran más familiares, seguros y cómodos que aceptar el paso a la libertad y a un mundo abierto.

Ciertamente, podemos señalar nuestro Defecto Dominante o nuestro Apego al Mundo, pero la raíz profunda de nuestra resistencia es nuestro instinto de felicidad. Este es el instinto básico, más básico que el instinto de auto-conservación o de procreación. Los instintos y reflejos son patrones de comportamiento innatos y dirigidos a objetivos y no son resultado del aprendizaje o la experiencia.

Los bebés tienen un reflejo de succión innato que se observa en los recién nacidos normales, que automáticamente giran la cara hacia el estímulo y hacen movimientos de succión con la boca cuando se toca la mejilla o el labio. El reflejo de succión ayuda a asegurar una lactancia exitosa. Las aves tienen una necesidad innata de construir un nido o migrar durante el invierno. Ambos comportamientos ocurren de forma natural y automática. No necesitan ser aprendidos para que se manifiesten.

Pero el instinto de felicidad es el instinto más fuerte de todos. Es por eso que muchas personas se suicidan cuando sienten que la felicidad es imposible para ellos. Nuestro instinto de felicidad es extremadamente poderoso porque nos urge a:

– Encontrar la felicidad en todo lo que hacemos, incluso en nuestros actos más generosos y abnegados.

Evitar acciones que no nos hagan felices de inmediato.

Buscar actividades que puedan hacernos felices, incluso si esas acciones tienen otras motivaciones adicionales.

Lo anterior es más que suficiente para nublar nuestra visión y dañar nuestra sensibilidad. Eso fue lo que le sucedió al hombre rico de la parábola de hoy: no llegó a ver la voluntad de Dios ni en Lázaro ni en la palabra de Dios, en Moisés y los profetas, la fórmula que, en tiempos de Cristo, describía a todas las Sagradas Escrituras.

El hombre rico, aunque fue condenado, realmente no sabe por qué. No ha hecho nada malo. La narración no dice que hubiera robado, dejase de pagar los impuestos, maltratase a sus sirvientes o blasfemase. Es más, cuando Abraham le niega la gota de agua, no lo acusa de ninguna falta. Simplemente le recuerda que era rico y disfrutaba en la tierra mientras Lázaro sufría.

Pero no era simplemente un pecado de omisión. Era una falta de sensibilidad. Es la indiferencia debida a ignorar la fuerza de nuestro instinto de felicidad, un instrumento útil que se convierte en.… nuestro amo.

Este instinto es como una brújula que nos guía hacia la verdadera felicidad. Si viajas para ver un paisaje excepcional y único, no tendría sentido detenerse a la mitad del camino y quedar estático, contemplando el banco en el que estás sentado. La felicidad más alta no está en lo que tenemos, sino en lo que esperamos alcanzar.

La medida de nuestra sensibilidad es nuestra compasión. De hecho, cinco veces en el Evangelio se nos dice que Jesús se conmovió de compasión. No sólo era compasivo; Se conmovió con la compasión.

A menudo se confunde la compasión con la empatía y el altruismo. La empatía es tener la experiencia visceral o emocional de los sentimientos de otra persona. Es, en cierto sentido, un reflejo automático de las emociones de otro, como cuando nos sentimos abatidos por la tristeza de un amigo. El altruismo es una acción que beneficia a los demás. Puede o no ir acompañado de empatía o compasión, por ejemplo, en el caso de hacer una donación con fines fiscales. Por supuesto, la compasión a menudo va unida a una respuesta empática y a un comportamiento altruista. Sin embargo, la compasión es una respuesta al percibir el sufrimiento, e implica un auténtico deseo de ayudar.

Los bebés demuestran espontáneamente comportamientos de ayuda, e incluso superan los obstáculos para hacerlo. Aparentemente lo hacen por una motivación intrínseca, sin esperar recompensa. Esto sugiere que no están simplemente ayudando porque se sienten gratificados la ayudar. Parece ser que el alivio del sufrimiento de otros conlleva una recompensa, un estado de felicidad, sea que lleguen o no, a realizar actos de ayuda.

No es sorprendente que la compasión sea una tendencia natural, ya que es esencial para la supervivencia humana. El término «supervivencia del más apto», a menudo atribuido a Charles Darwin, fue acuñado en realidad por Herbert Spencer y los darwinistas sociales que deseaban justificar la superioridad de clase y raza.

Un hecho menos conocido es que el trabajo de Darwin queda mejor descrito por la frase «supervivencia del más compasivo». De hecho, en El origen del hombre y la selección en relación al sexo, sostiene que los instintos sociales o maternos tienen más fuerza que cualquier otro instinto o motivación. En otro pasaje, comenta que las comunidades, que incluyen mayor número de miembros más compasivos, florecerán mejor y criarán mayor número de descendientes. La compasión parece ser un rasgo adaptativo que evolucionó naturalmente. Sin ella, la supervivencia y el florecimiento de nuestra especie habrían sido poco probables.

Esta compasión natural puede haber asegurado nuestra supervivencia debido a sus enormes beneficios para la salud física y mental y el bienestar general.

La razón por la cual un estilo de vida compasivo conduce a un mayor bienestar psicológico puede explicarse por el hecho de que el acto de dar parece ser aún más placentero que el acto de recibir. Dar a los demás incluso aumenta la felicidad más allá de lo que experimentamos cuando gastamos dinero, tiempo o energía en nosotros mismos.

Incluso para niños de sólo dos años, dar caramelos a los demás aumenta la felicidad de los donantes más que recibir esos dulces. El hecho de que dar nos hace más felices que recibir es cierto en todo el mundo, independientemente de si los países son ricos o pobres. Estos son hechos bien conocidos. Y obviamente, las consecuencias espirituales son de gran alcance: Siempre os he enseñado que así se debe trabajar y ayudar a los que se encuentran en necesidad,recordando aquellas palabras del Señor Jesús: ‘Hay más felicidad en dar que en recibir’ (Hechos 20:35).

Esto explica por qué, en la Segunda Lectura, Pablo se muestra preocupado porque hay falsos maestros en la comunidad cristiana, que difunden doctrinas extrañas que hacen que los cristianos se desvíen. En la última parte de la Carta se describen los vicios de estas personas: están cegados por el orgullo y no comprenden nada; lo que es peor es que consideran la religión como una fuente de ganancias económicas. San Pablo afirma: El amor al dinero es la raíz de todo mal (1 Tim. 6: 3-10). El dinero (como símbolo de poder, superficialidad, avaricia y comodidad) destruye y corrompe las relaciones interpersonales.

Cristo considera tanto la codicia de los bienes de este mundo como la riqueza ganada honestamente, como obstáculos casi insuperables para entrar en el Reino de los Cielos. El engaño de la riqueza ahoga la semilla de la Palabra (Mt 13:22); tiende a conquistar gradualmente todo el corazón humano y no deja espacio para Dios ni para el prójimo. Por supuesto, no podemos pensar que esta insensibilidad a las necesidades de los demás se refiere sólo a la dimensión material, sino que afecta a otras áreas de nuestra vida, en especial la vida intelectual, emocional y espiritual.

Bienaventurado quien se hace pobre, quien ya no está ansioso por lo que comerá o beberá, quien no se preocupa por el vestido y no se inquieta por el mañana (Mt 6, 25-34). Bienaventurado el que comparte todo lo que tiene con sus semejantes.

Otra razón por la que la compasión puede aumentar nuestra felicidad es que ayuda a ampliar nuestra perspectiva más allá de nosotros mismos. Es bien sabido que la depresión y la ansiedad están relacionadas con un estado de autoenfoque, una preocupación con… yo y mis cosas. Sin embargo, cuando hacemos algo por otra persona, ese estado de autoenfoque cambia a un estado de atención al otro. Quizás recuerdes un momento en que te sentías triste y esa situación un amigo cercano o un pariente te pide ayuda urgente con un problema; suele ocurrir que, a medida que tu atención se enfoca en ayudarle, tu estado de ánimo se eleva. En lugar de sentirte triste, es posible que te hayas sentido impulsado a ayudar; incluso puede que te hayas sentido mejor y también hayas obtenido una nueva perspectiva sobre tu propia situación.

La compasión también aumenta nuestra felicidad porque incrementa nuestro sentido de conexión con los demás. Las personas que se sienten más conectadas con los demás tienen menos probabilidad de sufrir ansiedad y depresión. Además, también son más empáticas con los demás, más confiadas y cooperativas y, como consecuencia, los demás se sienten más abiertos a confiar y cooperar con ellas. La conectividad social, por lo tanto, genera un ciclo de retroalimentación positiva de bienestar comunitario, emocional y físico.

Por otro lado, quienes han endurecido sus corazones ante las necesidades y sufrimientos de sus semejantes, y continúan lastimándolos y perjudicándolos o no ayudan cuando pueden, se impiden a sí mismos encontrar la verdadera paz y alegría.

En este contexto, podemos entender por qué Abraham le dijo al hombre rico: Hay un gran abismo abierto entre nosotros y ustedes; de modo que los que quieren pasar de aquí ahí, no pueden, ni los de ahí tampoco pueden pasar aquí. Como el hombre rico vivía sólo para sí mismo, el castigo para él fue ser aislado de la comunidad de los justos y los seres queridos simbolizados por Abraham, Padre del pueblo elegido por Dios. Permitió que sus riquezas lo alejaran de los demás. Una persona que vive sólo para sí misma vive en el infierno, tanto en esta vida como en la próxima.

La compasión tiene, literalmente, la capacidad de cambiar el mundo ¿Por qué las vidas de personas como Cristo, los santos y los mártires son tan inspiradoras? Entre otras razones, porque ver a alguien ayudar a los demás crea un estado de éxtasis más profundo. ¿No has derramado alguna vez lágrimas al ver el comportamiento amoroso y compasivo de alguien? Este éxtasis incrementado inspira a ayudar a otros y puede ser la fuerza que origine una reacción en cadena de generosidad. Ayudar es contagioso: los actos de generosidad y amabilidad engendran más generosidad en una reacción en cadena de la bondad. Es posible que hayas observado en algún programa de noticias las reacciones en cadena que se producen con motivo de terremotos, inundaciones o incendios (por supuesto, lamentablemente acompañados de saqueos). Nuestros actos de compasión elevan a los demás y los hacen felices. Puede que no lo sepamos, pero al elevar así a otros, también nos estamos ayudando a nosotros mismos; la felicidad se extiende y si las personas que nos rodean son felices, nosotros, a la vez, nos sentimos más felices.

Aunque la compasión parece ser un instinto que evolucionó naturalmente, sólo cuando nos volvemos sensibles a Dios, que nos está hablando en la Palabra, y especialmente en los sufrimientos de nuestros semejantes, podemos ser más amorosos y generosos. La parábola de hoy nos dice que, para ser más compasivos, en lugar de esperar que ocurran milagros espectaculares, tenemos que meditar la Palabra que nos habla en el Evangelio o en nuestra vida cotidiana. Sólo de esta manera nuestros corazones -que son tortuosos- pueden ser cambiados en corazones sensibles y compasivos.

La compasión puede crecer y desarrollarse. Este es el caso de una joven que inició unas conexiones en línea para apoyar una persona que había sufrido un asalto físico. Esto desencadenó una respuesta significativa más allá de las necesidades de esa persona, lo que resultó finalmente en la creación de una fundación activa y ejemplar, destinada a ayudar a otros. Cristo nos dice que debemos comenzar a ser fieles en las pequeñas oportunidades de mostrar compasión … y la gracia hará el resto. A veces elegimos ser ciegos incluso en ocasiones simples y obvias: Son como niños que se gritan unos a otros mientras se sientan en el mercado: Se parecen a los niños que se sientan a jugar en la plaza y gritan a sus compañeros: ‘Tocamos la flauta y ustedes no bailaron; cantamos canciones tristes y no lloraron (Lc 7: 32). Como dice el refrán, no hay nadie tan ciego como el que no quiere ver.

La verdadera compasión, que desencadena la generosidad, puede considerarse el gran remedio contra los excesos de las pasiones, porque motiva o dirige nuestras pasiones, inicialmente orientadas a nosotros, para cuidar a los demás, contribuyendo así decisivamente a anular conflictos entre individuos. Algunos de ustedes pueden sorprenderse al saber que las siguientes palabras fueron escritas por… Descartes:

Aquellos que son generosos de esta manera, son llevados naturalmente a hacer grandes cosas, sin emprender, por otra parte, nada que no se sienten capaces de hacer. Y debido a que no valoran nada más que hacer el bien a los demás y rechazar su propio interés, siempre son auténticamente corteses, amables y atentos con todos. Y junto con esto, tienen un dominio completo sobre sus pasiones (Las Pasiones del Alma).

En ninguna otra parábola Jesús asigna nombres a los personajes. Pero aquí, el pobre tiene un nombre; Lázaro. En este mundo, ¿quién tiene un nombre? ¿A quién están dedicadas las primeras páginas de los periódicos? A los ricos y a los que tienen éxito. Para Cristo, es más bien lo contrario: el rico es un extraño, un desconocido, mientras que el pobre tiene un nombre muy expresivo; se llama Lázaro, que significa el ayudado por Dios.

Hemos de confiar en Dios. Él conoce nuestros corazones, por desviados que estén. Él conoce nuestros miedos, nuestras heridas, nuestros apegos y nuestras esclavitudes. Él sabe que quizás estas son las razones por las que estamos demasiado entumecidos para escuchar la invitación de Jesús a arrepentirnos y vivir el espíritu del Evangelio. Y el Espíritu Santo siempre está listo para mostrarnos el camino de la justicia.

Al comentar esta parábola, San Ambrosio dijo: Cuando das algo a los pobres, no ofreces lo que es tuyo, más bien les devuelves lo que es suyo, porque la tierra y los bienes de este mundo son de todas las personas, no de los ricos.

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