En ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto

By 12 marzo, 2019mayo 17th, 2019Evangelio, Para leer

por el p. Luis Casasús, Superior General de los misioneros Identes

New York, 17 de Marzo, 2019.
Segundo Domingo de Cuaresma

Génesis 15: 5-12.17-18; Filipenses 3:17-21.4,1; Lucas 9:28b-36.

¿Cómo describir la Transfiguración? No es fácil. Tal vez es por eso que Jesús pidió a los apóstoles que no contaran a nadie lo que habían visto. Tiene que ser experimentada. De hecho, en nuestra vida mística podemos tener una experiencia transfigurativa permanente, que nada tiene que ver con luces o apariciones. Pero hemos de aprender a compartirla en nuestra comunidad y con el testimonio de nuestras vidas.

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1. Paradójicamente, para entender qué le pasó a Cristo en la montaña, tenemos que entender lo que nos está sucediendo a nosotros. Durante la invasión de Rusia, Napoleón se separó momentáneamente de sus hombres y fue descubierto por los cosacos rusos. Lo persiguieron por unas calles sinuosas. Temiendo por su vida, Napoleón finalmente se escondió en un taller de pieles. Le rogó al dueño que le salvara. El peletero dijo: Escóndase rápido bajo ese montón de pieles de la esquina. Luego, hizo el montón aún más grande, amontonando más pieles sobre Napoleón.

Apenas terminó cuando los cosacos irrumpieron en la tienda: ¿Dónde está? El peletero negó saber de qué estaban hablando. A pesar de sus protestas, los cosacos revolvieron el taller tratando de encontrar a Napoleón. Clavaron sus espadas en el montón de pieles, pero no lo encontraron. Finalmente se dieron por vencidos y salieron del taller.

Después de un rato, Napoleón salió del montón de pieles, ileso. Poco después, la guardia personal de Napoleón entró en el taller. Antes de que Napoleón se fuera, el peletero preguntó: Discúlpeme por hacer esta pregunta, pero ¿Cómo se sintió debajo de las pieles, sabiendo que el próximo momento quizás podría ser el último?

Napoleón se indignó: ¿Cómo se atreve a hacer semejante pregunta al Emperador? Inmediatamente ordenó a sus guardias que le vendaran los ojos y lo ejecutaran.

El pobre hombre fue arrastrado fuera del taller, con los ojos vendados y colocado contra la pared. El peletero no podía ver nada, pero podía escuchar a los guardias ponerse en la fila y preparar sus rifles. Entonces escuchó a Napoleón aclararse la garganta y gritar: ¡Listos! ¡Apunten! En ese momento, las lágrimas corrían por sus mejillas.

De repente, le quitaron la venda de los ojos. Napoleón estaba frente a él y le dijo: Ahora ya sabe la respuesta a su pregunta.

La transfiguración se refiere a algo que sucede dentro de nuestros corazones y mentes. En pocas palabras, significa un crecimiento irresistible de nuestra fe, esperanza y caridad, las virtudes teologales, que se llaman así porque su objetivo inmediato es nuestra unión con Dios, se relacionan de inmediato con Dios. En palabras de nuestro padre Fundador:

El proceso transfigurativo es preparar al asceta sicológicamente, hacer una transfiguración del alma, que las funciones del alma cambien de figura, y allí donde yo hubiese obrado de una manera, a la manera humana, voy a obrar ahora de una manera opuesta, a la manera de Cristo (15 Dic. 1974).

La mayoría de las veces, cuando recibimos estas gracias, no somos completamente conscientes de su poder transformador. Desconocemos ese poder, al igual que los tres apóstoles no sabían lo que estaba sucediendo cuando Jesús los llevó a la cima de la montaña para presenciar su Transfiguración.

Este signo indica el propósito apostólico y el objetivo de nuestra Transfiguración: en lugar de terminar en mí mismo, busca hacer de mí gradualmente un testimonio de la presencia de Cristo. Como siempre, es una gracia para compartir. Dos ejemplos emblemáticos:

* San Esteban irradió la gloria de Dios en su martirio cuando se vio que su rostro resplandecía: Todos los que estaban sentados en el Consejo fijaron la mirada en Esteban y vieron que su rostro se parecía al de un ángel (He 6: 15).

* En Pentecostés, se describe que los rostros de algunos discípulos eran tan resplandecientes que algunos creyeron que habían estado bebiendo en exceso, ya en la mañana. Pedro les corrigió: ¡Éstos hombres no están borrachos como ustedes creen, ya que apenas son las nueve de la mañana! (He 2:15).

El Espíritu Santo significa transfigurarnos, cambiarnos, a imagen de Cristo. Que nos transformemos tanto internamente y así otros puedan ver el rostro de Cristo en nuestro rostro y en nuestras vidas. Se nos da una identidad y un propósito completamente nuevos; Para hacer sentir la presencia divina en un mundo herido. El Papa Francisco lo dice claramente:

Tendremos esa fortaleza para estar cerca de los más débiles, de los más necesitados y consolarles y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros lo podemos hacer sin autocomplacencia, sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Esto es lo que que el Señor nos pide, con esa fuerza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza (22 Marzo, 2017).

Pero los frutos y efectos de nuestra transfiguración son generalmente discretos y, al mismo tiempo, poderosos. Quizás hemos tenido una experiencia similar a la de un sacerdote que asistió a la muerte de un hombre mayor. El hijo del enfermo pasó un tiempo con el sacerdote después de que su padre había muerto. Se sentaron en el pasillo del hospital, y el hijo abrió su corazón al sacerdote. Y lloró, reclinando su cabeza en el hombro del sacerdote. El sacerdote apenas dijo una palabra durante todo el tiempo. Finalmente, después de que el hijo había expresado todas sus emociones, se incorporó, miró al sacerdote, y dijo: Gracias, padre, me ha ayudado mucho. Gracias por ayudarme a averiguar qué debo hacer ahora. Y sin embargo el sacerdote no había dicho casi nada. El sacerdote estuvo presente y cercano y, en la medida de lo posible, se hizo como aquel cuyo padre había muerto, se sentó, escuchó, ofreció su hombro y, al hacerlo, sin palabras, se convirtió en guía para ese hombre.

A la inversa, (sólo) cuando somos conscientes del impacto de nuestra vida en nuestro prójimo, estamos en forma y bien dispuestos para acoger los cambios que la transfiguración nos invita a vivir. Un hombre era adicto a la nicotina. Sus padres le dijeron cuando era jovencito que dejara de fumar, pero él no hizo caso. Cuando ya era un padre de familia, su esposa también le pidió que dejara de fumar, pero tampoco cedió. Entonces, se descubrió que su hijo tenía cáncer de pulmón, como fumador pasivo. Este fue el punto de inflexión de su vida, una experiencia de metanoia (conversión radical). Se desprendió de su viejo hábito.

La presencia divina se manifiesta cuando brota de la transformación interior hecha por el Espíritu Santo. Esto queda atestiguado en todo el Antiguo Testamento: El corazón cambia el semblante del hombre, para bien o para mal (Sir 13:25). La sabiduría del hombre ilumina su faz y hace que la dureza de su rostro cambie (Ecl 8:1).

Y San Juan Pablo II nos recuerda: ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente (Novo Millennio Ineunte).

El cambio no es una experiencia “de una vez por todas”, sino una cuestión de transfiguración continua a medida que cambia la situación y siempre hay un desafío permanente para elegir entre el bien y el mal. Lamentablemente, hay abundantes experiencias de personas que una vez siguieron a Cristo con entusiasmo y luego se alejaron de él. San Pablo menciona a Dimas como su compañero de trabajo. En su última mención de él (2 Tim 4:10), Pablo comenta que Dimas se ha enamorado del mundo actual y lo ha abandonado. Él solía ser parte del círculo de los amigos de Pablo, pero se alejó. La mayoría de nosotros conocemos personas como él, que una vez siguieron a Cristo a nuestro lado, pero luego lo abandonaron.

2. Es importante tener en cuenta que la Transfiguración en el monte Tabor fue, literalmente, una experiencia cumbre. Sí, nuestra transfiguración personal tiene también momentos especiales, llamados Régimen por nuestro padre Fundador. El término latino régimen deriva de otra palabra latina, el verbo regere, que significa dirigir rectamente o gobernar. Y, de hecho, estas experiencias cumbre tienen un efecto duradero y regulador en nuestras vidas.

Generalmente, se trata de experiencias breves que Dios concede en ocasiones, especialmente para poder soportar dificultades. En el Evangelio de hoy, después de que el Padre habla, Jesús dice a los tres discípulos: Levántense, no tengan miedo. La transfiguración les da fuerza y confianza en que Dios está obrando en la vida de Cristo. También les da valor para continuar con su labor, ya con la seguridad de que Dios está y estará con ellos, especialmente en situaciones prácticamente imposibles:

John Ruskin, célebre crítico de arte y acuarelista, recibió a una señora que le mostró un hermoso pañuelo de seda delicadamente bordado. Por desgracia, había caído sobre el pañuelo una gota de tinta indeleble, y la dueña dijo a Ruskin que el pañuelo estaba perdido. Ruskin se lo pidió prestado. Unos días después se lo devolvió. A partir de la mancha de tinta, Ruskin había dibujado un diseño con un patrón hermoso y sofisticado. El pañuelo de seda había sido transformado por completo.

Todos los momentos de la unión mística tienen el fin de capacitarnos para llevar a cabo la obra de Dios. Quizás Pedro no era completamente consciente de ello cuando sugirió construir tres tiendas. El objetivo de nuestra unión progresiva con Dios no es quedarnos en la montaña. Se trata del ser fortalecidos para servir.

No deberíamos dejar de recordar las grandes cosas que el Espíritu Santo ha hecho en nuestras vidas, en las vidas de nuestro prójimo, en la Iglesia. Por eso Moisés exhorta a los israelitas a recordar todo lo que Dios había hecho por ellos en el camino; el recuerdo del viaje, el perdón que recibieron, la misión que se les había encomendado.

En el caso de la Transfiguración, esa obra del Espíritu Santo está precedida por una purificación triple: Impotencia (me gustaría entender completamente la voluntad de Dios, pero no puedo), Contrariedad (estoy dispuesto a obedecer, pero preferiría otras misiones, otras circunstancias) y Vaciamiento (ni las cosas del mundo ni las cosas del espíritu me causan entusiasmo).

La impotencia y la contrariedad son claramente visibles en la actitud de Pedro. Además, se le creó un fuerte vaciamiento al recibir la instrucción de regresar al valle.

Esta purificación es el preludio de la Transfiguración. Y su Régimen consiste en momentos en los que nuestra fe, esperanza o caridad nos llevan a un comportamiento inesperado y cercano a Cristo que, por tanto, llamamos extático (fuera de mis patrones habituales). Esto es lo que le pasó a Abraham. Tiene 75 años y su esposa no era precisamente joven. Es llamado por el Señor para dejar su tierra natal e ir a una tierra desconocida que Dios le mostraría. El Génesis simplemente dice: Abraham se puso en camino, como el Señor le había instruido. Eso es fe, alimentada por el don de la sabiduría. De forma parecida, San Juan XXIII tenía ya 77 años cuando fue elegido Papa.

Por favor, no olvidemos que incluso estas experiencias de Régimen de transfiguración pueden ser frecuentes, silenciosas y no necesariamente espectaculares. Por ejemplo, este ocurre con la Eucaristía. Benedicto XVI reafirma esto en su Encíclica, Sacramentum Caritatis:

la vida eterna se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros (…) La Eucaristía (…) hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios. Y todavía utiliza una expresión más impactante cuando dice que la Eucaristía introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de «fisión nuclear» …un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero.

El tiempo de Cuaresma es un momento de estar particularmente abiertos a la Transfiguración, que no es una evasión de la realidad. Su fin es elevar nuestra Creencia, Expectativa y Amor naturales al nivel santificador de Fe, Esperanza y Caridad. En todas las cosas, hay una gloria oculta y el Espíritu Santo la revela en un momento adecuado, porque, como dijo El Principito: Lo esencial es invisible para los ojos.

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