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Remedios para el Individualismo | Evangelio del 10 de septiembre

By 6 septiembre, 2023No Comments
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Evangelio según San Mateo 18,15-20:

En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
»Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Remedios para el Individualismo

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 10 de Septiembre, 2023 | XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ez 33:7-9; Rom 13:8-10; Mt 18:15-20

El texto evangélico de hoy tiene dos partes: en la primera Cristo habla de qué hacer ante las malas acciones de una persona y en la segunda hace una promesa respecto a la respuesta de nuestro Padre celestial a la oración en común.

Si observamos con cuidado, el elemento presente en ambas situaciones es el sentido de comunidad, la ausencia de todo individualismo. Muchas veces ha sido analizado el hiper-individualismo de hoy, como una plaga que invade la educación, las familias, el ambiente de trabajo y la vida espiritual y social. Seguramente ha sido Benedicto XVI quien más claramente ha mostrado las consecuencias de esta actitud, de la cual nadie podemos creer sentirnos libres. Hasta la publicidad hace un uso interesado de esta tendencia: “Sé tú mismo, sin importar lo que otros digan”.

El individualismo hace difícil la comunicación de ideas, el trabajo en común y la convivencia y lo que hoy nos dice Jesús en el Evangelio es particularmente adecuado para vencer esta dificultad.

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¿Cómo convencer a quien pensamos que se equivoca? No se trata aquí de un mal que otra persona me hace a mí, ni de un asunto intelectual, sino de alguna acción opuesta al Evangelio y particularmente un daño al prójimo. Sin duda, es un asunto delicado, para el que nadie podemos pretender tener una solución adecuada.

El punto de partida es el versículo anterior (14) al texto de hoy: Vuestro Padre celestial no quiere que ninguno de estos pequeños perezca. De manera que así se excluyen nuestras formas típicas de reaccionar ante un acto que consideramos de agresión. Esas reacciones no son muy diferentes de las que los instintos imponen a los animales: Lucha, Huida o Parálisis.

* Contrariamente a lo que se pueda pensar, la lucha más frecuente no son los golpes o elevar la voz (que son algo lamentable), sino la crítica y la murmuración, que habitualmente denominamos “constatación de hechos” para justificarnos. En esos casos nos parecemos a una serpiente que inyecta su veneno.

* La huida es el evitar el contacto con la otra persona, el no dirigirle la palabra, el ser lacónico o frío al “tener que hablar” con ella. Es huir como lo hace un conejo que siente peligro.

* La parálisis, como una tortuga que se esconde bajo su caparazón, es aparentar no sentir dolor ni desacuerdo. Como se dice vulgarmente, es mirar para otro lado.

Esas tres reacciones nacen de nuestra impaciencia (literalmente, “no saber padecer”) y nuestro individualismo, es decir, contemplar los conflictos SÓLO con mis propios ojos; no tener en cuenta cómo lo ven los demás, ni cómo sugieren que podría hallarse una solución.

Aún más profundamente: significa no considerar que Dios mismo, como familia de tres personas, no puede alegrarse con quien se desvía. En palabras del profeta Ezequiel: ¿Creen que me complace la muerte del malvado?, —oráculo del Señor Dios—. Pues no, prefiero que se aparte de su mala conducta y viva (18: 23).

Los consejos que hoy nos da Cristo al hablar de la amonestación del prójimo van frontalmente contra el individualismo.

* En primer lugar, habla del cuidado que hemos de tener para no destruir ni la imagen ni la paz de una persona: llamarlo para tener una conversación a solas. En este paso, sin duda, hay que tener en cuenta lo que Él mismo hizo con sus seguidores: aunque hablaba de las malas acciones cometidas, de las consecuencias dolorosas en el prójimo, ilustraba con fuerza lo que Dios esperaba y sigue esperando de cada uno, como cuando explica las obras de misericordia.

Un adjetivo exagerado puede producir que la persona amonestada se encierre en sí misma. Un signo de confianza puede abrir el corazón, tal vez no a las palabras que decimos, pero sí, tarde o temprano, a la voz del Espíritu Santo, con lo cual se salvará su vida, como dice la Primera Lectura.

La Segunda Lectura de hoy nos da una clave importante a la hora de tratar con quien se ha extraviado: amar al prójimo como a uno mismo, lo cual implica en este caso reflexionar cómo quisiera yo ser tratado cuando me equivoco, cuando cometo un error o una imprudencia. Todavía más; debo recordar cómo Cristo no me ha expulsado de su lado, a pesar de mis errores y mi infidelidad; Él mismo nos invita a recordar que tenemos una viga en el ojo cuando hablamos de una brizna en el ojo del prójimo (Lc 6: 42).

* Segundo, Cristo desea que seamos conscientes de que nuestras faltas nunca pueden ser “íntimas”, “ocultas”, “secretas”, sino que tienen un efecto sobre el prójimo mayor del que suponemos. En particular, la más pequeña falta de amor nos marca como autores de un escándalo, lo cual puede parecer exagerado, pero eso lo confirma la necesidad de dos o tres testigos, o de la comunidad entera, para hacerme consciente de que soy mentiroso si me declaro discípulo de Cristo y ofendo poco o mucho a mi hermano.

La persona amonestada ha de percibir que se encuentra ante hermanos que le aman, no que simplemente quieren resolver un problema. Todo cristiano es responsable de quien Dios ha puesto cerca de él; en realidad ha de ser profeta y pastor, capaz de ayudar al prójimo a descubrir la voluntad divina para él en ese instante, en ese momento de su existencia, seguro de que el Espíritu Santo no duerme ni espera para manifestarse. Es la actitud opuesta al individualismo perverso de Caín: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? (Gen 4: 9).

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Una ilustración especialmente bella de la lucha contra el individualismo la encontramos en la novela Don Quijote, de Miguel de Cervantes (1547-1616). En efecto, Don Quijote era un caballero andante, es decir, un guerrero solitario que lucha contra los malvados, ladrones, gigantes y ladrones, sacrificándose por la justicia y normalmente ofreciendo sus esfuerzos a una dama para asegurarle su amor. Don Quijote, en su locura, parte primero en solitario, como el resto de los caballeros andantes, pero más tarde decide ser acompañado por Sancho, un hombre realista, práctico y poco culto, realmente opuesto a Don Quijote, que es idealista y bien leído.

El relato describe una relación entrañable entre personajes tan dispares que muestra cómo el afecto, la cooperación y el perdón son siempre posibles. Como dice nuestro padre Fundador en su Teoría del Quijote, se produce una inesperada armonía entre la forma de razonar aristocrática y el razonamiento vulgar. Es una victoria espectacular sobre el individualismo. Don Quijote no es un héroe solitario, como tantos otros de la literatura, el comic o el cine actual.

En palabras de Fernando Rielo: Los demás héroes míticos fueron creados con material de la más abismal soledad. Quijote es una excepción: le acompañó Sancho, con el que habría de disfrutar la amistad más compasiva, tierna, desinteresada y práctica (pg. 38).

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Hace unas semanas viví una experiencia feliz y sorprendente. Al visitar una de nuestras comunidades, donde cada hermano y hermana pasa el día trabajando en una tarea y un lugar distintos, varias personas manifestaron la misma e idéntica impresión: ¡Qué comunión se observa entre ellos!

No tienen la misma edad, ni la misma nacionalidad, ni caracteres parecidos. Sus talentos son diferentes y sus sensibilidades radicalmente distintas en muchos asuntos… No creo que sus actividades estén siempre perfectamente organizadas. Mi reflexión fue: ¿Por qué es visible su comunión y por qué impacta a todo el mundo?

La respuesta la tenemos en la promesa que Cristo hace hoy: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Cristo convierte nuestras motivaciones personales en una sola, purifica nuestras intenciones y les da un único sentido. De otra manera, como enseña la historia y la vida cotidiana, la verdadera unidad es imposible.

Al recibir los dones del Espíritu Santo, la piedad transforma nuestro afecto, nuestra forma de amar y le da nuevos horizontes. Así lo expresa nuestro padre Fundador:

El don de piedad es para la caridad; es la ternura, la delicadeza suma. Así como la sabiduría es haber alcanzado, no ya un doctorado más o menos corriente o común ante Dios; sino el doctorado eminentísimo. La sabiduría tiene su reino propio (5 AGO 1976).

Esa es una de sus manifestaciones de la presencia de Cristo en medio de nosotros, realizando de nuevo lo que ya había hecho con sus primeros discípulos, un grupo de hombres con ambiciones distintas, envidias y temores que habrían hecho inviable la empresa que el Maestro les proponía.

Él nos recuerda que somos hermanos y que Cristo nos contempla, y así podemos ir descubriendo la voluntad divina, cuándo Él ata y cuándo Él desata, cuándo una palabra, una acción o un pensamiento nos une o nos separa, agrada a Dios Padre o le impide seguir hablándonos. Ninguna verdad que tú y yo podamos decir es absoluta y no debemos olvidar que, si no produce la paz, entonces mata.

La presencia de Cristo entre nosotros produce los frutos que se observan en el momento de la Transfiguración de Jesús: Pedro y sus compañeros querían permanecer allí, con Jesús, Moisés y Elías. No importaba el que no hubiesen comprendido mucho, la experiencia de la comunión de Cristo con los santos era más poderosa que lo que alcanzaba su entendimiento.

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente