El Miedo: Un enemigo temible

By 21 junio, 2020junio 22nd, 2020Evangelio, Para leer

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes

 New York, 21 de Junio, 2020. |  XII Domingo del Tiempo Ordinario.

Jeremías 20:10-13; Carta a los Romanos 5:12-15; San Mateo 10: 26-33.

7 Bible Verses for a Good Night's SleepPara muchos de nosotros, el mero pensamiento de la muerte puede lanzarnos rápidamente hacia nuestras más inútiles distracciones y tácticas de evasión. De esta manera, continuamos dándole poder y perpetuando la noción de la muerte como un tema tabú. Intelectualmente podemos reconocer nuestra mortalidad, pero en el fondo, la negamos. El miedo a la muerte es tan abrumador que mantenemos este conocimiento inconsciente.

Algunos autores sostienen que la mayoría de las acciones humanas las realizamos principalmente como un medio para ignorar o evadir la muerte. Sugieren que el miedo a la muerte es lo que nos motiva a tratar de dejar un legado duradero, a comer verduras, a permanecer en posiciones de autoridad el mayor tiempo posible, o a ir al gimnasio o a la iglesia. En una perspectiva más profunda, el autor de la Epístola a los Hebreos afirma que Jesús murió para rescatar a todos los que vivimos cada día con miedo a morir (Heb 2: 15). Después de reflexionar sobre la realidad de la muerte y sobre todo sobre la salvación y la libertad que hemos recibido a través de Cristo, San Pablo exclama: ¿Dónde, oh muerte, está tu aguijón? (1Cor 15:55), porque comprendió que el miedo a la muerte nos incita a defendernos y a dejarnos llevar por nuestro orgullo.

Por supuesto, hay otros aspectos de la muerte que tememos, como la enfermedad, la discapacidad y la angustia de las personas que se preocupan por nosotros. Esto explica por qué Carl R. Rogers dijo que no podemos tener miedo a la muerte, en realidad, sólo podemos tener miedo a la vida.

Una madre y su pequeña hija de cuatro años se preparaban para acostarse por la noche. La niña tenía miedo de la oscuridad, y la madre, a solas con la niña, también sentía miedo. Cuando la luz se apagó, la niña vio la luna fuera de la ventana. La madre, preguntó: ¿Es la luna la luz de Dios? La madre dijo: Sí, la luz de Dios siempre está brillando. La siguiente pregunta fue: ¿Dios apagará su luz y se irá a dormir? Y la madre respondió: No, hija mía. Dios nunca duerme. Entonces, desde la sencillez de su fe, la niña, dijo algo que tranquilizó a la temerosa madre: Bueno, mientras Dios esté despierto, no tengo miedo.

No nos extraña que Jesús dijera: Si no se hacen como niños pequeños, no entrarán en el reino de los cielos. ¡Cuántas veces permitimos que el miedo a la oscuridad, al fracaso, al sufrimiento, a la muerte, nos robe el sueño y la alegría de vivir! La luz de Dios nunca se apaga; Él está siempre despierto a nuestras necesidades.

Pero, el lado positivo del pensamiento de la muerte, que ha sido usado por el cristianismo y otras religiones para estimular nuestra compasión, tiene una importancia práctica en nuestra vida de oración, para que logremos no distraernos y así mirar a los demás con verdadera misericordia.

Cuando nos damos cuenta de que estamos muriendo, y de que todos los demás seres humanos mueren con nosotros, y de que todos nos encontramos en un difícil y extraño viaje hacia nuestro hogar celestial, empezamos a tener sentido de la fragilidad y preciosidad de cada momento y de nuestro prójimo, y vemos más claramente que somos hermanos, porque compartimos nuestra fragilidad y nuestro destino.

El miedo puede paralizar y herir nuestra voluntad, lo que representa un daño a la libertad a la que estamos llamados.

Cuando examinamos la falta de oración en nuestra voluntad, prestamos atención a los deseos inútiles o negativos, que nos invaden y que a menudo son producidos por la falta de paz. Pero raramente notamos los efectos paralizantes del miedo, que nos impide abrazar lo que realmente es nuestro deseo y aspiración interior.

Pero hay más. El miedo afecta y perturba nuestra inteligencia, de modo que el miedo y la fe se excluyen mutuamente. Temer es lo opuesto a creer. Creer en Dios elimina el miedo. Cuando creemos que Dios es bueno y que tiene el control de todos los eventos y acontecimientos en la tierra, el creyente ya no teme. Pone su confianza en el amor y el cuidado de Dios. Esto aparece claramente en la Primera Lectura de hoy.

Jeremías vive en un momento desalentador en la historia de su pueblo. Nabucodonosor, rey de Babilonia, está listo para asaltar Jerusalén. Los comandantes del ejército están completamente confundidos y la tensión crece y crece. Los líderes religiosos ofrecen esperanzas vacías de paz (Jer 6:14), pero todo va mal y la catástrofe se acerca.

Jeremías es joven, tímido y sensible, ajeno a la polémica, pero es llamado a una misión difícil y arriesgada: Prepárate para la acción; ponte en pie y diles todo lo que te ordeno. Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para salvarte (Jer 1:17-19).

El sumo sacerdote, Pashur, es apresado y llevado al exilio, donde morirá junto con los que engañaban con mentiras: prometía paz, mientras se acercaban los días de terror. Los enemigos (y amigos) de Jeremías se burlan de él y también planean matarlo. El profeta se siente rechazado por su pueblo y abandonado por todos. En este punto, el desánimo, la incertidumbre, la desesperación e incluso la duda de que su vocación fuera un engaño, son inevitables y comprensibles. Desata su sentimiento al Señor; le grita todo su dolor, hasta el punto de maldecir el día de su nacimiento (Jer 20, 14-18).

Jeremías acusó al pueblo de pecado y advirtió del juicio de Dios sobre ellos. Condenó el que confiaran más en los pactos militares que en Dios. Jeremías fue llevado al exilio, pero se negó a ser silenciado. Pero la oración produce en él la certeza de la fidelidad de Dios. Y proclama: Pero Yahvé, como poderoso guerrero, está conmigo. Ahora está seguro: Dios intervendrá, hará brillar la verdad y hará triunfar al defensor de la causa justa.

Nuestro padre Fundador dice que la prevención es la esencia de la profecía. Entiendo por esto que el Espíritu Santo nos prepara para los momentos en que se nos va a pedir un compromiso especial, no anticipado por nosotros, y por lo tanto más exigente y basado en una fe sólida, no en nuestros cálculos.

Todo discípulo de Cristo recibe signos proféticos, señales, aunque sean incompletas o sólo a medias, de lo que se le va a pedir, o también de las necesidades que hay que satisfacer a su alrededor, en la Iglesia y en el mundo. Uno de los elementos de nuestra oración debe ser, en efecto, preparar nuestro corazón para esos momentos en el futuro próximo.

Era una vez un capitán de barco que, una vez retirado, dirigía un barco que llevaba a los viajeros a una isla cercana. En uno de esos viajes, el barco estaba lleno de jóvenes. Estos jóvenes se rieron del viejo capitán cuando lo vieron rezar una oración antes de partir, porque el día era soleado y claro. Sin embargo, una tormenta estalló repentinamente y el barco comenzó a cabecear violentamente. Los aterrorizados pasajeros se acercaron al capitán y le pidieron que se uniera a ellos en la oración. Pero él respondió: Rezo mis oraciones cuando hay calma. Cuando todo está agitado, me ocupo de mi barco. La lección es que, si no podemos o no queremos buscar a Dios en momentos tranquilos de nuestras vidas, no es probable que lo encontremos cuando hay problemas. Tenemos que vivir como verdaderos profetas… y se nos da la gracia de hacerlo.

El miedo a la muerte tiene una función positiva y protectora tanto en los animales como en los humanos. Pero Jesús nos dice aún más: que debemos tener verdadero miedo de aquel que puede quitarnos, a partir de este momento, la vida que es eterna.

De hecho, la Segunda Lectura nos recuerda la consecuencia del pecado de Adán y nuestros propios pecados: No la muerte biológica, que es un hecho natural, sino la incapacidad de vivir, elegida por cualquiera que se niegue a seguir los pasos de Dios. ¿No hemos cultivado muchas veces, por miedo a estar solos, amistades ambiguas o mantenido relaciones que terminaron por convertirnos en esclavos e impedirnos vivir?

Sin embargo, la gracia obtenida por la obediencia de Cristo es muy superior a los problemas causados por la insensatez humana. Por mérito de Cristo, Dios nos ha comunicado toda su vida. San Pablo subraya el hecho de que Cristo, con su muerte, no sólo venció el pecado, sino que derramó la gracia divina tan abundante y generosamente sobre la humanidad, haciéndonos sus hermanos y, por tanto, hijos de Dios, que no hay comparación entre el mundo redimido por la muerte de Cristo y el mundo del pecado que prevalece sin Él.

Desde un punto de vista práctico, los zoólogos llaman «distancia de seguridad» al espacio que un pájaro necesita mantener entre sí y alguien que se aproxima a su entorno. ¿Somos capaces de usar positivamente el miedo al que tiene el poder de destruir tanto el alma como el cuerpo, como dice Jesús?

El miedo a la persecución y el miedo a ser herido física o emocionalmente están ligados al miedo a la muerte.

Jesús dice: ¿No se venden dos gorriones por una moneda de cobre? Y ninguno de ellos cae al suelo sin la aprobación de su Padre. Aquí tenemos la imagen de un gorrión herido, golpeado, y que cae al suelo. La gente solía comer gorriones. Podían comprarlos en cualquier mercado de Jerusalén. Eran muy baratos y especialmente los compraban y comían los pobres. ¿Pero cómo llegaban esos pájaros al mercado? Los atrapaban con un lazo o les alcanzaban con una piedra. Y por supuesto, en el proceso de atraparlos, los gorriones resultaban heridos.

Así que la cuestión aquí es que hay una herida que causa dolor y sufrimiento. Tenemos miedo de salir lastimados, y esa es una reacción normal. Una vez más, Jesús dice: No tengas miedo de eso. No tienes nada de qué preocuparte porque mi Padre te ama. Dios conoce todos los eventos y acontecimientos en la tierra, hasta el más mínimo detalle. Sabe cuándo un pequeño gorrión cae al suelo. Conoce cada cabello de la cabeza de una persona. Si Dios está tan preocupado por los gorriones que ninguno cae al suelo sin su consentimiento, ¿cuánto más se preocupa por los detalles más insignificantes de cada uno de nosotros que valen más para Él que los gorriones, que son la corona de su creación? Dios es capaz de hacerse cargo de todas las heridas y el dolor de quien tiene fe y encauzarlos todos para su bien. Puede dar sentido, significado y trascendencia a todo lo que le sucede a una persona.

Pero seamos claros. El apóstol, al igual que una madre o un padre devoto, tiene un miedo más importante que el miedo a lo que le sucederá a él mismo. Tememos por los que más queremos, nuestros hijos, nuestros hermanos y hermanas jóvenes, nuestros enfermos. A veces pensamos que somos sus máximos protectores, pero no es verdad. La oscuridad de este mundo es simplemente más poderosa que nosotros. Y, aun así, estamos llamados a poner nuestros miedos a los pies de Dios y seguir valientemente hacia adelante. Él promete ser una luz en la oscuridad, para guiarme, para estar a mi lado en cada paso del camino en este peligroso viaje. No siempre puedo proteger a los que amo, pero puedo guiarlos a través de la oscuridad con confianza, sabiendo que Dios me está guiando: Echen toda la ansiedad sobre Él porque Él se preocupa por ustedes (1Pe 5:7).

La mayoría de las veces, los apóstoles no verán germinar las semillas de luz y bondad que han sembrado con esfuerzo y dolor. Sin embargo, deben cultivar la gozosa certeza de que la cosecha crecerá y será abundante. Su trabajo no será en vano; aunque sean aniquilados, ninguna fuerza enemiga podrá impedir la realización del plan de Dios.

Podríamos decir que la mayoría de nuestros miedos son… miedos egoístas. Aquellos que creen que son receptores de una gracia muy especial, desarrollan un miedo paradójicamente amoroso y a la vez alegre. Por el amor y la alegría de Dios, temblamos con el privilegio de estar en su presencia y de colaborar en su reino. Tenemos un profundo miedo de afligirle.

Tendrías mucho miedo si alguien pusiera en tus manos un hermoso y valioso jarrón de la antigua dinastía Ming. No temblarías por miedo a que el jarrón te haga daño, sino de que tú lo puedas romper. Por supuesto, no podemos hacer daño a Dios, pero un cristiano debe preocuparse intensamente de no afligir o deshonrar al quien es tan glorioso y que hizo tanto por nosotros.

El temor de Dios es un temor muy especial, vinculado a nuestra facultad de unión. Tan especial que se reconoce como un verdadero don del Espíritu Santo.

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