Skip to main content
Vive y transmite el Evangelio

Preparen el camino del Señor

By 16 diciembre, 2017enero 12th, 2024No Comments
Print Friendly, PDF & Email
Por el P. Luis Casasús, Superior General de los Misioneros Identes
Comentario al Evangelio del 3-12-2017, TercerDomingo de Adviento  (Isaías 61:1-2a.10-11; Lucas 1:46-48.49-50.53-54; 1Tes 5:16-24; Juan 1:6-8.19-28).

1. Un problema de identidad. Un hombre fue a un retiro espiritual y cuando se registró, el recepcionista le preguntó de qué modo esperaba beneficiarse del retiro. Respondió: Quiero saber quién es Dios y quién soy yo. Cuando terminó el retiro, el recepcionista se despidió de él y le preguntó: ¿Encontró la respuesta a sus dos preguntas? Oh sí, respondió, ahora entiendo que Cristo es Dios y yo no.
Cuando los judíos le preguntaron a San Juan Bautista: ¿Quién eres tú? él respondió diciéndoles quién no era: Yo no soy Cristo. Saber quién no eres te ayuda a saber quién eres. Esto no es solo un esfuerzo que hacemos, sino una parte importante del trabajo del Espíritu Santo que nos purifica y nos trae una nueva visión: no soy mi sufrimiento, no soy mi pasado, no soy mi mente ni mis pensamientos o mis emociones… ni siquiera mis buenas obras, porque entiendo cada vez más claramente que si algo bueno puedo hacer por mi prójimo, es como un pobre instrumento de Dios Padre.
Una forma muy práctica de recordar cada día quién soy es, inmediatamente al despertar, decir sólo una palabra: Padre. Eso sin duda nos hará darnos cuenta de cuán entrañable y poderoso es Dios y cuán dependientes somos de él, y también nuestra verdadera relación con los demás. Esta es la mejor manera de comenzar todos los días.
San Juan Bautista sabía que él no era el Mesías, ni Elías ni uno de los profetas. Para otros, podía aparecer como un ser extraordinario, pero en su opinión, él era simplemente una voz; una voz muy humilde que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor. 2. ¿Qué significa estar preparado para la venida de Cristo?
Por un lado, es estar en paz con Dios, reconciliado con Él, salvado. En cierto sentido, la muerte es una venida de Cristo a cada individuo, porque nos lleva a la presencia de Dios. ¿Qué significa estar preparado para la muerte? Nadie está preparado si no ha aceptado a Cristo como Salvador y Señor, ha encontrado el perdón de los pecados y una nueva vida y amor en él. Nada puede ser más doloroso que la llegada de la muerte quien que no se ha arrepentido de sus pecados y que, por lo tanto, no está preparado para encontrarse con su
Dios. Se cuenta de un hombre que había desperdiciado su vida y que al final, cerca de su muerte, encontró la paz al creer en Dios. Un amigo le dijo: ¿Tienes miedo a morir? Él respondió: No, no tengo miedo a morir; pero estoy avergonzado de morir.
Por otro lado, la promesa no es que Cristo va a salvar a Su pueblo del infierno, sino que Él nos salvará de nuestros pecados, y eso lo necesitamos en este momento. El pecado es una realidad presente, y para que la salvación tenga alguna relevancia en nuestras vidas inmediatas, debe dirigirse a esa realidad. No solo necesitamos liberarnos del castigo del pecado al final de la vida; también necesitamos un Salvador que pueda liberarnos del poder del pecado en medio de esta existencia. Necesitamos ser salvados de los pecados específicos concretos que acosan nuestras vidas hoy. Necesitamos ser salvados del egoísmo, de la codicia, de los pecados de omisión, y hemos ser salvados del odio, la amargura y el resentimiento. Necesitamos ser salvados de nuestro Defecto Dominante. Y este es el tipo de salvación que Jesús vino al a traer al mundo. Podemos verlo en cada página del Evangelio: Cristo salva a las personas, las limpia de sus pecados, las eleva por encima de su pequeñez, les da esperanza y las hace diferentes. Juan dejó claro que la preparación para la venida del Mesías exige la conversión del corazón y la transformación. Exhortó así a sus oyentes: Produzcan frutos que demuestren arrepentimiento (Lc 3:8).
No es suficiente “dejar de pecar”. Los verdaderos frutos del arrepentimiento deben ser evidentes en nuestra forma de vida. Nuestra vida ascética debe ser una respuesta consistente a la vida mística que recibimos incesantemente. La Primera Carta a los Tesalonicenses nos anima a prestar aún más atención; es una oración para que seamos irreprensibles y perfectamente santos para la venida del Señor. Esto sólo puede lograrse a través de nuestra acogida y aceptación de cada intervención divina. Por ejemplo, es lógicamente imposible que yo recuerde todos mis pecados de omisión. Reflexionamos sobre esto. Por nosotros mismos no somos capaces de esto y, de ahí la oración del apóstol Pablo por nuestra apertura al Espíritu Santo. Pero la cruda realidad es que la división que hay en nuestro interior afecta a nuestra paz, a nuestro estado mental y, sobre todo, impide nuestra relación íntima con Dios. Está entre nosotros, pero normalmente no lo reconocemos.
3. San Juan Bautista señala a uno que viene detrás de él, al cual no reconocieron.
* Sin embargo, con demasiada frecuencia, no reconocemos que los dones de Dios están justo delante de nosotros, a menudo mirándonos a los ojos. Vienen bajo la figura de aquellos que nos aman, que se preocupan por nosotros, que tienen las mejores intenciones para nosotros: nuestra familia, nuestros amigos, las voces ‘proféticas’ que nos ofrecen consejos críticos y nos mantienen en la senda recta y estrecha, para que no perdamos nuestro camino. Con demasiada frecuencia, nuestra forma de entender las cosas, condicionadas y determinadas por nuestras experiencias pasadas (buenas o no), nuestra educación y, a menudo, incluso nuestro propio carácter, temperamento y disposición, nos impiden ver y reconocer la presencia de estos dones.
* En muchas ocasiones, tenemos que convivir con, o servir a personas que son bastante difíciles de tratar, hasta que un día, por alguna razón especial (gracia), comenzamos a ver a
estas personas bajo una luz totalmente diferente: no simplemente como una persona difícil a la que tengo que enfrentarme, sino como un ser humano que vive en angustia interior y que ha sido enviado a mí para que pueda ejercer y enseñar las virtudes de la paciencia, la bondad y la delicadeza.
* En otros momentos, no reconocemos que estos regalos no son siempre lo que esperamos recibir. A veces, estos dones, bendiciones y gracias vienen en forma de desafíos, obstáculos, dificultades, experiencias difíciles. Uno de mis momentos más embarazosos como oficial de bajo rango en el servicio militar fue cuando el Coronel de nuestro Regimiento llegó a la sede donde yo estaba de guardia. Cometí un grave error en el protocolo de saludo y, aunque el Coronel fue muy discreto y compasivo, señaló públicamente mi error. No pude dormir por varias noches, pensando en la vergüenza que me hizo pasar. ¿Qué van a pensar de mí ahora los otros oficiales y los soldados? Seguí cavilando hasta que me di cuenta del valor que tiene la humildad para aprender algo por primera vez. Me di cuenta de que la distracción, la falta de atención era (… es) una de mis serias faltas y limitaciones. Fue una lección que tuve que aprender de la manera más difícil; pero fue gracia, un duro y difícil obsequio… algo que no reconocí tan fácilmente.
* Otras veces, ocurre que nuestra mirada se fija constantemente, no en lo que tenemos, sino en lo que no tenemos, o todavía no tenemos, y eso nos causa ceguera para ver estos dones; nos hacemos ciegos e ingratos. Si queremos dar gracias a Dios en todas las cosas y vivir una vida de esperanza, debemos tener un profundo sentido de gratitud. Este fue el caso de María cuando cantó el Magníficat. Un corazón agradecido recibe todo con alegría. Cuando hay gratitud, todo lo que aparece en nuestro camino se recibe con alegría, ya que se ve como algo que no merecemos.
Somos como los discípulos en el camino a Emaús: no reconocemos al Señor que está con nosotros. Tú y yo podemos estar cegados por todas las cosas que son innecesarias; y las que son pecaminosas; todas las cosas malas y buenas que no son de Dios. Pueden borrar, o al menos, embotar nuestra visión de la presencia del Espíritu Santo en nuestros semejantes, en medio de nosotros, ahora.
4. El Adviento es tiempo de esperanza y alegría. En particular, el centro de este domingo es la alegría y especialmente la alegría de San Juan Bautista, que viene a proclamar a otro que es más grande que él. Debemos recordar que la esperanza no es solo un “signo personal”, algo secreto y estrictamente para nuestro uso. Estas son las palabras del Papa Benedicto XVI:
Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal. (Spe Salvi).
Aún más, sabemos que la nota clave de la vida de un misionero Idente es la aspiración en común a la santidad, es decir, aspirar a vivir y transmitir el Evangelio para que todos puedan conocer y amar a la Santísima Trinidad. Al vivir una vida santa e intachable, les damos esperanza y confianza.
Tú y yo, estamos invitados a ser voces en el desierto. Estamos invitados a regocijarnos en el Señor hoy, en este Domingo Gaudete. Gracias a Cristo, somos personas de Esperanza y, por lo tanto, nuestra tarea es dar esperanza a los demás. Cristo es nuestra esperanza en un mundo que no tiene esperanza en el futuro
¿Cuál es la fuente de nuestra alegría? Leímos hace unos días cómo los 70 discípulos se regocijaron al regresar de su misión. Y Jesús les dijo: Sin embargo, no se regocijen en esto, de que los espíritus se les sometan, sino regocíjense de que sus nombres están escritos en los cielos.
Y Jesús alabó a Dios por valerse de ellos para restaurar el mundo a través de los milagros de curación y la victoria sobre el Maligno, cuando declaró: Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven; porque les digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron. A través de sus obras y palabras, Jesús nos reveló el amor y la misericordia de su. Padre por nosotros. Dijo así: Todas las cosas Me han sido entregadas por Mi Padre. Nuestro gozo ha de ser el mismo gozo de Jesús: consiste en ser conscientes de nuestra elección, sabiendo que nuestros nombres fueron escritos en el cielo desde antes de la fundación del mundo. La alegría de tener tu nombre escrito en el cielo incluye la alegría de saber que eres valioso para nuestro Padre Celestial
No debemos perder de vista el hecho de que tener la capacidad de expulsar demonios no es prueba de que uno está salvado. Por el hecho de que Judas fuera uno de los Doce, podríamos suponer que logró expulsar demonios, al igual que los demás. Las palabras de Jesús en el evangelio de Mateo, dejan bastante claro que los incrédulos pueden también expulsar demonios: Muchos Me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?” Entonces les declararé: ‘Jamás los conocí; apártense de mí, los que practican la iniquidad.’ Es notable que esta advertencia no habla “algunos” sino de “muchos”.
En 1 Corintios 4:2 leemos: Ahora bien, lo que se requiere además de los administradores es que cada uno sea hallado fiel. Observemos que no dice exitoso, sino fiel. Demos gracias de que el éxito en la vida cristiana consista en ser fiel, ya sea que tengamos algún éxito visible o no. Mientras Dios esté con nosotros, podemos estar felices y gozosos, pues sabemos que cuidará de nosotros. Incluso cuando sufrimos, lo hacemos con alegría, porque sufrimos por amor a Él o por los que Él nos encarga cuidar.
Podemos regocijarnos de nuestra relación con Cristo y de que nuestro lugar en el Cielo es seguro incluso cuando nuestras circunstancias no son precisamente maravillosas y tenemos impresión de fracaso. Sólo en el Cielo veremos el fruto que se produjo cuando nos sentimos vencidos. El Magníficat de María, su canción de alabanza cuando visitó a Isabel, que cantamos hoy como nuestro Salmo, nos recuerda también que sólo Dios es nuestra alegría.
Por otro lado, debido a nuestro instinto de felicidad, es muy fácil regocijarse en el éxito. Y luego, el peligro, por supuesto, es que no se adora a Dios. La maravillosa aceptación de nosotros por parte de Dios mismo ya no nos mueve, sino solo nuestro aparente éxito. Y cuando comenzamos a idolatrar el éxito, subrepticiamente terminamos idolatrándonos a nosotros mismos. Pocos dioses falsos son tan engañosos. Es muy importante regocijarse por las razones más auténticas: que nuestros pecados son perdonados, y que por propia iniciativa
misericordiosa de Dios, nuestros nombres han sido escritos en el cielo. Esto no es algo que obtenemos a través de nuestro propio trabajo o que ganamos a través de algún mérito. Dios lo hizo por nosotros. Esta es la verdadera razón para alegrarse.
Si Juan Bautista fue la voz que transmitió la Palabra, es porque pasó su vida en el desierto, en oración y ayuno. El secreto de la verdadera alegría es siempre la oración y el ayuno.
Entonces, no olvidemos la ecuación: Oración + Ayuno = Oración Continua.