¿Qué significa para ti “estar vigilante”?

By 1 diciembre, 2017Evangelio
Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 3-12-2017, Primer Domingo de Adviento  (Isaías 63:16b-17.19b.64:2b-7; 1 Corintios 1:3-9; Marcos 13:33-37).

A muchos nos ha sucedido el tener un mensaje en nuestro celular cuando estamos conversando con alguien. ¿Echamos entonces una ojeada para ver quién llama? Probablemente. Eso es sólo un pequeño síntoma de un problema mucho mayor que se denomina Atención Parcial Continua.

Estamos sometidos a tantos estímulos e informaciones que difícilmente podemos prestar una atención completa a nada. Por el contrario, intentamos hacer todo a la vez, dando a las personas o a las acciones que requieren nuestra atención sólo una parte de ella, que así permanece dispersa en todos los demás asuntos. De hecho, ese pequeño y práctico celular que tienes en las manos se parece a una droga, reclamando tu atención una y otra vez.

Sin embargo, los efectos más peligrosos de la Atención Parcial Continua están en las relaciones personales. La formación de relaciones auténticas y saludables que sean duraderas requiere esfuerzo, tiempo y atención cuidadosa.

Estaba compartiendo algo personal con un amigo y él repentinamente me interrumpió para hablar con otra persona. Me sorprendió, pero también me di cuenta de que acababa de verme a mí mismo en su rostro distraído. La incapacidad de mi amigo para concentrarse en lo que estaba diciendo me ayudó a darme cuenta de que mi atención en los demás también suele estar desenfocada. Este incidente me ayudó a ver de una manera muy concreta la conexión entre mi indisciplinada atención y mi fracaso en amar a los demás y a Dios.

Uno de los principales desafíos en nuestra vida de oración es el deambular de nuestra mente. ¿Cómo puede uno esperar estar en relación con otra persona cuando su mente no está centrada en la conversación con ella? ¡Y cuánto más importante es esto con Dios! Seguramente, entonces, estamos tomando el nombre de Dios en vano al dejar que nuestras mentes divaguen mientras le pedimos ayuda y perdón.

La imaginación es utilizada por el diablo como una de sus armas más sutiles: imaginar buenas obras, imaginar obras malas. Varios pensamientos vienen e inquietan al alma, por lo que deja de pensar bajo la luz de Cristo. El diablo trata de hacer que el hombre no muestre interés en Dios y le exprese su amor. Principalmente, le persuade para recordar las diversas fallas que ha cometido en su vida anterior y reciente.

Es en nuestra mente donde más fácilmente somos llevados al pecado. Por lo tanto, Jesús nos está aconsejando en este texto de hoy que nos fijemos en nuestra área más vulnerable, de forma similar a como un médico nos da consejos preventivos sobre aquel aspecto de nuestra salud que es el más débil ¿Por qué la mente es el área de nuestra mayor debilidad? Es porque actúa por sí misma; procede de manera rápida y sin gran esfuerzo, y está activa en cualquier momento o situación. Por lo tanto, es mucho más fácil pecar en la mente que a través de las acciones de nuestro cuerpo. La acción del cuerpo requiere tiempo y esfuerzo, así como la interacción con los demás. De hecho, podemos estar actuando de una manera virtuosa, mientras al mismo tiempo nuestra mente está involucrada en numerosos pensamientos pecaminosos. No hay ningún testigo de los pecados que tienen lugar en nuestra mente y nadie para corregirnos. Por lo tanto, es de la máxima importancia el estar atento a la actividad de la mente.

Hay un efecto acumulativo en nuestra atención…o en la falta de ella. En la parábola del Sembrador, la semilla esparcida en el camino no permanece allí, esperando otro día. Como dice el texto, los pájaros vinieron y se la comieron. No prestar atención a lo que es importante, tiene consecuencias.

En la cruz, a pesar de su propia situación de angustia, Cristo prestó Atención Continua y Completa a ti y a tu salvación: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23:34).

En el relato de Mateo de la vida de Jesús, se refleja cómo habla sobre la oración e instruye a sus discípulos: Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mt. 6:6).

En un ensayo, la filósofa y mística francesa Simone Weil escribe: La oración consiste en prestar atención. Después de leer esa frase, sentí correr a través de mí un estremecimiento de shock. Si la oración está realmente conectada con nuestra capacidad de prestar atención, las implicaciones son sorprendentes e inmensas, especialmente en la cultura digital multitarea y de rápido movimiento de hoy en día. Sin aprender a prestar atención, nuestras vidas se vuelven cada vez más fracturadas y perturbadas.

Jesús iba muy temprano en la mañana a un lugar solitario para orar, lo cual es un acto de su atención sostenida (Mc 1:35). Pedro y los discípulos lo persiguen e interrumpen, tratando de distraerlo con lo que la multitud quiere. Jesús devuelve su atención a lo que realmente importa y dice: Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido (Mc 1:38).

Pero la capacidad humana para prestar atención es sorprendentemente limitada. Esta capacidad se estima en 120 bits por segundo. En términos prácticos, esto significa que apenas podemos escuchar a dos personas que nos hablan al mismo tiempo. Parece que hemos sido creados para atender a una persona en cada momento. Este es un ejemplo de nuestras limitaciones y debilidades, a pesar de nuestra buena voluntad y honestos esfuerzos ascéticos. Todo profesor ha experimentado cuán fácilmente se duermen los estudiantes cuando explica apasionadamente el tema más importante e interesante de su materia.

Sin embargo, no debemos olvidar la dimensión mística de la atención: La Atención Completa Continua es un don, con un objetivo definido. Todos tenemos experiencia de este don gratuito como respuesta a nuestro esfuerzo ascético, en el Recogimiento Místico. En palabras de nuestro padre fundador:

El canon o constante del recogimiento místico es la existencia en la mente de una atención habitual hacia la santidad con su sujeto la Divinidad. Esta constante del estado unitivo de la mente se caracteriza por la apertura, confianza, entrega a Dios, que hace posible que el Espíritu Santo vaya infundiendo la comprensión progresiva de las verdades divinas; esto es, que la inteligencia, lejos de la fijación de la mente por recrear o guardar algo que se supone religioso, tenga verdadera disposición a lo divino de manera continuada, con el ánimo de pensar, sentir y recordar siempre lo más verdadero, lo más bueno y lo más hermoso de nuestra mística filiación. (Concepción Mística de la Antropología).

Como dijo Thomas Merton: La vida espiritual es, ante todo, cuestión de estar despierto. Nuestro padre Fundador lo expresó aún más claramente: La santidad es ir progresando en nuestra conciencia filial, que no es sólo atención, no es sólo fruición, sino una cercanía gradual a Cristo: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. (Ap 3:20). Este es nuestro verdadero despertar y nuestra auténtica conciencia. Podemos decir hoy, con Isaías: Pero tú, Señor, eres nuestro Padre, nosotros somos la arcilla, y tú, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!

Hoy comenzamos un nuevo año litúrgico. El Evangelio nos recuerda que se nos ha confiado la responsabilidad de cuidar nuestra vida y la de los demás. Aún más, hay un momento en que tendremos que dar cuentas, cuando seamos llamados a contemplar la forma en que vivimos nuestra vida.

Adviento significa simplemente la venida del Señor. Es un momento oportuno para prestar atención a su primera venida en Navidad, a fin de que su presencia también pueda acompañarnos durante todo el año, ofreciéndonos fortaleza, visión y vida.

Sin embargo, muchos de nosotros somos ciegos a su venida. Esta es la esencia de la primera lectura. La mayoría de nosotros estamos dormidos, como el sirviente puesto a cargo de la casa. Esta falta de conciencia de la presencia de Dios es el resultado de caer en el automatismo del hábito y la rutina mortal. Nos acostumbramos a las cosas; como el sirviente que se acostumbró a la autoridad que se le confió y se volvió indiferente a su responsabilidad. Muchos de nosotros hemos adquirido el hábito de ser cristianos, misioneros, la rutina de la Misa y el Examen de Perfección.

La gratitud es un antídoto contra la rutina y una herramienta poderosa para estar al tanto de la presencia activa de Dios impregnando cada momento de cada día. San Pablo se dirige a los cristianos de Corinto, en la Segunda Lectura de hoy, regocijándose de que Jesús ya ha venido y lo que eso significa para nuestra vida diaria: No dejo de dar gracias a Dios por ustedes, por la gracia que Él les ha concedido en Cristo Jesús. En efecto, ustedes han sido colmados en él con toda clase de riquezas.

También nosotros hemos de dar gracias a Dios por todo lo que Jesús ha traído y continúa trayendo a nuestras vidas, las incontables ayudas que nos da para llevar una vida serena. Lo hacemos de la mejor manera si estamos constantemente conscientes de su presencia y su acción a través de las personas que nos rodean. Recibimos ayuda de muchas personas; a la mayoría de ellas no las conocemos, nunca las hemos visto.

Pensemos, por ejemplo, en todas las personas que, con su trabajo, ponen a nuestra disposición los alimentos que tendremos este día. Deberíamos agradecer a Dios por todo lo que Él hace a través de tantos hermanos y hermanas desconocidos. Cada vez que bebemos una taza de café, pensemos en la gran cantidad de personas, muchas de ellas trabajando bajo condiciones opresivas, que han traído ese delicioso sabor y encantador aroma a nuestra vida. ¿Con qué frecuencia doy gracias a Dios? ¿Con qué frecuencia agradezco sus vidas? Porque a través de ellos, el amor y el cuidado de Dios llegan a mi vida. Y cuánto más tengo que agradecer por el regalo de la fe recibida del Espíritu Santo a través de familiares, amigos, enemigos y la naturaleza.

Son los pequeños actos de amor y alegrías que experimentamos cada día los que nos permiten entrar profundamente en el significado que tiene que Dios nos entregue a su Hijo único, lo que celebramos en Navidad, en el pesebre, entre los pobres. Jesús viene en cada momento y cada vez que experimentamos alegría, amor, generosidad y participación. Y también cuando nos enfrentamos una misión virtualmente imposible y nos damos cuenta de que es un acto de confianza divina hacia una criatura débil.

La certeza del regreso de Cristo tiene un efecto purificador sobre nosotros. Al fijar nuestra esperanza en Él, nos hace reflexionar sobre nuestras vidas y establecer y llevar a cabo Sus prioridades. Cristo está en camino; y Él espera que estemos listos.

El mensaje del regreso de Cristo ofreció esperanza a los creyentes del primer siglo, especialmente en tiempos de persecución. Las inspiradas palabras de Pablo a la iglesia de Tesalónica continúan animándonos con una poderosa afirmación: Pero no queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen, para que no se entristezcan como lo hacen los demás que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con El a los que durmieron en Jesús. No podemos pasar por alto las notas de victoria y esperanza contenidas en estas palabras. Debido a la muerte de Cristo en la cruz y su Resurrección, Pablo consideró que la muerte había sido conquistada tan completamente que puede llamarse “sueño” y ha sido conquistada en tal medida que la naturaleza del sufrimiento ha cambiado por completo.

El Adviento nos llama a sacudir el polvo de la rutina, el hábito, la costumbre y dejar que Cristo cobre vida en nuestras vidas, una vez más.

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