Sabrán que un profeta ha estado entre ellos. | 4 de Julio

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

Madrid, 04 de Julio, 2021. | XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Ezequiel 2: 2-5; 2 Corintios 12: 7-10; San Marcos 6: 1-6.

Un día, a mediados del siglo XIX, un sacerdote recién ordenado recibió la visita de un sacerdote de otro país que se presentó en la puerta de su casa sin previo aviso y algo desaliñado. Le dio una habitación en el ático de la rectoría. El joven sacerdote vivió para ver a su visitante canonizado como San Juan Bosco. Al enterarse de su canonización, este sacerdote comentó: Si hubiera sabido que era un santo, le habría dado una habitación mejor.

Posiblemente se quedó corto en su conclusión. Lo importante en la vida de un santo, o de cualquier persona, es la presencia singular de Dios en su vida. En el Evangelio de hoy vemos algo parecido. Las preguntas que se hacían los testigos de las palabras y obras de Jesús eran justificadas y oportunas. ¿De dónde viene todo esto? ¿Cómo puede haber cambiado tanto alguien que se pasó tantos años arreglando puertas y arados? El problema es que no fueron consecuentes con esas preguntas oportunas, porque la respuesta estaba a su alcance, pero… no quisieron entrar en el misterio, se quedaron con su lógica y sus pasiones, quizás con la envidia y el orgullo. En lugar de afrontar los hechos de frente, evadieron toda la cuestión rechazando a Jesús, simplemente porque Jesús era un hombre que había vivido entre ellos.

Ya en la Primera Lectura vemos que a Ezequiel se le encomendó una especie de misión imposible, es decir, que una persona como él, de poco más de 30 años, fuera enviada a enfrentarse a los israelitas, rebeldes que se han rebelado contra mí; ellos y sus padres se han vuelto contra mí hasta el día de hoy. Duros de rostro y obstinados de corazón son aquellos a quienes te envío.

“Hijo de hombre” es una expresión hebrea que significa hombre sencillo, un ser frágil, común, mortal. Ezequiel estaba orgulloso de pertenecer a una familia noble; pero Dios se dirige a él con un nuevo nombre, Hijo del hombre, para recordarle su condición humilde, ligada a la tierra. Esto es lo que importa en la vida de un profeta: el contraste entre su pequeñez y el poder divino que lo impulsa. El profeta puede ser eliminado o, en algunas ocasiones, bien recibido y aclamado, el profeta puede anunciar acontecimientos terribles o un futuro de liberación y gloria, pero eso no es lo esencial.

El Libro de Ezequiel nos dice hoy lo que es realmente importante en la vida de un profeta: Sabrán que un profeta ha estado entre ellos. El mensaje puede ser entendido o no, puede ser aceptado o rechazado por completo, pero lo que sigue siendo una señal inequívoca es que el profeta es un mensajero de Dios, que pasa toda su vida recordando la presencia de Dios entre nosotros.

Hay una historia muy expresiva que cuenta que Jesús, después de la Pascua, al ascender al Cielo, miró a la tierra y la vio a oscuras, excepto por unas pequeñas luces en Jerusalén. En su camino al Cielo se encontró con el Ángel Gabriel, acostumbrado a realizar misiones terrenales. El Ángel le preguntó: ¿Qué son esas lucecitas? Jesús le respondió: Son los Apóstoles que rodean a mi Madre. Este es mi plan: una vez que regrese al Cielo, les enviaré el Espíritu Santo para que esas pequeñas luces se conviertan en una gran hoguera que encienda el mundo con la caridad. El Ángel se atrevió a preguntar: ¿Y si este plan no funciona por la flaqueza de los discípulos? Tras un momento de silencio, Jesús respondió: ¡No tengo otro plan!

Dios no tiene otros planes. Los apóstoles cometieron errores, a veces no fueron muy fieles, pero no abandonaron su misión profética de anunciar con palabras y hechos la presencia de Dios en ellos y en cada ser humano. Lo que da autoridad al profeta para hablar en nombre de Dios no son sólo los dones extraordinarios, sino el hecho de haber sido llamado, de haber recibido una vocación. Ciertamente, Jesús no se sorprendió de su propia sabiduría y de sus maravillosos poderes. Era normal que tuviera esa sabiduría y esos poderes, ya que era uno con el Padre y su Espíritu. Asimismo, Jesús también nos prometió en esta misma línea: Os aseguro que todo el que tenga fe en mí hará lo mismo que yo. Hará cosas aún mayores que éstas, porque yo voy al Padre (Jn 14,12).

Ahora nos toca a nosotros.

El famoso texto de San Pablo que leemos hoy confirma la misma idea: podemos cometer errores y ciertamente somos pecadores, nos gustaría tener más talentos y menos pasiones, pero la respuesta divina que recibimos es siempre: Mi gracia te basta, porque el poder se perfecciona en la debilidad. Dios no va a liberar a sus profetas de las fragilidades relacionadas con la condición humana, las enfermedades, las fatigas, los defectos. Él quiere que, a través de la debilidad de los instrumentos, se manifieste su poder.

¿De qué manera percibimos en una persona ese carácter profético, de anuncio de la presencia divina activa? Más que en acciones o lecciones extraordinarias, que no todos podremos llevar a cabo, es en la capacidad de encontrar siempre la forma de amar. Por eso consideramos tan esenciales la misericordia y el perdón. Es imposible, con nuestras propias fuerzas, perdonar siempre y tener misericordia de todos. Pero el Recogimiento que recibimos en nuestra vida mística muestra a nuestra inteligencia cómo amar en los momentos de desesperación, duda, rechazo o cansancio.

Esto es lo que aprendemos en el Recogimiento Místico, no son lecciones desligadas de nuestra vida cotidiana, sino respuestas a situaciones en las que el amor parecía imposible. Al mismo tiempo, la Quietud Mística nos prepara, con paz, gratitud y entusiasmo, para poner en acción ese amor que sólo es posible con la luz del Espíritu Santo.

En el Evangelio de hoy se nos dice que Jesús no pudo realizar allí ningún milagro por la falta de fe de la gente de su lugar de origen. Esta expresión es relevante, pues resta importancia a las curaciones que Cristo SÍ realizó, resaltando el carácter de los auténticos milagros, que no son raros ni se conceden a unos pocos.

De hecho, cuando Jesús curaba a los que acudían a él de diversas maneras, el verdadero milagro era la nueva forma de servir, de amar generosamente, que estas personas manifestaban. Por ejemplo, la viuda de Pedro, en cuanto fue curada, sintió la necesidad de atender a todos. Los primeros discípulos, al recibir el perdón de Jesús tras sus manifestaciones de envidia u orgullo, se vieron íntimamente empujados a dar la vida, como así ocurrió. En definitiva, ése es el fruto último y la consecuencia más relevante de las curaciones que se producen en nosotros, transformarnos en profetas de los que son nuestro prójimo, como le ocurrió a la mujer samaritana o a Zaqueo.

Todos nos encontramos con situaciones en las que amar no sólo es difícil, sino que es algo que no podemos imaginar cómo hacer, sintiéndonos impotentes y frustrados:

– Cuando una persona que amamos está lejos o sufre algún mal que excede nuestra capacidad de ayuda.

– Cuando hemos sido víctimas de un engaño o de un escándalo por parte de alguien cercano a nosotros, en quien quizás confiábamos y al que admirábamos como modelo.

– Cuando alguien nos persigue compulsivamente por envidia, incomprensión o desconfianza.

– Cuando nos sentimos abrumados por las exigencias de alguien, a quien sentimos que le falta la sensibilidad necesaria para dejar de abusar de nosotros.

Los profetas son siempre necesarios porque nuestra sensibilidad a la presencia divina es débil, frágil y se deteriora con las cosas del mundo y las tormentas de nuestro ego.

Nuestra incredulidad, nuestra forma de juzgar lo que es importante o no, en otras palabras, nuestro apego a los juicios y deseos, nos impide experimentar el verdadero milagro de poder amar sin interrupción. Lo verdaderamente dramático es que, podemos impedir que Cristo haga milagros y entonces NO SABEMOS lo que hemos perdido, lo que Él estaba dispuesto a darnos, con la continua y generosa disposición que manifestó cuando llegó a Nazaret…. pero no se le permitió hacer milagros.

No podemos imaginar cómo habría cambiado la vida de los nazarenos si se hubieran acercado a Jesús con fe. Teniendo esto en cuenta, deberíamos suplicar cada día, como hicieron los discípulos, Señor, aumenta nuestra fe (Lc 17,5), para que nos abramos cada vez más y dejemos que su amor actúe en nosotros.

Esta es la conclusión del Papa Francisco sobre el Evangelio de hoy:

Dios no se amolda a los prejuicios. Debemos esforzarnos por abrir el corazón y la mente, para acoger la realidad divina que viene a nuestro encuentro. Se trata de tener fe: la falta de fe es un obstáculo para la gracia de Dios. Muchos bautizados viven como si Cristo no existiera: se repiten los gestos y los signos de la fe, pero no corresponden a una adhesión real a la persona de Jesús y a su Evangelio. Sin embargo, todo cristiano está llamado a profundizar en esta pertenencia fundamental, tratando de testimoniarla con una conducta de vida coherente, cuyo hilo conductor sea siempre la caridad. Pedimos al Señor, por intercesión de la Virgen María, que disuelva la dureza de los corazones y la estrechez de las mentes, para que nos abramos a su gracia, a su verdad y a su misión de bondad y misericordia, que se dirige a todos, sin exclusión alguna (7-ago-2018).

El mundo está rebosante de bellos discursos y no necesita más palabras. Lo que el mundo necesita sobre todo es la palabra, la palabra que se convierte en testimonio. Cuando el Evangelio dice que Jesús enseñaba con autoridad, quiere decir esto: no daba charlas, no quería dar bellos discursos ¿Qué es, pues, lo que se nos pide que digamos?

Lo que hemos oído. Fíjate en Jesús: sólo hace lo que ha visto hacer al Padre, sólo dice lo que ha oído del Padre. Y este carácter exclusivo de su amor, cada vez más parecido al de Jesús, es lo que marca la vida de un profeta.

Cuando Cristo dice que Un profeta no es aceptado en su lugar de origen y entre su propia gente y en su propia casa, no debemos pensar que se refiere a lugares o personas concretas. El mensaje más profundo se dirige seguramente a quienes, como tú y yo, hemos tenido la gracia de estar cerca de Jesús a través de los Sacramentos, del ejemplo de personas virtuosas y, sobre todo, de su perdón.

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