por el p. Luis CASASUS, Superior General de os misioneros Identes
New York, 19 de Enero, 2020. | II Domingo del Tiempo Ordinario.

Isaías 49: 3.5-6; Primera Epístola a los Corintios 1: 1-3; San Juan 1: 29-34.

Cuando realmente llegamos a conocer a una persona, todo cambia en nuestra relación con él o ella.

Recuerdo un ataque terrorista en Madrid en 2004. Como todo el mundo, me entristeció cuando me dijeron que habían muerto cinco estudiantes universitarios. Pero todo cambió drásticamente cuando supe que uno de ellos era María, una alumna que conocía personalmente.

Cuando algo así sucede, en lugar de sentirse triste, uno se sentiría abatido. El dolor puede permanecer durante semanas, meses, incluso años. Puede que nunca seamos capaces de olvidar la tragedia.

Es notable que San Juan Bautista diga “Yo no lo conocía” cuando se trataba de su primo. ¿Y qué nos pasa a nosotros? Esto debería hacernos pensar si realmente conocemos a Cristo, a pesar de estar bautizados, de participar en actos religiosos y apostólicos o quizás de haber consagrado nuestra vida.

Esto explica por qué, en cada Eucaristía, el celebrante nos dice: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Tal vez nuestra reflexión de hoy debería centrarse en esas palabras inspiradas del Bautista sobre la identidad de Cristo. ¿De dónde viene el llamarle el Cordero de Dios? ¿Qué significa quitar el pecado del mundo?

Nunca hubo ninguna persona en el Antiguo Testamento llamada “cordero de Dios”. En la mente del Bautista, nada representa mejor la identidad de Cristo que decir que es el Cordero de Dios.

Sabía que sus oyentes comprenderían inmediatamente la alusión al Cordero Pascual cuya sangre, colocada en las puertas de las casas de Egipto, había salvado a sus padres de la matanza del Ángel exterminador. Aplicado a Jesús, el título de Cordero de Dios se convirtió en su identidad y su destino. Él derramaría su vida para salvarnos como muestra de compasión por toda la humanidad.

¿Cómo quita Cristo nuestros pecados? Ante todo, nos muestra la fuerza destructiva del pecado. No puede haber alegría para los que pecan y violan la ley. San Pablo dice: ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar; ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los ladrones, heredarán el reino de Dios (1Cor 6, 9-10).

Los que creemos en Dios, estamos de acuerdo en que la redención de los pecados es esencial y necesaria. Pero debemos entender y saber cómo explicar por qué es tan importante no sólo para los creyentes, sino para cualquier ser humano.

En primer lugar, estar limpio de pecado nos permitirá entrar en el disfrute de la presencia divina después de esta vida. Pero, además, es clave entender que el pecado nos impide tener una vida plena ahora mismo, en este mundo. Esto es también lo que san Pablo quiere decir cuando habla en la cita anterior de heredar el reino de Dios.

En las palabras del obispo y teólogo del siglo II, san Ireneo: La gloria de Dios es que el ser humano esté plenamente vivo.

Como cristianos, decimos que somos hijos de Dios, y decimos que los no cristianos también son hijos de Dios, porque todos fuimos creados a su imagen y semejanza, pero, en la práctica, no podemos reconocer a Dios como nuestro creador y Padre. Esto se debe a que estamos cegados por el pecado. En su Primera Carta, San Juan dice: El que peca nunca lo ha visto ni lo ha conocido. El pecado nos ciega para la verdad. A causa del pecado, olvidamos nuestra identidad y vocación en la vida. Necesitamos a Cristo para salvarnos de nuestros pecados, nos revele nuestra identidad, la de nuestro prójimo y la de Dios. Pero no sólo una vez, sino continuamente, pues nuestra memoria espiritual es débil.

Si no conocemos nuestra propia identidad o la de nuestros semejantes, podemos cometer errores muy graves. Se puede ilustrar esto con un poco de humor:

Albert Einstein caminaba frente a una posada local y fue confundido con un botones por una señora rica que acababa de llegar en un coche de lujo. Ella le ordenó que llevase su equipaje al hotel, y él lo hizo. Ella le dio una pequeña propina, y él continuó a su oficina para reflexionar sobre los misterios del universo. La historia es divertida porque el hombre que ella pensaba que era un botones era en realidad Albert Einstein, una de las mentes más grandes del siglo XX.

Pero, en nuestra vida espiritual, las consecuencias de esa ceguera producida por el pecado son verdaderamente serias y ya no son divertidas.

Por eso es importante tener una definición “operativa” del pecado, unas ideas sencillas, acordes con el Evangelio, que nos permitan detectar cuando abandonamos el camino. Por ejemplo, podemos considerar el pecado:

* Todo (pensamientos, deseos, intenciones, palabras y acciones) que me separa de Dios y del prójimo.

* Todo lo que me reservo para mí solo. No llego a compartirlo.

* Todo lo que no me hace libre, aunque esté permitido y me haga un bien momentáneo.

* Todo el bien que me negué a hacer a los demás, y admito que hubiera sido posible hacerlo.

San Pablo señaló el miedo a la muerte como la causa de todos los pecados. Todos los pecados provienen del miedo a perder el poder, el control, el estatus, la salud y nuestras “posesiones”, incluyendo a nuestros seres queridos.

Aunque la mayor parte de nuestra vida esté llena de sufrimiento y dolor, la mayoría de nosotros todavía nos aferramos a la vida porque no toleramos la separación de nuestros seres queridos y nuestro cuerpo y nuestra alma sólo conocen la vida en esta tierra y por eso la muerte significa la aniquilación.

Pero incluso la ciencia, poco a poco, está revelando nuestra verdadera naturaleza. Hace unas semanas, Pascual-Leone, neurólogo clínico y profesor de la Facultad de Medicina de Harvard, bien conocido por su trabajo sobre la actividad cerebral, procesos cognitivos y conductuales en la salud y la enfermedad, dijo: La clave de la salud cerebral es no sentirse solo y tener un propósito vital, algo que le trascienda a uno y se proyecte en los otros.

Desde un punto de vista más integral y no sólo fisiológico, tenemos la experiencia de lo que San Lucas nos enseñó: En él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vuestros propios poetas: “Porque también nosotros somos linaje suyo” (Hechos 17, 28).

Lo cierto es que toda persona está programada para la compasión. Lo que esto significa es que la calidad de nuestra existencia y el cumplimiento del fin de nuestra vida se mide en gran medida por nuestra capacidad y voluntad de estar con los demás, entender sus miedos, abrazar sus penas, sentir sus dolores, y conectar con ellos de una manera que hace nuestra vida verdaderamente significativa.

A pesar del abrumador poder del mal en el mundo, lo que le espera a la humanidad es la comunión de vida con la Santísima Trinidad. Estas cosas -dice Juan- las escribo para que vuestro gozo sea completo (1 Jn 1,3-4).

El Espíritu Santo no sólo descendió sobre Jesús, sino que permaneció con Él, como nos dice el texto del Evangelio. Ahora, Cristo es quien nos da el Espíritu Santo, ese mismo Espíritu del Padre que le dio a Él la capacidad de amar y de entregarse totalmente por nosotros.

Cuando hablamos de recibir el Espíritu Santo, no podemos olvidar dos realidades que se destacan claramente.

* En primer lugar, al igual que Cristo en el Bautismo, recibimos el Espíritu Santo con la participación de otras personas, no sólo los padrinos o el sacerdote, sino todos aquellos que nos han dado un testimonio de fe.

* Y, en segundo lugar, el Espíritu Santo viene a establecer y fortalecer la unidad entre los discípulos de Cristo. Esta es la prueba definitiva. La Segunda Lectura nos muestra cómo en Corinto, los llamados a vivir la santidad, los elegidos por Dios, estaban divididos por sus diferentes sensibilidades, provocando así confusión y desconfianza en los que los observaban. Esto nos sucede hoy, entre mujeres y hombres, jóvenes y viejos, una cultura y las otras. La unidad es la meta más importante y más difícil, por eso Cristo suplicó: Padre, que sean uno.

La diferencia entre cristianos y no cristianos radica en el reconocimiento explícito de Dios como nuestro Padre. Si el mundo no conoce a Dios como Padre, entonces, aunque sean hijos de Dios, no conocen su propia identidad

Sin saber que Dios es nuestro Padre, nuestro creador y nuestra meta en la vida, podemos ser hijos e hijas a sus ojos, pero no lo reconoceremos como tal.

Ser bautizados en Cristo significa que afirmamos y declaramos que somos hijos de Dios. Por lo tanto, también nosotros debemos vivir como hijos de Dios y tratarnos unos a otros como hermanos y hermanas en Cristo. Nuestro propósito en la vida está vinculado a nuestro origen y nuestro destino. Si no sabemos que Dios es nuestro Padre, ¿cómo podemos saber que somos sus hijos? Ser conscientes de nuestra identidad y poder vivir una vida plena depende de nuestro conocimiento de Dios.

Las religiones antiguas y tradicionales no estaban absolutamente equivocadas cuando ofrecían sacrificios. Pero con Cristo viene el verdadero sacrificio, algo que podemos imitar en nuestras vidas. La diferencia es que el sacrificio agradable a Dios es el de nuestra vida.

Si deseamos hacer el bien supremo a otros, algo de nosotros mismos ha de ser abandonado. Lo llevaron como cordero al matadero (…) fue contado entre los malvados, cuando en realidad cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores (Is 53:7,12).

He aquí un buen ejemplo, de San Miguel de los Santos, el patrón de nuestra nueva Parroquia en Madrid: Para preparar sus sermones pasaba tres días en oración a los pies de un Cristo crucificado y otros tres días estudiando lo que había escrito en el cuaderno.

No sólo eso; la realidad es que sólo el sacrificio de los inocentes, simbolizado por el cordero, puede tocar los corazones y cambiarlos profundamente. No es casualidad que Dios Padre haya elegido ese camino para su Hijo y para nuestra conversión.

También nosotros podemos, como Juan el Bautista, señalar a los demás a Jesús, el Cordero de Dios, para que también ellos puedan encontrar su identidad y la finalidad de la vida.

El escritor francés Henri Barbusse (1874-1935) cuenta una conversación que escuchó en una trinchera llena de soldados heridos durante la Primera Guerra Mundial. Uno de ellos, que sabía que sólo le quedaban unos minutos de vida, le dice a otro: Escucha, Dominic, has llevado una vida muy mala. En todas partes te busca la policía. Pero no hay condenas en mi contra. Mi nombre está limpio, así que, aquí, toma mi billetera, toma mis papeles, mi identidad, toma mi buen nombre, mi vida y rápidamente, dame tus papeles para que pueda llevarme todos tus crímenes conmigo en la muerte.

La Buena Nueva es que, a través de Cristo, Dios hace una oferta semejante… salvando las diferencias. Cuando somos bautizados, nos identificamos con Jesús. Declaramos públicamente nuestra intención de esforzarnos por ser como Él y seguir la voluntad de Dios para nuestras vidas. Cuando nos bautizamos, nuestras vidas son transformadas. Vemos a las otras personas de manera diferente. El bautismo nos capacita y nos da poder para hacer las cosas que Jesús quiere que hagamos aquí y ahora. Podemos identificarnos con Jesucristo porque Él fue bautizado. Esta identificación es posible gracias al Espíritu Santo que no sólo aparece, sino que permanece en nosotros.

Así que mientras contemplamos durante la Misa la fracción del pan y la elevación, deberíamos hacer un esfuerzo para contemplarlo realmente, recordando cómo sería nuestra vida sin Él y abrazando lo que Él ha hecho por nosotros.

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