¿De qué sirve creer que existe un Dios?

por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes.

Madrid, 21 de Marzo, 2021. | Quinto Domingo de Cuaresma.

Jeremías 31: 31-34; Carta a los Hebreos 5: 7-9; San Juan 12: 20-33.

Afirmar o negar la existencia de Dios no es lo más importante para el ser humano. No es nuestra primera necesidad. No es una prioridad. De hecho, muchas personas están persuadidas de la existencia de Dios, pero al mismo tiempo tienen la impresión de que Él vive “su existencia”… y nosotros la nuestra. Lo que es más importante, mucho más decisivo, es la posibilidad de tener una relación íntima con Él, que, de hecho, es lo que buscaban los griegos en el texto del Evangelio de hoy.

¿Qué es una relación íntima con Dios? Quizá la siguiente historia ayude a entenderlo.

Cuando el conde Nicolás Zinzendorf (1700-1760) era joven, tuvo una experiencia en una galería de arte que cambió su vida para siempre. Había nacido aristócrata y siempre había conocido la riqueza y el lujo, y era un individuo extremadamente dotado. Zinzendorf se había criado y formado para la carrera diplomática en la Corte de Dresde. Un día visitó una galería de arte en Düsseldorf. Allí vio un cuadro de Jesús crucificado llamado “Ecce Homo”. El artista había escrito dos breves líneas en latín debajo del cuadro: Esto es lo que he hecho por ti: ¿qué has hecho tú por mí?

Cuando sus ojos se encontraron con los del Salvador coronado de espinas, le invadió un sentimiento de vergüenza. No podía responder a esa pregunta de una manera que pudiera satisfacer su propia conciencia. Permaneció allí durante horas, mirando el cuadro del Cristo en la cruz hasta que la luz se fue apagando. Y cuando llegó la hora de cerrar la galería, seguía mirando el rostro de Cristo, tratando en vano de encontrar una respuesta a la pregunta de qué había hecho por Cristo. Salió de la galería al anochecer, pero un nuevo día amanecía para él. A partir de ese momento, dedicó su corazón y su alma, su vida y sus riquezas -todo lo que tenía- a Cristo, declarando: Sólo tengo una pasión; es Jesús, sólo Jesús.

El Evangelio de hoy explica claramente esta relación íntima con Dios. Jesús se lo explica a los griegos, que no tenían simplemente curiosidad por conocerlo, sino que buscaban dar a su vida un sentido pleno y seguro. Es también lo que nos ocurre a nosotros, a todo ser humano. Lo percibimos en lo más profundo de nuestro corazón: todo lo bueno de la tierra, todo el éxito profesional, incluso el amor humano con el que soñamos, nunca pueden satisfacer plenamente nuestros deseos más profundos e íntimos. Sólo el encuentro con Jesús puede dar pleno sentido a vuestras vidas: Porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón no encuentra la paz hasta que no descanse en ti (San Agustín).

No se trata tan sólo de llegar a una conclusión sólida, ni siquiera de tener una experiencia que produzca un cambio radical en mi vida. Se trata de estar seguros de que nuestra vida es productiva en cada momento, de que estamos dando a los demás en cada oportunidad lo que realmente necesitan, de que no podríamos hacerlo mejor. Sería difícil seguir el camino sugerido por Cristo si se hubiera limitado a indicar e impulsar a la gente a seguirlo. La Carta a los Hebreos responde a nuestras dudas e incertidumbres, recordando una verdad que se olvida fácilmente: no estamos solos en este camino; Jesús nos acompaña y recorrió ese camino antes que nosotros.

Nuestro estado de unidad con Cristo nos permite responder con agilidad en cualquier circunstancia, sin que nos paralice el miedo o la pasión. Esto es algo que va más allá de nuestras fuerzas. Es un hecho que muchas obras de arte han reflejado como algo admirable, no sólo para los cristianos.

Cuando cooperamos con su gracia, compartimos su gloria, la plenitud de la vida y la alegría. La alegría de ayudar a los demás a vivir y estar más cerca de Dios es mayor que la de atender a nuestros propios intereses y felicidad.

Por ejemplo, en la película sueca Jerusalén (1996), que retrata la vida de los campesinos de ese país a principios del siglo XX, un devoto líder laico de la comunidad, llamado Ingmar, ve a dos niños pequeños atrapados en una balsa que desciende rápidamente por un río de gran caudal. El agua está muy fría y todo el mundo, excepto Ingmar, permanece impotente en la orilla del río, viendo a los niños enfrentarse a su inminente muerte. Sin embargo, en contra de todos los pronósticos y de los consejos de los pasivos espectadores, Ingmar salta al río y salva a los niños. Desgraciadamente, un tronco flotante se estrella contra él, aturdiéndole mientras se hunde bajo el agua. De todas formas, consigue volver a la orilla sano y salvo.

Sin embargo, el agua helada ya había hecho su daño, así como el tronco flotante. Ingmar enferma y luego muere. Ingmar, a diferencia de todos los demás que observaban pasivamente, estaba dispuesto a asumir el coste de perder su vida para salvar la de los dos niños.

Ingmar es una figura de Jesús en esta película, en la medida en que eligió el camino de Cristo de la cruz; de ganar la vida perdiendo la vida; de dar la vida en amor sacrificial en beneficio de los demás. Con la ayuda de Cristo, esto es posible en momentos ordinarios o críticos, de forma espectacular o discreta, pero siempre con la certeza de estar viviendo en plenitud.

No obstante, en el Evangelio, en las personas con las que nos encontramos y en nuestra vida personal, nos conformamos con tener encuentros estériles y desaprovechados con Jesús. ¿Cómo es posible que un encuentro con Jesús sea infructuoso? Por supuesto, los ejemplos abundan.

Herodes envía a los Reyes Magos a ver a Jesús y a contárselo después. Pilato le preguntó: ¿Qué es la Verdad? La Verdad estaba frente a él y no vio realmente a Jesús, la Verdad, el Camino y la Vida. El Joven Rico vino corriendo a Jesús para estar con Él, pero cuando vio las exigencias que implicaba seguir a Jesús, se alejó de Él.

¿Hay algo que determine si nuestro encuentro con Jesús será fecundo o estéril, decisivo o fugaz, fuente de alegría o pura anécdota? La respuesta está en la afirmación de Cristo hoy: Amen, amen, yo les digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda sólo como grano de trigo; pero si muere, produce mucho fruto. Jesús utiliza la palabra “Amén” dos veces seguidas: En verdad, en verdad les digo…. Esto nos muestra que lo que Jesús va a decir es verdadero y ciertamente importante. Se trata de una afirmación solemne.

Para muchos de nosotros esto es sorprendente, no sólo por la exigencia y la contundencia de la respuesta, sino porque más bien esperaríamos escuchar de Jesús un método, una técnica, un modo de realizar las acciones, que diera plenitud a nuestra vida. Sin embargo, su respuesta, en una palabra, es la abnegación, o la negación de sí mismo o el desprendimiento.

No sólo nuestros defectos y tentaciones, sino nuestras preocupaciones y obligaciones pueden desviar nuestra atención de lo que es la auténtica voluntad de Dios. El primer paso de la abnegación es decir “no” a la tiranía de nuestros juicios, deseos e instintos, pero lo importante es hacerlo con la intención, el deseo y la certeza de que así se cumple la voluntad divina.

Permítanme expresarlo con una pequeña historia, cuya moraleja, la puede extraer cada uno de nosotros.

Una joven estaba escalando una montaña con sus amigos. Durante su ascenso, su cuerda de seguridad se deslizó y el movimiento brusco desprendió una de sus lentes de contacto. Pudo llegar a la cima, pero, para su desgracia, su visión era borrosa por tener sólo un ojo bien enfocado. Su respuesta fue pedir ayuda a Dios. La joven pensó: Señor, Tú puedes ver todas estas montañas. Tú conoces cada piedra y cada hoja y sabes exactamente dónde está mi lente de contacto. Por favor, ayúdame.

Mientras continuaban su camino, los escaladores se encontraron con otro grupo. Un excursionista gritó: ¡Eh, vengan a ver esto! Cuando la joven y sus amigos se acercaron, fueron testigos de un espectáculo muy interesante. Miraron y vieron a una hormiga en una ramita, de cara a la montaña, ¡llevando su lentilla! Ni que decir tiene que todos se quedaron asombrados.

El padre de la joven era dibujante y realizó un dibujo de la hormiga con un precioso título: Señor, no sé por qué quieres que cargue con esta cosa. No puedo comérmela y es muy pesada. Pero, si esto es lo que quieres que haga, la llevaré por Ti.

La hormiga nos enseña que no siempre tenemos control sobre nuestras circunstancias ni podemos predecir los resultados. Sin embargo, debemos seguir avanzando con Dios y en Dios.

¿Por qué nos resulta tan difícil la verdadera abnegación? Se pueden dar muchas respuestas, según nos fijemos en nuestra dimensión espiritual, psicológica o somática. Pero para un discípulo de Cristo, la prueba más clara de vivir una auténtica Abnegación es la comunión con los demás, con los que están cerca de nosotros, no “con la humanidad” en abstracto.

Esto debe hacernos comprender que la Abnegación no es pasiva, no es una forma de represión o de inactividad. Al igual que la semilla, se trata de abrirse completamente a los demás, en medio de la incomprensión (la suya y la mía), de la inoportunidad, de las interrupciones, de las posibles decepciones… Así es como la semilla se abre al sol, a la humedad, a la tierra. El Espíritu Santo está dispuesto de manera especial a bendecir esta abnegación, como la de tantas madres y padres que no reciben la gratitud de sus hijos y, sin embargo, no dejan de cuidarlos en todos los aspectos.

El mensaje de abnegación y comunión que hoy nos recuerda Jesús es universal en el espacio y en el tiempo, pero San Juan Pablo II destacó su especial valor en nuestro tiempo:

Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al proyecto de Dios y responder a los anhelos más profundos del mundo

(Novo Millennio Ineunte, 43).

Habiendo recibido los favores de Dios, también nosotros debemos hacer lo mismo. Compartimos la misión de Jesús de dar gloria al Padre. Entregar nuestra vida al servicio de los demás es la manera de glorificar al Padre. Puede que la gente no crea en Dios, pero todos desean amor y compasión. Por eso, dando testimonio al mundo de nuestro amor y compasión, llegarán a conocer el amor de Dios y se cumplirá así el deseo expresado por los griegos en el Evangelio de hoy: ver realmente a Jesús. Y para ello, como le ocurrió a Felipe, podemos ser nosotros los que los atraigamos a Cristo.

Terminemos esta reflexión con una historia de sabor oriental, para comprender la facilidad con que olvidamos lo que es la abnegación (no el simple trabajo duro) cuando se trata de convivir con nuestros semejantes:

Se cuenta que una persona consultó a un maestro espiritual para que le ayudara a sentirse mejor con su vida. Le dijo al maestro que tenía muchos, muchos problemas, y procedió a enumerarlos: su esposa le había dejado, su hija se drogaba, su jefe era un tirano, sus padres exigentes, sus compañeros de trabajo eran demasiado insensibles… mientras enumeraba sus problemas los contó, y al final dijo: No me extraña que sea un desgraciado. ¡Mire, he contado que tengo 19 problemas! El maestro no estuvo de acuerdo y le contestó: No; tienes 20 problemas. La persona preguntó: ¿He contado mal? Creía que eran 19. El maestro respondió: Tu vigésimo y más difícil problema es que crees que no deberías tener problemas con los demás.

Deja un comentario