
Evangelio según San Juan 6,51-58
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».
Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».
Pan y Vino, Dios en el hombre
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 07 de Junio, 2026 | Cuerpo y Sangre de Cristo
Dt 8, 2-3. 14 b-16 a; 1Cor 10,16-17; Jn 6: 51-58
Muchos compromisos importantes son sellados por una comida especial y un brindis. El sentarse juntos a la mesa y el levantar la copa tienen un significado profundo y frecuentemente son el sello de un pacto relevante. Por ejemplo, los recién casados y sus amigos brindan por un futuro feliz y vivido en común, durante los cumpleaños brindamos para hacer lo posible por la felicidad de quien festeja su aniversario.
En la antigüedad clásica de Grecia y Roma, el brindis se hacía por dos razones principales:
* Como signo de confianza; se demostraba así que la bebida no estaba envenenada, ya que al chocar fuertemente las copas el líquido se salpicaba y mezclaba entre los asistentes.
* Para que pudieran intervenir todos los sentidos, pues permitía que el sentido del oído también participara en el gozo de beber vino, sumándose al gusto, la vista, el olfato y el tacto. Hay gestos tan importantes que deseamos poner en ellos toda nuestra alma y todo nuestro cuerpo.
Recordemos uno de los lemas literarios más famosos del mundo: Todos para uno y uno para todos. Proviene de la novela Los tres mosqueteros (1844) del escritor francés Alejandro Dumas. En la novela, los personajes suelen usar esta frase precisamente antes de una batalla o al alzar sus copas en una taberna para celebrar sus victorias. Representa la lealtad absoluta. Si un miembro del grupo enfrenta un problema o un enemigo, todo el grupo lo defenderá como si fuera un problema propio.
Por supuesto, la Eucaristía es más que un brindis, pero su significado es tan grandioso que también abarca lo que en todo el mundo significan los brindis: la solidaridad entre personas y el compromiso ante un proyecto común.
¿Cuál es ese compromiso? Por supuesto, vivir según el estilo de Cristo, según el Espíritu Evangélico. Por eso, al celebrar la Santa Misa, y también al impartir la Unción de los Enfermos, existe una celebración previa de la Palabra, para grabar en nuestro corazón en qué consiste el pacto que renovamos con Jesús. Por eso son significativas las palabras de Pablo:
Examínese cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba de la copa. Porque el que come y bebe sin discernir correctamente el cuerpo del Señor, come y bebe juicio para si mismo (1Cor 11: 28-29).
El Concilio Vaticano II lo destacaba en uno de sus documentos clave:
La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia (Dei Verbum 21).
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Sin embargo, hay una gran diferencia entre el momento de alzar una copa de vino y la elevación del cáliz. En el primer caso, se trata de animarse mutuamente a poner el máximo de esfuerzo para conseguir un propósito, aunque se formule vagamente, como “la felicidad”. Pero, en la Eucaristía, nos abrimos al poder de la gracia; beber de la copa es aceptar su alianza, dejar que su vida entre en la nuestra. Desde luego, el hecho de acercarse al altar para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo es una confesión silenciosa de la propia debilidad, del hambre y sed de Dios que padecemos, aunque no siempre podamos comprender su profundidad.
Recuerdo con claridad y emoción el caso de un joven holandés que participó en nuestra Ruta Jacobea. Ni siquiera recordaba si estaba bautizado ni tampoco si era protestante o católico; hasta ahí llegaba su falta de formación religiosa y espiritual. Al terminar nuestra peregrinación, en la fiesta de Santiago Apóstol, nuestro grupo peregrino participó en la Catedral en la solemne Eucaristía, presidida por el Arzobispo. Todos los sacerdotes concelebrantes distribuíamos la Eucaristía y pude ver cómo nuestro joven amigo se acercaba en otra fila a recibir a Cristo Sacramentado.
Al acabar la Misa, le pregunté si había comprendido lo que hizo y su respuesta fue tan sincera como contundente: No podía dejar de participar de ese momento. Luego hicimos una breve catequesis “de emergencia”, facto consummato (después de consumado el hecho) como se dice en el ámbito jurídico.
Los sociólogos y filósofos contemporáneos coinciden en que vivimos en la era de la “modernidad líquida”. A diferencia del pensamiento rígido de épocas pasadas, la mente contemporánea es escéptica, acelerada y profundamente moldeada por un culto ingenuo a la tecnología. Por eso, nos cuenta comprender y abrazar la afirmación de Cristo, que ilusamente confundimos con la magia o la mera opinión piadosa:
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
Por el contrario, la experiencia de los santos demuestra que es así. Por ejemplo, Santa Teresa de Ávila afirma que, tras recibir la Eucaristía, experimentaba una certeza absoluta de la presencia viva de Jesús en su interior, lo que la llevaba a un estado de recogimiento profundo donde dialogaba con Él “corazón a corazón”. Igualmente, San Ignacio de Loyola: Sentía un fuego interno y un impulso irresistible de amor que no provenía de sus propias fuerzas, sino del “Huésped divino” que habitaba en él.
La Primera Lectura de hoy es una invitación a recordar cómo la mano de Dios ha estado y está siempre presente en nosotros, no sólo en la épica historia de Israel, que pudo atravesar el desierto y llegar a la Tierra Prometida. En el Pan y el Vino consagrados, más allá de los efectos físicos y psicológicos, se produce una y otra vez una forma de presencia de Cristo que es diferente a su compañía “habitual”. San Pablo lo expresó perfectamente al decir: Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (Gál 2: 20). Nosotros tenemos -sobre todo- la experiencia continua del perdón, repetido sin cansancio, en la cual se nos convoca a trabajar en la Viña del Padre a pesar de cualquier infidelidad.
El maná es la imagen que anunciaba cómo el alimento verdadero procede de Dios, no simplemente de nuestros esfuerzos y limitado ingenio. Además de calmar el hambre, recordaba a los judías, como la Eucaristía nos recuerda a nosotros, que vivimos en un auténtico éxodo a la vida celeste, a la auténtica vida , por la cual merece la pena todo esfuerzo y abnegación.
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Durante la Última Cena Jesús realizó su acto supremo de amor, un regalo total de vida que luego haría de otra manera en la Cruz. La Palabra de Dios y el Pan del Cielo, pueden acogerse con la mente y el corazón a través del Sacramento, recordando las palabras de Cristo: No se vive sólo de pan, sino también de la Palabra hecha pan.
Aunque los judíos entendieron que el comer el Pan del Cielo significaba aceptar las enseñanzas de Cristo, el Evangelio, sin embargo no podían entender qué significa ‘comer su propia carne’. Así que su pregunta: ¿Cómo puede este hombre darnos carne para comer?, era de esperar. Se dieron cuenta de que no se refería sólo al significado espiritual, sino a una acción material concreta.
Beber sangre es repulsivo para los judíos; de hecho, cuando mataban a un animal para comer, dejaban que se desangrase hasta morir, creyendo que la “fuerza vital” se encuentra en la sangre. Esta es la cultura y atmósfera en las que Cristo pronunció esas palabras, con la clara intención de mostrar que se trataba de una alianza realmente nueva.
La Eucaristía debe ser recibida con fe, de lo contrario no tendría ningún efecto, porque debe ser una expresión de nuestra decisión interior de aceptar a Cristo y permitirle que llene toda nuestra vida: decisiones, acciones, discurso y comportamiento total. Si se recibe con fe este sacramento, la unión con Cristo se va haciendo hace más sólida y profunda.
Sagazmente, basado en la experiencia de las diferentes iglesias, San Pablo enseña hoy a los Corintios que la Eucaristía no sólo produce la unión personal con Jesús, sino que también es el instrumento de unidad entre nosotros: Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.
La comunidad de Corinto era heterogénea, con cristianos que habían vivido con tradiciones muy distintas y conviviendo con paganos que realizaban ceremonias como ofrecer sacrificios a los ídolos. Por eso, el asunto el consumir carne de los sacrificios a los dioses, era un asunto muy debatido. San Pablo no escribe sólo con intenciones “formativas”, sino para calmar las amargas discusiones y las condenas que se cruzaban entre ellos.
A nosotros, esto nos puede resultar algo irrelevante, sobre todo en las culturas poco sensibles a los ritos y ceremonias, pero, hoy como ayer, en toda comunidad se dan divisiones incluso por asuntos triviales. La verdadera unidad no se consigue sólo con el necesario esfuerzo para vivir una humildad y un perdón siempre necesarios, sino al acudir juntos al mismo alimento, a la misma fuente.
Un ejemplo literario magistral que ilustra cómo la verdadera unidad se produce al acudir juntos a la misma fuente de alimento es la novela El festín de Babette (1958), escrita por la autora danesa Isak Dinesen (Karen Blixen). Esta obra describe a la perfección cómo el alimento compartido, preparado como un acto de entrega pura, es capaz de sanar las divisiones humanas y fusionar las almas.
La trama se ambienta en una pequeña, remota y austera comunidad puritana en un pueblo costero de Noruega. Los habitantes viven bajo reglas religiosas extremas, rechazando cualquier placer terrenal. Con el paso de los años, las viejas rencillas, los celos, los chismes y los resentimientos del pasado han fracturado la convivencia, transformando el pueblo en un lugar de almas frías, aisladas y divididas.
Babette, una refugiada francesa que huye de la guerra, es acogida como cocinera por dos ancianas del pueblo. Tras ganar la lotería en Francia, en lugar de usar el dinero para regresar a su país, decide gastarlo por completo en importar los ingredientes más exquisitos de París para preparar una única y opulenta cena en honor al difunto pastor de la comunidad.
Cuando los puritanos se sientan a la mesa, lo hacen con desconfianza, decididos a no disfrutar de la comida para no caer en el pecado del hedonismo. Sin embargo, a medida que avanza la cena y todos empiezan a nutrirse del mismo banquete excepcional y de la misma fuente de amor y sacrificio que Babette ha preparado, ocurre el milagro:
El sabor sublime del alimento y del vino actúa como una gracia que desarma sus defensas. Las lenguas, antes secas y afiladas por el rencor, comienzan a ablandarse. E la disolución del egoísmo:
Viejos enemigos que llevaban décadas sin mirarse a los ojos se piden perdón; amores frustrados del pasado se reconcilian con su destino; los corazones endurecidos se vuelven tiernos.
Al alimentarse todos de la misma entrega (pues Babette se ha quedado literalmente en la pobreza al darles todo lo que tenía), la comunidad rota vuelve a ser un solo cuerpo. La novela describe el final de la cena con una belleza que evoca directamente la liturgia de la unidad:
Los habitantes del pueblo salieron de la casa transformados. Se sentían ligeros y limpios, como si hubieran participado en un misterio sagrado. Se tomaron de las manos bajo las estrellas y comenzaron a cantar juntos los viejos himnos de su infancia. Ya no eran individuos aislados por sus rencores; la misma fuente los había vuelto a unir.
Es paradójico -como tantas cosas del Maestro- que nos enseñe cómo al partir el pan se produce la unidad. Pero el pan partido enseña que la verdadera unidad nace de la capacidad de vaciarse y entregarse a los demás. En la lógica del Reino de Dios, el pan no es partido simplemente para dividirse, sino para ser multiplicado y compartido, transformando la fragmentación física en unidad espiritual.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











