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Encuentros en la orilla | 22 de enero

p. Luis CASASUS, Presidente de las misioneras y los misioneros Identes

Roma, 22, de Enero, 2023 | III Domingo del Tiempo Ordinario

Isaías 8:23b–9:3; 1Cor 1:10-13.17; Mt 4: 12-23.

Los caminos de Dios y los nuestros. Hoy se ve claramente cuál es la relación, en los domingos del Tiempo Ordinario, entre la Primera Lectura y el Evangelio, que se lee en continuidad, mientras que del AT se escogen pasajes que preparan la escena evangélica del día. Hoy, por ejemplo, la profecía sobre Galilea es un preludio de la realización de Jesús, que empieza su ministerio precisamente en esa región.

Hoy la Primera Lectura procede de Isaías, que vivió el terror de la invasión asiria de Palestina hacia finales del siglo VIII antes de Cristo. En la región de Galilea era como si hubiera vuelto el caos que reinaba antes de la creación, cuando “las tinieblas cubrían el abismo” (Gn 1,2). El pueblo deprimido había perdido toda esperanza. Se resignó a ver el glorioso “Camino del mar” que, pasando por Palestina, unía Egipto con Mesopotamia y parecía estar custodiado para siempre por el ejército asirio.

En este momento de quebrantamiento general, la voz del profeta anuncia: El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz. Sobre los que viven en la tierra de sombras de muerte ha amanecido una luz (9:1).

Es la promesa de una inversión de la situación. Con su mirada hacia el futuro, Isaías ve que los ejércitos asirios se retiran e Israel reanuda su vida en alegría y paz.

La luz a la que se refiere el profeta era un nuevo rey, descendiente de la familia de David. Estaba destinado a llevar a cabo la misión de disipar las tinieblas introducidas por los invasores extranjeros.

¿Qué ocurrió históricamente? Nada. Los asirios siguieron ocupando las tierras de Zabulón y Neftalí durante otros cien años. ¿Se equivocó el profeta? La perspectiva histórica que tenemos es muy estrecha y limitada. Si no vemos materializarse inmediatamente nuestros proyectos, pensamos que Dios se ha olvidado de nosotros. Él cumple sus promesas, pero de forma inesperada y a su debido tiempo. Dios no comete errores.

Si se cumplieran los sueños del pueblo de la época de Isaías, otros opresores habrían sucedido a los asirios, porque es la lógica del mundo. El perdedor es eliminado y el vencedor debe enfrentarse inmediatamente a otros reivindicadores.

Dios no entra en este conflicto. Tiene un plan que altera radicalmente la lógica repetitiva e inacabable de la lucha por el poder. La profecía se realiza, según la lógica de Dios, 750 años después.

Cuando Jesús se presentó a orillas del lago, el reino de los asirios ya se había derrumbado hacía cientos de años, pero la oscuridad del mundo no se había disuelto. Eran las tinieblas del mal, la violencia, la opresión, la corrupción y el egoísmo. Estas tinieblas empezaron a diluirse -como dirá Mateo en el Evangelio de hoy- sólo cuando, con el comienzo de la vida pública de Jesús, una luz brilló sobre los montes de Galilea.

Pero, la conclusión de todo lo anterior no es simplemente que somos ignorantes e impacientes. Más bien nos interesan dos consecuencias: que nadie puede deshacer los planes divinos y que, a pesar de las limitaciones, estamos llamados a participar activamente en ellos.

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  1. ¿Qué fibra sensible tocó Jesús en el corazón de aquellos pescadores de Galilea?

Sería fascinante conocer las primeras conversaciones que Cristo tuvo con ellos, cómo se interesaría por sus vidas, sus problemas y sus sueños. Sería algo único escuchar cómo compartía con ellos su pasión por lo que su Padre la había encomendado.

Lo cierto es que fueron unos momentos de pura vivencia extática, donde unos hombres recibieron la luz y la fuerza para salir de su mundo cotidiano, más o menos cómodo para ellos y sumergirse en un compromiso con una nueva comunidad, con desafíos internos y externos y todo ello sin una comprensión completa de lo que el Maestro les proponía.

Con seguridad, estos primeros discípulos sintieron que se les abría la posibilidad de llegar realmente a unirse profunda e íntimamente con otros seres humanos y, a la vez, con el mismo Dios. Jesús comienza hablándoles de “pescar hombres”, y estos pescadores sin duda sabían de situaciones complicadas en su familia, de conflictos en el trabajo, de abusos de las autoridades… Aunque su conocimiento de las Escrituras no fuese profundo, tendrían la certeza de que las cosas podrían ser mejores en su vida personal, en sus relaciones, en su país. Y, sobre todo, se fueron convenciendo de que podrían hacer algo relevante para llevar a otras personas a una auténtica felicidad, añorada en los corazones y anunciada en los Libros Sagrados.

Por supuesto, nos sentimos aliviados y agradecidos cuando alguien nos ayuda a resolver un problema, pero somos tan complicados que nos cuesta aceptar el amor que recibimos. A veces porque nos sentimos indignos de él; otras veces porque tenemos la impresión de que “hemos de pagar la deuda” y, lamentablemente, también nuestro orgullo se resiente y nos dice que sería mejor ser autosuficientes.

Cristo no arregló las redes de esos pescadores ni les pagó una nueva barca; puso delante de ellos la posibilidad de hacer un bien duradero, profundo y de transmitir plenitud de vida a los demás. Es muy difícil no aceptar esa oferta, aunque tú y yo lo hagamos con frecuencia. Por eso la vida del joven rico, que rechazó seguir al Maestro, fue probablemente, a partir de entonces, muy desgraciada.

Los pescadores de Cafarnaúm comenzaron a vivir un éxtasis permanente. Para ello se requiere ser consciente de que las personas nos están esperando, nos necesitan a pesar de nuestra pequeñez. Es algo semejante a lo que dice un amante de la persona que ama: Nacimos el uno para el otro. Pero Cristo nos hace ver que no se trata de un simple deseo personal, sino de una Providencia que nos reúne, nos acerca al prójimo, siempre para algo nuevo y grande. Aunque a veces, todo parezca casualidad; pero no es así.

En muchas ocasiones, el Papa Francisco ha relatado la historia de su propia vocación, cuando se sintió llamado por Dios a servirle como sacerdote. El 21 de septiembre de 1953, un muchacho de 16 años llamado Jorge Bergoglio planeaba salir a celebrar con sus amigos una fiesta nacional argentina llamada “Día del Estudiante”. Jorge decidió empezar la fiesta yendo a rezar a la iglesia de su parroquia, dedicada a San José. Cuando llegó a la iglesia, vio a un sacerdote que no reconoció, pero que parecía irradiar santidad. Decidió acercarse a él y le pidió que le confesara. No sabemos lo que Jorge le dijo al sacerdote, ni lo que éste le respondió. Pero sí sabemos que aquella confesión cambió totalmente no sólo los planes del adolescente para aquel día, sino para todo el curso de su vida. Durante el Año Jubilar de la Misericordia, el Papa Francisco dijo:

Para mí fue una experiencia de encuentro: Descubrí que Alguien me estaba esperando. Sin embargo, no sé lo que ocurrió. No lo recuerdo. No sé por qué estaba allí ese sacerdote en particular, al que no conocía, ni por qué sentí ese deseo de confesarme. Pero lo cierto es que Alguien me estaba esperando. Me esperaba desde hacía tiempo. Después de confesarme, sentí que algo había cambiado. Yo no era la misma. Había oído algo como una voz o una llamada. Estaba convencido de que debía hacerme sacerdote.

El Espíritu Santo prepara y educa nuestro éxtasis. Especialmente, con los encuentros, que pueden parecernos triviales o insignificantes, tal vez difíciles. Por eso, si mañana me encuentro con un enemigo, no debo olvidar que no es casualidad. Si me encuentro con alguien que vive conmigo, no debo pensar que es “como siempre”. Si me encuentro con alguien “difícil”, he de recordar que el Espíritu Santo me está diciendo qué hacer para acercarlo a Dios.

Podemos estar seguros de que Cristo nos busca, día y noche. En el texto evangélico de hoy hay que destacar la insistencia en los verbos de movimiento. Jesús no se detiene ni un momento: Mientras Jesús caminaba junto al lago de Galilea… y luego siguió de allí… Recorrió toda Galilea. Quien es llamado debe darse cuenta de que no se le concederá ningún descanso ni habrá ninguna parada en el camino. Jesús quiere que se le siga día y noche y durante toda la vida. No hay momentos de exención de los compromisos asumidos. Nuestra respuesta, pues, debe ser pronta y generosa como la de Pedro, Andrés, Santiago y Juan, que dejaron inmediatamente sus redes, la barca y a su padre y le siguieron.

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  1. Por último, si realmente creemos en la forma en que nos llama nuestro padre Fundador, es decir, vivir la santidad en común, debe quedar igualmente claro que la mayor dificultad es la división en nuestra convivencia. Igual que le ocurrió a la comunidad de Corinto, que recibió toda la formación, el ejemplo y la guía de San Pablo, sólo para caer en un conflicto permanente, también puede ocurrir en cualquiera de nuestras comunidades. El origen de estas dolorosas situaciones no es abstracto, doctrinal o sofisticado.

Lo que provocó tal discordia en Corinto fueron -entonces como ahora- el egoísmo, el deseo de dominar a los demás, de prevalecer sobre los demás y de imponerse a los otros. La luz del Evangelio, encendida por Pablo, había brillado en Corinto, pero la oscuridad del pecado y las tinieblas de la muerte seguían siendo muy densas y resultaba difícil disolverlas.

Pero lo que ha de presidir nuestra reflexión sobre mis pecados, los tuyos y los del prójimo es ante todo que nuestras faltas NO son más fuertes que la gracia. Muchas veces se han puesto de relieve las deficiencias de todo tipo de los primeros discípulos, pero estas hacen más evidente todavía que Dios lleva a cabo sus planes con personas que somos pecadores.

Es misterioso, pero el amor se hace eterno de muchas formas. Como decía un famoso cantante:

Futuros amantes, tal vez se amarán

sin saber

con el amor que un día

tuve por ti

Reconozcamos que nosotros estamos en la misma situación de los primeros discípulos; a la vez que sinceramente anhelamos hacer una gran bien a las personas, en nosotros asoman formas de soberbia que nos cuesta identificar y reconocer (las dos cosas). y por eso precisamente, hemos de reconocer que recibimos gracias especiales. Algunos santos las resumían en encuentros íntimos y discretos con Cristo, que sigue paseando por nuestras orillas.

Lo que resulta sorprendente y conmovedor en las Lecturas de hoy es la frase “El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz“. La historia humana es torpe, sin sentido, depresiva, espantosa, y sin embargo “la esperanza brota eternamente en el pecho humano”. Muchos la tachan de ilusión infantil, pero otros celebran el increíble poder de la esperanza. Y la esperanza es, junto con la fe y el amor, uno de los tres poderes fundamentales del mensaje del Reino de Dios.

A lo largo de los siglos, esas palabras han generado esperanza y convicción en tiempos difíciles y estériles. Una y otra vez han dado forma a comunidades a las que las puertas del infierno no pudieron resistirse. Su poder no se ha perdido. Una voz del cielo declaró: “Escúchenle”.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente

 

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