No buscando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.

By 11 febrero, 2021Evangelio, Para leer

Por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

New York/Paris, 14 de Febrero, 2021. | VI Domingo del Tiempo Ordinario.

Levitico 13: 1-2.44-46; 1 Corintios 10: 31-33.11,1; San Marcos 1: 40-45.

Nuestra comprensión de lo que es la verdadera obediencia es a menudo limitada. Nos contentamos con repetir alguna frase de Jesús que describe el significado de la obediencia para todo cristiano, por ejemplo Si me aman, guardarán mis mandamientos (Jn 14, 15). Pero los mandamientos, incluso el del amor, son más antiguos que Cristo. Él nos habla personalmente, nos da mandamientos e instrucciones íntimos, como hizo con el leproso recién curado: No digas nada a nadie, sino ve, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu limpieza lo que Moisés ordenó, para testimonio a ellos.

Cuando escuchó la voz del Señor diciéndole que no hiciera algo, simplemente lo ignoró e hizo lo que él quería hacer. Probablemente pensó que tenía justificación para ello: al fin y al cabo, Jesús le había hecho el mayor regalo de su vida y ¿qué daño haría, se preguntó probablemente, alabarle públicamente por ello? Pero la realidad es que respondió al mandato del Señor con desobediencia.

No debemos olvidar que uno de los objetivos centrales de vivir en estado de oración es la libertad. Y si entendemos lo que es la auténtica libertad, es decir, la libertad de los hijos de Dios, comprenderemos que esta libertad nace de la obediencia filial.

La obediencia no siempre es apreciada, ni dentro ni fuera de la Iglesia.

El rey Mahmud (gobernante de Persia en el siglo XVIII) tenía un leal servidor llamado Ayaz. Un día, el rey reunió a sus cortesanos y les mostró una magnífica perla. El rey pasó la perla a su ministro pidiéndole su opinión sobre ella. El ministro la elogió, diciendo que valía más que el oro que podían cargar cien burros. Entonces llegó la instrucción del rey: ¡Rómpela! El ministro respondió que su mano no podía hacer tal cosa. El rey le recompensó con una túnica de lujo. Esto se repitió con cincuenta o sesenta cortesanos. Uno a uno, imitaron al ministro y recibieron nuevos regalos del rey.

La perla fue entonces entregada a Ayaz. El rey le  preguntó su opinión, y sólo pudo responder que la perla era más espléndida de lo que podía describir con palabras. Cuando el rey le indicó a Ayaz que rompiera la perla, para asombro de toda la corte, Ayaz la rompió en pedacitos. La asamblea de la corte gritó ante la imprudencia de Ayaz: ¿Cómo has podido hacer eso? Ayaz respondió: Lo que dice el rey vale más que cualquier perla. Yo honro al rey, no a una piedra de color.

Jesús le hizo al leproso recién curado una fuerte advertencia: Cuida de no contar esto a nadie. Pero el ex-leproso no obedeció a Cristo. Simplemente salió y difundió abiertamente la noticia. Jesús no quería que se le conociera sólo como un hacedor de milagros. Como resultado de la desobediencia de este hombre, la gente quedó cautivada por los prodigios de Jesús, limitando así su capacidad de proclamar lo que había anunciado al principio del evangelio de Marcos: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia (Mc 1, 15). La curación de un leproso era, pues, mucho más que un gesto prodigioso. Fue la prueba de que el Mesías había llegado al mundo.

Jesús ya no podía entrar abiertamente en una ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares desérticos. Incluso en los lugares solitarios, la gente acudía a él de todas partes.

De esta manera, vemos que nuestra desobediencia puede limitar la acción del Espíritu Santo. Sin duda, Él buscará otros caminos, pero nosotros perderemos la oportunidad de ser instrumentos de salvación y no disfrutaremos, al menos en esa ocasión, de la verdadera alegría, la del propio Jesús. Por eso San Pablo, en la Segunda Lectura de hoy, nos dice cuál debe ser la motivación del apóstol, su intención pura: No buscar mi propio beneficio, sino el de muchos, para que se salven.

Uno de los grandes peligros de vivir la fe es la tentación de manipular a Dios para nuestros propios fines. Esta tentación, obviamente, puede afectar a los que no tienen fe o tienen muy poca: Si realmente existes, demuéstralo haciendo este milagro que te pido. Pero también puede afectar a quienes están más familiarizados con Dios.

San Pablo nos insta a hacer todo por la gloria de Dios y no por nuestros propios intereses. Debemos ser desinteresados al tender la mano a los demás. Debemos ser sinceros al ayudarlos. A menudo, se ayuda a los pobres y a los marginados con segundas intenciones. Algunos utilizan a los pobres para enriquecerse no pagándoles un salario justo. Otros prestan ayuda para hacerse populares y reconocidos.

Tres sinónimos en el Evangelio: Obediencia filial. Obediencia en la fe. Obediencia a la verdad. San Pablo habla de una “obediencia a la fe” (Rom 1,5; 16,26). Hoy en día, la importancia de la obediencia filial está muy infravalorada, considerada como una reliquia de un pasado opresivo. Es necesario redescubrir y llevar a la práctica las palabras de San Pedro: Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, por un sincero amor a los hermanos, ámense los unos a los otros de corazón (1 Pe 1,22). Para San Pedro, como para la Iglesia católica de hoy, el auténtico amor y la evangelización de nuestros hermanos es imposible sin la purificación de nuestras propias almas y, en particular, esa purificación que viene a través de un sincero amor a la verdad, y el valor de vivir de acuerdo con las verdades morales del Evangelio. En otras palabras, la obediencia a la verdad.

Si no hemos comprendido esto, difícilmente aceptaremos obedecer con sinceridad a un superior, a una autoridad, a la suave voz de Dios, porque no sentimos que la obediencia sea una forma de unión, una forma de vínculo, de enlace. Lamentablemente, demasiadas personas asocian la obediencia con una especie de sumisión ciega. En cambio, si miramos la historia de la palabra, vemos que viene de dos términos latinos, ob y audire, y la palabra española “obediencia” significa escuchar u oír. Este acto de escuchar es la forma de unión típica de la obediencia. Hacemos algo, unidos, sólo por voluntad divina y eso también nos une a Él. Así de sencillo.

Jesús quería que el leproso ya curado pasara por los requisitos oficiales para que fuera un “testimonio público” para el sacerdote y los que supieran de él. Todos los sacerdotes que participaran en la declaración de limpieza de este antiguo leproso habrían sido testigos del innegable poder curativo de Jesús.

Jesús lo despidió con la intención de que fuera un verdadero testigo para un grupo específico, principalmente los sacerdotes del templo. Aunque podemos compartir la historia de lo que Dios ha hecho en nuestra vida con todo el mundo, la realidad es que Dios tiene en mente un grupo específico de personas para cada uno de nosotros. Hay ciertas personas con las que mi historia va a conectar, así que debo compartirla con ellos. Debo ir a donde Jesús me envíe. Jesús le dio a este hombre una misión. Había cambiado su vida y ahora quería actuar a través de esa vida. Y lo mismo ocurre con nosotros. Cuando Jesús nos salva con su perdón y hace cosas maravillosas en nuestras vidas, nos envia a una misión. Él tiene una tarea para ti y para mí. Hay personas que necesitan escuchar lo que Él ha hecho en nuestra vida.

San José representa un ejemplo sublime de los frutos inesperados de la obediencia en la fe. La Providencia le envió un ángel a para asegurarle que debía proteger el misterio de María, siendo su esposo. La Escritura afirma que San José obedeció al ángel. Incluso podemos leer la exactitud de su obediencia por la correspondencia exacta en la Escritura. El ángel dijo: Toma a María, tu mujer, en tu casa (Mt 1,20) y la Escritura afirma: Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y “tomó a su mujer en su casa”. (Mt 1, 24). La obediencia de San José a la orden del ángel sirvió para proteger a María y al Niño del gobernante de esa época. Esto se repitió dos veces más cuando San José protegió al Niño y a su Madre de la ira de Herodes (Mt 2,13) y de la amenaza de Arquelao (Mt 2,22) mediante su humilde obediencia al mandato del ángel (Mt 2,14.22).

La verdadera obediencia filial se caracteriza por la prontitud y la alegría, ya que comprobamos que es infinitamente mejor renunciar a la propia voluntad, a las propias ideas, por amor a Dios, que aferrarse a la propia voluntad, a las propias ideas.

La obediencia debe entenderse, en primer lugar, como obediencia a Dios. Una consecuencia de esa obediencia es la obediencia a los superiores en la vida espiritual y religiosa. Si observamos con atención las siguientes palabras de San Maximiliano Kolbe, reflejan casi literalmente lo que nuestro Padre y Fundador nos ha enseñado siempre:

Dios, que es sabio y omnisciente, sabe mejor que nadie lo que debemos hacer para aumentar su gloria. A través de sus representantes en la tierra, nos revela continuamente su voluntad, por lo que la obediencia, y sólo la obediencia, es para nosotros la señal segura de la voluntad divina. Es cierto que un superior puede equivocarse, pero es imposible que nos equivoquemos al obedecer el mandato de un superior. La única excepción a esta regla es el caso de que un superior ordene algo que, en lo más mínimo, contravenga la ley de Dios. Tal superior no estaría transmitiendo la voluntad de Dios.

Marcos nos dice que Jesús extendió su mano y tocó al leproso. Desde que a ese hombre le diagnosticaron la lepra, nadie lo había tocado. Sin embargo, aquí, en un momento de total vulnerabilidad, mientras su rostro estaba en tierra, suplicando la liberación, Jesús extendió la mano y sanó al hombre con un toque.

En la Biblia, un toque puede significar mucho más que una simple caricia. Por ejemplo, cuando la gente ofrecía sacrificios a Dios, ponían sus manos sobre ellos como una forma de identificarse con el animal, con el acto simbólico de que los pecados eran transferidos al animal antes de que éste fuera sacrificado.

Cuando Jesús tocó a este hombre, se estaba identificando con él. Estaba entrando en el su mundo. Jesús estaba dispuesto a tocar al leproso, a entrar en su mundo y a darle lo que nunca podría encontrar por sí mismo. Cristo está dispuesto a tocar a los que han sido rechazados, abandonados y olvidados. Su compasión llega a los que vemos y a los que no vemos.

Como seguidores de Jesús tenemos que entrar en el mundo de nuestro prójimo, identificarnos con su dolor y tocar sus vidas para que sepan: “Te quiero tal como eres y estoy aquí para ayudarte”. Un toque espiritual es una caricia, una invitación, sin palabras, a estar unidos. Como un beso. Como una caricia.

Nuestro Padre Fundador nos ha hablado del Toque Carismático, el toque de la Gracia, una impresión clara, significativa y poderosa de la acción del Espíritu Santo. Es difícil encontrar otra metáfora más adecuada que la palabra “toque” para describir lo que sucede en nosotros cuando la Palabra, la inocencia, el ejemplo de los demás o el sufrimiento humano llegan a nuestro corazón. Es más que ver, más que comprender y más que desear, porque el tacto representa una forma de unión inmediata, una confirmación de que estamos en el camino correcto, como le ocurre a un ciego que se deja guiar por el brazo de alguien que le conduce, lo cual es mucho mejor que la ayuda de un bastón.

Hace unos años, un hombre se desmayó en una esquina concurrida de una ciudad. En pocos minutos, una ambulancia lo trasladó al hospital más cercano. De vez en cuando recuperaba la conciencia y llamaba a su hijo. En su cartera, la enfermera que lo atendía encontró una vieja carta, en la que se indicaba que tenía un hijo que era un soldado. destinado a 400 kilómetros de distancia. Así que le llamó y le pidió que viniera inmediatamente.

En cuanto llegó el soldado, la enfermera lo llevó a la cabecera del hombre y le susurró: ¡Su hijo está aquí! Su hijo está aquí¡ El anciano abrió los ojos y, aunque no podía reconocer el rostro, notó la presencia del joven uniformado. Extendiendo la mano con compasión, el joven tomó la mano del anciano y la sostuvo con cariño. Luego, la enfermera le instó a salir a comer y beber algo. Pero el joven se negó, sólo pidió una silla para poder sentarse junto a la cama del anciano y seguir sosteniendo su mano. Poco antes del amanecer, el paciente falleció. Al acercarse al joven, la enfermera le dio el pésame. Enfermera, balbuceó, ¿quién es este hombre? La enfermera no podía creer lo que oía. ¿Por qué?, respondió sorprendida, pensé que era su padre. Sinceramente, mi padre murió hace tiempo. No he visto a este hombre en mi vida. Entonces, ¿por qué no dijo nada antes?, preguntó la enfermera. Lo habría hecho, respondió el joven, pero vi que estaba demasiado enfermo para darse cuenta de que yo no era su hijo. También vi que se estaba desmoronando rápidamente y que necesitaba el consuelo de su hijo. Así que decidí quedarme. La misericordia hace que el amor y el amor de Dios sean una realidad tangible para cualquier ser humano afligido.

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