¿Qué es una virtud teologal?

By 23 octubre, 2020noviembre 22nd, 2020Evangelio, Para leer
 
 
El amor es más que una respuesta emocional; significa confiar en Él completamente y vivir de acuerdo a la forma en que Él nos ha enseñado.
 
Por el p. Luis CASASUS, Superior General de los misioneros Identes
New York/Paris, 25 de Octubre, 2020. | XXX Domingo del Tiempo Ordinario.
Éxodo 22: 20-26; 1 Tesalonicenses 1: 5c-10; San Mateo 22: 34-40.
 
 

En su famoso himno a la caridad (1Cor 13:4 – 8) San Pablo dice lo que es el verdadero amor – paciente, amable, duradero- así como lo que no es: celoso, pomposo, inflado, grosero, que se enoja.

Sin duda, entendió y vivió lo que Cristo nos dice hoy en su respuesta al jurista fariseo que trató de aprovechar la reprimenda dada por Jesús a los saduceos, para ganar prestigio personal y beneficiar a su grupo.

Mientras que el Espíritu Santo continúa abriendo nuevos caminos y dándonos oportunidades para vivir la caridad, es importante que reflexionemos continuamente sobre lo que esto significa, en el espíritu de las Lecturas de hoy.

1. La verdadera caridad exige siempre entregar algo de nuestra vida, algo íntimo, más allá de los objetos, el dinero, las palabras, las obras, las lecciones o las actividades, que a menudo son instrumentos necesarios para esta virtud. Se puede faltar a la caridad incluso cuando se “hace caridad” Si nosotros no nos conformamos con un amor superficial e inconstante, lo mismo le sucede a Dios.

El médico miró a la niña en la cama del hospital. Sabía que su única esperanza era recibir sangre de alguien que se había recuperado de la misma enfermedad. Rápidamente el doctor se encontró con la familia ansiosa, y se arrodilló al lado de un niño pequeño. “Marianito“, dijo, “tu hermana necesita tu tipo de sangre para ponerse bien. ¿Estarías dispuesto a dar tu sangre para que ella pueda vivir?” Los ojos de Marianito se hicieron grandes. El médico los miró con temor, pero el niño dudó sólo lo suficiente para tragarse el nudo en la garganta. “Claro, doctor, lo haré“, respondió.

Después de que se extrajera la cantidad necesaria de sangre del pequeño brazo de Marianito, permaneció tranquilo durante unos minutos, tal y como se le había indicado. Luego se puso de pie y preguntó en voz baja: “Bueno, Doctor, ¿cuándo voy a morir?” Sólo entonces el doctor se dio cuenta de la magnitud del sacrificio del niño. Marianito había ofrecido su vida para salvar a su hermana, Jesús declaró que no hay amor mayor.

Este rasgo de la caridad, el auténtico desapego, es especialmente evidente cuando estamos seguros de que nuestro acto de amor no nos dará ninguna satisfacción. Por ejemplo, sabemos que la persona a la que ayudamos no estará agradecida, e incluso será más exigente o se molestará. Además, estamos dispuestos a no presenciar ninguna “conversión” motivada por nuestra presunta generosidad. Por supuesto, tenemos que estar preparados para ver cómo la persona a la que hacemos bien NO quiere unirse a nuestro grupo, institución, iglesia o comunidad de ninguna manera. Y luego, debemos orar para saber cómo seguir amándola. Incluso si es a distancia. Además, estamos preparados para reaccionar con mansedumbre si nuestra acción resulta inadecuada a los ojos de alguna autoridad, o causa envidia en otros.

2. No olvidemos la dimensión mística de la caridad: Dios responde inmediatamente a cada acto de amor.

No olvidemos que el Espíritu Santo empuja suave pero continuamente a todos los seres humanos a amar a nuestro prójimo. Por eso, podemos encontrar actos heroicos de amor en personas que nunca oyeron hablar de Jesús, como cuando en la planta nuclear japonesa de Fukushima, destruida después del terrible tsunami de 2011, algunos técnicos jubilados, sabiendo que iban a encontrarse con una muerte segura, pidieron a los técnicos más jóvenes que abandonaran la planta nuclear para tratar ellos mismos de enfriarla. Esos técnicos retirados pueden no haber sido oficialmente cristianos; muchos pueden incluso no haber sabido nada de Jesús. Sin embargo, aceptaron una muerte segura simplemente para salvar la vida de sus colegas más jóvenes que todavía estaban criando niños pequeños.

Dios es amor y amor es lo que nos inspira. Para ello, utiliza nuestros instintos, nuestros errores, nuestra compasión natural, el ejemplo de muchas personas, el perdón que recibimos cada día y, sobre todo, el testimonio único de su Hijo.

La respuesta divina a un acto de amor al prójimo es diferente de lo que los seres humanos entendemos como recompensa o satisfacción del deber cumplido. Dios responde pidiéndonos aún más. Esto puede parecer sorprendente, pero Jesús ya lo expresó claramente: Ustedes han oído que se dijo: ” Ama a tu prójimo” y “Odia a tu enemigo”, pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen (Mt 5: 43-44).

Además, ¿quién podría negar que a Jesús se le pidieron actos de amor cada vez más exigentes en su paso por este mundo?

Cuando era niño, sufrió, pero estaba en la excepcional compañía de María y José. En su vida adulta, a pesar de los momentos difíciles, al menos fue testigo de la conversión y la dedicación de muchas personas, especialmente de sus primeros discípulos. Pero más tarde, en la Pasión, fue totalmente abandonado y ante sus ojos humanos no hubo ningún signo de éxito.

Así, el verdadero discípulo vive en un auténtico diálogo, no de palabras, sino de sucesivos y continuos gestos de amor, que tienen como respuesta el don de la piedad, que nos hace capaces de amar de una manera siempre nueva e inexplicable. Y los que nos rodean se dan cuenta de ello:

Una monja fue destinada a servir en un hospital. Un día en particular, estaba tratando de bañar a un paciente agresivo y abusivo. Fue observada por alguien que remarcó en un susurro: Yo no haría eso por todo el oro del mundo. La monja, al oír el comentario, miró a la persona y dijo: Yo tampoco.

De esta manera, Dios nos hace cada vez más parecidos a Él, más parecidos a la forma en que nos ha soñado. San Juan Pablo II lo expresó de esta manera:

La caridad cristiana se nutre de esta fuente de amor, que es Jesús, el Hijo de Dios ofrecido por nosotros. La capacidad de amar como Dios ama se otorga a cada cristiano como fruto del misterio pascual de su Muerte y Resurrección. La Iglesia ha expresado esta sublime realidad enseñando que la caridad es una virtud teologal, lo que significa una virtud que se refiere directamente a Dios y permite a las criaturas humanas entrar en el circuito del amor Trinitario. En efecto, Dios Padre nos ama como ama a Cristo, viendo en nosotros su imagen (Redemptoris Missio).

El Espíritu Santo, en primer lugar, transforma delicadamente nuestra inteligencia y nuestra voluntad (Recogimiento y Quietud), y nos hace contemplar que cuando tendemos la mano para ayudar a los débiles y necesitados, ello se basa en el hecho de que nosotros mismos estuvimos una vez en su lugar y hemos sido liberados por Dios, ya sea de la pobreza material, de la inutilidad de la vida o de la pobreza espiritual: No abusarás ni oprimirás a un extranjero, porque ustedes mismos fueron una vez extranjeros en la tierra de Egipto (Primera Lectura). Sólo cuando seamos conscientes de que fuimos pecadores e indefensos, podremos entonces, desde el amor de Dios en nosotros, llegar a los demás.

Incluso en las personas más abusivas, podemos ver a Dios. Ver a Dios en todos los que nos encontramos es más fácil de decir que de hacer. No es una cuestión de imaginación, sino de permanecer unidos a Cristo, a su mirada.

Una ilustración de este doble amor, es decir, por Cristo y por el prójimo, se puede ver en la vida de la Madre Teresa de Calcuta. Una vez le preguntaron: ¿De dónde obtiene la fuerza para ocuparse de todos los casos difíciles que encuentra cada día? La gente moribunda e indefensa de las calles de Calcuta. Los leprosos. Los bebés abandonados. Los sin techo y los hambrientos. La santa fundadora respondió con su sencilla pero profunda sabiduría: Comienzo cada día yendo a misa y recibiendo a Jesús en la Sagrada Comunión, oculto bajo la simple forma de pan. Luego salgo a las calles y encuentro al mismo Jesús oculto en los indigentes moribundos, en los leprosos, en los bebés abandonados, en los sin techo y en los hambrientos. Es el mismo Jesús. Así también, en nosotros, las obras de misericordia han ser el fruto de nuestra oración, en particular, de nuestra oración ante la Eucaristía.

La Santa Eucaristía, que es “la fuente y la cumbre de la vida cristiana” como la describió el Concilio Vaticano II, nos lleva de la unión sacramental con Cristo en su Cuerpo Eucarístico a la unión con Cristo en su Cuerpo Místico, en el más pequeño de sus hermanos y hermanas. No pensemos que nuestra creatividad o nuestra energía y experiencia son suficientes. El amor evangélico debe necesariamente estar continuamente inspirado por el Espíritu Santo. De lo contrario, estará lleno de altibajos, de discriminación, de condicionamiento.

Sí, Dios responde a nuestros actos de amor pidiéndonos aún más. Tal vez esto pueda explicarse desde la Teología o la Antropología. Por mi parte, sólo puedo decir que fue algo que a mí me sucedió. Cuando tenía 16 años y un amigo me pidió ayuda para un grupo de niños que hacían actividades al aire libre, me dieron su confianza, compartieron conmigo sus dificultades y poco a poco me sentí obligado a ayudarles en sus conflictos, sus estudios, su vida emocional… hasta que reconocí que necesitaban ver en mí a alguien que fuera un modelo a seguir. No bastaba con hacerles pasar un buen rato el fin de semana. Al mismo tiempo, me di cuenta de que no tenían a nadie más a su lado dispuesto a hacerlo. Eso me llevó a preguntarle a Cristo cómo podría cambiar para hacer una diferencia en sus vidas, para ayudarlos más y más profundamente… en realidad, estoy en la misma situación hoy en día.

3. ¿Qué significa amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? En nuestro lenguaje actual, podemos entender que nuestro amor por Dios debe necesariamente poner en juego todos nuestros deseos (voluntad), intenciones y motivaciones (facultad unitiva) y pensamientos (mente).

Llenamos nuestra mente con lo que inspira el amor a Dios en lugar de lo que lo disminuye. Lo que hacemos con nuestra mente afecta en gran medida a nuestra capacidad de amar. Si llenamos nuestra mente con las cosas apropiadas, nuestra capacidad de amar a Cristo aumenta; si llenamos nuestra mente con ideas inútiles o negativas, nuestra capacidad de amar a Cristo disminuye. Nuestra mente es un vasto universo dentro de nosotros que nunca jamás se detiene. No podemos apagar las imágenes de nuestra mente, pero podemos redirigirlas. Podemos reemplazar los pensamientos oscuros por otros diferentes.

Debemos involucrar nuestras emociones en nuestro amor por Dios. Tenemos un papel importante en decidir cómo se desarrollan nuestras emociones a lo largo del tiempo. Podemos cultivar mayores afectos por Dios poniendo nuestro corazón a crecer en esto. Podemos “fijar” nuestro amor o afecto en cualquier cosa que decidamos. Nuestras emociones eventualmente siguen a cualquier cosa que nos propongamos. A medida que cambiamos nuestra mente, el Espíritu cambia nuestro corazón (emociones). Pongamos el corazón en el amor de Dios y nuestras emociones y afectos seguirán ese mismo camino. Porque en Mí ha puesto su amor, Yo entonces lo libraré; Lo exaltaré, porque ha conocido Mi nombre…. (Salmo 91:14). Salvaguardamos nuestro corazón al negarnos a que nuestras emociones se conecten inapropiadamente a la reputación, relaciones equivocadas, adicciones pecaminosas, amargura, ofensas, etc.

La motivación para amar va más allá de identificarse con el prójimo en su sufrimiento, sino más bien debido al Cristo que hay en él. Viendo la imagen de Cristo en el prójimo, lo amaremos como al mismo Dios. Veremos a los demás no sólo con necesidades materiales sino también con hambre emocional y espiritual. Vemos la necesidad de atender a la persona integralmente; como alguien que necesita nuestro amor y compasión. A menos que los veamos como una extensión de la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo, no tendremos la misma reverencia por los demás.

Estamos unidos a Jesús no por el tamaño de nuestro amor sino por el “todo” de nuestro amor. Aunque nuestro “todo” es pequeño, lo importante es que es nuestro “todo”. ¿Y cómo empezamos a amar? Sin duda, con el perdón. Jesús lo hizo, demostrando que deseaba acercarse a los pecadores. No esperó a que vinieran, sino que se acercó a ellos.

Amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente significa, por lo tanto, someter toda nuestra vida a Él. El amor es más que una respuesta emocional; significa confiar en Él completamente y vivir de acuerdo a la forma en que Él nos ha enseñado.

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