Evangelio a mano

Un Sembrador poco común | Evangelio del 12 de julio

de 8 de julio de 2026No Comments

Evangelio según San Mateo 13,1-23:
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente se quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas.

Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».

Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’. ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

»Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

Un Sembrador poco común

Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes

Roma, 12 de Julio, 2026 | XV Domingo del Tiempo Ordinario

Is 55: 10-11; Rom 8: 18-23; Mt 13:1-23

Los discípulos debían estar asombrados al escuchar las parábolas de Jesús, en particular la que hoy hemos oído, la que utiliza la imagen del Sembrador. Por eso le preguntaron por qué hablaba a la gente en parábolas. En su respuesta, Cristo hace una distinción entre sus seguidores y quienes le escuchaban con incredulidad o mala intención.

Una parábola es, literalmente, algo que se “coloca al lado” de otra cosa. Las parábolas de Jesús son historias que se “colocaron al lado” de una verdad con el fin de ilustrar esa verdad. Una parábola es una historia terrenal con un significado celestial. Cristo usa parábolas principalmente para revelar los misterios del Reino de Dios a quienes tienen un corazón dispuesto y, al mismo tiempo, ocultar la verdad a los corazones endurecidos o a quienes solo buscaban juzgarlo.

Para este “trato desigual”, esta es la interpretación de Teofilacto de Bulgaria, un autor del siglo IX al que Santo Tomás de Aquino da crédito citando estas palabras suyas: Porque Dios da vista y entendimiento a los que piden, mientras ciega a los demás, para que no acaben mereciendo un castigo mayor por entender y no querer hacer lo que deben.

Se acoja o no esta interpretación, en todo caso, las parábolas provocaban la reflexión; en lugar de simplemente dar información, y así, funcionaban como un desafío. Requerían que el oyente pensara por sí mismo y tomara una decisión personal sobre el mensaje y su propia vida. Esto ilustra el sentido y la intención unitiva de las enseñanzas de Cristo, más allá de la dimensión exclusivamente intelectual o académica.

Además, las parábolas ofrecían ventajas fundamentales: Como método pedagógico, facilitaban la comprensión de verdades espirituales profundas utilizando elementos cotidianos y conocidos por la gente de su época (agricultura, pesca, bodas). Por otro lado, evitaban conflictos políticos prematuros, pues al usar historias e ilustraciones indirectas, el Maestro transmitía su mensaje sin darle a sus oponentes religiosos y romanos una excusa fácil para arrestarlo de inmediato por sedición o herejía. La parábola -decían los rabinos- es como la mecha de una vela: cuesta unos céntimos y, sin embargo, aunque su luz sea tenue, puede ayudar a encontrar un tesoro.

En la Parábola del Sembrador encontramos una guía clarísima para que cada uno de nosotros pueda discernir cuál es su verdadera actitud ante lo que Él llama Palabra del Reino,

En el Evangelio de hoy, la Palabra del Reino es la Buena Nueva acerca del reinado y la presencia salvadora de Dios revelados a través de Jesucristo. Es el mensaje que transforma la vida de quien lo acepta y lo pone en práctica. Podríamos decir que se trata de nuestra vida mística, de todo lo que recibimos de las Personas Divinas y no siempre percibimos ni utilizamos de la mejor manera.

Para empezar, algo que debemos tener en cuenta es cómo el Sembrador no deja ninguna parte del terreno sin semilla. Esto tuvo que sorprender a los oyentes, pues no parece una forma eficiente de sembrar. Pero Jesús no se refiere a los suelos, no se refiere a nosotros, no nos anima a modificar las cualidades de nuestro terreno para acoger la semilla… Nuestra reacción es a veces meditar sobre la clase de suelo que soy y por qué no he acogido la Palabra. ¿Soy terreno pedregoso? ¿Tengo espinas? ¿Soy tal vez árido como un camino?

Sin embargo, la Parábola no habla sólo de nosotros, habla -sobre todo- del Sembrador, nos dice que ve posibilidades incluso en los suelos menos adecuados; aunque sabe que difícilmente habrá fruto allí, de todos modos esparce la semilla.

Esta parábola nos dice que somos amados a pesar de cualquier imperfección. Ningún defecto y ningún mérito cambiarán la misericordia que recibimos del Sembrador. Si somos sinceros, reconocemos en nosotros la dureza, las espinas y las piedras. Incluso si creemos ser “buena tierra”, producir el 30, el 60 o el 100%… es algo técnicamente inimaginable.

Ante un Sembrador tan lleno de generosidad y sueños, debería reconocer que las imperfecciones de mi alma, de mi terreno, no pueden ser obstáculo para acoger la Palabra del Reino, que me pide “producir” misericordia como la que he recibido.

Ciertamente, esta Parábola es un desafío, exige una respuesta: utilizar mi poca sensibilidad para acoger lo que el Espíritu me pide hacer. Dependiendo de que esa es mi actitud, o que no preste atención, sucederá en mí lo que Jesús repite hoy, refiriéndose a Isaías: Al que tiene, se le dará más todavía y tendrá de sobra; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tenga.

Esta sentencia, lejos de ser una amenaza, es un consejo, porque la sensibilidad del corazón humano puede cambiar. Al decir que Son duros de oído y tienen cerrados los ojos, de modo que sus ojos no ven, sus oídos no oyen y su corazón no entiende, Jesús describe una condición de endurecimiento espiritual, pero no una condena fija o irreversible. El Evangelio nos enseña que el ser humano no está atrapado para siempre en un tipo de “terreno”.

Para evitar lo que afirma ese versículo (la ceguera, la sordera espiritual y la falta de conversión), se requiere, antes que nada, el deseo de conversión (en griego, metanoia, que significa “cambio de mente”). Todo comienza cuando la persona reconoce su insensibilidad y decide, por voluntad propia, volverse hacia Dios, aunque no sea de forma radical.

La metanoia funciona como el puente que conecta el esfuerzo humano (la vida ascética) con la experiencia de la gracia divina (la vida mística).

► La vida ascética es el terreno del esfuerzo, la autodisciplina y la purificación de los sentidos. La metanoia comienza aquí como un acto de la voluntad humana con el esfuerzo consciente de mirar hacia adentro, reconocer la propia insensibilidad o desvío, y decidir cambiar de dirección.

Prolongando la parábola del sembrador, esto equivale al trabajo de remover las piedras y arrancar las espinas con disciplina diaria. Su centro es la abnegación del yo, la decisión voluntaria de abandonar los patrones de pensamiento y las preferencias y deseos innecesarios que endurecen el corazón, progresando continuamente en el Espíritu Evangélico, en el estilo de vida de Cristo.

► Por otro lado, la vida mística es puro don, una experiencia de comunión donde Dios actúa y el ser humano se esfuerza para recibir y acoger.

La metanoia no implica solo cambiar de ideas (intelecto), sino transfigurar la forma de percibir la realidad (el corazón). Al cambiar esta sensibilidad, la persona se vuelve capaz de percibir lo que viene de Dios, sobre todo la llamada a la misericordia.

Como dice Mateo 13:15, el ser humano se convierte (ascesis), pero es Dios quien sana (mística). La metanoia es el estado de apertura que permite a Dios infundir su gracia.

Esta metanoia no es un evento de un solo día, sino un estado continuo. Une ambos mundos porque la ascesis sin metanoia se convierte en mero orgullo moralista (creer que uno se salva por su propio esfuerzo). Por otro lado, la presunción de una mística sin metanoia corre el riesgo de ser una ilusión emocional o sentimentalismo, sin una transformación de vida real.

En resumen, la ascesis prepara el terreno ablandando la tierra, la metanoia es el giro radical que orienta esa tierra hacia el sol, y la mística es la lluvia de la gracia divina que hace germinar la semilla.

Observemos que el propio versículo 15 termina con una promesa implícita: …para que no vean con los ojos, ni oigan con los oídos, ni entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane. El ser humano no puede cambiar su sensibilidad completamente solo. Ya en el Antiguo Testamento, Dios promete precisamente esta transformación:

Les quitaré ese corazón de piedra que tienen y les daré un corazón de carne (Ezequiel 36:26).

Reducir pacientemente el apego material, el estrés por el futuro y el ruido de la vida diaria devuelve al corazón la sensibilidad para percibir lo verdaderamente espiritual.

Podemos ilustrar el deseo de conversión con un ejemplo contemporáneo, no relacionado inmediatamente con la religión; se trata de James Fallon (1947-2023), un neurocientífico estadounidense que descubrió, por puro accidente en su propio laboratorio, que tenía el cerebro de un psicópata violento,

Su historia demuestra cómo una persona puede forzar un cambio en su sensibilidad a través del esfuerzo consciente (verdadera ascesis) cuando la naturaleza no le otorgó la empatía de forma natural.

Fallon era un científico exitoso, casado y con hijos. Sin embargo, siempre supo que era un hombre frío, extremadamente competitivo, manipulador y carente de una empatía real hacia los sentimientos de los demás.

En 2005, mientras analizaba tomografías cerebrales de asesinos seriales en su laboratorio, descubrió una radiografía que mostraba una inactividad total en las áreas del cerebro responsables de la empatía, la moral y el control de los impulsos (la corteza orbito-frontal). Al revisar el código de la imagen, descubrió con horror que esa tomografía era la de su propio cerebro. Pruebas genéticas posteriores confirmaron que tenía en su genética una alta susceptibilidad a la violencia y la psicopatía.

Al principio, reaccionó con la soberbia típica de su condición, pensando que él era “especial”. Sin embargo, el punto de inflexión ocurrió cuando su propia esposa e hijos, al enterarse del hallazgo, le confirmaron que vivir con él era agotador debido a su profunda frialdad y falta de amor genuino.

En ese momento, Fallon decidió iniciar un proceso de metanoia puramente conductual y ascético y decidió que, aunque su cerebro no sintiera empatía de forma natural, su voluntad controlaría sus actos. Cada vez que iba a responder con egoísmo o manipulación, se detenía conscientemente y elegía la opción generosa. Forzó a su mente a realizar actos de caridad y a pasar tiempo de calidad con su familia, tratándolos con un respeto cuidadoso, imitando el comportamiento de las personas empáticas.

Lo fascinante de su caso es que esta “ascesis del comportamiento” terminó modificando su realidad interior. Tras años de forzar a su voluntad a actuar con bondad, Fallon descubrió que su motivación cambió: ya no lo hacía solo por el esfuerzo de cumplir una regla, sino porque empezó a experimentar el valor real de la conexión humana.

Este caso demuestra que el “terreno” con el que nacemos no es una condena fija. Su metanoia no surgió de una especial revelación ni de un suceso dramático, sino de una decisión radical de su voluntad, que logró doblar las leyes de su propia neurobiología para aprender a amar.

Si esto le puede suceder a una persona que no ha tenido la oportunidad de vivir un trato directo, íntimo, con Cristo ¿dudaremos nosotros de la más pequeña semilla que el Sembrador deja caer en nuestro campo?

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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,

Luis CASASUS

Presidente