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Vive y transmite el Evangelio

Una nueva luz y una liberación permanente | 6 de enero

By 4 enero, 2023enero 9th, 2023No Comments
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por el p. Luis CASASUS. Presidente de las misioneras y misioneros Identes.

Roma, 6 de enero, 2023 | La Epifanía del Señor.

Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3a, 5-6; Mt 2:1-12.

No sabemos mucho -o nada- de lo que ocurrió a los Reyes Magos en su largo camino a Belén. Las personas que encontraron, los lugares donde descansaron y tal vez los peligros que les rodearon. Pero, lo que es claro es que los Tres Sabios de Oriente, al llegar al pesebre y ver a Jesús, encontraron el sentido a su misterioso viaje tras la estrella. Cada minuto, cada paso, cada dificultad vivida cobró sentido. Todo fue iluminado con una nueva luz y pudieron comprender nada menos que el plan de Dios para ellos.

Tal vez cuando fueron niños se entusiasmaron mirando las estrellas y más tarde esa fue su tarea de adultos… que la Providencia utilizó para guiarles al Niño Dios. Pero no es necesario que ellos, ni nosotros, conozcamos todos los planes divinos. Tampoco podrían imaginar, seguramente, que su peregrinación serviría de ejemplo, a través de los siglos, a quienes queremos acercarnos a Cristo.

Esta puede ser una forma de comprender lo que significa la Epifanía, es decir, la Manifestación de Cristo: Él es el único que puede dar sentido y una nueva luz a todo lo que ocurre en nuestra vida.

Todas las religiones ponen de relieve la necesidad que tenemos de un Maestro que nos desvele lo que es verdaderamente valioso dentro y fuera de nosotros. Esto es necesario cuando atravesamos momentos difíciles, pero también cuando las cosas parecen ir bien, como es el caso de los Tres Magos, que eran personas con una vida exitosa y al parecer feliz. Por ejemplo. así lo expresan los budistas, con una de sus típicas leyendas:

Un luchador llevaba en la frente como adorno una piedra preciosa. Una vez, mientras luchaba, la piedra se le clavó en la carne de la frente. Pensó que había perdido la gema y acudió a un cirujano para que le curara la herida. Cuando el cirujano le curó la herida, encontró la joya incrustada en la carne y cubierta de sangre y suciedad. Levantó un espejo y mostró la piedra al luchador.

Los budistas dicen que nuestra verdadera naturaleza lo importante de nuestra vida, es como la piedra preciosa de esta historia: queda cubierta por la suciedad y el polvo de otros intereses y las personas creen que la han perdido, pero un buen maestro la recupera de nuevo para ellas.

Con la estrella de Belén, Dios reveló a los Magos QUIÉN podía dar sentido a todos los acontecimientos, las penas y las alegrías de sus vidas. Valió la pena el viaje.

Esa es la diferencia, para quienes tenemos el privilegio de conocer a Cristo. No recibimos un objeto valioso, sino una persona divina que nos acompaña siempre y es el rostro misericordioso de Dios, como ha sido llamado por los Papas y por muchos santos.

Es relevante que los primeros en disfrutar de esta manifestación o revelación de la persona de Jesús fueron los pastores, que pueden considerarse como “gente corriente”, y de alguna manera cercanos a la religión y tradiciones locales   y los Magos, cuya vida giraba en torno a la ciencia de entonces y sin duda profesaban otras creencias, seguramente la religión zoroástrica, según creen los historiadores. Este panorama nos muestra la universalidad de Cristo, quien antes de poder hablar llega a todo tipo de seres humanos. Hoy, siempre, continúa haciendo lo mismo, aunque algunas veces nosotros no parecemos estar convencidos de ello.

Pero, cuando decimos, ya desde el Nuevo Testamento, que Cristo es la luz del mundo (Jn 8: 12), significamos que su llegada en forma humana es un momento único, esperado desde siglos, parte de los planes divinos para todos y cada uno de los seres humanos.

Así, en la Primera Lectura de hoy, Isaías profetiza un tiempo de gloria y esplendor para Israel. Este gran tiempo está representado por el símbolo de la luz, cuando “brille el Señor”. Esta luz que llegará a los israelitas está destinada no sólo a ellos, sino a todos los pueblos, pues “las naciones caminarán a tu luz”. De hecho, otras naciones (es decir, los gentiles) vendrán con regalos a Israel para adorar al Señor. Estos regalos incluyen “oro e incienso”. Así, el hecho de que los Magos traigan regalos de “oro e incienso” muestra que el cumplimiento de esta profecía se produce con el nacimiento de Jesús.

Desde luego, nuestra celebración de la Epifanía ha de ser “para hacer ver a todos cuál es el plan del misterio oculto desde los siglos en Dios que creó todas las cosas” (Ef 3,9).

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Una segunda forma de contemplar la Epifanía puede ser algo que el Papa Francisco mencionó brevemente al final de su homilía de los Reyes Magos el año pasado. Me refiero a que Cristo, además de llegar como luz, viene a liberarnos de una manera muy precisa y concreta. No sólo nos dará la prueba sublime y sobrecogedora del perdón final, que ganó para nosotros en la cruz, sino la libertad cotidiana, también imposible para nuestras pobres fuerzas ¿De qué nos libera? En palabras del Papa, de la tiranía de nuestras necesidades.

Esto es algo muy relevante, contracultural y tan profundo como práctico. Si preguntamos a un psicoterapeuta cómo vivir de forma equilibrada, con serenidad y sin angustias, una de las respuestas típicas será decirnos que debemos distinguir y separar nuestras necesidades emocionales y físicas de nuestros deseos. La idea básica es evitar que cualquier deseo destruya o haga imposible alcanzar lo que “de verdad” necesitamos. Aunque esto no es una idea desdeñable, ni una tarea sencilla, su límite es que se propone a las personas alcanzar una auto-realización, como necesidad suprema. Y ahí está la meta inalcanzable. Nuestras fuerzas no pueden llegar a la cima de esa pirámide, donde se supone que podremos vivir en plena armonía y total visión de la realidad. Cristo nos da una forma precisa de liberarnos de esa dictadura, tanto de los deseos como de las necesidades.

Bien sabemos que la plenitud de nuestra vida se puede resumir en compartir el pan, en ese Banquete que es lo que recitamos en el rito de comunión: signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna. Ninguna plenitud puede alcanzarse si hay un residuo de individualismo.

Veamos un ejemplo de nuestros días, que desgraciadamente se encuentra a lo largo de toda la historia de la humanidad.

Los investigadores han estudiado a veteranos de guerra que han tenido problemas para readaptarse al volver a casa. Muchos se enfrentan a la depresión, al abuso de sustancias o incluso a pensamientos suicidas. A menudo, cuando se les interroga, expresan su deseo de volver a la guerra. Pero eso no se debe a que creyeran fervientemente en la utilidad de la guerra. Sin embargo, echaban profundamente de menos su pertenencia a su pelotón.

Estar unidos a otros en un compromiso tan fuerte que la propia vida podía sacrificarse por la de otro, daba a sus vidas un propósito convincente. Además, esto se conseguía participando juntos en una misión compartida. Una vez de vuelta en casa, a los que les resultaba difícil adaptarse, la vida parecía no ofrecerles nada comparable. Echaban de menos e incluso añoraban los lazos de su pelotón de un modo difícil de comprender racionalmente.

Permitan que ilustre la importancia de rechazar el individualismo con un conocido ejemplo del pensamiento africano. Se trata del concepto de Ubuntu, que es una palabra zulú. Esencialmente, significa que uno sólo puede ser persona a través de sus relaciones con los demás. En palabras sencillas: Yo soy porque nosotros somos.

Hasta un famoso equipo de baloncesto norteamericano, formado por grandes jugadores, fue capaz de vencer a todos los demás, igualmente competitivos y brillantes, porque su entrenador les infundió con paciencia ese principio y ellos se dispusieron a renunciar al brillo individual para lograr unas jugadas llenas de coordinación entre todos. Convencidos, repetían el grito de ¡Ubuntu! Cada vez que reiniciaban el juego tras una pausa técnica.

El anhelo de comunidad está implantado en lo más profundo del corazón humano. Sin embargo, muchas cosas de la sociedad moderna nos empujan en la dirección opuesta. Rendimos culto al individualismo. La sociedad se construye como si el “yo” estuviera en el centro de todo. Lo fundamental es que mis derechos, mis prerrogativas, mis deseos, mi realización y mis anhelos son lo primero.

Creo que a esto se refería el Papa al hablar de la tiranía de nuestros deseos.

Sólo siendo realmente caminantes, identes, como los Reyes Magos, podemos ser libres, mejor aún, hacer crecer en nosotros la libertad de los hijos de Dios. Y este camino hemos de hacerlo en común, como nos dice nuestro padre Fundador desde el principio y figura en nuestra Regla como finalidad de nuestro Instituto. No sólo el Examen de Perfección, sino el Capítulo de faltas y las conversaciones personales nos ayudan a ello.

Dejamos de caminar cuando nos encontramos cómodos con nuestra vida espiritual, cuando nunca recordamos faltas y sin embargo nuestros hermanos y nuestros superiores nos hacen observaciones sobre nuestra conducta.

Dejamos de caminar cuando no pedimos perdón por pequeños olvidos, por ser impuntuales, por pequeñas ocasiones perdidas para ayudar (sacar la basura; ayudar a recoger la mesa) aunque no me lo pidan; por no avisar cuando salgo de casa.

Dejamos de caminar si estamos demasiado silenciosos o –especialmente los superiores- hablamos demasiado, sin tener en cuenta las ocupaciones que esperan a hermanas y hermanos y que ellos tienen también cosas que decir…

Se trata de caminar y de caminar juntos, como los Magos. No podemos subestimar las insidiosas presiones del individualismo egoísta en nuestra alma, en la vida religiosa y de familia y en nuestra sociedad. Intenta moldear nuestras vidas de muchas maneras. Y esas presiones no pueden resistirse en solitario. Se necesita una comunidad de hermanos y hermanas llamados por la visión transformadora de la vida en común como cuerpo de Cristo para alimentar un viaje espiritual hacia la liberación de la herejía del individualismo.

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Como misioneras y misioneros identes, tenemos en el día de hoy un privilegio, la forma en que nuestro padre Fundador ha unido hoy el día de la gracia santificante a la Solemnidad de la Epifanía.

No es por casualidad que nos invita precisamente hoy a meditar lo que significa esta gracia santificante, en medio de las otras gracias que recibimos. En Roma, el 5 de enero de 1985, nos decía que la gracia santificante es un maravilloso don que, transformante del alma dolorida, la eleva a la más alta dignidad celeste: hijos místicos de un Padre que, eterno y único, nos ama.

Y nos invitaba a acercarnos a Cristo igual que los Reyes Magos, con la seguridad de que vamos a ser sanados y de que vamos a recibir siempre algo nuevo, de la misma forma que los Magos emprendieron el regreso a su tierra por un camino diferente, libre de los peligros del mundo que les acechaban.

Hoy es un día para recordar que la Iglesia nos enseña que la gracia es más fuerte que el pecado. Pero es no es simplemente una hermosa frase, ni tampoco un consuelo para mi vida personal. Constituye una luz que me ayuda a pensar que mi prójimo, que puede parecerme poco sensible o pertinaz en sus errores, estará siempre llamado a ser santo.

La Epifanía implica dos aspectos importantes e inseparables: la llamada divina y la respuesta humana. Dios nos llama para que veamos y apreciemos su don de valor inestimable (Jn 3,16). Nosotros respondemos yendo a ver y apreciar la gracia de Dios. ¿Cómo apreciamos la gracia de Dios? Lo hacemos dándole a Dios nuestros propios dones. El mayor de estos dones es el don de todo nuestro ser.

Hoy nos fijamos en los Magos de Oriente. La Biblia relata que vieron una estrella distinta de las habituales, pues indicaba el nacimiento de un gran rey. Dios tiene muchas formas de manifestar su presencia. La carta a los Hebreos hace referencia a ello cuando dice que

En el pasado Dios habló a nuestros antepasados por medio de los profetas en muchas ocasiones y de diversas maneras, pero en estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, y por quien también hizo el universo. (Heb.1:1-2).

Aparte de la confirmación histórica de estas palabras, nos despiertan a la realidad de una manifestación de Dios siempre nueva, casi siempre inesperada, en nuestras vidas. Que no seamos insensibles a esta realidad de la gracia, que es, como dice el Papa Benedicto XVI, “ser mirados por Dios, ser tocados por su amor”.  La gracia no es una cosa, sino la comunicación que Dios hace de sí mismo a los hombres.  Dios nunca da menos de sí mismo. En la gracia estamos en Dios.

Quizá podamos decir que la gracia tiene estas dos caras: una luz para ver toda nuestra existencia de un modo nuevo y una liberación de la tiranía de nuestras necesidades, para que podamos responder a esa luz.

Hay una lección rápida que debemos aprender del viaje de los Tres Sabios: La perseverancia. Según el relato que tenemos de Mateo, vieron la estrella y la siguieron, pero cuando llegaron a la ciudad de Jerusalén ya no pudieron volver a verla. Fue entonces cuando preguntaron a Herodes dónde nacería el rey de los judíos cuya estrella habían visto antes. Herodes lo ignoraba y consultó a los hombres de letras, que confirmaron la profecía del nacimiento del Mesías en Belén. Inmediatamente los Reyes continuaron su viaje a Belén y su búsqueda del rey recién nacido, la estrella volvió a aparecer y se adelantó a ellos hasta llegar al lugar donde nació Cristo.

La lección aquí es que nunca debemos desanimarnos cuando una situación no parece ser favorable como tal vez lo fue en el pasado. Estos Sabios de Oriente no se desanimaron; se mantuvieron en el empeño.

Cuando los frutos no sean como antes en tu misión, sigue en el empeño. Cuando tu vida familiar o comunitaria parezca enfrentarse a tiempos turbulentos, sigue en el empeño. Cuando nadie parezca apreciar tu aportación a los trabajos del Reino, sigue en el empeño. Los Reyes Magos podrían haber dado marcha atrás cuando desapareció la estrella y cuando Herodes no pudo entender de qué hablaban; ellos se mantuvieron en el empeño y su misión se cumplió cuando la estrella volvió a salir. A veces tu estrella parecerá débil; no te preocupes, saldrá y volverá a brillar, pero tienes que permanecer en el empeño.

Sólo si nos proponemos prestar atención a nuestro verdadero deseo, es decir, esa Aspiración que el Espíritu alimenta en nosotros, podremos aprovechar esa luz siempre nueva y esa redención permanente de la esclavitud nuestros deseos que están en la esencia de la Epifanía.

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Tu hermano en los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente

 

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