
Evangelio según San Mateo 10,26-33
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.
»Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.
»Porque todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».
Ustedes serán mis testigos
Luis CASASUS Presidente de las Misioneras y los Misioneros Identes
Roma, 21 de Junio, 2026 | XII Domingo del Tiempo Ordinario
Jer 20: 10-13; Rom 5: 12-15; Mt 10: 26-33
Un ejemplo profundo del poder devastador del miedo en la literatura clásica griega se encuentra en Edipo Rey de Sófocles.
En esta obra, el miedo no es solo una emoción pasajera; es el motor invisible que mueve toda la trama. No se trata de un miedo físico a un monstruo, sino de algo mucho más terrible: el miedo al propio destino y a la verdad. El poder del miedo en Edipo Rey funciona como una paradoja trágica: los personajes cometen sus peores errores intentando escapar de aquello a lo que le temen.
Cuando el Oráculo de Delfos les advierte a Layo y Yocasta que su hijo matará a su padre y se desposará con su madre, el pánico los domina. Guiados por el miedo, ordenan abandonar al bebé Edipo en el monte con los pies atados. Si no hubieran tenido miedo, Edipo habría crecido en su hogar y habría conocido a sus padres biológicos, evitando la tragedia.
Ya de joven, Edipo escucha el mismo rumor sobre su destino. Aterrorizado por la idea de dañar a quienes cree que son sus verdaderos padres (los reyes de Corinto), huye de su hogar. Ese viaje de huida, provocado puramente por el miedo, lo lleva directo al cruce de caminos donde, sin saberlo, mata a su verdadero padre, Layo.
A medida que la obra avanza, el miedo cambia de forma: se convierte en pánico a la revelación.
Yocasta, cuando empieza a atar cabos, suplica a Edipo que deje de investigar. El miedo hace que prefieran vivir en la mentira y la ignorancia antes que confrontar una realidad intolerable, de modo que Yocasta se suicida. Edipo se perfora los ojos porque no puede soportar ver tanto dolor. El miedo mantiene al espectador en una tensión insoportable porque ve cómo el héroe corre voluntariamente hacia su propia destrucción, empujado por el miedo a ser un gobernante maldito.
Aunque hoy intentemos explicar el miedo de otras maneras, la tragedia de Sófocles ilustra el poder del miedo y de la culpa, que nos llevan a negar y maquillar la realidad, con la consecuencia de un dolor y una destrucción de la capacidad de unirnos con gozo a Dios y al prójimo.
En verdad, sólo la experiencia de estar unidos a Dios Padre no puede liberar del miedo. Fernando Rielo, Fundador de los misioneros identes, describe en una de sus Leyendas, su anhelo de unión con un Dios Padre misericordioso, la única posibilidad de superar el miedo y la culpa:
Te pido, en esta hora de tu ósculo, que hagas de mi fragilidad filial mérito porque, en verdad, soy, más que autor, víctima del pecado.
Esta realidad del miedo y de la culpa, que muchos intentan negar, aumentando así su dolor, nos permite entender la declaración de Cristo cuando hoy anima a los discípulos a no temer:
Hasta los cabellos de la cabeza de ustedes están todos contados. Así que no teman; ustedes valen más que muchos pajaritos.
Como asegura esa frase de modo llamativo, la Providencia divina tiene en cuenta todos los detalles de nuestra existencia, Nada de mí es insignificante para Dios. Mi fragilidad, mis dudas, mis heridas, mis alegrías… todo está visto, amado y sostenido. Incluso todo aquello que no soy capaz de percibir en este momento, como el número de mis cabellos.
Pero ¿Cómo es compatible todo eso con la dura realidad de las incomprensiones, de mi propia inconsistencia, del aparente fracaso de las iniciativas más generosas y que parecen no dar fruto?
La respuesta a esta dolorosa pregunta no es un eslogan piadoso. Es un misterio que hay que atravesar, no un problema que se resuelve desde afuera.
Pero verdaderamente, ninguna violencia es capaz de privar al discípulo del único bien duradero: la vida que ha recibido de Dios y que nadie le puede quitar. Pablo estaba profundamente convencido de ello, basado en sus experiencias de todo tipo de dificultad: Sí, estoy seguro: ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni la espada… nada podrá separarnos jamás del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rom 8:35-39).
Por eso, afirmar que hasta nuestros cabellos están contados, no promete éxito, ni comprensión, ni satisfacción inmediata. Promete la presencia de las Personas Divinas.
►Nuestro Padre celestial, en medio de la duda, la incertidumbre y el cansancio que nos invaden, nos invita a unirnos a Él, manteniendo la confianza absoluta que mostró Jesús en la Cruz: En tus manos encomiendo mi espíritu. Los santos experimentan al Padre celeste precisamente al unirse a esa misma actitud filial de Jesús; sin “salir del mundo”, nos sentimos inclinados sólo a quien es nuestro destino, por quien merece la pena atravesar, sin amargura, todos los desiertos que aparecen ante nosotros.
►Cristo nos recuerda en esos momentos que Él lloró antes que nosotros, porque pocos le escucharon y muchos le odiaron:
Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos bajo las alas, pero no quisiste! (Mt 23: 37). En efecto, El pueblo judío y sus líderes buscaban un libertador político militar para aplastar al Imperio Romano, ignorando que la verdadera misión del Mesías era traer un reino espiritual de salvación. Hoy recuerda a sus discípulos, al ser enviados, que no deben tener miedo a los hombres, aunque se vean despreciados e incomprendidos, como a Él le pasó con su propia familia (Mc 3: 20-21).
► El Espíritu Santo se comporta como “Consolador”, como Cristo anunció. No nos llena de optimismo ni fugaces alegrías, sino con una fortaleza inexplicable. Un ejemplo extremo es San Lorenzo durante su martirio en la parrilla, quien, movido por el Espíritu, mantuvo una serenidad tal que pudo bromear con sus verdugos.
Los auténticos discípulos experimentan verdadera paradoja: el sufrimiento físico o moral convive con una paz imperturbable en lo más profundo del alma. Esta paz es el fruto por excelencia del Espíritu Santo (Gálatas 5:22). No elimina las lágrimas ni el dolor, pero quita la amargura, la angustia y el miedo, dejando una certeza absoluta de estar en las manos de Dios, de que él recogerá nuestras lágrimas, nuestra sangre, para hacer un bien que no podemos imaginar. Esta es la sabiduría que, unida al don de piedad, nos sostiene en las situaciones que nos superan.
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Hablemos un poco más sobre el miedo a reconocer la propia identidad, como le sucedió a Edipo.
La frase La verdad los hará libres proviene del Evangelio de Juan (Jn 8:32) y es una de las declaraciones más célebres de Jesús de Nazaret, pronunciada durante un debate con los judíos que habían creído en Él. Por supuesto, sabemos que, en el contexto del Evangelio, la “verdad” no es un concepto abstracto o científico, sino una persona y un mensaje; Jesús es la verdad y, por tanto, conocer la verdad significa entablar una relación personal y profunda con Cristo.
Pero hay más. La verdad de la persona de Cristo, para quien lo ha conocido, ayuda a iluminar lo que nos aleja de esa libertad que ansiamos, pero que no podemos alcanzar por miedo a cambiar, a hacer visibles nuestras debilidades y errores, de manera que se cumple lo que Cristo afirmó: Todo aquel que comete pecado, esclavo es del pecado (Jn 8:34). No se trata de un miedo a lo desconocido, sino a lo que no deseamos conocer.
Es la liberación de las cadenas del egoísmo, la culpa, el miedo a las varias formas de muerte y el alejamiento de Dios. Y en verdad todos tenemos experiencia de experimentar una auténtica liberación cada vez que confesamos, cuando despertamos de la ilusión de ser intachables, siempre que reconocemos los propios errores, debilidades… y virtudes.
Sin embargo, el mundo tiene un miedo enfermizo de Dios, por eso busca expulsarlo de la sociedad y de la cultura: Dios nos impide ser felices, representa una amenaza y es sólo una figura imaginaria cuya presencia en nuestra mente busca castigarnos y hace que nos sintamos culpables.
Pero lo que dice hoy Jesús explica esta actitud absurda: No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. No es exagerado ni difícil de entender: mi alma muere porque va muriendo su sensibilidad; el apego al mundo y a mí mismo van haciendo imposible una relación de armonía y de fraternidad con el prójimo, pues la necesidad de defenderme, de aparecer como justo, instruido y valioso, me exige llevar demasiadas máscaras y acallar la voz del Espíritu (1Tes 5: 19).
Ese miedo al que se refiere el Maestro, el que nos recomienda sentir, es un miedo útil, el miedo a la realidad de mi corazón dividido por la propia falsedad entre el mundo y el cielo.
La Primera Lectura nos ofrece un ejemplo admirable en la persona del joven Jeremías, que no se dejó vencer por el miedo ni porque el sacerdote Pashur lo mandase azotar y encadenar, ni porque sus propios amigos planeasen matarlo. A pesar de todo, siente la presencia de Dios y sabe que la verdad acabará triunfando por encima de las corruptas autoridades de Jerusalén. Por eso, en su famoso himno dice:
Pero tú, Señor, estás conmigo como un guerrero invencible; los que me persiguen caerán, y no podrán vencerme; fracasarán, quedarán avergonzados, cubiertos para siempre de deshonra inolvidable.
Ojalá que en ese día, con el testimonio de Jeremías, de Pablo y de los primeros discípulos, aprendamos a escuchar mejor a las Personas Divinas, justo en los momentos en que el miedo pretende cerrar nuestros oídos y nuestros ojos.
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En los Sagrados Corazones de Jesús, María y José,
Luis CASASUS
Presidente











