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By 5 mayo, 2019 mayo 17th, 2019 Evangelio, Para leer

por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes

Roma, 5 de Mayo, 2019. Tercer Domingo de Pascua
Hechos 5,27b-32.40b-41; Apocalipsis 5,11-14; San Juan 21,1-19.

  1. ¿Alguna vez has estado pescando toda la noche… sin lograr pescar nada? Probablemente, todos hemos tenido alguna experiencia dolorosa, alguna sensación de fracaso personal en nuestra vida espiritual o apostólica y nos preguntamos qué no hicimos bien y qué podemos hacer ahora. Tal fue vez en una actividad concreta, o después de hacer un esfuerzo sincero para ayudar a una persona, o simplemente intentar modificar algún aspecto de mi comportamiento personal. El Papa San Juan Pablo II nos exhortaba:
    Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo no podemos hacer nada. (Jn 15: 5). La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración? Hagamos, pues, la experiencia de los discípulos en el episodio evangélico de la pesca milagrosa: Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada (NMI 38).
    Tarde o temprano nos damos cuenta de que la necedad de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana (1 Co 1:25). Y este descubrimiento ocurre, generalmente, a través de una experiencia dolorosa, como el pescar toda la noche sin atrapar nada. Incluso en un contexto no precisamente evangélico, Michael Jordan, el icónico jugador de baloncesto, dijo: No se puede ser un gran ganador sin experimentar luchas y derrotas. La forma en que utilizas tus derrotas dice todo sobre quién eres.
    Tal vez, una de las experiencias más dolorosas es ver cómo muchos de los que caminan a tu lado abandonan el camino, cautivados por las tentaciones de este mundo, asfixiados por las dificultades o víctimas del miedo, como explica Cristo en la parábola del sembrador. Eso es también lo que San Pablo escribe a Timoteo: Como ya sabes, todos los de la provincia de Asia me abandonaron; entre ellos, Figelo y Hermógenes (2Tim 1: 15).
  2. ¿Cuáles son los signos, los indicadores de que el Espíritu Santo realmente está haciendo uso de nuestro sufrimiento para purificarnos y atraernos a Él?
  • En primer lugar, estas experiencias siempre producen un estado de conciencia de nuestra pecaminosidad.
    Si lo que sentimos es una especie de autocomplacencia y superioridad espiritual sobre los demás, probablemente sea una señal de que no hemos visto a Dios ni le hemos conocido, de lo contrario, habríamos visto la verdad sobre nosotros mismos: soy un pecador, como toda la humanidad, ante Él. Y sin embargo soy amado incondicionalmente por Él.
    San Pedro tuvo esta reacción cuando se encontró con el poder y la santidad de Cristo. Pensó que sabía mejor que Jesús dónde hacer una buena captura de pescado. Fue con renuencia como obedeció a Cristo al echar las redes, tal vez sólo para demostrarle que estaba equivocado. Cuando Pedro vio la gran captura que llenó los dos botes hasta casi hundirse, cayó de rodillas de Jesús diciendo: Aparta de mí, Señor; soy un hombre pecador. Cualquiera que se encuentre ante la santidad de Dios y su gloria se sentirá muy indigno y avergonzado.
  • En segundo lugar, el reconocimiento de nuestro pecado está acompañado por gratitud y una gozosa acogida del perdón de Dios. La Segunda Lectura es un cántico entusiasta de gratitud: El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.
    Nuestra conciencia humilde del pecado es seguida inmediatamente por la conciencia y la acogida activa del perdón de Dios. Cristo reafirmó a Pedro: ¡No tengas miedo!
    Esa experiencia fue también descrita por San Pablo cuando escribe a Timoteo: Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio; aun habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor y agresor. Sin embargo, se me mostró misericordia porque lo hice por ignorancia en mi incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante, con la fe y el amor que se hallan en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero (1 Tim 1:12-15).
    Si recibimos Su infinita e inmerecida misericordia, estaremos tan agradecidos como Pedro, no tendremos sino gratitud porque sabemos que lo que somos hoy, lo que tenemos y lo que hacemos no es simplemente el resultado de nuestros esfuerzos, sino esencialmente don de Dios. Este es el sentimiento que los apóstoles tienen en la Primera Lectura de hoy: Es el Espíritu Santo lo que Dios ha dado a quienes le obedecen.
  • Finalmente, una consecuencia de la intensa experiencia de la misericordia de Dios es el llamado a servirle y nuestra respuesta inmediata a ese llamado: De ahora en adelante, serás pescador de hombres. Lo más asombroso es que Dios nos ha elegido a pesar de nuestra indignidad y nuestro pecado.
    Si somos conscientes de la misericordia y el perdón de Dios en nuestras vidas, inmediatamente querremos ser apóstoles de la misericordia y el amor, mensajeros de la Buena Nueva para toda la humanidad. Por lo tanto, si es que no sentimos el deseo de
    extender su amor y misericordia, significa que, o bien hemos olvidado nuestro encuentro con Él, o nunca hemos sido conscientes de una experiencia radical de Su amor.
    Es por eso que confiamos sólo en nuestro conocimiento intelectual o en un acto de nuestra voluntad, lo que por supuesto no garantiza nuestra perseverancia. ¿Qué es lo que confirma a Pedro como apóstol? ¿Qué nos sostiene como apóstoles? Sólo una cosa: que hemos recibido misericordia (1 Tim 1: 12-16).
    En espíritu de oración y compromiso debemos escuchar atentamente las palabras: Mira, estoy llamando a la puerta (Ap 3:20). Dios nos mira atentamente, y aprovecha cualquier oportunidad. Pensemos en aquellos pescadores, en un momento Dios entra en nosotros y antes de que te des cuenta, eres un apóstol, un discípulo, un profeta, que entregas tu vida a tus hermanos y a Él.
    Un reportero preguntó al famoso millonario John D. Rockefeller qué cantidad de dinero necesitaba para hacerle feliz, y contestó: Me basta un dólar más. Nada en esta Tierra nos llega a satisfacer. Pero si preguntas a alguien que ha hecho de Jesús el Señor de su vida, te dirá que ha sido bendecido más allá de lo que haya podido pedir o imaginar. Una vida lejos de Cristo siempre nos dejará vacíos, pero una vida centrada en Él es plena y fecunda.
    Una vida de servicio es exigente, pero realmente vale la pena: Después de conocer la sabiduría y el poder divinos de Cristo, Pedro y sus compañeros de trabajo ya no siguieron su propio razonamiento y conocimiento intelectual; sino que dejaron todo y siguieron a Jesús. Se hicieron conscientes de que sus esfuerzos humildes darían frutos exactamente cuando, donde y como el Espíritu Santo haya determinado. Sin un encuentro personal radical con el Señor y la renovación de ese encuentro, nuestra fe será débil. De hecho, algunos de nosotros no nos damos cuenta de que este encuentro no es temporal, sino permanente. Esto explica por qué tenemos falta de entusiasmo, convicción y alegría para proclamar la Buena Nueva.
    En palabras del Papa Francisco:
    El mayor milagro realizado por Jesús para Simón y los demás pescadores decepcionados y cansados, no es tanto la red llena de peces, como haberlos ayudado a no caer víctimas de la decepción y el desaliento ante las derrotas. Les abrió el horizonte de convertirse en anunciadores y testigos de su palabra y del reino de Dios. Y la respuesta de los discípulos fue rápida y total: “Llevaron a tierra las barcas y dejando todo lo siguieron” (10 Feb 2019).
  1. Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas. Sígueme.
    Este mandato suena como algo maravilloso e idealista al oírlo junto a un fuego cálido en la playa, pero resulta mucho más exigente cuando en la práctica estás en contacto con las ovejas. Estar en relación con Jesús significa que debemos amar a sus ovejas, incluso cuando las ovejas no son particularmente adorables. ¿Cómo amas a la oveja que te pone de los nervios, a la oveja que está siempre necesitada, a la oveja que rompió su promesa? Recordemos también que Jesús las llama por su nombre. No son tus ovejas; son las ovejas de Cristo.
    Por tanto, hemos de realizar todo tipo de esfuerzos para sembrar la ternura y la sensibilidad, primero, y especialmente entre los más cercanos a nosotros:
    Yo os animaría a que hagáis de tal modo vuestra oración, que se reduzca a un sentimiento de hogar. Ya os he dicho que debéis ser verdaderamente hermanos y hermanas, trataros con maravilloso respeto y cuidado. Debéis despertar en vuestra vida religiosa, cada día, en vuestros corazones, este sentido de hogar, este cariño familiar, esta ternura íntima
    Impartíos también entre vosotros esta gracia de tal modo que, al hablaros mutuamente, cualquiera que sea la forma –devota, religiosa o mística-, debe ser no con cortedad, con sentimiento artrósico, sino con ese sentimiento que responde a una realidad modélica que es el cielo mismo en cuya cabecera está la Santísima Trinidad (Nuestro padre Fundador. En el Corazón del Padre).
    El seguir a Cristo nos empuja a hacer lo que quizás no queramos hacer. El amor llevó a Pedro a la cruz. Cuando seas viejo, extenderás tus manos y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras, es una referencia al estiramiento de los brazos en el patibulum, el brazo horizontal de la cruz romana.
    Cristo se encuentra con los pescadores cuando necesitan ayuda y les ayuda de una manera inesperada. Esos pescadores se habrían estarían contentado con una canasta de pescados para vender en el mercado, pero ahora sus redes se están rompiendo y están trabajando más duro que nunca para mantenerse a flote. Al igual que los pescadores, pedimos un poco de ayuda y, a veces, nos vemos abrumados por el resultado: ¡Dios mismo nos pide ayuda a través del sufrimiento y los sueños de nuestro prójimo!
    El amor de Dios es más grande de lo que podemos imaginar. De hecho, Jesús viene a nosotros cuando necesitamos ayuda y, a través de las experiencias con su Palabra, la Eucaristía, algunas personas que encontramos en nuestro camino… y especialmente con su llamado después de una noche infructuosa. Esta ayuda puede no proporcionar el resultado que estábamos buscando; tenemos que estar preparados para las sorpresas en el camino. Sí, Él permite que las cosas más pequeñas, aparentemente insignificantes, se hagan más grandes que cualquier cosa que pudiéramos haber imaginado.
    San Pedro cooperó con la gracia de Dios al echar las redes. Cuando cooperamos con su gracia como los apóstoles, Él hace visible Su gloria y poder en nuestra debilidad.
    ¿Cómo podemos cooperar con Su gracia y no permitir que la gracia de Dios que nos ha sido dada sea recibida en vano?
    En primer lugar, simplemente no echando las redes en el lado izquierdo del barco. Es decir, no tomando iniciativas que no tengan nada que ver con el Reino de los Cielos. Y después, siendo conscientes de que siempre estamos alimentando un rebaño; tenemos que elegir, necesariamente: alimentar a Sus corderos o alimentar a nuestras cabras locas; nutrir la salud espiritual de nuestros semejantes o alimentar nuestros instintos. La clave es reconocer que no podemos evitar este desafiante dilema pastoral.



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