ActualidadEuropaFranciaId por todo el mundoMisiones

Lourdes 2026: cuando las heridas se convierten en puentes

By 6 September, 2026No Comments

Una semana de servicio y espiritualidad con la Juventud Idente. Lo que Lourdes hace en quienes de verdad se detienen.

Juventud Idente · Lourdes, 8–15 de agosto de 2026

Hay lugares a los que llegas con tus heridas y te vas de otra manera. No curado, quizás. Pero distinto.

Lourdes es uno de esos lugares.

Del 8 al 15 de agosto de 2026, nos reunimos unos cincuenta jóvenes, de una decena de países, en el Village des Jeunes para una semana marcada por una pregunta sencilla y difícil a la vez: ¿qué hacemos con lo que nos duele? La respuesta no llegó en forma de charla. Llegó de manera concreta: las manos en la tierra de un jardín, una mirada cruzada con una anciana en una residencia, una vela sostenida en silencio durante la procesión de las antorchas.

Nuestra guía inesperada: la mujer con hemorragias (Mc 5,25-34). Herida desde hace doce años, perdiéndose gota a gota, no busca esconder lo que es. Busca tocar. Solo el borde del manto. No para borrar la herida, sino para recuperar su relación con los demás.

Eso es exactamente lo que nosotros descubrimos aquí.

La barrera del idioma podría habernos separado. Se convirtió en otra cosa. Cuando alguien de otra nacionalidad se unía a la conversación, decidíamos seguir en una lengua que pudiera entender. Las palabras se volvían menos necesarias. Miradas más hondas, una presencia diferente. Experimentamos la fraternidad de un modo internacional y universal que no vamos a olvidar.

Trabajamos en el Gran Convento de las Hermanas de la Inmaculada Concepción: limpiar el jardín, abrillantar la capilla, restaurar el portal. Gestos ordinarios. Pero en esos gestos algo se revela: lo que para quien lo hace parece pequeño puede tener un impacto enorme en quien lo recibe. Y cuidar de la creación, lo sentimos, nos acerca al Creador.

Las visitas a la residencia de mayores lo confirmaron de otra manera: canciones, partidas de Uno, conversaciones con personas que viven en un silencio que casi nadie viene a romper. Lo que desde fuera parece un gesto sin importancia guardaba por dentro algo que no tiene precio.

Pero lo más inesperado que hizo Lourdes fue crearnos un espacio donde confesar las propias heridas. En el día a día, esa apertura es rara. Aquí se volvió sencilla. Y fue precisamente ahí, en esa vulnerabilidad compartida, donde nació la fraternidad. Compartir lo que duele, lo entendimos, es algo profundamente sobrenatural.

Cuando las antorchas se encendieron para la procesión de la noche, estábamos fundidos en la multitud de peregrinos llegados de todo el mundo. Algo imborrable se depositó en silencio dentro de cada uno de nosotros.

El abuelo protestante de una de nosotras lo dijo a su manera, a la vuelta: «Vuelves más feliz de lo que te fuiste.» A veces, quienes miran desde lejos son los que mejor ven lo que ha pasado.

Nos vamos con esto: los grandes pasos no se dan en solitario. Nos necesitamos unos a otros, no solo para avanzar, sino para sanar. Nuestras heridas, lejos de aislarnos, pueden convertirse en puentes hacia el otro. Esa es la libertad que Dios nos ofrece: la libertad de amar con resiliencia, de salir de nosotros mismos, de cuidar sabiendo que nos cuidan.

Quizás no haya mejor lugar para aprender eso que donde las heridas no dan miedo. Donde se convierten —como nosotros mismos escribimos— en puentes.

 

Cincuenta jóvenes de la Juventud Idente en Lourdes en agosto de 2026: servicio, procesión de antorchas, fraternidad internacional. Lo que se descubre cuando uno se atreve a mostrar sus heridas.