¿Qué es lo peor que podemos decir sobre la Transfiguración?

By 9 marzo, 2017Evangelio

Por Luis Casasús, Superior General de los misioneros identes. Comentario al Evangelio del 12-3-2017 (Segundo Domingo de Cuaresma) (Gen 12:1-4a; 2Tim 1:8b-10; Mt 17:1-9)

Cuando subes a una montaña, tres cosas llenan tu corazón: tus compañeros de escalada, las dificultades superadas y el horizonte que se abre a tus ojos. Me atrevo a decir que Cristo, como Maestro excepcional, aprovechó la fuerza simbólica de la montaña para grabar en sus discípulos que la Transfiguración constituye un puerta para una nueva relación con nuestro prójimo, un fruto de la purificación y una perspectiva diferente de nuestra vida espiritual y de nuestra misión.

La primera lectura presenta un ejemplo sublime de Transfiguración en la vida de Abraham, quien tenía 75 años cuando recibió una nueva llamada divina para dejar su patria y dirigirse a una tierra extraña, grabando en su corazón una profecía sorprendente: por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra; un nuevo e inesperado horizonte en su vocación, algo difícil de olvidar en el resto de su vida. La Transfiguración es la respuesta inmediata del Espíritu Santo a nuestro ayuno, a nuestra decisión de dejar nuestra zona de comodidad, nuestro terreno conocido.

En su carta al joven obispo Timoteo, San Pablo, que era anciano, enfermo y prisionero por el amor de Cristo, recibe una gracia muy especial y particular para ayudar a los demás, cuando él mismo está debilitado e indefenso. Esto no se explica meramente con la sicología humana. De nuevo, estamos ante un claro caso de Transfiguración.

Todos hemos tenido experiencia directa de esta Unión Transfigurativa permanente. Sólo tres ejemplos sobre los puntos mencionados:

– ¿Cómo es posible que siento amor hacia esta persona, a la cual temo y a quien casi no puedo entender?

– He oído muchas cosas bellas sobre la Cruz, pero sólo ahora, después de una aceptación completa de la Apatía, de vivir sin contemplar signos visibles de éxito, puedo entender el valor de mi humilde testimonio.

– Cada vez más, veo que la única razón para perseverar, incluso para estar vivo, es acercar las almas a Cristo, sobre todo de formas inesperadas para mí.

Una cosa es experimentar esta Transfiguración y otra muy distinta el hacer uso de sus dones. Esta es la verdadera apertura; esto es ser plenamente natural, fiel a nuestra condición de seres finitos, abiertos al infinito. El tiempo de Cuaresma está destinado a renovar nuestra filiación: necesitamos ser llevados a nuestra auténtica identidad, que es haber sido creados a imagen de Dios.

Por eso estas líneas se titulan ¿Qué es lo peor que podemos decir sobre la Transfiguración? Si creemos que la Transfiguración es algo ocasional o un regalo para unos y no para otros; o tenemos la vaga impresión de que fue una especie de espectáculo mágico…estamos realmente despistados. La Transfiguración se repite cada vez que escuchamos a Cristo y permitimos que ilumine nuestra vida; nuestra experiencia transfigurativa se renueva cada vez que aceptamos una misión más allá de nuestras posibilidades y de nuestro “estado espiritual”, como hicieron Abraham y Pablo, los fundadores religiosos y los mártires. La manifestación continua de la Transfiguración se refleja en un dominio impresionante de la fe, la esperanza y la caridad, que es percibido por los demás como algo consistente, algo que se da como una verdadera nueva personalidad, en medio de nuestra debilidad y nuestro pecado…y esta personalidad se va pareciendo cada vez más a la de Cristo.

San Pedro pidió a Cristo plantar tres tiendas en el Monte Tabor. Jesús no le reprobó por ello ni se rio de él, porque Pedro se dio cuenta que la Transfiguración debe ser algo permanente y su carácter impulsivo le llevó a proponer una solución descabellada para no perder ni un segundo de ese estado maravilloso.

Nuestro Padre Fundador llama Éxtasis a los momentos en que nos sentimos la sorpresa y la potencia de nuevas formas de fe, esperanza y caridad en nuestra propia vida, momentos que podemos describir y compartir, a la vez que sabemos que son únicos e irrepetibles; son como el desbordamiento de un río, los cambios fuertes en el ciclo de las aguas, el Régimen.

Lo duro es el contraste entre estos dones recibidos en la cumbre de la montaña y las dificultades que encontramos en el valle. Vemos todo claro y la presencia de Dios es muy real, pero la mayoría del tiempo en nuestras vidas lo pasamos en el valle, tratando con problemas intratables y personas difíciles.

Por eso, es fácil desanimarse. Pero en la oscuridad, no podemos dudar de lo que Dios nos ha mostrado en la luz. Estas impresiones de la gloria son un anticipo del cielo. Son mucho más reales que los disgustos y las dificultades. De este modo nos damos cuenta de quién somos realmente y de lo que Dios quiere mostrar por medio nuestro en este mundo. Nos recuerdan la presencia de Dios en nuestras vidas y su asistencia en los momentos ordinarios, turbios y frustrantes. Esta fue la experiencia de Pedro (Santiago y Juan): no se preocupaban de su propia morada ni de su alimento en la montaña.

El Papa Francisco está hablando estos días de nuestra memoria espiritual: como los discípulos, tenemos que recordar la experiencia de Transfiguración en nuestras vidas, especialmente cuando cargamos nuestra cruz. Sin una experiencia real de transformación divina de nuestras vidas, es difícil estar centrado simplemente con nuestro conocimiento intelectual de Dios. Tener una experiencia divina y recordarla es lo que siempre nos da fuerza en cada situación de nuestras vidas. Incluso más, en el Examen Ascético-Místico tenemos la oportunidad de confirmar y de ser confirmados por nuestras experiencias mutuas.

El camino a la gloria para un cristiano es el mismo que siguió el Maestro. Sólo habiendo visto la gloria de Dios, podemos imitar a Jesús, que pasó de su experiencia en la montaña a su ministerio de servicio y sufrimiento. Cuando hemos sido transfigurados por la luz de Cristo, tenemos que revelarla al mundo.

Nosotros, como discípulos, estamos llamados a seguir a Cristo no sólo escuchando su palabra, sino también compartiendo su experiencia de vida como la única y gran oportunidad para dar un definitivo consuelo y alegría a nuestro prójimo. Como decimos en nuestra Sacra Martirial: Vivir y transmitir el Evangelio (no sólo leerlo y hablar de él). Pero esto no es todo. No dejemos nunca de meditar en las implicaciones de la segunda parte: con el sacrificio de mi vida y de mi fama.

El mandamiento de nuestro Padre celestial, Escúchenlo, es similar a las últimas palabras que tenemos de María, en las bodas de Caná: Hagan lo que Él les diga. Estamos llamados a ser testigos de su gloria cuando escuchar a Jesús se transforma en un hábito, como nos dice el Padre.

En palabras del Papa Benedicto XVI:

He aquí, pues, el don y el compromiso de cada uno de nosotros durante el tiempo cuaresmal: escuchar a Cristo, como María. Escucharlo en su palabra, custodiada en la Sagrada Escritura. Escucharlo en los acontecimientos mismos de nuestra vida, tratando de leer en ellos los mensajes de la Providencia. Por último, escucharlo en los hermanos, especialmente en los pequeños y en los pobres, para los cuales Jesús mismo pide nuestro amor concreto. Escuchar a Cristo y obedecer su voz: este es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor. (2006).

La oración era algo clave para Cristo; una dimensión permanente de su vida. Cada encuentro orante con su Padre revelaba lo mejor de Él. Tres de sus discípulos fueron testigos del poder transformante de la oración en el propio Jesús como hombre. Sin embargo, hubo un momento en la vida de Cristo, en otra montaña –el Monte de los Olivos– cuando el diálogo amoroso de oración pareció un monólogo angustioso. Pero, también en esa ocasión, Jesús concluyó su conversación como siempre había enseñado a sus discípulos: ¡Hágase tu voluntad! Entonces, un ángel apareció para consolarle en su aflicción. La presencia de ese ángel demuestra que la oración de nuevo “funcionó”.

Esa es la lección que podemos aprender para nuestra vida espiritual al reflexionar sobre la Transfiguración de Cristo cuando estaba orando. Si entendemos con claridad este aspecto, la oración no puede ser aburrida o rutinaria o un monólogo monótono. Puede ser que nosotros estemos orando con fervor, suplicando de corazón, pero aparentemente sin respuesta, como si Dios no escuchase. Pero sabemos que Él está siempre ahí; está siempre escuchando, incluso cuando no podemos verle ni oír su voz en ese momento. Su respuesta llegará en el momento oportuno –Su momento – que es siempre el mejor momento.

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