
Evangelio según San Mateo 28,16-20
En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
La misión, anticipo del cielo
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 17 de Mayo, 2026 | Ascensión del Señor
Hechos 1: 1-11; Ef 1: 17-23; Mt 28: 16-20
En una tarde de lluvia, Carlitos, de cuatro años, estaba jugando en el salón mientras su madre terminaba unas tareas. De pronto, un trueno fuerte hizo vibrar las ventanas. Carlitos se quedó quieto, con los ojos muy abiertos.
No pasa nada, cariño -dijo su madre desde la mesa- estoy aquí.
El niño no respondió. Otro trueno. Carlitos tomó una decisión silenciosa: caminó despacio hasta donde estaba su madre, arrastrando su dinosaurio favorito en la mano.
Ella, sin darse cuenta, siguió hablando:
¿Quieres que te explique qué es un trueno? Mira, es como…
Pero Carlitos no quería una explicación. Tampoco quería una foto, ni un dibujo, ni otro juguete. Solo levantó los brazos.
Su madre se giró, lo vio, y entendió. Lo tomó en brazos.
El niño apoyó la cabeza en su hombro, soltó el dinosaurio, y respiró hondo. El trueno siguiente sonó más fuerte que los anteriores, pero esta vez Carlitos ni se movió.
¿Así mejor? susurró ella.
Carlitos no dijo nada. Solo apretó un poco más los brazos alrededor de su cuello. Carlitos sintió el calor de su carne y el latido que lo había acompañado desde el seno. Y en ese abrazo, sin palabras, quedó claro lo que él necesitaba; no una explicación, sino un cuerpo que lo sostuviera.
Algo así nos pasa a nosotros. Hoy, al celebrar la Ascensión de Cristo, su último evento aquí en este mundo, mientras los pensadores se esfuerzan en explicar -o negar- lo que es el espíritu, Cristo, con su cuerpo resucitado, nos muestra y nos demuestra que también nuestra humilde y frágil vasija, hecha de carne y alma, también irá al cielo, transfigurada como Jesús.
Como le sucede al niño de la historia, nuestro Padre celestial nos quiere abrazar, no se conforma con un mensaje nos quiere por completo, plenamente, con el cuerpo, el alma y el espíritu que un día nos regaló para el paso por este extraño mundo, que no es nuestra patria, como recuerda San Pablo:
Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo, de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de Su gloria (Fil 3: 20-21).
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Pero no olvidemos que hay una segunda perspectiva para contemplar la Ascensión, ya que los “dos hombres vestidos de blanco” dicen a los discípulos: ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?
En efecto, la sorpresa y el miedo no les permitían recordar la promesa del Maestro: Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28: 20). No debían quedarse en la cumbre, sino descender al valle, aunque a veces merezca el nombre de “valle de lágrimas”, como se dice en el Salmo 84. Esto sólo era posible si seguían fielmente las precisas instrucciones de Jesús: No salir de Jerusalén y esperar allí la llegada del Espíritu Santo. Así hicieron y así ocurrió.
La Ascensión trae también este mensaje de Cristo: A partir de ahora, yo no seré visible, pero ustedes sí. En efecto, se pusieron en marcha para llevar la paz a los corazones de tantas y tantas personas, que no podían sentir la presencia de Dios, precisamente por esa falta de paz. Lo mismo sucede con nosotros: como anunció Cristo al proclamar las Bienaventuranza, a quienes son constructores de paz, les corresponde el reino de los cielos.
Esto significa que, a quien trabaja incansablemente por reconciliar personas, por crear condiciones para que cada uno viva con la mayor dignidad posible, le será entregado el reino de los cielos, lo cual se cumple ahora mismo, si no dejamos de llevar su paz a amigos y enemigos. De hecho, ya Cristo lo anunció: El reino de Dios está dentro de ustedes (Lc 17:21).
San Francisco de Asís experimentó esta realidad y la expresó como mejor puede hacerse, es decir, en la forma poética de su famosa oración:
Señor, hazme un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, siembre yo amor.
Donde haya injuria, perdón;
Donde haya duda, fe;
Donde haya desaliento, esperanza;
Donde haya sombra, luz;
Donde haya tristeza, gozo;
¡Oh Divino Maestro! Concédeme que no busque ser consolado sino consolar;
Que no busque ser comprendido, sino comprender;
Que no busque ser amado, sino amar;
Porque al dar recibimos, Al perdonar somos perdonados,
Y al morir nacemos a la vida eterna.
También de forma precisa y poética, nos dice nuestro Fundador:
Este es el mensaje de nuestra misión: que los hombres piensen que, además de estar en la tierra, ya están también en el cielo. La forma humanísima de estar en el cielo, muy interior e íntima fue la divinidad de Cristo, la del Hijo de Dios (En el Corazón del Padre).
Es notable que las últimas palabras de Jesús que leemos en el Evangelio de Mateo no son un consejo moral, sino una misión totalmente orientada al prójimo: Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.
Ciertamente, la respuesta a nuestras inquietudes la encontramos al levantar la cabeza y contemplar al prójimo, su dolor y sus sueños. Es así; somos seres extáticos por naturaleza, por eso el quedarme en mi dolor, en mis proyectos, en mis reflexiones, es algo siempre antinatural, más allá de que pueda calificarse de bueno o malo. Una vez que emprendemos la tarea de entregar nuestra vida a los demás, se produce un cambio en nosotros.
Nunca será demasiado el insistir en esta verdad, que el Evangelio nos enseña una y otra vez:
► El que sirve, como en el lavatorio de los pies, entra en la comunión con Cristo, entra en su lógica, participa de su modo de ser.
En verdad, el servicio no es solo acción; transforma al que lo realiza, lo introduce en la comunión con Cristo: si no te lavo, no tienes parte conmigo. El discípulo se vuelve capaz de amar como Él.
► El que acepta la misión recibe una fuerza nueva. Como vemos en Mateo 10: 1‑8. Jesús envía a los suyos a sanar, liberar, anunciar. Y en el mismo acto de enviarlos, les da una potestad nueva: Les dio autoridad para expulsar espíritus impuros y curar toda enfermedad. Ellos no tenían esa capacidad antes. La reciben en el momento en que aceptan la misión. De manera que la misión cambia al misionero, que recibe dones que no poseía y de ese modo, el poder de Cristo se manifiesta cuando uno se entrega.
► El que acoge, como los discípulos de Emaús, descubre a Cristo y renace; la entrega al otro abre la inteligencia espiritual.
► En Juan 6: 1‑13, el episodio de la multiplicación de los panes nos enseña que un muchacho entrega lo que tiene -poco, insuficiente- pero ese acto desencadena un cambio y lo poco se vuelve abundante, los discípulos pasan de la impotencia a la confianza y así, Jesús les hace administradores de un milagro.
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La Primera Lectura afirma que Jesús ascendió al cielo. Por supuesto, los Hechos de los Apóstoles nos quieren enseñar algo más esencial que una elevación en el espacio. Respecto a Jesús, significa que su comunión con el Padre es total y además, lo dio a la Iglesia como cabeza, según dice la Segunda Lectura.
En cuanto a nosotros, es cierto que tenemos experiencias que pueden llamarse celestes, en especial cuando abrazamos la gracia y somos capaces de amar incondicionalmente, venciendo el egoísmo.
Es lo que los teólogos expresan con la frase “Ya pero todavía no” para dar a entender que el Reino de Dios, entendido como el cielo, ya está presente en las buenas acciones, la justicia y el amor y la generosidad vividos según el Evangelio. Todavía no en su plenitud, porque el sufrimiento y la muerte aún existen, pero es suficiente para que seamos conscientes de que somos hijos, de que hemos recibido como herencia el trabajar en la misma viña que Cristo lo hizo.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











