La enfermedad más verdadera y profunda del hombre es la ausencia de Dios

Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 4-2-2018, Quinto Domingo del Tiempo Ordinario (Libro de Job 7:1-4.6-7; 1 Corintios 9:16-19.22-23; Marcos 1:29-39)

Parece apropiado enmarcar la lectura del evangelio de hoy con una penetrante observación de Benedicto XVI:

Sostengo que estas curaciones son signos: no son completos en sí mismos, sino que nos guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos hacen comprender que la enfermedad más verdadera y profunda del hombre es la ausencia de Dios, fuente de verdad y amor. Sólo la reconciliación con Dios puede darnos una auténtica curación, auténtica vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida. El Reino de Dios es precisamente la presencia de la verdad y el amor y, por lo tanto, es una curación de las profundidades de nuestro ser. Por lo tanto, podemos entender por qué su predicación y las curaciones que hace siempre van unidas: de hecho, constituyen un único mensaje de esperanza y salvación.

Cristo curó a todos los que se acercaron a él en Cafarnaúm. Acogió a todos, incluso a aquellos que podrían haber sido considerados «indignos». Nadie fue excluido. Jesús dejó claro que vino a anular las obras del diablo y suprimir la devastación del pecado. A través de su toque sanante, invitó a todos a seguirle y permitirle gobernar en sus corazones. La suegra de Simón Pedro fue una de las personas que aceptaron la invitación de Jesús. Tan pronto como recibió el toque sanante de Jesús, comenzó a servirle a Él y a sus discípulos (Mc 1:31). Estaba claro que no dudó: estaba tan agradecida por lo que el Señor había hecho por ella que inmediatamente se levantó para servirlo.

En relación con esta escena del Evangelio, creo que las siguientes sugerencias son oportunas:

* ¿Estoy convencido de que todos nosotros necesitamos curación?

* Si la respuesta es sí, ¿reconoces que siempre se trata de un caso con múltiples heridas? Esto posiblemente indica que debemos ser pacientes con nosotros mismos y con los demás cuando cometemos errores o retrocedemos en el camino espiritual.

* Si el diagnóstico final es -siguiendo la observación de Benedicto XVI- la ausencia de Dios, ¿estás de acuerdo en que el tratamiento de emergencia es hacer inconfundible la presencia de Dios en tu vida y en mi vida?

Bueno, quizás no estamos convencidos de que esta curación sea urgente, pero cuando los apóstoles llaman a Jesús en favor de la suegra de Pedro, la verdad es que Jesús inmediatamente respondió acercándose a ella para curarla.

Toda la misión de Cristo se resume en buscar a los enfermos y oprimidos, rectificar nuestros actos pecaminosos y devolvernos al camino verdadero. Él vino para este propósito. Jesús enseñó que su misión en la tierra era proclamar la libertad a los cautivos y la recuperación de la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos (Lc 4:18). De hecho, su misión no puede entenderse sin hablar de personas enfermas y paralizadas en muchos aspectos.

Si bien la pobreza material conmueve el corazón de Cristo, y es algo que también nosotros estamos llamados a aliviar, el mismo Jesús -no el dinero ni otras cosas- es la necesidad fundamental de cada corazón humano. Él es nuestro tesoro supremo, y la liberación de la esclavitud espiritual y la pobreza es nuestra mayor necesidad. Esta es la perspectiva de un discípulo misionero que es fiel al Espíritu del Evangelio, no simplemente a una compasión común y universal. En todo lo que hacemos, sea nuestra intención el inspirar y alentar a nuestro prójimo a seguir el ejemplo establecido por la suegra de Pedro, que encontró la forma de ayudar a otros tan pronto como fue sanada.

Su historia no acaba con su hospitalidad para con Jesús. Fue sólo el comienzo de una vida puesta inmediatamente a disposición de Él y de su apostolado. Su hogar se convirtió en el hogar de Cristo. Cada vez que Jesús estaba en Cafarnaúm, siempre tenía allí un lugar para quedarse. Pero hay más. Tan pronto como se puso el sol, la gente comenzó a llevar a los enfermos a su patio para ser tocados por Jesús. Marcos nos dice que toda la ciudad se reunió en su puerta. Las prioridades de esa mujer cambiaron. Sus propiedades ya no tenían el mismo lugar en su vida. Su hogar se convirtió en un refugio seguro.

Mostró el camino de la salvación a muchos sirviendo como refugio para los que estaban espiritualmente desgarrados. Una y otra vez los enfermos y oprimidos fueron llevados a su puerta. ¿Recuerdas la historia del paralítico que fue bajado por el techo a la habitación donde estaba Jesús? ¿Qué tipo de dueño de casa podría entender la desesperación que llevaría a alguien a romper el techo de un extraño? San Marcos nos dice quién era ese propietario: ¡La suegra de Pedro! Ella comprendió esa desesperación. Ayudar a un hombre paralítico a llegar ante Cristo era más importante para ella que mantener su techo intacto. Al igual que ella, hemos de abrir nuestros corazones y nuestros hogares para ayudar a las personas a encontrar a Cristo.

Probablemente estamos dispuestos a dialogar con nuestros conocidos en nuestro lugar de trabajo o de estudio, pero la idea de invitarlos a nuestro hogar o residencia religiosa parece a algunos extraño o incómodo. Tristemente, muchos de nosotros nos hemos acostumbrado a una cultura que dice: mi hogar es mi refugio de la fatiga diaria y el caos de la vida en lugar de ver nuestro hogar y nuestra comunidad/familia como un instrumento apostólico, un recurso para vivir en misión en común. La realidad es que una de las mejores maneras en que puede generar confianza y relación con el prójimo es invitándolo al espacio que la cultura moderna dice que es sólo nuestro. Una vez que reconozcamos que somos embajadores de Cristo, comenzaremos a ver nuestros hogares como embajadas del Reino de los Cielos, que existen para un propósito más elevado que nuestro propio consuelo y descanso. Nuestro padre Fundador siempre nos animó a hacer esto y hay muchas provincias que son realmente fieles (y consecuentemente fructíferas) al seguir este consejo.

¿Compartimos la perspectiva de San Pablo, su urgencia de comunicar y compartir lo que recibió, lo que estaba recibiendo continuamente? Siempre fue un hombre de misión con un sentido de urgencia. De hecho, San Pablo compara nuestra misión y objetivo con los corredores que participan en la carrera. Tal vez no apreciamos el inmenso regalo que hemos recibido. Sí; posiblemente tengamos que vencer de nuestra falta de perspectiva, porque más bien miramos nuestras dificultades y nuestras ansiedades legítimas. ¿Recuerdas esta vieja historia?

A fines del siglo XII, un visitante que observaba la construcción de una catedral le preguntó a un cantero: ¿Qué estás haciendo? Y él respondió: estoy cortando piedra para este muro, es un trabajo muy duro y el salario es muy bajo; estoy en verdad muy cansado de este trabajo. El visitante le preguntó a otro trabajador: ¿Qué estás haciendo? Y él respondió: Estoy poniendo piedras para construir el muro; no es un trabajo fácil, pero así me gano la vida para mi familia. Cerca de ellos, un tercer trabajador estaba barriendo. A él también le preguntó: ¿Qué estás haciendo? Y él respondió: Estoy construyendo una catedral para la gloria de Dios.

Si le hubieran preguntado a la suegra de Simón ese día: ¿Qué estás haciendo? ella probablemente habría respondido: Estoy construyendo el Reino de Dios. Eso es perspectiva. Pero no nos engañemos: sólo podemos adquirir esta perspectiva sagrada abriendo nuestros corazones a los dones del Espíritu Santo y acogiéndolos:

Por tanto, hermanos, les ruego tomando en cuenta la misericordia de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, que es el culto racional de ustedes. Y no se conformen a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente. (Rom 12: 1-2a).

Son los frutos del recogimiento y la quietud místicos. El valor a corto plazo de esa perspectiva es que podemos conocer la voluntad de Dios. El valor a largo plazo de la perspectiva es que nos permite vivir con la luz de la eternidad. El valor a corto plazo y el valor a largo plazo de la perspectiva nos dan confianza, paz y alegría. Si siempre estamos pensando en nuestras necesidades y en nosotros mismos es porque, como algunas personas enfermas, tendemos a mirar hacia adentro y pensar en nuestro dolor. Pero cuando comenzamos a acercarnos, a enfocarnos en los demás cada vez más, nos olvidamos de nuestros propios problemas o, mejor dicho, los vemos en perspectiva. Así, el servir es la manera de liberarnos de nuestras dificultades y miserias. Es lo que da sentido y dirección a nuestras vidas.

En nuestra vida apostólica, pronto nos damos cuenta de que la cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Cristo también sintió esa realidad en su vida pública. Pasaba el día sanando y enseñando. Algunos de nosotros hemos experimentado en ciertas ocasiones una sensación de agotamiento psicológico y físico. En algunos momentos tenemos que recurrir a la oración silenciosa, como lo hizo Jesús. Porque nuestro estado continuo de oración tiene diferentes momentos; la oración tiene lugar de muchas maneras diferentes. No necesariamente tiene que consistir en palabras. Nuestra Observancia religiosa idente incluye esta forma privilegiada de oración en silencio.

Pero tememos el silencio y el estar a solas con Dios. Tenemos miedo de enfrentarnos a la verdad sobre nosotros mismos. Del mismo modo, esta es la razón por la que nos empeñamos en reemplazar a nuestro prójimo con aparatos electrónicos, porque nuestro prójimo nos exige ser mejores personas. Tememos el silencio porque nos habla de nuestra soledad, de cómo aún estamos aislados, de lo que nos falta.

Tengo miedo de enfrentarme a mi realidad porque mi orgullo probablemente estará herido en lo que me veo obligado a admitir en una mirada honesta. Yo no soy el padre, amigo o apóstol que debería ser.

Cuando hablamos de silencio no pensamos sólo en términos de sonidos; por «silencio» nos referimos no sólo a la ausencia de palabras o de ruido. Por silencio nos referimos a la ausencia de ese flujo continuo de agitación, producido por nuestra actividad y atención distribuida (que NO es un concepto negativo).

Tengo miedo de lo que significa ser santo. La oración silenciosa es una oportunidad para examinar nuestros verdaderos motivos para servir, confirmando que estamos construyendo el reino de nuestro Padre… y no el nuestro. Esto es importante porque tendemos a buscar seguridad y estabilidad. Esta es la razón por la cual algunos religiosos se niegan a ser trasladados a un nuevo lugar y disfrutan viviendo una sensación de ser indispensables, insustituibles, rodeados de admiradores. Tristemente, estamos interesados en el éxito, no en la fidelidad a la voluntad de Dios. Pero en realidad tenemos éxito cuando damos un testimonio; esta es la modesta materia prima que el Espíritu Santo utiliza para salvar a las personas, para realizar milagros en nuestro prójimo.

Si me siento en silencio el tiempo suficiente, la experiencia nos dice que realmente puedo escuchar la voz de Dios. Esta es una posibilidad bastante exigente, porque Dios me llama a cambiar. Me atrae hacia una obediencia más profunda, y sé que eso significa dejar las pasiones más profundas y las preferencias personales largamente arraigadas, para ser conformado a imagen de Cristo y seguirlo con verdadera abnegación.

Quizás esta es la razón principal por la cual Jesús nos dice: No tengan miedo.

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