Tu hija ha muerto; ¿por qué molestar más al Maestro? | 27 de Junio

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

Zaragoza, 27 de Junio, 2021. | XIII Domingo del tiempo Ordinario

Sabiduría 1:13-15.2,23-24; 2 Corintios 8: 7.9.13-15; San Marcos 5 :21-43.

En el texto del Evangelio de hoy, dos personas, Jairo y la mujer hemorrágica, nos enseñan cómo debemos comportarnos en los momentos de máxima tragedia de nuestra vida. El Evangelio del domingo pasado evocaba la tormenta amenazante, pero ahora es diferente, se trata de dos situaciones en las que el dolor y la adversidad ya han invadido nuestra existencia. El sufrimiento de doce años de la mujer con la hemorragia debida a su flujo menstrual y la muerte inminente de la hija de Jairo son más que una amenaza.

Está claro que ambos casos representan dos formas de muerte. Y todos tenemos experiencias parecidas. Cuando sufrimos una enfermedad que no nos permite vivir como antes, cuando un ser querido deja este mundo, cuando una persona a la que amamos nos traiciona, o cuando hemos cometido una falta moral grave, quizá con consecuencias dolorosas para los demás, es algo más que una amenaza. Sentimos que algo ha muerto en nosotros. Este es el significado de “muerte” que es importante que comprendamos.

La Primera Lectura nos dice categóricamente que la muerte era contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado. Es, como dice San Pablo, “el último enemigo” del hombre, que debe ser derrotado.

La muerte biológica siempre ha existido: el cuerpo humano, con el paso de los años, se debilita, se desgasta y termina su ciclo. Esta no es la muerte que infundía miedo a los judíos piadosos de la época de Jesús. El justo sabía que estaba destinado a vivir; su muerte, en el Libro de la Sabiduría, se denomina comienzo definitivo, o éxodo de la esclavitud a la libertad, por lo cual no era temida. El paso a una vida mejor no podía considerarse un castigo.

¿Qué muerte introdujo entonces el pecado? El versículo que precede al pasaje de hoy nos ayuda a entenderlo: No provoques tu propia muerte por tu mala manera de vivir. Y no dejes que la obra de tus manos te destruya (Sabiduría 1:12).

Esto es lo que causa la muerte: el pecado. Quien se alimenta de odio, se venga, es violento. Quien lleva una vida inmoral, aunque goce de excelente salud, ha destruido lo mejor de sí mismo.

La Primera Lectura de hoy concluye: El diablo trajo la muerte al mundo y los que se pongan de su parte experimentarán la muerte. No habla de la muerte biológica. Se trata de un evento, no de un mal absoluto. El hombre muere realmente sólo cuando deja de amar, cuando se retrae a sí mismo y se vuelve egoísta, cuando se aleja de Dios y de su sabiduría, que es “una fuente vivificante” (Prov 13,14).

El diablo es quien nos introduce en este estado de muerte. Es la fuerza del mal, presente en cada persona y que nos aleja de Dios.

En la misma línea, Moisés dice al pueblo: Mira, he puesto ante ti en este día la vida y el bien, el mal y la muerte; te ordeno que ames al Señor, tu Dios, y sigas sus caminos. He puesto ante ustedes la vida y la muerte, la bendición y la maldición; elijan la vida, para que vivan ustedes y vuestros descendientes (Dt 30,15-20).

¿Qué actitudes pueden separarnos de Cristo cuando una tragedia de cualquier tipo golpea nuestra vida?

La primera es un desánimo provocado por el cansancio, por confiar en nuestras energías y nuestra buena voluntad, que son limitadas. Esta es la situación descrita en la Segunda Lectura de hoy.

Durante el reinado de Claudio (41-54 d.C.) se produjeron hambrunas en las provincias del Imperio Romano. Palestina, una región ya muy pobre, no se salvó y varias veces las comunidades cristianas se vieron en situaciones de emergencia.

En Jerusalén, Pablo se comprometió solemnemente a ayudar a los pobres de su pueblo, recordando a los cristianos de las iglesias que fundó en territorio pagano la obligación de ser solidarios (Gal 2,10). Decidió hacer una colecta por consejo de la comunidad cristiana de Corinto.

Como suele ocurrir con las buenas iniciativas, pronto se enfría el entusiasmo tras las buenas intenciones iniciales. La apatía y la falta de interés entran en escena y el proyecto se retrasa primero, y luego se detiene por completo. Esto fue lo que ocurrió en Corinto.

Al escribir a los cristianos de esa comunidad, Pablo recuerda, en primer lugar, el compromiso que habían asumido y, para estimularlos, cita la generosidad mostrada por los tesalonicenses y los filipenses: Según sus posibilidades -incluso por encima de sus posibilidades- quisieron participar en la ayuda a los santos. Nos pidieron este favor espontáneamente y con mucha insistencia, y, mucho más allá de lo que esperábamos, se pusieron a disposición del Señor y de nosotros por voluntad de Dios (2 Co 8,3-5).

La segunda actitud es más elaborada, es una posición de cinismo.

En la actualidad, el cinismo se refiere a la duda o la incredulidad en las motivaciones, la sinceridad y la bondad profesadas por los demás y, por extensión, en las normas y los valores sociales y éticos. Esta actitud suele ir acompañada de desconfianza, desprecio y pesimismo sobre los demás y la humanidad en su conjunto.

En la novela satírica de Voltaire Cándido, el ingenuo Cándido se hace amigo de un cínico erudito llamado Martín:

Eres un hombre amargado, dijo Cándido.

Eso es porque he vivido, dijo Martin.

El término “cinismo” es apropiado, porque proviene de una escuela de pensamiento griega, representada especialmente por Diógenes. (c 412- 323 a.C.). Es una sistematización estructurada de la falta de fe, que a veces -no siempre- lleva a la ironía y al sarcasmo. en la vida espiritual el problema es que, al ser una defensa de nuestro ego, para situarnos por encima de los demás, el cinismo, como todos nuestros mecanismos psicológicos, es utilizado invariablemente por el diablo para separarnos cada vez más de Dios y del prójimo.

En el Evangelio de hoy, la actitud cínica está representada por algunas personas llegadas de la casa del funcionario de la sinagoga para decir: “Tu hija está muerta: ¿para qué molestar más al Maestro?”

Esta actitud cínica no es sólo de unos pocos. Ciertamente, San Marcos se preocupa de señalar que la mujer llevaba doce años enferma y que la hija de Jairo tenía doce años, representando así a las doce tribus de Israel y, por extensión, a todos nosotros, pecadores elegidos por Dios.

Ambos milagros nos muestran que el desánimo y el cinismo sólo pueden ser superados por la fe. Y esto lo dice expresamente Jesús. La fe, en términos sencillos, significa acercarse a la persona de Jesús, aunque no sea del todo apropiado, como la mujer enferma, o con el sacrificio de nuestra fama, como le ocurrió a Jairo, que, como funcionario de la sinagoga, sabía muy bien que Jesús era un Maestro muy diferente de los considerados ortodoxos.

Invariablemente, la fe exige una elección. Y la elección produce miedo. Es lo que les ocurrió a la mujer y a Jairo, que tuvieron que elegir entre el comportamiento que les imponía la Ley (respeto, distancia, prudencia…) y acercarse a la persona de Cristo.

La mujer muestra temor cuando Jesús detiene a la multitud y busca a la que le había tocado. Sin dejar que Jairo diga una sola palabra cuando se entera de que su hija ha muerto, Jesús le ordena que no tema. Antes, en Marcos, los habitantes de la ciudad de Gerasia expresan su temor cuando el endemoniado trastornado se convierte en una persona normal y vestida. Los discípulos expresan su temor cuando el viento y las olas obedecen a Jesús (Mc 4,41). Más adelante en Marcos, los líderes religiosos manifiestan su temor hacia Jesús y la multitud.

El texto bíblico presenta el miedo tanto como una respuesta a algo nuevo como un encuentro con algún aspecto de lo divino. En lugar de temer la violenta tormenta y una muerte inminente por ahogamiento, los discípulos temen cuando el viento y las olas cesan. Su terror se produce cuando más tarde hablan entre ellos sobre la acción de Jesús de ordenar al viento y a las olas que se calmen (Mc 4:41a). Del mismo modo, la mujer teme después de ser curada (Mc 4,31; 5,33).

El miedo surge porque el poder de Dios se enfrenta de repente a la gente corriente. La presencia cercana de Dios es temible porque la Luz y la Verdad de Dios nos desenmascaran. La mujer puede temer la exposición y el consiguiente ridículo y ostracismo. También puede temer la reprimenda de Jesús. Jairo teme perder a la hija que obviamente ama. Los dirigentes de Judea temen perder su posición y que los romanos arruinen aún más su país. Es posible que los habitantes de la ciudad de Gerasia teman la curación y sus resultados, pues están acostumbrados a adaptarse a un endemoniado, pero no saben cómo tratar a alguien ya vestido y en su sano juicio (Mc 5,14-18). ¿Su reacción? Expulsan a Jesús.

Jesús nos invita a no dejarnos vencer por el miedo que nos paraliza, que nos impide acercarnos a él tal como somos, con nuestro pecado y nuestra ignorancia, con nuestras dudas y nuestra fe raquítica, pero suficiente para llevarnos a su persona.

Cuando compartimos nuestra vida espiritual en el Examen Místico, mencionamos nuestro miedo a ser tocados por Dios, a veces en forma de Aborrecimiento de Dios y otras veces como Aborrecimiento de mí mismo, de ser pecador, de ser débil. Puede que ahora no me acuerde de un pecado, pero estoy absolutamente seguro de que en las circunstancias “adecuadas”, puedo caer fácilmente y abandonar el camino que Dios me muestra con misericordia y diligencia.

No puedo ser como la multitud que rodeaba a Cristo en el Evangelio de hoy. Estaban muy cerca de él, pero sólo la mujer enferma se atrevió a tocarlo y Jairo a postrarse a sus pies. Ambos conocían poco a Jesús, y San Marcos dice simplemente que la mujer había oído hablar de Él.

Hoy puede ser un buen momento para reflexionar sobre lo que significa acercarse a Cristo precisamente cuando me falta claridad, cuando acaba de ocurrir algo dramático en mi vida, o cuando he probado la muerte en alguna de sus formas, incluida la de traicionar a Jesús.

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