Por el P. Luis Casasús, Superior General de los misioneros identes.
Comentario al Evangelio del 5-3-2017 (Primer Domingo de Cuaresma) (Gen. 2:7-9.3:1-7; Rom 5:12-19; Mt 4:1-11.)

El Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto después de ser confirmado por el Padre para su misión. Así, siguió el modelo de lo que hizo Moisés, David y Elías; ellos también fueron conducidos a un ayuno y oración de cuarenta días a fin de prepararse para su misión profética. Cristo también fue al yermo a prepararse para la misión que se le confiaba, pasando cuarenta días y noches en soledad y oración a su Padre celestial.

►Primera conclusión. Nuestro caso ¿es diferente? Quizás pensamos que nuestra misión se limita a sacar adelante un cuadro de actividades, soportando dificultades internas y externas. Esa sería una visión muy limitada de lo que significa la perfección y progresivamente degeneraría en rutina o decepción. Estamos llamados a salvar personas de los efectos más perniciosos del mal y a llevar los corazones a Dios; esto requiere una energía que no podemos alcanzar si no es por la oración y el ayuno.

El Diablo pensó que podría persuadir a Jesús de seguir su propio camino, en vez de seguir el que el Padre había elegido. Cristo tuvo que enfrentarse a la tentación de elegir su forma de hacer las cosas, dejando de lado la manera como su Padre deseaba que lo hiciera. Esta es la tentación fundamental a la que también nos enfrentamos cada uno de nosotros. Mi forma o la forma de Dios, mi voluntad o la suya. ¿No fue ésta la misma tentación de Adán y Eva? El hombre quiere conseguir la felicidad por sí mismo.

¿Era malo que Jesús cambiase las piedras en pan? Después de todo, transformó el agua en vino en una boda en la ciudad de Caná.

¿Era malo que Jesús comiese después de ayunar por 40 días? De hecho, acostumbraba a comer y beber muchas veces con publicanos y pecadores.

Habría sido malo; muy malo. Por supuesto, Él ni siquiera estableció un diálogo con el Diablo. Cerró la boca del acusador sencillamente recordando la voluntad de su Padre. Comer no es malo, pero era el momento equivocado y el lugar equivocado.

Como Adán y Eva, no terminamos de creer que el plan de Dios es que compartamos con Él su vida, su amor y su alegría. Por tanto, no creemos tampoco que Dios nos está pidiendo en cada instante hacer algo. De este modo, toda tentación es una mentira, una invitación a utilizar un tiempo libre que no existe. No experimentamos plenamente el Canon del acto del Espíritu Santo: Canon significa algo que hay que seguir, y por tanto, una regla. Como mucho, creemos en algunos “momentos especiales”, que se dan de vez en cuando (como un régimen de lluvias en una estación del año). Pero el Espíritu Santo está continuamente inclinando nuestro espíritu a las cosas de nuestro Padre. Cuando caminamos, cuando estamos de verdad agobiados, cuando disfrutamos de un momento con los hermanos,…nos está diciendo algo.

Un eremita vivía en una cueva, no lejos del monasterio, con una vida de mucha privación. Un día, algunos hermanos del monasterio fueron a visitarle. Según la costumbre, les ofreció comida para reponerse después del viaje. Los hermanos obligaron al anciano eremita a comer con ellos, diciendo que no podían hacerlo sin su compañía. Después, al darse cuenta de lo que habían hecho, le dijeron: Padre, sentimos haberle afligido porque, por causa nuestra, hoy ha comido más de lo que hubiera querido. Pero él replicó: Hermanos, no me preocupo por esas cosas; sólo me inquieto cuando actúo según mi propia voluntad.

►Segunda conclusión. En cuanto a la voluntad de Dios, quizás la pregunta más relevante no es ¿Qué puedo hacer? sino ¿Qué puedo hacer con esta hora, con este sentimiento, con esta alegría, con este vacío…? Somos discípulos. Una de nuestras asignaturas más importantes es entonces una especie de “Micro-agricultura Espiritual”: buscar continuamente la máxima cosecha para nuestro Padre celestial, especialmente en tierras áridas, posiblemente en la noche. Nuestra vida espiritual es una serie de continuos dilemas: ¿Mi forma o su forma? (No es simplemente “hacer cosas buenas o realizar acciones malas”). Esta puede ser una forma útil de comprender el Espíritu Evangélico.

Ayunar ¿es simplemente una metáfora? Más específicamente, Ayunar es sinónimo de Abnegación. Pero también es un concepto muy poderoso, pues tradicionalmente comprende tanto la negación de uno mismo (ahora digo NO a un instinto) como el abandono de alguna cosa del mundo.

La oración es nuestra apropiada relación con Dios; el ayuno la forma adecuada y sana de relación con nuestro ego. Tradicionalmente, el ayuno ha sido asociado con la Purificación; esto explica en parte por qué nuestro Padre Fundador llama Unión Purificativa al esfuerzo ascético que culmina con el ayuno de nuestras pasiones. La Purificación no es un destino que alcanzas, despertándote un buen día y diciendo: Mira, qué bueno, ¡soy puro! Es más bien una batalla diaria.

Ayuno y oración son medios para llegar a Dios y esta comunicación con Él es innata en nosotros, pues nos hizo a su imagen y semejanza. Hay un proverbio que dice: El alma no desea ni café ni una cafetería. El alma quiere compañía y el café es sólo un instrumento. Los esfuerzos ascéticos son una preparación para ofrecer toda nuestra vida a Dios y así unirnos con Él.

Podemos decir entonces que el ayuno y la oración son dos instrumentos sagrados para que el ser humano pueda romper el monólogo con su ego y su complacido encierro en él, a fin de humillarse y comunicarse con Dios, para recibir la bendición, la luz y la fuerza que manifiesten su presencia en nosotros.

Cuando el novio está con sus amigos, durante la fiesta nupcial, no es necesario que los discípulos ayunen. Llegará un día en que el esposo no esté allí. Ayunamos porque Cristo está ausente de nuestras vidas, porque queremos regresar a él y sentir su presencia. Cuando nuestra relación con Él es superficial, mediocre y fría, significa que el novio no está con nosotros. Esto sucede cuando somos presa de nuestro defecto dominante, del apego al mundo y del instinto de felicidad.

¿Por qué habla nuestro Padre Fundador del instinto de felicidad? Porque es el más penetrante e insidioso de todos. Está presente en nuestras actividades apostólicas, en nuestros actos generosos o en los momentos aparentemente neutros. Si piensas que comprendes el alcance de este instinto…entonces estás perdido. Continuamente infunde intenciones mundanas en nuestra oración y en nuestras acciones:

Lo que se supone que estoy haciendoPero, en la práctica…
Me gustaría sacarle de su ignorancia.Necesito mostrar lo mucho que sé.
Sólo quiero poner los hechos sobre la mesa.Estoy chismorreando.

El Papa Francisco nos ha advertido vigorosamente que evitemos el cotilleo, pues es una de las tentaciones que usa el Diablo para corromper a las buenas personas.

Quiero corregir sus errores.Quiero que deje de molestarme.
Espero que muchos jóvenes asistan al retiro y se beneficien de él.La Diócesis se va a enterar de que somos los mejores.
Me voy a descansar un poco.Quiero evadirme de esta tarea difícil.

►Tercera conclusión. Cuando pensamos en la abnegación, la cuestión clave sobre las pasiones es si nosotros las poseemos…o ellas nos poseen a nosotros. Se dice que las pasiones son como el fuego y el agua: buenos siervos, pero malos amos.

Hay muchas pasiones y es una lucha muy dura; la única solución es ser fieles a todas y cada una de las gracias que recibimos: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra recibida de la boca de Dios.

3. ¿Qué es más importante, controlar nuestras pasiones o vivir una vida de amor? Cristo responde cuando curó al muchacho lunático y los discípulos le preguntaron: ¿Por qué no hemos podido echar ese demonio? Podemos realmente sanar e inspirar a nuestro prójimo después de ser transformados, después de una verdadera transfiguración, en la que la fe, la esperanza y la caridad ya son más un don que un esfuerzo. Si miramos con atención nuestra propia experiencia, todos reconocemos que el ayunar de nuestras pasiones nos ha permitido dar a los demás vida y consuelo.

En palabras de nuestro Padre Fundador:

¿Quién no posee experiencia de algún acto en el que está presente la verdad, la bondad o la hermosura del amor? ¿Quién no ha tenido la oportunidad gozosa de practicar la prudencia, la justicia, la fortaleza o la templanza? ¿Quién no ha realizado, en alguna ocasión, actos liberadores de humildad, obediencia, constancia, generosidad…? Cuando hemos hecho esto, ¿acaso no nos hemos sentido interiormente bien, contentos, libres? (Concepción Mística de la Antropología).

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